jueves, 20 de agosto de 2026

Santo Evangelio 20 de agosto 2026



 Texto del Evangelio (Mt 22,1-14):

 En aquel tiempo, Jesús propuso esta otra parábola a los grandes sacerdotes y a los notables del pueblo: «El Reino de los Cielos es semejante a un rey que celebró el banquete de bodas de su hijo. Envió a sus siervos a llamar a los invitados a la boda, pero no quisieron venir. Envió todavía a otros siervos, con este encargo: ‘Decid a los invitados: Mirad, mi banquete está preparado, se han matado ya mis novillos y animales cebados, y todo está a punto; venid a la boda’. Pero ellos, sin hacer caso, se fueron el uno a su campo, el otro a su negocio; y los demás agarraron a los siervos, los escarnecieron y los mataron. Se airó el rey y, enviando sus tropas, dio muerte a aquellos homicidas y prendió fuego a su ciudad.

»Entonces dice a sus siervos: ‘La boda está preparada, pero los invitados no eran dignos. Id, pues, a los cruces de los caminos y, a cuantos encontréis, invitadlos a la boda’. Los siervos salieron a los caminos, reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos, y la sala de bodas se llenó de comensales. Entró el rey a ver a los comensales, y al notar que había allí uno que no tenía traje de boda, le dice: ‘Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de boda?’. Él se quedó callado. Entonces el rey dijo a los sirvientes: ‘Atadle de pies y manos, y echadle a las tinieblas de fuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes’. Porque muchos son llamados, mas pocos escogidos».



«Mi banquete está preparado, se han matado ya mis novillos y animales cebados, y todo está a punto; venid a la boda»


Rev. D. David AMADO i Fernández

(Barcelona, España)

Hoy, la parábola evangélica nos habla del banquete del Reino. Es una figura recurrente en la predicación de Jesús. Se trata de esa fiesta de bodas que sucederá al final de los tiempos y que será la unión de Jesús con su Iglesia. Ella es la esposa de Cristo que camina en el mundo, pero que se unirá finalmente a su Amado para siempre. Dios Padre ha preparado esa fiesta y quiere que todos los hombres asistan a ella. Por eso dice a todos los hombres: «Venid a la boda» (Mt 22,4).

La parábola, sin embargo, tiene un desarrollo trágico, pues muchos, «sin hacer caso, se fueron el uno a su campo, el otro a su negocio...» (Mt 22,5). Por eso, la misericordia de Dios va dirigiéndose a personas cada vez más lejanas. Es como un novio que va a casarse e invita a sus familiares y amigos, pero éstos no quieren ir; llama después a conocidos y compañeros de trabajo y a vecinos, pero ponen excusas; finalmente se dirige a cualquier persona que encuentra, porque tiene preparado un banquete y quiere que haya invitados a la mesa. Algo semejante ocurre con Dios.

Pero, también, los distintos personajes que aparecen en la parábola pueden ser imagen de los estados de nuestra alma. Por la gracia bautismal somos amigos de Dios y coherederos con Cristo: tenemos un lugar reservado en el banquete. Si olvidamos nuestra condición de hijos, Dios pasa a tratarnos como conocidos y sigue invitándonos. Si dejamos morir en nosotros la gracia, nos convertimos en gente del camino, transeúntes sin oficio ni beneficio en las cosas del Reino. Pero Dios sigue llamando.

La llamada llega en cualquier momento. Es por invitación. Nadie tiene derecho. Es Dios quien se fija en nosotros y nos dice: «¡Venid a la boda!». Y la invitación hay que acogerla con palabras y hechos. Por eso aquel invitado mal vestido es expulsado: «Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de boda?» (Mt 22,12).


El que persevere hasta el final se salvará

 


De los sermones de san Agustín, obispo

(Sermón Caillau-Sant-Yves 2, 92: PLS 2, 441-552)

EL QUE PERSEVERE HASTA EL FINAL SE SALVARÁ


Todas las aflicciones y tribulaciones que nos sobrevienen pueden servirnos de advertencia y corrección a la vez. Pues nuestras mismas sagradas Escrituras no nos garantizan la paz, la seguridad y el descanso. Al contrario, el Evangelio nos habla de tribulaciones, apuros y escándalos; pero el que persevere hasta el final se salvará. Pues, ¿qué bienes ha tenido esta nuestra vida, ya desde el primer hombre, que nos mereció la muerte y la maldición, de la que sólo Cristo, nuestro Señor, pudo librarnos? No protestéis, pues, queridos hermanos, como protestaron algunos de ellos —son palabras del Apóstol—, y perecieron víctimas de las serpientes. ¿O es que ahora tenemos que sufrir desgracias tan extraordinarias que no las han sufrido, ni parecidas, nuestros antepasados? ¿O no nos damos cuenta, al sufrirlas, de que se diferencian muy poco de las suyas? Es verdad que encuentras hombres que protestan de los tiempos actuales y dicen que fueron mejores los de nuestros antepasados; pero esos mismos, si se les pudiera situar en los tiempos que añoran, también entonces protestarían. En realidad juzgas que esos tiempos pasados son buenos, porque no son los tuyos. Una vez que has sido rescatado de la maldición, y has creído en Cristo, y estás empapado en las sagradas Escrituras, o por lo menos tienes algún conocimiento de ellas, creo que no tienes motivo para decir que fueron buenos los tiempos de Adán. También tus padres tuvieron que sufrir las consecuencias de Adán. Porque Adán es aquel a quien se dijo: Con sudor de tu frente comerás el pan, y labrarás la tierra, de donde te sacaron; brotará para ti cardos y espinas. Éste es el merecido castigo que el justo juicio de Dios le fulminó. ¿Por qué, pues, has de pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor que los actuales? Desde el primer Adán hasta el Adán de hoy, ésta es la perspectiva humana: trabajo y sudor, espinas y cardos. ¿Se ha desencadenado sobre nosotros algún diluvio? ¿Hemos tenido aquellos difíciles tiempos de hambre y de guerras? Precisamente nos los refiere la historia para que nos abstengamos de protestar contra Dios en los tiempos actuales. ¡Qué tiempos tan terribles fueron aquéllos! ¿No nos hace temblar el solo hecho de escucharlos o leerlos? Así es que tenemos más motivos para alegrarnos de vivir en este tiempo que para quejarnos de él.

miércoles, 19 de agosto de 2026

Santo Evangelio 19 de agosto de 2026

 


Texto del Evangelio (Mt 20,1-16):

 En aquel tiempo, Jesús dijo a los discípulos esta parábola: «El Reino de los Cielos es semejante a un propietario que salió a primera hora de la mañana a contratar obreros para su viña. Habiéndose ajustado con los obreros en un denario al día, los envió a su viña. Salió luego hacia la hora tercia y al ver a otros que estaban en la plaza parados, les dijo: ‘Id también vosotros a mi viña, y os daré lo que sea justo’. Y ellos fueron. Volvió a salir a la hora sexta y a la nona e hizo lo mismo. Todavía salió a eso de la hora undécima y, al encontrar a otros que estaban allí, les dice: ‘¿Por qué estáis aquí todo el día parados?’. Dícenle: ‘Es que nadie nos ha contratado’. Díceles: ‘Id también vosotros a la viña’.

»Al atardecer, dice el dueño de la viña a su administrador: ‘Llama a los obreros y págales el jornal, empezando por los últimos hasta los primeros’. Vinieron, pues, los de la hora undécima y cobraron un denario cada uno. Al venir los primeros pensaron que cobrarían más, pero ellos también cobraron un denario cada uno. Y al cobrarlo, murmuraban contra el propietario, diciendo: ‘Estos últimos no han trabajado más que una hora, y les pagas como a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el calor’. Pero él contestó a uno de ellos: ‘Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No te ajustaste conmigo en un denario? Pues toma lo tuyo y vete. Por mi parte, quiero dar a este último lo mismo que a ti. ¿Es que no puedo hacer con lo mío lo que quiero? ¿O va a ser tu ojo malo porque yo soy bueno?’. Así, los últimos serán primeros y los primeros, últimos».



«Los últimos serán primeros y los primeros, últimos»


Rev. D. Antoni CAROL i Hostench

(Sant Cugat del Vallès, Barcelona, España)

Hoy, la Palabra de Dios nos invita a ver que la “lógica” divina va mucho más allá de la lógica meramente humana. Mientras que los hombres calculamos («Pensaron que cobrarían más»: Mt 20,10), Dios —que es Padre entrañable—, simplemente, ama («¿Va a ser tu ojo malo porque yo soy bueno?»: Mt 20,15). Y la medida del Amor es no tener medida: «Amo porque amo, amo para amar» (San Bernardo).

Pero esto no hace inútil la justicia: «Os daré lo que sea justo» (Mt 20,4). Dios no es arbitrario y nos quiere tratar como hijos inteligentes: por esto es lógico que haga “tratos” con nosotros. De hecho, en otros momentos, las enseñanzas de Jesús dejan claro que a quien ha recibido más también se le exigirá más (recordemos la parábola de los talentos). En fin, Dios es justo, pero la caridad no se desentiende de la justicia; más bien la supera (cf. 1Cor 13,5).

Un dicho popular afirma que «la justicia por la justicia es la peor de las injusticias». Afortunadamente para nosotros, la justicia de Dios —repitámoslo, desbordada por su Amor— supera nuestros esquemas. Si de mera y estricta justicia se tratara, nosotros todavía estaríamos pendientes de redención. Es más, no tendríamos ninguna esperanza de redención. En justicia estricta no mereceríamos ninguna redención: simplemente, quedaríamos desposeídos de aquello que se nos había regalado en el momento de la creación y que rechazamos en el momento del pecado original. Examinémonos, por tanto, de cómo andamos de juicios, comparaciones y cálculos cuando tratamos con los demás.

Además, si de santidad hablamos, hemos de partir de la base de que todo es gracia. La muestra más clara es el caso de Dimas, el buen ladrón. Incluso la posibilidad de merecer ante Dios es también una gracia (algo que se nos concede gratuitamente). Dios es el amo, nuestro «propietario que salió a primera hora de la mañana a contratar obreros para su viña» (Mt 20,1). La viña (es decir, la vida, el cielo...) es de Él; a nosotros se nos invita, y no de cualquier manera: es un honor poder trabajar ahí y podernos “ganar” el cielo.

Aprenda del fracaso


 

Aprenda del fracaso

Autor: Mons. Rómulo Emiliani, c.m.f.

Sitio Web: Un mensaje al corazón

Todos hemos experimentado fracasos en nuestra vida familiar, en los estudios, en el trabajo o los negocios, en la formación de nuestros hijos, en nuestra relación con Dios y cuando nos enfrentamos con nuestras propias debilidades y pecados. La mayoría de las veces logramos nuestros objetivos y sentimos gran satisfacción, pero otras veces nuestra experiencia es muy distinta. Piense por un momento en el fracaso del Hijo de Dios. Jesús fue abandonado por sus discípulos, burlado y ultrajado por sus enemigos y finalmente colgado en una cruz como si fuera un criminal. Se ha detenido a pensar que, desde el punto de vista humano, el fracaso de Jesús fue increíblemente grande y desastroso. Pero, ¿cuál fue el resultado de ese fracaso, de esa muerte? Sencillamente, Cristo Jesús murió en la cruz para salvarnos de la muerte, para abrirnos las puertas del cielo y para que resucitáramos con El a la vida eterna. ¡Dios transformó el fracaso de su Hijo en una gran victoria! 

Esta es la mayor lección de nuestra vida. No pueden haber triunfos sin fracasos. Por eso decimos que no hay Domingo de Resurrección sin Viernes Santo. No puede haber gloria sin cruz. Nuestra mayor gloria no consiste en nunca caer sino en levantarnos cada vez que caigamos. 

El fracaso se debe ver como lo que es: un maestro que nos enseña nuestras debilidades y nos indica lo que tenemos que hacer para perfeccionarnos, al igual que cualquier campeón en alguna disciplina deportiva. Los fracasos nos conservan humanos, humildes y nos ayudan a entender que, en verdad, no somos Dios sino simples criaturas. Sólo hay un Dios que es perfecto y santo. El hombre sabio e inteligente acepta la derrota como la lección más valiosa. En cambio, los orgullosos y altaneros nunca aprenden de sus fallas porque no las admiten. 

El fracaso es la escuela del éxito. Una cosa es fracasar en la vida y otra es ser un fracasado. El hombre que no hace nada, que no se propone metas ni lucha por lo que quiere no puede sentir que ha fallado porque simplemente no ha intentado siquiera hacer algo. Sin embargo, es un fracasado total porque el éxito real está en la lucha. Si el fallo ha sido por intentar alcanzar metas elevadas y grandes, ¡bendito sea el fracaso! Eso le hará pensar que tiene metas y razones concretas por que vivir y luchar. 

Cualquiera que sean las circunstancias en la vida, un fracaso no es el fin de la jornada sino solamente un paso a lo largo del camino. Cuando cometa un error, sienta cierta cólera, pero no en contra de usted ni contra nadie, sino contra el obstáculo que se le presentó y no pudo superar. Haga que esa cólera se convierta en agresividad positiva. Lo importante es la actitud, la forma de enfrentarse a los problemas y obstáculos, el ver los errores como lecciones y como escalones para la superación. Si usted es una persona positiva, logrará que cada fracaso se convierta en uno de los grandes bloques que van dando forma a la estructura de su vida. 

Si alguna vez la derrota toca a la puerta de su vida, su tarea va a consistir en no rendirse nunca sino en levantarse y continuar enforzándose para aprender de sus errores y vencer. Toda derrota es una bendición en cierto modo, pues la vida no consiste en una sola oportunidad sino en muchas. Estudie cuidadosamente y analice las razones por las que fracasa y así aprenderá a tener éxito. La derrota es un acompañante cotidiano que nos hace volver a evaluar nuestras metas para decidir si son auténticas y si vale la pena el esfuerzo de seguir luchando por ellas. 

Usted debe aprender a superarse y crecer, porque una cosa es que fracase en algo en la vida y otra es que sea un fracasado. No permita que un fracaso destruya su entusiasmo e iniciativa y acabe con su voluntad para luchar. Comience cada día con un pensamiento motivador. Piense que usted va a llevar a cabo todo lo que pueda proponerse ese día y que Dios lo acompañará a realizarlo. El Señor transformará sus posibles fracasos en grandes éxitos. 

Dios nos ama profundamente con un amor que hace surgir lo mejor de nosotros. El no nos abandona cuando fallamos sino que está siempre con nosotros para que no nos desanimemos. Con Dios podemos cambiar nuestra debilidad en fortaleza porque El nos ama, aún y a pesar de lo que hemos hecho. Esto es algo verdaderamente maravilloso que nunca debemos olvidar para conservarlo siempre en nuestra mente y nuestro corazón. Recuerde que CON DIOS, SOMOS . . . ¡INVENCIBLES! 

 

martes, 18 de agosto de 2026

Santo Evangelio 18 de agosto 2026



 Texto del Evangelio (Mt 19,23-30):

 En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Yo os aseguro que un rico difícilmente entrará en el Reino de los Cielos. Os lo repito, es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de los Cielos». Al oír esto, los discípulos, llenos de asombro, decían: «Entonces, ¿quién se podrá salvar?». Jesús, mirándolos fijamente, dijo: «Para los hombres eso es imposible, mas para Dios todo es posible».

Entonces Pedro, tomando la palabra, le dijo: «Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué recibiremos, pues?». Jesús les dijo: «Yo os aseguro que vosotros que me habéis seguido, en la regeneración, cuando el Hijo del hombre se siente en su trono de gloria, os sentaréis también vosotros en doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel. Y todo aquel que haya dejado casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o hacienda por mi nombre, recibirá el ciento por uno y heredará la vida eterna. Pero muchos primeros serán últimos y muchos últimos, primeros».



«Un rico difícilmente entrará en el Reino de los Cielos... Entonces, ¿quién se podrá salvar?»


Rev. D. Fernando PERALES i Madueño

(Terrassa, Barcelona, España)

Hoy contemplamos la reacción que suscitó entre los oyentes el diálogo del joven rico con Jesús: «¿Quién se podrá salvar?» (Mt 19,25). Las palabras del Señor dirigidas al joven rico son manifiestamente duras, pretenden sorprender, despertar nuestras somnolencias. No se trata de palabras aisladas, accidentales en el Evangelio: veinte veces repite este tipo de mensaje. Lo debemos recordar: Jesús advierte contra los obstáculos que suponen las riquezas, para entrar en la vida...

Y, sin embargo, Jesús amó y llamó a hombres ricos, sin exigirles que abandonaran sus responsabilidades. La riqueza en sí misma no es mala, sino su origen si fue injustamente adquirida, o su destino, si se utiliza egoístamente sin tener en cuenta a los más desfavorecidos, si cierra el corazón a los verdaderos valores espirituales (donde no hay necesidad de Dios).

«¿Quién se podrá salvar?». Jesús responde: «Para los hombres eso es imposible, mas para Dios todo es posible» (Mt 19,26). —Señor, Tú conoces bien las habilidades de los hombres para atenuar tu Palabra. Tengo que decírtelo, ¡Señor, ayúdame! Convierte mi corazón.

Después de marchar el joven rico, entristecido por su apego a sus riquezas, Pedro tomó la palabra y dijo: —Concede, Señor, a tu Iglesia, a tus Apóstoles ser capaces de dejarlo todo por Ti.

«En la regeneración, cuando el Hijo del hombre se siente en su trono de gloria...» (Mt 19,28). Tu pensamiento se dirige a ese “día”, hacia ese futuro. Tú eres un hombre con tendencia hacia el fin del mundo, hacia la plenitud del hombre. En ese tiempo, Señor, todo será nuevo, renovado, bello.

Jesucristo nos dice: —Vosotros, que lo habéis dejado todo por el Reino, os sentaréis con el Hijo del Hombre... Recibiréis el ciento por uno de lo que habéis dejado... Y heredaréis la vida eterna... (cf. Mt 19,28-29).

El futuro que Tú prometes a los tuyos, a los que te han seguido renunciando a todos los obstáculos... es un futuro feliz, es la abundancia de la vida, es la plenitud divina.

—Gracias, Señor. ¡Condúceme hasta ese día!


Aprende a escuchar



 Aprenda a escuchar

Autor: Mons. Rómulo Emiliani, c.m.f.

Sitio web: Un mensaje al corazón


Hay muchas barreras que impiden a los seres humanos entablar una comunicación adecuada y un encuentro más profundo con sus semejantes. Una de estas barreras es no querer o saber escuchar. 

Dice la Palabra de Dios que nuestra Madre, María Santísima, escuchaba la voz de su Señor y guardaba todas las cosas en su corazón. ¡Qué pocas personas en verdad se atreven a guardar silencio y paz en su corazón! La persona que aprende a escuchar medita y profundiza lo que Dios le dice, crece en su interior, se convierte en un gigante en conocimientos y es la que puede llegar a ser sabia. Los discípulos de Jesús llegaron a ser grandes maestros y predicadores, porque primero fueron seguidores de Cristo y lo supieron escuchar. 

El que escucha ama en silencio y se hace parte de la otra persona. Guarda en su corazón un recinto sagrado donde invita a esa persona con quien quiere comunicarse a reposar con él y allí, interiormente en su alma, lo atiende. El que escucha se convierte en un hombre de paz. El que aprende a escuchar aprende también a respetar la presencia de la otra persona. 

El que escucha en el diálogo a su prójimo, sea su hermano, su esposo o esposa, sus hijos o sus amigos, se hace más humano. Esa persona llega a amar más, porque comprende y conoce mejor a los demás. Cuando le toca hablar sabe bien lo que dice; porque primero escucha, medita en su corazón y luego expresa sus pensamientos y sentimientos. Una manera de hacer amigos de verdad consiste simplemente en saber escuchar. Cuando el amor matrimonial se está resquebrajando, muchas veces la causa es que no se están escuchando mutuamente. 

Una cosa es oír y otra muy distinta es escuchar. El que escucha de verdad en alguna forma está amando, colocando al otro en el sitial que le corresponde como ser humano e hijo de Dios. Escuchar no significa tener que estar siempre de acuerdo con la otra persona, pero sí aceptarla en sus diferentes manifestaciones. Así, el otro se siente acogido, querido e importante y se realiza un pequeño, pero gran milagro de amor, un renacimiento interior.

Algunas de las barreras que no permiten escuchar e impiden la comunicación son: 

No querer comprometerse: Es mucho más cómodo vivir solo, tranquilo y sin preocupaciones. Si se comunica y escucha a alguna persona, se compromete a ser su amigo, lo cual puede implicar amar y servir a esa persona y preocuparse por ella. 

Tener otros intereses: Hay personas que valoran su finca, su negocio, su dinero, su ropa y muchas otras cosas materiales más que a las personas. Es muy triste cuando se pone una cosa u objeto material como un valor superior por encima de un ser humano. 

Falta de paciencia: A muchas personas les falta paciencia y control emocional para escuchar. Existen personas que no tienen un momento de paz y tranquilidad para escuchar, porque supuestamente tienen muchas otras cosas que hacer. En el fondo es un mecanismo de defensa, una forma de escaparse de la realidad. 

Falta de comprensión: Es necesario comprender que la otra persona es un ser humano, además de ser su esposa, su esposo, su papá o su mamá, su hijo o su hija, su jefe, su subalterno o su amigo. El que en verdad escucha entiende que cada persona es un ser humano irrepetible y único. Esa persona es ALGUIEN que tiene algo importante que comunicarle, porque ÉL es importante. Como tal, tiene un mensaje que transmitir. 

Por eso, le retamos a que intente aprender el buen y saludable hábito de escuchar. Escuche a Dios y también a usted mismo, pues sus ideas y pensamientos más profundos son importantes. No se minusvalore. Anote sus ideas más luminosas y haga un diario. 

Dios lo escucha siempre. Él es su mejor amigo y lo comprende. El Señor tiene todo el tiempo que usted necesita y siempre está disponible para atenderlo. Tenga plena confianza en Dios, acérquese más al Señor orando mucho, expóngale todo con sus propias palabras. Háblele con amor y fe y Él lo escuchará y CON ÉL, USTED SERÁ. . . ¡INVENCIBLE ! 

                       

lunes, 17 de agosto de 2026

Santo Evangelio 17 de agosto 2026

 


Texto del Evangelio (Mt 19,16-22):

 En aquel tiempo, un joven se acercó a Jesús y le dijo: «Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para conseguir vida eterna?». Él le dijo: «¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno? Uno solo es el Bueno. Mas si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos». «¿Cuáles?» —le dice él—. Y Jesús dijo: «No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo». Dícele el joven: «Todo eso lo he guardado; ¿qué más me falta?». Jesús le dijo: «Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme». Al oír estas palabras, el joven se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes.



«¿Qué he de hacer de bueno para conseguir vida eterna?»


Rev. D. Óscar MAIXÉ i Altés

(Roma, Italia)

Hoy la liturgia de la palabra pone ante nuestra consideración el famoso pasaje del joven rico, aquel joven que no supo responder ante la mirada de amor con que Cristo se fijó en él (cf. Mc 10,21). San Juan Pablo II nos recuerda que en aquel joven podemos reconocer a todo hombre que se acerca a Cristo y le pregunta sobre el sentido de su propia vida: «Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para conseguir vida eterna?» (Mt 19,16). El Papa comenta que «el interlocutor de Jesús intuye que hay una conexión entre el bien moral y el pleno cumplimiento del propio destino».

También hoy, ¡cuántas personas se hacen esta pregunta! Si miramos a nuestro alrededor, podemos quizá pensar que son pocas las personas que ven más allá, o bien que el hombre del siglo XXI no necesita hacerse este tipo de preguntas, ya que las respuestas no le sirven.

Jesús le responde: «¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno? Uno sólo es el Bueno. Mas si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos» (Mt 19,17). No es solamente legítimo el preguntarse acerca del más allá, sobre el sentido de la vida, sino que... ¡es necesario hacerlo! El joven le ha preguntado qué tiene que hacer para alcanzar la vida eterna, y Cristo le responde que tiene que ser bueno.

Hoy día, para algunos o para muchos —¡qué más da!— puede parecer imposible “ser bueno”... O bien, les puede parecer algo sin sentido: ¡una tontería! Hoy, como hace veinte siglos, Cristo nos sigue recordando que para entrar en la vida eterna es necesario cumplir los mandamientos de la ley de Dios: no se trata de un “óptimo”, sino que es el camino necesario para que el hombre se asemeje a Dios y así pueda entrar en la vida eterna de manos de su Padre-Dios. En efecto, «Jesús muestra que los mandamientos no deben ser entendidos como un límite mínimo que no hay que sobrepasar, sino como una senda abierta para un camino moral y espiritual de perfección, cuyo impulso interior es el amor» (San Juan Pablo II).