martes, 3 de diciembre de 2019

Santo Evangelio 3 de diciembre 2019



Día litúrgico: Martes I de Adviento


Texto del Evangelio (Lc 10,21-24): En aquel momento, Jesús se llenó de gozo en el Espíritu Santo, y dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; y quién es el Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar». Volviéndose a los discípulos, les dijo aparte: «¡Dichosos los ojos que ven lo que veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron».


«Te bendigo, Padre»

Abbé Jean GOTTIGNY 
(Bruxelles, Bélgica)

Hoy leemos un extracto del capítulo 10 del Evangelio según san Lucas. El Señor ha enviado a setenta y dos discípulos a los lugares adonde Él mismo ha de ir. Y regresan exultantes. Oyéndoles contar sus hechos y gestas, «Jesús se llenó del gozo del Espíritu Santo y dijo: ‘Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra’» (Lc 10,21). 

La gratitud es una de las facetas de la humildad. El arrogante considera que no debe nada a nadie. Pero para estar agradecido, primero, hay que ser capaz de descubrir nuestra pequeñez. “Gracias” es una de las primeras palabras que enseñamos a los niños. «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios e inteligentes, y se las has revelado a los pequeños» (Lc 10,21). 

Benedicto XVI, al hablar de la actitud de adoración, afirma que ella presupone un «reconocimiento de la presencia de Dios, Creador y Señor del universo. Es un reconocimiento lleno de gratitud, que brota desde lo más hondo del corazón y abarca todo el ser, porque el hombre sólo puede realizarse plenamente a sí mismo adorando y amando a Dios por encima de todas las cosas».

Un alma sensible experimenta la necesidad de manifestar su reconocimiento. Es lo único que los hombres podemos hacer para responder a los favores divinos. «¿Qué tienes que no hayas recibido?» (1Cor 4,7). Desde luego, nos hace falta «dar gracias a Dios Padre, a través de su Hijo, en el Espíritu Santo; con la gran misericordia con la que nos ha amado, ha sentido lástima por nosotros, y cuando estábamos muertos por nuestros pecados, nos ha hecho revivir con Cristo para que seamos en Él una nueva creación» (San León Magno).

Siete curaciones y más hechos increíbles, entre las pruebas del favor divino a la Medalla Milagrosa

Oración en el santuario de la Medalla Milagrosa en la Rue du Bac de París.

Fue revelada por la Virgen a Santa Catalina Labouré hace casi dos siblos

Siete curaciones y más hechos increíbles, entre las pruebas del favor divino a la Medalla Milagrosa

Oración en el santuario de la Medalla Milagrosa en la Rue du Bac de París.

La Medalla Milagrosa, revelada por la Virgen María a Santa Catalina Labouré hace casi dos siglos, ha demostrado desde entonces que hace honor a su nombre, como recoge Cari Filii:

Cada 27 de noviembre se celebra la fiesta de la Virgen de la Medalla Milagrosa, una devoción mariana relativamente reciente pero que se extendió rápidamente por todo el mundo provocando por un lado un mayor amor a María y por otro innumerables gracias a los fieles devotos.

Tal día como hoy hace 189 años se aparecía la Virgen María a una joven monja, Santa Catalina Labouré y le entregó el regalo de la Medalla Milagrosa para que la compartiera con todo el mundo. En esta aparición la Virgen le mostró cómo debería ser esta Medalla Milagrosa.

Con el permiso de la Iglesia, las primeras medallas se hicieron y distribuyeron en París en 1832. Aunque originalmente se conocía como la Medalla de la Inmaculada Concepción, se asoció con tantos milagros y bendiciones, que finalmente se popularizó como la Medalla Milagrosa. Y muchos cristianos que la poseen a día de hoy, todavía experimentan muchas de estas gracias.

Estos son únicamente siete milagros que se han atribuido al increíble poder detrás de las medallas y que recoge Beliefnet:

Milagro en el corredor de la muerte

Uno de los milagros más increíbles de la Medalla Milagrosa se produjo en una cárcel de Mississippi en 1943. El joven de 20 años Claude Newman estaba en el corredor de la muerte por disparar al abusador de su abuela y le preguntó a otro recluso qué llevaba puesto alrededor del cuello. El interno arrojó la medalla al suelo y le dijo a Claude que podía tenerla. Poco después de que el joven se colocara la medalla alrededor del cuello, la Virgen María, a quien Claude describió como la mujer más hermosa que Dios había hecho, se le apareció y le dijo que si quería ser su hijo debería pedir un sacerdote. Lo hizo de inmediato.

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Junto con otros cuatro prisioneros a los que Claude les contó su historia se preparó para ser bautizado. Cuando compartió con el sacerdote y los otros hombres la idea del profundo perdón que se encuentra en la Confesión, el sacerdote se sorprendió de que la Virgen hubiera visitado a Claude nuevamente.

Para demostrar que estaba diciendo la verdad le recordó al sacerdote un voto de 1940 que había hecho a María de que construiría una iglesia en su honor si sobrevivía a una situación que amenazaba su vida. Claude fue bautizado cuatro días antes de la fecha prevista de ejecución en 1944. Debido a que el joven estaba tan feliz de ir al cielo, su última solicitud fue celebrar una fiesta. La ejecución se suspendió dos semanas y el preso se entristeció por lo que el sacerdote tuvo que consolarlo. Ya el día de su ejecución este joven dejó sorprendidos a todos los presentes al estar contento mientras era colocado en la silla eléctrica.

El milagro de la viuda

En 1834, tan sólo dos años después de que las primeras copias de la Medalla Milagrosa fueran distribuidas por París, las noticias de la medalla habían viajado por toda Francia. Una de las mujeres que supo de ellas fue una viuda de 70 años que había ingresado en el hogar de ancianos de Saint-Maur después de una terrible caída en agosto de 1833. No solo tenía que arrastrar la pierna izquierda, sino que necesitaba ayuda para caminar, y serías dificultades para sentarse y volver a levantarse. Cuando se enteró de la medalla solicitó una y se llenó de esperanza.

Tan pronto como la recibió fue a confesar. Al día siguiente, que era el primer viernes del mes, recibió la Sagrada Eucaristía y comenzó a rezar una novena a los Sagrados Corazones de Jesús y María. También veneraba la medalla, que llevaba alrededor del cuello, 20 veces al día. El séptimo día de la Novena ya no sentía dolor alguno. Todos en el hogar de ancianos se sorprendieron cuando comenzó a caminar sin ayuda. Después de haber recibido esta gracia incluso pudo subir escaleras y arrodillarse.


 La Virgen se apareció a Santa Catalina Labouré en la Rue du Bac de París.

Recuperación milagrosa

En 1836 la Medalla Milagrosa ya había sobrepasado las fronteras de Francia y se había extendido por toda Europa. En enero de ese año, un sacerdote en Italia colocó secretamente una medalla bajo la almohada de un hombre de 27 años que se había vuelto indiferente sobre su fe. Aunque se estaba muriendo de neumonía no quería arrepentirse de sus pecados ni volver el rostro a Dios. Como el sacerdote y un capellán no habían logrado convencerlo de que lo hiciera, el sacerdote le dio un tiempo al joven para que reflexionara sobre lo que habían hablado con él.

Antes de que el sacerdote regresara, el joven se reconcilió con su madre y le pidió que llamara al sacerdote, porque quería renunciar a los pecados de su pasado y volver a su fe. Cuando el sacerdote le mostró la medalla y se la dio, el joven comenzó a besarla devotamente. Con remordimiento, confesó sus pecados y recibió la absolución, y también recibió los últimos ritos. Pero para asombro de todos comenzó a sentirse mejor y se recuperó por completo en pocos días. Se quedó con la medalla y con frecuencia la besó con gran devoción y gratitud a Dios y a la Santísima Madre.

Milagro de la vista

También en 1836 se produciría otro hecho extraordinario, en este caso en Bélgica. Rosalie Ducas, una niña sana de apenas cuatro años, perdió repentinamente la vista el 9 de noviembre de 1835. Perder la vista de esta manera fue traumático para la pequeña, y al darse cuenta de que la necesitaba ayuda celestial, el párroco de Jodoigne-la-Soveraine le dio a la madre de la niña una Medalla Milagrosa.

El 11 de junio de 1836, la mujer colocó otra medalla alrededor del cuello de su hija y comenzó a rezar una novena. A las seis horas dejó de quejarse del dolor. En el cuarto o quinto día de la novena, Rosalie abrió los ojos. Los padres se sintieron tan esperanzados que rezaron aún más. Para asombro de Rosalie, sus padres y el sacerdote, la niña recuperó la vista el noveno día de la novena.

Curación de una enferma mental

A finales de 1837 la Medalla Milagrosa ya estaba por todo el mundo, también en China donde se produjo otro hecho extraordinario gracias al mártir San Juan Gabriel Perboyre, canonizado por San Juan  Pablo II, y que estando en misión en Ho-Nan le dio la medalla a una mujer con problemas mentales.

Resultado de imagen de Juan Gabriel Perboyre

Este santo sería más tarde encarcelado, torturado durante aproximadamente un año y martirizado en 1840 debido a su fe cristiana. En todo ese tiempo fue informado por otros católicos sobre la mujer a la que había dado la Medalla Milagrosa. Le dijeron al sacerdote que ella quería desesperadamente que él escuchara su confesión. Aunque era casi imposible para ella hacer una confesión coherente, él compasivamente aceptó escucharla. Aunque ella no sabía lo qué era, el santo le dio la Medalla Milagrosa para que pudiera estar bajo la protección de la Santísima Madre. Solo cuatro o cinco días después esta mujer estaba totalmente curada. 

El milagro del helado

A pesar de las enormes gracias que siempre han acompañado a la Medalla Milagrosa, muchos en la Iglesia no creían realmente en su poder. El jesuita John A. Hardon era una de esas personas. No mucho después de ser ordenado un religioso vicentino le alentó a promover la Medalla Milagrosa asegurando que la Virgen hace numerosos milagros a través de ella. El padre Hardon para ser educado realizó un folleto sobre estas medallas pero nunca quiso uno para él.

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Sin embargo, en 1948 cuando el sacerdote de los Estados Unidos se encontró con un niño de diez años que estaba en coma tras un accidente en trineo decidió ver si sería útil. Una hermana que trabajaba en el hospital encontró una así como una cinta que el sacerdote podía usar para colgarla del cuello del pequeño. Aunque el niño tenía un daño cerebral permanente e inoperable, el sacerdote leyó la oración que lo inscribió en la Cofradía de la Medalla Milagrosa. Tan pronto como terminó la oración, el niño abrió los ojos y le pidió helado a su madre. Era la primera vez que hablaba en casi dos semanas. Nuevas radiografías mostraron que el daño cerebral había desaparecido, y fue dado de alta del hospital tras tres días. Al igual que el niño y su familia, la vida del sacerdote y su creencia en la medalla cambiaron para siempre.

Milagro del ascensor

En la década de 1950, en la entonces Checoslovaquia comunista, un adolescente recibió una Medalla Milagrosa de un seminarista clandestino. Pese al riesgo de llevar símbolos religiosos, este joven decidió colocar la medalla en su cuello y utilizarla mientras trabajaba un verano en una construcción. Cuando su supervisor le dijo que se lo quitara, continuó usándolo.

Al día siguiente, cayó en un agujero que contenía el motor con ruedas, engranajes y correas en movimiento de un montacargas poco sofisticado que permitía a los trabajadores de la construcción transportar materiales a los pisos superiores del edificio de apartamentos que se estaba construyendo. Sus compañeros de trabajo lograron sacarlo y atónitos vieron que resultó ileso. Pudo levantarse y seguir trabajando. Y creía fervientemente que era la protección de la Santísima Madre, recibida a través de la medalla, lo que lo mantuvo a salvo.

Publicado originalmente en el portal mariano Cari Filii.

Fuente: Religión en Libertad

lunes, 2 de diciembre de 2019

Santo Evangelio 2 de diciembre 2019



Día litúrgico: Lunes I de Adviento

Texto del Evangelio (Mt 8,5-11): En aquel tiempo, habiendo entrado Jesús en Cafarnaúm, se le acercó un centurión y le rogó diciendo: «Señor, mi criado yace en casa paralítico con terribles sufrimientos». Dícele Jesús: «Yo iré a curarle». Replicó el centurión: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano. Porque también yo, que soy un subalterno, tengo soldados a mis órdenes, y digo a éste: ‘Vete’, y va; y a otro: ‘Ven’, y viene; y a mi siervo: ‘Haz esto’, y lo hace». 

Al oír esto Jesús quedó admirado y dijo a los que le seguían: «Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie una fe tan grande. Y os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se pondrán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los Cielos».


«Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie una fe tan grande»

Rev. D. Joaquim MESEGUER García 
(Rubí, Barcelona, España)

Hoy, Cafarnaúm es nuestra ciudad y nuestro pueblo, donde hay personas enfermas, conocidas unas, anónimas otras, frecuentemente olvidadas a causa del ritmo frenético que caracteriza a la vida actual: cargados de trabajo, vamos corriendo sin parar y sin pensar en aquellos que, por razón de su enfermedad o de otra circunstancia, quedan al margen y no pueden seguir este ritmo. Sin embargo, Jesús nos dirá un día: «Cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25,40). El gran pensador Blaise Pascal recoge esta idea cuando afirma que «Jesucristo, en sus fieles, se encuentra en la agonía de Getsemaní hasta el final de los tiempos».

El centurión de Cafarnaúm no se olvida de su criado postrado en el lecho, porque lo ama. A pesar de ser más poderoso y de tener más autoridad que su siervo, el centurión agradece todos sus años de servicio y le tiene un gran aprecio. Por esto, movido por el amor, se dirige a Jesús, y en la presencia del Salvador hace una extraordinaria confesión de fe, recogida por la liturgia Eucarística: «Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa: di una sola palabra y mi criado quedará curado» (cf. Mt 8,8). Esta confesión se fundamenta en la esperanza; brota de la confianza puesta en Jesucristo, y a la vez también de su sentimiento de indignidad personal, que le ayuda a reconocer su propia pobreza.

Sólo nos podemos acercar a Jesucristo con una actitud humilde, como la del centurión. Así podremos vivir la esperanza del Adviento: esperanza de salvación y de vida, de reconciliación y de paz. Solamente puede esperar aquel que reconoce su pobreza y es capaz de darse cuenta de que el sentido de su vida no está en él mismo, sino en Dios, poniéndose en las manos del Señor. Acerquémonos con confianza a Cristo y, a la vez, hagamos nuestra la oración del centurión.

¿Anticuada? «Sigo siendo una hipster», dice Sor Jess, ingeniera, feliz de llevar su hábito de monja

Sor Jess Lambert quiso servir a Dios desde niña, pero solo con sus estudios ya cumplidos y la vida aparentemente encarrilada supo lo que Dios quería de ella.

Sor Jesus Lambert quiso servir a Dios desde niña, pero solo con sus estudios ya cumplidos y la vida aparentemente encarrilada supo lo que Dios quería de ella.

¿Anticuada? «Sigo siendo una hipster», dice Sor Jess, ingeniera, feliz de llevar su hábito de monja

"Crecí sin ver más monjas que las de Sister act [Una monja de cuidado / Cambio de hábito] y Sonrisas y lágrimas [The sound of music / La novicia rebelde]. Y en Sonrisas y lágrimas ella ni siquiera acaba siendo monja", confiesa Jess Lambert, que lleva el hábito de las Franciscanas de la Eucaristía, la misma congregación a la que pertenece Stephanie Baliga, la corredora de maratones a quien ReL consagró recientemente un artículo.

Aunque Jess nació en una familia católica de Elmhurst (ciudad residencial en el oeste de Chicago), en casa nunca hablaron mucho de la fe y no estudió en un colegio de la Iglesia. Iban a misa, pero "como una cosa más de la lista de tareas del domingo". Con su abuela materna, que era muy religiosa, las cosas eran distintas, rezaban de vez en cuando juntas el rosario: "Ella me enseñó desde pequeña a tener amistad con Jesús".

La hermana Jess siempre quiso servir a Dios, pero no sabía cómo. Pensó estudiar ingeniería en África para ayudar allí con la construcción de infraestructuras, pero al final lo hizo en la Universidad de Illinois: "La intención de servir a Dios con ello estaba ahí, pero no pensaba en ser monja como forma de servirLe", confiesa en una entrevista en la CBS.



Nada más concluir los estudios encontró trabajo en una empresa que auditaba edificios para mejorar su eficiencia energética: "Vivía en mi apartamento, tenía mis propios ingresos y podía tomar mis decisiones. Me encantaba. Pero mi corazón seguía echando algo en falta".


No le disgustaba casarse y tener hijos, pero sentía que Dios le pedía algo más: "Los millennials buscamos la autenticidad, buscamos una relación real, un objetivo real y un sentido a la vida", confiesa.

Ella decidió hacer esa búsqueda en oración. Al acercarse la festividad de la Inmaculada Concepción, prometió a la Virgen hacer la novena rezando una hora durante los nueve días previos para pedir alguna señal o inspiración que le aclarase cuál era Su voluntad para ella.



Al llegar la festividad, se sentía un poco decepcionada porque nada había sucedido que le clarificase las cosas. El noveno día, rezando en una capilla donde estaba a oscuras y sola, inclinada en oración de rodillas y con las manos en la cara, levantó la vista hacia un cuadro de la Última Cena que había tras el altar: "Jesús tenía el pan en las manos, pero a mí se me pareció a otro cuadro que vi en Instagram, y era como si en las manos lo que tuviese fuera una corona de rosas sobre un velo". Recordó enseguida dónde había visto aquello antes: en una profesión de votos a la que había asistido en Nueva York.



Jess lo entendió como la señal que había pedido: "Desde el primer momento me volví a Él y le dije, 'Jesús, parece que quieres que sea religiosa, y si eso es lo que Tú quieres, eso es lo que yo quiero'. Desde ese momento desapareció cualquier sentimiento de pérdida de tiempo, de confusión o de duda". Empezó a vivir un "sentimiento de paz que fue creciendo hasta ser también un sentimiento de alegría".

"Dios nos creó para que Le sirvamos y amemos y nos posibilitó hacerlo a través de su HIjo", añade, "por eso animo a todos a arriesgarse a amar a Jesús".


Enfundada de arriba abajo en su hábito marrón, el periodista de la CBS le pregunta si no se siente anticuada: "Alguna vez me lo han llamado, pero no creo que sea apropiado. ¡Sigo siendo una hipster!", bromea.



Las Franciscanas de la Eucaristía son una congregación nacida en el siglo XXI y con un buen número de vocaciones jóvenes.


Sor Jess hizo los votos definitivos este otoño en la pequeña y joven congregación de los Franciscanos de la Eucaristía de Chicago, fundados por el padre Bob Lombardo en 2005 a petición del cardenal arzobispo Francis George, quien los erigió canónicamente en 2010. Su finalidad es servir a los más pobres en sus necesidades materiales  y también enseñar religión en los colegios de las zonas más desfavorecidas: "Se trata de responder a la llamada de Dios todos los días con nuestras buenas acciones, y de amarle amando a los demás", concluye.

Fuente: Religión en Libertad

domingo, 1 de diciembre de 2019

Santo Evangelio 1 de diciembre 2019



Día litúrgico: Domingo I (A) de Adviento


Texto del Evangelio (Mt 24, 37-44): En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Como en los días de Noé, así será la venida del Hijo del hombre. Porque como en los días que precedieron al diluvio, comían, bebían, tomaban mujer o marido, hasta el día en que entró Noé en el arca, y no se dieron cuenta hasta que vino el diluvio y los arrastró a todos, así será también la venida del Hijo del hombre. Entonces, estarán dos en el campo: uno es tomado, el otro dejado; dos mujeres moliendo en el molino: una es tomada, la otra dejada. 

»Velad, pues, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Entendedlo bien: si el dueño de casa supiese a qué hora de la noche iba a venir el ladrón, estaría en vela y no permitiría que le horadasen su casa. Por eso, también vosotros estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre».


«Velad (...) porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor»

Mons. José Ignacio ALEMANY Grau, Obispo Emérito de Chachapoyas 
(Chachapoyas, Perú)

Hoy, «como en los días de Noé», la gente come, bebe, toma marido o mujer con el agravante de que el hombre toma hombre, y la mujer, mujer (cf. Mt 24,37-38). Pero hay también, como entonces el patriarca Noé, santos en la misma oficina y en el mismo escritorio que los otros. Uno de ellos será tomado y el otro dejado porque vendrá el Justo Juez.

Se impone vigilar porque «sólo quien está despierto no será tomado por sorpresa» (Benedicto XVI). Debemos estar preparados con el amor encendido en el corazón, como la antorcha de las vírgenes prudentes. Se trata precisamente de eso: llegará el momento en que se oirá: «¡Ya está aquí el esposo!» (Mt 25,6), ¡Jesucristo! 

Su llegada es siempre motivo de gozo para quien lleva la antorcha prendida en el corazón. Su venida es algo así como la del padre de familia que vive en un país lejano y escribe a los suyos: —Cuando menos lo esperen, les caigo. Desde aquel día todo es alegría en el hogar: ¡Papá viene! Nuestro modelo, los Santos, vivieron así, “en la espera del Señor”.

El Adviento es para aprender a esperar con paz y con amor, al Señor que viene. Nada de la desesperación o impaciencia que caracteriza al hombre de este tiempo. San Agustín da una buena receta para esperar: «Como sea tu vida, así será tu muerte». Si esperamos con amor, Dios colmará nuestro corazón y nuestra esperanza.

Vigilen porque no saben qué día vendrá el Señor (cf. Mt 24,42). Casa limpia, corazón puro, pensamientos y afectos al estilo de Jesús. Benedicto XVI explica: «Vigilar significa seguir al Señor, elegir lo que Cristo eligió, amar lo que Él amó, conformar la propia vida a la suya». Entonces vendrá el Hijo del hombre… y el Padre nos acogerá entre sus brazos por parecernos a su Hijo.

¡Salgamos! ¡Viene el Señor!




¡SALGAMOS! ¡VIENE EL SEÑOR!

Por Javier Leoz

Son tantos nubarrones los que se ciernen en el horizonte del bienestar, tantos malos augurios sobre el presente y el futuro (casi mejor no enumerarlos) que el Adviento, tiempo de preparación a la Navidad, al Nacimiento de Cristo, nos va a venir de perlas para infundirnos aliento y esperanza.

1.- ¿Qué es el Adviento? El adviento nos sitúa en la dirección adecuada. ¡Va a llegar el Señor! Y lo hará desde tres direcciones distintas:

- Desde Dios. Ese Dios que se ha convertido en el gran olvidado de muchas personas. ¿No será precisamente el olvido de Dios causa de tanta ruptura personal, ansiedad, corrupción, abusos infelicidad, insatisfacción, etc.? Os lo dejo a vuestra reflexión

- Desde el hombre. Viene el Señor desde el intento, por parte de Dios, de compartir nuestra humanidad. De hacerse uno como nosotros. Y, esto, produce en nosotros una sensación de alivio: ¡no estamos solos! ¡Dios camina junto a nosotros!

- Desde la esperanza. ¡Pues bendito sea Dios! ¡Por fin, en medio de un mundo decadente en tantos aspectos, Dios nos infunde valor, ánimo, alegría y optimismo!

2.- El Adviento, amigos, no es una repetición de jugada; no es hacer ni celebrar otra vez lo mismo: es dar una nueva oportunidad a la esperanza para que, de lleno, entre en la vida de las personas, en aquellos que buscan y que, mirando hacia el horizonte saben que Dios es lo máximo que puede esperar y encontrar.

3.- El Adviento, más que nunca en el momento en el que nos encontramos, produce paz y sosiego. ¿No sentimos alegría ante la llegada de un amigo? ¿No nos ponemos en pie para ponerlo todo a punto? Qué bueno sería que, así como estamos ya pensando en lista de Navidad, también nos apuntásemos en nuestra agenda aquello en lo que podemos ser más aplicados y mejores vigilantes para que, el Nacimiento de Cristo, lejos de dejarnos indiferentes produzca en nosotros una riada de felicidad, de fe y de esperanza.

4.- A mí, para terminar, se me ocurren algunos puntos:

- No descuidemos nuestra fe personal. Acerquémonos a la escucha de la Palabra de Dios. ¿Tal vez la misa diaria?

- Vigilemos la tarea que Dios nos ha encomendado. Si somos padres, indiquemos a los hijos el camino de la fe. Si somos catequistas, crezcamos primero nosotros antes de animar a los demás, si estamos implicados en la vida activa de la Iglesia preguntémonos ¿en qué tenemos que progresar y qué hemos de desterrar de nuestros trabajos para preparar un digno camino al Señor?

- Cuidemos la oración. El Adviento es una buena oportunidad para recuperar el gusto por el “estar a solas con Dios”. Es hora de que, cada cristiano, cada católico, empiece a recuperar o a iniciarse en el camino de la oración personal. Entre otras cosas, porque el vigilante, sabe que en las horas de más soledad sabe que alguien y sin ruido puede presentarse. Y, es en la oración, donde el Señor se manifiesta de una forma silenciosa, suave y sanadora.

Si en el hombre hay una gran carencia de esperanza; si el mundo es un tren de prisas y de ansiedades; si la atmósfera que respiramos es un cúmulo de incertidumbres… ¿por qué empeñarnos en estar dormidos cuando, el Señor, nos quiere despiertos y con ganas de recibirle?

sábado, 30 de noviembre de 2019

Santo Evangelio 30 de noviembre 2019



Día litúrgico: 30 de Noviembre: San Andrés, apóstol


Texto del Evangelio (Mt 4,18-22): En aquel tiempo, caminando por la ribera del mar de Galilea vio a dos hermanos, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés, echando la red en el mar, pues eran pescadores, y les dice: «Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres». Y ellos al instante, dejando las redes, Le siguieron. Caminando adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan, que estaban en la barca con su padre Zebedeo arreglando sus redes; y los llamó. Y ellos al instante, dejando la barca y a su padre, Le siguieron.


«Os haré pescadores de hombres»

Prof. Dr. Mons. Lluís CLAVELL 
(Roma, Italia)

Hoy es la fiesta de san Andrés apóstol, una fiesta celebrada de manera solemne entre los cristianos de Oriente. Fue uno de los dos primeros jóvenes que conocieron a Jesús a la orilla del río Jordán y que tuvieron una larga conversación con Él. Enseguida buscó a su hermano Pedro, diciéndole «Hemos encontrado al Mesías» y lo llevó a Jesús (Jn 2,41). Poco tiempo después, Jesús llamó a estos dos hermanos pescadores amigos suyos, tal como leemos en el Evangelio de hoy: «Venid conmigo y os haré pescadores de hombres» (Mt 4,19). En el mismo pueblo había otra pareja de hermanos, Santiago y Juan, compañeros y amigos de los primeros, y pescadores como ellos. Jesús los llamó también a seguirlo. Es maravilloso leer que ellos lo dejaron todo y le siguieron “al instante”, palabras que se repiten en ambos casos. A Jesús no se le ha de decir: “después”, “más adelante”, “ahora tengo demasiado trabajo”...

También a cada uno de nosotros —a todos los cristianos— Jesús nos pide cada día que pongamos a su servicio todo lo que somos y tenemos —esto significa dejarlo todo, no tener nada como propio— para que, viviendo con Él las tareas de nuestro trabajo profesional y de nuestra familia, seamos “pescadores de hombres”. ¿Qué quiere decir “pescadores de hombres”? Una bonita respuesta puede ser un comentario de san Juan Crisóstomo. Este Padre y Doctor de la Iglesia dice que Andrés no sabía explicarle bien a su hermano Pedro quién era Jesús y, por esto, «lo llevó a la misma fuente de la luz», que es Jesucristo. “Pescar hombres” quiere decir ayudar a quienes nos rodean en la familia y en el trabajo a que encuentren a Cristo que es la única luz para nuestro camino.