sábado, 31 de enero de 2026

Santo Evangelio 31 de Enero 2026



 Texto del Evangelio (Mc 4,35-41):

 Un día, al atardecer, dijo Jesús a sus discípulos: «Pasemos a la otra orilla». Despiden a la gente y le llevan en la barca, como estaba; e iban otras barcas con Él. En esto, se levantó una fuerte borrasca y las olas irrumpían en la barca, de suerte que ya se anegaba la barca. Él estaba en popa, durmiendo sobre un cabezal. Le despiertan y le dicen: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?».

Él, habiéndose despertado, increpó al viento y dijo al mar: «¡Calla, enmudece!» El viento se calmó y sobrevino una gran bonanza. Y les dijo: «¿Por qué estáis con tanto miedo? ¿Cómo no tenéis fe?». Ellos se llenaron de gran temor y se decían unos a otros: «Pues ¿quién es éste que hasta el viento y el mar le obedecen?».



«¿Por qué estáis con tanto miedo? ¿Cómo no tenéis fe?»


Rev. D. Joaquim FLURIACH i Domínguez

(St. Esteve de P., Barcelona, España)

Hoy, el Señor riñe a los discípulos por su falta de fe: «¿Cómo no tenéis fe?» (Mc 4,40). Jesucristo ya había dado suficientes muestras de ser el Enviado y todavía no creen. No se dan cuenta de que, teniendo con ellos al mismo Señor, nada han de temer. Jesús hace un paralelismo claro entre “fe” y “valentía”.

En otro lugar del Evangelio, ante una situación en la que los Apóstoles dudan, se dice que todavía no podían creer porque no habían recibido el Espíritu Santo. Mucha paciencia le será necesaria al Señor para continuar enseñando a los primeros aquello que ellos mismos nos mostrarán después, y de lo que serán firmes y valientes testigos.

Estaría muy bien que nosotros también nos sintiéramos “reñidos”. ¡Con más motivo aun!: hemos recibido el Espíritu Santo que nos hace capaces de entender cómo realmente el Señor está con nosotros en el camino de la vida, si de verdad buscamos hacer siempre la voluntad del Padre. Objetivamente, no tenemos ningún motivo para la cobardía. Él es el único Señor del Universo, porque «hasta el viento y el mar le obedecen» (Mc 4,41), como afirman admirados los discípulos.

Entonces, ¿qué es lo que me da miedo? ¿Son motivos tan graves como para poner en entredicho el poder infinitamente grande como es el del Amor que el Señor nos tiene? Ésta es la pregunta que nuestros hermanos mártires supieron responder, no ya con palabras, sino con su propia vida. Como tantos hermanos nuestros que, con la gracia de Dios, cada día hacen de cada contradicción un paso más en el crecimiento de la fe y de la esperanza. Nosotros, ¿por qué no? ¿Es que no sentimos dentro de nosotros el deseo de amar al Señor con todo el pensamiento, con todas las fuerzas, con toda el alma?

Uno de los grandes ejemplos de valentía y de fe, lo tenemos en María, Auxilio de los cristianos, Reina de los confesores. Al pie de la Cruz supo mantener en pie la luz de la fe... ¡que se hizo resplandeciente en el día de la Resurrección!


LAS MARAVILLAS DE DIOS

 


Del comentario de san Juan Fisher, obispo y mártir, sobre los salmos

(Salmo 101: Opera omnia, edición 1597, pp. 1588-1589)

LAS MARAVILLAS DE DIOS


Primero, Dios liberó al pueblo de Israel de la esclavitud de Egipto, con grandes portentos y prodigios; los hizo pasar el mar Rojo a pie enjuto; en el desierto, los alimentó con manjar llovido del cielo, el maná y las codornices, cuando padecían sed, hizo salir de la piedra durísima un perenne manantial de agua; les concedió la victoria sobre todos los que guerreaban contra ellos; por un tiempo, detuvo de su curso natural las aguas del Jordán; les repartió por suertes la tierra prometida, según sus tribus y familias. Pero aquellos hombres ingratos, olvidándose del amor y munificencia con que les había otorgado tales cosas, abandonaron el culto del Dios verdadero y se entregaron, una y otra vez, al crimen abominable de la idolatría. Después, también a nosotros, que, cuando éramos gentiles, nos sentíamos arrebatados hacia los ídolos mudos, siguiendo el ímpetu que nos venía, Dios nos arrancó del olivo silvestre de la gentilidad, al que pertenecíamos por naturaleza, nos injertó en el verdadero olivo del pueblo judío, desgajando para ello algunas de sus ramas naturales, y nos hizo partícipes de la raíz de su gracia y de la rica sustancia del olivo. Finalmente, no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros como oblación y víctima de suave olor, para rescatarnos de toda maldad y para prepararse un pueblo purificado.

Todo ello, más que argumentos, son signos evidentes del inmenso amor y bondad de Dios para con nosotros; y, sin embargo, nosotros, sumamente ingratos, más aún, traspasando todos los límites de la ingratitud, no tenemos en cuenta su amor ni reconocemos la magnitud de sus beneficios, sino que menospreciamos y tenemos casi en nada al autor y dador de tan grandes bienes; ni tan siquiera la extraordinaria misericordia de que usa continuamente con los pecadores nos mueve a ordenar nuestra vida y conducta conforme a sus mandamientos. Ciertamente, es digno todo ello de que sea escrito para las generaciones futuras, para memoria perpetua, a fin de que todos los que en el futuro han de llamarse cristianos reconozcan la inmensa benignidad de Dios para con nosotros y no dejen nunca de cantar sus alabanzas.

viernes, 30 de enero de 2026

Santo Evangelio 30 de Enero 2026



 Texto del Evangelio (Mc 4,26-34):

 En aquel tiempo, Jesús decía a la gente: «El Reino de Dios es como un hombre que echa el grano en la tierra; duerma o se levante, de noche o de día, el grano brota y crece, sin que él sepa cómo. La tierra da el fruto por sí misma; primero hierba, luego espiga, después trigo abundante en la espiga. Y cuando el fruto lo admite, en seguida se le mete la hoz, porque ha llegado la siega».

Decía también: «¿Con qué compararemos el Reino de Dios o con qué parábola lo expondremos? Es como un grano de mostaza que, cuando se siembra en la tierra, es más pequeña que cualquier semilla que se siembra en la tierra; pero una vez sembrada, crece y se hace mayor que todas las hortalizas y echa ramas tan grandes que las aves del cielo anidan a su sombra». Y les anunciaba la Palabra con muchas parábolas como éstas, según podían entenderle; no les hablaba sin parábolas; pero a sus propios discípulos se lo explicaba todo en privado.



«El Reino de Dios es como un hombre que echa el grano (...y) la tierra da el fruto por sí misma»


Rev. D. Jordi PASCUAL i Bancells

(Salt, Girona, España)

Hoy Jesús habla a la gente de una experiencia muy cercana a sus vidas: «Un hombre echa el grano en la tierra (...); el grano brota y crece (...). La tierra da el fruto por sí misma; primero hierba, luego espiga, después trigo abundante en la espiga» (Mc 4,26-28). Con estas palabras se refiere al Reino de Dios, que consiste en «la santidad y la gracia, la Verdad y la Vida, la justicia, el amor y la paz» (Prefacio de la Solemnidad de Cristo Rey), que Jesucristo nos ha venido a traer. Este Reino ha de ser una realidad, en primer lugar, dentro de cada uno de nosotros; después en nuestro mundo.

En el alma de cada cristiano, Jesús ha sembrado —por el Bautismo— la gracia, la santidad, la Verdad... Hemos de hacer crecer esta semilla para que fructifique en multitud de buenas obras: de servicio y caridad, de amabilidad y generosidad, de sacrificio para cumplir bien nuestro deber de cada instante y para hacer felices a los que nos rodean, de oración constante, de perdón y comprensión, de esfuerzo por conseguir crecer en virtudes, de alegría...

Así, este Reino de Dios —que comienza dentro de cada uno— se extenderá a nuestra familia, a nuestro pueblo, a nuestra sociedad, a nuestro mundo. Porque quien vive así, «¿qué hace sino preparar el camino del Señor (...), a fin de que penetre en él la fuerza de la gracia, que le ilumine la luz de la verdad, que haga rectos los caminos que conducen a Dios?» (San Gregorio Magno).

La semilla comienza pequeña, como «un grano de mostaza que, cuando se siembra en la tierra, es más pequeña que cualquier semilla que se siembra en la tierra; pero una vez sembrada, crece y se hace mayor que todas las hortalizas» (Mc 4,31-32). Pero la fuerza de Dios se difunde y crece con un vigor sorprendente. Como en los primeros tiempos del cristianismo, Jesús nos pide hoy que difundamos su Reino por todo el mundo.

Ama al Señor y sigue sus caminos

 


De los sermones de Juan Mediocre de Nápoles, obispo

(Sermón 7: PLS 4, 785-786)

AMA AL SEÑOR Y SIGUE SUS CAMINOS


El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? Dichoso el que así hablaba, porque sabía cómo y de dónde procedía su luz y quién era el que lo iluminaba. Él veía la luz, no esta que muere al atardecer, sino aquella otra que no vieron ojos humanos. Las almas iluminadas por esta luz no caen en el pecado, no tropiezan en el mal. Decía el Señor: Caminad mientras tenéis luz. Con estas palabras, se refería a aquella luz que es él mismo, ya que dice: Yo he venido al mundo como luz, para que los que ven no vean y los ciegos reciban la luz. El Señor, por tanto, es nuestra luz, él es el sol de justicia que irradia sobre su Iglesia católica, extendida por doquier. A él se refería proféticamente el salmista, cuando decía: El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El hombre interior, así iluminado, no vacila, sigue recto su camino, todo lo soporta. El que contempla de lejos su patria definitiva aguanta en las adversidades, no se entristece por las cosas temporales, sino que halla en Dios su fuerza; humilla su corazón y es constante, y su humildad lo hace paciente. Esta luz verdadera que viniendo a este mundo alumbra a todo hombre, el Hijo, revelándose a sí mismo, la da a los que lo temen, la infunde a quien quiere y cuando quiere. El que vivía en tiniebla y en sombra de muerte, en la tiniebla del mal y en la sombra del pecado, cuando nace en él la luz, se espanta de sí mismo y sale de su estado, se arrepiente, se avergüenza de sus faltas y dice: El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? Grande es, hermanos, la salvación que se nos ofrece. Ella no teme la enfermedad, no se asusta del cansancio, no tiene en cuenta el sufrimiento. Por esto, debemos exclamar, plenamente convencidos, no sólo con la boca, sino también con el corazón: El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? Si es él quien ilumina y quien salva, ¿a quién temeré? Vengan las tinieblas del engaño: el Señor es mi luz. Podrán venir, pero sin ningún resultado, pues, aunque ataquen nuestro corazón, no lo vencerán. Venga la ceguera de los malos deseos: el Señor es mi luz. Él es, por tanto, nuestra fuerza, el que se da a nosotros, y nosotros a él. Acudid al médico mientras podéis, no sea que después queráis y no podáis

jueves, 29 de enero de 2026

Santo Evangelio 29 de Enero 2026



 Texto del Evangelio (Mc 4,21-25):

 En aquel tiempo, Jesús decía a la gente: «¿Acaso se trae la lámpara para ponerla debajo del celemín o debajo del lecho? ¿No es para ponerla sobre el candelero? Pues nada hay oculto si no es para que sea manifestado; nada ha sucedido en secreto, sino para que venga a ser descubierto. Quien tenga oídos para oír, que oiga».

Les decía también: «Atended a lo que escucháis. Con la medida con que midáis, se os medirá y aun con creces. Porque al que tiene se le dará, y al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará».



«¿Acaso se trae la lámpara para ponerla debajo del celemín o debajo del lecho?»


Rev. D. Àngel CALDAS i Bosch

(Salt, Girona, España)

Hoy, Jesús nos explica el secreto del Reino. Incluso utiliza una cierta ironía para mostrarnos que la “energía” interna que tiene la Palabra de Dios —la propia de Él—, la fuerza expansiva que debe extenderse por todo el mundo, es como una luz, y que esta luz no puede ponerse «debajo del celemín o debajo del lecho» (Mc 4,21).

¿Acaso podemos imaginarnos la estupidez humana que sería colocar la vela encendida debajo de la cama? ¡Cristianos con la luz apagada o con la luz encendida con la prohibición de iluminar! Esto sucede cuando no ponemos al servicio de la fe la plenitud de nuestros conocimientos y de nuestro amor. ¡Cuán antinatural resulta el repliegue egoísta sobre nosotros mismos, reduciendo nuestra vida al marco de nuestros intereses personales! ¡Vivir bajo la cama! Ridícula y trágicamente inmóviles: “ausentes” del espíritu.

El Evangelio —todo lo contrario— es un santo arrebato de Amor apasionado que quiere comunicarse, que necesita “decirse”, que lleva en sí una exigencia de crecimiento personal, de madurez interior, y de servicio a los otros. «Si dices: ¡Basta!, estás muerto», dice san Agustín. Y san Josemaría: «Señor: que tenga peso y medida en todo..., menos en el Amor».

«‘Quien tenga oídos para oír, que oiga’. Les decía también: ‘Atended a lo que escucháis’» (Mc 4,23-24). Pero, ¿qué quiere decir escuchar?; ¿qué hemos de escuchar? Es la gran pregunta que nos hemos de hacer. Es el acto de sinceridad hacia Dios que nos exige saber realmente qué queremos hacer. Y para saberlo hay que escuchar: es necesario estar atento a las insinuaciones de Dios. Hay que introducirse en el diálogo con Él. Y la conversación pone fin a las “matemáticas de la medida”: «Con la medida con que midáis, se os medirá y aun con creces. Porque al que tiene se le dará, y al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará» (Mc 4,24-25). Los intereses acumulados de Dios nuestro Señor son imprevisibles y extraordinarios. Ésta es una manera de excitar nuestra generosidad.


En la Cruz hallamos el ejempo de todas las virtudes

 



 De las Conferencias de santo Tomás de Aquino, presbítero (Conferencia 6 sobre el Credo)

EN LA CRUZ HALLAMOS EL EJEMPLO DE TODAS LAS VIRTUDES


¿Era necesario que el Hijo de Dios padeciera por nosotros? Lo era, ciertamente, y por dos razones fáciles de deducir: la una, para remediar nuestros pecados; la otra, para darnos ejemplo de cómo hemos de obrar. Para remediar nuestros pecados, en efecto, porque en la pasión de Cristo encontramos el remedio contra todos los males que nos sobrevienen a causa del pecado. La segunda razón tiene también su importancia, ya que la pasión de Cristo basta para servir de guía y modelo a toda nuestra vida. Pues todo aquel que quiera llevar una vida perfecta no necesita hacer otra cosa que despreciar lo que Cristo despreció en la cruz y apetecer lo que Cristo apeteció. En la cruz hallamos el ejemplo de todas las virtudes. Si buscas un ejemplo de amor: Nadie tiene más amor que el que da la vida por sus amigos. Esto es lo que hizo Cristo en la cruz. Y, por esto, si él entregó su vida por nosotros, no debemos considerar gravoso cualquier mal que tengamos que sufrir por él. Si buscas un ejemplo de paciencia, encontrarás el mejor de ellos en la cruz. Dos cosas son las que nos dan la medida de la paciencia: sufrir pacientemente grandes males, o sufrir, sin rehuirlos, unos males que podrían evitarse. Ahora bien, Cristo, en la cruz, sufrió grandes males y los soportó pacientemente, ya que en su pasión no profería amenazas; como cordero llevado al matadero, enmudecía y no abría la boca. Grande fue la paciencia de Cristo en la cruz: Corramos en la carrera que nos toca, sin retirarnos, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe: Jesús, que, renunciando al gozo inmediato, soportó la cruz, despreciando la ignominia. Si buscas un ejemplo de humildad, mira al crucificado: él, que era Dios, quiso ser juzgado bajo el poder de Poncio Pilato y morir. Si buscas un ejemplo de obediencia, imita a aquel que se hizo obediente al Padre hasta la muerte: Si por la desobediencia de uno —es decir, de Adán— todos se convirtieron en pecadores, así por la obediencia de uno todos se convertirán en justos. Si buscas un ejemplo de desprecio de las cosas terrenales, imita a aquel que es Rey de reyes y Señor de señores, en quien están encerrados todos los tesoros del saber y el conocer, desnudo en la cruz, burlado, escupido, flagelado, coronado de espinas, a quien finalmente, dieron a beber hiel y vinagre. No te aficiones a los vestidos y riquezas, ya que se repartieron mis ropas; ni a los honores, ya que él experimentó las burlas y azotes; ni a las dignidades, ya que le pusieron una corona de espinas, que habían trenzado; ni a los placeres, ya que para mi sed me dieron vinagre.

miércoles, 28 de enero de 2026

Evangelio 28 de Enero 2026

 


Texto del Evangelio (Mc 4,1-20):

 En aquel tiempo, Jesús se puso otra vez a enseñar a orillas del mar. Y se reunió tanta gente junto a Él que hubo de subir a una barca y, ya en el mar, se sentó; toda la gente estaba en tierra a la orilla del mar. Les enseñaba muchas cosas por medio de parábolas. Les decía en su instrucción: «Escuchad. Una vez salió un sembrador a sembrar. Y sucedió que, al sembrar, una parte cayó a lo largo del camino; vinieron las aves y se la comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde no tenía mucha tierra, y brotó enseguida por no tener hondura de tierra; pero cuando salió el sol se agostó y, por no tener raíz, se secó. Otra parte cayó entre abrojos; crecieron los abrojos y la ahogaron, y no dio fruto. Otras partes cayeron en tierra buena y, creciendo y desarrollándose, dieron fruto; unas produjeron treinta, otras sesenta, otras ciento». Y decía: «Quien tenga oídos para oír, que oiga».

Cuando quedó a solas, los que le seguían a una con los Doce le preguntaban sobre las parábolas. El les dijo: «A vosotros se os ha dado comprender el misterio del Reino de Dios, pero a los que están fuera todo se les presenta en parábolas, para que por mucho que miren no vean, por mucho que oigan no entiendan, no sea que se conviertan y se les perdone».

Y les dice: «¿No entendéis esta parábola? ¿Cómo, entonces, comprenderéis todas las parábolas? El sembrador siembra la Palabra. Los que están a lo largo del camino donde se siembra la Palabra son aquellos que, en cuanto la oyen, viene Satanás y se lleva la Palabra sembrada en ellos. De igual modo, los sembrados en terreno pedregoso son los que, al oír la Palabra, al punto la reciben con alegría, pero no tienen raíz en sí mismos, sino que son inconstantes; y en cuanto se presenta una tribulación o persecución por causa de la Palabra, sucumben enseguida. Y otros son los sembrados entre los abrojos; son los que han oído la Palabra, pero las preocupaciones del mundo, la seducción de las riquezas y las demás concupiscencias les invaden y ahogan la Palabra, y queda sin fruto. Y los sembrados en tierra buena son aquellos que oyen la Palabra, la acogen y dan fruto, unos treinta, otros sesenta, otros ciento».



«El sembrador siembra la Palabra»


Rev. D. Antoni CAROL i Hostench

(Sant Cugat del Vallès, Barcelona, España)

Hoy escuchamos de labios del Señor la “Parábola del sembrador”. La escena es totalmente actual. El Señor no deja de “sembrar”. También en nuestros días es una multitud la que escucha a Jesús por boca de su Vicario —el Papa—, de sus ministros y... de sus fieles laicos: a todos los bautizados Cristo nos ha otorgado una participación en su misión sacerdotal. Hay “hambre” de Jesús. Nunca como ahora la Iglesia había sido tan católica, ya que bajo sus “alas” cobija hombres y mujeres de los cinco continentes y de todas las razas. Él nos envió al mundo entero (cf. Mc 16,15) y, a pesar de las sombras del panorama, se ha hecho realidad el mandato apostólico de Jesucristo.

El mar, la barca y las playas son substituidos por estadios, pantallas y modernos medios de comunicación y de transporte. Pero Jesús es hoy el mismo de ayer. Tampoco ha cambiado el hombre y su necesidad de enseñanza para poder amar. También hoy hay quien —por gracia y gratuita elección divina: ¡es un misterio!— recibe y entiende más directamente la Palabra. Como también hay muchas almas que necesitan una explicación más descriptiva y más pausada de la Revelación.

En todo caso, a unos y otros, Dios nos pide frutos de santidad. El Espíritu Santo nos ayuda a ello, pero no prescinde de nuestra colaboración. En primer lugar, es necesaria la diligencia. Si uno responde a medias, es decir, si se mantiene en la “frontera” del camino sin entrar plenamente en él, será víctima fácil de Satanás.

Segundo, la constancia en la oración —el diálogo—, para profundizar en el conocimiento y amor a Jesucristo: «¿Santo sin oración...? —No creo en esa santidad» (San Josemaría).

Finalmente, el espíritu de pobreza y desprendimiento evitará que nos “ahoguemos” por el camino. Las cosas claras: «Nadie puede servir a dos señores...» (Mt 6,24).

En Santa María encontramos el mejor modelo de correspondencia a la llamada de Dios.


martes, 27 de enero de 2026

Santo Evangelio 27 de Enero 2026

 


Texto del Evangelio (Mc 3,31-35):

 En aquel tiempo, llegan la madre y los hermanos de Jesús, y quedándose fuera, le envían a llamar. Estaba mucha gente sentada a su alrededor. Le dicen: «¡Oye!, tu madre, tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan». Él les responde: «¿Quién es mi madre y mis hermanos?». Y mirando en torno a los que estaban sentados en corro, a su alrededor, dice: «Éstos son mi madre y mis hermanos. Quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre».



«Éstos son mi madre y mis hermanos. Quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre»


Rev. D. Josep GASSÓ i Lécera

(Ripollet, Barcelona, España)

Hoy contemplamos a Jesús —en una escena muy concreta y, a la vez, comprometedora— rodeado por una multitud de gente del pueblo. Los familiares más próximos de Jesús han llegado desde Nazaret a Cafarnaum. Pero en vista de la cantidad de gente, permanecen fuera y lo mandan llamar. Le dicen: «¡Oye!, tu madre, tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan» (Mc 3,31).

En la respuesta de Jesús, como veremos, no hay ningún motivo de rechazo hacia sus familiares. Jesús se había alejado de ellos para seguir la llamada divina y muestra ahora que también internamente ha renunciado a ellos: no por frialdad de sentimientos o por menosprecio de los vínculos familiares, sino porque pertenece completamente a Dios Padre. Jesucristo ha realizado personalmente en Él mismo aquello que justamente pide a sus discípulos.

En lugar de su familia de la tierra, Jesús ha escogido una familia espiritual. Echa una mirada sobre los hombres sentados a su alrededor y les dice: «Éstos son mi madre y mis hermanos. Quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre» (Mc 3,34-35). San Marcos, en otros lugares de su Evangelio, refiere otras de esas miradas de Jesús a su alrededor.

¿Es que Jesús nos quiere decir que sólo son sus parientes los que escuchan con atención su palabra? ¡No! No son sus parientes aquellos que escuchan su palabra, sino aquellos que escuchan y cumplen la voluntad de Dios: éstos son su hermano, su hermana, su madre.

Lo que Jesús hace es una exhortación a aquellos que se encuentran allí sentados —y a todos— a entrar en comunión con Él mediante el cumplimiento de la voluntad divina. Pero, a la vez, vemos en sus palabras una alabanza a su madre, María, la siempre bienaventurada por haber creído.


He combatido bien mi combate

 


De las homilías de san Juan Crisóstomo, obispo

(Homilía 2 sobre las alabanzas de san Pablo: PG 50, 480-484)

HE COMBATIDO BIEN MI COMBATE


Pablo, encerrado en la cárcel, habitaba ya en el cielo, y recibía los azotes y heridas con un agrado superior al de los que conquistan el premio en los juegos; amaba los sufrimientos no menos que el premio, ya que éstos mismos sufrimientos, para él, equivalían al premio; por esto, los consideraba como una gracia. Sopesemos bien lo que esto significa. El premio consistía ciertamente en partir para estar con Cristo; en cambio, quedarse en esta vida significaba el combate; sin embargo, el mismo anhelo de estar con Cristo lo movía a diferir el premio, llevado del deseo del combate, ya que lo juzgaba más necesario. Comparando las dos cosas, el estar separado de Cristo representaba para él el combate y el sufrimiento, más aún, el máximo combate y el máximo sufrimiento. Por el contrario, estar con Cristo representaba el premio sin comparación; con todo, Pablo, por amor a Cristo, prefiere el combate al premio. Alguien quizá dirá que todas estas dificultades él las tenía por suaves, por su amor a Cristo. También yo lo admito, ya que todas aquellas cosas, que para nosotros son causa de tristeza, en él engendraban el máximo deleite. Y para qué recordar las dificultades y tribulaciones? Su gran aflicción le hacía exclamar: ¿Quién enferma sin que yo enferme? ¿quién cae sin que a mí me dé fiebre? Os ruego que no sólo admiréis, sino que también imitéis este magnífico ejemplo de virtud: así podremos ser partícipes de su corona. Y, si alguien se admira de esto que hemos dicho, a saber, que el que posea unos méritos similares a los de Pablo obtendrá una corona semejante a la suya, que atienda a las palabras del mismo Apóstol: He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe. Ahora me aguarda la corona merecida con la que el Señor, juez justo, me premiará en aquel día; y no sólo a mí, sino a todos los que tienen amor a su venida. ¿Te das cuenta de cómo nos invita a todos a tener parte en su misma gloria? Así pues, ya que a todos nos aguarda una misma corona de gloria, procuremos hacernos dignos de los bienes que tenemos prometidos.

Y no sólo debemos considerar en el Apóstol la magnitud y excelencia de sus virtudes y su pronta y robusta disposición de ánimo, por las que mereció llegar a un premio tan grande, sino que hemos de pensar también que su naturaleza era en todo igual a la nuestra; de este modo, las cosas más arduas nos parecerán fáciles y llevaderas y, esforzándonos en este breve tiempo de nuestra vida, alcanzaremos aquella corona incorruptible e inmortal, por la gracia y la misericordia de nuestro Señor Jesucristo, a quien pertenece la gloria y el imperio ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

lunes, 26 de enero de 2026

Santo Evangelio 26 de Enero 2026

 


Texto del Evangelio (Mc 3,22-30):

 En aquel tiempo, los escribas que habían bajado de Jerusalén decían: «Está poseído por Beelzebul» y «por el príncipe de los demonios expulsa los demonios». Entonces Jesús, llamándoles junto a sí, les decía en parábolas: «¿Cómo puede Satanás expulsar a Satanás? Si un reino está dividido contra sí mismo, ese reino no puede subsistir. Si una casa está dividida contra sí misma, esa casa no podrá subsistir. Y si Satanás se ha alzado contra sí mismo y está dividido, no puede subsistir, pues ha llegado su fin. Pero nadie puede entrar en la casa del fuerte y saquear su ajuar, si no ata primero al fuerte; entonces podrá saquear su casa. Yo os aseguro que se perdonará todo a los hijos de los hombres, los pecados y las blasfemias, por muchas que éstas sean. Pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo, no tendrá perdón nunca, antes bien, será reo de pecado eterno». Es que decían: «Está poseído por un espíritu inmundo».



«El que blasfeme contra el Espíritu Santo, no tendrá perdón nunca»


Rev. D. Vicenç GUINOT i Gómez

(Sant Feliu de Llobregat, España)

Hoy, al leer el Evangelio del día, uno no sale de su asombro —“alucina”, como se dice en el lenguaje de la calle—. «Los escribas que habían bajado de Jerusalén» ven la compasión de Jesús por las gentes y su poder que obra en favor de los oprimidos, y —a pesar de todo— le dicen que «está poseído por Beelzebul» y «por el príncipe de los demonios expulsa los demonios» (Mc 3,22). Realmente uno queda sorprendido de hasta dónde pueden llegar la ceguera y la malicia humanas, en este caso de unos letrados. Tienen delante la Bondad en persona, Jesús, el humilde de corazón, el único Inocente y no se enteran. Se supone que ellos son los entendidos, los que conocen las cosas de Dios para ayudar al pueblo, y resulta que no sólo no lo reconocen sino que lo acusan de diabólico.

Con este panorama es como para darse media vuelta y decir: «¡Ahí os quedáis!». Pero el Señor sufre con paciencia ese juicio temerario sobre su persona. Como afirmó san Juan Pablo II, Él «es un testimonio insuperable de amor paciente y de humilde mansedumbre». Su condescendencia sin límites le lleva, incluso, a tratar de remover sus corazones argumentándoles con parábolas y consideraciones razonables. Aunque, al final, advierte con su autoridad divina que esa cerrazón de corazón, que es rebeldía ante el Espíritu Santo, quedará sin perdón (cf. Mc 3,29). Y no porque Dios no quiera perdonar, sino porque para ser perdonado, primero, uno ha de reconocer su pecado.

Como anunció el Maestro, es larga la lista de discípulos que también han sufrido la incomprensión cuando obraban con toda la buena intención. Pensemos, por ejemplo, en santa Teresa de Jesús cuando intentaba llevar a más perfección a sus hermanas.

No nos extrañe, por tanto, si en nuestro caminar aparecen esas contradicciones. Serán indicio de que vamos por buen camino. Recemos por esas personas y pidamos al Señor que nos dé aguante.

Santo Evangelio 25 de Enero 2026



 Texto del Evangelio (Mt 4,12-23):

 Cuando oyó que Juan había sido entregado, se retiró a Galilea. Y dejando Nazaret, vino a residir en Cafarnaúm junto al mar, en el término de Zabulón y Neftalí; para que se cumpliera el oráculo del profeta Isaías: «¡Tierra de Zabulón, tierra de Neftalí, camino del mar, allende el Jordán, Galilea de los gentiles! El pueblo que habitaba en tinieblas ha visto una gran luz; a los que habitaban en paraje de sombras de muerte una luz les ha amanecido». Desde entonces comenzó Jesús a predicar y decir: «Convertíos, porque el Reino de los Cielos ha llegado».

Caminando por la ribera del mar de Galilea vio a dos hermanos, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés, echando la red en el mar, pues eran pescadores, y les dice: «Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres». Y ellos al instante, dejando las redes, le siguieron. Caminando adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan, que estaban en la barca con su padre Zebedeo arreglando sus redes; y los llamó. Y ellos al instante, dejando la barca y a su padre, le siguieron. Recorría Jesús toda Galilea, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.



«Recorría Jesús toda Galilea»


Rev. D. Josep RIBOT i Margarit

(Tarragona, España)

Hoy, Jesús nos da una lección de “santa prudencia”, perfectamente compatible con la audacia y la valentía. En efecto, Él —que no teme proclamar la verdad— decide retirarse, al conocer que —tal como ya habían hecho con Juan Bautista— sus enemigos quieren matarlo a Él: «Sal y vete de aquí, porque Herodes quiere matarte» (Lc 13,31). —Si a quien pasó haciendo el bien, sus detractores intentaron dañarle, no te extrañe que también tú sufras persecuciones, como nos anunció el Señor.

«Cuando oyó que Juan había sido entregado, se retiró a Galilea» (Mt 4,12). Sería imprudente desafiar los peligros sin un motivo proporcionado. Solamente en la oración discernimos cuándo el silencio o inactividad —dejar pasar el tiempo— son síntomas de sabiduría, o de cobardía y falta de fortaleza. La paciencia, ciencia de la paz, ayuda a decidir con serenidad en los momentos difíciles, si no perdemos la visión sobrenatural.

«Recorría Jesús toda Galilea, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo» (Mt 4,23). Ni las amenazas, ni el miedo al qué dirán o las posibles críticas pueden retraernos de hacer el bien. Quienes estamos llamados a ser sal y luz, operadores del bien y de la verdad, no podemos ceder ante el chantaje de la amenaza, que tantas veces no pasará de ser un peligro hipotético o meramente verbal.

Decididos, audaces, sin buscar excusas para postergar la acción apostólica para “después”. Dicen que «el “después” es el adverbio de los vencidos». Por eso, san Josemaría recomendaba «una receta eficaz para tu espíritu apostólico: planes concretos, no de sábado a sábado, sino de hoy a mañana (...)».

Cumplir la voluntad de Dios, ser justos en cualquier ambiente, y seguir el dictamen de la conciencia bien formada exige una fortaleza que hemos de pedir para todos, porque el peligro de la cobardía es grande. Pidamos a nuestra Madre del Cielo que nos ayude a cumplir siempre y en todo la voluntad de Dios, imitando su fortaleza al pie de la Cruz.


Reconquistar el corazón: Asociación Bocatas y Cañada Real



 Reconquistar el corazón: Asociación Bocatas y Cañada Real

La fe que transforma la vida y la ciudad

En el artículo La reconquista, publicado en La voz de Córdoba - El Debate, Chules, de la Asociación Bocatas, nos invita a reflexionar, en un mundo que se siente cada vez más vacío y desconectado, sobre la importancia de la fe y el servicio a los más vulnerables. Con motivo del 30 aniversario de la fundación de Bocatas, Chules nos habla de cómo su fe cristiana lo ha llevado a trabajar con personas en situación de vulnerabilidad en Madrid, y cómo esta experiencia ha transformado su vida y la de muchos otros.

A través de su testimonio, nos muestra que la reconquista del corazón es posible, y que la fe puede ser la mecha que enciende la llama de la esperanza en los contextos más difíciles.

-En tu artículo del Diario de Córdoba "La reconquista", hablas sobre la necesidad de reconquistar la vida y encontrar un sentido más profundo. ¿Cómo te inspiró tu fe cristiana a escribir sobre esto y qué te motivó a compartir este mensaje, especialmente después de ver la realidad de la Cañada Real?

-Para mí, la fe cristiana lo es todo, es algo que tiene más valor que la vida misma, como siempre ha sostenido la sana tradición de la Iglesia, ya que sin ella, la vida habitualmente se convierte en una cárcel. Sobre todo la peor de todas las cárceles, la del propio yo, la imposibilidad de trascender de tu yo, te tenderá a un ideal, a "Alguien-más-grande-que-uno-mismo". Ojo, porque esta enfermedad de la falta de fe afecta también de modo muy primordial y evidente dentro de la Iglesia, donde a veces parece que somos capaces de meternos a Dios en el bolsillo y hacer lo que nos da la gana en nombre del mismísimo Dios. Estaríamos ante la misma situación de una prisión del yo. La clave de Andrea Monda, director de L'Osservatore Romano, de servir a o servirse de, me parece un buen resumen de cómo tenemos que estar nosotros los cristianos dentro de la Santa Madre Iglesia.

»Este año cumplimos 30 algunos amigos desde que comenzó la aventura de bocatas. Y te das cuenta de que no sirven para nada, aún peor, que serían motivo de distracción, si no vuelves a poner todo lo recibido al servicio de lo que sucede ahora, del año 2026, del presente que tenemos ahora.

»Cañada Real. Se ha convertido como en el pasillo de nuestra casa. ¡Qué gusto poder ir allí y renovar este estar al servicio de algo más grande que uno mismo! Sin duda, uno de los grandes secretos de la vida.

-¿Qué significa para ti "reconquistar la vida" en el contexto de tu fe cristiana y cómo se refleja esto en el trabajo de Bocatas, especialmente en la atención a personas en situación de vulnerabilidad en Madrid, como las que viven en la Cañada Real?

-El cristianismo siempre predica un Dios vivo, que ¡¡¡se mueve!!!. Esto es incrible. Vas a donde pensabas que estaba Dios en 2025 y te das cuenta que tienes las manos vacias de nuevo, que tienes que pedir, mendigar de nuevo su presencia, el encuentro con él. Reconquista del cristianismo. Lo contrario es la tan temido tran-tran de la vida. Dios no es normal. Es el factor más potente de lo humano y de la historia.

»¿Cómo se vive con las personas más vulnerables? Dice Tom Holand en su libro sobre la historia del cristianismo que en la antigüedad "a los dioses, los pobres les importaban un comino. Pensar otra cosa era propio de «cabezas huecas»" . Resulta que nuestro Dios tanto en el Antiguo (veáse la elección de David como rey, el último de los hermanos que estaba cuidando de las cabras) como en el Nuevo Testamento (la viuda del Templo, la madre del hijo muerto, los enfermos, etc) se abaja con ternura infinita no solo sobre cada uno de nosotros sino sobre todo sobre los que más sufren.

»Y resulta que este es el gran remedio a la sed del corazón del hombre que, como comienza la Divina Comedia de Dante, se nos pierde enseguida por los vericuetos de la vida dedicándose solo a si mismo.

»Nosotros tenemos el fortunón de ser la carne de este Dios nada más y nada menos que en 2026.

-En el artículo, mencionas que "la gran gesta de vislumbrar el horizonte grande en la vida se produce en la cola del super". ¿Cómo crees que la fe cristiana puede ayudar a las personas a encontrar sentido y propósito en la cotidianidad, especialmente en contextos de exclusión social como la Cañada Real?

-El que ha descubierto este secreto a voces de un Dios que se ha hecho carne para salvarnos, que es pura ternura y que sigue vivo en su Iglesia, relanza su vida como un cohete (como un pepino iba decir pero nunca he visto un pepino a reacción). Da igual cuánto de hundido pueda estar uno, la adicción, depresión, mal que le afecte. Reconoce una corriente de aire fresco en su corazón que le hace vivir el dia a día como algo nuevo y potentísimo. Falta gente que transmita esa posición humana dentro de los contextos diarios en los que habita la persona y muy especialmente los más deteriorados como Cañada Real, cárceles (mi amiga Carmen y Javier de confraternitá por ejemplo), etc.

-¿Cómo crees que la fe cristiana te ha ayudado a superar obstáculos y a mantener una actitud positiva en el trabajo de Bocatas, especialmente en momentos difíciles como los que se viven en la Cañada Real?

-Creo que ya está respondida. La vida sin fe es como comerte un chuletón de Ávila sin sal. Jopetas, como que falta algo la vida. Se crea un vacío dentro y fácilmente empiezas a desbarrar a tomar decisiones incorrectas. Nosotros verificamos que, en la amistad que ofrecemos a toda la banda de Cañada Real (ya sean yonquis que traficantes que sencillos habitantes) hay algo más potente, mucho más potente que el mal que se vive a diario allí que les hace polvo.

-¿Qué papel juega la oración y la reflexión en tu vida y en tu trabajo en Bocatas, y cómo te ayudan a "reconquistar la vida" y a encontrar sentido en la cotidianidad, especialmente en situaciones de gran necesidad?

-Imaginate. Lo que pasa es que para mi los mometos de oración que he experimentado una mayor potentcia, como un avión justo en el momento de despegar es en plena acción. Estás en plaza ópera repartiendo comida a más de 300 pobres (hasta que ayutamiento de Madrid nos prohibió tan preciosa actividad) justo en medio de las dos colas de hombres y mujeres que montábamos, subido a una especie de bordillo alto que había, todos agolpados y justo 1 segundo antes de comenzar te viene a la cabeza lo que hacía Jesús con una multitud hambrienta que tenía delante. "Dadles vosortos de comer" va y les suelta Jesús los discípulos, frase que le encantaba repetir a nuestro amigo el Papa Francisco.

»Yo siempre digo que un buen truqui cotidiano y sencillísimo de retomar toda la potencia que tiene nuestra vida y nuestra humanidad consiste en pararse por la calle cuando veamos un pobre, preguntarle cómo se llama, de dónde viene y si podemos tocarle la mano con la nuestra, darnos cuenta de que es una mano áspera, probada por la vida, dura, no como la nuestra de marqués de Sotoancho que no ha cogido una pala en su vida. Y cuando te vas de ese encuentro, analizas cómo se queda tu corazón, tu alma. Y te das cuenta de que ha entrado una corriente de aire fresco brutal que tal vez llevabas días, semanas o meses buscando secretamente y no sabías cómo encontrarla. ¡¡¡La reconquista!!!

-¿Cómo crees que la fe cristiana puede inspirar a otros a involucrarse en el trabajo de Bocatas y a hacer una diferencia en la vida de las personas más necesitadas en Madrid, como las que viven en la Cañada Real?

-Tengo que reconocer que, 30 años después, me sigue sorprendiendo que haya gente que se siga acercando a bocatas que quiere colaborar. De hecho, todo lo que cuento de los efectos que produce sobre la vida el servicio a los más vulnerables, he caído en la cuenta cuando ya hace muchos años, no paraba de venir gente nueva a la "tontería" de dar de cenar los viernes a las gentes de Cañada Real (digo tontería porque nunca acabaremos con los grandes problemas de la droga, ni de la delincuencia, o de los delitos, sobre en sitio donde se dan todos los delitos del código penal a excepción tal vez del de sedición). Llevamos al menos 5 años donde todos los viernes viene alguien nuevo (excepto creo dos viernes en esos 5 años). El viernes pasado había 2/3 de nuevos y sólo 1/3 de viejunos como yo.

-¿Qué mensaje de esperanza y reconquista quieres transmitir a las personas que se sienten vacías o sin sentido, y cómo crees que la fe cristiana puede ayudarles a encontrar un nuevo propósito y a reconquistar su vida, especialmente en contextos de exclusión social?

-La clave ya la he dicho. O sirves a algo más grande o te sirves de. La vida es increíblemente grande pero necesita de una mecha que cuando nos la encienden. Esa mecha se llama Fe. No existe persona en esta vida con fe que sea mediocre. Si se da es porque la fe se apaga y hay que reconquistarla.

»Hay atajos para llegar a esta vida plena. El servicio a los más vulnerables tal vez sea el más potente. Hay otros, la oración que citabas, los buenos amigos, la comunidad viva no devorada por el narcisismo abierta a todo y a todos.

»Madre mía, cuando lo ves en acto, en el presente, te das cuenta de cómo merece la pena vivir a lo grande, luchar, salir de la pura conveniencia y partir una y mil veces, que no significa cambiar de lugar o de tareas que hacer, sino partir a caminar con este corazón y estos ojos renovados. ¡Ale hop!

Fuente: Religión en Libertad


domingo, 25 de enero de 2026

La numeraria, la abuela de Cursillos, los cofrades devotos... fe y muerte en Adamuz



 La numeraria, la abuela de Cursillos, los cofrades devotos... fe y muerte en Adamuz

Varios de los fallecidos en los accidentes de tren Adamuz y Gelida eran cristianos comprometidos en sus comunidades.

El obispo de Córdoba, Jesús Fernández, en los primeros momentos tras el accidente de Adamuz, atendiendo a los medios de comunicación

En el terrible accidente ferroviario de Adamuz del 18 de enero chocaron dos trenes, uno que iba de Málaga a Madrid y otro de Madrid a Huelva. Varios vagones cayeron por un talud de unos cuatro metros. Pasados cinco días, se contabilizan 45 fallecidos y 150 heridos.

Entre los fallecidos, han trascendido algunas historias de personas de fe y compromiso cristiano bien conocido en sus entornos. [Lea aquí dónde habrá funerales].



La numeraria del Opus Dei que vivió muchos años en Jerusalén

Murió en el choque María Luisa Eugui, natural de Pamplona, numeraria del Opus Dei, de 78 años, vivía en Madrid y tomó el tren para visitar a su hermana Rosa en Huelva. En el mismo tren iba la nieta de su hermana, llamada Blanca, que sobrevivió al accidente, herida con diversas fracturas. Rosa, hermana de la víctima, relató este miércoles en declaraciones a Onda Cero que mantuvo contacto telefónico con María Luisa durante el trayecto y le advirtió de que su nieta Blanca también se encontraba a bordo del tren. Según su testimonio, María Luisa le respondió que intentaría localizarla, pero la conversación se interrumpió y ya no volvió a contestar.

María Luisa Eugui, navarra numeraria del Opu Dei, fallecida en el accidente de Adamuz; vivió muchos años en Jerusalén

María Luisa Eugui residió durante más de un cuarto de siglo en Jerusalén, donde centró su labor en iniciativas educativas dirigidas a familias tanto de la ciudad como de otras regiones.

El Opus Dei se hizo eco del fallecimiento en sus redes sociales: «María Luisa Eugui, numeraria del Opus Dei, viajaba en el tren Alvia que cubría el trayecto entre Madrid y Huelva cuando ocurrió el accidente de Adamuz. Rezamos por ella y por todas las familias y afectados en esta tragedia».

El prelado del Opus Dei, Fernando Ocáriz, difundió una carta expresando «mi más cariñoso pésame» a los familiares y amigos de Eugui. «Estos días he rezado especialmente por ellos». Declara que «desde que tuve noticia del accidente os he estado acompañando más de cerca con mi oración». "Pido a María Santísima —lo hace toda la Obra— por aquellos que han fallecido, por sus familiares y por todas las personas que están hospitalizadas", añade el Prelado del Opus Dei.

"Aunque a veces nos cueste entender estas situaciones podemos abandonarnos de nuevo en las manos de Dios para afrontar estas circunstancias sin desánimo y con sentido sobrenatural", exhorta. Finaliza dando gracias a Dios por la vida de María Luisa Eugui «y por su valiosa entrega, confiando en que el Señor la haya acogido en su misericordia, y conceda consuelo y esperanza a todos los que sufren las consecuencias de este accidente».

La abuela que rezaba el Rosario, veterana de Cursillos de Cristiandad

Casi la misma edad tenía Natividad de la Torre, de 79 años, veterana de Cursillos de Cristiandad, movimiento en el que servía desde 1970. Tenía 3 hijos y seis nietos. Viajaba junto a un hijo y tres nietos, que resultaron heridos pero están fuera de peligro. Como con otras víctimas, había ido a Madrid con su familia para ver el musical El Rey León, aprovechando un dinero conseguido por la venta de unos terrenos (a otros hijos y nietos los había llevado a un crucero).

Natividad de la Torre, fallecida en el accidente de Adamuz, era una incansable Cursillista de Cristiandad, y una abuela generosa


En Cursillos de Huelva destacan que fue auxiliar en numerosos cursillos y rectora en 20 ocasiones. "Siempre disponible, siempre generosa, siempre sembrando fe, amistad y esperanza". Insisten en que era "generosa sin medida —no tenía nada propio, todo lo ofrecía—, optimista y profundamente responsable".

Su hijo Fidel, vecino de Huelva, que no iba en el tren, ha hablado ante radios y televisiones, convencido de ella intercedió con su oración en el tren. "En mi familia nos agarramos a la fe. Mi madre iba rezando el Rosario en el momento del choque. Estoy seguro de que le pidió a Jesús de Nazaret un milagro: ‘Si yo me voy contigo, deja aquí a mi hijo y a mis tres nietos’. Y eso fue lo que ocurrió". Su hermano y sobrinos, pese a estar en uno de los vagones más golpeados, sobrevivieron. Fidel ha animado desde los medios de comunicación: "Que quien pueda besar hoy a su madre, lo haga… porque la vida te golpea sin avisar".

"Si lo que estamos viviendo muchas familias sirve para que la sociedad y el ser humano vea que vamos erróneos y muchas veces no vemos las cosas bonitas que el señor nos regala, entonces estoy encantado de estar aquí contigo", le dijo Fidel a la presentadora de televisión Susanna Griso. "En este caso se ha seguido el ciclo de la vida, se han quedado los chicos que tenían una vida por delante y mi madre goza de la grandeza del Señor y ha considerado que ella tiene que estar ahí", valoró.

A su hija de diez años la operaron del fémur tras el accidente (sacaron a la niña por una ventana), y está bien y tranquila pero con una placa y tornillos. Su hermano pasó una hora y media entre los hierros. "Se me iba la vida, yo me asfixiaba, con los pies tocaba cadáveres", explicaba el hermano, hoy fuera de peligro. "La vida a veces te da un vuelco y te dice: "Valora lo que tienes", dice Fidel.

Rafael Prados Godoy, párroco de Adamuz, explicaba ya el 19 de enero la movilización espontánea del pueblo ante la tragedia

En Adamuz, el párroco señala lo más importante ahora: escuchar, mirar a los ojos, rezar

Cofrades devotos

Otro de los fallecidos es José María Martín, de 37 años, que era cofrade en la Hermandad Servita Santo Entierro de Gibraleón. José María se encontraba de vuelta desde Madrid a Huelva. Había ido a la capital para disfrutar de un fin de semana.

"Fue un joven de fe y gran devoción por Nuestra Señora y Madre de los Dolores, de la cual era un costalero activo e implicado", han señalado en un mensaje sus compañeros de cofradía. Iba a misa los domingos y rezaba ante el Sagrario, destacan en declaraciones a Vida Nueva.

José María Martín, hermano y costalero del Santo Entierro en Gibraleón, devoto de la Virgen de los Dolores


También fallecieron Manuela Barba Domínguez y Esther Matito, que eran cuñadas, y volvían a Huelva después de haber pasado el sábado en Madrid. La noticia del fallecimiento la compartió la Hermandad de Nuestra Señora de la Peña de Huelva, de la que es vicepresidente el marido de Manuela. "Era una mujer cuya presencia iluminaba nuestra Hermandad. Su entrega desinteresada, su compromiso con nuestras tradiciones y su amor infinito hacia la Reina del Andévalo, su Virgen de la Peña, la convirtieron en una figura imprescindible para todos nosotros", señalan desde la hermandad en un comunicado. "Querida Manoli: te vas demasiado pronto, pero dejas una huella imborrable en el corazón de esta Huelva Peñera que hoy llora tu ausencia. Que tu devoción sea la luz que guíe a todos nosotros desde el Reino de los Cielos".

Ha habido otro accidente mortal estos días en la red ferroviaria española. Fernando Huerta Jiménez, de 27 años, murió la noche del martes 20 de enero de 2026 en el accidente ferroviario de la línea R4 de Rodalies entre Sant Sadurní d’Anoia y Gelida (Barcelona), cuando un muro de contención colapsó sobre la vía y provocó el descarrilamiento del tren en el que viajaba como maquinista en prácticas.

Fernando Huerta Jiménez, joven maquinista fallecido con 27 años, de la Hermandad de la Macarena


Fernando había estudiado Periodismo y había sido periodista deportivo. Era de Sevilla, del barrio de Pino Montano, y aficionado del Sevilla FC, miembro de una peña sevillista. Ahora era un maquinista en prácticas. Otros cuatro integrantes de la tripulación resultaron heridos de gravedad.

La Hermandad de la Macarena de Sevilla ora por el joven maquinista fallecido en el accidente de Gelida, uno de sus miembros



Era hermano de la Hermandad de la Macarena, por lo que la hermandad mostró su pésame mediante un comunicado en el que expresa «su más hondo pesar por el fallecimiento de nuestro joven hermano». "Elevamos nuestras oraciones a Nuestro Padre Jesús de la Sentencia y a María Santísima de la Esperanza para que acojan su alma en la Gloria eterna y concedan consuelo, fortaleza y esperanza cristiana a sus familiares, amigos y seres queridos en estos momentos de inmenso dolor", añade la Hermandad.

El arzobispo de Sevilla, José Ángel Saiz Meneses, en redes sociales, enseguida difundió el triste evento: "Anoche tuvo lugar un nuevo accidente ferroviario de un tren que circulaba entre Gelida y Sant Sadurní d'Anoia (Barcelona), con un fallecido y heridos de diversa consideración. El fallecido es Fernando Huerta, de Sevilla. Rezamos por su eterno descanso, por su familia, y por la pronta recuperación de los heridos".

Varias catedrales andaluzas acogerán funerales por las víctimas del accidente de tren de Adamuz

España

Fuente: Religión en Libertad

sábado, 24 de enero de 2026

Santo Evangelio 24 de Enero 2026

 


Texto del Evangelio (Mc 3,20-21):

 En aquel tiempo, Jesús volvió a casa y se aglomeró otra vez la muchedumbre de modo que no podían comer. Se enteraron sus parientes y fueron a hacerse cargo de Él, pues decían: «Está fuera de sí».



«Está fuera de sí»


Rev. D. Antoni CAROL i Hostench

(Sant Cugat del Vallès, Barcelona, España)

Hoy vemos cómo los propios de la parentela de Jesús se atreven a decir de Él que «está fuera de sí» (Mc 3,21). Una vez más, se cumple el antiguo proverbio de que «un profeta sólo en su patria y en su casa carece de prestigio» (Mt 13,57). Ni que decir tiene que esta lamentación no “salpica” a María Santísima, porque desde el primero hasta el último momento —cuando ella se encontraba al pie de la Cruz— se mantuvo sólidamente firme en la fe y confianza hacia su Hijo.

Ahora bien, ¿y nosotros? ¡Hagamos examen! ¿Cuántas personas que viven a nuestro lado, que las tenemos a nuestro alcance, son luz para nuestras vidas, y nosotros...? No nos es necesario ir muy lejos: pensemos en el Papa San Juan Pablo II: ¿cuánta gente le siguió, y... al mismo tiempo, cuántos le interpretaban como un “tozudo-anticuado”, celoso de su “poder”? ¿Es posible que Jesús —dos mil años después— todavía siga en la Cruz por nuestra salvación, y que nosotros, desde abajo, continuemos diciéndole «baja y creeremos en ti» (cf. Mc 15,32)?

O a la inversa. Si nos esforzamos por configurarnos con Cristo, nuestra presencia no resultará neutra para quienes interaccionan con nosotros por motivos de parentesco, trabajo, etc. Es más, a algunos les resultará molesta, porque les seremos un reclamo de conciencia. ¡Bien garantizado lo tenemos!: «Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros» (Jn 15,20). Mediante sus burlas esconderán su miedo; mediante sus descalificaciones harán una mala defensa de su “poltronería”.

¿Cuántas veces nos tachan a los católicos de ser “exagerados”? Les hemos de responder que no lo somos, porque en cuestiones de amor es imposible exagerar. Pero sí que es verdad que somos “radicales”, porque el amor es así de “totalizante”: «o todo, o nada»; «o el amor mata al yo, o el yo mata al amor».

Es por esto que san Juan Pablo II nos habló de “radicalismo evangélico” y de “no tener miedo”: «En la causa del Reino no hay tiempo para mirar atrás, y menos para dejarse llevar por la pereza».


viernes, 23 de enero de 2026

Santo Evangelio 23 de Enero 2026



 Texto del Evangelio (Mc 3,13-19):

 En aquel tiempo, Jesús subió al monte y llamó a los que Él quiso; y vinieron donde Él. Instituyó Doce, para que estuvieran con Él, y para enviarlos a predicar con poder de expulsar los demonios. Instituyó a los Doce y puso a Simón el nombre de Pedro; a Santiago el de Zebedeo y a Juan, el hermano de Santiago, a quienes puso por nombre Boanerges, es decir, hijos del trueno; a Andrés, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago el de Alfeo, Tadeo, Simón el Cananeo y Judas Iscariote, el mismo que le entregó.



«Jesús subió al monte y llamó a los que Él quiso»


Rev. D. Jordi POU i Sabater

(Sant Jordi Desvalls, Girona, España)

Hoy, el Evangelio condensa la teología de la vocación cristiana: el Señor elige a los que quiere para estar con Él y enviarlos a ser apóstoles (cf. Mc 3,13-14). En primer lugar, los elige: antes de la creación del mundo, nos ha destinado a ser santos (cf. Ef 1,4). Nos ama en Cristo, y en Él nos modela dándonos las cualidades para ser hijos suyos. Sólo en vistas a la vocación se entienden nuestras cualidades; la vocación es el “papel” que nos ha dado en la redención. Es en el descubrimiento del íntimo “por qué” de mi existencia cuando me siento plenamente “yo”, cuando vivo mi vocación.

¿Y para qué nos ha llamado? Para estar con Él. Esta llamada implica correspondencia: «Un día —no quiero generalizar, abre tu corazón al Señor y cuéntale tu historia—, quizá un amigo, un cristiano corriente igual a ti, te descubrió un panorama profundo y nuevo, siendo al mismo tiempo viejo como el Evangelio. Te sugirió la posibilidad de empeñarte seriamente en seguir a Cristo, en ser apóstol de apóstoles. Tal vez perdiste entonces la tranquilidad y no la recuperaste, convertida en paz, hasta que libremente, porque te dio la gana —que es la razón más sobrenatural—, respondiste que sí a Dios. Y vino la alegría, recia, constante, que sólo desaparece cuando te apartas de El» (San Josemaría).

Es don, pero también tarea: santidad mediante la oración y los sacramentos, y, además, la lucha personal. «Todos los fieles de cualquier estado y condición de vida están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad, santidad que, aún en la sociedad terrena, promueve un modo más humano de vivir» (Concilio Vaticano II).

Así, podemos sentir la misión apostólica: llevar a Cristo a los demás; tenerlo y llevarlo. Hoy podemos considerar más atentamente la llamada, y afinar en algún detalle de nuestra respuesta de amor.


jueves, 22 de enero de 2026

Santo Evangelio 22 de Enero 2026

 


Texto del Evangelio (Mc 3,7-12):

 En aquel tiempo, Jesús se retiró con sus discípulos hacia el mar, y le siguió una gran muchedumbre de Galilea. También de Judea, de Jerusalén, de Idumea, del otro lado del Jordán, de los alrededores de Tiro y Sidón, una gran muchedumbre, al oír lo que hacía, acudió a Él. Entonces, a causa de la multitud, dijo a sus discípulos que le prepararan una pequeña barca, para que no le aplastaran. Pues curó a muchos, de suerte que cuantos padecían dolencias se le echaban encima para tocarle. Y los espíritus inmundos, al verle, se arrojaban a sus pies y gritaban: «Tú eres el Hijo de Dios». Pero Él les mandaba enérgicamente que no le descubrieran.



«Le siguió una gran muchedumbre de Galilea. También de Judea, de Jerusalén, de Idumea, del otro lado del Jordán, de los alrededores de Tiro y Sidón»


Rev. D. Melcior QUEROL i Solà

(Ribes de Freser, Girona, España)

Hoy, todavía reciente el bautismo de Juan en las aguas del río Jordán, deberíamos recordar el talante de conversión de nuestro propio bautismo. Todos fuimos bautizados en un solo Señor, una sola fe, «en un solo Espíritu para formar un solo cuerpo» (1Cor 12,13). He aquí el ideal de unidad: formar un solo cuerpo, ser en Cristo una sola cosa, para que el mundo crea.

En el Evangelio de hoy vemos cómo «una gran muchedumbre de Galilea» y también otra mucha gente procedente de otros lugares (cf. Mc 3,7-8) se acercan al Señor. Y Él acoge y procura el bien para todos, sin excepción. Esto lo hemos de tener muy presente durante el octavario de oración para la unidad de los cristianos.

Démonos cuenta de cómo, a lo largo de los siglos, los cristianos nos hemos dividido en católicos, ortodoxos, anglicanos, luteranos, y un largo etcétera de confesiones cristianas. Pecado histórico contra una de las notas esenciales de la Iglesia: la unidad.

Pero aterricemos en nuestra realidad eclesial de hoy. La de nuestro obispado, la de nuestra parroquia. La de nuestro grupo cristiano. ¿Somos realmente una sola cosa? ¿Realmente nuestra relación de unidad es motivo de conversión para los alejados de la Iglesia? «Que todos sean uno, para que el mundo crea» (Jn 17,21), ruega Jesús al Padre. Éste es el reto. Que los paganos vean cómo se relaciona un grupo de creyentes, que congregados por el Espíritu Santo en la Iglesia de Cristo tienen un solo corazón y una sola alma (cf. Hch 4,32-34).

Recordemos que, como fruto de la Eucaristía —a la vez que la unión de cada uno con Jesús— se ha de manifestar la unidad de la Asamblea, ya que nos alimentamos del mismo Pan para ser un solo cuerpo. Por tanto, lo que los sacramentos significan, y la gracia que contienen, exigen de nosotros gestos de comunión hacia los otros. Nuestra conversión es a la unidad trinitaria (lo cual es un don que viene de lo alto) y nuestra tarea santificadora no puede obviar los gestos de comunión, de comprensión, de acogida y de perdón hacia los demás.


miércoles, 21 de enero de 2026

Santo Evangelio 21 de Enero 2026



 Texto del Evangelio (Mc 3,1-6):

 En aquel tiempo, entró Jesús de nuevo en la sinagoga, y había allí un hombre que tenía la mano paralizada. Estaban al acecho a ver si le curaba en sábado para poder acusarle. Dice al hombre que tenía la mano seca: «Levántate ahí en medio». Y les dice: «¿Es lícito en sábado hacer el bien en vez del mal, salvar una vida en vez de destruirla?». Pero ellos callaban. Entonces, mirándoles con ira, apenado por la dureza de su corazón, dice al hombre: «Extiende la mano». Él la extendió y quedó restablecida su mano. En cuanto salieron los fariseos, se confabularon con los herodianos contra Él para ver cómo eliminarle.



«¿Es lícito en sábado hacer el bien en vez del mal, salvar una vida en vez de destruirla?»


Rev. D. Joaquim MESEGUER García

(Rubí, Barcelona, España)

Hoy, Jesús nos enseña que hay que obrar el bien en todo tiempo: no hay un tiempo para hacer el bien y otro para descuidar el amor a los demás. El amor que nos viene de Dios nos conduce a la Ley suprema, que nos dejó Jesús en el mandamiento nuevo: «Amaos unos a otros como yo mismo os he amado» (Jn 13,34). Jesús no deroga ni critica la Ley de Moisés, ya que Él mismo cumple sus preceptos y acude a la sinagoga el sábado; lo que Jesús critica es la interpretación estrecha de la Ley que han hecho los maestros y los fariseos, una interpretación que deja poco lugar a la misericordia.

Jesucristo ha venido a proclamar el Evangelio de la salvación, pero sus adversarios, lejos de dejarse convencer, buscan pretextos contra Él: «Había allí un hombre que tenía la mano paralizada. Estaban al acecho a ver si le curaba en sábado para poder acusarle» (Mc 3,1-2). Al mismo tiempo que podemos ver la acción de la gracia, constatamos la dureza del corazón de unos hombres orgullosos que creen tener la verdad de su parte. ¿Experimentaron alegría los fariseos al ver aquel pobre hombre con la salud restablecida? No, todo lo contrario, se obcecaron todavía más, hasta el punto de ir a hacer tratos con los herodianos —sus enemigos naturales— para mirar de perder a Jesús, ¡curiosa alianza!

Con su acción, Jesús libera también el sábado de las cadenas con las cuales lo habían atado los maestros de la Ley y los fariseos, y le restituye su sentido verdadero: día de comunión entre Dios y el hombre, día de liberación de la esclavitud, día de la salvación de las fuerzas del mal. Nos dice san Agustín: «Quien tiene la conciencia en paz, está tranquilo, y esta misma tranquilidad es el sábado del corazón». En Jesucristo, el sábado se abre ya al don del domingo.


La terrible tragedia que marcó la vocación de Paul Coakley, nuevo presidente de los obispos de EE.UU.



 La terrible tragedia que marcó la vocación de Paul Coakley, nuevo presidente de los obispos de EE.UU.

El arzobispo de Oklahoma participó de joven en un viaje en el que murieron dos amigos

Dos compañeros de Coakley salieron a caminar por la costa de la isla de Inishbofin y no regresaron.

La vocación sacerdotal suele nacer de historias muy distintas: algunos la intuyen desde la niñez, otros la descubren en plena juventud, y hay quienes llegan a ella casi por sorpresa. 

El arzobispo de Oklahoma City Paul Coakley, hoy presidente de la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos, pertenece a este último grupo. Su testimonio, compartido en el podcast Shepherd Circle Priest del Instituto Napa, revela un camino inesperado que comenzó sin grandes señales. National Catholic Register cuenta su historia.

El accidente que cambió todo

Aunque su familia jamás faltaba a la misa dominical —"nunca, nunca", recuerda—, la idea de convertirse en sacerdote no formaba parte de sus planes. 

En la secundaria, cuando sus padres le preguntaban si alguna vez había pensado en el sacerdocio, él cambiaba de tema de inmediato. "No estaba en mi radar. No me interesaba en absoluto", admite.

Todo empezó a cambiar cuando ingresó en la Universidad de Kansas (EE.UU). Allí se inscribió, junto a su amigo de la escuela (hoy obispo James Conley) en el Programa de Estudios Integrados. Al principio, su práctica religiosa se volvió irregular: su fe, dice, parecía tener poca relevancia más allá de las obligaciones culturales. Sin embargo, la vida universitaria y la convivencia con otros jóvenes católicos despertaron algo nuevo.

Puedes escuchar aquí el testimonio del obispo Coakley.

El programa, centrado en los Grandes Libros y en una formación humanística poco convencional, marcó profundamente a Coakley. "Memorizábamos poesía, observábamos las estrellas, leíamos obras clásicas… era una experiencia educativa extraordinaria", recuerda. Esa comunidad intelectual y espiritual se volvió aún más importante durante su tercer año de estudios, cuando el grupo viajó a Irlanda para un semestre completo.

Coakley tenía 20 años y esperaba una aventura sencilla, casi un simple paseo por los condados irlandeses. Pero la realidad fue muy distinta. En la primera semana, dos compañeros salieron a caminar por la costa de la isla de Inishbofin y no regresaron. La mañana siguiente, tras asistir a misa, Coakley informó al párroco local, el joven padre Martin O’Connor, quien inmediatamente movilizó a la comunidad.

Junto al sacerdote, Coakley y otros estudiantes pasaron horas recorriendo los acantilados en busca de alguna señal. Al final del día encontraron un fragmento de una chaqueta atrapado entre las rocas. Comprendieron entonces que sus amigos habían caído al mar. La Guardia Costera recuperó los cuerpos al día siguiente. Todo indicaba que uno de ellos resbaló y el otro intentó ayudarlo, sin conocer los peligros del Atlántico Norte en pleno febrero.

La tragedia sacudió profundamente al grupo. Ambos jóvenes eran católicos: uno desde la infancia y el otro recién convertido, apenas un mes antes. Para los 150 estudiantes que participaban en el programa, aquel acontecimiento se convirtió en un punto de inflexión espiritual. Muchos redescubrieron la fe durante ese semestre.

Para Coakley, ese tiempo junto al padre O’Connor fue decisivo. El sacerdote los acompañó con una cercanía que él nunca había experimentado. "Fue entonces cuando entendí por qué llamamos 'Padre' a los sacerdotes", explica. 

Comenzó a visitarlo en la rectoría, no por obligación, sino movido por una necesidad interior. Aquellas conversaciones terminaron en una confesión general que marcó su vida. Por primera vez, el sacerdocio dejó de parecerle algo ajeno.

Paul Coakley ya fue secretario de la conferencia episcopal estadounidense y ahora la preside por un periodo de tres años.

Coakley, nuevo presidente de los obispos de EE.UU., fue discípulo de John Senior y bendice su legado

Ese despertar vocacional no fue inmediato, pero sí profundo. Años después, Coakley ingresaría en el seminario, donde descubriría la importancia de la fraternidad sacerdotal y la figura inspiradora del beato Stanley Rother, mártir de Oklahoma. Su ordenación, recuerda, fue la confirmación de un camino que jamás había imaginado en su adolescencia.

n la entrevista, el arzobispo continúa relatando cómo esos años de formación, las amistades forjadas en la universidad y la experiencia en Irlanda moldearon su identidad sacerdotal. Su historia, como tantas otras, demuestra que la llamada de Dios puede surgir en los momentos más inesperados y a través de personas que aparecen justo cuando más se necesitan. 

Fuente: Religión en Libertad