sábado, 10 de octubre de 2026

Santo Evangelio 10 de octubre 2026



 Texto del Evangelio (Lc 11,27-28): En aquel tiempo, mientras Jesús hablaba, sucedió que una mujer de entre la gente alzó la voz, y dijo: «¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron!». Pero Él dijo: «Dichosos más bien los que oyen la Palabra de Dios y la guardan».



«¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron!»


Rev. D. Jaume AYMAR i Ragolta

(Badalona, Barcelona, España)

Hoy escuchamos la mejor de las alabanzas que Jesús podía hacer a su propia Madre: «Dichosos (...) los que oyen la Palabra de Dios y la guardan» (Lc 11,28). Con esta respuesta, Jesucristo no rechaza el apasionado elogio que aquella mujer sencilla dedicaba a su Madre, sino que lo acepta y va más allá, explicando que María Santísima es bienaventurada —¡sobre todo!— por el hecho de haber sido buena y fiel en el cumplimiento de la Palabra de Dios.

A veces me preguntan si los cristianos creemos en la predestinación, como creen otras religiones. ¡No!: los cristianos creemos que Dios nos tiene reservado un destino de felicidad. Dios quiere que seamos felices, afortunados, bienaventurados. Fijémonos cómo esta palabra se va repitiendo en las enseñanzas de Jesús: «Bienaventurados, bienaventurados, bienaventurados...». «Bienaventurados los pobres, los compasivos, los que tienen hambre y sed de justicia, los que creerán sin haber visto» (cf. Mt 5,3-12; Jn 20,29). Dios quiere nuestra felicidad, una felicidad que comienza ya en este mundo, aunque los caminos para llegar no sean ni la riqueza, ni el poder, ni el éxito fácil, ni la fama, sino el amor pobre y humilde de quien todo lo espera. ¡La alegría de creer! Aquella de la cual hablaba el converso Jacques Maritain.

Se trata de una felicidad que es todavía mayor que la alegría de vivir, porque creemos en una vida sin fin, eterna. María, la Madre de Jesús, no es solamente afortunada por haberlo traído al mundo, por haberlo amamantado y criado —como intuía aquella espontánea mujer del pueblo— sino, sobre todo, por haber sido oyente de la Palabra y por haberla puesto en práctica: por haber amado y por haberse dejado amar por su Hijo Jesús. Como escribía el poeta: «Poder decir “madre” y oírse decir “hijo mío” / es la suerte que nos envidiaba Dios». Que María, Madre del Amor Hermoso, ruegue por nosotros.


EL PROGRESO DEL DOGMA CRISTIANO

 


Del primer Conmonitorio de san Vicente de Lerins, presbítero

(Cap. 23: PL 50, 667-668)

EL PROGRESO DEL DOGMA CRISTIANO


¿Es posible que se dé en la Iglesia un progreso en los conocimientos religiosos? Ciertamente que es posible, y la realidad es que este progreso se da. En efecto, ¿quién envidiaría tanto a los hombres y sería tan enemigo de Dios como para impedir este progreso? Pero este progreso sólo puede darse con la condición de que se trate de un auténtico progreso en el conocimiento de la fe, no de un cambio en la misma fe. Lo propio del progreso es que la misma cosa que progresa crezca y aumente, mientras lo característico del cambio es que la cosa que se muda se convierta en algo totalmente distinto.

Es conveniente, por tanto, que, a través de todos los tiempos y de todas las edades, crezca y progrese la inteligencia, la ciencia y la sabiduría de cada una de las personas y del conjunto de los hombres, tanto por parte de la Iglesia entera, como por parte de cada uno de sus miembros. Pero este crecimiento debe seguir su propia naturaleza, es decir, debe estar de acuerdo con las líneas del dogma y debe seguir el dinamismo de una única e idéntica doctrina. Que el conocimiento religioso imite, pues, el modo como crecen los cuerpos, los cuales, si bien con el correr de los años se van desarrollando, conservan, no obstante, su propia naturaleza. Gran diferencia hay entre la flor de la infancia y la madurez de la ancianidad, pero, no obstante, los que van llegando ahora a la ancianidad son, en realidad, los mismos que hace un tiempo eran adolescentes. La estatura y las costumbres del hombre pueden cambiar, pero su naturaleza continúa idéntica y su persona es la misma. Los miembros de un recién nacido son pequeños, los de un joven están ya desarrollados; pero, con todo, uno y el otro tienen el mismo número de miembros. Los niños tienen los mismos miembros que los adultos y si algún miembro del cuerpo no es visible hasta la pubertad, este miembro, sin embargo, existe ya como un embrión en la niñez, de tal forma que nada llega a ser realidad en el anciano que no se contenga como en germen en el niño.

No hay, pues, duda alguna: la regla legítima de todo progreso y la norma recta de todo crecimiento consiste en que, con el correr de los años, vayan manifestándose en los adultos las diversas perfecciones de cada uno de aquellos miembros que la sabiduría del Creador había ya preformado en el cuerpo del recién nacido. Porque, si aconteciera que un ser humano tomara apariencias distintas a las de su propia especie, sea porque adquiriera mayor número de miembros, sea porque perdiera alguno de ellos, tendríamos que decir que todo el cuerpo perece o bien que se convierte en un monstruo o, por lo menos, que ha sido gravemente deformado. Es también esto mismo lo que acontece con los dogmas cristianos: las leyes de su progreso exigen que éstos se consoliden a través de las edades, se desarrollen con el correr de los años y crezcan con el paso del tiempo. Nuestros mayores sembraron antiguamente, en el campo de la Iglesia, semillas de una fe de trigo; sería ahora grandemente injusto e incongruente que nosotros, sus descendientes, en lugar de la verdad del trigo, legáramos a nuestra posteridad el error de la cizaña.

Al contrario, lo recto y, consecuente, para que no discrepen entre sí la raíz y sus frutos, es que de las semillas de una doctrina de trigo recojamos el fruto de un dogma de trigo; así, al contemplar cómo a través de los siglos aquellas primeras semillas han crecido y se han desarrollado, podremos alegrarnos de cosechar el fruto de los primeros trabajos.

viernes, 9 de octubre de 2026

Santo Evangelio 9 de octubre 2026

 


Texto del Evangelio (Lc 11,15-26):

 En aquel tiempo, después de que Jesús hubo expulsado un demonio, algunos dijeron: «Por Beelzebul, Príncipe de los demonios, expulsa los demonios». Otros, para ponerle a prueba, le pedían una señal del cielo.

Pero Él, conociendo sus pensamientos, les dijo: «Todo reino dividido contra sí mismo queda asolado, y casa contra casa, cae. Si, pues, también Satanás está dividido contra sí mismo, ¿cómo va a subsistir su reino?, porque decís que yo expulso los demonios por Beelzebul. Si yo expulso los demonios por Beelzebul, ¿por quién los expulsan vuestros hijos? Por eso, ellos serán vuestros jueces. Pero si por el dedo de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios.

»Cuando uno fuerte y bien armado custodia su palacio, sus bienes están en seguro; pero si llega uno más fuerte que él y le vence, le quita las armas en las que estaba confiado y reparte sus despojos. El que no está conmigo, está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama. Cuando el espíritu inmundo sale del hombre, anda vagando por lugares áridos, en busca de reposo; y, al no encontrarlo, dice: ‘Me volveré a mi casa, de donde salí’. Y al llegar la encuentra barrida y en orden. Entonces va y toma otros siete espíritus peores que él; entran y se instalan allí, y el final de aquel hombre viene a ser peor que el principio».



«Algunos dijeron: 'Por Beelzebul, Príncipe de los demonios, expulsa los demonios'»


Rev. D. Josep PAUSAS i Mas

(Sant Feliu de Llobregat, España)

Hoy contemplamos asombrados cómo Jesús es ridículamente “acusado” de expulsar demonios «por Beelzebul, Príncipe de los demonios» (Lc 11,15). Es difícil imaginar un bien más grande —echar, alejar de las almas al diablo, el instigador del mal— y, al mismo tiempo, escuchar la acusación más grave —hacerlo, precisamente, por el poder del propio diablo—. Es realmente una acusación gratuita, que manifiesta mucha ceguera y envidia por parte de los acusadores del Señor. También hoy día, sin darnos cuenta, eliminamos de raíz el derecho que tienen los otros a discrepar, a ser diferentes y tener sus propias posiciones contrarias e, incluso, opuestas a las nuestras.

Quien lo vive cerrado en un dogmatismo político, cultural o ideológico, fácilmente menosprecia al que discrepa, descalificando todo su proyecto y negándole competencia e, incluso, honestidad. Entonces, el adversario político o ideológico se convierte en enemigo personal. La confrontación degenera en insulto y agresividad. El clima de intolerancia y mutua exclusión violenta puede, entonces, conducirnos a la tentación de eliminar de alguna manera a quien se nos presenta como enemigo.

En este clima es fácil justificar cualquier atentado contra las personas, incluso, los asesinatos, si el muerto no es de los nuestros. ¡Cuántas personas sufren hoy con este ambiente de intolerancia y rechazo mutuo que frecuentemente se respira en las instituciones públicas, en los lugares de trabajo, en asambleas y confrontaciones políticas!

Entre todos hemos de crear unas condiciones y un clima de tolerancia, respeto mutuo y confrontación leal en el que sea posible ir encontrando caminos de diálogo. Y los cristianos, lejos de endurecer y sacralizar falsamente nuestras posiciones manipulando a Dios e identificándolo con nuestras propias posturas, hemos de seguir a este Jesús que —cuando sus discípulos pretendían que impidiera que otros expulsaran demonios en nombre de Él— los corrigió diciéndoles: «No se lo impidáis. Quien no está contra vosotros, está con vosotros» (Lc 9,50). Pues, «todo el coro innumerable de pastores se reduce al cuerpo de un solo Pastor» (San Agustín).

El Grupo Juvenil y Cristo



 El Grupo Juvenil y Cristo

Autor: Mons. Rómulo Emiliani, c.m.f.

Sitio web: Un mensaje al corazón

Cuando la Iglesia experimentó Pentecostés, cuando la fuerza y el poder del Espíritu Santo transformó a la Iglesia y rompió la mediocridad y la cobardía de los apóstoles, cuando el Espíritu Santo quemó el miedo de los apóstoles y los llenó de la fuerza y el poder de Dios, se lanzaron a predicar. El Espíritu de Dios hizo el milagro de que hablaran sin miedo, y la gente les entendió en sus diferentes lenguas. El Espíritu Santo transformó a los apóstoles, llenándolos de valentía y poder para predicar. Así empezó la Iglesia a convertir almas, a fundar comunidades y a hacer que Jesucristo fuera conocido y amado por muchísima gente. 

La fuerza del Espíritu Santo arrolló, rompió las cadenas e hizo de los hombres tímidos y cobardes hombres auténticos que se atrevieron a lanzarse a predicar y cambiaron los ambientes y las circunstancias. Gracias a los apóstoles, el evangelio comenzó a ser conocido en el mundo, nacieron y proliferaron las comunidades y comenzaron a florecer los carismas. Hombres y mujeres se lanzaron a predicar y a conquistar el mundo, pero las tinieblas empezaron a perseguirlos. Por ser de Cristo, miles y miles de hombres y mujeres murieron mártires en los primeros cuatro siglos de la Iglesia. Pedro murió crucificado en Roma y Pablo fue decapitado. Pero la Iglesia siguió adelante porque el Espíritu Santo, en un continuo Pentecostés, llenaba el corazón de la gente y los convertía en gente valiente y decidida. Y el martirio de esta gente se convirtió en semilla de nuevos cristianos. 

Eso es lo que la Iglesia quiere con los grupos juveniles, que se conviertan en semilla y permitan florecer más cristianismo. Queremos que cada grupo se convierta en auténtico faro de luz que ilumine el ambiente. Ustedes, muchachos y muchachas, tienen una palabra, una respuesta. Si viven en Cristo, se acercan al Señor, viven en comunidad, forman equipo, mantienen las reuniones, las oraciones, la reflexión Bíblica, una actitud de servicio y se lanzan a predicar, la Palabra convertirá a mucha gente. Hay que definirse, proclamar a los cuatro vientos que son de Cristo, sin importar que otros rían y los llamen tontos o cualquier otra necedad. Sean de Cristo y siéntanse orgullosos de serlo, por el mismo Cristo los eligió y los llamó. El Señor los necesita para predicar, necesita de su corazón para amar y de sus manos para servir. 

Necesitamos apóstoles y misioneros jóvenes que salgan de los grupos cristianos para llevar la Palabra a otros muchachos que están vacíos de Dios, con problemas de drogas, de licor y de vagancia y de esto a la delincuencia hay sólo un paso. Algunos jóvenes están metidos en problemas simplemente porque no han escuchado la Palabra de Dios. No podemos permitir que ni un joven más caiga en eso. Hay que luchar por ellos así como nos gustaría que lucharan por nosotros si cayéramos en problemas así. Ustedes pueden ser los portadores de la luz que rompa las tinieblas. 

Hoy les digo que la voluntad de Dios es que ustedes se integren en grupos de jóvenes seguidores de Cristo, sin temor a nada ni nadie. Cristo Jesús los necesita y ustedes necesitan de Él. Deben decir "sí" a Cristo para que se hagan sentir cada día más a través de sus grupos juveniles. Si permiten que en su alma y su corazón se realice un gran Pentecostés, que la fuerza y el poder de Dios actúe en ustedes, cambiarán el ambiente y las circunstancias porque con Cristo todo se puede. Si Cristo está con ustedes, quién podrá contra ustedes. 

Hay mucha mediocridad y se necesitan muchachas y muchachos auténticos, valientes, con coraje, audacia y creatividad para que se lancen a predicar sin miedo, por Cristo, a salvar almas. No queremos jóvenes blandengues o apáticos sino jóvenes definidos por Jesucristo. Pero tienen que acercarse a Él, orar, arrepentirse y pedir perdón por los pecados, renunciar al mal y buscar a Jesús. Si lo buscan, las cosas cambiarán mucho y los jóvenes se harán sentir más. Unidos con Cristo vencerán y serán una gran mayoría aplastante. Con la fuerza y el poder de Cristo se convertirán en un auténtico ejército espiritual para luchar contra el mal y las tinieblas. Luchen y vencerán el mal hablando del bien, haciendo el bien, propagando el bien y predicando la Palabra. Ustedes saben que existe mucho mal en el mundo y como jóvenes pueden hacer mucho. 

Los grupos juveniles deben aplicar las características de los primeros cristianos para que sean verdaderamente de Cristo. Ellos acudían asiduamente a escuchar las enseñanzas de los apóstoles que predicaban el evangelio, la buena noticia. Es fundamental que en el grupo juvenil se estudie la Biblia, para entender lo que dice Jesús. Los primeros cristianos convivían y esto también debe ser una práctica del grupo juvenil para conocer bien quién es el hermano y cómo es para que el grupo se integre más. Los cristianos partían el pan, lo que significa eucaristía. No se puede concebir un grupo juvenil que no asista los domingos a la misa ni comulgue. Los cristianos también oraban y así debe ser en los grupos juveniles. Es fundamental que tengan siempre un rato de oración. La Palabra también dice que los creyentes vivían unidos y compartían todo lo que tenían. ¡Que bonito! En un grupo juvenil cristiano no debe haber egoísmo; se comparte sobre todo el corazón, el alma, la presencia como amigos que siguen el mismo camino, están en la misma comunidad y se aman como hermanos. Dice la Palabra de Dios que alababan a Dios y gozaban de la simpatía de todo el pueblo. El grupo juvenil debe servir a la comunidad. Por lo tanto, deben averiguar las necesidades del pueblo o la ciudad y ayudar. Si hay que limpiar el parque o cortar la hierba, se puede lograr en grupo. Que se sienta la presencia de los grupos juveniles cristianos ayudando en su comunidad en cualquier necesidad, porque como cristianos son servidores de los demás. Si no, no son grupo juvenil auténticamente cristiano. Es fundamental esa actitud de servicio, porque el que sirve se siente útil y contento consigo mismo. 

Dice la Palabra de Dios que se multiplicaban los prodigios y milagros y así es cuando un grupo cristiano se hace sentir en su comunidad. Quizás el más grande milagro es que un joven drogadicto ingrese al grupo, se convierta a Cristo y deje la droga. Otro gran milagro sería que una muchacha que anda con un hombre casado venga al grupo juvenil y decida renunciar a ese hombre porque no le conviene. Otro gran milagro sería que un joven que esté confrontando problemas con sus padres, por su actitud desobediente, vulgar y soez, se convierta en el grupo juvenil y sea respetuoso y obediente con ellos. 

En el grupo juvenil deben estar las puertas abiertas para cualquier joven, no importa el problema que tenga. Ustedes pueden ayudarlos a conocer la Palabra de Dios que es amor, reconciliación, perdón y salvación, y convertirse a Cristo para ser mejores personas a través del conocimiento de Dios. Promuevan ese encuentro con Cristo y extiendan la mano para salvar a la juventud. Un grupo cristiano juvenil debe ser un grupo de pescadores de almas, como dijo Jesús de Pedro, detectando en la comunidad a los que tienen problemas y atrayéndolos a formar parte del grupo, y nunca rechazando, no importa los pecados o errores que hayan cometido. Nunca se sabe el resultado que Dios propiciará a través de la buena influencia del grupo y pueden hacer un gran bien por algún muchacho o muchacha y también por su familia. Eso es hacer Iglesia y hacer patria, ayudar para que otros mejoren. Con la ayuda de Dios, todo se puede porque CON ÉL, USTEDES SERÁN . . . ¡INVENCIBLES! 


jueves, 8 de octubre de 2026

Santo Evangelio 8 de octubre 2026

 


Texto del Evangelio (Lc 11,5-13):

 En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Si uno de vosotros tiene un amigo y, acudiendo a él a medianoche, le dice: ‘Amigo, préstame tres panes, porque ha llegado de viaje a mi casa un amigo mío y no tengo qué ofrecerle’, y aquél, desde dentro, le responde: ‘No me molestes; la puerta ya está cerrada, y mis hijos y yo estamos acostados; no puedo levantarme a dártelos’, os aseguro, que si no se levanta a dárselos por ser su amigo, al menos se levantará por su importunidad, y le dará cuanto necesite.

»Yo os digo: Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. ¿Qué padre hay entre vosotros que, si su hijo le pide un pez, en lugar de un pez le da una culebra; o, si pide un huevo, le da un escorpión? Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!».



«El Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan»


Fray Josep Mª MASSANA i Mola OFM

(Barcelona, España)

Hoy, el Evangelio es una catequesis de Jesús sobre la oración. Afirma solemnemente que el Padre siempre la escucha: «Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá» (Lc 11,9).

A veces podemos pensar que la práctica nos muestra que esto no siempre sucede, que no siempre “funciona” así. ¡Es que hay que rezar con las debidas actitudes!

La primera es la constancia, la perseverancia. Hemos de rezar sin desanimarnos nunca, aunque nos parezca que nuestra plegaria choca con un rechazo, o que no es escuchada enseguida. Es la actitud de aquel hombre inoportuno que a medianoche va a pedirle un favor a su amigo. Con su insistencia recibe los panes que necesita. Dios es el amigo que escucha desde dentro a quien es constante. Hemos de confiar en que terminará por darnos lo que pedimos, porque además de ser amigo, es Padre.

La segunda actitud que Jesús nos enseña es la confianza y el amor de hijos. La paternidad de Dios supera inmensamente a la humana, que es limitada e imperfecta: «Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo...!» (Lc 11,13).

Tercera: hemos de pedir sobre todo el Espíritu Santo y no sólo cosas materiales. Jesús nos anima a pedirlo, asegurándonos que lo recibiremos: «...¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!» (Lc 11,13). Esta petición siempre es escuchada. Es tanto como pedir la gracia de la oración, ya que el Espíritu Santo es su fuente y origen.

El beato fray Gil de Asís, compañero de san Francisco, resume la idea de este Evangelio cuando dice: «Reza con fidelidad y devoción, porque una gracia que Dios no te ha dado una vez, te la puede dar en otra ocasión. De tu cuenta pon humildemente toda la mente en Dios, y Dios pondrá en ti su gracia, según le plazca».


Educación para la Libertad

 


Educación para la Libertad 

Autor: Mons. Rómulo Emiliani, c.m.f.

Sitio web: Un mensaje al corazón


La responsabilidad de los padres es formar bien a sus hijos. ¿Le interesa formar bien a sus hijos? Pues, ¡edúquelos para la libertad! 

Ahora, ¿qué es eso de educación para la libertad? Yo le pregunto a usted, ¿le parece bien estar siempre encima de sus hijos, decidiendo por ellos, protejiéndolos, aún cuando tengan 30, 40 ó 50 años? ¿No le parece esto bastante incómodo y hasta absurdo? 

Pues, existen muchos papás que en su subconsciente desean hacer esto y no es correcto. Los padres tienen que educar para la libertad. De esa manera, sus hijos algún día tendrán la capacidad de ser autónomos, de actuar de acuerdo con sus propios criterios y valores. Hay que educarlos para que sean ellos los que decidan qué hacer con su propia existencia; para que cada uno sea protagonista de su propia historia y sean capaces de decidir por sí mismos su propio futuro. 

Para lograr esto, los papás tienen que inculcar a las criaturas desde pequeñitas una fe profunda en Dios, sobre todo, y también en sí mismos; ayudarlos a que crezcan con confianza en sus propias personas, cultivar en ellos los más grandes ideales e inyectarle los valores morales más adecuados. La tarea de los papás es sembrar, de la manera más inteligente y profunda posible, todos los ideales y valores positivos y buenos. Mientras más profundamente siembren esto en sus hijos, y se preocupen en cultivar adecuadamente con mucho amor, verán florecer en sus hijos una personalidad auténtica y fuerte. 

Los papás deben comprender que esta tarea implicará, definitivamente, mucho tiempo de convivencia con sus niños. Pero que sea una convivencia agradable, amena, íntima, y que se desarrolle desde las primeras etapas de sus vidas. A medida que el niño pequeñito crezca y adquiera más madurez y personalidad, los papás deben acompañarlos en su desarrollo. Ahora, acompañar no es estar encima de ellos como un perro guardián, no es sobre protejerlos, ni impedirles que sean ellos mismos. Acompañar es caminar a su lado y, mientras más pequeño el niño, más necesita sentir la presencia de sus papás. 

Luego, a medida que va creciendo, los papás deben separarse, alejarse poco a poco. No en el aspecto, diríamos, físico o de contacto, sino en el aspecto de permitir al muchacho y a la muchacha que sean ellos mismos. Ustedes, como papás, deben estar siempre a su lado, aconsejándoles, velando por ellos, pero no decidiendo por ellos ni opinando o imponiendo la última palabra de una manera tiránica, porque eso no conduce a nada bueno. 

Cuando comprenda que sus hijos son más hijos de Dios y de la vida que suyos, desempeñará mejor su papel de padre o madre. Comprenda que su misión fue traer a sus hijos al mundo y formarlos bien, pero para la vida y para que ellos cumplan la misión que Dios les tiene reservada. Cuando usted comprenda que su tarea consiste en sembrar solamente y que después ellos cosecharán para otros, entenderá algo muy importante de lo que es ser papá o mamá. 

Su misión es sagrada e importantísima; le ha sido encomendada por Dios, nuestro Señor. Implica mucha madurez y responsabilidad. Forme bien a sus criaturas, siembre en ellos todo lo bueno que pueda. Después, déjelos crecer y desarrollarse. ¡Que sean ellos mismos! Gánese su confianza para que ellos tengan el suficiente interés de acercarse a usted para comentar sus experiencias, compartir sus fracasos y éxitos, para pedirle los consejos que necesitan, para buscar apoyo y consuelo en los momentos difíciles. Pero no esté demasiado encima porque entonces hará de ellos unos títeres que no aprenderán a vivir como seres autónomos y responsables o simplemente se rebelarán y los perderá irremediablemente. 

¿ Sabe usted que una de las preguntas claves que Dios le hará en el juicio final es qué hizo con sus hijos? Si usted comprende la enorme responsabilidad de formar a sus hijos para la libertad, alcanzará la gracia de Dios y también se ganará el cielo. Porque el cielo también se gana ayudando a Dios en la formación de sus hijos, de Sus hijos. ¿Que esto cuesta? ¡Por supuesto! Pero, pida ayuda al Señor. Con Él, usted puede vencer cualquier dificultad y superar todos los escollos que se presentan en su vida, sobre todo en la educación y formación de sus hijos. Pida a Dios que le ayude a comprender su misión en la vida y a entender mejor su papel de formador y educador de sus hijos. Con Su ayuda, usted puede ser mejor como persona y como padre o madre. Con Dios usted puede vencer cualquier dificultad u obstáculo, porque con Él, usted es . . . ¡INVENCIBLE! 


miércoles, 7 de octubre de 2026

Santo Evangelio 7 octubre 2026



 Texto del Evangelio (Lc 11,1-4):

 Sucedió que, estando Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, le dijo uno de sus discípulos: «Señor, enséñanos a orar, como enseñó Juan a sus discípulos». Él les dijo: «Cuando oréis, decid: Padre, santificado sea tu Nombre, venga tu Reino, danos cada día nuestro pan cotidiano, y perdónanos nuestros pecados porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe, y no nos dejes caer en tentación».



«Señor, enséñanos a orar, como enseñó Juan a sus discípulos»


Fr. Austin Chukwuemeka IHEKWEME

(Ikenanzizi, Nigeria)

Hoy vemos cómo uno de los discípulos le dice a Jesús: «Señor, enséñanos a orar, como enseñó Juan a sus discípulos» (Lc 11,1). La respuesta de Jesús: «Cuando oréis, decid: Padre, santificado sea tu Nombre, venga tu Reino, danos cada día nuestro pan cotidiano, y perdónanos nuestros pecados porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe, y no nos dejes caer en tentación» (Lc 11,2-4), puede ser resumida con una frase: la correcta disposición para la oración cristiana es la disposición de un niño delante de su padre.

Vemos enseguida que la oración, según Jesús, es un trato del tipo “padre-hijo”. Es decir, es un asunto familiar basado en una relación de familiaridad y amor. La imagen de Dios como padre nos habla de una relación basada en el afecto y en la intimidad, y no de poder y autoridad.

Rezar como cristianos supone ponernos en una situación donde vemos a Dios como padre y le hablamos como sus hijos: «Me has escrito: ‘Orar es hablar con Dios. Pero, ¿de qué?’. —¿De qué? De Él, de ti: alegrías, tristezas, éxitos y fracasos, ambiciones nobles, preocupaciones diarias..., ¡flaquezas!: y hacimientos de gracias y peticiones: y Amor y desagravio. En dos palabras: conocerle y conocerte: ¡tratarse!’» (San Josemaría).

Cuando los hijos hablan con sus padres se fijan en una cosa: transmitir en palabras y lenguaje corporal lo que sienten en el corazón. Llegamos a ser mejores mujeres y hombres de oración cuando nuestro trato con Dios se hace más íntimo, como el de un padre con su hijo. De eso nos dejó ejemplo Jesús mismo. Él es el camino.

Y, si acudes a la Virgen, maestra de oración, ¡qué fácil te será! De hecho, «la contemplación de Cristo tiene en María su modelo insuperable. El rostro del Hijo le pertenece de un modo especial (...). Nadie se ha dedicado con la asiduidad de María a la contemplación del rostro de Cristo» (Juan Pablo II).