miércoles, 24 de abril de 2019

Un año de oración y formación en un monasterio: preparados, estos jóvenes evangelizan en plena calle

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Son los «Centinelas de la Mañana de Pascua»

Un año de oración y formación en un monasterio: preparados, estos jóvenes evangelizan en plena calle

Los jóvenes deciden dedicar un año de su vida a Dios para formarse para ser evangelizadores callejeros

Después de resucitar, Jesucristo se apareció a sus discípulos en Galilea. Allí, según recoge el Evangelio de Mateo, Cristo les dio este mandato: “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.

Así comenzó la evangelización que ha proseguido hasta nuestros días y que ha llevado el Evangelio hasta los últimos rincones del mundo. Y precisamente el tiempo pascual es propicio para este anuncio. Así lo ha entendido la comunidad Sentinelle del Mattino di Pasqua (Centinelas de la Mañana de Pascua), una escuela de evangelización situada en un monasterio junto a Florencia donde jóvenes se forman durante un año para prepararlos para anunciar a Cristo resucitado en las calles, las plazas, los centros comerciales, las playas...

gianni-castorani

El padre Castorani creó la Escuela de Evangelización en 2007

Este grupo fue fundado por el ahora sacerdote Gianni Castorani, llevando a Italia la experiencia original que él mismo vivió en Francia y que le cambió la vida. En 1984, el religioso Daniel Ange, una de las figuras más queridas del catolicismo francés, creó la Escuela de Evangelización para jóvenes Jeunesse Lumière, lo que le convirtió en un pionero de la nueva evangelización.

Una pregunta que le abrió la mente

Este benedictino francés fue misionero en África durante muchos años, después vivió como ermitaño en Suiza, y se quedó impresionado por la tristeza de los jóvenes del rico Occidente. ¿Qué podía hacer? Entonces, el padre Ange vio la necesidad urgente de formar a jóvenes como misioneros de su propio entorno para que fueran capaces de llevar a sus compañeros y amigos un mensaje de amor y esperanza.

Entre aquellos discípulos se encontraba un joven Gianni Castorani. Durante muchos años vivió alejado completamente de Dios. Experimentó grandes periodos de rebelión e ira hasta que tuvo un impresionante encuentro con Cristo. Durante años estuvo con Daniel Ange en la fraternidad de Jeunesse Lumière hasta que regresó a Florencia ya con una llamada vocacional e ingresó en el seminario.

Responder a sus inquietudes desde el Evangelio

Fue entonces cuando decidió llevar a Italia la experiencia que él mismo había vivido en Francia y creó esta comunidad de los Centinelas de la Mañana de Pascua. En el origen de todo, explica al semanario Credere, había un deseo: “Hablar con los jóvenes, responder a sus preguntas, al miedo del mañana, a las inquietudes y preocupaciones, proponiendo el Evangelio como respuesta”.

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Toda la actividad consiste en el primer anuncio: salir a la calle, a las puertas de las discotecas, a las playas, a los colegios… Allí jóvenes hablan a otros jóvenes de un mensaje del que muchos no han oído hablar en su vida.

Antes de la misión, la oración y la formación

Pero antes de la misión, estos jóvenes evangelizadores necesitan oración, contemplación y formación. Para ello están un año en el monasterio del Espíritu Santo, cerca de Florencia. En este lugar, convertido en una Escuela de Evangelización, algunos jóvenes pueden decidir dedicar a Dios un año de sus vidas.

Los cuatro pilares en los que se basa esta experiencia son similares a lo que hacían y vivían las primeras comunidades cristianas: oración (marcada por la Liturgia de las Horas), la formación, la vida comunitaria y la misión.

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Una fuente de vocaciones

Quienes eligen asistir a esta Escuela de Evangelización residiendo en el monasterio aceptan vivir ese año una “castidad con alegría, pobreza con alegría, obediencia con alegría”. Se trata de un periodo de discernimiento marcado por la entrega. Una de las consecuencias es que un porcentaje de estos jóvenes no sólo se convierten en evangelizadores formados sino que además se dan “frutos vocacionales”.

El padre Gianni confirma que “algunos jóvenes que han asistido a la Escuela hoy son sacerdotes o monjas”. Pero también otros fortalecen su vocación al matrimonio. Es el caso de Carolina, una joven de 22 años. Esta separación temporal fortaleció el amor con su novio, que se quedó en su casa. “Nuestra relación es más hermosa e intensa, la distancia y la oración aumentan en nosotros el amor mutuo”, explica.

La imagen puede contener: 10 personas, personas sonriendo, personas de pie, montaña, naturaleza y exterior

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Tras varias experiencias religiosas, esta joven asegura que en esta comunidad encontró lo que estaba buscando: ritmo en la oración, una meditación diaria de la Palabra, el “desierto” del viernes, dedicado al silencio. En la Escuela también recibe “lecciones”: reuniones con maestros y personas con distintas experiencias que pasan unos días con ellos para hablar sobre temas teológicos, espirituales, bíblicos o antropológicos. Por ejemplo, uno de los temas tratados es precisamente el de la pureza, tema que a ella le ha ayudado especialmente.

Otro de los jóvenes que participa es Matteo, de 23 años. Afirma que la Escuela le ha ayudado a superar la timidez, la inseguridad y la pereza. En las misiones de evangelización asegura que ha aprendido a lanzarse con coraje.

Tomar esta decisión de dedicar un año a Dios no ha sido fácil para él: “Mis padres no son creyentes y no lo entendieron. A ellos les parecía que escapaba del mundo. Pero me dijeron: ‘te vemos feliz, está bien’”.

Fuente: Religión en libertad

martes, 23 de abril de 2019

Santo Evangelio 23 de Abril 2019




santoral 23 de Abril: San Jorge, mártir

Texto del Evangelio (Jn 20,11-18): 

En aquel tiempo, estaba María junto al sepulcro fuera llorando. Y mientras lloraba se inclinó hacia el sepulcro, y ve dos ángeles de blanco, sentados donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y otro a los pies. Dícenle ellos: «Mujer, ¿por qué lloras?». Ella les respondió: «Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto». Dicho esto, se volvió y vio a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús. Le dice Jesús: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?». Ella, pensando que era el encargado del huerto, le dice: «Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré». Jesús le dice: «María». Ella se vuelve y le dice en hebreo: «Rabbuní», que quiere decir “Maestro”». Dícele Jesús: «No me toques, que todavía no he subido al Padre. Pero vete donde mis hermanos y diles: ‘Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios’». Fue María Magdalena y dijo a los discípulos que había visto al Señor y que había dicho estas palabras.


«Fue María Magdalena y dijo a los discípulos que había visto al Señor»

+ Rev. D. Antoni ORIOL i Tataret 
(Vic, Barcelona, España)

Hoy, en la figura de María Magdalena, podemos contemplar dos niveles de aceptación de nuestro Salvador: imperfecto, el primero; completo, el segundo. Desde el primero, María se nos muestra como una sincerísima discípula de Jesús. Ella lo sigue, maestro incomparable; le es heroicamente adherente, crucificado por amor; lo busca, más allá de la muerte, sepultado y desaparecido. ¡Cuán impregnadas de admirable entrega a su “Señor” son las dos exclamaciones que nos conservó, como perlas incomparables, el evangelista Juan: «Se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto» (Jn 20,13); «Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré»! (Jn 20,15). Pocos discípulos ha contemplado la historia, tan afectos y leales como la Magdalena. 

No obstante, la buena noticia de hoy, de este martes de la octava de Pascua, supera infinitamente toda bondad ética y toda fe religiosa en un Jesús admirable, pero, en último término, muerto; y nos traslada al ámbito de la fe en el Resucitado. Aquel Jesús que, en un primer momento, dejándola en el nivel de la fe imperfecta, se dirige a la Magdalena preguntándole: «Mujer, ¿por qué lloras?» (Jn 20,15) y a la cual ella, con ojos miopes, responde como corresponde a un hortelano que se interesa por su desazón; aquel Jesús, ahora, en un segundo momento, definitivo, la interpela con su nombre: «¡María!» y la conmociona hasta el punto de estremecerla de resurrección y de vida, es decir, de Él mismo, el Resucitado, el Viviente por siempre. ¿Resultado? Magdalena creyente y Magdalena apóstol: «Fue María Magdalena y dijo a los discípulos que había visto al Señor» (Jn 20,18).

Hoy no es infrecuente el caso de cristianos que no ven claro el más allá de esta vida y, pues, que dudan de la resurrección de Jesús. ¿Me cuento entre ellos? De modo semejante son numerosos los cristianos que tienen suficiente fe como para seguirle privadamente, pero que temen proclamarlo apostólicamente. ¿Formo parte de ese grupo? Si fuera así, como María Magdalena, digámosle: —¡Maestro!, abracémonos a sus pies y vayamos a encontrar a nuestros hermanos para decirles: —El Señor ha resucitado y le he visto.

¡No enterréis la esperanza! El Señor no vive en la resignación, ¡ha resucitado!»: exhorta el Papa

El Papa Francisco durante el lucernario de la Vigilia Pascual que celebró en San Pedro / Vatican Media

Francisco presidió la solemne Vigilia Pascual en la Basílica de San Pedro«

¡No enterréis la esperanza! El Señor no vive en la resignación, ¡ha resucitado!»: exhorta el Papa

El Papa Francisco durante el lucernario de la Vigilia Pascual que celebró en San Pedro / Vatican Media

En la noche de Sábado Santo durante la Vigilia Pascual se celebra la Resurrección de Cristo y su triunfo sobre la muerte. El Papa Francisco presidió esta solemne celebración en una basílica de San Pedro abarrotada y durante su homilía recordó que en este día “descubrimos que nuestro camino no es en vano y que no termina delante de una piedra funeraria”.

“Dios quita las piedras más duras, contra las que se estrellan las esperanzas y las expectativas: la muerte, el pecado, el miedo, la mundanidad”, indicó el Santo Padre, señalando que “la historia humana no termina ante una piedra sepulcral, porque hoy descubre la ‘piedra viva’” que es Jesús resucitado”.

Tal y como recoge Vatican News, el Papa pidió a los que le escuchaban que se preguntasen cuál es la piedra que tiene que remover cada uno, asegurando que esta noche cada uno de “está llamado a descubrir en el que está Vivo a aquél que remueve las piedras más pesadas del corazón”, porque es Él “quien viene para hacerlo todo nuevo, para remover nuestras decepciones”.


La piedra de la desconfianza

Francisco explicó que, a menudo, la esperanza se ve obstaculizada por “la piedra de la desconfianza”: “Cuando se afianza la idea de que todo va mal y de que, en el peor de los casos, no termina nunca, llegamos a creer con resignación que la muerte es más fuerte que la vida y nos convertimos en personas cínicas y burlonas, portadoras de un nocivo desaliento”.

Pero también habló de otro concepto: “el sepulcro de la esperanza”; un monumento que en ocasiones se construye dentro de cada uno debido a la insatisfacción. “Quejándonos de la vida hacemos que la vida acabe siendo esclava de las quejas y espiritualmente enferma”, alertó el Papa.

Esto provoca que se vaya abriendo una especie de psicología del sepulcro en la que “todo termina allí, sin esperanza de salir con vida”. Y aquí entra en juego la pregunta hiriente de la Pascua – dijo el Papa – “¿por qué buscáis entre los muertos al que vive?”, y a la cual respondió firmemente: “El Señor no vive en la resignación. Ha resucitado, no está allí; no lo busquéis donde nunca lo encontraréis: no es Dios de muertos, sino de vivos” y exclamó “¡No enterréis la esperanza!”.

La piedra del pecado

Francisco también explicó que junto a la piedra de la desconfianza está “la piedra del pecado” que “sella el corazón”. Afirmó que “el pecado seduce, promete cosas fáciles e inmediatas, bienestar y éxito, pero luego deja dentro soledad y muerte”. Además, el pecado es –puntualizó– “buscar la vida entre los muertos, el sentido de la vida en las cosas que pasan”.


Recordando a las mujeres que fueron al sepulcro de Jesús y se quedaron asombradas ante la piedra removida y con las caras mirando al suelo, el Papa aseguró que al igual que a ellas, también a muchos les sucede lo mismo y “preferimos permanecer encogidos en nuestros límites, encerrados en nuestros miedos”.

Y esto lo hacemos – dijo Francisco – “porque es más fácil quedarnos solos en las habitaciones oscuras del corazón que abrirnos al Señor”. Ante esto, el Papa afirmó que “el Señor nos llama a alzarnos, a levantarnos de nuevo con su Palabra, a mirar hacia arriba y a creer que estamos hechos para el Cielo, no para la tierra”.

La mirada de Jesús nos infunde esperanza

Francisco también exhortó, por un lado, a mirar la vida como Dios la mira: “En el pecado, él ve hijos que hay que elevar de nuevo; en la muerte, hermanos para resucitar; en la desolación, corazones para consolar”.


Por otro lado, el Papa invitó a no quedarse mirando el suelo con miedo, sino a mirar “a Jesús resucitado” porque su mirada “nos infunde esperanza” y nos dice “que siempre somos amados y que, a pesar de todos los desastres que podemos hacer, su amor no cambia”. Además, el Papa ha señalado que podemos cumplir la Pascua con Él, es decir, el paso: “de la cerrazón a la comunión, de la desolación al consuelo, del miedo a la confianza”.

Si no hay un amor vivo con el Señor, se corre el riesgo de tener “una fe de museo, no la fe de pascua”. Y en ese sentido, explicó que Jesús “no es un personaje del pasado” sino “una persona que vive hoy” y que “no se le conoce en los libros de historia” sino que “se le encuentra en la vida”.

“A veces nos dirigimos siempre y únicamente hacia nuestros problemas, que nunca faltan, y acudimos al Señor solo para que nos ayude”, agregó el Papa concluyendo su homilía. Ante esto, Francisco aseguró que la Pascua enseña que el creyente está llamado a caminar al encuentro del que Vive y a darle un lugar central en la vida y pide dejar que el Resucitado transforme cada vida, pues en muchas ocasiones uno se da cuenta tras el encuentro con Cristo “volvemos entre los muertos, vagando dentro de nosotros mismos para desenterrar arrepentimientos, remordimientos, heridas e insatisfacciones”. 

Fuente: Religión en Libertad

lunes, 22 de abril de 2019

Santo Evangelio 22 de Abril 2019



Día litúrgico: Lunes de la octava de Pascua

Texto del Evangelio (Mt 28,8-15):

 En aquel tiempo, las mujeres partieron a toda prisa del sepulcro, con miedo y gran gozo, y corrieron a dar la noticia a sus discípulos. En esto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: «¡Dios os guarde!». Y ellas se acercaron a Él, y abrazándole sus pies, le adoraron. Entonces les dice Jesús: «No temáis. Id, avisad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán». 

Mientras ellas iban, algunos de la guardia fueron a la ciudad a contar a los sumos sacerdotes todo lo que había pasado. Estos, reunidos con los ancianos, celebraron consejo y dieron una buena suma de dinero a los soldados, advirtiéndoles: «Decid: ‘Sus discípulos vinieron de noche y le robaron mientras nosotros dormíamos’. Y si la cosa llega a oídos del procurador, nosotros le convenceremos y os evitaremos complicaciones». Ellos tomaron el dinero y procedieron según las instrucciones recibidas. Y se corrió esa versión entre los judíos, hasta el día de hoy.


«Las mujeres partieron a toda prisa del sepulcro, con miedo y gran gozo, y corrieron a dar la noticia a sus discípulos»

Rev. D. Joan COSTA i Bou 
(Barcelona, España)

Hoy, la alegría de la resurrección hace de las mujeres que habían ido al sepulcro mensajeras valientes de Cristo. «Una gran alegría» sienten en sus corazones por el anuncio del ángel sobre la resurrección del Maestro. Y salen “corriendo” del sepulcro para anunciarlo a los Apóstoles. No pueden quedar inactivas y sus corazones explotarían si no lo comunican a todos los discípulos. Resuenan en nuestras almas las palabras de Pablo: «La caridad de Cristo nos urge» (2Cor 5,14). 

Jesús se hace el “encontradizo”: lo hace con María Magdalena y la otra María —así agradece y paga Cristo su osadía de buscarlo de buena mañana—, y lo hace también con todos los hombres y mujeres del mundo. Y más todavía, por su encarnación, se ha unido, en cierto modo, a todo hombre. 

Las reacciones de las mujeres ante la presencia del Señor expresan las actitudes más profundas del ser humano ante Aquel que es nuestro Creador y Redentor: la sumisión —«se asieron a sus pies» (Mt 28,9)— y la adoración. ¡Qué gran lección para aprender a estar también ante Cristo Eucaristía! 

«No tengáis miedo» (Mt 28,10), dice Jesús a las santas mujeres. ¿Miedo del Señor? Nunca, ¡si es el Amor de los amores! ¿Temor de perderlo? Sí, porque conocemos la propia debilidad. Por esto nos agarramos bien fuerte a sus pies. Como los Apóstoles en el mar embravecido y los discípulos de Emaús le pedimos: ¡Señor, no nos dejes!

Y el Maestro envía a las mujeres a notificar la buena nueva a los discípulos. Ésta es también tarea nuestra, y misión divina desde el día de nuestro bautizo: anunciar a Cristo por todo el mundo, «a fin que todo el mundo pueda encontrar a Cristo, para que Cristo pueda recorrer con cada uno el camino de la vida, con la potencia de la verdad (...) contenida en el misterio de la Encarnación y de la Redención, con la potencia del amor que irradia de ella» (San Juan Pablo II).

Durante años intentó llenar su vacío con reiki y Nueva Era: un sólo viaje a Medjugorje le transformó

Juan Diego Fuentes encontró la felicidad en la Iglesia que durante años buscó en la New Age

Juan Diego Fuentes es un converso adorador y de misa diaria

Durante años intentó llenar su vacío con reiki y Nueva Era: un sólo viaje a Medjugorje le transformó

Juan Diego Fuentes encontró la felicidad en la Iglesia que durante años buscó en la New Age

Juan Diego Fuentes es adorador eucarístico y cada viernes de madrugada acude puntual a hacer su turno ante el Santísimo. Es también servidor de los retiros de Emaús y al cuello o en su mano tiene siempre un Rosario. Pero no hace mucho su vida giraba en torno a la New Age, especialmente a través del reiki, donde había ido realizando cursos hasta la maestría. ¿Qué ocurrió en su vida? Medjugorje. Ahí se produjo una fuerte conversión de su corazón en una peregrinación a la que fue ‘obligado’ por su mujer.

A la hora de relatar su testimonio reconoce que aunque estaba bautizado e hizo la comunión siendo niño, su familia no era ni practicante ni le dio una formación religiosa.Creció en Vallecas, un barrio obrero de Madrid con muchos problemas con la droga en ese momento, pero asegura que al volcarse en el deporte no se vio envuelto en grandes problemas durante su adolescencia.

De los libros de autoayuda al reiki

Pero con Dios ausente de su vida y una insatisfacción que no podía controlar se introdujo en la lectura de filosofía y psicología, paso previo a su introducción más adelante en los libros de autoayuda y de la Nueva Era.

“Tenía una vida que se suponía que tenía que estar bien. Independizado pronto, trabajaba, tenía pareja, pero había algo que fallaba, había un vacío en mi vida. Y buscando, apareció el reiki”, explica Juan en una entrevista en Cambio de Agujas de Euk Mamie.



Según explica, “la New Age es muy fácil de encontrar. Los temas de sanación me interesaban y encontré el reiki. Leí mucho sobre esto e hice cursos hasta la maestría”.

“El negocio de la New Age”

Tras años de experiencia, Juan Diego advierte que “uno de los grandes peligros de la New Age es que en un principio llena”. Lo explica asegurando que mucha gente que llega a ella lo hace estando totalmente vacía, buscando algo a lo que agarrarse. “Con un poquito que te den tienes un incremento de la felicidad enorme, pero esto se consume muy rápido y necesitas más”, afirma.

Sin embargo, esta felicidad es efímera, se evapora. Por ello, afirma convencido que “este es el negocio de la New Age, porque gastas esa felicidad y necesitas más New Age. Y siempre hay otro nieve del curso u otra terapia… Pero al final siempre vuelves a lo mismo”.

El “ángel” que apareció en su vida

Y donde menos lo esperaba “Dios me puso un ángel en mi vida”. Se trataba de Luz, la que ahora es su mujer y madre de sus dos hijos. La conoció precisamente en uno de estos cursos de Nueva Era. Ella era muy religiosa y aunque frecuentaba estos grupos no sabía entonces la incompatibilidad que tenían con el catolicismo.

“Había una cosa de ella que me sorprendía muchísimo y era su religiosidad. Era muy practicante, algo que a mí me parecía muy sorprendente. Cuando hablaba de Cristo me parecía una maravilla. ‘Quiero conocer esto’, me dije. Y empecé a acompañarla a misa”, cuenta.

Juan no había ido a misa desde su comunión, pero aunque iba con su novia la cosa seguía igual en él: “Estaba ahí pero en plan New Age, para sentir las sensaciones, pero no sentía nada así que desconectaba”.

Cuando todo iba a peor apareció Medjugorje

Al final se casaron y llegaron los hijos. Y entonces también los roces con respecto a la Iglesia. “Ir a misa todos los domingos para mí era un fastidio. Poco a poco empecé a estar enfadado con Dios”, relata este madrileño de Vallecas.

Pero un día, hace poco más de dos años apareció su mujer en casa diciendo que había oído hablar de Medjugorje y que quería ir allí con toda la familia. Lo primero que pensó es que se había vuelto loca queriendo ir a Bosnia y hacer un desembolso económico tan grande.

“De repente, un par de días después nos apareció un ingreso en la cuenta bancaria de una cantidad que era lo que nos costaba el viaje y la cantidad justa para los gastos para estar allí”, afirma. En aquel instante, “mis excusas para decir que no se acabaron”. Pero Juan insistió en que en la peregrinación se limitaría a hacer de niñero y a visitar Dubrovnik.

“Aquí ha pasado algo”

Pero nada salió como esperaba él. El grupo tenía varios sacerdotes, y en el aeropuerto hubo tal retraso que al llegar a Croacia no pudo visitar Dubrovnik y tuvo que partir directamente a Medjugorje.  “El guía en el autobús –recuerda- empezó a contarnos la historia, yo no había mirado nada. Y alguien dijo que Medjugorje era el confesionario del mundo y nos recomendó que nos confesáramos. Y entonces se me pasó por la cabeza lo de confesarme”

Poco a poco su estado iba cambiando, e iba sintiendo una mayor paz. Primero fue una misa en la explanada con más de 3.000 personas. Luego tocó la Adoración, que resultó “una auténtica maravilla”.


Tras la cena les dijeron que subirían al monte de las apariciones a rezar el Rosario. Era de noche en un terreno pedregoso. Para más problemas, su hijo pequeño estaba muy cansado y se lo tuvo que echar encima. A la vuelta, ya abajo, pensó: “Aquí ha pasado algo”.

“Sentí que Dios está vivo”

A partir de ese momento la idea de confesar no se le iba de la cabeza. Al día siguiente se lo dijo a su mujer, que inmediatamente buscó un sacerdote. “No recuerdo mucho de la confesión, pero sí que lo que me salió es que estaba muy enfadado con Dios, me salió mucho rencor. Le responsabilizaba de todo lo malo”, asegura Juan.

Pero tras recibir la absolución este hombre sintió “un perdón enorme, como si me quitaran una mochila gigante. Me sentí liberado, ligero. Sentí que Dios está vivo y está con nosotros. A partir de ahí todo cambió”.

Misa diaria tras su vuelta a España

A su regreso a España habla de una escena cómica en la que escondido en la habitación buscaba con su teléfono cuál era la primera misa al día siguiente. A las siete de la mañana estaba en la iglesia, y tras la Eucaristía siguió allí hasta que cerraron el templo. Y así día tras día hasta hoy.

Además, descubrió la Adoración Perpetua en su actual ciudad, Bilbao. Y ahora está en uno de los turnos de adoración a las seis de la mañana. Al poco de volver de Medjugorje ya con una vida nueva y lleno de una felicidad que no se evaporaba como la New Age descubrió también los retiros de Emaús. “Ahí descubrí que Dios siempre había estado en mi vida”, insiste.

En la actualidad, ayudan en estos retiros y con su rosario como arma evangeliza en su trabajo y su entorno, que sorprendidos por su cambio también se interrogan sobre Dios.

Publicado originariamente en Cari Filii News

Fuente: Religión en Libertad

domingo, 21 de abril de 2019

Santo Evangelio 21 de Abril 2019



Día litúrgico: Domingo de Pascua (Misa del día)

Texto del Evangelio (Jn 20,1-9): 

El primer día de la semana va María Magdalena de madrugada al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, y ve la piedra quitada del sepulcro. Echa a correr y llega donde Simón Pedro y donde el otro discípulo a quien Jesús quería y les dice: «Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto». 

Salieron Pedro y el otro discípulo, y se encaminaron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió por delante más rápido que Pedro, y llegó primero al sepulcro. Se inclinó y vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llega también Simón Pedro siguiéndole, entra en el sepulcro y ve las vendas en el suelo, y el sudario que cubrió su cabeza, no junto a las vendas, sino plegado en un lugar aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó, pues hasta entonces no habían comprendido que según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos.

«Entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó»


Mons. Joan Enric VIVES i Sicília Obispo de Urgell 
(Lleida, España)

Hoy «es el día que hizo el Señor», iremos cantando a lo largo de toda la Pascua. Y es que esta expresión del Salmo 117 inunda la celebración de la fe cristiana. El Padre ha resucitado a su Hijo Jesucristo, el Amado, Aquél en quien se complace porque ha amado hasta dar su vida por todos.

Vivamos la Pascua con mucha alegría. Cristo ha resucitado: celebrémoslo llenos de alegría y de amor. Hoy, Jesucristo ha vencido a la muerte, al pecado, a la tristeza... y nos ha abierto las puertas de la nueva vida, la auténtica vida, la que el Espíritu Santo va dándonos por pura gracia. ¡Que nadie esté triste! Cristo es nuestra Paz y nuestro Camino para siempre. Él hoy «manifiesta plenamente el hombre al mismo hombre y le descubre su altísima vocación» (Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes 22).

El gran signo que hoy nos da el Evangelio es que el sepulcro de Jesús está vacío. Ya no tenemos que buscar entre los muertos a Aquel que vive, porque ha resucitado. Y los discípulos, que después le verán Resucitado, es decir, lo experimentarán vivo en un encuentro de fe maravilloso, captan que hay un vacío en el lugar de su sepultura. Sepulcro vacío y apariciones serán las grandes señales para la fe del creyente. El Evangelio dice que «entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó» (Jn 20,8). Supo captar por la fe que aquel vacío y, a la vez, aquella sábana de amortajar y aquel sudario bien doblados eran pequeñas señales del paso de Dios, de la nueva vida. El amor sabe captar aquello que otros no captan, y tiene suficiente con pequeños signos. El «discípulo a quien Jesús quería» (Jn 20,2) se guiaba por el amor que había recibido de Cristo.

“Ver y creer” de los discípulos que han de ser también los nuestros. Renovemos nuestra fe pascual. Que Cristo sea en todo nuestro Señor. Dejemos que su Vida vivifique a la nuestra y renovemos la gracia del bautismo que hemos recibido. Hagámonos apóstoles y discípulos suyos. Guiémonos por el amor y anunciemos a todo el mundo la felicidad de creer en Jesucristo. Seamos testigos esperanzados de su Resurrección.


VIGILIA PASCUAL (B) (Mc 16,1-7): «Jesús de Nazaret, el Crucificado. Ha resucitado»

+ Mons. Ramon MALLA i Call Obispo Emérito de Lleida 
(Lleida, España)

Hoy, la Iglesia celebra con júbilo la fiesta principal: el triunfo de su Cabeza, Cristo Jesús. La Resurrección de Jesucristo es un hecho del que no podemos dudar. Es comprensible que no sea extraño que un hecho celestial, un cuerpo resucitado, no pueda ser captado por medios terrenales. Pero muy pronto María Magdalena y la madre del Apóstol Santiago, recibían un testimonio indudable, comprobado después con muchas apariciones, realizadas de tal modo que excluyen del todo la sospecha de alucinaciones: «No os asustéis. Estáis buscando a Jesús de Nazaret, el crucificado. Ha resucitado; no está aquí. Mirad el lugar donde lo pusieron» (Mc 16,6).

Además del gozo por el hecho de la Resurrección de Cristo, este acontecimiento nos trae la alegría de contar con una respuesta, jubilosa y clara, a los interrogantes del hombre: ¿qué nos espera al final de la vida?; ¿qué sentido tiene el sufrimiento en la tierra? No podemos dudar de que, después de la muerte, nos espera una vida nueva, que será eterna: «Allí le veréis, tal como os dijo» (Mc 16,7). San Pablo lo afirma con gran convencimiento: «Si hemos muerto con Cristo, confiamos en que también viviremos con Él. Sabemos que Cristo, habiendo resucitado, no volverá a morir. La muerte ya no tiene poder sobre Él» (Rm 6,8-9). Lógicamente, al interrogante sobre el final de la vida, el cristiano responde con alegre esperanza.

El Evangelio de hoy pone de relieve que el joven —el ángel— que habla a las mujeres, une los dos conceptos de dolor y gloria: el que ha resucitado es el mismo que fue crucificado. Dice san León Magno: «… (por tu cruz) los creyentes sacan fuerza de la debilidad, gloria del oprobio, y vida de la muerte», las cruces cotidianas son, pues, camino de Resurrección.
VIGILIA PASCUAL (C) (Lc 24,1-12) «¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí. Ha resucitado»

Fr. Austin NORRIS 
(Mumbai, India)

Hoy, contemplamos la Gloria del Señor resplandeciente en su victoria sobre el sufrimiento y sobre la muerte. Promete una vida nueva a todos aquellos que buscan y creen en la Verdad de Jesús. Nadie se sentirá defraudado como no se sintieron aquellas mujeres que «fueron a la tumba con perfumes y ungüentos» (Lc 24,1). 

Los perfumes y ungüentos que debemos llevar durante nuestra existencia son una vida dando testimonio de la Palabra de Dios, cuando Jesús hecho hombre, dijo: «Yo soy la resurrección. El que cree en mí (…) vivirá, y no morirá jamás» (Jn 11,25-26).

Dentro de nuestra confusión y dolor parece que nos volvamos miopes y no podamos ver más allá de nuestro entorno inmediato. Y el «¿por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?» (Lc 24,5) es una llamada a seguir a Jesús y a buscar la presencia del Señor "aquí y ahora", en medio del pueblo del Señor y de su sufrimiento y dolor. En uno de sus discursos de Miércoles de Ceniza, el Santo Padre Benedicto XVI dice que «la salvación, de hecho, es don, es gracia de Dios, pero para tener efecto en mi existencia requiere mi asentimiento, una acogida demostrada con obras, o sea, con la voluntad de vivir como Jesús, de caminar tras Él».

Por nuestra parte, «al regresar del sepulcro…» (Lc 24,9) de nuestras miserias, dudas y confusiones, podemos también brindar a nuestros semejantes en este valle de lágrimas, esperanza y seguridad. La oscuridad del sepulcro «dará paso algún día a la brillante promesa de la inmortalidad» (Prefacio de las Misas de Difuntos). Ojalá la Gloria del Señor Jesús nos mantenga en pie cara al cielo y ojalá podamos siempre ser considerados como un "Pueblo Pascual". Ojalá podamos pasar de ser un "pueblo de Viernes Santo" a uno de Pascua.

VIGILIA PASCUAL (A) (Mt 28,1-10) «No está aquí, ha resucitado»

Fray Josep Mª MASSANA i Mola OFM 
(Barcelona, España)

Hoy, en el Evangelio de la Vigilia pascual, late un gran dinamismo: dos mujeres corren hacia el sepulcro, un terremoto, un ángel hacer rodar la piedra, unos guardas asustados caen como muertos. Y Jesús, vivo y resucitado, se hace compañero de camino de aquellas mujeres…

La mujeres son las primeras en experimentar la resurrección de Jesús, y esto sólo viendo el sepulcro vacío y al ángel que les anuncia: «Vosotras no temáis, pues sé que buscáis a Jesús, el Crucificado; no está aquí, ha resucitado, como lo había dicho…» (Mt 28,5-6). Son también las primeras en dar testimonio de su experiencia: «Id enseguida a decir a sus discípulos: ‘Ha resucitado’» (Mt 28,7).

Enseguida creen. Pero su fe es una mezcla de miedo y de alegría. Sentían miedo por las palabras del ángel, con un anuncio que va más allá de las expectativas humanas. Y alegría por la certeza de la resurrección del Señor, porque las Escrituras se habían cumplido, por el inmenso privilegio de la primicia pascual que han recibido. La fe, pues, aún produciendo una gran alegría interior, no excluye el miedo.

Se van a anunciar aquella experiencia del Resucitado, que han hecho sin haberlo visto. Jesús les premia esta fe y se les aparece mientras van por el camino.

El centro de toda la experiencia de fe no es en primer lugar una doctrina ni unos dogmas. Es la persona de Jesús. La fe de las dos mujeres del Evangelio de hoy está centrada en Él, en su persona y en nada más. ¡Lo han experimentado vivo y van a anunciarlo vivo!

Otra mujer, santa Clara, escribía a santa Inés de Praga que debía centrarse en Jesús resucitado: «Observad, considerad i contemplad a Jesucristo (…). Si sufrís con Él, reinaréis también con Él; si con Él lloráis, con Él gozaréis; si morís con Él en la cruz de la tribulación, poseeréis con Él las eternas moradas».

«La cruz contiene un mensaje para los que se sienten tranquilos en su papel de 'vencedores'»


Cantalamessa se dirige a los «parias de la tierra»: «¡La Pascua es vuestra fiesta!»

«La cruz contiene un mensaje para los que se sienten tranquilos en su papel de 'vencedores'»

El padre Cantalamessa predicó el Viernes Santo sobre Cristo en la Cruz como esperanza para todos los excluidos y descartados del mundo.


Francisco presidió este Viernes Santo la celebración de la Pasión del Señor en la basílica de San Pedro, un acto que comenzó con el siempre impresionante momento de ver al Papa postrado en oración ante el altar, en silencio. Seguidamente se proclamaron las lecturas y tres sacerdotes leyeron la Pasión según San Juan, a cuya finalización el padre Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia, predicó a los presentes sobre Cristo como "el despreciado y rechazado por los hombres". Los oficios concluyeron con las preces, la procesión y adoración de la Santa Cruz por el Papa, los cardenales y obispos presentes y otros fieles, y la comunión.


Cristo es "el prototipo y el representante de todos los rechazados, los desheredados y los «descartados» de la tierra, aquellos ante los cuales se gira el rostro hacia otra parte para no ver", empezó diciendo Cantalamessa. Lo fue no solo en la Pasión, sino "en toda su vida", desde su nacimiento en el establo, su pobreza familiar y su carencia de cobijo durante su vida pública ("un sintecho").


Esa representación se acentúa en la Pasión. El fraile capuchino mencionó al escritor italiano Primo Levi, superviviente de Auschwitz (era judío y fue capturado cuando formaba parte de un grupo de partisanos comunistas) para afirmar que la imagen de Jesús tras la flagelación, coronado de espinas y con una vara en las manos, objeto de golpes, insultos y burlas, le convierte "en el emblema de toda esta humanidad «humillada y ofendida». Vendrían ganas de exclamar: «Despreciados, rechazados, parias de toda la tierra: ¡el hombre más grande de toda la historia ha sido uno de vosotros! A cualquier pueblo, raza o religión que pertenezcáis, tenéis el derecho de reclamarlo como vuestro»".



También citó al teólogo protestante Howard Thurman (considerado el maestro de Martin Luther King), quien en su libro de 1949 Jesús y los desheredados explicó "lo que representó la figura de Jesús para los esclavos": "En la privación de todo derecho y en la abyección más total, las palabras del Evangelio que repetía el ministro de culto negro, en la única reunión que se les consentía, daban nuevamente a los esclavos el sentido de su dignidad de hijos de Dios". De ahí el sentido religioso de los espirituales negros, a los que hizo mención el padre Cantalamessa, quien citó la célebre estrofa Nobody knows the trouble I have seen. Nobody knows, but Jesus [Nadie sabe el dolor que he experimentado; nadie, excepto Jesús].



Pero, continuó Cantalamessa, "este no es el único significado de la pasión y muerte de Cristo y ni siquiera el más importante. El significado más profundo no es el social, sino el espiritual y místico. Aquella muerte redimió al mundo del pecado, llevó el amor de Dios al punto más lejano y más oscuro en el que la humanidad se había metido".


Porque "si Jesús solo tuviera esto que decir a los desheredados del mundo, no sería más que uno entre ellos, un ejemplo de dignidad en la desventura y nada más. Más aún, sería una prueba ulterior a cargo de Dios que permite todo esto". Pero "el Evangelio no se detiene aquí; dice también otra cosa, ¡dice que el Crucificado ha resucitado! En él se produjo un vuelco total de las partes: el vencido se ha convertido en vencedor, el juzgado se ha convertido en el juez... La última palabra no ha sido y no será nunca la de la injusticia y la opresión. Jesús no ha devuelto sólo una dignidad a los desheredados del mundo; ¡les ha dado una esperanza!"


Por eso, la Muerte y Resurrección de Cristo, que -recordó- en los primeros tiempos de la Iglesia se celebraban el mismo  día, son "la fiesta del vuelco obrado por Dios y realizado en Cristo; es el comienzo y la promesa del único cambio pleno totalmente justo e irreversible en la suerte de la humanidad. ¡Pobres, excluidos, pertenecientes a distintas formas de esclavitud todavía en curso en nuestra sociedad: la Pascua es vuestra fiesta!".


El mensaje de la Cruz no es solo para los descartados: "La cruz contiene también un mensaje para aquellos que están en la otra orilla: para los poderosos, los fuertes, los que se sienten tranquilos en su papel de «vencedores». Y es un mensaje, como siempre, de amor y de salvación, no de odio o venganza. Les recuerda que al final están vinculados al mismo destino de todos; que débiles y poderosos, inermes y tiranos, todos están sometidos a la misma ley y a los mismos límites humanos. La muerte, como la espada de Damocles, pende sobre la cabeza de cada uno, colgada de un hilo. Pone en guardia contra el peor mal para el hombre que es la ilusión de la omnipotencia".

TEXTO ÍNTEGRO DE LA PREDICACIÓN DEL PADRE CANTALAMESSA

«Despreciado y rechazado por los hombres»

Predicación del Viernes Santo 2019 en la Basílica de San Pedro

«Despreciado y evitado de los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se ocultan los rostros, despreciado y desestimado» (Is 53,3).

Son las palabras proféticas de Isaías con las que se ha iniciado la liturgia la palabra de hoy. El relato de la pasión que ha seguido ha dado un nombre y un rostro a este misterioso hombre de dolores, despreciado y rechazado por los hombres: el nombre y el rostro de Jesús de Nazaret. Hoy queremos contemplar al Crucificado precisamente en esta apariencia: como el prototipo y el representante de todos los rechazados, los desheredados y los «descartados» de la tierra, aquellos ante los cuales se gira el rostro hacia otra parte para no ver.

Jesús no ha empezado ahora, en la pasión, a serlo. En toda su vida, él formó parte de ellos. Nació en un establo porque para los suyos «no había puesto en la posada» (Lc 2,7). Al presentarlo en el templo, los padres ofrecieron «un par de tórtolas o dos pichones», la ofrenda prescrita por la ley para los pobres que no podían permitirse el lujo de ofrecer un cordero (cf. Lev 12,8). Un auténtico certificado de pobreza en el Israel de entonces. Durante su vida pública, no tiene «dónde reclinar la cabeza» (Mt 8,20): un sintecho.

Y llegamos a la pasión. En el relato de ella hay un momento en el que no nos detenemos a menudo, pero que es muy significativo: Jesús en el pretorio de Pilato (cf. Mc 15,16-20). Los soldados han observado, en la explanada adyacente, un arbusto de espinos; han cogido un haz y se lo han presionado sobre la cabeza; sobre la espalda todavía sangrante por la flagelación, le han colocado un manto como burla; tiene las manos atadas con una  tosca cuerda; en una le han puesto un haz de varas y en la otra una caña, símbolos jocosos de su realeza. Es el prototipo de las personas maniatadas, solas, en manos de soldados y bandidos que desfogan sobre los pobres desgraciados la rabia y la crueldad que han acumulado en la vida. ¡Torturado!

«¡Ecce homo!», ¡He aquí el hombre!, exclama Pilato, al presentarlo poco después al pueblo (Jn 19,5). Palabra que, después de Cristo, puede ser dicha del grupo sin fin de hombres y mujeres humillados, reducidos a objetos, privados de toda dignidad humana. «Si esto es un hombre»: el escritor Primo Levi tituló así el relato de su vida en el campo de exterminio de Auschwitz. En la cruz, Jesús de Nazaret se convierte en el emblema de toda esta humanidad «humillada y ofendida». Vendrían ganas de exclamar: «Despreciados, rechazados, parias de toda la tierra: ¡el hombre más grande de toda la historia ha sido uno de vosotros! A cualquier pueblo, raza o religión que pertenezcáis, tenéis el derecho de reclamarlo como vuestro».

* * *

El escritor y teólogo afro-americano, Howard Thurman —aquel al que Martin Luther King consideraba su maestro y el inspirador de la lucha no violenta por los derechos civiles— escribió un libro titulado «Jesus and the Disinherited»[1], Jesús y los desheredados. En él, hace ver lo que representó la figura de Jesús para los esclavos del Sur, de los que él mismo era un descendiente directo. En la privación de todo derecho y en la abyección más total, las palabras del Evangelio que repetía el ministro de culto negro, en la única reunión que se les consentía, daban nuevamente a los esclavos el sentido de su dignidad de hijos de Dios. 

En este clima nacieron la mayoría de los cantos espirituales negros que todavía hoy conmueven al mundo[2]. En el momento de la subasta pública habían vivido el desgarro de ver a las esposas separadas de los maridos y a los padres respecto de los hijos, vendidos a dueños diferentes. Es fácil intuir con qué espíritu cantaban bajo el sol o en el interior de sus cabañas: «Nobody knows the trouble I have seen. Nobody knows, but Jesus»: Nadie sabe el dolor que he experimentado; nadie, excepto Jesús».

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Este no es el único significado de la pasión y muerte de Cristo y ni siquiera el más importante. El significado más profundo no es el social, sino el espiritual y místico. Aquella muerte redimió al mundo del pecado, llevó el amor de Dios al punto más lejano y más oscuro en el que la humanidad se había metido en su huida de él, es decir, en la muerte. No es, decía, el sentido más importante de la cruz, pero es el que todos, creyentes y no creyentes, pueden reconocer y acoger. 

Todos, repito, no sólo los creyentes. Si por el hecho de su encarnación el Hijo de Dios se hizo hombre y se unió a toda la humanidad, por el modo en que se produjo su encarnación se ha hecho uno de los pobres y rechazados, ha abrazado su causa. Él mismo se ha encargado de asegurárnoslo cuando solemnemente afirmó que lo que hicimos por el hambriento, el desnudo, el preso, el exiliado, se lo hicimos a él y lo que omitimos hacérselo a ellos no se lo hicimos a Él (cf. Mt 25, 31-46).

Pero no podemos detenernos aquí. Si Jesús solo tuviera esto que decir a los desheredados del mundo, no sería más que uno entre ellos, un ejemplo de dignidad en la desventura y nada más. Más aún, sería una prueba ulterior a cargo de Dios que permite todo esto. Es conocida la reacción indignada de Iván, el hermano rebelde de los hermanos Karamazov, de Dostoievski, cuando el hermano menor, Aliosha, le menciona a Jesús: «¡Ah, se trata del Único sin pecado y de su sangre! No, no me había olvidado de él: y más aún, me maravillaba, mientras se discutía, cómo era posible que tardaras tanto en sacarlo contigo, ya que comúnmente, en los debates, todos los de vuestra parte le ponen a Él ante que cualquier otra cosa»[3].

Efectivamente, el Evangelio no se detiene aquí; dice también otra cosa, ¡dice que el Crucificado ha resucitado! En él se produjo un vuelco total de las partes: el vencido se ha convertido en vencedor, el juzgado se ha convertido en el juez, «la piedra descartada por los arquitectos se ha convertido en piedra angular» (cf. Hch 4,11). La última palabra no ha sido y no será nunca la de la injusticia y la opresión. Jesús no ha devuelto sólo una dignidad a los desheredados del mundo; ¡les ha dado una esperanza! 

En los tres primeros siglos de la Iglesia la celebración de la Pascua no estaba distribuida como ahora, en varios días: Viernes Santo, Sábado Santo y Domingo de Pascua. Todo estaba concentrado en un solo día. En la Vigilia pascual se conmemoraba tanto la muerte como la resurrección. Más concretamente, ni la muerte ni la resurrección se conmemoraban como hechos distintos y separados; se conmemoraba, más bien, el tránsito de Cristo de una a otra, de la muerte a la vida. La palabra «Pascua» (pasech) significa tránsito: paso del pueblo hebreo de la esclavitud a la libertad, tránsito de Cristo de este mundo al Padre (cf. Jn 13,1) y tránsito, del pecado a la gracia, de los creyentes en él.

Es la fiesta del vuelco obrado por Dios y realizado en Cristo; es el comienzo y la promesa del único cambio pleno totalmente justo e irreversible en la suerte de la humanidad. ¡Pobres, excluidos, pertenecientes a distintas formas de esclavitud todavía en curso en nuestra sociedad: la Pascua es vuestra fiesta!

* * *

La cruz contiene también un mensaje para aquellos que están en la otra orilla: para los poderosos, los fuertes, los que se sienten tranquilos en su papel de «vencedores». Y es un mensaje, como siempre, de amor y de salvación, no de odio o venganza.  Les recuerda que al final están vinculados al mismo destino de todos; que débiles y poderosos, inermes y tiranos, todos están sometidos a la misma ley y a los mismos límites humanos. La muerte, como la espada de Damocles, pende sobre la cabeza de cada uno, colgada de un hilo. Pone en guardia contra el  peor mal para el hombre que es la ilusión de la omnipotencia. No hay que ir demasiado para atrás en el tiempo, basta repensar la historia reciente para darnos cuenta de lo frecuente que es este peligro y  a cuántas personas y pueblos lleva a la catástrofe.

La Escritura tiene palabras de sabiduría eterna dirigidas a los dominadores de la escena de este mundo:

«Aprended, gobernantes de toda la tierra... los poderosos serán examinados con rigor» (Sab 6,1.6). 

«En la prosperidad el hombre no comprende, es parecido a las bestias que mueren» (Sal 49,21).

«¿Para qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si luego pierde su alma o se destruye a sí mismo?» (Lc 9,25)

La Iglesia ha recibido el mandato de su fundador de ponerse de la parte de los pobres y los débiles, de ser la voz de quien no tiene voz y, gracias a Dios, es lo que hace, al menos en su pastor supremo.

La segunda tarea histórica que las religiones deben, juntas,  asumir hoy, además de promover la paz, es no permanecer en silencio ante el espectáculo que está ante la mirada de todos. Pocos privilegiados poseen bienes que no podrían consumir, aunque viviesen incluso siglos enteros y masas aniquiladas de pobres que no tienen un trozo de pan y un sorbo de agua por dar a sus hijos. Ninguna religión puede permanecer indiferente, porque el Dios de todas las religiones no es indiferente ante todo esto. 

* * *

Volvamos a la profecía de Isaías de la que hemos partido. Comienza con la descripción de la humillación del Siervo de Dios, pero se concluye con la descripción de su exaltación final. Es Dios que habla: 

«Por los trabajos de su alma verá la luz […] Le daré una multitud como parte, y tendrá como despojo una muchedumbre. Porque expuso su vida a la muerte y fue contado entre los pecadores, él tomó el pecado de muchos e intercedió por los pecadores».

Dentro de dos días, con el anuncio de la resurrección de Cristo, la liturgia dará un nombre y un rostro también en este triunfador. Velemos y meditamos en espera.


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