martes, 20 de octubre de 2026

Santo Evangelio 20 de octubre 2026



 Texto del Evangelio (Lc 12,35-38):

 En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Estén ceñidos vuestros lomos y las lámparas encendidas, y sed como hombres que esperan a que su señor vuelva de la boda, para que, en cuanto llegue y llame, al instante le abran. Dichosos los siervos, que el señor al venir encuentre despiertos: yo os aseguro que se ceñirá, los hará ponerse a la mesa y, yendo de uno a otro, les servirá. Que venga en la segunda vigilia o en la tercera, si los encuentra así, ¡dichosos de ellos!».



«Sed como hombres que esperan a que su señor vuelva de la boda»


Rev. D. Miquel VENQUE i To

(Solsona, Lleida, España)

Hoy es preciso fijarse en estas palabras de Jesús: «Sed como hombres que esperan a que su señor vuelva de la boda, para que, en cuanto llegue y llame, al instante le abran» (Lc 12,36). ¡Qué alegría descubrir que, aunque sea pecador y pequeño, yo mismo abriré la puerta al Señor cuando venga! Sí, en el momento de la muerte seré yo quien abra la puerta o la cierre, nadie podrá hacerlo por mí. «Persuadámonos de que Dios nos pedirá cuentas no sólo de nuestras acciones y palabras, sino también de cómo hayamos usado el tiempo» (San Gregorio Nacianceno).

Estar en la puerta y con los ojos abiertos es un planteamiento clave y a mi alcance. No puedo distraerme. Estar distraído es olvidar el objetivo, querer ir al cielo, pero sin una voluntad operativa; es hacer pompas de jabón, sin un deseo comprometido y evaluable. Tener puesto el delantal significa estar en la cocina, preparado hasta el último detalle. Mi padre, que era agricultor, decía que no se puede sembrar si la tierra está "enfadada"; para hacer una buena siembra hay que pasearse por el campo y tocar las semillas con atención.

El cristiano no es un náufrago sin brújula, sino que sabe de dónde viene, a dónde va y cómo llegar; conoce el objetivo, los medios para ir y las dificultades. Tenerlo en cuenta nos ayudará a vigilar y a abrir la puerta cuando el Señor nos avise. La exhortación a la vigilancia y a la responsabilidad se repite con frecuencia en la predicación de Jesús por dos razones obvias: porque Jesús nos ama y nos “vela”; el que ama no se duerme. Y, porque el enemigo, el diablo, no para de tentarnos. El pensamiento del cielo y del infierno no podrá distraernos nunca de las obligaciones de la vida presente, pero es un pensamiento saludable y encarnado, y merece la felicitación del Señor: «Que venga en la segunda vigilia o en la tercera, si los encuentra así, ¡dichosos de ellos!» (Lc 12,38). Jesús, ayúdame a vivir atento y vigilante cada día, amándote siempre.

El valor de la Vida que Dios nos da



 El valor de la Vida que Dios nos da

Autor: Mons. Rómulo Emiliani, c.m.f.

Sitio Web: Un mensaje al corazón

Parte 2

Toda vida proviene de Dios y está hecha a Su imagen y semejanza. Dios es fuente de vida. ¿Y qué dice Dios? Yo creo que Dios puede opinar, ¿o acaso el Señor ya no figura en esta sociedad? ¡Qué insensata se ha vuelto la humanidad! El Señor nos dice que toda vida es sagrada y, por eso, todo aquel que se gesta en el vientre de una madre tiene derecho a nacer. Eso dice el Señor en la Palabra: "Quien tenga oídos para oír que oiga".

Toda persona, grande o pequeña, alta o baja, flaca o gorda o lo que sea, fue un óvulo fecundado, una cosita así de pequeña, incluso usted y yo. ¿Cuál es la razón para que unos nazcan y otros no? ¿Cuál es el argumento? Pues, lógicamente, en los países industrializados la tesis es que hay mucha gente en el planeta y ésa es la causa de que haya hambre. Entonces, a nosotros que vivimos en un país considerado del tercer mundo, nos obligan a pensar como Hitler hizo con los judíos, utilizando el mismo esquema racista: para que haya comida para todos, hay que eliminar millones de niños negros, chinos e indios, porque son basura, no son valiosos como los otros. Por eso, hay muchos países industrializados que aceptan legalmente el aborto.

El razonamiento actual es que para solucionar el problema del hambre no es necesario practicar la justicia social. O sea, que no hay que hacer nada en cuanto a los capitales, los salarios o las condiciones mínimas que necesita cada persona para vivir dignamente. No, eso es cosa de los comunistas. Hay que matar niños negros, chinos e indios pobres para solucionar los grandes problemas de alimentación y la justicia social. Lógicamente, los que piensan así creen que vivirán para siempre. Habrá comida para unos años, porque después igual se van a morir. Y cuando mueran, tendrán que llegar al tribunal de Dios a presentar cuentas de todo eso.

Lo que tenemos que hacer es prepararnos en la Eucaristía para comer el Pan de Vida, que es Jesucristo, el Señor. Él nos permite saber qué hacer y cómo actuar. El Señor nos pide que defendamos la vida, una vida plena para todos. Todo ser humano tiene derecho a nacer, a vivir y a desarrollarse plenamente. Fuera el racismo y el clasismo. Todos somos iguales a los ojos de Dios.

Enseñe a sus hijos el valor de las cosas sencillas y auténticas de la vida, edúquelos con mucho amor, comprensión, respeto y apreciación de los valores y principios fundamentales para que aprendan a valorar y respetar la vida que es un don de Dios. Con la ayuda del Señor, lograremos ir cambiando el mundo para que todo ser humano sea valorado y apreciado como auténtico hijo de Dios. Recuerde que con Dios, somos ¡INVENCIBLES!


lunes, 19 de octubre de 2026

Santo Evangelio 19 de octubre 2026

 


Texto del Evangelio (Lc 12,13-21):

 En aquel tiempo, uno de la gente le dijo: «Maestro, di a mi hermano que reparta la herencia conmigo». Él le respondió: «¡Hombre! ¿quién me ha constituido juez o repartidor entre vosotros?». Y les dijo: «Mirad y guardaos de toda codicia, porque, aun en la abundancia, la vida de uno no está asegurada por sus bienes».

Les dijo una parábola: «Los campos de cierto hombre rico dieron mucho fruto; y pensaba entre sí, diciendo: ‘¿Qué haré, pues no tengo donde reunir mi cosecha?’. Y dijo: ‘Voy a hacer esto: Voy a demoler mis graneros, y edificaré otros más grandes y reuniré allí todo mi trigo y mis bienes, y diré a mi alma: Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años. Descansa, come, bebe, banquetea’. Pero Dios le dijo: ‘¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste, ¿para quién serán?’. Así es el que atesora riquezas para sí, y no se enriquece en orden a Dios».



«La vida de uno no está asegurada por sus bienes»


Fray Lluc TORCAL Monje del Monasterio de Sta. Mª de Poblet

(Santa Maria de Poblet, Tarragona, España)

Hoy, el Evangelio, si no nos tapamos los oídos y no cerramos los ojos, causará en nosotros una gran conmoción por su claridad: «Mirad y guardaos de toda codicia, porque, aun en la abundancia, la vida de uno no está asegurada por sus bienes» (Lc 12,15). ¿Qué es lo que asegura la vida del hombre?

Sabemos muy bien en qué está asegurada la vida de Jesús, porque Él mismo nos lo ha dicho: «El Padre tiene el poder de dar la vida, y ha dado al Hijo ese mismo poder» (Jn 5,26). Sabemos que la vida de Jesús no solamente procede del Padre, sino que consiste en hacer su voluntad, ya que éste es su alimento, y la voluntad del Padre equivale a realizar su gran obra de salvación entre los hombres, dando la vida por sus amigos, signo del más excelso amor. La vida de Jesús es, pues, una vida recibida totalmente del Padre y entregada totalmente al mismo Padre y, por amor al Padre, a los hombres. La vida humana, ¿podrá ser entonces suficiente en sí misma? ¿Podrá negarse que nuestra vida es un don, que la hemos recibido y que, solamente por eso, ya debemos dar gracias? «Que nadie crea que es dueño de su propia vida» (San Jerónimo).

Siguiendo esta lógica, sólo falta preguntarnos: ¿Qué sentido puede tener nuestra vida si se encierra en sí misma, si halla su agrado al decirse: «Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años. Descansa, come, bebe, banquetea» (Lc 12,19)? Si la vida de Jesús es un don recibido y entregado siempre en el amor, nuestra vida —que no podemos negar haber recibido— debe convertirse, siguiendo a la de Jesús, en una donación total a Dios y a los hermanos, porque «quien vive preocupado por su vida, la perderá» (Jn 12,25).


Que nuestro deseo de la Vida Eterna se ejercite en la oraciòn



 De la carta de san Agustín, obispo, a Proba

(Carta 130, 8,15.17-9,18: CSEL 44, 56-57. 59-60)

QUE NUESTRO DESEO DE LA VIDA ETERNA SE EJERCITE EN LA ORACIÓN


¿Por qué en la oración nos preocupamos de tantas cosas y nos preguntamos cómo hemos de orar, temiendo que nuestras plegarias no procedan con rectitud, en lugar de limitarnos a decir con el salmo: Una cosa pido al Señor, eso buscaré: habitar en la casa del Señor por los días de mi vida; gozar de la dulzura del Señor, contemplando su templo? En aquella morada, los días no consisten en el empezar y en el pasar uno después de otro ni el comienzo de un día significa el fin del anterior; todos los días se dan simultáneamente, y ninguno se termina allí donde ni la vida ni sus días tienen fin.

Para que lográramos esta vida dichosa, la misma Vida verdadera y dichosa nos enseñó a orar; pero no quiso que lo hiciéramos con muchas palabras, como si nos escuchara mejor cuanto más locuaces nos mostráramos, pues, como el mismo Señor dijo, oramos a aquel que conoce nuestras necesidades aun antes de que se las expongamos.

Puede resultar extraño que nos exhorte a orar aquel que conoce nuestras necesidades antes de que se las expongamos, si no comprendemos que nuestro Dios y Señor no pretende que le descubramos nuestros deseos, pues él ciertamente no puede desconocerlos, sino que pretende que, por la oración, se acreciente nuestra capacidad de desear, para que así nos hagamos más capaces de recibir los dones que nos prepara. Sus dones, en efecto, son muy grandes, y nuestra capacidad de recibir es pequeña e insignificante. Por eso, se nos dice: Ensanchaos; no os unzáis al mismo yugo con los infieles.

Cuanto más fielmente creemos, más firmemente esperamos y más ardientemente deseamos este don, más capaces somos de recibirlo; se trata de un don realmente inmenso, tanto, que ni el ojo vio, pues no se trata de un color; ni el oído oyó, pues no es ningún sonido; ni vino al pensamiento del hombre, ya que es el pensamiento del hombre el que debe ir a aquel don para alcanzarlo.

Así, pues, constantemente oramos por medio de la fe, de la esperanza y de la caridad, con un deseo ininterrumpido. Pero, además, en determinados días y horas, oramos a Dios también con palabras, para que, amonestándonos a nosotros mismos por medio de estos signos externos, vayamos tomando conciencia de cómo progresamos en nuestro deseo y, de este modo, nos animemos a proseguir en él. Porque, sin duda alguna, el efecto será tanto mayor, cuanto más intenso haya sido el afecto que lo hubiera precedido. Por tanto, aquello que nos dice el Apóstol: Sed constantes en orar, ¿qué otra cosa puede significar sino que debemos desear incesantemente la vida dichosa, que es la vida eterna, la cual nos ha de venir del único que la puede dar?

domingo, 18 de octubre de 2026

Santo Evangelio 18 de octubre 2026



 Texto del Evangelio (Mt 22,15-21):

 En aquel tiempo, los fariseos se fueron y celebraron consejo sobre la forma de sorprenderle en alguna palabra. Y le envían sus discípulos, junto con los herodianos, a decirle: «Maestro, sabemos que eres veraz y que enseñas el camino de Dios con franqueza y que no te importa por nadie, porque no miras la condición de las personas. Dinos, pues, qué te parece, ¿es lícito pagar tributo al César o no?». Mas Jesús, conociendo su malicia, dijo: «Hipócritas, ¿por qué me tentáis? Mostradme la moneda del tributo». Ellos le presentaron un denario. Y les dice: «¿De quién es esta imagen y la inscripción?». Dícenle: «Del César». Entonces les dice: «Pues lo del César devolvédselo al César, y lo de Dios a Dios».



«Lo del César devolvédselo al César, y lo de Dios a Dios»


P. Antoni POU OSB Monje de Montserrat

(Montserrat, Barcelona, España)

Hoy, se nos presenta para nuestra consideración una "famosa" afirmación de Jesucristo: «Lo del César devolvédselo al César, y lo de Dios a Dios» (Mt 22,21).

No entenderíamos bien esta frase sin tener en cuenta el contexto en el que Jesús la pronuncia: «los fariseos se fueron y celebraron consejo sobre la forma de sorprenderle en alguna palabra» (Mt 22,15), y Jesús advirtió su malicia (cf. v. 18). Así, pues, la respuesta de Jesús está calculada. Al escucharla, los fariseos quedaron sorprendidos, no se la esperaban. Si claramente hubiese ido en contra del César, le habrían podido denunciar; si hubiese ido claramente a favor de pagar el tributo al César, habrían marchado satisfechos de su astucia. Pero Jesucristo, sin hablar en contra del César, lo ha relativizado: hay que dar a Dios lo que es de Dios, y Dios es Señor incluso de los poderes de este mundo.

El César, como todo gobernante, no puede ejercer un poder arbitrario, porque su poder le es dado en "prenda" o garantía; como los siervos de la parábola de los talentos, que han de responder ante el Señor por el uso de los talentos. En el Evangelio de san Juan, Jesús dice a Pilatos: «No tendrías contra mí ningún poder, si no se te hubiera dado de arriba» (Jn 19,10). Jesús no quiere presentarse como un agitador político. Sencillamente, pone las cosas en su lugar.

La interpretación que se ha hecho a veces de Mt 22,21 es que la Iglesia no debería "inmiscuirse en política", sino solamente ocuparse del culto. Pero esta interpretación es totalmente falsa, porque ocuparse de Dios no es sólo ocuparse del culto, sino preocuparse por la justicia, y por los hombres, que son los hijos de Dios. Pretender que la Iglesia permanezca en las sacristías, que se haga la sorda, la ciega y la muda ante los problemas morales y humanos de nuestro tiempo, es quitar a Dios lo que es de Dios. «La tolerancia que sólo admite a Dios como opinión privada, pero que le niega el dominio público (…) no es tolerancia, sino hipocresía» (Benedicto XVI).

El valor de la Vida que Dios nos da



 El valor de la Vida que Dios nos da

Autor: Mons. Rómulo Emiliani, c.m.f.

Sitio Web: Un mensaje al corazón

Parte 1

Un hijo es un regalo de Dios. ¡Bendito sea Dios, gloria al Señor cuando llega un hijo, al cual poder formar y educar para que sea un hombre o una mujer de Dios! En un buen ambiente familiar, los hijos aprenden a amar, reír, cantar, rezar, servir a los demás y a quererse mutuamente, para ser libres como el viento. La familia debe ser un oasis de paz y una escuela donde cada persona se forme en los auténticos valores y en el corazón, que es lo que realmente vale. La más grande herencia que se le puede dejar a un hijo es una buena formación, auténtica, cristiana y humana dentro de un ambiente familiar sano y lleno de amor. El dinero no es importante, sino algo secundario.

Lo que es en verdad trascendental es lo que se hace en los seis, ocho o diez primeros años de la vida de sus hijos, porque queda grabado perdurablemente en su subconsciente. Por eso, los primeros años de una criatura son fundamentales en su formación. Entonces yo le pregunto: ¿Qué clase de mamá o de papá es usted? ¿Cómo se comporta en su hogar con sus hijos? Los recibe como un don de Dios o cuando viene un niño sale la cantaleta: "¡Cómo es posible, otro hijo más!" "¿No te estabas cuidando?" (Por supuesto que siempre es la mujer la que tiene que cuidarse.)

¡Qué maldición que todos los años se registren millones de abortos! Son crímenes terribles que se cometen contra la humanidad, matando niños a quienes Dios les ha dado el derecho de vivir. Es una gran infamia matar a un niño, aunque sea en las primeras semanitas de vida, supuestamente, porque todavía no tiene forma humana. Hay médicos, muy elegantes y respetados, con tres automóviles finísimos en el garaje y una lujosa mansión como residencia, pero que cometen una gran cantidad de crímenes abortando niños en sus clínicas. Esos nunca caen presos, sino aquellos que desgraciadamente tienen que robar para comer.

El crimen del aborto se comete argumentando cantidad de ideas, desde las más egoístas hasta las más altruistas. Las razones que se aducen para justificar estas matanzas son principalmente económicas: si llega otro hijo, no se puede comprar un carro nuevo todos los años; ni tener otro televisor en el cuarto; ni hacer el viaje soñado a Europa. ¡Esos son motivos enteramente egoístas, que salen de corazones que no saben amar!

Imagínese que usted es un óvulo fecundado de tres semanitas y está en el vientre de mamá escuchando el siguiente diálogo: "Bueno, si queremos ir a Europa, no podemos tener a este niño; si quieres acabar tu universidad, ese niño no puede nacer; si quieres comprar ese carro nuevo, mejor vamos a la clínica para que don fulano se encargue de eliminarlo." Si fuera usted escuchando ese diálogo de sus padres, dígame, ¿qué pensaría? Pues, que el viaje a Europa, el carro, la universidad y cualquiera de esas cosas vale más. O sea que usted vale poco o nada. Pues, esa es la mentalidad que hay ahora. Hace unos cuantos años no estaba tan generalizada esta terrible práctica de eliminar embarazos no deseados por medio del aborto, lo cual debe ser condenado como un crimen contra la humanidad.

Luchemos, porque con el poder de Dios lograremos defender la vida; con Él, somos ¡INVENCIBLES!


sábado, 17 de octubre de 2026

Santo Evangelio 17 de octubre 2026



 Texto del Evangelio (Lc 12,8-12):

 En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Yo os digo: Por todo el que se declare por mí ante los hombres, también el Hijo del hombre se declarará por él ante los ángeles de Dios. Pero el que me niegue delante de los hombres, será negado delante de los ángeles de Dios. A todo el que diga una palabra contra el Hijo del hombre, se le perdonará; pero al que blasfeme contra el Espíritu Santo, no se le perdonará.

»Cuando os lleven a las sinagogas, ante los magistrados y las autoridades, no os preocupéis de cómo o con qué os defenderéis, o qué diréis, porque el Espíritu Santo os enseñará en aquel mismo momento lo que conviene decir».



«El que se declare por mí ante los hombres, también el Hijo del hombre se declarará por él»


Fr. Alexis MANIRAGABA

(Ruhengeri, Ruanda)

Hoy, el Señor despierta nuestra fe y esperanza en El. Jesús nos anticipa que tendremos que comparecer ante el ejército celestial para ser examinados. Y aquel que se haya pronunciado a favor de Jesús adhiriéndose a su misión «también el Hijo del hombre se declarará por él» (Lc 12,8). Dicha confesión pública se realiza en palabras, en actos y durante toda la vida.

Esta interpelación a la confesión es todavía más necesaria y urgente en nuestros tiempos, en los que hay gente que no quiere escuchar la voz de Dios ni seguir su camino de vida. Sin embargo, la confesión de nuestra fe tendrá un fuerte seguimiento. Por tanto, no seamos confesores ni por miedo de un castigo —que será más severo para los apóstatas— ni por la abundante recompensa reservada a los fieles. Nuestro testimonio es necesario y urgente para la vida del mundo, y Dios mismo nos lo pide, tal como dijo san Juan Crisóstomo: «Dios no se contenta con la fe interior; Él pide la confesión exterior y pública, y nos mueve así a una confianza y a un amor más grandes».

Nuestra confesión es sostenida por la fuerza y la garantía de su Espíritu que está activo dentro de nosotros y que nos defiende. El reconocimiento de Jesucristo ante sus ángeles es de vital importancia ya que este hecho nos permitirá verle cara a cara, vivir con Él y ser inundados de su luz. A la vez, lo contrario no será otra cosa que sufrir y perder la vida, quedar privado de la luz y desposeído de todos los bienes. Pidamos, pues, la gracia de evitar toda negación ni que sea por miedo al suplicio o por ignorancia; por las herejías, por la fe estéril y por la falta de responsabilidad; o porque queramos evitar el martirio. Seamos fuertes; ¡el Espíritu Santo está con nosotros! Y «con el Espíritu Santo está siempre María (…) y Ella ha hecho posible la explosión misionera producida en Pentecostés» (Papa Francisco).