Día litúrgico: Domingo XXXIV del tiempo ordinario: Jesucristo, Rey del Universo (C)
Texto del Evangelio (Lc 23,35-43): En aquel tiempo, los magistrados hacían muecas a Jesús diciendo: «A otros salvó; que se salve a sí mismo si él es el Cristo de Dios, el Elegido». También los soldados se burlaban de Él y, acercándose, le ofrecían vinagre y le decían: «Si tú eres el Rey de los judíos, ¡sálvate!». Había encima de él una inscripción: «Éste es el Rey de los judíos».
Uno de los malhechores colgados le insultaba: «¿No eres tú el Cristo? Pues ¡sálvate a ti y a nosotros!». Pero el otro le respondió diciendo: «¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena? Y nosotros con razón, porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio, éste nada malo ha hecho». Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino». Jesús le dijo: «Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso».
«Éste es el Rey de los judíos»
Rev. D. Joan GUITERAS i Vilanova
(Barcelona, España)
Hoy, el Evangelio nos hace elevar los ojos hacia la cruz donde Cristo agoniza en el Calvario. Ahí vemos al Buen Pastor que da la vida por las ovejas. Y, encima de todo hay un letrero en el que se lee: «Éste es el Rey de los judíos» (Lc 23,38). Este que sufre horrorosamente y que está tan desfigurado en su rostro, ¿es el Rey? ¿Es posible? Lo comprende perfectamente el buen ladrón, uno de los dos ajusticiados a un lado y otro de Jesús. Le dice con fe suplicante: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino» (Lc 23,42). La respuesta de Jesús es consoladora y cierta: «Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso» (Lc 23,43).
Sí, confesemos que Jesús es Rey. “Rey” con mayúscula. Nadie estará nunca a la altura de su realeza. El Reino de Jesús no es de este mundo. Es un Reino en el que se entra por la conversión cristiana. Un Reino de verdad y de vida, Reino de santidad y de gracia, Reino de justicia, de amor y de paz. Un Reino que sale de la Sangre y el agua que brotaron del costado de Jesucristo.
El Reino de Dios fue un tema primordial en la predicación del Señor. No cesaba de invitar a todos a entrar en él. Un día, en el Sermón de la montaña, proclamó bienaventurados a los pobres en el espíritu, porque ellos son los que poseerán el Reino.
Orígenes, comentando la sentencia de Jesús «El Reino de Dios ya está entre vosotros» (Lc 17,21), explica que quien suplica que el Reino de Dios venga, lo pide rectamente de aquel Reino de Dios que tiene dentro de él, para que nazca, fructifique y madure. Añade que «el Reino de Dios que hay dentro de nosotros, si avanzamos continuamente, llegará a su plenitud cuando se haya cumplido aquello que dice el Apóstol: que Cristo, una vez sometidos quienes le son enemigos, pondrá el Reino en manos de Dios el Padre, y así Dios será todo en todos». El escritor exhorta a que digamos siempre «Sea santificado tu nombre, venga a nosotros tu Reino».
Vivamos ya ahora el Reino con la santidad, y demos testimonio de él con la caridad que autentifica a la fe y a la esperanza.
Una futura monja relata al Papa en Tailandia su paso del budismo al catolicismo a través de María
El Papa Francisco saludó y dio la bendición a esta postulante tras escuchar su testimonio de conversión
Durante su tercera jornada de su visita a Tailandia el Papa Francisco tuvo un encuentro con sacerdotes, religiosas y seminaristas donde pudo escuchar en primera persona el testimonio de una postulante tailandesa de las javerianas y que relató al Santo Padre su conversión del budismo al catolicismo a través de María, que también la guio hacia la vida religiosa.
Benedetta Donoran, como así se llama esta mujer, nació en 1975 y contó al Papa en la parroquia de San Pedro de Bangkok que se bautizó en 2012 y que en este momento es “postulante en la Congregación de las Misioneras de María” o javerianas, tal y como se las conoce popularmente.
Proveniente de una familia budista practicante
Esta conversa señaló en su testimonio que “todos los miembros de mi familia son budistas y practican las enseñanzas de Buda, como las practicaba yo cuando era joven. El hacer el bien es lo que nos hace libres y lo que nos conduce al cielo”.
De este modo, Benedetta reflexionó asegurando que “aquellos que hacen el bien recibirán una recompensa. ¿Por qué tiene Jesús que sufrir las consecuencias de nuestros pecados?”.
Y recordó que “cuando era niña tuve la oportunidad de ir al colegio de mi pueblo, de la Inmaculada Concepción de María. Entonces tenía 15 años. Las hermanas Hijas de la Caridad nos invitaron a las niñas a ir a la misa del domingo. Entré en la iglesia con algunas de mis amigas y vi la estatua de una mujer. No sabía quién era, pero era muy hermosa. Me impresionó el modo como me miraba. Luego vi la imagen de un hombre crucificado. Me asustó”, relató.
“Tenía una gran confianza en María”
Esta mujer dijo al Papa, tal y como recoge Aciprensa, que “desde aquel día empecé a ir a Misa todos los domingos sin sentirme obligada a ello. Tenía una gran confianza en María. Así empecé a conocer a María y a Jesús mejor. No creía que Jesús fuera Dios y me preguntaba cómo puede un hombre borrar los pecados de otros hombres. Recitaba el rosario que las hermanas me habían enseñado a rezar y asistía a la Misa con otra gente católica”.
Con esta inquietud en su corazón, esta tailandesa siguió “estudiando y trabajando en la misma escuela. Cuando tenía 33 años decidí proseguir mi ideal, que era el dedicarme a trabajar por el bien de la sociedad como una maestra voluntaria trabajando en pequeños pueblos. Un día iba camino de Chiangmai cuando me encontré con el Padre Raffaele Manenti, un misionero del PIME. Decidí ir con él a la Casa de Los Ángeles, una casa que acoge a niños discapacitados, y está bajo el cuidado de la iglesia de Nuestra Señora de la Merced en la provincia de Nonthaburi. Al cabo de algún tiempo, y por simple curiosidad, fui a visitar a un grupo de catecúmenos”.
Dios empezaba a actuar en ella
Interrogada por lo que vio –dijo al Papa- que “quería saber que hacían. Aprendí algo sobre Jesús y tuve la oportunidad de escuchar el Evangelio. Sentí que su palabra estaba actuando dentro de mi corazón como un bisturí. Me sentí confusa por las exigencias de su palabra”.
Sin embargo, Benedetta indicó que “no quería echarme para atrás. Pero sentía que el seguir escuchando sus palabras era como jugar con fuego. El sentimiento de inquietud e incomodidad siguieron creciendo. Una noche, mientras estaba medio dormida, oí una voz que me dijo: ‘¡Vete a buscar trabajo en otra parte! ¡Aléjate de esta gente!’ Pero también oí otra voz que me dijo: ‘¡Te quiero!’. Esta última voz llenó mi corazón de serenidad y de paz”, afirmó.
Un don de Dios
Al cabo de un año pidió recibir el Bautismo, pero el sacerdote se lo negó y le dijo que tenía que esperar más tiempo. “La verdad es que no estaba todavía preparada para recibir el sacramento del Bautismo. Sólo quería deshacerme del sentimiento de inquietud. No estaba pidiendo la misericordia de Dios. Poco a poco me fui dando cuenta de que el Bautismo no es fruto de nuestros méritos. Lo recibimos como un don de Dios”, contó a Francisco.
Aceptando que era lo mejor para ella siguió estudiando el catecismo un año más. “Sólo entonces, de rodillas, -explicó- pedí a Dios que tuviera misericordia de mí. Recibí la gracia de la conversión de corazón. Gracias al Bautismo morí a mí misma y renací de nuevo en Nuestro Señor Jesucristo. Me dejé vencer por el amor de Dios y por su paciencia que esperaban a que su hija retornara a Él”.
Dedicar su vida a esta Buena Nueva
“No hubiera creído nunca si no es por la experiencia que tuve de ser amada por Dios. Dios es amor y se ha manifestado a nosotros en Jesucristo. Yo le he encontrado. Esta es la Buena Nueva en mi vida. La misma Buena Nueva que Pablo, el apóstol de los gentiles, nos dice: “Por la gracia que de Dios me ha dado, para ser ministro de Jesucristo para los gentiles, en el ministerio del evangelio de Dios, para que la ofrenda de los gentiles sea acepta y santificada por el Espíritu Santo”.
Benedetta aseguró que “esta es la misma Buena Nueva a la que ahora quiero dedicar mi vida. Continuaré buscando la voluntad de Dios. Le doy gracias por el gran don de su Hijo y del Espíritu Santo que ha iluminado mi vida, y por los misioneros que ha enviado para ser testigos de su amor aquí en Tailandia. En verdad la Palabra de Dios no es una simple palabra escrita en un libro sino que es la Palabra llena de vida y portadora de vida”.
El Papa, impresionado con su testimonio
El Papa Francisco, conmovido por este testimonio, recogió sus palabras en su intervención posterior. “¿Cómo cultivar la fecundidad apostólica? Benedetta, tú nos hablaste de cómo el Señor te atrajo por medio de la belleza. Fue la belleza de una imagen de la Virgen que con su mirada particular entró en tu corazón y suscitó el deseo de conocerla más: ¿Quién es esta mujer? No fueron las palabras, ideas abstractas o fríos silogismos”, afirmó el Pontífice.
En este sentido, Francisco destacó que en esta conversa y ahora postulante “todo comenzó por una mirada bella que te cautivó. Cuánta sabiduría esconden tus palabras. Despertar a la belleza, al asombro, al estupor, capaz de abrir nuevos horizontes y sembrar cuestionamientos”.
Texto del Evangelio (Lc 20,27-40): En aquel tiempo, acercándose a Jesús algunos de los saduceos, esos que sostienen que no hay resurrección, le preguntaron: «Maestro, Moisés nos dejó escrito que si muere el hermano de alguno, que estaba casado y no tenía hijos, que su hermano tome a la mujer para dar descendencia a su hermano. Eran siete hermanos; habiendo tomado mujer el primero, murió sin hijos; y la tomó el segundo, luego el tercero; del mismo modo los siete murieron también sin dejar hijos. Finalmente, también murió la mujer. Ésta, pues, ¿de cuál de ellos será mujer en la resurrección? Porque los siete la tuvieron por mujer».
Jesús les dijo: «Los hijos de este mundo toman mujer o marido; pero los que alcancen a ser dignos de tener parte en aquel mundo y en la resurrección de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, ni pueden ya morir, porque son como ángeles, y son hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección. Y que los muertos resucitan lo ha indicado también Moisés en lo de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. No es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para Él todos viven».
Algunos de los escribas le dijeron: «Maestro, has hablado bien». Pues ya no se atrevían a preguntarle nada.
«No es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para Él todos viven»
Rev. D. Ramon CORTS i Blay
(Barcelona, España)
Hoy, la Palabra de Dios nos habla del tema capital de la resurrección de los muertos. Curiosamente, como los saduceos, también nosotros no nos cansamos de formular preguntas inútiles y fuera de lugar. Queremos solucionar las cosas del más allá con los criterios de aquí abajo, cuando en el mundo que está por venir todo será diferente: «Los que alcancen a ser dignos de tener parte en aquel mundo y en la resurrección de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido» (Lc 20,35). Partiendo de criterios equivocados llegamos a conclusiones erróneas.
Si nos amáramos más y mejor, no se nos antojaría extraño que en el cielo no haya el exclusivismo del amor que vivimos en la tierra, totalmente comprensible a causa de nuestra limitación, que nos dificulta el poder salir de nuestros círculos más próximos. Pero en el cielo nos amaremos todos y con un corazón puro, sin envidias ni recelos, y no solamente al esposo o a la esposa, a los hijos o a los de nuestra sangre, sino a todo el mundo, sin excepciones ni discriminaciones de lengua, nación, raza o cultura, ya que el «amor verdadero alcanza una gran fuerza» (San Paulino de Nola).
Nos hace un gran bien escuchar estas palabras de la Escritura que salen de los labios de Jesús. Nos hace bien, porque nos podría ocurrir que, agitados por tantas cosas que no nos dejan ni tiempo para pensar e influidos por una cultura ambiental que parece negar la vida eterna, llegáramos a estar tocados por la duda respecto a la resurrección de los muertos. Sí, nos hace un gran bien que el Señor mismo sea el que nos diga que hay un futuro más allá de la destrucción de nuestro cuerpo y de este mundo que pasa: «Y que los muertos resucitan lo ha indicado también Moisés en lo de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. No es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para Él todos viven» (Lc 20,37-38).
Estaba en la cima de los videojuegos, pero era un infeliz: un libro sobre el purgatorio le rescató
Mike Devault tuvo que sentir la oscuridad más absoluta para abrir una rendija a Dios
Mike Devault lleva desde su profundo encuentro con Dios sin faltar ni un solo día a misa. Llueva, truene, haga frío o calor, este estadounidense de madre española está siempre en su parroquia cuando va a dar comienzo la Eucaristía. Pero hasta hace seis años esto no era así, es más en aquel momento su vida casi por completo estaba dedicada a triunfar en el trabajo, aunque para ello hiciera jornadas de 18 horas o tuviera que dormir en la oficina.
Aparentemente lo tenía todo pues había logrado ser director creativo en la mayor empresa de videojuegos del mundo, EA Sports, siendo el responsable del videojuego de Tiger Woods. Esto le generó tener mucho dinero, grandes coches y un afán por seguir ganando más y más. Pero cuanto más dinero ganaba más vacío se sentía, hasta que tocó fondo y entonces se abrió una brecha para que Dios entrara en su vida.
"No sabía dónde tirar"
En una entrevista en el programa Cambio de Agujas de la Fundación EUK Mamie, Mike Devault relata todo este proceso desde su infancia hasta su vida unida a Dios que vive ahora. De hecho, asegura que en su infancia “no éramos totalmente devotos” pues aunque en su familia iban a misa “no tengo recuerdos de rezar en casa o vivir la fe fuera del ambiente de la misa”.
Esta falta de cimientos sólidos de su fe se hizo patente en la universidad donde asegura que tocó fondo muchas veces, pues “sin una vida de de fe fuerte no sabía dónde tirar”. Finalmente, conoció a la que hoy es su mujer y hubo una cierta mejoría en él porque encontró un punto de apoyo, pero era insuficiente. De hecho, una vez casados no iban a misa ni practicaban la fe en la que se criaron.
Su visión de la Iglesia era la que tenía mucha gente en su entorno: el de una institución “autoritaria” y que quería “reprimir las diversiones de los demás”.
"¿Cuál será el coche que me compre ahora?"
En Florida, donde vivía Mike con su mujer, todo aparentemente les iba sobre ruedas. “La economía nos iba genial y encontré trabajo en EA Sports, y para mí era un sueño hecho realidad”, recuerda.
De hecho, llegó a pensar que ese trabajo “era mi cielo” y se sumergió hasta tal punto en él que “a veces dormía allí o trabajaba hasta 18 horas. Me vendí a ellos durante 15 años de mi vida”. Reconoce que fue en esa época “toqué fondo en mi vida y también en la parte espiritual”.
Su ídolo era el trabajo. Ascendía rápidamente en esta multinacional de los videojuegos y cada vez ocupaba puestos más altos hasta ser el productor creativo de Woods, un juego sobre golf. “Me sentía bien por el ascenso pero sólo un tiempo, luego ya necesitaba otro ascenso más. Me compraba un coche lujoso y pensaba: ¿cuál será el siguiente que me compre?”.
Empiezan los grandes cambios en su vida
Sin embargo, hubo un momento en el que Mike Devault sintió que le pesaba la conciencia por el trabajo que realizaba y que “no producía nada bueno”. Echando la vista atrás considera que “el Señor empezaba a decirme que era tiempo de apartarme de esto, porque en la medida en la que buscaba mi felicidad en el trabajo, en el dinero y en el éxito este agujero en mi corazón crecía y era cada vez menos feliz”.
Ese acabaría siendo su último año en EA ya que llegó un momento en el que siempre estaba triste. Sin embargo, Mike dejó el trabajo creyendo que simplemente necesitaba un “cambio de ambiente”, nada más.
"Una caída total al vacío"
Empezó a trabajar en una gran empresa, pero a los seis meses cerró. Nunca imaginó que una persona como él podría estar desempleada. “Me daba más miedo que ir al infierno, fue una caída total al vacío”.
Buscando y buscando encontró otro trabajo en una empresa de juegos y apuestas. Pero se quedó sin trabajo por segunda vez. Mike afirma que “tenía casi 40 años, pero no estaba relacionando las cosas que me pasaban con que a lo mejor era el Señor el que me quería decir algo con todo esto.
La fe irrumpe en su vida
Hundido en lo más profundo fue cuando “la fe irrumpió en mi vida”. Ese momento en el que se encontraba “desesperado” buscando trabajo coincidió con la preparación de su hija para la Primera Comunión. “Vi lo lejos que estaba de mi fe”, cuenta. Incluso Mike llegó a plantear que la niña no recibiera los sacramentos, pero su mujer se opuso.
“Un pequeño dolor por dentro” se manifestó en él ante la actitud con la comunión de su hija. “Igual deberíamos empezar a ir a misa”, pensó. Y así lo hicieron. Además, parado como estaba empezó a ir a misa algún día entre semana y así siguió con la idea animado de que además tan sólo duraba 25 minutos.
Un libro que da la vuelta a su vida
Su corazón se fue poco a poco reblandeciendo. Además, sus padres también habían experimentado un resurgir de su fe y le enviaban vídeos de conversiones. Por otro lado, su madre le regaló un libro sobre las almas del purgatorio que dio un vuelco a su corazón. Se trataba de Sáquennos de aquí, de María Simma.
“Me encontraba con tiempo libre y lo leí. Con el libro empecé a experimentar que mi corazón se reblandecía y a pensar de que podía morirme hoy o mañana. ¿Estoy preparado?”, recuerda.
Este libro le llevó a leer otros de Santa Faustina Kowalska y de otros santos y Dios “tiró la puerta abajo” ya que “quería escuchar y aprender porque nunca había escuchado hablar de la fe de esta manera”.
Una nueva prueba
Pero todavía tenía que pasar una prueba más. Tenía tres opciones para trabajar y estaba seguro de que incluso podría escoger empleo. Sin embargo, el mismo día de su cumpleaños recibió la comunicación de los tres de que había sido excluido.
“Esa oscuridad volvió con más fuerza que nunca”, asegura. Y se metió en su habitación. Pensó que el Señor le había pagado así el haber vuelto a ir a misa. Pero entonces en un tono suave sintió que alguien le decía: ‘no hagas caso de esto, es el demonio’”.
Una confesión tras casi 40 años
Una vez que escuchó esto “sentí como si el peso que tuviera encima alguien lo quitara, como si cayera todo de mi cabeza a los pies. Me levanté, salí y estaba bien. Sentí literalmente la influencia de nuestra amorosa madre. Es la única forma que tengo de describir esto”.
Este fue el punto de inflexión en su vida. No se había confesado en casi 40 años y al fin lo hizo. Más de una hora y media estuvo en el confesionario. “Desde aquel día de mi cumpleaños voy a misa todos los días”, cuenta feliz Mike Devault.
Día litúrgico: Viernes XXXIII del tiempo ordinario
Texto del Evangelio (Lc 19,45-48): En aquel tiempo, entrando Jesús en el Templo, comenzó a echar fuera a los que vendían, diciéndoles: «Está escrito: ‘Mi casa será casa de oración’. ¡Pero vosotros la habéis hecho una cueva de bandidos!». Enseñaba todos los días en el Templo. Por su parte, los sumos sacerdotes, los escribas y también los notables del pueblo buscaban matarle, pero no encontraban qué podrían hacer, porque todo el pueblo le oía pendiente de sus labios.
«Mi casa será casa de oración»
P. Josep LAPLANA OSB Monje de Montserrat
(Montserrat, Barcelona, España)
Hoy, el gesto de Jesús es profético. A la manera de los antiguos profetas, realiza una acción simbólica, plena de significación de cara al futuro. Al expulsar del templo a los mercaderes que vendían las víctimas destinadas a servir de ofrenda y al evocar que «la casa de Dios será casa de oración» (Is 56,7), Jesús anunciaba la nueva situación que Él venía a inaugurar, en la que los sacrificios de animales ya no tenían cabida. San Juan definirá la nueva relación cultual como una «adoración al Padre en espíritu y en verdad» (Jn 4,24). La figura debe dejar paso a la realidad. Santo Tomás de Aquino decía poéticamente: «Et antiquum documentum / novo cedat ritui» («Que el Testamento Antiguo deje paso al Rito Nuevo»).
El Rito Nuevo es la palabra de Jesús. Por eso, san Lucas ha unido a la escena de la purificación del templo la presentación de Jesús predicando en él cada día. El culto nuevo se centra en la oración y en la escucha de la Palabra de Dios. Pero, en realidad, el centro del centro de la institución cristiana es la misma persona viva de Jesús, con su carne entregada y su sangre derramada en la cruz y dadas en la Eucaristía. También santo Tomás lo remarca bellamente: «Recumbens cum fratribus (…) se dat suis manibus» («Sentado en la mesa con los hermanos (…) se da a sí mismo con sus propias manos»).
En el Nuevo Testamento inaugurado por Jesús ya no son necesarios los bueyes ni los vendedores de corderos. Lo mismo que «todo el pueblo le oía pendiente de sus labios» (Lc 19,48), nosotros no hemos de ir al templo a inmolar víctimas, sino a recibir a Jesús, el auténtico cordero inmolado por nosotros de una vez para siempre (cf. He 7,27), y a unir nuestra vida a la suya.
Querido amigo, hoy quiero hablarte de la cantidad tan enorme de almas que caminan por el mundo solas, sin el cariño y la ayuda de nadie. En esta civilización en la que predomina la cultura de la comunicación, con tantos medios para conectarse unos con otros, y saber unos de otros al instante, es inexplicable que desde el espíritu evangélico no tengáis los hombres más interés de ayudaros en lo esencial. Nadie da un paso, prácticamente, sin ser controlado por intereses de todo tipo: sociales, políticos, policiales, económicos… Pero del interés por el bien espiritual de los demás, de cada hombre que se cruza en vuestro camino ¿Quién se preocupa? Miro la tierra tan querida por mí, y sólo veo cantidades enormes de ovejas sin pastor, solas, desorientadas, recorriendo la aventura de cada día sin una dirección precisa, sin unos objetivos claros, sumidas muchas veces en la angustia de la soledad, del problema del momento, de la situación lamentable, de la falta de amor, de la confusión en las ideas… No, no encuentro mucha inquietud apostólica hoy. ¿Por qué? ¡Son tantas las razones! Falta fe, y amor sincero, y preocupación por el bien de las almas, por la salvación de todos… Rezáis muchas veces VENGA A NOSOTROS TU REINO, pero hacéis poco para que esto sea posible. ¿Me vais a dejar de nuevo sólo con mi cruz? ¿Vais a esconderos otra vez por miedo a lo qué dirán los otros, por vergüenza a hablar de mí, por no complicaros la vida…?
Cualquier cosa la tomáis como excusa para cruzaros de brazos. Cualquier fallo de otros os desanima. Parece que estáis deseando encontrar un motivo para eximiros de vuestra responsabilidad. Mi Iglesia es divina y humana. Yo os quiero santos, pero comprendo que sois pecadores. Y me duele el fallo y la infidelidad de los míos. Sé que eso hace mucho mal, y especialmente a los que tienen una fe frágil. El escándalo es un pecado gravísimo. Pero, ¿qué hubiera pasado si yo me hubiera quitado la cruz de encima al ver la traición de Judas, la negación de Pedro, y la huída de los demás? Las almas nos deben doler a todos. Son un tesoro precioso muchas veces cubierto de barro y miseria, pero que hay que limpiar delicadamente. Las almas son como ovejas solas que no saben a donde ir, y se pierden, y las ataca el lobo, y sufren porque no tienen la ayuda de alguien que con cariño las anime a seguir adelante, o a rectificar el camino, o a desenredarse de la zarza que las tiene aprisionadas.
No me dejes solo. El trabajo es mucho, pero no quiero hacerlo sin tu ayuda. Yo fundé una Iglesia Familia, Comunidad, para que todos nos ayudemos entre sí. No caben en la Iglesia mía los egoístas que van a lo suyo, y quieren un Dios particular, que salve sus almas en solitario. Eso no es lo que yo dije. Lo que dije hasta la saciedad es que estuvierais unidos, un solo rebaño y un solo pastor, que os amarais unos a otros como Yo os he amado. Que no abandonéis a ninguno de mis amigos, a ninguna de mis ovejas. No están los tiempos como para ir solos por los caminos del mundo. Hay mucho lobo suelto, muchos maleantes que buscan las almas para destrozarlas y dejarlas tiradas en el camino. ¿No lo ves?
Debéis imitar más el espíritu de mi cabeza visible entre vosotros que es el Papa Juan Pablo II. ¿No veis todo el esfuerzo que está haciendo para que el fuego de la Verdad y del amor se mantenga vivo en los rincones del mundo? Y allí va, aunque sólo sean unas pocas almas las que le esperen, pero cada alma vale todo el sacrificio de una vida. Y encima lo critican porque hace lo que hace, y muestra una imagen lamentable de decaimiento, y deterioro físico. ¡Qué imagen presentaba yo cuando ensangrentado y destrozado caminaba hacia el Calvario con una cruz que ya casi no podía llevar! ¡Mal espectáculo para el que sólo busca la estética y la belleza dulzona y contrahecha! Lo que realmente vale es el amor, el corazón bien entregado, el afán de almas, la inquietud apostólica… Todo lo demás es puro espectáculo pasajero.
¡Por favor! No te olvides de las pobres almas solas. De mis ovejas abandonadas. Ama mucho a la Iglesia. Siéntete Iglesia, y da la cara por Mi Causa, que sólo es el bien de cada hombre, la salvación de cada persona en un mundo duro y cruel que sólo busca la eficacia, el rendimiento económico, la producción y la riqueza. Un alma vale más que todo el oro del mundo. No me dejes solas las ovejas de mi rebaño, y trata tú de ser un buen pastor allí donde te encuentres. Otros se preocuparán de ti, Yo el primero.
21 de Noviembre: La Presentación de la Santísima Virgen María
Texto del Evangelio (Lc 19,41-44): En aquel tiempo, Jesús, al acercarse a Jerusalén y ver la ciudad, lloró por ella, diciendo: «¡Si también tú conocieras en este día el mensaje de paz! Pero ahora ha quedado oculto a tus ojos. Porque vendrán días sobre ti, en que tus enemigos te rodearán de empalizadas, te cercarán y te apretarán por todas partes, y te estrellarán contra el suelo a ti y a tus hijos que estén dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no has conocido el tiempo de tu visita».
«¡Si (...) tú conocieras en este día el mensaje de paz!»
Rev. D. Blas RUIZ i López
(Ascó, Tarragona, España)
Hoy, la imagen que nos presenta el Evangelio es la de un Jesús que «lloró» (Lc 19,41) por la suerte de la ciudad escogida, que no ha reconocido la presencia de su Salvador. Conociendo las noticias que se han dado en los últimos tiempos, nos resultaría fácil aplicar esta lamentación a la ciudad que es —a la vez— santa y fuente de divisiones.
Pero mirando más allá, podemos identificar esta Jerusalén con el pueblo escogido, que es la Iglesia, y —por extensión— con el mundo en el que ésta ha de llevar a término su misión. Si así lo hacemos, nos encontraremos con una comunidad que, aunque ha alcanzado cimas altísimas en el campo de la tecnología y de la ciencia, gime y llora, porque vive rodeada por el egoísmo de sus miembros, porque ha levantado a su alrededor los muros de la violencia y del desorden moral, porque lanza por los suelos a sus hijos, arrastrándolos con las cadenas de un individualismo deshumanizante. En definitiva, lo que nos encontraremos es un pueblo que no ha sabido reconocer el Dios que la visitaba (cf. Lc 19,44).
Sin embargo, nosotros los cristianos, no podemos quedarnos en la pura lamentación, no hemos de ser profetas de desventuras, sino hombres de esperanza. Conocemos el final de la historia, sabemos que Cristo ha hecho caer los muros y ha roto las cadenas: las lágrimas que derrama en este Evangelio prefiguran la sangre con la cual nos ha salvado.
De hecho, Jesús está presente en su Iglesia, especialmente a través de aquellos más necesitados. Hemos de advertir esta presencia para entender la ternura que Cristo tiene por nosotros: es tan excelso su amor, nos dice san Ambrosio, que Él se ha hecho pequeño y humilde para que lleguemos a ser grandes; Él se ha dejado atar entre pañales como un niño para que nosotros seamos liberados de los lazos del pecado; Él se ha dejado clavar en la cruz para que nosotros seamos contados entre las estrellas del cielo... Por eso, hemos de dar gracias a Dios, y descubrir presente en medio de nosotros a aquel que nos visita y nos redime.