jueves, 2 de noviembre de 2023

10 santos de Munilla «para amar más a Dios» cultivando la intuición, la alegría o la pobreza



 10 santos de Munilla «para amar más a Dios» cultivando la intuición, la alegría o la pobreza

Munilla

"Discernir es estar en continua búsqueda de lo que Dios quiere de nosotros (...). El primer consejo para crecer en el amor de Dios es buscar y cultivar el don del discernimiento", dice Munilla.

El obispo de Orihuela-Alicante, José Ignacio Munilla, en su canal de YouTube "En ti confío" y coincidiendo con la festividad de Todos los Santos, enumera diez santos de la Iglesia que nos pueden ayudar a crecer en la cercanía con Dios.

"Dice un refrán que 'a quien buen árbol se arrima buena sombra le cobija'. Es importante acercarse a quienes han amado o vivido el amor a Dios en plenitud (...). El drama de hoy es que hemos dejado de tomar a los santos como nuestras referencias", comenta Munilla.

A continuación, diez santos y diez claves particulares de cada uno de ellos que nos pueden ayudar a acercarnos más a Dios:

1- San Ignacio de Loyola y el don del discernimiento

"Ser cristiano es discernir", esa es una frase de Kiko Argüello. Discernir es estar en continua búsqueda de lo que Dios quiere de nosotros; conocer la voluntad de Dios. Dice Jesús a la samaritana "si conocieras el don de Dios". El primer consejo para crecer en el amor de Dios es buscar y cultivar el don del discernimiento.

San Ignacio es el santo que más ha cultivado las reglas de discernimiento; el cómo discernir lo que Dios quiere de mí. Y, ¿es muy difícil saberlo? No es difícil, no está reservado para mentes capaces de descubrir mensajes ocultos. Dios no juega al ocultismo, Dios se muestra siempre a quien lo busca con un corazón sincero.

Pero, hace falta un conocimiento de cómo se discierne. Hay una confusión reinante entre no darle importancia a buscar la voluntad de Dios, hacer siempre lo que me apetece, que es lo que practica una gran parte de la población, y, también, existe otro error contrario que es el del iluminista; el pensar: Dios me ha dicho esto para ti.

San Ignacio de Loyola es el santo que Dios nos ofrece para ponernos en un camino en el que debamos integrar la razón bien utilizada y las mociones del Espíritu Santo. 

San Ignacio"San Ignacio es el santo que más ha cultivado el cómo discernir lo que Dios quiere de mí".



2- San Juan de la Cruz y el camino ascético hacia la santidad

San Juan es paradigmático a la hora de hablar del itinerario ascético y místico hacia la santidad. Hay un camino hacia la santidad que es el que San Juan expresa en Subida al monte Carmelo -que es su obra cumbre, magistral, en la que replica la doctrina tradicional de la teología espiritual-. En ella hay tres fases: la vía purificativa, la iluminativa y la unitiva. Para poder subir a la cumbre del monte hace falta purificación, iluminación y unión.

San Juan de la Cruz habla de la purificación activa (la mortificación) y la pasiva (las noches oscuras) de nuestros sentidos (el olfato, el gusto...) y de las potencias (la voluntad y el entendimiento). Puede parecer muy elevado, pero consiste en que nuestros sentidos sean capaces de ser purificados.

Esto responde a ese tirón de orejas que Jesús le hace a Pedro: "Tú, Pedro, piensas como los hombres y no como Dios". Tu entendimiento tiene que aprender a ver las cosas desde el Evangelio y no desde la carnalidad.

3- Santa Teresita de Lisieux y el caminito de la confianza

La confianza es una clave muy especial que descubrió Santa Teresita de Lisieux; que no es un camino distinto al de San Juan de la Cruz. Es solo una formulación distinta en la que, de una manera muy sencilla, Santa Teresita llevó adelante lo que San Juan explica en Subida al monte Carmelo.

Teresita de Jesús tuvo la intuición de que en la vida espiritual se daba un salto de gigante haciendo el acto de confianza: yo confío en Dios, veo que la obra de santidad es superior a mis fuerzas, intento purificarme y me mancho más de lo que me purifico, tengo una sensación de fragilidad, de pequeñez...

Ella encuentra el método de saberse pequeña y nos habla del "ascensor"; utiliza esa imagen para decir que ella que es tan pequeña que confía en que Jesús, por su misericordia, como a un niño, la coja en brazos y la levante para darle un beso. Ella pone el énfasis en el acto de la confianza en la misericordia de Dios: yo no me fío de mí misma ni de mis obras, me fío en la misericordia de Dios.

Dice algo precioso: que cuando se presente delante de Dios no quiere ir cargando con sus buenas obras, porque va a tener las manos ocupadas y no va poder abrazar a Jesús. 


4- Santa Teresa de Jesús y la fidelidad en la oración 

Teresa se prodiga en explicar lo que Dios hizo con ella en los distintos grados de oración. Explica, con mucho detalle, cómo Dios va conduciendo al alma hacia una oración más perfecta. Explica de manera gráfica cómo hay un momento en el que mucha gente se pierde; cuando se pasa de la oración mental discursiva a la oración afectiva.

En el momento en el que a uno le estorba el discurso para estar con Dios y tiene una oración afectiva, en la que tiene la experiencia del amor de Dios, dice ella que a uno le parece que ha llegado a la cumbre de la oración. Pero ocurre que esa oración afectiva es un regalo en un momento determinado, pero, luego, Dios te lo retira y tienes que volver a la sequedad, a una oración mas discursiva, me distraigo pero vuelvo a ella.

Hay mucha gente se pierde y no se da cuenta de que hay que mantenerse fiel, sin hacer depender mi vida de oración de mis sensaciones afectivas en la oración. Si tengo un compromiso de hacer oración, éste no depende de mi estado de ánimo, de si la gozo más o menos. No puedo supeditar mi vida de oración a mi percepción afectiva.  

Santa Teresa cuenta que durante muchísimo tiempo, en el coro del monasterio, tenía todas las baldosas contadas, porque se distraía muchísimo. El que no está dispuesto a aburrirse haciendo oración quiere decir que se ha resignado a no hacer oración. 

Santa Teresa"Santa Teresa explica cómo Dios va conduciendo al alma hacia una oración más perfecta".

5- San Francisco de Sales y el discernimiento desde la paz y la alegría

De San Francisco me quedo con que para él, cuando algo es de Dios, y obramos conforme al querer de Dios, se nos permite hacerlo con paz y alegría. La paz y la alegría son el sello definitivo de la presencia de Dios en nuestra alma. 

6- San Josemaría Escrivá de Balaguer y santificarse en la vida ordinaria

Lo elijo por la santificación del trabajo y la vida ordinaria. Que, obviamente, está presente en otros santos. San Francisco de Sales también insiste en la santificación de la vida cotidiana. Pero, San Josemaría, ha brillado especialmente en ese subrayado, porque ha concretado la llamada universal a la santidad propuesta en el Concilio Vaticano II.

La espiritualidad de San Josemaría ha subrayado mucho qué medios hay que utilizar para poder tener una vida espiritual ordinaria, ordenada. San Josemaría se caracteriza por ser muy ordenado, está recordando el "abc" de los medios ordinarios para la santidad, y subraya siempre que ésta debe darse en mi estado de vida, en mi trabajo... en el escenario donde Dios quiere que me santifique. Aquí, ahora, en esta situación Dios te está esperando. 

7- Santa Teresa de Calcuta y la santidad por los pobres

Menciono a Santa Teresa de Calcuta por cómo los pobres nos llaman a la conversión. La Madre Teresa subraya, en ese camino de crecimiento en el amor a Dios, el reconocer a Jesucristo en todos los sufrientes del mundo y, especialmente, entre los más pobres de los pobres.

Santa Teresa apunta a un método de practicar la caridad que es sencillo y práctico; el de "uno a uno", con aquel que me ponga Dios cerca en mi vida, como el buen samaritano. Es una inmensa aportación el hecho de que la caridad cristiana se hace movida por el amor de Dios. Ella dice: "yo solo soy un lápiz con el que Dios escribe". Y, además, la caridad está dirigida al mismo Cristo, que está en las personas sufrientes.

8- San Juan Pablo II y la llamada a la evangelización 

Lo selecciono por la importancia de que para crecer en el amor de Dios debemos estar centrados en la evangelización, crecer en el amor de Dios es tener celo apostólico. Juan Pablo II señala que tenemos una vocación misionera inherente a nuestro bautismo, que existimos para evangelizar, que tenemos que tener esos sentimientos del corazón de Cristo cuando veía multitudes y los tenía como ovejas sin pastor.

San Juan Pablo II es el padre de la nueva evangelización y pastor de pastores. Si uno no tiene hambre y sed de las almas y no tiene deseo de dar su vida por la evangelización es imposible que crezca en el amor de Dios.

9- San Francisco de Asís y la pobreza evangélica

En ese camino de acercamiento a Dios, San Francisco de Asís tiene una centralidad en la primera bienaventuranza: bienaventurados los pobres de espíritu. La clave de Francisco de Asís es la de pobreza evangélica, el despojamiento, porque, en el fondo, nos apoyamos en tantas cosas materiales y de mediaciones humanas que nos acabamos apegando a ellas y no tenemos a Dios como nuestro tesoro.

La pobreza es necesaria para que mi corazón ame a Dios. Esto pasa también por el desposarse con Cristo crucificado. San Francisco lleva los estigmas en su propia carne. Pero hay otro santo que señala la pobreza evangélica: San Carlos de Foucauld. Quien se enamora del misterio de Nazaret, de la Sagrada Familia, él siempre busca el penúltimo puesto, porque el último está ocupado, es el de Jesús.



Puedes ver aquí la charla completa del obispo Munilla.

10- San Agustín y la intuición del corazón enamorado

Si se dice eso de que "hay que conocer para amar", San Agustín remataría diciendo "pero hay que amar para conocer". San Agustín aporta esa intuición del corazón enamorado. Es el maestro de la gracia y cómo la gracia está presente en todo. Es el gran batallador contra la tendencia pelagiana, que se olvida de que todo es un don de Dios. Es básico confiar en que Dios culmina siempre su obra. 

Fuente;Religión en Libertad

miércoles, 1 de noviembre de 2023

Santo Evangelio 1 de Noviembre 2023



 Texto del Evangelio (Mt 5,1-12a):

 En aquel tiempo, viendo Jesús la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos».



«Alegraos y regocijaos»


Mons. F. Xavier CIURANETA i Aymí Obispo Emérito de Lleida

(Lleida, España)

Hoy celebramos la realidad de un misterio salvador expresado en el “credo” y que resulta muy consolador: «Creo en la comunión de los santos». Todos los santos, desde la Virgen María, que han pasado ya a la vida eterna, forman una unidad: son la Iglesia de los bienaventurados, a quienes Jesús felicita: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios» (Mt 5,8). Al mismo tiempo, también están en comunión con nosotros. La fe y la esperanza no pueden unirnos porque ellos ya gozan de la eterna visión de Dios; pero nos une, en cambio el amor «que no pasa nunca» (1Cor 13,13); ese amor que nos une con ellos al mismo Padre, al mismo Cristo Redentor y al mismo Espíritu Santo. El amor que les hace solidarios y solícitos para con nosotros. Por tanto, no veneramos a los santos solamente por su ejemplaridad, sino sobre todo por la unidad en el Espíritu de toda la Iglesia, que se fortalece con la práctica del amor fraterno.

Por esta profunda unidad, hemos de sentirnos cerca de todos los santos que, anteriormente a nosotros, han creído y esperado lo mismo que nosotros creemos y esperamos y, sobre todo, han amado al Padre Dios y a sus hermanos los hombres, procurando imitar el amor de Cristo.

Los santos apóstoles, los santos mártires, los santos confesores que han existido a lo largo de la historia son, por tanto, nuestros hermanos e intercesores; en ellos se han cumplido estas palabras proféticas de Jesús: «Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos» (Mt 5,11-12). Los tesoros de su santidad son bienes de familia, con los que podemos contar. Éstos son los tesoros del cielo que Jesús invita a reunir (cf. Mt 6,20). Como afirma el Concilio Vaticano II, «su fraterna solicitud ayuda, pues, mucho a nuestra debilidad» (Lumen gentium, 49). Esta solemnidad nos aporta una noticia reconfortante que nos invita a la alegría y a la fiesta.


Don Dolindo estaba rezando cuando una infusión sobrenatural iluminó su entendimiento «estúpido»



 Don Dolindo estaba rezando cuando una infusión sobrenatural iluminó su entendimiento «estúpido»

El joven Dolindo se reconocía a sí mismo como una persona de torpe entendimiento. Un día, en oración, pidió las luces suficientes para poder ser sacerdote.

El interés por Don Dolindo Ruotolo (1882-1970), semejante en tantas cosas al Padre Pío y amigo suyo, está creciendo en el ámbito hispánico a raíz de la publicación de Jesús, ocúpate tú (Voz de Papel), una biografía del Siervo de Dios escrita por su sobrina Grazia Ruotolo y por el periodista Luciano Regolo.

Un hecho muy notable en la vida del sacerdote napolitano fue la apertura de su entendimiento, hasta entonces muy entorpecido, por una directa intervención divina. Lo cuenta Maura Roan McKeegan , autora de doce libros católicos infantiles, varios de ellos premiados, y estudiosa de la vida y obra de Don Dolindo, sobre quien escribe con frecuencia, en Catholic Exchange:

"Un regalo de Dios": la milagrosa infusión de inteligencia de Don Dolindo

 "Toda mi vida, en su esencia, no ha sido otra cosa que una serie de innumerables casos de gracias extraordinarias junto a miserias agonizantes", dijo una vez el Siervo de Dios Don Dolindo Ruotolo, en una autobiografía que escribió en 1923 por obediencia a sus confesores:  "Este es el resumen de la vida de muchas almas".

De su padre, Raffaele Ruotolo, había recibido al nacer el insólito nombre de "Dolindo", que significa "dolor" y "sufrimiento". Raffaele ideó el nombre él mismo, y resultó profético, ya que la vida de Dolindo estuvo llena de sufrimiento de principio a fin.

El papel del dolor

Sin embargo, paradójicamente, Don Dolindo consideraba su sufrimiento como un hermoso regalo de Dios.

"Le pedí a Jesús el don del sufrimiento", escribe en su autobiografía: "Cada mañana le pedía amor, sufrimiento, humildad, fe, mansedumbre, generosidad y paciencia. El sufrimiento no tardó en llegar y nunca me ha abandonado desde aquel momento, sino que ha seguido creciendo, y este es el don más hermoso que el Señor me ha dado".

Su amor por el sufrimiento hundía sus raíces en su insaciable deseo de abandonarse por entero al amor de Dios, sin rastro de ataduras mundanas.

"Mi alma es como una flor de la pasión:" explica en su autobiografía, "florece en el sufrimiento y la penuria, pero se marchita rápidamente en la prosperidad. Esto Dios lo sabe muy bien".

'Jesús, ocúpate tú', una obra conjunta de Grazia Ruotolo, sobrina de Don Dolindo, y el periodista Luciano Regolo.



Su primer contacto con el sufrimiento llegó cuando no tenía ni un año y tuvo que soportar dolorosas operaciones en ambas manos, para extraer huesos necrosados, y en la mejilla, para extirparle un tumor.

Pero aún peor fue el sufrimiento que padeció por parte de su padre, que era tan tacaño que se negaba a gastar dinero en comida y ropa adecuadas para sus hijos, y tan partidario de los castigos que el joven Dolindo corría a esconderse en el cajón de un escritorio cuando oía a su padre llegar a casa.

A pesar de las pruebas -o tal vez a causa de ellas-, Dolindo era un niño contemplativo que sentía una especial devoción por los sufrimientos de Jesús en la Pasión y, tras recibir la Primera Comunión, empezó a practicar penitencias secretas y a levantarse antes del amanecer para caminar hasta la iglesia local y asistir a la misa matutina.

Mientras tanto, Raffaele se negaba a enviar a sus hijos a la escuela. En cambio, obligaba a Dolindo y a su hermano mayor, Elio, a memorizar la información que les enseñaban sus hermanas mayores en casa. A los niños no se les permitía comer hasta que recitaran todo lo que habían aprendido, y cada noche, después de que su padre revisara sus tareas escolares, recibían una paliza. Aunque el joven Dolindo estudiaba mucho para recitar las lecciones obligatorias, no entendía nada de lo que aprendía. Entre el hambre y las palizas, su pobre mente se había apagado.

El prodigio

"Debo decir que aquellos interminables días de sufrimiento y severos castigos, sin tregua ni respiro, tan extremos para un niño de tierna edad, acabaron por reducirme a un completo y absoluto imbécil", escribe: "Ya no era capaz de entender nada".

Cuando Raffaele finalmente cedió y permitió que los chicos asistieran a la escuela secundaria, Dolindo suspendió dos veces los exámenes de ingreso, más tarde suspendió los exámenes finales y finalmente tuvo que repetir el curso escolar.

Finalmente, sus padres se separaron -algo muy poco frecuente en aquella época- y Dolindo fue enviado a un internado.

"Todavía estaba embobado y no me daba cuenta de lo que pasaba a mi alrededor", recuerda Dolindo en su autobiografía: "Rápidamente me hice famoso por mi estupidez. Como siempre, me iba bien con el trabajo de memoria, pero donde se requería inteligencia y reflexión, era un inútil".

Sin embargo, el 15 de junio de 1896, todo cambió.

Ese día, Dolindo se había puesto una vestimenta clerical (ya que la escuela era una casa de formación para futuros sacerdotes), y estaba recitando el rosario con sus compañeros de clase. Ante él, tenía una copia de una imagen de la Virgen.



Ésta es la imagen de la Virgen que tenía ante sí el joven Dolindo.

Lo que sucedió a continuación fue tan importante para él que, además de escribirlo en su autobiografía en 1923, también escribió la historia en 1956 en el reverso de una estampita que llevaba la misma imagen de Nuestra Señora.



La historia de lo sucedido, escrita por el propio Dolindo en la parte de atrás de la imagen de la Virgen y el Niño.

La historia de lo sucedido, escrita por el propio Dolindo en la parte de atrás de la imagen de la Virgen y el Niño.

Ese día de junio, cuando Dolindo tenía 13 años, la imagen de Nuestra Señora estaba apoyada en un libro delante de él. Contempló la imagen y rezó: "¡Oh, Madre mía! Si quieres que me haga sacerdote, dame inteligencia, porque, como puedes ver, soy completamente estúpido".

Mientras estaba arrodillado, le invadió el sueño y se quedó dormido. De repente, la imagen se movió -"por el viento o por alguna gracia especial, no sabría decirlo"- y le tocó la frente. En ese momento, despertó de su estupor con la mente aguda, viva y lúcida.

"Podía hablar de cualquier cosa y hablar poéticamente", escribe en la estampita: "Era otra persona. Pero entonces, como ahora, solo para todo lo que glorifica a Dios. Para todo lo demás, era y sigo siendo un verdadero estúpido".

Los frutos de un entendimiento superior

Tras esta milagrosa e instantánea infusión de inteligencia, Dolindo pronto se ganó un nuevo apodo en la escuela: "La Enciclopedia". Compuso poemas, obras de teatro, trabajos y ensayos que recibieron elogios y admiración, y rápidamente ascendió a la cima académica de toda la escuela.

"Poco sabían", escribe en su autobiografía, "¡que todo era totalmente un regalo directo de Dios!".

Esta gracia de la inteligencia le acompañaría el resto de su vida, y queda patente en sus prolíficos y brillantes escritos, que siguen tocando muchos corazones hoy en día.

Cuando en 1923, años después de la muerte de su padre, se vio obligado a escribir sobre sus dolorosos recuerdos de infancia, Don Dolindo dijo que su "pobre padre tenía buenas intenciones". Bendijo la memoria de su padre y rezó para que estuviera en la gloria de Dios.

Traducción de Verbum Caro.

Fuente: Religión en Libertad

martes, 31 de octubre de 2023

Santo Evangelio 31 de Octubre 2023

 


Texto del Evangelio (Lc 13,18-21):

 En aquel tiempo, Jesús decía: «¿A qué es semejante el Reino de Dios? ¿A qué lo compararé? Es semejante a un grano de mostaza, que tomó un hombre y lo puso en su jardín, y creció hasta hacerse árbol, y las aves del cielo anidaron en sus ramas». Dijo también: «¿A qué compararé el Reino de Dios? Es semejante a la levadura que tomó una mujer y la metió en tres medidas de harina, hasta que fermentó todo».



«¿A qué es semejante el Reino de Dios?»


Rev. D. Francisco Lucas MATEO Seco

(Pamplona, Navarra, España)

Hoy, los textos de la liturgia, mediante dos parábolas, ponen ante nuestros ojos una de las características propias del Reino de Dios: es algo que crece lentamente —como un grano de mostaza— pero que llega a hacerse grande hasta el punto de ofrecer cobijo a las aves del cielo. Así lo manifestaba Tertuliano: «¡Somos de ayer y lo llenamos todo!». Con esta parábola, Nuestro Señor exhorta a la paciencia, a la fortaleza y a la esperanza. Estas virtudes son particularmente necesarias a quienes se dedican a la propagación del Reino de Dios. Es necesario saber esperar a que la semilla sembrada, con la gracia de Dios y con la cooperación humana, vaya creciendo, ahondando sus raíces en la buena tierra y elevándose poco a poco hasta convertirse en árbol. Hace falta, en primer lugar, tener fe en la virtualidad —fecundidad— contenida en la semilla del Reino de Dios. Esa semilla es la Palabra; es también la Eucaristía, que se siembra en nosotros mediante la comunión. Nuestro Señor Jesucristo se comparó a sí mismo con el «grano de trigo [que cuando] cae en tierra y muere (...) da mucho fruto» (Jn 12,24).

El Reino de Dios, prosigue Nuestro Señor, es semejante «a la levadura que tomó una mujer y la metió en tres medidas de harina, hasta que fermentó todo» (Lc 13,21). También aquí se habla de la capacidad que tiene la levadura de hacer fermentar toda la masa. Así sucede con “el resto de Israel” de que se habla en el Antiguo Testamento: el “resto” habrá de salvar y fermentar a todo el pueblo. Siguiendo con la parábola, sólo es necesario que el fermento esté dentro de la masa, que llegue al pueblo, que sea como la sal capaz de preservar de la corrupción y de dar buen sabor a todo el alimento (cf. Mt 5,13). También es necesario dar tiempo para que la levadura realice su labor.

Parábolas que animan a la paciencia y la segura esperanza; parábolas que se refieren al Reino de Dios y a la Iglesia, y que se aplican también al crecimiento de este mismo Reino en cada uno de nosotros.


«Joven, rebelde, sin Dios ni ley», iba a abortar cuando vio a 40 Días por la Vida: «No estás sola»

 


«Joven, rebelde, sin Dios ni ley», iba a abortar cuando vio a 40 Días por la Vida: «No estás sola»

Eneida Martínez, sin apenas control sobre su vida y marcada por el dolor, fue abocada al aborto: tras conocer a 40 Días por la Vida, Lazos de Amor Mariano o el Hogar de María, supo que siempre podría encontrar apoyo.

Eneida Martínez fue criada como hija de madre soltera, en el fuego cruzado de las guerras de bandas en Colombia. Para ella, era normal contemplar las matanzas y asesinatos de camino al colegio. No tardó en perder la inocencia, comenzando una vida de dolor y desórdenes que le llevó a abortar, pero también a luchar por la vida: su testimonio ya está salvando a bebés y mujeres, como sucedió recientemente con una joven que iba a abortar en la clínica Dator (te contamos el caso aquí). Cuando una voluntaria de la campaña en curso de 40 Días por la Vida le contó la historia de Eneida, la mujer tomó la decisión de seguir adelante con su embarazo. 

Marcada por la ausencia de una figura paterna, con una madre prácticamente ausente y viviendo de casa en casa, cuenta al canal de YouTube de Mater Mundi que la rebeldía fue su mejor recurso para mitigar el dolor.

Una rebeldía que no encontró la cortapisa de una firme educación en la fe. De hecho, su única influencia al respecto era su abuelo, que como mucho le llevaba de vez en cuando a misa y le hacía recordar la primera comunión que un día hizo gracias a su madre.

Con solo 13 años, sin un vínculo firme con sus padres, carente de toda educación afectiva o de los límites que proporciona la fe, Eneida no vio nada de raro en comenzar su primera relación y marcharse de casa.

Madre muy joven, rebelde y sin apoyo

"De esa relación nació mi primer hijo, al que tuve a los 16. Mi novio decidió irse a los 20 años, yo ya había tenido al bebé y empecé a sufrir violencia física y la falta de apoyo. Él se iba, estaba meses sin verlo y cuando volvía era para maltratarme", recuerda.

La situación se volvió insostenible. Su hijo tenía cuatro años cuando decidió terminar con aquella relación tóxica y comenzó a albergar "un fuerte rechazo a la maternidad" como consecuencia de la falta de amor. 

Joven, rebelde y sola, con su madre cuidando al pequeño, Eneida se fue a vivir "sin Dios ni ley la vida en el mundo".

Pronto conoció a un chico, con el que salió un par de veces. Saber que estaba nuevamente embarazada fue como un jarro de agua fría, especialmente con otro padre que, de nuevo, se desentendió del embarazo.



La madre de Eneida le dio todo su apoyo para criar al hijo. Entonces estaba muy lejos de pensar si quiera en el aborto.

Viviendo "en la oscuridad" sin Dios ni ley

Pero había  hecho de "la oscuridad" su nuevo hogar: aunque nunca lo había hecho, empezó a "alcoholizarse" al ver que atenuaba su dolor y "estaba mejor" y dejó a sus hijos "prácticamente abandonados" con su madre, limitándose a enviarles el dinero que necesitasen.

Con 22 años, Eneida era "una mujer hecha y derecha" y se podía decir que había tenido varias vidas.

Una nueva empezó en 2019, cuando viajó a España nuevamente "sin Dios ni ley", pero esta vez también "sin familia".



Eneida, bautizando a uno de sus hijos. 

La historia se repitió, como si fuese sacada del mismo molde. Conoció a un chico, ella retomó el "Dios a su medida" y se "manipuló" a sí misma, convenciéndose de  que era una persona puesta por Dios. Tras irse a vivir con él, se abrió nuevamente la herida, aparecieron los maltratos, intentos de suicidio y ansiedad… y un nuevo embarazo. Y otra vez obtuvo la misma respuesta del padre: "No es mi problema".

"Como quitarse una muela"

Pero esta vez estaba sola, sin apoyo. Solo contaba con la ayuda del hombre que la maltrataba y se desvincularía de su próximo hijo. Así que la opción del aborto comenzó a ser plausible. Ya no era algo tan lejano.

Mismamente, desde el ámbito legal. Aunque no menciona el nombre de la clínica, Eneida recuerda que cuando entró por primera vez al lugar "donde se muere el corazón" y pidió información, el no tener documentos "no fue un problema".

Sin dinero, carné, seguridad social… "No pasa nada, yo te hago todo, tú firmas y vas a la cita"; le respondió la trabajadora.

Y "desafortunadamente", llegó el día. Estaba nerviosa, buscando "caras amables" que le apoyasen. También buscaba respuestas que le eran negadas por todos. Tan solo encontró respuestas en la sala de espera, cuando una chica que "repetía" le dijo que le acostarían y que "cuando despertase, el periodo `estaría de vuelta´". Según la trabajadora del centro, sería "como quitarse una muela".

Pero esa falta de consecuencias no era lo que veía en otras jóvenes que salían del quirófano, demacradas, en silla de ruedas y con hemorragias.

"En el lugar donde muere el corazón de la madre"

Cuando le tocó a ella hacerse la ecografía, dieron la vuelta a la pantalla y bajaron el volumen del latido fetal.

"¿Por qué no puedo mirar?", preguntó. Silencio.

"¿No te han dado un sobre? ¿No lo has leído? Aquí se hace silencio. No se pregunta", le dijeron más tarde.

Eneida solo quería llorar. El corazón le palpitaba mientras se limitaba a obedecer, ponerse la bata que le ofrecían en la clínica y esperar donde recordaría siempre como "el lugar donde a una se le muere el corazón".

"Cuando entre, hicieron lo mismo. Me acostaron sin dejarme mirar la escena catastrófica de mi vida, pensando que me iban a desangrar  y preguntando mientras me regañaban por hacerlo", recuerda.

Era el turno del anestesiólogo, que le puso una dosis intravenosa que la aturdía. Pero empezó a sentir como el aborto comenzaba y con ello, un gran dolor.

El amor de Dios y María al borde de la muerte

"No está dormida", le dijo la enfermera al médico.

La joven recibió una nueva dosis de anestesia y lo siguiente que recuerda es despertar en una ambulancia, sola, convaleciente de camino al hospital en "la escena más fuerte" que recuerda.

El daño estaba hecho. Su hijo ya no estaba, pero ella estuvo cerca de perder la vida. Pasó diez días ingresada, rodeada de una tribulación, angustia y dolor que solo interrumpió una enfermera con un regalo para ella.

"No te preocupes. Dios todavía te ama y la Virgen todavía te espera", le consoló después de entregarle un rosario. De inmediato sintió una "gran vergüenza con la Virgen", ante la que se mostró arrepentida.

Eneida en el Hogar de María. 



Poco después de su aborto, Eneida fue consolada por una enfermera que le dio un rosario y le aseguró que la Virgen seguía esperándola. Entre otros lugares, encontró paz y ayuda para mantener a sus otros hijos en Hogar de María. 

Pero pasados los días, terminó de recuperarse de la hemorragia. Ahora era como una de las miles de "muertas en vida" que, tras abortan se encuentran "como en un limbo, perturbadas".

Pero ella tenía dos hijos. Tenía que seguir adelante. Así que decidió "echar tierra" sobre el pasado, ocultarlo y comenzar una nueva vida.

Vuelta a empezar, pero con "diosidencias"

La historia se repitió. Conoció a otro chico, trató de llenar su vacío con él, comenzó una relación de siete meses, sufrió maltratos… y supo que estaba, de nuevo, embarazada.

Pero estaba decidida a no repetir el mismo capítulo de su vida y, por el contrario, "encaminarse en la fe y volver a ser la que era". Ahora tenía buenas consejeras, algunas amigas cristianas que de inmediato la dirigieron a 40 Días por la Vida.

"Me pareció extraño cuando me llamó Ana (una voluntaria). Habló conmigo. Siempre pensé que era muy difícil que a una mujer le feliciten por estar embarazada, pero ella lo hizo y me pareció sorprendente. Y mis amigas en la fe me decían lo mismo, que era una bendición", recuerda con sorpresa.

"No estás sola. Podemos ayudarte"

"No vas a estar sola. Rezaremos por ti, te vamos a apoyar y estarás bien", le dijo la voluntaria de 40 Días por la Vida, actualmente en plena campaña de oración de otoño ante las clínicas.

Inscríbete aquí en la campaña de oración de 40 Días por la Vida para rezar por más madres como Eneida: ya son (al menos) 186 los bebés salvados en esta campaña, que finaliza el 5 de noviembre. 

A 40 Días le siguieron otras organizaciones como Hogar de María o Lazos de Amor Mariano.



Voluntarias de 40 Días por la Vida. 

Voluntarias de 40 Días por la Vida rezando ante la clínica Dator en una de sus campañas de oración. 

"Siempre me apoyaron. Cuando estaba de tres meses, decidí tener a este bebé, ser fuerte  y decirle radicalmente a Dios que estaba en sus manos, pidiéndole perdón por mis errores y prometiéndole que confiaría y le sería fiel", recuerda.

Por último, Eneida se confesó, sumando a su cartera de "apoyos" el de la misma Iglesia. Junto con 40 Días, Lazos de Amor Mariano o Hogar de María, recuerda su ayuda como "una forma de levantarme" hasta que nació su bebé, Mariana, hoy de 4 meses.

Concluye dedicando un mensaje "a todas esas mujeres que están aquí en España o en otros países" y que se plantean abortar: "Tenéis apoyo. Están las fundaciones de ayuda. Yo no quise ver más allá, pero el Señor está ahí".

Fuente:Religión en Libertad

lunes, 30 de octubre de 2023

Santo Evangelio 30 de Octubre 2023

 


Texto del Evangelio (Lc 13,10-17):

 En aquel tiempo, estaba Jesús un sábado enseñando en una sinagoga, y había una mujer a la que un espíritu tenía enferma hacía dieciocho años; estaba encorvada, y no podía en modo alguno enderezarse. Al verla Jesús, la llamó y le dijo: «Mujer, quedas libre de tu enfermedad». Y le impuso las manos. Y al instante se enderezó, y glorificaba a Dios.

Pero el jefe de la sinagoga, indignado de que Jesús hubiese hecho una curación en sábado, decía a la gente: «Hay seis días en que se puede trabajar; venid, pues, esos días a curaros, y no en día de sábado». Le replicó el Señor: «¡Hipócritas! ¿No desatáis del pesebre todos vosotros en sábado a vuestro buey o vuestro asno para llevarlos a abrevar? Y a ésta, que es hija de Abraham, a la que ató Satanás hace ya dieciocho años, ¿no estaba bien desatarla de esta ligadura en día de sábado?». Y cuando decía estas cosas, sus adversarios quedaban confundidos, mientras que toda la gente se alegraba con las maravillas que hacía.



«Pero el jefe de la sinagoga, indignado de que Jesús hubiese hecho una curación en sábado...»


Rev. D. Francesc JORDANA i Soler

(Mirasol, Barcelona, España)

Hoy, vemos a Jesús realizar una acción que proclama su mesianismo. Y ante ella el jefe de la sinagoga se indigna e increpa a la gente para que no vengan a curarse en sábado: «Hay seis días en que se puede trabajar; venid, pues, esos días a curaros, y no en día de sábado» (Lc 13,14).

Me gustaría que nos centráramos en la actitud de este personaje. Siempre me ha sorprendido cómo, ante un milagro evidente, alguien sea capaz de cerrarse de tal modo que lo que ha visto no le afecta lo más mínimo. Es como si no hubiera visto lo que acaba de ocurrir y lo que ello significa. La razón está en la vivencia equivocada de las mediaciones que tenían muchos judíos en aquel tiempo. Por distintos motivos —antropológicos, culturales, designio divino— es inevitable que entre Dios y el hombre haya unas mediaciones. El problema es que algunos judíos hacen de la mediación un absoluto. De manera que la mediación no les pone en comunicación con Dios, sino que se quedan en la propia mediación. Olvidan el sentido último y se quedan en el medio. De este modo, Dios no puede comunicarles sus gracias, sus dones, su amor y, por lo tanto su experiencia religiosa no enriquecerá su vida.

Todo ello les conduce a una vivencia rigorista de la religión, a encerrar su dios en unos medios. Se hacen un dios a medida y no le dejan entrar en sus vidas. En su religiosidad creen que todo está solucionado si cumplen con unas normas. Se comprende así la reacción de Jesús: «¡Hipócritas! ¿No desatáis del pesebre todos vosotros en sábado a vuestro buey o vuestro asno para llevarlos a abrevar?» (Lc 13,15). Jesús descubre el sinsentido de esa equivocada vivencia del sabath.

Esta palabra de Dios nos debería ayudar a examinar nuestra vivencia religiosa y descubrir si realmente las mediaciones que utilizamos nos ponen en comunicación con Dios y con la vida. Sólo desde la correcta vivencia de las mediaciones podemos entender la frase de san Agustín: «Ama y haz lo que quieras».

Una infancia de horror, una juventud en antros gay... ante el Santísimo le derrumbó el amor de Dios



 Una infancia de horror, una juventud en antros gay... ante el Santísimo le derrumbó el amor de Dios

David, en su entrevista en Creo TV.

A David le cuesta evitar las lágrimas en varios momentos de la entrevista, sobre todo al evocar el momento el que experimentó el amor de Dios. Foto: captura Creo TV.

Cuando, al inicio de un reciente capítulo de El Buscador (Creo TV), Álex Navajas anuncia que va a tratarse de un testimonio "muy impactante", no exagera.

A su lado se sienta David Espitia, mexicano, quien durante mucho tiempo solo conoció una vida de pesadilla, con años de maltrato y abuso sexual en la infancia seguidos con una juventud quemada en las adicciones: la bebida, la droga y, sobre todo, el sexo gay. Solo hace diez años que el amor de Dios le libró de todas esas cargas.

Y resulta, en efecto, impactante ver sus lágrimas y escuchar su voz entrecortada al evocarlo.

El infierno

Creció en un hogar extremadamente disfuncional, donde sus padres no conocían ni les enseñaron "el temor de Dios". Entonces "el mal entra y lo destroza todo". Su padre daba tales palizas a su madre que llegó a romperle la nariz y los dientes. Hacía lo mismo con sus hijos, seis, de los cuales David es el menor, a varios años de sus hermanos. Alcohólico y cocainómano, tuvo hijos fuera del matrimonio y fue continuamente infiel a su esposa, a quien transmitió enfermedades venéreas, además de provocarle un aborto.

La madre se desquitaba de ese horror con sus hijos, maltratándoles también, física y emocionalmente: nunca besaba ni acariciaba voluntariamente a David, y cuando éste le contó que habían abusado sexualmente de él a los 8 años, su comentario fue terrible: "¡Pero bien que te gustó, cabrón!". Los hermanos mayores, que se peleaban incluso a machetazos, acabaron pegándole a ella también.

Ese abuso sexual al que nadie prestó atención ni puso remedio fue la gran tragedia que marcó la vida de David. Duró varios años, primeramente a manos de niños de su entorno mayores que él: su propia hermana, un primo, un conocido... Él callaba por vergüenza, desconocedor de hasta qué punto aquello iba a marcarle: "Yo no sabía que iba a dejarme secuelas. Nunca te imaginas lo que va a pasar más adelante por esa herida. Fue un quebrantamiento total".

David tomaba un cuadro de Jesús que tenía su madre, se enjugaba las lágrimas y se las pegaba al Cristo mientras le decía: "No quiero que me hagan eso, no quiero ser así".

Había sido bautizado e hizo la Primera Comunión por deseo materno, pero, arrastrados por su padre, acudían a los servicios protestantes. David abrigaba resentimiento hacia Dios, preguntándole dónde estaba cuando su padre agredía a su madre o cuando le violaban a él. "Es lo que te mete el demonio, el odio a Dios", comprendió luego, aprovechándose el diablo de su mal: "Nunca hubo nadie que se interesara por mí", lamenta.

Sexo gay: "Ya no podía parar"

El continuo abuso le hipersexualizó desde muy pequeño. A los 11 años consumía las revistas y películas pornográficas que había en casa, y a los 13 empezó a abusar de niños menores que él, imitando el comportamiento que él había sufrido: “No sentía remordimiento, sentía odio y coraje. No me importaba. No había sensibilidad en mí, no distinguía entre el bien y el mal”.

Con 15 años, David ya no pensaba en otra cosa que en el sexo gay. Con quien fuese. Todos los días, de regreso de sus estudios, dedicaba hora u hora y media en el metro de Ciudad de México a buscar con quién irse a un lugar solitario o incluso a las mismas casas de aquellos desconocidos: "Ya no podía parar". Le daba igual un niño que un hombre de 90 años: "Yo quería más".

Salió con alguna chica "para aparentar", pero al cumplir los 18 tuvo su primera pareja estable (aunque no le era fiel y mantenía su promiscuidad) y a los 21 salió del armario y empezó a frecuentar "antros gay".

"Crees que eres feliz, piensas 'ya encontré de dónde soy, ya encontré dónde puedo encajar, ya encontré quién me puede entender'. Todo tu entorno te aplaude: 'Así eres, así naciste'... Pero no sabía que esto me iba a llevar a algo cada vez peor: iba incrementando las adicciones e iba creciendo el vacío", confiesa.

Durante los años que mantuvo este estilo de vida tuvo ocho o nueve parejas, pero mantenía sus infidelidades. En un fin de semana en los "cuartos oscuros" de aquellos antros podía estar con cinco o seis, y entre semana acudía a saunas o baños de las estaciones de autobuses, e incluso a la prostitución (pagando o cobrando). Frecuentó toda la oferta de ese mundo: playas gay, strippers, hoteles gay, espectáculos de sexo en vivo, travestismo, drag queens: "Como te deja vacío, piensas ¿qué más hay? Y empiezas con el alcohol. Y como tampoco te llena, con las drogas".

"¡Si existes, sácame de esto!"

David tocó fondo a los 28 años, un día como tantos otros, a las seis de la mañana, al regresar a su casa tras una noche en un antro, drogado y alcoholizado.






camina solo por la calle solitaria, de noche.

David pasaba noches enteras de autodestrucción en antros gay. Foto (contextual): Aliagha Shirinov / Unsplash.

Fue consciente de su vacío y se echó a llorar, algo que no hacía desde niño. Y por primera vez se dirigió a Dios:  "¡Si existes, sácame de esto!". Al expresarse así, sintió "un amor" que nunca había sentido, lloró hasta el agotamiento y se durmió.

A la mañana siguiente y durante unos años más, su vida continuó igual, pero algo había cambiado con aquella primera oración: "Cuando tú le das a Dios esa libertad, al decirle 'Te necesito', Dios va a buscar el lugar, el momento y la circunstancia para que tú tengas un encuentro con Él. Pero se lo tienes que pedir". Su promiscuidad no se frenó entonces, pero... "Él ya me había escuchado y dijo: 'Voy a buscarte'”.

Y así fue, cuatro o cinco años después. Tenía un amigo católico que le hablaba de Dios y a quien escuchaba con paciencia, sobre todo por complacerle, porque le caía bien. Hubo un par de conversaciones que le "tocaron": "Me dije, 'qué interesante lo que me dice de Dios'". Él no sabía que su amigo llevaba un año rezando por él todos los días. Al cabo de un tiempo le propuso acudir a un retiro.

El encuentro

Eran tres días. Por curiosidad, y no teniendo mejor plan ese fin de semana, le dijo que sí. Eso sí, al primer crucifijo que se encontró, le dejó claras sus intenciones: "No sé si existes. Pero no voy a dejar ni el alcohol ni la droga ni a mi pareja. Aquí vengo solo a ver qué se siente".

El primer día lo pasó queriéndose ir, pero en el segundo le hicieron mella las charlas: "Los laicos que predicaron tenían la fuerza del Espíritu Santo. Tenían tanta fuerza de Dios, que cada cosa que iban diciendo me golpeaba. Me empezaron a sensibilizar. Me hablaron del amor de Dios, pero también me denunciaron el pecado, algo que nadie me había dicho. Me hicieron ver -perdón por la palabra- la mierda que yo era a los ojos de Dios. Empecé a limpiarme las lagrimitas cuando ellos predicaban".

Era el 15 de junio de 2014, sobre las ocho de la tarde. Había Adoración al Santísimo. David, cuyas pocas ideas cristianas eran de origen evangelista, no sabía por qué los presentes se arrodillaban ante aquella "bolita blanca" a medida que pasaba el sacerdote con la Custodia, pero les imitó.

Cuando el Cuerpo de Cristo pasó a su lado, se produjo la transformación, una experiencia "tan sobrenatural, tan fuerte, tan personal" que no puede explicarla, "una fuerza interior y un amor en un instante" que le arrancaron lágrimas sin fin.


Empezó a llorar, pero trató primero de buscar la lógica de aquel “Soy yo, Jesús, y te amo” que había sentido: "Sabía que era Jesús, yo sabía que estaba ahí en la Eucaristía y fue tanto el llorar que me dolían la quijada y el abdomen. Era un llanto de amor, se sentir el amor y la misericordia de Dios. Dios nunca me dijo violador, travesti, drogadicto, nunca sentí  eso de Él. Él solamente me dijo: 'Hijo, te amo. Bienvenido a casa. Te estaba esperando'. [Se emociona y se le entrecorta la voz.] Fui un niño muy herido... Refugiarte en el alcohol, degradar tu cuerpo en la prostitución... y que alguien te quiera... ¿De verdad alguien me quiere? Es muy fuerte... Porque no esperas que Dios exista, y que un Dios te ame... Yo no podía creerlo... No podía creer la misericordia. Es como si mi pecado no existiera. Y no me sentí juzgado... Ahí comprendí que Jesús dejó a las 99 por ir a buscarme... [Cfr. Lc 15, 3] Tanto amor sentí que tuve que decirle que parara, por el dolor físico que sentía en la quijada y el abdomen".

Cuando Dios "paró", David pudo respirar. Luego levantó los ojos y le dijo: "Te ofrezco mi castidad si tú me haces sentir este amor siempre. Yo sé que con Dios no se negocia", ríe, "pero yo tenía que pedirle que aquello no me lo quitase".

Al día siguiente hizo una larga confesión. Se quitó "un peso de encima" y estaba como "borracho de amor". Al salir del retiro, lo primero que hizo fue llamar a su padre, con quien no hablaba hacía años. "Papá", le dijo, "quiero decirte que te amo, que me perdones por haberte odiado [David llora]... Se me quitó otro peso de encima, porque el perdón te hace libre. Mi papá lloró. Cuando lo vi lo pude abrazar".

Rompió con su pareja. Durante año y medio el cambio fue muy duro y hubo alguna recaída en sus adicciones, pero no en su determinación, porque al caer se confesaba y volvía a la pelea: "Salir del mundo para entrar en la gracia es un proceso muy difícil porque yo era un adicto.  Me quería agarrar de Dios de una mano y del pecado de otra, no quería soltarlo. Pero Dios ya había sembrado la semilla y me fue llevando a grupos, a las personas correctas, a los sacerdotes correctos".

Los instrumentos que Dios nos da

"Busqué por internet algo que me aumentara la fe. Y encontré el Rosario", celebra David. Lo rezó guiado por las instrucciones que leyó, pues ni conocía las oraciones: "Cuando dije Dios te salve, María... ya no pude seguir, lloré tanto de amor… Lo que sentí en el retiro lo volví a sentir con un Avemaría". Tardó una hora en completarlo, por ese motivo. Y durante tres meses, vivió esa experiencia, y se hizo "adicto al Rosario".

Hasta que un día no le sucedió esa explosión de amor al rezarlo. Consternado, acudió a la iglesia a preguntarle a Dios qué había pasado y, al comulgar, sintió el amor que se le había negado en el Rosario: "María me llevó a Jesús".  

Por ese motivo, David es un apóstol de la comunión diaria, que es lo que, con las disposiciones exigidas, recomienda a los jóvenes con adicciones a quienes ayuda ahora: "Les digo: si tú quieres gatear, ve a misa dominical y reza el rosario diario; pero  si quieres caminar más rápido, comulga a diario".

Y lo razona con contundencia: "No sabes si mañana despertarás. También en las cosas de Dios hay que ser disciplinado, porque nuestra salvación está en juego. Si el alma es lo más importante, es lo que tengo que alimentar a diario. Si comulgo a diario, no voy a ser yo, sino Cristo quien viva en mí (cfr. Gál 2, 20). Cada vez vas a tener mayor discernimiento en distinguir entre el bien y el mal, porque te estás llenando cada vez más de Jesús".

Por eso anima a usar los instrumentos que Dios nos ha dado: "No puedo desaprovechar el rosario, no puedo desaprovechar el ayuno, no puedo desaprovechar la oración. ¿Hay peligro de recaída? Totalmente. La lucha no acaba hasta que te mueres. Para no caer, lo primero es la gracia de Dios. Pero, en mi libertad, yo tengo las armas que Dios me dio para que Él me dé la fuerza de no recaer".

Fuente; Religión en libertad