sábado, 12 de septiembre de 2026

Santo Evangelio 12 de septiembre 2026



 Texto del Evangelio (Lc 6,43-49):

 En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Porque no hay árbol bueno que dé fruto malo y, a la inversa, no hay árbol malo que dé fruto bueno. Cada árbol se conoce por su fruto. No se recogen higos de los espinos, ni de la zarza se vendimian uvas. El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca lo bueno, y el malo, del malo saca lo malo. Porque de lo que rebosa el corazón habla su boca.

»¿Por qué me llamáis: ‘Señor, Señor’, y no hacéis lo que digo? Todo el que venga a mí y oiga mis palabras y las ponga en práctica, os voy a mostrar a quién es semejante: Es semejante a un hombre que, al edificar una casa, cavó profundamente y puso los cimientos sobre roca. Al sobrevenir una inundación, rompió el torrente contra aquella casa, pero no pudo destruirla por estar bien edificada. Pero el que haya oído y no haya puesto en práctica, es semejante a un hombre que edificó una casa sobre tierra, sin cimientos, contra la que rompió el torrente y al instante se desplomó y fue grande la ruina de aquella casa».



«Cada árbol se conoce por su fruto»


P. Raimondo M. SORGIA Mannai OP

(San Domenico di Fiesole, Florencia, Italia)

Hoy, el Señor nos sorprende haciendo “publicidad” de sí mismo. No es mi intención “escandalizar” a nadie con esta afirmación. Es nuestra publicidad terrenal lo que empequeñece a las cosas grandes y sobrenaturales. Es el prometer, por ejemplo, que dentro de unas semanas una persona gruesa pueda perder por lo menos cinco o seis kilos usando un determinado “producto-trampa” (u otras promesas milagrosas por el estilo) lo que nos hace mirar a la publicidad con ojos de sospecha. Mas, cuando uno tiene un “producto” garantizado al cien por cien, y —como el Señor— no vende nada a cambio de dinero sino solamente nos pide que le creamos tomándole como guía y modelo de un preciso estilo de vida, entonces esa “publicidad” no nos ha de sorprender y nos parecerá la más lícita del mundo. ¿No ha sido Jesús el más grande “publicitario” al decir de sí mismo «Yo soy la Vía, la Verdad y la Vida» (Jn 14,6)?

Hoy afirma que quien «venga a mí y oiga mis palabras y las ponga en práctica» es prudente, «semejante a un hombre que, al edificar una casa, cavó profundamente y puso los cimientos sobre roca» (Lc 6,47-48), de modo que obtiene una construcción sólida y firme, capaz de afrontar los golpes del mal tiempo. Si, por el contrario, quien edifica no tiene esa prudencia, acabará por encontrarse ante un montón de piedras derruidas, y si él mismo estaba en el interior en el momento del choque de la lluvia fluvial, podrá perder no solamente la casa, sino además su propia vida.

Pero no basta acercarse a Jesús, sino que es necesario escuchar con la máxima atención sus enseñanzas y, sobre todo, ponerlas en práctica, porque incluso el curioso se le acerca, y también el hereje, el estudioso de historia o de filología... Pero será solamente acercándonos, escuchando y, sobre todo, practicando la doctrina de Jesús como levantaremos el edificio de la santidad cristiana, para ejemplo de fieles peregrinos y para gloria de la Iglesia celestial.


SI ME OLVIDO DE TI, JERUSALÉN

 


Del comentario de san Bruno, presbítero, sobre los salmos

(Salmo 83: Edición de la Cartuja de Pratis, 1891, 376-377)

SI ME OLVIDO DE TI, JERUSALÉN


¡Qué deseables son tus moradas! Mi alma se consume y anhela llegar a los atrios del Señor, es decir, desea llegar a la Jerusalén del cielo, la gran ciudad del Dios vivo. El salmista nos muestra cuál sea la razón por la que desea llegar a los atrios del Señor: "Lo deseo, Señor, Dios de los ejércitos celestiales, Rey mío y Dios mío, porque son dichosos los que viven en tu casa, la Jerusalén celestial". Es como si dijera: ¿Quién no anhelará llegar a tus atrios, siendo tú el mismo Dios, el Señor de los ejércitos, el Rey del universo? ¿Quién no anhelará penetrar en tu tabernáculo si son dichosos los que viven en tu casa?" Atrios y casa significan aquí lo mismo. Y cuando dice aquí dichosos ya se sobreentiende que tienen tanta dicha cuanta el hombre es capaz de concebir. Por ello, son dichosos los que habitan en sus atrios, porque alaban a Dios con un amor totalmente definitivo, que durará por los siglos de los siglos, es decir, eternamente; y no podrían alabar eternamente, sino fueran eternamente dichosos. Esta dicha nadie puede alcanzarla por sus propias fuerzas, aunque posea ya la esperanza, la fe y el amor; únicamente la logra el hombre dichoso que encuentra en ti su fuerza, y con ella dispone su corazón para que llegue a esta suprema felicidad, que es lo mismo que decir: únicamente alcanza esta suprema dicha aquel que, después de ejercitarse en las diversas virtudes y buenas obras, recibe además el auxilio de la gracia divina; pues por sí mismo nadie puede llegar a esta suprema felicidad, como lo afirma el mismo Señor: Nadie ha subido al cielo -se entiende por sí mismo-, sino el Hijo del hombre que está en el cielo. Afirmo que dispone su corazón para subir hasta esta suprema felicidad, porque, de hecho, el hombre se encuentra en un árido valle de lágrimas, es decir, en un mundo que, en comparación con la vida eterna, que viene a ser como un monte repleto de alegría, es un valle profundo donde abundan los sufrimientos y las tribulaciones. Pero, como sea que el profeta declara dichoso al hombre que encuentra en ti su fuerza, podría alguien preguntarse: "¿Concede Dios su ayuda para conseguir esto?" A ello respondo: "Sin duda alguna, Dios concede a los santos este auxilio". En efecto, nuestro legislador, Cristo, el mismo que nos dio la ley, nos ha dado y continuará dándonos sin cesar sus bendiciones; con ellas nos irá elevando hacia la dicha suprema, y así subiremos, de altura en altura, hasta que lleguemos a contemplar a Cristo, el Dios de los dioses; él nos divinizará en la futura Jerusalén del cielo: por esto, allí podremos contemplar al Dios de los dioses, es decir, a la Santa Trinidad en sus mismos santos; es decir, nuestra inteligencia sabrá descubrir en nosotros mismos a aquel Dios a quien nadie en este mundo pudo ver, y de esta forma Dios lo será todo en todos

viernes, 11 de septiembre de 2026

Santo Evangelio 11 de septiembre 2026



 Texto del Evangelio (Lc 6,39-42):

 En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos esta parábola: «¿Podrá un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? No está el discípulo por encima del maestro. Todo discípulo que esté bien formado, será como su maestro. ¿Cómo es que miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que hay en tu propio ojo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano: ‘Hermano, deja que saque la brizna que hay en tu ojo’, no viendo tú mismo la viga que hay en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver para sacar la brizna que hay en el ojo de tu hermano».



«Todo discípulo que esté bien formado, será como su maestro»


Rev. D. Antoni CAROL i Hostench

(Sant Cugat del Vallès, Barcelona, España)

Hoy, las palabras del Evangelio nos hacen reflexionar sobre la importancia del ejemplo y de procurar para los otros una vida ejemplar. En efecto, el dicho popular dice que «“Fray Ejemplo” es el mejor predicador», u otro que afirma que «más vale una imagen que mil palabras». No olvidemos que, en el cristianismo, todos —¡sin excepción!— somos guías, ya que el Bautismo nos confiere una participación en el sacerdocio (mediación salvadora) de Cristo: en efecto, todos los bautizados hemos recibido el sacerdocio bautismal. Y todo sacerdocio, además de las misiones de santificar y de enseñar a los demás, incorpora también el munus —la función— de regir o dirigir.

Sí, todos —queramos o no— con nuestra conducta tenemos la oportunidad de llegar a ser un modelo estimulante para aquellos que nos rodean. Pensemos, por ejemplo, en la ascendencia que unos padres tienen sobre sus hijos, los profesores sobre los alumnos, las autoridades sobre los ciudadanos, etc. El cristiano, sin embargo, debe tener una conciencia particularmente viva acerca de todo esto. Pero..., «¿podrá un ciego guiar a otro ciego?» (Lc 6,39).

Para nosotros, cristianos, es como una llamada de atención aquello que los judíos y las primeras generaciones de cristianos decían de Jesucristo: «Todo lo ha hecho bien» (Mc 7,37); «El Señor comenzó a hacer y enseñar» (Hch 1,1).

Debemos procurar traducir en obras aquello que creemos y profesamos de palabra. En una ocasión, el Papa Benedicto XVI, cuando todavía era el Cardenal Ratzinger, afirmaba que «el peligro más amenazador son los cristianismos adaptados», es decir, el caso de aquellas personas que de palabra se profesan católicas pero que, en la práctica, con su conducta, no manifiestan el “radicalismo” propio del Evangelio.

Ser radicales no equivale a fanáticos (ya que la caridad es paciente y tolerante) ni a exagerados (pues en cuestiones de amor no es posible exagerar). Como ha afirmado San Juan Pablo II, «el Señor crucificado es un testimonio insuperable de amor paciente y de humilde mansedumbre»: no se trata ni de un fanático ni de un exagerado. Pero sí que es radical, tanto que nos hace decir con el centurión que asistió a su muerte: «Verdaderamente este hombre era justo» (Lc 23,47).

SI ME OLVIDO DE TI, JERUSALÉN

 


Del comentario de san Bruno, presbítero, sobre los salmos

(Salmo 83: Edición de la Cartuja de Pratis, 1891, 376-377)

SI ME OLVIDO DE TI, JERUSALÉN


¡Qué deseables son tus moradas! Mi alma se consume y anhela llegar a los atrios del Señor, es decir, desea llegar a la Jerusalén del cielo, la gran ciudad del Dios vivo. El salmista nos muestra cuál sea la razón por la que desea llegar a los atrios del Señor: "Lo deseo, Señor, Dios de los ejércitos celestiales, Rey mío y Dios mío, porque son dichosos los que viven en tu casa, la Jerusalén celestial". Es como si dijera: ¿Quién no anhelará llegar a tus atrios, siendo tú el mismo Dios, el Señor de los ejércitos, el Rey del universo? ¿Quién no anhelará penetrar en tu tabernáculo si son dichosos los que viven en tu casa?" Atrios y casa significan aquí lo mismo. Y cuando dice aquí dichosos ya se sobreentiende que tienen tanta dicha cuanta el hombre es capaz de concebir. Por ello, son dichosos los que habitan en sus atrios, porque alaban a Dios con un amor totalmente definitivo, que durará por los siglos de los siglos, es decir, eternamente; y no podrían alabar eternamente, sino fueran eternamente dichosos. Esta dicha nadie puede alcanzarla por sus propias fuerzas, aunque posea ya la esperanza, la fe y el amor; únicamente la logra el hombre dichoso que encuentra en ti su fuerza, y con ella dispone su corazón para que llegue a esta suprema felicidad, que es lo mismo que decir: únicamente alcanza esta suprema dicha aquel que, después de ejercitarse en las diversas virtudes y buenas obras, recibe además el auxilio de la gracia divina; pues por sí mismo nadie puede llegar a esta suprema felicidad, como lo afirma el mismo Señor: Nadie ha subido al cielo -se entiende por sí mismo-, sino el Hijo del hombre que está en el cielo. Afirmo que dispone su corazón para subir hasta esta suprema felicidad, porque, de hecho, el hombre se encuentra en un árido valle de lágrimas, es decir, en un mundo que, en comparación con la vida eterna, que viene a ser como un monte repleto de alegría, es un valle profundo donde abundan los sufrimientos y las tribulaciones. Pero, como sea que el profeta declara dichoso al hombre que encuentra en ti su fuerza, podría alguien preguntarse: "¿Concede Dios su ayuda para conseguir esto?" A ello respondo: "Sin duda alguna, Dios concede a los santos este auxilio". En efecto, nuestro legislador, Cristo, el mismo que nos dio la ley, nos ha dado y continuará dándonos sin cesar sus bendiciones; con ellas nos irá elevando hacia la dicha suprema, y así subiremos, de altura en altura, hasta que lleguemos a contemplar a Cristo, el Dios de los dioses; él nos divinizará en la futura Jerusalén del cielo: por esto, allí podremos contemplar al Dios de los dioses, es decir, a la Santa Trinidad en sus mismos santos; es decir, nuestra inteligencia sabrá descubrir en nosotros mismos a aquel Dios a quien nadie en este mundo pudo ver, y de esta forma Dios lo será todo en todo

jueves, 10 de septiembre de 2026

Santo Evangelio 10 de septiembre 2026

 


Texto del Evangelio (Lc 6,27-38):

 En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Yo os digo a los que me escucháis: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odien, bendecid a los que os maldigan, rogad por los que os difamen. Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra; y al que te quite el manto, no le niegues la túnica. A todo el que te pida, da, y al que tome lo tuyo, no se lo reclames. Y lo que queráis que os hagan los hombres, hacédselo vosotros igualmente. Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? Pues también los pecadores aman a los que les aman. Si hacéis bien a los que os lo hacen a vosotros, ¿qué mérito tenéis? ¡También los pecadores hacen otro tanto! Si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a los pecadores para recibir lo correspondiente. Más bien, amad a vuestros enemigos; haced el bien, y prestad sin esperar nada a cambio; y vuestra recompensa será grande, y seréis hijos del Altísimo, porque Él es bueno con los ingratos y los perversos.

»Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo. No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados. Dad y se os dará; una medida buena, apretada, remecida, rebosante pondrán en vuestro regazo. Porque con la medida con que midáis se os medirá».



«Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo»


Rev. D. Jaume AYMAR i Ragolta

(Badalona, Barcelona, España)

Hoy, en el Evangelio, el Señor nos pide por dos veces que amemos a los enemigos. Y seguidamente da tres concreciones positivas de este mandato: haced bien a los que os odien, bendecid a los que os maldigan, rogad por los que os difamen. Es un mandato que parece difícil de cumplir: ¿cómo podemos amar a quienes no nos aman? Es más, ¿cómo podemos amar a quienes sabemos cierto que nos quieren mal? Llegar a amar de este modo es un don de Dios, pero es preciso que estemos abiertos a él. Bien mirado, amar a los enemigos es lo más sabio humanamente hablando: el enemigo amado se verá desarmado; amarlo puede ser la condición de posibilidad para que deje de ser enemigo. En la misma línea, Jesús continúa diciendo: «Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra» (Lc 6,29). Podría parecer un exceso de mansedumbre. Ahora bien, ¿qué hizo Jesús al ser abofeteado en su pasión? Ciertamente no contraatacó, pero respondió con una firmeza tal, llena de caridad, que debió hacer reflexionar a aquel siervo airado: «Si he hablado mal, di en qué, pero si he hablado como es debido, ¿por qué me pegas?» (Jn 18,22-23).

En todas las religiones hay una máxima de oro: «No hagas a nadie lo que no quieres que te hagan a ti». Jesús es el único que la formula en positivo: «Lo que queráis que os hagan los hombres, hacédselo vosotros igualmente» (Lc 6,31). Esta regla de oro es el fundamento de toda la moral. Comentando este versículo, nos alecciona san Juan Crisóstomo: «Todavía hay más, porque Jesús no dijo únicamente: ‘desead todo bien para los demás’, sino ‘haced el bien a los demás’»; por eso, la máxima de oro propuesta por Jesús no se puede quedar en un mero deseo, sino que debe traducirse en obras.

Compromiso del Cristiano con su Iglesia



 Compromiso del Cristiano con su Iglesia

Autor: Mons. Rómulo Emiliani, c.m.f.

Sitio web: Un mensaje al corazón


Dios es nuestro Padre, tenemos por herencia el cielo, nuestro hermano mayor es Jesucristo y el Espíritu Santo habita en nosotros como su templo. Tenemos la dicha de ser cristianos, hijos de Dios, miembros de la Iglesia, de la cual dice Santo Domingo, ". . . que es una, santa, católica y apostólica." ¡Qué alegría compartir que somos cristianos y lo seremos hasta siempre! 

La Iglesia fue fundada por Jesucristo sobre el fundamento de los apóstoles, cuyos sucesores, los obispos, presiden las distintas iglesias particulares. Ella es peregrina en este continente y está presente y se realiza como comunidad de hermanos bajo la conducción de sus obispos. La Iglesia peregrina es, por naturaleza, misionera puesto que toma su origen de la misión del Hijo y del Espíritu Santo según el designio de Dios Padre. La evangelización es su razón de ser, para eso fue fundada. 

San Pablo dice que todos somos miembros importantes de esa Iglesia, del cuerpo de Cristo, así como en el cuerpo humano la cabeza, ojos, pies, corazón, riñones, estómago, y todos sus otros elementos son esenciales para la existencia. Ustedes y yo somos importantes ante los ojos de Dios. Qué hermoso esto y qué dicha pertenecer por el bautismo a nuestra Iglesia, la que conoció a Jesucristo hace ya dos mil años. Jesús dice en la Palabra que Él preparará una morada celestial, un lugar cerquita con Dios en el cielo. Si con Él morimos, con Él resucitaremos y viviremos para siempre. Debemos estar alegres porque tenemos en herencia el cielo, seremos glorificados en Jesucristo. Hermanos, qué hermoso y maravilloso vivir con esa esperanza. ¡Gloria al Señor, gloria a Su Santo Nombre! 

Qué dicha ser hijos de Dios, que Él nos abrace y tenga misericordia de nosotros, nos apriete en Su corazón y nos ame profundamente. Desde siempre, Dios nuestro Padre pensó en nosotros, nos quiere y nos querrá siempre. Ese es Dios, el Rey, el todo bueno, maravilloso y santo. Demos gracias al Señor por haber nacido cristianos, por mantenernos en Su Iglesia, porque somos Suyos para siempre. 

Es verdaderamente hermoso y maravilloso ser cristiano y participar plenamente de todo aquello que es la vida católica a través del bautismo, la confirmación y la vivencia de los demás sacramentos. Pero, no todo acaba con decirse cristiano. Cristiano es el que ora y actúa; el que reza y evangeliza; el que ama a Dios y al prójimo; el que asiste al templo y es misionero. Cristiano es el que lo proclama públicamente en la Eucaristía, porque cuando asistimos a misa estamos pregonando que somos católicos, pero que también dice que es católico en la vida privada, el trabajo, negocio, universidad y colegio. Cristiano en el templo y fuera de él. 

Como cristiano, se vive en Cristo pero se muere para el mundo y ya no se le puede ver borracho en una cantina, maltratar a un empleado o a un hijo ni golpear a la esposa. No se le puede ver en un burdel o haciendo negocio ilícitos. Jovencitas, si viven en Cristo, mueren a toda forma de vestir indecente; muchachos, si viven en Cristo, mueren al lenguaje soez y bajo. Hermanos y hermanas casados, si viven en Cristo, deben ser fieles el uno al otro y nunca más caer en infidelidad o adulterio. Si somos de Cristo, morimos a las cosas malas del mundo, con todas sus idolatrías, para vivir en Cristo para siempre. Este es nuestro compromiso con Cristo hasta el final, ser Sus testigos en cualquier lugar. 

El que se compromete a ser cristiano mira al mundo de manera profunda, descubre la maldad y mira a sus semejantes con respeto. El cristiano no hace distinción de personas, tratando al rico diferente al pobre, despreciando al que tiene plata ni arrodillándose ante el que tiene dinero; atiende y quiere a todos por igual. Por eso el cristiano no es clasista ni tampoco racista. El cristiano ve a todo ser humano como hijo de Dios, lo trata con respeto y amor, ve a la gente de otra manera, como hermanos, más allá de cualquier diferencia humana. En verdad, ya no existen fronteras. Por encima de cualquier patria, nacionalidad o partido político, todo ser humano es su hermano. Somos ciudadanos del mundo con un corazón universal, sin partidismos, clasismos o exclusivismos. Ser católico, que significa universal, es estar abierto a todos, respetando toda religión y manera de alabar a Dios. No estamos en contra de nadie, sino a favor de Dios. Como católicos, no podemos caer nunca en fanatismos y duele la intolerancia que existe en algunas iglesias que no son católicas. Pero un buen católico no es fanático y aprende a respetar a cualquiera que hable de Jesús. 

El que está en Cristo nace de nuevo, es criatura nueva, hijo de Dios. ¡Sabe usted lo que significa ser hijo de Dios: ser miembro de la familia más importante, más poderosa, la eterna, la Santísima Trinidad! Para el cristiano, lo antiguo ha pasado y un mundo nuevo ha llegado. Qué hermoso es ser hijo de Dios y ser amado por Dios Padre, como Él ama a Su Hijo Jesucristo. Para el Señor, usted es un hijo muy querido; para usted, Dios es su Padre que lo ama mucho. Hemos sido reconciliados en Cristo. Cuando uno renace en Cristo, llega un mundo nuevo, lo malo muere para siempre. Las peleas familiares o con los vecinos, los problemas con aquel que nos debía algo en el ámbito moral, en el nombre de Jesús lo perdonamos, se entierra y muere para siempre. Para el cristiano, sus errores y pecados son borrados y enterrados. El pasado ya no interesa, murió; somos criaturas nuevas. Lo único que importa es el presente y el futuro en Jesucristo. No más rabietas ni cóleras por cosas que nos hacen. En Cristo, todo eso debe morir para que seamos más felices. Dios no toma en cuenta lo que hicimos; eso fue borrado con la Sangre de Jesucristo. Pues, en Cristo, Dios reconcilió el mundo con Él. 

Cristo no cometió pecado, pero Dios quiso que cargara con los nuestros para que participáramos en la santidad de Dios. En Jesucristo adquirimos el compromiso de amar a Dios con toda el alma, todo el corazón, todas las fuerzas y de amar al prójimo como a uno mismo. Nos comprometemos a anunciar en todas partes que Cristo vive, que Cristo reina, que es El Señor, que murió por nosotros y por nosotros resucitó. 

¡Pablo era perseguidor de los cristianos! Pero cuando Jesús lo hace caer en tierra y se encuentra con Él, él que era el encargado de meter preso a los cristianos, se convierte en mensajero de Dios e instrumento de la reconciliación. Tenemos un gran compromiso como cristianos porque hemos recibido la gracia de Dios; no la hagamos inútil. Esto significa que Dios está con nosotros y quiere que esa Divina gracia la comuniquemos a otros, constantemente, como fluye un río, invadiendo de agua el caudal para que todo lo que sea tocado por esta agua reciba también la vida que mana de esa fuente. 

San Pablo dice en la segunda carta a los Tesalonicenses, que Dios nos eligió desde el principio para que fuéramos salvados mediante la fe verdadera y la santificación que procede del Espíritu. Con este fin nos llamó mediante el Evangelio que predicamos y nos destinó a compartir la gloria de Cristo Jesús, Señor Nuestro. Hermanos, desde siempre fuimos elegidos para ser salvados. Somos miembros del cuerpo de Cristo, de la Iglesia. Tenemos ese gran tesoro que es la gracia de Dios, en vasijas de barro porque somos débiles, y tenemos defectos y pecados. Pero tenemos la gracia de Dios en nosotros. Recuerden que con Dios, somos . . . ¡INVENCIBLES! 


miércoles, 9 de septiembre de 2026

Santo Evangelio 9 de septiembre 2026



 Texto del Evangelio (Lc 6,20-26):

 En aquel tiempo, Jesús alzando los ojos hacia sus discípulos, decía: «Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios. Bienaventurados los que tenéis hambre ahora, porque seréis saciados. Bienaventurados los que lloráis ahora, porque reiréis. Bienaventurados seréis cuando los hombres os odien, cuando os expulsen, os injurien y proscriban vuestro nombre como malo, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, que vuestra recompensa será grande en el cielo. Pues de ese modo trataban sus padres a los profetas.

»Pero ¡ay de vosotros, los ricos!, porque habéis recibido vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis hartos!, porque tendréis hambre. ¡Ay de los que reís ahora!, porque tendréis aflicción y llanto. ¡Ay cuando todos los hombres hablen bien de vosotros!, pues de ese modo trataban sus padres a los falsos profetas».



«Bienaventurados los pobres. (...) ¡Ay de vosotros los ricos!»


Rev. D. Joaquim MESEGUER García

(Rubí, Barcelona, España)

Hoy, Jesús señala dónde está la verdadera felicidad. En la versión de Lucas, las bienaventuranzas vienen acompañadas por unos lamentos que se duelen por aquellos que no aceptan el mensaje de salvación, sino que se encierran en una vida autosuficiente y egoísta. Con las bienaventuranzas y los lamentos, Jesús hace una aplicación de la doctrina de los dos caminos: el camino de la vida y el camino de la muerte. No hay una tercera posibilidad neutra: quién no va hacia la vida se encamina hacia la muerte; quién no sigue la luz, vive en las tinieblas.

«Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios» (Lc 6,20). Esta bienaventuranza es la base de todas las demás, pues quien es pobre será capaz de recibir el Reino de Dios como un don. Quien es pobre se dará cuenta de qué cosas ha de tener hambre y sed: no de bienes materiales, sino de la Palabra de Dios; no de poder, sino de justicia y amor. Quien es pobre podrá llorar ante el sufrimiento del mundo. Quien es pobre sabrá que toda su riqueza es Dios y que, por eso, será incomprendido y perseguido por el mundo.

«Pero ¡ay de vosotros, los ricos!, porque habéis recibido vuestro consuelo» (Lc 6,24). Esta lamentación es también el fundamento de todas las que siguen, pues quien es rico y autosuficiente, quien no sabe poner sus riquezas al servicio de los demás, se encierra en su egoísmo y obra él mismo su desgracia. Que Dios nos libre del afán de riquezas, de ir detrás de las promesas del mundo y de poner nuestro corazón en los bienes materiales; que Dios no permita que nos veamos satisfechos ante las alabanzas y adulaciones humanas, ya que eso significaría haber puesto el corazón en la gloria del mundo y no en la de Jesucristo. Nos será provechoso recordar lo que nos dice san Basilio: «Quien ama al prójimo como a sí mismo no acumula cosas innecesarias que puedan ser indispensables para otros».