En aquel tiempo, Jesús se fue al monte de los Olivos. Pero de madrugada se presentó otra vez en el Templo, y todo el pueblo acudía a Él. Entonces se sentó y se puso a enseñarles. Los escribas y fariseos le llevan una mujer sorprendida en adulterio, la ponen en medio y le dicen: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés nos mandó en la Ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú qué dices?». Esto lo decían para tentarle, para tener de qué acusarle. Pero Jesús, inclinándose, se puso a escribir con el dedo en la tierra.
Pero, como ellos insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: «Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra». E inclinándose de nuevo, escribía en la tierra. Ellos, al oír estas palabras, se iban retirando uno tras otro, comenzando por los más viejos; y se quedó solo Jesús con la mujer, que seguía en medio. Incorporándose Jesús le dijo: «Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?». Ella respondió: «Nadie, Señor». Jesús le dijo: «Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más».
«Tampoco yo te condeno»
Pbro. D. Pablo ARCE Gargollo
(Ciudad de México, México)
Hoy vemos a Jesús «escribir con el dedo en la tierra» (Jn 8,6), como si estuviera a la vez ocupado y divertido en algo más importante que el escuchar a quienes acusan a la mujer que le presentan porque «ha sido sorprendida en flagrante adulterio» (Jn 8,3).
Llama la atención la serenidad e incluso el buen humor que vemos en Jesucristo, aún en los momentos que para otros son de gran tensión. Una enseñanza práctica para cada uno, en estos días nuestros que llevan velocidad de vértigo y ponen los nervios de punta en un buen número de ocasiones.
La sigilosa y graciosa huida de los acusadores, nos recuerda que quien juzga es sólo Dios y que todos nosotros somos pecadores. En nuestra vida diaria, con ocasión del trabajo, en las relaciones familiares o de amistad, hacemos juicios de valor. Más de alguna vez, nuestros juicios son erróneos y quitan la buena fama de los demás. Se trata de una verdadera falta de justicia que nos obliga a reparar, tarea no siempre fácil. Al contemplar a Jesús en medio de esa “jauría” de acusadores, entendemos muy bien lo que señaló santo Tomás de Aquino: «La justicia y la misericordia están tan unidas que la una sostiene a la otra. La justicia sin misericordia es crueldad; y la misericordia sin justicia es ruina, destrucción».
Hemos de llenarnos de alegría al saber, con certeza, que Dios nos perdona todo, absolutamente todo, en el sacramento de la confesión. En estos días de Cuaresma tenemos la oportunidad magnífica de acudir a quien es rico en misericordia en el sacramento de la reconciliación.
Y, además, para el día de hoy, un propósito concreto: al ver a los demás, diré en el interior de mi corazón las mismas palabras de Jesús: «Tampoco yo te condeno» (Jn 8,11).
Vías de santidad: el laico To Rot y el obispo Maloyan, mártires, e Ibiapina, sacerdote ex político
Pita To Rot, catequista y padre de familia, fue martirizado en un campo de concentración japonés durante la Segunda Guerra Mundial.
Mártires del islamismo
Este 31 de marzo, la Santa Sede ha dado a conocer varios decretos del Dicasterio de las Causas de los Santos autorizados por el Papa Francisco, entre ellos, dos de canonización de sendos mártires (el arzobispo armenio Ignacio Choukrallah Maloyan y el laico Pedro To Rot, de Papúa-Nueva Guinea), y una declaración de virtudes heroicas, la del sacerdote y antiguo político brasileño José Antonio María Ibiapina.
Pedro To Rot
El beato Peter (Pita) To Rot goza de una fama de santidad arraigada en la Iglesia a raíz de su martirio y de haber sido elegido como patrono de la Jornada Mundial de la Juventud de 2008, celebrada en Sidney.
Nacido en 1912 en Rakunai (Papúa Nueva Guinea), era el tercer hijo de Ángel To Puia, el jefe de una tribu local que se convirtió del metodismo al catolicismo, arrastrando consigo a todos los suyos y creando una comunidad católica muy viva y activa en contacto con los misioneros.
Aunque Pedro se planteó en algún momento la vocación sacerdotal, finalmente descartó que esa fuera la llamada de Dios y se casó en 1936 con su esposa Paula Ia Varpit. Devoto y hombre de oración, se consagró a la labor de catequista tanto de jóvenes como de adultos. Su ejemplo de vida matrimonial ayudó a combatir la poligamia ancestral que los misioneros cristianos intentaban erradicar.
Cuando en 1942, en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, los japoneses y ocuparon Papúa Nueva Guinea, los misioneros y sacerdotes fueron recluidos en campos de concentración. Pedro quedó al cargo de su comunidad, con el encargo de uno de los misioneros del Sagrado Corazón de que las personas a su cuidado no se olvidasen de Dios en ausencia de sus pastores.
Los invasores toleraron al principio la práctica cristiana, pero luego la prohibieron, por lo que To Rot organizaba reuniones secretas.
Como forma de combatir el cristianismo, los japoneses reintrodujeron la poligamia con el apoyo de los jefes locales, resentidos contra los misioneros por su insistencia en la monogamia.
"Los japoneses no pueden evitar que amemos a Dios y obedezcamos sus leyes. Debemos ser fuertes y debemos negarnos a ceder ante ellos", proclamó entonces Pedro, enfrentándose incluso a su propio hermano, que tomó una segunda esposa.
Un espía que trabajaba para el enemigo, también bígamo, le denunció, y él resistió todas las presiones par ceder. No dudó de cuál era su destino: "Estoy en prisión por los adúlteros y por los servicios de la iglesia. Estoy listo para morir", confesó a un jefe de la aldea que le visitó, según recoge Aciprensa.
En efecto, en algún momento de julio de 1945, cuando tenía 33 años de edad, fue golpeado y envenenado hasta morir. Enseguida fue considerado mártir por la comunidad católica local, un mártir de la integridad del matrimonio cristiano.
Juan Pablo II lo beatificó el 17 de enero de 1995 elogiando en su homilía que Pedro "se negó a tomar el camino fácil del compromiso moral". Ahora será proclamado santo en la fecha que determine el consistorio que convoque el Papa para ello.
Arzobispo Ignacio Choukrallah Maloyan
El beato Ignacio Choukrallah Maloyan nació en Mardine (Turquía) en 1869. Su vocación fue temprana e ingresó a los 14 años en el convento de Bzommar, en el Líbano. Tras completar su formación, en 1896 fue ordenado sacerdote y enviado en misión a Alejandría y luego El Cairo.
Estudió francés, inglés y hebreo bíblico y en 1904 fue elegido como secretario por el Patriarca Bedros XII. Siete años después, en 1911, durante el sínodo de los obispos armenios reunido en Roma, fue designado arzobispo de Mardine.
El arzobispo Ignacio Maloyan, mártir durante el genocidio armenio.
El arzobispo Ignacio Maloyan, mártir durante el genocidio armenio. Le fue ofrecida la conversión al islam para salvar su vida.
Como obispo, se aplicó en difundir en todas las parroquias la devoción al Sagrado Corazón de Jesús y a la Virgen María.
Mantenía buenas relaciones con las autoridades políticas, pero cuando en 1915 se desató el genocidio armenio a manos del gobierno turco, su arzobispado fue rodeado y atacado, sufriendo la destrucción de archivos y documentos.
A principios de mayo, el arzobispo Maloyan reunió a sus sacerdotes y les advirtió de las amenazas que se cernían sobre la Iglesia, exhortándoles a la oración y la fidelidad y al martirio si llegaba la ocasión.
El 13 de junio de 1915 fue detenido junto a otros sacerdotes y conducido a un tribunal, donde la policía le preguntó por las armas que escondía, falsedad que ya había servido de pretexto para el asalto al arzobispado. El prelado dijo que siempre había sido leal con el sultán, que incluso le había condecorado.
Entonces le ofrecieron convertirse al islam para salvar su vida, a lo que respondió que jamás renegaría de Jesús, aun a precio de su muerte. Los policías turcos empezaron entonces a golpearle violentamente con la culata de la pistola en la cabeza. Luego le aplastaron las uñas de los pies y le forzaron a andar para torturarle.
Finalmente leyeron la sentencia: "El Estado os hizo grandes favores, pero habéis traicionado al país. Por eso se os condena a muerte. Sin embargo, si alguno se hace musulmán, será liberado y volverá a Mardine".
En nobre de todos, Maloyan respondió: "Nunca hemos sido desleales con el Estado. Pero si nos pedís ser infieles a nuestra religión, eso nunca, nunca, nunca", palabra que repitieron los demás cristianos presentes.
"Moriremos, pero moriremos por Cristo", proclamó el obispo. Todos se pusieron de rodillas y los sacerdotes se absolvieron unos a otros. El jefe policial se aproximó a Maloyan y volvió a proponerle la conversión al islam.
"Tu petición me sorprende", respondió el armenio: "Ya te he dicho que vivo y muero por mi fe verdadera. Me glorifico en la Cruz de mi Señor y mi Dios". Inmediatamente recibió un tiro en la nuca, pero aún se le pudo escuchar, antes de morir: "Señor, ten piedad de mí. A tus manos encomiendo mi espíritu".
Fue beatificado por Juan Pablo II en 2021.
José Antonio María Ibiapina
José Antônio Pereira Ibiapina (1806-1883) fue un sacerdote brasileño de vocación tardía. Estudió Derecho y fue profesor de universidad, juez y miembro de la Cámara de Diputados entre 1834 y 1837.
Tras un proceso de conversión espiritual, decidió romper con una vida que le alejaba de lo importante y consagrarse totalmente a Dios. En 1853, cuando tenía 47 años, fue ordenado sacerdote y comenzó una intensa labor misionera por cinco estados del noreste de Brasil.
El padre Ibiapina, un misionero brasileño que fue profesor, juez y político.
El padre Ibiapina, un misionero brasileño que fue profesor, juez y político.
Con lo que había aprendido en su profesión civil, impulsó la construcción de acequias y pozos al servicio de las comunidades donde atendía a los más pobres y para ellas construyó también capillas, cementerios, ambulatorios de salud e instituciones de caridad. Fomentó el crecimiento del tejido social en torno a la caridad y la redención personal a través del trabajo.
Su intensa labor de treinta años dejó una profunda huella en la región que misionó, a pesar de que su nombre es menos conocido que otros sacerdotes y religiosos de la misma época. Su fama de santidad, sin embargo, persistió y se ve ahora reconocida con la declaración de virtudes heroicas, preludio de una posible beatificación futura.
En aquel tiempo, muchos entre la gente, que habían escuchado a Jesús, decían: «Éste es verdaderamente el profeta». Otros decían: «Éste es el Cristo». Pero otros replicaban: «¿Acaso va a venir de Galilea el Cristo? ¿No dice la Escritura que el Cristo vendrá de la descendencia de David y de Belén, el pueblo de donde era David?».
Se originó, pues, una disensión entre la gente por causa de Él. Algunos de ellos querían detenerle, pero nadie le echó mano. Los guardias volvieron donde los sumos sacerdotes y los fariseos. Estos les dijeron: «¿Por qué no le habéis traído?». Respondieron los guardias: «Jamás un hombre ha hablado como habla ese hombre». Los fariseos les respondieron: «¿Vosotros también os habéis dejado embaucar? ¿Acaso ha creído en Él algún magistrado o algún fariseo? Pero esa gente que no conoce la Ley son unos malditos».
Les dice Nicodemo, que era uno de ellos, el que había ido anteriormente donde Jesús: «¿Acaso nuestra Ley juzga a un hombre sin haberle antes oído y sin saber lo que hace?». Ellos le respondieron: «¿También tú eres de Galilea? Indaga y verás que de Galilea no sale ningún profeta». Y se volvieron cada uno a su casa.
«Jamás un hombre ha hablado como habla ese hombre»
Abbé Fernand ARÉVALO
(Bruxelles, Bélgica)
Hoy el Evangelio nos presenta las diferentes reacciones que producían las palabras de nuestro Señor. No nos ofrece este texto de Juan ninguna palabra del Maestro, pero sí las consecuencias de lo que Él decía. Unos pensaban que era un profeta; otros decían «Éste es el Cristo» (Jn 7,41).
Verdaderamente, Jesucristo es ese “signo de contradicción” que Simeón había anunciado a María (cf. Lc 2,34). Jesús no dejaba indiferentes a quienes le escuchaban, hasta el punto de que en esta ocasión y en muchas otras «se originó, pues, una disensión entre la gente por causa de Él» (Jn 7,43). La respuesta de los guardias, que pretendían detener al Señor, centra la cuestión y nos muestra la fuerza de las palabras de Cristo: «Jamás un hombre ha hablado como habla ese hombre» (Jn 7,46). Es como decir: sus palabras son diferentes; no son palabras huecas, llenas de soberbia y falsedad. El es “la Verdad” y su modo de decir refleja este hecho.
Y si esto sucedía con relación a sus oyentes, con mayor razón sus obras provocaban muchas veces el asombro, la admiración; y, también, la crítica, la murmuración, el odio... Jesucristo hablaba el “lenguaje de la caridad”: sus obras y sus palabras manifestaban el profundo amor que sentía hacía todos los hombres, especialmente hacia los más necesitados.
Hoy como entonces, los cristianos somos —hemos de ser— “signo de contradicción”, porque hablamos y actuamos no como los demás. Nosotros, imitando y siguiendo a Jesucristo, hemos de emplear igualmente “el lenguaje de la caridad y del cariño”, lenguaje necesario que, en definitiva, todos son capaces de comprender. Como escribió el Santo Padre Benedicto XVI en su encíclica Deus caritas est, «el amor —caritas— siempre será necesario, incluso en la sociedad más justa (...). Quien intenta desentenderse del amor se dispone a desentenderse del hombre en cuanto hombre».
Desde el santuario de Lord, en la montaña, «Hagan Lío» explora la fuerza de la oración
Carlota Valenzuela habla sobre la oración con la ermitaña del santuario mariano de Lord en la serie Haga Lío
Santuarios marianos
La serie Hagan Lío, de Juan Manuel Cotelo e Infinito+1, llega a su capítulo 12, titulado El poder de la oración, que será el último de esta serie de vídeos.
Con el apoyo de miles de pequeños donantes, Infinito+1 ha producido y difundido doce historias de fe, milagros, conversiones, perdón, superación con Dios y acogida a los pobres, enfermos y necesitados.
Ahora buscan traducir y subtitular en distintos idiomas estas historias, que tocan mentes y corazones y acercan a muchos a Dios. Por eso, siguen contando con los donativos de quienes quieren evangelizar a través de testimonios hermosos y bien recogidos con buenas imágenes.
El capítulo 12 lleva a los espectadores a los Pirineos de Lérida, al santuario mariano de Lord, en un monte al cual sólo se puede llegar a pie en su tramo final. Allí llegan personas que buscan pararse, pensar, a veces simplemente poder respirar, contemplar una naturaleza impresionante, de montañas, valles, lagos y nubes. Y eso les abre a escuchar a Dios.
Este capítulo es ideal para animar a rezar a jóvenes y mayores que antes no lo hayan hecho nunca o casi nunca. Anima a buscar a Dios... y a dar tiempo a Dios para poderle escuchar. El capítulo no detalla distintas formas de orar para distintos tipos de persona o situaciones: se centra en que orar es posible, es muy bueno, es necesario y sanador y no es difícil.
En Lord está un sacerdote, el padre Joan Durbán, que ha recibido y escuchado a cientos de personas con sus historias. Muchos dicen que hablar con el padre Joan les ha ayudado a ordenar su vida, y enfocarla con más paz, hacia Dios.
Lo primero es pararse, escuchar, y hacerse preguntas
"La gente no viene con problemas de 'no saber rezar' sino con problemas de la vida que le impiden un acercamiento a ese Dios al que han de rezar. Lo primero que hay que valorar en el camino de la oración es la escucha", explica el sacerdote a Carlota Valenzuela, la joven conductora de Hagan Lío. "¿Quién eres? ¿Dónde estás? ¿Qué pretendes? Con eso nos acercamos a una realidad personal auténtica y que desde la autenticidad de la persona nos permite dirigirnos y acercarnos a la autenticidad de Dios. Ahí empieza el camino de la oración", explica.
Su experiencia es que muchas personas tienen falta de autoestima. Otras muchas, simplemente, se desconocen a sí mismas.
Todo requiere una cierta inversión en tiempo. También la paz y conectar con Dios.
"Lo mismo que cuidas a tu cuerpo y buscas tiempo para atenderlo, porque si no se muere, has de buscar tiempo y has de ser consciente de que tu espíritu necesita su alimento espiritual. Si no, se muere. Los virus que corren por la sociedad, que son muchos, enseguida te infectarán. Has debilitado tanto tu espíritu, está tan flaco y tan perdido, que ya no sabe encontrar el sentido de la existencia. Lo importante es que seas auténtico contigo mismo y digas 'esto no me hace feliz'. ¡Pues mueve pieza!", propone el padre Joan.
La belleza, la naturaleza, ayuda a elevar la mirada
Algunos de los peregrinos que acoge dicen que la belleza y grandeza de Lord (como en muchos otros sitios hermosos) ya hace elevar la vista. Sentirse acogido con sonrisas también ayuda. "La gente llega aquí con una expresión triste en la cara y se van con otro tipo de expresión, con una sonrisa", dicen.
El programa recoge varios testimonios. Varios dicen que se habían dedicado a la fiesta, o a las ideologías, y nada de verdad les hacía felices. Hablan de dar un paso: hacer "un reset", un nuevo inicio. "Corté con muchas cosas que me ataban y que no no me hacían jugar limpio", dice uno.
Otros llegaron con depresión. "Yo creo que no nos enseñan a parar. Toda la vida parece una carrera a más, a conseguir cosas. En Lord aprendí a parar", explica otro testimonio.
Un peregrino en el santuario de Lord con el hacha y la leña... a veces piden hacer cosas concretas, físicas, que ayudan a pararse
Andreu, un joven de Manresa de 20 años, reconoce que estaba adicto al móvil. La primera regla al llegar era entregar su dispositivo. Después de unos días pensando que perdía el tiempo y de gritar de frustración, pidió a Dios "paciencia y paz". "Ese día yo recé de verdad por primera vez", señala.
Una mujer que declara ser "perfeccionista" y "exigente", que quería agradar a Dios "haciendo" cosas buenas, ahora da un consejo para cambiar de enfoque y dar todo el protagonismo a Dios.
"Quítate de exigencias, quítate de obligaciones, saca tu corazón, saca tus preocupaciones, ponlo todo en manos de Dios para abrirte al amor, suelta tú todo lo que tienes dentro. Cuando te quitas y comprendes que el Señor te quiere, y te quiere como tú eres, ya estás abierto, ya empiezas a vislumbrar", explica.
Rezar es como ir al gimnasio, como estar con un amigo...
"Orar es como estar con un amigo", explica Patty, una joven que se levanta muy pronto para ver amanecer, las nubes y las montañas. "Muchas veces vengo y digo 'Señor, estoy muy aburrida', 'pues vamos a aburrirnos los dos juntos, ¿no?'", explica.
Otros lo comparan con el gimnasio, no por el esfuerzo y cansancio, pero sí por la constancia que requiere el trato con Dios. El mismo padre Joan habla del atleta olímpico que, antes de hacer maravillas en las anillas, "ha hecho el patoso mil veces y se ha caído y ha hecho. Paulatinamente irás cogiendo ritmo".
Otro de los peregrinos explica que con la constancia en la oración empezó a encontrar "como pequeñitas iluminaciones en las que yo veía una correspondencia, a base de repetir mi corazón se iba como iluminando por flashes donde el Señor de una forma clara me iba hablando y toda mi vida se iba empezando a conectar". Y los primeros frutos de oración llevan a querer más.
Otro comenta que "rezar con la cabeza" cansa, pero "orar con el corazón" no, porque se parece a "estar acompañado", a "estar en relación" con Dios, cuando "puedes expresar lo que tienes, puedes descargar con Él, confiando en que Él te escucha, Él te ama. Confía, eso es orar".
El joven Andreu lo explica así: "Para mí, rezar es hablar con los que están en el Cielo, como si estuvieran aquí delante nuestro, pero al estar allí nos escuchan aún mejor".
La ermitaña y las ovejas que se escapan
En Lord está también María Eugenia Lastras, una ermitaña diocesana, que pone ejemplos espirituales a partir de lo que vive con las ovejas que cuida. "Cuando estás en este entorno y ves que se te dilata el corazón, alguien te dice 'eso es Dios, créete que eso es Dios', y ya está, es así de simple, esa paz en el corazón, esa es la presencia de Dios, Él se quiere mostrar así", explica.
Un día, ayudándose con cuerdas y otros voluntarios, se descolgó por un risco para rescatar a una oveja perdida. La oveja luego la seguía, agradecida. "Las personas llegan así, como perdidas, con necesidad de ser rescatadas. Realmente no sabemos lo que hacemos cuando nos lanzamos por el precipicio o cuando nos vamos por caminos desviados. No sé qué tienen los zarzales que les atraen tanto, pero luego vienen a que les quitemos las espinas", comenta.
Anima al que duda a atreverse a rezar, y dice que todos hemos sido creados para eso. "Puedes cerrar los ojos y abrir esa parte de ti que trasciende, que no se cierra en este mundo. Levanta la cabeza, mira para arriba y pide, da gracias, abre tu corazón. A ver si tienes respuesta. Yo te aseguro que tienes respuesta", afirma la ermitaña.
Unos rezan el rosario mientras van en moto. Otros dicen que Dios es ya el copiloto de su vida: es quien les guía por la ruta. Al abrirse a Dios, ganan en paz, pero también aprender a aportar paz a los demás, a ser generosos, no se escapan de las situaciones complicadas del mundo, aprenden a ayudar al otro desde cerca.
"La oración no te quita del sufrimiento, pero te lo hace experimentar de una manera más profunda, con paz y sobre todo con amor", dice el padre Joan. Esa paz se notará en uno y llamará la atención de los demás, dice. "Es meterse en el mejor lío del planeta
En aquel tiempo, Jesús estaba en Galilea, y no podía andar por Judea, porque los judíos buscaban matarle. Se acercaba la fiesta judía de las Tiendas. Después que sus hermanos subieron a la fiesta, entonces Él también subió no manifiestamente, sino de incógnito.
Mediada ya la fiesta, subió Jesús al Templo y se puso a enseñar. Decían algunos de los de Jerusalén: «¿No es a ése a quien quieren matar? Mirad cómo habla con toda libertad y no le dicen nada. ¿Habrán reconocido de veras las autoridades que éste es el Cristo? Pero éste sabemos de dónde es, mientras que, cuando venga el Cristo, nadie sabrá de dónde es». Gritó, pues, Jesús, enseñando en el Templo y diciendo: «Me conocéis a mí y sabéis de dónde soy. Pero yo no he venido por mi cuenta; sino que me envió el que es veraz; pero vosotros no le conocéis. Yo le conozco, porque vengo de Él y Él es el que me ha enviado». Querían, pues, detenerle, pero nadie le echó mano, porque todavía no había llegado su hora.
«Nadie le echó mano, porque todavía no había llegado su hora»
Fr. Matthew J. ALBRIGHT
(Andover, Ohio, Estados Unidos)
Hoy, el Evangelio nos permite contemplar la confusión que surgió sobre la identidad y la misión de Jesucristo. Cuando la gente es puesta cara a cara ante Jesús, hay malentendidos y presunciones acerca de quién es Él, cómo en Él se cumplen o no las profecías del Antiguo Testamento y sobre lo que Él realizará. Las suposiciones y los prejuicios conducen a la frustración y a la ira. Esto ha sido así siempre: la confusión alrededor de Cristo y de la enseñanza de la Iglesia despierta controversia y división religiosa. ¡El rebaño se dispersa si las ovejas no reconocen a su pastor!
La gente dice: «Éste sabemos de dónde es, mientras que, cuando venga el Cristo, nadie sabrá de dónde es» (Jn 7,27), y concluyen que Jesús no puede ser el Mesías porque Él no responde a la imagen del “Mesías” en la que ellos habían sido instruidos. Por otra parte, saben que los Príncipes de los Sacerdotes quieren matarle, pero al mismo tiempo ven que Él se mueve libremente sin ser arrestado. De manera que se preguntan si quizá las autoridades «habrán reconocido de veras que éste es el Cristo» (Jn 7,26).
Jesús ataja la confusión identificándose Él mismo como el enviado por el que es “veraz” (cf. Jn 7,28). Cristo es consciente de la situación, tal como lo retrata Juan, y nadie le echa mano porque todavía no le ha llegado la hora de revelar plenamente su identidad y misión. Jesús desafía las expectativas al mostrarse, no como un líder conquistador para derrocar la opresión romana, sino como el “Siervo Sufriente” de Isaías.
El Papa Francisco escribió: «La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús». Es urgente que nosotros ayudemos a cada uno a ir más allá de las suposiciones y prejuicios sobre quién es Jesús y qué es la Iglesia, y a la vez facilitarles el encuentro con Jesús. Cuando una persona llega a saber quién es realmente Jesús, entonces abundan la alegría y la paz.
Pell y el fundador de los Caballeros de Colón, intercesores en la sorprendente salvación de un niño
El cardenal George Pell falleció a principios de 2023 a consecuencia de un infarto durante una operación de cadera.
El pasado 2 de marzo, Caitlin y Wesley Robinson, un matrimonio católico de Phoenix (Arizona, Estados Unidos) padres de ocho hijos con el noveno en camino, se encontraron al menor de ellos, de 15 meses, flotando boca abajo en la piscina familiar.
52 minutos de reanimación
Los bomberos de una estación cercana fueron los primeros en llegar tras la llamada de emergencia. El pequeño Vincent apenas tenía un pulso débil e intermitente. Se iniciaron unas labores de reanimación que finalizaron los médicos en el hospital y duraron 52 minutos. Consiguieron estabilizarlo, pero el niño quedó intubado con oxígeno y sedación intravenosa a la espera de que lograra sobrevivir y, en caso de conseguirlo, con qué secuelas.
Era domingo y durante los tres días siguientes la familia y los doctores temieron lo peor: "Nos preparamos para un funeral. Estuvimos tres días de rodillas rezando sin cesar", explica su madre a Our Sunday Visitor.
Rezando al cardenal Pell
Entre los intercesores a quienes pidieron por la salvación de Vincent está el cardenal George Pell (1941-2023), el que fuera arzobispo de Sidney (Australia), quien pasó trece meses en prisión por uno supuestos abusos por los que finalmente fue absuelto por decisión unánime del Tribunal Supremo australiano. Falleció el 10 de enero de 2023 por un fallo cardiaco durante una operación de cadera.
Pell: «Fue difícil, pero una vez que tomé la decisión de perdonar todo vino como consecuencia»
Pell había estado en Phoenix en 2021 presentando su Diario en prisión (Palabra), una obra espiritual escrita en la cárcel. Los Robinson habían acudido al acto, le habían conocido y le apreciaban mucho. Como ha confirmado el actual arzobispo de Sidney, Anthony Fisher, un tío del niño, sacerdote, contactó con el padre Joseph Hamilton, antiguo secretario del cardenal Pell en Roma, para pedirle que rezara por el pequeño, como ellos iban a hacer también. Hamilton pidió las oraciones, entre otros, del propio Fisher.
El sacerdote tío del niño es Dan Connealy, hermano de Caitlin y párrodo en Flagstaff, una localidad a dos horas de Phoenix. Él acompañó a los padres rezando en el hospital e inició una cadena de oración.
La reliquia
La cadena llegó hasta un sacerdote de Connecticut cuya hermana es la madrina del niño, y envió a la familia una reliquia de primera clase del venerable Michael McGivney (1852-1890), el sacerdote fundador de los Caballeros de Colón, una de las organizaciones católicas más influyentes en Estados Unidos por su acción social, cultural y caritativa.
Michael McGivney, fundador de los Caballeros de Colón.
La madre de Vincent, Caitlin, comenzó una novena al padre McGivney, pero confiesa que sin demasiadas expectativas, porque se preparaba para lo peor: "Estaba segura de que yo sabía que la voluntad de Dios era que perdiésemos a nuestro hijo, me avergüenzo de no haber confiado más".
La novena empezó el 5 de marzo, Miércoles de Ceniza. Pusieron la reliquia en el pecho del niño y esa misma noche los médicos les dijeron que Vincent había sufrido una mejoría "notable" y ya no le consideraban en situación terminal.
El milagro del padre McGivney
Cada día de la novena pusieron la reliquia en distintas partes del cuerpo del niño, y cada día sucedía algo en su mejoría, ya fuese una prueba favorable, quitarle el oxígeno, pasarlo a planta, empezar a comer por sí mismo... Al noveno día de la novena, le dieron el alta.
El padre de Vincent, un abogado de 39 años especializado en adquisiciones y fusiones empresariales, considera esta curación como "un regalo" para "dar nuevas fuerzas a la fe" de la familia. Él y su esposa afirman que nunca tuvieron tan clara "la realidad de la Iglesia triunfante" como en estos días de oración, los más intensos de su vida.
En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: «Si yo diera testimonio de mí mismo, mi testimonio no sería válido. Otro es el que da testimonio de mí, y yo sé que es válido el testimonio que da de mí. Vosotros mandasteis enviados donde Juan, y él dio testimonio de la verdad. No es que yo busque testimonio de un hombre, sino que digo esto para que os salvéis. Él era la lámpara que arde y alumbra y vosotros quisisteis recrearos una hora con su luz. Pero yo tengo un testimonio mayor que el de Juan; porque las obras que el Padre me ha encomendado llevar a cabo, las mismas obras que realizo, dan testimonio de mí, de que el Padre me ha enviado. Y el Padre, que me ha enviado, es el que ha dado testimonio de mí. Vosotros no habéis oído nunca su voz, ni habéis visto nunca su rostro, ni habita su palabra en vosotros, porque no creéis al que Él ha enviado.
»Vosotros investigáis las escrituras, ya que creéis tener en ellas vida eterna; ellas son las que dan testimonio de mí; y vosotros no queréis venir a mí para tener vida. La gloria no la recibo de los hombres. Pero yo os conozco: no tenéis en vosotros el amor de Dios.
»Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me recibís; si otro viene en su propio nombre, a ése le recibiréis. ¿Cómo podéis creer vosotros, que aceptáis gloria unos de otros, y no buscáis la gloria que viene del único Dios? No penséis que os voy a acusar yo delante del Padre. Vuestro acusador es Moisés, en quién habéis puesto vuestra esperanza. Porque, si creyerais a Moisés, me creeríais a mí, porque él escribió de mí. Pero, si no creéis en sus escritos, ¿cómo vais a creer en mis palabras?».
«Si yo diera testimonio de mí mismo, mi testimonio no sería válido»
Rev. D. Miquel MASATS i Roca
(Girona, España)
Hoy, el Evangelio nos enseña cómo Jesús hace frente a la siguiente objeción: según se lee en Dt 19,15, para que un testimonio tenga valor es necesario que proceda de dos o tres testigos. Jesús alega a favor suyo el testimonio de Juan el Bautista, el testimonio del Padre —que se manifiesta en los milagros obrados por Él— y, finalmente, el testimonio de las Escrituras.
Jesucristo echa en cara a los que le escuchan tres impedimentos que tienen para reconocerle como al Mesías Hijo de Dios: la falta de amor a Dios; la ausencia de rectitud de intención —buscan sólo la gloria humana— y que interpretan las Escrituras interesadamente.
El Santo Padre San Juan Pablo II nos escribía: «A la contemplación del rostro de Cristo tan sólo se llega escuchando en el Espíritu la voz del Padre, ya que nadie conoce al Hijo fuera del Padre (cf. Mt 11,27). Así, pues, se necesita la revelación del Altísimo. Pero, para acogerla, es indispensable ponerse en actitud de escuchar».
Por esto, hay que tener en cuenta que, para confesar a Jesucristo como verdadero Hijo de Dios, no es suficiente con las pruebas externas que se nos proponen; es muy importante la rectitud en la voluntad, es decir, las buenas disposiciones.
En este tiempo de Cuaresma, intensificando las obras de penitencia que facilitan la renovación interior, mejoraremos nuestras disposiciones para contemplar el verdadero rostro de Cristo. Por esto, san Josemaría nos dice: «Ese Cristo, que tú ves, no es Jesús. —Será, en todo caso, la triste imagen que pueden formar tus ojos turbios...—Purifícate. Clarifica tu mirada con la humildad y la penitencia. Luego... no te faltarán las limpias luces del Amor. Y tendrás una visión perfecta. Tu imagen será realmente la suya: ¡Él!».