miércoles, 7 de febrero de 2018

Santo Evangelio 7 de febrero 2018



Día litúrgico: Miércoles V del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mc 7,14-23): En aquel tiempo, Jesús llamó a la gente y les dijo: «Oídme todos y entended. Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. Quien tenga oídos para oír, que oiga». 

Y cuando, apartándose de la gente, entró en casa, sus discípulos le preguntaban sobre la parábola. Él les dijo: «¿Así que también vosotros estáis sin inteligencia? ¿No comprendéis que todo lo que de fuera entra en el hombre no puede contaminarle, pues no entra en su corazón, sino en el vientre y va a parar al excusado?» —así declaraba puros todos los alimentos—. Y decía: «Lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas: fornicaciones, robos, asesinatos, adulterios, avaricias, maldades, fraude, libertinaje, envidia, injuria, insolencia, insensatez. Todas estas perversidades salen de dentro y contaminan al hombre».

«Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle»

Rev. D. Norbert ESTARRIOL i Seseras 
(Lleida, España)

Hoy Jesús nos enseña que todo lo que Dios ha hecho es bueno. Es, más bien, nuestra intención no recta la que puede contaminar lo que hacemos. Por eso, Jesucristo dice: «Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre» (Mc 7,15). La experiencia de la ofensa a Dios es una realidad. Y con facilidad el cristiano descubre esa huella profunda del mal y ve un mundo esclavizado por el pecado. La misión que Jesús nos encarga es limpiar —con ayuda de su gracia— todas las contaminaciones que las malas intenciones de los hombres han introducido en este mundo.

El Señor nos pide que toda nuestra actividad humana esté bien realizada: espera que en ella pongamos intensidad, orden, ciencia, competencia, afán de perfección, no buscando otra mira sino restaurar el plan creador de Dios, que todo lo hizo bueno para provecho del hombre: «Pureza de intención. —La tendrás, si, siempre y en todo, sólo buscas agradar a Dios» (San Josemaría).

Sólo nuestra voluntad puede estropear el plan divino y hace falta vigilar para que no sea así. Muchas veces se meten la vanidad, el amor propio, los desánimos por falta de fe, la impaciencia por no conseguir los resultados esperados, etc. Por eso, nos advertía san Gregorio Magno: «No nos seduzca ninguna prosperidad halagüeña, porque es un viajero necio el que se para en el camino a contemplar los paisajes amenos y se olvida del punto al que se dirige».

Convendrá, por tanto, estar atentos en el ofrecimiento de obras, mantener la presencia de Dios y considerar frecuentemente la filiación divina, de manera que todo nuestro día —con oración y trabajo— tome su fuerza y empiece en el Señor, y que todo lo que hemos comenzado por Él llegue a su fin.

Podemos hacer grandes cosas si nos damos cuenta de que cada uno de nuestros actos humanos es corredentor cuando está unido a los actos de Cristo.

Cuatro meses en una cartuja: la experiencia que cambió la forma de afrontar la vida a este sacerdote


Lecciones para la vida cotidiana que valen para todos

Cuatro meses en una cartuja: la experiencia que cambió la forma de afrontar la vida a este sacerdote

El sacerdote, autor del libro, pasó cuatro meses con los cartujos de Calabria (Italia)

Cuatro meses en una cartuja: la experiencia que cambió la forma de afrontar la vida a este sacerdote

En un mundo lleno de ruidos los cartujos son un “rara avis”. Su vida monástica en la que prima el silencio y la austeridad contrastan con la sociedad de la inmediatez y de la tecnología. Sin embargo, la Iglesia Católica lleva años reivindicando el valor del silencio para vivir el presente. Lo hizo Benedicto XVI en varias ocasiones y lo reivindica con especial énfasis en estos momentos el cardenal Sarah.

El silencio y la soledad dan pavor al hombre de hoy. Pero el excesivo ruido puede impedir escuchar a Dios con la claridad necesaria y por ello el silencio es una herramienta básica para acercarse a Él, y esto es algo que saben bien los cartujos. Un sacerdote diocesano que ha pasado cuatro meses con una comunidad de esta exigente orden explica los beneficios que tanto para su ministerio como para el resto de las personas puede tener adaptar a su vida en la medida de lo posible la espiritualidad cartuja.

Una experiencia hecha libro
Las cartas que semanalmente enviaba a sus amigos y familiares desde el convento se ha convertido ahora en un libro publicado en Estados Unidos por Ignatius Press y titulado por Report From Calabria: A Season With the Carthusian Monks.


En el libro aparece siempre como un sacerdote anónimo para así dar más protagonismo a la experiencia. En una entrevista en National Catholic Register, afirma que la oportunidad de pasar una larga temporada con los cartujos de Calabria (Italia) surgió en 2014 y convivió con ellos durante cuatro meses.

Durante su estancia allí no usó el teléfono móvil. “Básicamente, viví su vida en términos de oración, trabajo, recreación y la caminata semanal. Las únicas dos diferencias fueron que no asistí a las reuniones de su capítulo y que como estuve escribiendo mientras estuve allí, me permitieron conectarme a internet”.

Soledad en comunidad
Si una cosa le ha marcado y ayudado de la vida cartuja es “principalmente la soledad”. Este sacerdote  cuenta que “las comunidades monásticas son comunidades de oración y son contemplativas. Pero lo que distingue a los cartujos es, desde el principio, que realmente han modelado lo que era una forma más común en la Iglesia Oriental, donde viven como ermitaños la mayor parte del tiempo y se reúnen ocasionalmente. Esto es lo que san Bruno y sus compañeros comenzaron: el hecho de que realmente protegen su soledad”.

“Cuando entras en un monasterio cartujo es muy tranquilo y silencioso. La soledad es lo que realmente es su sello distintivo,  y creo que es lo que más impresiona a cualquier persona porque estamos muy inmersos en el mundo en el que vivimos y estamos expuestos a estímulos constantes”, reflexiona este sacerdote.


Las lecciones que se ha llevado a su vida
En estos monasterios estos estímulos quedan desmantelados y reducidos al máximo por lo que “simplemente sientes que estos son hombres muy centrados que están viviendo esta vida de contemplación de una manera muy profunda”.

Durante su experiencia –afirma- “me sentí muy cómodo con la idea del silencio, y sin duda me introduje en su ritmo”. Puede parecer que es algo horrible pero él lo experimentó como algo “muy equilibrado”. “Es austero en cierto sentido, pero no es fanáticamente austero, es muy centrador e integrador porque no tienes muchos estímulos externos, que es en lo que estamos nadando todo el tiempo”.

Estos cuatro meses han cambiado su forma de vivir desde entonces. Ahora asegura que se siente “más cómodo con el silencio, y me desconectado un poco de tener la necesidad de revisar constantemente los correos electrónicos. Uno de los desafíos de las comunicaciones que tenemos hoy es que creemos que tenemos que responder de inmediato. Y no es así. Lo que esos cuatro meses me ayudaron a hacer fue el decir que no tiene por qué ser así. La forma de vida de los cartujos y su horario se establece con un propósito. No es un horario que yo pueda seguir ahora pero sí puedo adaptar mi agenda para aprovechar los ritmos que experimenté viviendo en la comunidad”.

La calidad del tiempo
Un ejemplo concreto lo ha notado en la oración. “Siendo sacerdote, rezo la Liturgia de las Horas todos los días, así que eso ya es un patrón en mi vida. Probablemente la principal influencia ha sido que ahora tiendo a rezar estas oraciones más lentamente y estoy más tiempo con ellas. Lo que he descubierto es que mientras más lo haces así, más presente estás ante las personas cuando acuden a ti. A veces los sacerdotes vemos que estamos muy atareados y la tendencia puede ser reducir la oración. Pero si dedicas más tiempo a la oración resolverás mejor tus otras prioridades y en realidad tendrás más para darles a las personas cuando acudan a ti”.

Pero estos beneficios de la vida cartuja no son solo validos para este sacerdote sino que cualquiera puede beneficiarse de ellos adaptándolos a su vida y calendario pues no es lo mismo un religioso que un padre de familia. Pero el hecho de bajar del tren de alta velocidad de la vida actual, de reducir estímulos para reordenar las prioridades sí está al alcance de todos.

Consejos para todo el mundo
No hace falta estar todo el tiempo comprobando el móvil, contestando mensajes. Esos momentos y pensamientos pueden dirigirse a estar más unido con Dios.

Por otro lado, de su experiencia cartuja hace una recomendación a todos. Es importante que cada católico adulto haga un retiro una vez al año. “Tal vez de fin de semana si no puedes más días, desconecta por completo y ve a un lugar donde puedas rezar y obtener dirección espiritual: alejarte de la vida diaria y ver todo esto a la luz de la gracia de Dios”, afirma.

Recuerda que hasta hace poco todo el mundo tenía esta oportunidad de vivir tranquilamente. Y concluye asegurando que “nuestros inventos nos han ayudado mucho pero pueden acabar manejando nuestras vidas si no tenemos cuidado. Necesitamos algo tan extremo como el estilo de vida cartujo para recordarnos que hay alternativas y podemos incorporar estos hábitos a la forma en que vivimos”.

Fuente: _Religión en Libertad

martes, 6 de febrero de 2018

Santo Evangelio 6 de febrero 2018



Día litúrgico: Martes V del tiempo ordinario

Santoral 6 de Febrero: San Pablo Miki y compañeros, mártires

Texto del Evangelio (Mc 7,1-13): En aquel tiempo, se reunieron junto a Jesús los fariseos, así como algunos escribas venidos de Jerusalén. Y vieron que algunos de sus discípulos comían con manos impuras, es decir no lavadas, -es que los fariseos y todos los judíos no comen sin haberse lavado las manos hasta el codo, aferrados a la tradición de los antiguos, y al volver de la plaza, si no se bañan, no comen; y hay otras muchas cosas que observan por tradición, como la purificación de copas, jarros y bandejas-. 

Por ello, los fariseos y los escribas le preguntan: «¿Por qué tus discípulos no viven conforme a la tradición de los antepasados, sino que comen con manos impuras?». Él les dijo: «Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, según está escrito: ‘Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinden culto, ya que enseñan doctrinas que son preceptos de hombres’. Dejando el precepto de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres». Les decía también: «¡Qué bien violáis el mandamiento de Dios, para conservar vuestra tradición! Porque Moisés dijo: ‘Honra a tu padre y a tu madre y: el que maldiga a su padre o a su madre, sea castigado con la muerte’. Pero vosotros decís: ‘Si uno dice a su padre o a su madre: Lo que de mí podrías recibir como ayuda lo declaro "Korbán" -es decir: ofrenda-’, ya no le dejáis hacer nada por su padre y por su madre, anulando así la Palabra de Dios por vuestra tradición que os habéis transmitido; y hacéis muchas cosas semejantes a éstas».


«¿Por qué tus discípulos no viven conforme a la tradición de los antepasados?»

Rev. D. Iñaki BALLBÉ i Turu 
(Terrassa, Barcelona, España)

Hoy contemplamos cómo algunas tradiciones tardías de los maestros de la Ley habían manipulado el sentido puro del cuarto mandamiento de la Ley de Dios. Aquellos escribas enseñaban que los hijos que ofrecían dinero y bienes para el Templo hacían lo mejor. Según esta enseñanza, sucedía que los padres ya no podían pedir ni disponer de estos bienes. Los hijos formados en esta conciencia errónea creían haber cumplido así el cuarto mandamiento, incluso haberlo cumplido de la mejor manera. Pero, de hecho, se trataba de un engaño.

«¡Qué bien violáis el mandamiento de Dios, para conservar vuestra tradición!» (Mc 7,9): Jesucristo es el intérprete auténtico de la Ley; por eso explica el justo sentido del cuarto mandamiento, deshaciendo el lamentable error del fanatismo judío.

«Moisés dijo: ‘Honra a tu padre y a tu madre’» (Mc 7,10): el cuarto mandamiento recuerda a los hijos las responsabilidades que tienen con los padres. Tanto como puedan, les han de prestar ayuda material y moral durante los años de la vejez y durante las épocas de enfermedad, soledad o angustia. Jesús recuerda este deber de gratitud.

El respeto hacia los padres (piedad filial) está hecho de la gratitud que les debemos por el don de la vida y por los trabajos que han realizado con esfuerzo en sus hijos, para que éstos pudieran crecer en edad, sabiduría y gracia. «Honra a tu padre con todo el corazón, y no te olvides de los dolores de tu madre. Recuerda que por ellos has nacido. ¿Qué les darás a cambio de lo que han hecho por ti?» (Sir 7,27-28).

El Señor glorifica al padre en sus hijos, y en ellos confirma el derecho de la madre. Quien honra al padre expía los pecados; quien glorifica a la madre es como quien reúne un tesoro (cf. Sir 3,2-6). Todos estos y otros consejos son una luz clara para nuestra vida en relación con nuestros padres. Pidamos al Señor la gracia para que no nos falte nunca el verdadero amor que debemos a los padres y sepamos, con el ejemplo, transmitir al prójimo esta dulce “obligación”.

Novio, fiestas, buenas notas... y a la clausura: «Lo que Dios me ha dado a cambio es incomparable»


Margarita Bauzá vive de santa Clara como monja de clausura

Novio, fiestas, buenas notas... y a la clausura: «Lo que Dios me ha dado a cambio es incomparable»

Con 18 años, Margarita ha encontrado su vocación

Margarita Bauzá, a sus 18 años, tenía novio, salía de fiesta y quería llegar a ser profesora en un futuro. Además, tenía muy buena nota en el examen de selectividad, lo que le permitía elegir carrera con comodidad en la universidad.  

Sin embargo, Dios tenía otros planes. Ahora, esta joven mallorquinaes monja de clausura en el convento de Santa Clara, en Palma de Mallorca, donde se ha iniciado como postulante.

“No fue de la noche a la mañana”, explicó Margarita a UltimaHora. “Desde que sentí la llamada de Dios hasta que entré en el convento ha pasado un año. Y a lo largo de este tiempo, Dios me ha ido hablando, me ha ido, de alguna manera, seduciendo, y yo me he enamorado de él. Y como Él me ha pedido que le entregue mi vida, yo le he dicho que sí”.

Una fe cuidada desde la familia
“De pequeña era una niña muy buena, dócil como un ángel”, repasa Margarita Puigserver, la madre de la postulante. “Era un poco traviesa pero muy buena. Sobre todo muy silenciosa. No era una niña que rezara, ni mucho menos, pero sí que íbamos todos los domingos a misa y tenía fe”, rememora.


Sus padres siempre mantuvieron en casa una cultura cuidada, prestando especial atención a la educación de los hijos. "Margarita y yo hemos estado muy unidos desde que éramos pequeños. Hacíamos y hacemos mucha vida de familia. Todo se ha contado siempre en casa", explica su hermano Juan Bauzá Puigserver, que también sigue sus pasos en el camino de la fe y ha decidido ingresar en el seminario de Palma. Quiere convertirse en sacerdote en los próximos años.

Margarita habó así para UltimaHora a propósito de su vocación:

-¿A qué ha tenido que renunciar al dar este paso? 
-A nada. Porque si lo comparo con lo que me ha dado Dios... ¡como es tanto..! Es que no se puede comparar.

-¿Dónde sintió la llamada de Dios? 
-En Cracovia, Polonia, a donde había acudido para asistir a la Jornada Mundial de la Juventud, con el Papa.

-¿Cómo se lo dijo a su novio...?
-Cuando regresé a Palma, quedé con él y le dije que lo dejábamos, sin darle más explicaciones. Estuve un año sin contarle nada. Esto hizo que me sintiera mal, y más viendo que él respetaba mi decisión, sin molestarme ni pedirme nada. Entonces, cuando tomé la decisión de entrar aquí, hablé con él y se lo expliqué. Y la verdad es que le estoy muy agradecida, porque a lo mejor no lo entendió del todo, pero respetó mi decisión.

Novio, fiestas, buenas notas... y a la clausura: «Lo que Dios me ha dado a cambio es incomparable»

-¿En el tiempo que está aquí, ha tenido alguna duda, crisis...?
-No, ya que más feliz que aquí no voy a estar en ningún lugar.

-¿Qué les diría a los chicos y chicas de su edad para que la entendieran...?
-Seguramente no me entenderían, porque entender esta vida no es fácil... Pero yo les diría que si Jesús te pide una cosa, como me ha pedido a mí, hay que decirle que sí, pues no encontrarán nada mejor que esto.

-¿Cómo es su día aquí dentro? Una rutina, suponemos...
-Aunque al entrar pude pensar que lo podría ser, no lo es. El amor de Dios hace que cada día sea distinto, nuevo. Por eso, cada vez estoy más enamorada de Él.

- ¿Cuándo será monja?
- No antes de nueve años... Ahora soy postulante. Si lo supero, que seguro que sí, pasaré a ser novicia, luego entraré en la etapa de juniorado, donde podré hacer votos temporales, y por último ser monja.

-¿Veis televisión...?
-No, pero nos solemos enterar de las cosas. Algún domingo vemos alguna película religiosa.

Fuente: Religión en Libertad

lunes, 5 de febrero de 2018

Santo Evangelio 5 de febrero 2018




Día litúrgico: Lunes V del tiempo ordinario

Santoral 5 de Febrero: Santa Águeda, virgen y mártir

Texto del Evangelio (Mc 6,53-56): En aquel tiempo, cuando Jesús y sus discípulos hubieron terminado la travesía, llegaron a tierra en Genesaret y atracaron. Apenas desembarcaron, le reconocieron en seguida, recorrieron toda aquella región y comenzaron a traer a los enfermos en camillas adonde oían que Él estaba. Y dondequiera que entraba, en pueblos, ciudades o aldeas, colocaban a los enfermos en las plazas y le pedían que les dejara tocar la orla de su manto; y cuantos la tocaron quedaban salvados.


«Cuantos la tocaron [la orla de su manto] quedaban salvados»

Fr. John GRIECO 
(Chicago, Estados Unidos)

Hoy, en el Evangelio del día, vemos el magnífico "poder del contacto" con la persona de Nuestro Señor: «Colocaban a los enfermos en las plazas y le pedían que tocaran siquiera la orla de su manto; y cuantos la tocaron quedaban salvados» (Mc 6,56). El más mínimo contacto físico puede obrar milagros para aquellos que se acercan a Cristo con fe. Su poder de curar desborda desde su corazón amoroso y se extiende incluso a sus vestidos. Ambos, su capacidad y su deseo pleno de curar, son abundantes y de fácil acceso.

Este pasaje puede ayudarnos a meditar cómo estamos recibiendo a Nuestro Señor en la Sagrada Comunión. ¿Comulgamos con la fe de que este contacto con Cristo puede obrar milagros en nuestras vidas? Más que un simple tocar «la orla de su manto», nosotros recibimos realmente el Cuerpo de Cristo en nuestros cuerpos. Más que una simple curación de nuestras enfermedades físicas, la Comunión sana nuestras almas y les garantiza la participación en la propia vida de Dios. San Ignacio de Antioquía, así, consideraba a la Eucaristía como «la medicina de la inmortalidad y el antídoto para prevenirnos de la muerte, de modo que produce lo que eternamente nosotros debemos vivir en Jesucristo». 

El aprovechamiento de esta "medicina de inmortalidad" consiste en ser curados de todo aquello que nos separa de Dios y de los demás. Ser curados por Cristo en la Eucaristía, por tanto, implica superar nuestro ensimismamiento. Tal como enseña Benedicto XVI, «Nutrirse de Cristo es el camino para no permanecer ajenos o indiferentes ante la suerte de los hermanos (…). Una espiritualidad eucarística, entonces, es un auténtico antídoto ante el individualismo y el egoísmo que a menudo caracterizan la vida cotidiana, lleva al redescubrimiento de la gratuidad, de la centralidad de las relaciones, a partir de la familia, con particular atención en aliviar las heridas de aquellas desintegradas».

Igual que aquellos que fueron curados de sus enfermedades tocando sus vestidos, nosotros también podemos ser curados de nuestro egoísmo y de nuestro aislamiento de los demás mediante la recepción de Nuestro Señor con fe.

«Gracias, Señor, porque soy un pobre diablo»: el Te Deum de Aldo Trento, sacerdote entre excluidos


Enfermos terminales, vagabundos, expresidiarios... su día a día

«Gracias, Señor, porque soy un pobre diablo»: el Te Deum de Aldo Trento, sacerdote entre excluidos

Aldo Trento: mucho que agradecer a Dios, pero no éxitos ni triunfos mundanos, sino solo aparentes fracasos.

«Gracias, Señor, porque soy un pobre diablo»: el Te Deum de Aldo Trento, sacerdote entre excluidos

Como en cada final o arranque de año, el sacerdote Aldo Trento publicó en Tempi un Te Deum de acción de gracias por los acontecimientos vividos. Lo cual, en su caso, tiene muy poco que ver con objetivos y éxitos mundanos, porque su mundo transcurre entre enfermos terminales, vagabundos y ex presidiarios:

¿Por qué debería dar las gracias al Señor al final de un año durante el cual mi enfermedad, en lugar de estabilizarse, ha seguido impertérrita adelante, en el que he visto todos los días el dolor de mis niñas violadas, de mis pequeños abandonados? ¿Cómo dar las gracias a Dios cuando, cada día, tengo que enfrentarme a mis enfermos terminales, que ven en mí la posibilidad de curarse, olvidando que soy un pobre infeliz enamorado de cada uno de ellos? Y así, con innumerables hechos que pondrían en crisis la relación con Dios.



Es fácil y cómodo dar las gracias a Dios con el estómago lleno, una casa preciosa y buena salud. No es un problema predicar la misericordia de Dios, la importancia de acoger al prófugo o al mendigo que llama a la puerta… sin embargo, cuando sucede, preferimos «quitárnoslos de encima» con algunas monedas. Causa incomodidad que un prófugo o un mendigo se sienten a nuestra mesa. «Te amo, pero a distancia»; «te adopto, pero a distancia». Cuando aún vivía en la casa parroquial, reestructurada con la herencia de mis padres, tras años de hermosa convivencia con el padre Alberto, el padre Paolino y el padre Ettore, de la Fraternidad San Carlos Borromeo, sucedió un hecho triste. Un día, la señora de la limpieza me dijo: «Padre Aldo, el nuevo superior de la casa y párroco me ha prohibido mezclar en la lavadora la ropa interior sucia de los sacerdotes con la de don Fortunato». Don Fortunato era un anciano que, desde hacía algunos años, vivía alegremente conmigo y con el padre Paolino. Sin embargo, para el nuevo jefe, un Torquemada de sangre azul llegado de Madrid, los calzoncillos del pobre Fortunato no eran dignos de estar en la lavadora «real» junto a los suyos. Y, después, se hacen homilías dominicales sobre la acogida… ¡cuánto burguesismo hay en nosotros, pastores que, a menudo, somos charlatanes de la caridad!

Por consiguiente, si éste es el cuadro en el que vivo, ¿por qué debería darle gracias al Señor? Ante todo, porque cada día me da un corazón de carne, grande para amar, para sufrir con quien sufre y alegrarme con quien es feliz. Un corazón sensible, disponible para acoger a quien llama a la puerta de mi casa. Incluso el dolor que aflige a este pobre cuerpo mío mortal, en lugar de convertirse en lamento, se transforma en una conciencia más grande y profunda de «ser» relación con el Misterio, de ser propiedad de Jesús. No hay un solo momento en toda mi jornada en el que mi mirada no esté fija en Jesús, sobre todo cuando el dolor de la espondilitis me corta la respiración.


Dar gracias al Señor ha sido y es reconocer que en todas las circunstancias, incluso las más incomprensibles, la presencia de Jesús nunca me abandona, aunque a veces sienta que me rodea la oscuridad. En estos momentos, la compañía de mis hermanos enfermos, de Sor Sonia, la religiosa llamada a llevar adelante la obra el día en que yo muera, y de muchos amigos que están cerca de mí es, para mí, el rostro bueno de Jesús, que me infunde la energía suficiente para llevar con serenidad el «pondus diei». Tengo que dar gracias especialmente a la  Virgen, que me acompaña en todo momento. Siento Su presencia, sobre todo, cuando antes de dormir rezo el santo rosario, contemplando los misterios dolorosos, en los que me identifico.

La libertad sin miedo
Doy gracias al Señor también por haberme dado la compañía de ex vagabundos, que comparten conmigo la casa: entre ellos, hay un hombre enorme que, por los delitos cometidos, fue condenado a 20 años en la cárcel de máxima seguridad de La Gerencia, un lugar en pleno Chaco, en la frontera con Bolivia. Cada uno de ellos, rechazado por la sociedad civil, pero también, a menudo, por la [sociedad] religiosa, son para mí la caridad de Jesús hacia mi pobre persona. En total son siete, pero son Jesús, y por esto no cierro nunca con llave mi habitación. ¡Qué maravillosa gracia me regala Dios permitiendo que mi libertad no sólo no tenga miedo, sino que esté siempre disponible a acoger a cualquiera, no importa si la persona en cuestión tiene sida, es homosexual, transexual, o tiene sarna y de sus heridas llega un olor nauseabundo!

Doy gracias a Dios porque ya no hablo de los pobres, sino que me confundo con ellos, soy uno de ellos. Doy las gracias por los escasos y buenos amigos que se ocupan de mí y me ayudan. Doy gracias a Dios por todos los que me demostraron su amistad en el pasado y que hoy, al ser «un pobre diablo», como solía repetirme mi madre, se han olvidado. Pero qué alegría sigue dándome el hecho que la clínica Casa Divina Providencia Don Luigi Giussani, perteneciente a la Fundación San Rafael, haya sido la única obra nacida gracias al carisma de don Giussani que el Papa Francisco ha visitado. Nunca podré olvidarme de este regalo del Vicario de Jesús.

Traducción de Helena Faccia Serrano.

Fuente: Religión en Libertad

domingo, 4 de febrero de 2018

Servir es nuestra gloria

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SERVIR ES NUESTRA GLORIA

Por Javier Leoz

1.- Hay muchas formas de encontrarse con “la suegra de Pedro” en los tiempos que vivimos.

La debilidad humana sigue acampando a sus anchas en la tierra de los vivos. Y, precisamente por eso, la Iglesia –siguiendo la indicación de Jesús- sigue saliendo del templo al encuentro de los que, con fiebre alta o baja, horas grandes o pequeñas, necesitan palabras de consuelo, ayuda, estímulo y reconocimiento.

Si Jesús vino a reconocer y enaltecer a los sufridos, no es menos cierto que la Iglesia –siglos después- sigue estando al lado de la cabecera de millones de hombres y mujeres sufrientes.

No nos puede importar demasiado el hecho de que la amplia labor de la Iglesia no se reconozca. Nos tiene que quedar la satisfacción de que estamos en el camino correcto. Que, salir al encuentro de los que sufren, es para nosotros un motivo de gloria y de crecimiento espiritual y humano.

2.- El Reino de Dios comienza allá donde existe un surtidor de caridad, una semilla de cariño, una mano tendida al abatido.

Qué gran lección la de Jesús en el evangelio de este domingo: sale con sus discípulos de la sinagoga y, en la casa de Pedro, actúa maravillosamente. Una vez más habla con autoridad: hace lo que dice. Habla, camina, entra en casa de Pedro y cura. Las obras le acompañan. Las obras le hacen eco. No necesita más refrendo ni más marketing que su infinita misericordia. Repito: ¡sus obras le acompañan! ¡Sus obras le hacen coro!

Sólo una vida profunda es capaz de recomponer las fuerzas gastadas a favor de los demás. Miremos al Señor; se retira a un descampado. No se conforma con hacer el bien. Sabe que, de igual forma, ha de estar en comunión con el Supremo, con Aquel que es su fortaleza. La razón del surtidor de la bondad.

Tampoco nosotros nos hemos de contentar con cumplir, más o menos, con unos fines sociales. Entre otras cosas porque, tarde o temprano, la salud, el cansancio, las decepciones u otros aspectos dan al traste con nuestros más altos ideales. Es bueno, por ello mismo, descansar en Aquel que nos da la fuerza necesaria e ilimitada para seguir desviviéndonos por los demás.

Cristo no vivió ajeno a esa fuente de energía, de luz, de gracia y de consejo que es la oración.

Hoy están muy de moda las ONG el altruismo, etc. ¿Durarán muchos años? La experiencia de la Iglesia, en cambio, nos dice que si se ama con amor de Dios, el amor es eterno; si se sirve con las manos de Dios, el servicio es constante; si se transforma el entorno con la sabiduría de Dios, la sociedad se hace más justa y fraternal.

Que el Señor con una oración profunda y sentida, nos haga recapacitar también hacia qué compromisos nos hemos de encaminar como Iglesia, como parroquia, como familia. Entre otras cosas porque hacer hoy el bien aquí, implica coger fuerzas para hacerlo mañana en otra parte.

Si alguna imagen impactante nos está dejando el Papa Francisco es, precisamente, esa cercanía con el mundo sufriente, doliente y de periferias.

Cuesta, y mucho, entregarse con generosidad y curar sin pedir nada a cambio. Pero, lo cierto es que, quien abre los ojos encuentra muchas “suegras” de carne y hueso y en forma de pobreza a su paso.