domingo, 6 de julio de 2014

Santa María Goretty, 6 de Julio

6 de julio

SANTA MARIA GORETTI

(† 1902)


El día 9 de octubre de 1954 moría en Corinaldo una pobre mujer de pueblo. Los periódicos del mundo entero publicaron la noticia con gran relieve. ¿Quién era la señora Assunta, a quien la gente solía llamar "mamá Assunta", para que mereciese el interés de la prensa mundial? ¿Qué hazañas había realizado para que el Ayuntamiento de su pueblo decretase funerales públicos y la gente tapase con una pirámide de flores su ataúd?

 Assunta Goretti era una viejecita de ochenta y ocho años, que no sabía leer ni escribir, pero que poseía esa sabiduría superior de los que conocen y viven el Evangelio. El año 1943, al correr al refugio porque las sirenas daban la alarma de aviación, se rompió una pierna y desde entonces quedó inválida. Estaba sentada en un carrito. A pesar de lo cual mereció que Su Santidad el Papa la recibiese en el Vaticano con los honores concedidos a los príncipes y jefes de Estado. Los periodistas de todas partes solicitaban sus manifestaciones y, aunque quería pasar desapercibida de todos, era una de las figuras más populares de nuestro siglo.

 ¿Quién era esta mujer singular? La madre de una niña mártir, la única persona que ha tenido la dicha de presenciar la canonización de su propia hija.

 Fue el 24 de junio de 1950. Como los peregrinos venidos de todos los confines no iban a caber en la basílica de San Pedro, el Papa canonizó a Santa María Goretti en la plaza inmensa delantera a la basílica. Se calcula que medio millón de personas presenció aquella tarde la ceremonia emocionante. No se recordaba nada igual en los anales de Roma.

 La historia de Santa María Goretti es hoy sabida de todos. Incluso ha sido llevada a la pantalla, aunque con esa manía del cine de retocar y deformar los hechos.

 Era una familia de pobres campesinos italianos. Un matrimonio compuesto de ambos esposos, Luis Goretti y Assunta Carlini, y cinco hijos. La segunda es María, que nació en Corinaldo el 16 de octubre de 1890.

 Pero en Corinaldo no encuentran manera de ganarse la vida, a pesar de poseer allí unas tierrecillas. Y emigran. Primero a Colle Gianturco, y al cabo de dos años a Ferriere di Conca, a once kilómetros de Nettuno. Allí se instalan como colonos del conde Mazzoleni.

 Aquel terreno era entonces en extremo malsano. Eran las regiones pantanosas del Agro Pontino. El mosquito que transmite la malaria acechaba insidiosamente a los Pobres labriegos. Así Luis Goretti murió al poco tiempo de aposentarse su familia en Ferriere. Y quedaron solos Assunta y sus cinco hijos, el mayor de los cuales apenas tenía trece años.

 —Animo, mamá —decía María, la mayor de las niñas—. ¿Por qué tienes miedo? ¡Ya vamos siendo grandes! Basta que el Señor nos dé salud. Saldremos adelante, saldremos. Assunta trabajaba en el campo, como un hombre. Siempre había trabajado, porque quedó huérfana de pocos años. Trabajaba y educaba a sus pequeños. Desde que éstos aprendían a hablar les enseñaba a hacer la señal de la cruz y a rezar las primeras oraciones y los rudimentos de la doctrina cristiana.

 Marietta atendía a todo, lavaba a sus hermanitos menores, iba por agua, preparaba la comida, cosía.

 Nunca tuvo amigas, pues las ocupaciones de la casa no le dejaban tiempo para jugar.

 Pero es que sobre los deberes de la propia familia recaían también sobre ella la obligación de atender a otras dos personas que vivían en la misma casa y eran aparceros en las faenas agrícolas, Juan Serenelli y su hijo Alejandro, mocetón de unos veinte años. La casa tenía dos dependencias separadas, pero la escalera y la cocina eran comunes para ambas familias.

 Alejandro no era mal muchacho; pero empezó a darse a lecturas deshonestas que emponzoñaron su alma. Y el que hasta entonces había mirado con indiferencia a la hija mayor de la señora Assunta, empezó a fijarse demasiado en la chiquilla.

 No porque ésta diese motivo alguno. Todos están acordes en afirmar, y así lo ha declarado después repetidamente el mismo Alejandro, que María Goretti era muy modesta y miradísima en el vestir. Era una niña --todavía no llegaba a los doce años—, pero algo desarrollada, quizá más de lo que pudiera esperarse de su edad. Y en el corazón de Alejandro Serenelli se encendió una brutal pasión.

 Dos veces la tentó. Al principio, la pequeña ni comprendió el alcance de lo que Alejandro pretendía; pero vio que era algo malo. Y resistió fuertemente arrojando al tentador, a pesar de su edad y su vigor. Alejandro se sintió despreciado y vencido por Marietta.

 Volvió al asalto por tercera vez. Era la tarde del 5 de julio de 1902. Alejandro ha pensado bien todas las cosas. Abajo su padre, la señora Assunta y todos los de la casa, se encuentran trillando habas en la era. Arriba, en el descanso de la escalera, María Goretti cose una camisa que Alejandro le había mandado urgentemente remendar con el secreto designio de que la muchacha quedase sola en alguno de los aposentos.

 Marietta se intranquiliza cuando ve llegar a Alejandro. Está sobre ascuas; sabe lo que el joven brutal quiere y verse a solas con él la atemoriza. Cose apresuradamente. El mocetón la llama:

 —María, ven acá.

 —¿Para qué? ¿Qué quieres?

 —Tú ven acá.

 —No. Si no me dices qué quieres, no voy.

 Alejandro la toma violentamente por un brazo, le tapa la boca con la mano y, venciendo la resistencia de la pobreta, da una patada a la puerta y la cierra.

 La débil fuerza de una niña que no ha cumplido doce años vencerá las fuerzas del muchacho de veinte. Grita Marietta:

 —¡No! ¡No!... ¡Es pecado!. ¡No, no! ¿Qué haces, Alejandro?... ¡Vas al infierno!...

 El mocetón, viendo que nada consigue, coge un hierro afilado que tenía a punto y se ensaña con su tierna víctima, que prefiere la muerte antes que pecar. Hasta catorce heridas que traspasan su vientre y el pecho pudieron apreciar los médicos que después la reconocieron.

 Al fin acuden los familiares. Loca de dolor pregunta a su hija la señora Assunta:

 —Marietta mía, ¿qué ha sucedido? ¿Quién ha sido? Dime, dime...

 —Fue Alejandro.

 —¿Por qué te hizo esto, hija mía?

 —Porque me quería hacer las cosas malas y yo no quería.

 Y exacto, quedó intacta la tierna virgencita, conforme a la confesión del mismo asesino y al testimonio de los médicos.

 A las cinco horas una ambulancia lleva a la pobre hija al hospital de los hermanos de San Juan de Dios de Nettuno. Por la misma carretera dos carabinieri llevan esposado a Alejandro Serenelli. Distinto fruto de la educación que Assunta Goretti y Juan Serenelli dieron a sus hijos.

 Poco pudieron hacer los médicos del hospital. Sin embargo, intentaron la laparotomía o apertura del vientre pasa poder operarla. Y sin darle anestésico; dos horas de atroz martirio. Marietta coge entre sus manos la medalla de la Milagrosa que siempre llevaba al cuello.

 Le preparan al viático, que recibe como un ángel. Le sugieren que perdone al asesino, y contesta al punto:

 —Sí, le perdono por amor a Jesús, y quiero que venga también conmigo al cielo.

 Algunas horas más tarde moría la niña entre delirios, en los que se le oía defenderse contra Serenelli e invocar a la Virgen Santísima.

 La muerte de Marietta llenó de estupor a toda la comarca. Sin distinción de público acudieron todos a su entierro.

 Treinta años después fue desenterrado su cadáver y llevado a una capilla en la basílica de Nuestra Señora de las Gracias, de Nettuno. Miles de fieles rezan ante aquellos restos de una virgen cristiana, la Santa Inés del siglo XX, como la llamamos hoy.

 El heroísmo de Santa María Goretti no fue improvisado. Los actos de hermosas virtudes de que dio prueba antes de su muerte —preferir la muerte al pecado, perdonar a su asesino, soportar con paciencia sobrehumana una operación sin cloroformo y la sed abrasadora que luego siguió—, todo esto era consecuencia de una vida santa, a la que venía preparándose con el ejercicio constante de las virtudes cristianas en un ambiente lleno de fe, de trabajo y de privaciones.

 Assunta enseñaba a sus hijos el catecismo, les infundía el horror al pecado, les acostumbraba a la oración. Su hogar era pobre; tenían lo justo para vivir, la madre había de pasar la jornada fuera, en los trabajos del campo. Y Marietta lo hacía todo en casa con la formalidad de una persona mayor. Y todavía encontraba tiempo para rezar el rosario en sufragio de su padre muerto. Y reunía a sus hermanitos y les enseñaba la doctrina y rezaba con ellos. Y hasta consolaba a su madre:

 —No tenga cuidado, mamá: verá cómo salimos adelante.

 Marietta estaba más crecida de lo que sus años podían exigir. Con su pelo castaño, sus ojos negros y su tez fresca y rosada era una muchacha sana de cuerpo y espíritu. La modestia era su principal virtud; ha declarado siempre unánimemente su madre.

 Nunca fue presumida, pues además vestía las ropas usadas que le daba una vecina.

 Así, con oración, modestia y trabajo, se preparó esta santita para llegar a ser canonizada en la plaza de San Pedro un 24 de junio de 1950.

 El desgraciado confesó de pleno su crimen. Y se arrepintió de aquel acto de locura una tarde de verano.

 Condenado a treinta años de cárcel, mereció que le rebajasen su condena en tres años por su buen comportamiento. Hoy sirve como criado y hortelano en el convento de capuchinos de Ascoli.

 La niña le había perdonado en el hospital. Pero, como el mismo Serenelli ha manifestado después, ya cuando Marietta se retorcía en el suelo apuñalada con el punzón de hierro, le dijo:

 —No es nada, Alejandro... Yo te perdono.

 Por eso la señora Assunta perdonó también al criminal. Fue una escena que sólo puede darse entre cristianos. Estaba de criada del señor cura de Corinaldo la madre de María Goretti cuando la noche de Navidad de 1938 llamaron a la puerta de la casa rectoral. Abrió la señora Assunta y un hombre le dijo:

 —¿Me reconoce usted, señora Assunta? —al tiempo que bajaba los ojos.

 —Sí, Alejandro; te recuerdo.

 —¿Me perdona? —suplicó el infeliz, que llevaba en el rostro las trazas de veintisiete años de cárcel.

 —Si Dios te ha perdonado, Alejandro, ¿cómo no te he de perdonar yo?

 Aquella noche la pasó en la casa del párroco, y juntos, la madre y el asesino de su hija, se acercaron a comulgar en la Misa del Gallo.

 Y siempre, cuando hablaban de Serenelli, la señora Goretti no consentía que le tratasen mal.

 —¡Está tan arrepentido! Y habiéndole perdonado Marietta, ¿cómo no le voy a perdonar yo? Es cierto que ha cometido un pecado enorme; pero Dios ha sabido sacar bien de tanto mal.



 CASIMIRO SÁNCHEZ ALISEDA

Santa María Goretti, 6 de Julio

6 de julio

SANTA MARIA GORETTI

(† 1902)


El día 9 de octubre de 1954 moría en Corinaldo una pobre mujer de pueblo. Los periódicos del mundo entero publicaron la noticia con gran relieve. ¿Quién era la señora Assunta, a quien la gente solía llamar "mamá Assunta", para que mereciese el interés de la prensa mundial? ¿Qué hazañas había realizado para que el Ayuntamiento de su pueblo decretase funerales públicos y la gente tapase con una pirámide de flores su ataúd?

 Assunta Goretti era una viejecita de ochenta y ocho años, que no sabía leer ni escribir, pero que poseía esa sabiduría superior de los que conocen y viven el Evangelio. El año 1943, al correr al refugio porque las sirenas daban la alarma de aviación, se rompió una pierna y desde entonces quedó inválida. Estaba sentada en un carrito. A pesar de lo cual mereció que Su Santidad el Papa la recibiese en el Vaticano con los honores concedidos a los príncipes y jefes de Estado. Los periodistas de todas partes solicitaban sus manifestaciones y, aunque quería pasar desapercibida de todos, era una de las figuras más populares de nuestro siglo.

 ¿Quién era esta mujer singular? La madre de una niña mártir, la única persona que ha tenido la dicha de presenciar la canonización de su propia hija.

 Fue el 24 de junio de 1950. Como los peregrinos venidos de todos los confines no iban a caber en la basílica de San Pedro, el Papa canonizó a Santa María Goretti en la plaza inmensa delantera a la basílica. Se calcula que medio millón de personas presenció aquella tarde la ceremonia emocionante. No se recordaba nada igual en los anales de Roma.

 La historia de Santa María Goretti es hoy sabida de todos. Incluso ha sido llevada a la pantalla, aunque con esa manía del cine de retocar y deformar los hechos.

 Era una familia de pobres campesinos italianos. Un matrimonio compuesto de ambos esposos, Luis Goretti y Assunta Carlini, y cinco hijos. La segunda es María, que nació en Corinaldo el 16 de octubre de 1890.

 Pero en Corinaldo no encuentran manera de ganarse la vida, a pesar de poseer allí unas tierrecillas. Y emigran. Primero a Colle Gianturco, y al cabo de dos años a Ferriere di Conca, a once kilómetros de Nettuno. Allí se instalan como colonos del conde Mazzoleni.

 Aquel terreno era entonces en extremo malsano. Eran las regiones pantanosas del Agro Pontino. El mosquito que transmite la malaria acechaba insidiosamente a los Pobres labriegos. Así Luis Goretti murió al poco tiempo de aposentarse su familia en Ferriere. Y quedaron solos Assunta y sus cinco hijos, el mayor de los cuales apenas tenía trece años.

 —Animo, mamá —decía María, la mayor de las niñas—. ¿Por qué tienes miedo? ¡Ya vamos siendo grandes! Basta que el Señor nos dé salud. Saldremos adelante, saldremos. Assunta trabajaba en el campo, como un hombre. Siempre había trabajado, porque quedó huérfana de pocos años. Trabajaba y educaba a sus pequeños. Desde que éstos aprendían a hablar les enseñaba a hacer la señal de la cruz y a rezar las primeras oraciones y los rudimentos de la doctrina cristiana.

 Marietta atendía a todo, lavaba a sus hermanitos menores, iba por agua, preparaba la comida, cosía.

 Nunca tuvo amigas, pues las ocupaciones de la casa no le dejaban tiempo para jugar.

 Pero es que sobre los deberes de la propia familia recaían también sobre ella la obligación de atender a otras dos personas que vivían en la misma casa y eran aparceros en las faenas agrícolas, Juan Serenelli y su hijo Alejandro, mocetón de unos veinte años. La casa tenía dos dependencias separadas, pero la escalera y la cocina eran comunes para ambas familias.

 Alejandro no era mal muchacho; pero empezó a darse a lecturas deshonestas que emponzoñaron su alma. Y el que hasta entonces había mirado con indiferencia a la hija mayor de la señora Assunta, empezó a fijarse demasiado en la chiquilla.

 No porque ésta diese motivo alguno. Todos están acordes en afirmar, y así lo ha declarado después repetidamente el mismo Alejandro, que María Goretti era muy modesta y miradísima en el vestir. Era una niña --todavía no llegaba a los doce años—, pero algo desarrollada, quizá más de lo que pudiera esperarse de su edad. Y en el corazón de Alejandro Serenelli se encendió una brutal pasión.

 Dos veces la tentó. Al principio, la pequeña ni comprendió el alcance de lo que Alejandro pretendía; pero vio que era algo malo. Y resistió fuertemente arrojando al tentador, a pesar de su edad y su vigor. Alejandro se sintió despreciado y vencido por Marietta.

 Volvió al asalto por tercera vez. Era la tarde del 5 de julio de 1902. Alejandro ha pensado bien todas las cosas. Abajo su padre, la señora Assunta y todos los de la casa, se encuentran trillando habas en la era. Arriba, en el descanso de la escalera, María Goretti cose una camisa que Alejandro le había mandado urgentemente remendar con el secreto designio de que la muchacha quedase sola en alguno de los aposentos.

 Marietta se intranquiliza cuando ve llegar a Alejandro. Está sobre ascuas; sabe lo que el joven brutal quiere y verse a solas con él la atemoriza. Cose apresuradamente. El mocetón la llama:

 —María, ven acá.

 —¿Para qué? ¿Qué quieres?

 —Tú ven acá.

 —No. Si no me dices qué quieres, no voy.

 Alejandro la toma violentamente por un brazo, le tapa la boca con la mano y, venciendo la resistencia de la pobreta, da una patada a la puerta y la cierra.

 La débil fuerza de una niña que no ha cumplido doce años vencerá las fuerzas del muchacho de veinte. Grita Marietta:

 —¡No! ¡No!... ¡Es pecado!. ¡No, no! ¿Qué haces, Alejandro?... ¡Vas al infierno!...

 El mocetón, viendo que nada consigue, coge un hierro afilado que tenía a punto y se ensaña con su tierna víctima, que prefiere la muerte antes que pecar. Hasta catorce heridas que traspasan su vientre y el pecho pudieron apreciar los médicos que después la reconocieron.

 Al fin acuden los familiares. Loca de dolor pregunta a su hija la señora Assunta:

 —Marietta mía, ¿qué ha sucedido? ¿Quién ha sido? Dime, dime...

 —Fue Alejandro.

 —¿Por qué te hizo esto, hija mía?

 —Porque me quería hacer las cosas malas y yo no quería.

 Y exacto, quedó intacta la tierna virgencita, conforme a la confesión del mismo asesino y al testimonio de los médicos.

 A las cinco horas una ambulancia lleva a la pobre hija al hospital de los hermanos de San Juan de Dios de Nettuno. Por la misma carretera dos carabinieri llevan esposado a Alejandro Serenelli. Distinto fruto de la educación que Assunta Goretti y Juan Serenelli dieron a sus hijos.

 Poco pudieron hacer los médicos del hospital. Sin embargo, intentaron la laparotomía o apertura del vientre pasa poder operarla. Y sin darle anestésico; dos horas de atroz martirio. Marietta coge entre sus manos la medalla de la Milagrosa que siempre llevaba al cuello.

 Le preparan al viático, que recibe como un ángel. Le sugieren que perdone al asesino, y contesta al punto:

 —Sí, le perdono por amor a Jesús, y quiero que venga también conmigo al cielo.

 Algunas horas más tarde moría la niña entre delirios, en los que se le oía defenderse contra Serenelli e invocar a la Virgen Santísima.

 La muerte de Marietta llenó de estupor a toda la comarca. Sin distinción de público acudieron todos a su entierro.

 Treinta años después fue desenterrado su cadáver y llevado a una capilla en la basílica de Nuestra Señora de las Gracias, de Nettuno. Miles de fieles rezan ante aquellos restos de una virgen cristiana, la Santa Inés del siglo XX, como la llamamos hoy.

 El heroísmo de Santa María Goretti no fue improvisado. Los actos de hermosas virtudes de que dio prueba antes de su muerte —preferir la muerte al pecado, perdonar a su asesino, soportar con paciencia sobrehumana una operación sin cloroformo y la sed abrasadora que luego siguió—, todo esto era consecuencia de una vida santa, a la que venía preparándose con el ejercicio constante de las virtudes cristianas en un ambiente lleno de fe, de trabajo y de privaciones.

 Assunta enseñaba a sus hijos el catecismo, les infundía el horror al pecado, les acostumbraba a la oración. Su hogar era pobre; tenían lo justo para vivir, la madre había de pasar la jornada fuera, en los trabajos del campo. Y Marietta lo hacía todo en casa con la formalidad de una persona mayor. Y todavía encontraba tiempo para rezar el rosario en sufragio de su padre muerto. Y reunía a sus hermanitos y les enseñaba la doctrina y rezaba con ellos. Y hasta consolaba a su madre:

 —No tenga cuidado, mamá: verá cómo salimos adelante.

 Marietta estaba más crecida de lo que sus años podían exigir. Con su pelo castaño, sus ojos negros y su tez fresca y rosada era una muchacha sana de cuerpo y espíritu. La modestia era su principal virtud; ha declarado siempre unánimemente su madre.

 Nunca fue presumida, pues además vestía las ropas usadas que le daba una vecina.

 Así, con oración, modestia y trabajo, se preparó esta santita para llegar a ser canonizada en la plaza de San Pedro un 24 de junio de 1950.

 El desgraciado confesó de pleno su crimen. Y se arrepintió de aquel acto de locura una tarde de verano.

 Condenado a treinta años de cárcel, mereció que le rebajasen su condena en tres años por su buen comportamiento. Hoy sirve como criado y hortelano en el convento de capuchinos de Ascoli.

 La niña le había perdonado en el hospital. Pero, como el mismo Serenelli ha manifestado después, ya cuando Marietta se retorcía en el suelo apuñalada con el punzón de hierro, le dijo:

 —No es nada, Alejandro... Yo te perdono.

 Por eso la señora Assunta perdonó también al criminal. Fue una escena que sólo puede darse entre cristianos. Estaba de criada del señor cura de Corinaldo la madre de María Goretti cuando la noche de Navidad de 1938 llamaron a la puerta de la casa rectoral. Abrió la señora Assunta y un hombre le dijo:

 —¿Me reconoce usted, señora Assunta? —al tiempo que bajaba los ojos.

 —Sí, Alejandro; te recuerdo.

 —¿Me perdona? —suplicó el infeliz, que llevaba en el rostro las trazas de veintisiete años de cárcel.

 —Si Dios te ha perdonado, Alejandro, ¿cómo no te he de perdonar yo?

 Aquella noche la pasó en la casa del párroco, y juntos, la madre y el asesino de su hija, se acercaron a comulgar en la Misa del Gallo.

 Y siempre, cuando hablaban de Serenelli, la señora Goretti no consentía que le tratasen mal.

 —¡Está tan arrepentido! Y habiéndole perdonado Marietta, ¿cómo no le voy a perdonar yo? Es cierto que ha cometido un pecado enorme; pero Dios ha sabido sacar bien de tanto mal.

 CASIMIRO SÁNCHEZ ALISEDA

sábado, 5 de julio de 2014

Santo Evangelio 5 de Julio de 2014



Día litúrgico: Sábado XIII del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 9,14-17): En aquel tiempo, se le acercan los discípulos de Juan y le dicen: «¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos, y tus discípulos no ayunan?». Jesús les dijo: «Pueden acaso los invitados a la boda ponerse tristes mientras el novio está con ellos? Días vendrán en que les será arrebatado el novio; entonces ayunarán. Nadie echa un remiendo de paño sin tundir en un vestido viejo, porque lo añadido tira del vestido, y se produce un desgarrón peor. Ni tampoco se echa vino nuevo en pellejos viejos; pues de otro modo, los pellejos revientan, el vino se derrama, y los pellejos se echan a perder; sino que el vino nuevo se echa en pellejos nuevos, y así ambos se conservan».


Comentario: Rev. D. Joaquim FORTUNY i Vizcarro (Cunit, Tarragona, España)
Días vendrán en que les será arrebatado el novio; entonces ayunarán

Hoy notamos cómo con Jesús comenzaron unos tiempos nuevos, una doctrina nueva, enseñada con autoridad, y cómo todas las cosas nuevas chocaban con la praxis y el ambiente dominante. Así, en las páginas que preceden al Evangelio que estamos contemplando, vemos a Jesús perdonando los pecados al paralítico y curando su enfermedad, mientras que los escribas se escandalizan; Jesús llamando a Mateo, cobrador de impuestos y comiendo con él y otros publicanos y pecadores, y los fariseos “subiéndose por las paredes”; y en el Evangelio de hoy son los discípulos de Juan quienes se acercan a Jesús porque no comprenden que Él y sus discípulos no ayunen.

Jesús, que no deja nunca a nadie sin respuesta, les dirá: «Pueden acaso los invitados a la boda ponerse tristes mientras el novio está con ellos? Días vendrán en que les será arrebatado el novio; entonces ayunarán» (Mt 9,15). El ayuno era, y es, una praxis penitencial que contribuye a «adquirir el dominio sobre nuestros instintos y la libertad del corazón» (Catecismo de la Iglesia, n. 2043) y a impetrar la misericordia divina. Pero en aquellos momentos, la misericordia y el amor infinito de Dios estaba en medio de ellos con la presencia de Jesús, el Verbo Encarnado. ¿Cómo podían ayunar? Sólo había una actitud posible: la alegría, el gozo por la presencia del Dios hecho hombre. ¿Cómo iban a ayunar si Jesús les había descubierto una manera nueva de relacionarse con Dios, un espíritu nuevo que rompía con todas aquellas maneras antiguas de hacer?

Hoy Jesús está: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20), y no está porque ha vuelto al Padre, y así clamamos: ¡Ven, Señor Jesús!

Estamos en tiempos de expectación. Por esto, nos conviene renovarnos cada día con el espíritu nuevo de Jesús, desprendernos de rutinas, ayunar de todo aquello que nos impida avanzar hacia una identificación plena con Cristo, hacia la santidad. «Justo es nuestro lloro —nuestro ayuno— si quemamos en deseos de verle» (San Agustín).

A Santa María le suplicamos que nos otorgue las gracias que necesitamos para vivir la alegría de sabernos hijos amados.

San Antonio María Zacarías, 5 de Julio

5 de julio


SAN ANTONIO MARÍA ZACARÍAS

(†  1539)


Nació en Cremona (Italia) el año 1502 y murió en la misma ciudad el 5 de julio de 1539. Basta la escueta indicación de estas fechas para comprender la trascendencia que, para la vida de la Iglesia, tuvieron los días que vivió Antonio María Zacarías. Inquietud y aspiración de reforma, ansias de renovación por caminos no siempre gratos a la jerarquía eclesiástica, miedo pusilánime en unos y excesos imprudentes en no pocos, definen el clima en el que debía germinar la semilla de un nuevo reformador santo, entre otros que, como San Cayetano de Thiena y San Ignacio de Loyola, produjo la Iglesia católica en el siglo XVI. Reformador, santo y, además añadimos, precursor del gran San Carlos Borromeo en la elevación espiritual de la diócesis de Milán.

 Antonio María fue obra de la gracia, que comenzó por materializarse en el regalo de una piadosísima madre; de su seno salió a contemplar la luz de este mundo y de sus brazos tuvo la dicha indecible de volar a contemplar la claridad de Dios. La buena Antonieta Pescaroli recibió con conciencia de responsabilidad el encargo y la confianza que la Providencia en ella depositó al darle un hijo para hacer de él un buen cristiano; por fidelidad a él, y para mejor dedicarse a su formación, rehusó la joven viuda un nuevo matrimonio. Antonio María Zacarías pudo así aprender de su madre a ser pobre para poder ser caritativo, hasta tanto que, con el fin de facilitar a ésta el ejercicio de la caridad en favor de los necesitados, renunció notarialmente a los bienes que le correspondían por herencia paterna; se nos hará, pues, natural que, como un necesitado más, solicite humilde de su madre lo indispensable para su sustento, sin permitirse jamás nada que pueda parecer superfluo o lujoso; para Antonio María supondría ello privar a otros de lo necesario para vivir.

 Quiso prepararse por el estudio de la medicina para ser un ciudadano útil a sus hermanos los hombres. Pero el Señor le quería escoger para curar dolencias de otra índole. En los años de estudiante la piedad y amor a la Santísima Virgen, a quien había consagrado su virginidad, sostuvo firme su propósito de virtud y su espíritu de caritativo servicio a los hermanos, que fue poco a poco transformándose en el deseo de ser sacerdote. Pero, a pesar de que la decadencia de las costumbres, aun en el clero, hiciera a sus contemporáneos poco respetable la dignidad sacerdotal, supo él descubrir la grandeza de la misión del sacerdote, a la vez que la profundidad de su indignidad, de manera que sólo por el prudente consejo de su director espiritual se decidiera a entrar por el camino del sacerdocio.

 En una época en que la Reforma de la Iglesia aspiraba no solamente a la purificación de las costumbres, sino a la consolidación de la doctrina, no bastaba ser virtuoso para responder a las exigencias que su tiempo tenía, consciente o inconscientemente, respecto de los sacerdotes. Hacía falta doctrina sólida inspirada precisamente en las fuentes puras de la revelación, en la Sagrada Escritura. Visto desde la perspectiva del siglo XX, nos parece sumamente moderno y actual el esfuerzo puesto por Antonio María Zacarías, estudiante para el sacerdocio, de llegar a la comprensión de la doctrina católica, en la teoría y en el espíritu de San Pablo, a través de sus preciosas epístolas. Libertad y gracia, virginidad y cuerpo místico, locura por Cristo crucificado y desprecio de las realidades terrestres, son unos de los muchos temas en los cuales se fue empapando el futuro apóstol y reformador, cuya íntima preocupación no fue otra que la de reproducir la imagen del apóstol Pablo, gran enamorado de Cristo.

 Once años escasamente fue Antonio María sacerdote; pero los santos saben vivir con intensidad su tiempo, y así debió vivirlo quien en tan poco tiempo mereció ser llamado por su bondad y caridad, por su prudencia y celo, el "Angel de Cremona" y el "Padre de la Patria". Su madre le enseñó a compadecer y a aliviar el sufrimiento ajeno, y, ordenado sacerdote, no tuvo que hacer otra cosa que seguir la misma trayectoria, poniendo al servicio de sus hermanos el gran don del sacerdocio, que fue en él luz, mortificación, amor.

 En un siglo de exaltación de la razón y de la cultura, y de optimismo desbordado por los valores humanos, Antonio María Zacarías luchó por llevar a los creyentes la ceguera de la fe y la locura de la cruz; la Eucaristía y la pasión fueron las devociones que con mayor ardor trató de inculcar en el pueblo cristiano, y aún perduran todavía ciertas prácticas que él introdujo, como son el recuerdo piadoso de la pasión y de la muerte del Señor al toque de las tres de la tarde de todos los viernes, y la práctica de las cuarenta horas de adoración al Santísimo Sacramento, solemnemente expuesto sucesivamente en diversas iglesias para salvar la continuidad del culto.

 Los santos no suelen ser guardianes egoístas de los tesoros que en ellos deposita la gracia; buscan la comunicación abundante y fecunda, en vistas a una mayor eficacia apostólica; por esto es frecuente que en torno a ellos surjan familias religiosas vivificadas por su espíritu y penetradas de su misma inquietud apostólica. Antonio María descubrió en el mundo en que la Providencia le situó, una gran indigencia; vio en su cristianismo una radiante luz que la colmara; y su vida personal, lo mismo que la de los clérigos de la Congregación de San Pablo, no será otra cosa que la dedicación a la obra de la salvación de los hermanos, en el sacrificio total de las apetencias puramente personales. Así nació en Milán esta asociación para la reforma del clero y del pueblo, que más tarde sería conocida con el nombre de los "barnabitas", por la sede en que se instalaron definitivamente a partir del año 1545. Clemente VII la aprobó en 1533. Un sacerdote y un seglar, Bartolomé Ferrari y Jacobo Morigia, fueron sus primeros colaboradores. Y no solamente en el espíritu y la doctrina quisieron estos hombres de Dios imitar a San Pablo; como éste en el foro, se lanzaron ellos a las calles de Milán, predicando, mucho más que por la preparación de su elocuencia, por la austeridad y la mortificación de la vida. No faltaron quienes se escandalizaron ante estas santas "excentricidades", acusándoles de hipócritas y aun heréticos. Se les promovió una causa ante el senado y la curia episcopal de Cremona, de la que la nueva asociación salió fortalecida, pues le valió la bula de Paulo III, quien el año 1539 puso a la nueva Congregación religiosa bajo la inmediata jurisdicción de la Santa Sede.

 Con el fin de llevar el espíritu de la Reforma a las jóvenes y a las mujeres, Antonio María transformó un instituto erigido, con esta finalidad por la condesa Luisa Torrelli de Guastalla en monasterio de religiosas que tomará por nombre el de Angélicus, que fue también aprobado por Paulo III. Siguiendo fiel a su espíritu, la base de la transformación religiosa y moral la puso el fundador en la instrucción religiosa, sin la cual no puede existir una verdadera reforma. San Carlos Borromeo se sirvió de ella aun para la reforma de los monasterios, elogiándola tanto que la llamó "la joya más preciosa de su mitra".

 No sería completa la reseña sobre la obra de San Antonio María Zacarías si pasáramos por alto una de sus preocupaciones que plasmó en una realización que a nosotros, hombres del siglo XX, nos parece especialmente interesante y actual. Consciente por experiencia propia de lo que la vida familiar, honradamente vivida, puede colaborar en la elevación de las costumbres privadas y públicas, creó una Congregación para los unidos en matrimonio, ordenada a la reforma de las familias.

 Al echar ahora una mirada retrospectiva sobre la vida de Antonio María, canonizado el 27 de mayo de 1890 por Su Santidad el papa León XIII, llama poderosamente la atención no sólo la abundancia de su obra, realizada en tan breve espacio de tiempo, sino también, y en mayor grado aún, la perspicacia y claridad de la visión que tuvo de los problemas, que le hizo buscar los remedios verdaderos y permanentes de todas las situaciones difíciles de la vida de la Iglesia: el estudio de la verdad, el amor de la caridad, el sacrificio por el hermano. Por esto San Antonio María Zacarías nos parece aun hoy un santo moderno, actual, capaz de iluminarnos con el resplandor de su vida y de su espíritu.

 JOSÉ MARÍA SETIÉN

Médico, sacerdote y fundador


En san Antonio María Zacarías tenemos a un médico, sacerdote y fundador. Un hombre ilustre que hizo de su vida joven, 37 años (1502-1539) , un servicio de amor a los demás. 

Hijo de una familia noble genovesa, nació en Cremona, Italia, donde pasó sus primeros 14 años. Y a los 15 ya estaba en París estudiando. Luego continuó haciéndolo en Padua. Obtenido el título de médico, regresó a su tierra y se enfrentó a la peste. Convirtió su casa en un hospital, y la experiencia que allí vivió fue como el manantial en que surgió su vocación sacerdotal. 

Ordenado sacerdote a los 26 años, dio pruebas de su capacidad creadora y organizadora, y la ciudad de Cremona comenzó a sentir su influencia renovadora. De allí pasó a Milán y en ella organizó varios centros de espiritualidad en los que floreció la vida según el Espíritu y el compromiso de fidelidad a los hombres.

Ese ensayo de formación de comunidades espirituales fue el germen que luego floreció en la fundación de tres instituciones que encarnan su espíritu de servicio: Barnabitas o Clérigos regulares de san Pablo, Hermanas Angélicas de San Pablo, Congregación de Señores Casados. Consumadas en breve sus energías, murió a los 37 años de edad. ¡Qué buena cosecha la de su viña! Pidamos a María, Madre de Dios y madre nuestra, que esas semillas se conserven.

ORACIÓN:

Señor, Dios nuestro: queremos compartir hoy contigo el gozo de la santidad de tu siervo e hijo Antonio María Zacarías. Como médico, fue mano protectora de muchos necesitados de salud. Como sacerdote, fue bendición par almas que buscaban perdón, gracia, paz. Como fundador, promovió en la Iglesia el espíritu comunitario de trabajo y vida. Haznos a nosotros imitadores suyos, servidores de nuestros hermanos. Amén.

viernes, 4 de julio de 2014

Se casó con ella y murió 10 horas después, pero valió la pena: el vídeo de bodas más emocionante

Se casó con ella y murió 10 horas después, pero valió la pena:  el vídeo de bodas más emocionante

Le llevaron la iglesia al hospital

Se casó con ella y murió 10 horas después, pero valió la pena: el vídeo de bodas más emocionante

Se casó con ella y murió 10 horas después, pero valió la pena:  el vídeo de bodas más emocionante
El matrimonio tiene un valor inmenso y unos símbolos poderosos, dura hasta que la muerte separa, pero muchos de sus efectos de belleza y bondad no se apagan nunca

Un conmovedor video ha impactado a las redes sociales con un fuerte mensaje sobre la importancia del matrimonio: un joven al que le detectaron cáncer terminal cumplió el sueño de casarse con el amor de su vida pocas horas antes de fallecer.

A principios de este año, Rowden y Leizl decidieron casarse el día del cumpleaños número 30 de él, pero un cáncer terminal al hígado del novio hizo que adelantaran la boda y que tuvieran que “llevarle la iglesia” al hospital porque ya no podía dejar el centro de atención médica.

Los novios y padres de la pequeña Zakiah, de dos años de edad, habían decidido casarse el día 8 de julio de 2014, pero Rowden fue diagnosticado a finales de mayo con un severo cáncer al hígado.

Lo último que él pidió fue poder casarse con Leizl. Luego de doce horas de preparaciones, pudo cumplir su sueño.

Rowden murió el 11 de junio, menos de 10 horas después de haberse casado con Leizl. El video que cuenta la historia fue publicado por el hermano de la novia.

En la descripción del video de Youtube en el que narran la historia y que ya tiene casi 10 millones de vistas, la familia “agradece al Hombre de Allá Arriba, Jesucristo, por orquestar esta inspiradora historia y por darnos suficiente tiempo para que Rowden tuviera lo que deseó y mostrarle cuán amado fue”.

Santo Evangelio 4 de Julio de 2014

Día litúrgico: Viernes XIII del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 9,9-13): En aquel tiempo, al pasar vio Jesús a un hombre llamado Mateo, sentado en el despacho de impuestos, y le dice: «Sígueme». Él se levantó y le siguió. Y sucedió que estando Él a la mesa en casa de Mateo, vinieron muchos publicanos y pecadores, y estaban a la mesa con Jesús y sus discípulos. Al verlo los fariseos decían a los discípulos: «¿Por qué come vuestro maestro con los publicanos y pecadores?». Mas Él, al oírlo, dijo: «No necesitan médico los que están fuertes, sino los que están mal. Id, pues, a aprender qué significa aquello de: ‘Misericordia quiero, que no sacrificio’. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores».


Comentario: Rev. D. Pere CAMPANYÀ i Ribó (Barcelona, España)
Sígueme

Hoy, el Evangelio nos habla de una vocación, la del publicano Mateo. Jesús está preparando el pequeño grupo de discípulos que han de continuar su obra de salvación. Él escoge a quien quiere: serán pescadores, o de una humilde profesión. Incluso, llama a que le siga un cobrador de impuestos, profesión menospreciada por los judíos —que se consideraban perfectos observantes de la ley—, porque la veían como muy cercana a tener una vida pecadora, ya que cobraban impuestos en nombre del gobernador romano, a quien no querían someterse.

Es suficiente con la invitación de Jesús: «Sígueme» (Mt 9,9). Con una palabra del Maestro, Mateo deja su profesión y muy contento le invita a su casa para celebrar allí un banquete de agradecimiento. Era natural que Mateo tuviera un grupo de buenos amigos, del mismo “ramo profesional”, para que le acompañaran a participar de aquel convite. Según los fariseos, toda aquella gente eran pecadores reconocidos públicamente como tales.

Los fariseos no pueden callar y lo comentan con algunos discípulos de Jesús: «¿Por qué come vuestro maestro con los publicanos y pecadores?» (Mt 9,10). La respuesta de Jesús es inmediata: «No necesitan médico los que están fuertes, sino los que están mal» (Mt 9,12). La comparación es perfecta: «No he venido a llamar a justos, sino a pecadores» (Mt 9,13).

Las palabras de este Evangelio son de actualidad. Jesús continúa invitándonos a que le sigamos, cada uno según su estado y profesión. Y seguir a Jesús, con frecuencia, supone dejar pasiones desordenadas, mal comportamiento familiar, pérdida de tiempo, para dedicar ratos a la oración, al banquete eucarístico, a la pastoral misionera. En fin, que «un cristiano no es dueño de sí mismo, sino que está entregado al servicio de Dios» (San Ignacio de Antioquía).

Ciertamente, Jesús me pide un cambio de vida y, así, me pregunto: ¿de qué grupo formo parte, de la persona perfecta o de la que se reconoce sinceramente defectuosa? ¿Verdad que puedo mejorar?

Santa Isabel de Portugal 4 de junio

4 de julio

SANTA ISABEL,
REINA DE PORTUGAL

(† 1336)


Según parece más probable, nació a principios de 1270, hija del rey Don Pedro III de Aragón y de la reina Doña Constanza. ¿En qué lugar? ¿En Zaragoza? ¿En Barcelona? No sabemos de fijo. Se casó en 1282 con Don Dionís, rey de Portugal, firmando el diploma matrimonial en latín. Esta frágil criatura de cabellos dorados y doce años incompletos no adivinaba, seguramente, la misión que Dios le reservaba en la agitada vida peninsular de aquellos tiempos, misión religiosa, política, social y humana de primera clase.

Nieta de Jaime I el Conquistador, biznieta de Federico II de Alemania, de ellos heredó la energía tenaz y la fuerza del alma. Pero se caracterizaba, sobre todo, por la bondad inmensa y el espíritu equilibrado y justo de Santa Isabel de Hungría, su pariente cercana. Como dice la leyenda medieval de su vida, escrita por una mano contemporánea de la reina santa, ella era una mujer llena de dulzura y bondad, muy inteligente y bien educada.

 El viaje a Portugal fue largo y dificultoso, pues los guerreros rodeaban los caminos de entonces, poco seguros. En junio de 1282 se encontraba en Trancoso con el rey Don Dionís, a quien veía por primera vez. El Libro que habla de la buena vida que hizo la reina de Portugal, Doña Isabel de Portugal, al que llamaremos leyenda primitiva, y las Crónicas de los siete primeros reyes de Portugal, trazan vigorosamente el retrato moral de esta mujer extraordinaria, que al indomable Don Alfonso IV el Bravo tan cariñosamente amó.

 Le gustaba la vida interior y el trabajo silencioso. Ayunaba días incontables a lo largo del año, se conmovía por los errantes, rezaba por su Libro de horas, cosía y hacía bordados en compañía de las dueñas y doncellas, y distribuía limosnas a los necesitados, sin olvidarse del gobierno de su casa (la casa de la reina era un mundo). Todo esto lo hacía intensamente y esta intensidad nos da medida de su vida.

 A los veinte años nació Don Alfonso IV el Bravo, que fue su cruz y el gran amor de su existencia. Caso único en la primera dinastía portuguesa, la vida de este hombre fue pura y no estará descaminado descubrir aquí la influencia de la madre, y tal vez un complejo de repugnancia por las aventuras amorosas, influenciado por los dolores, que él veía padecer a Santa Isabel, medio abandonada por el marido.

 Pero era discreta esta joven reina. Obligaba al hijo a obedecer a su padre (¡él era el rey!), fingía no saber nada, de lo de Don Dionís y al hablarle de eso cambiaba la conversación o empezaba a rezar y a leer sus libros. El rey se arrepentía o tapaba sus pecados lo más que podía. Y ella, muy mujer, pero cristiana hasta la medula del alma, criaba los hijos ilegítimos del marido. De esta forma todos se maravillaban de ver esta niña con tanto juicio y dominio de sí misma.

 En la política peninsular de entonces su poder moderador se hizo sentir profundamente, ya en las guerras entre reinos cristianos que habían de formar la España moderna, ya en las desavenencias interminables de Don Dionís con el hermano y el hijo turbulento. Daba a su dueño la razón, procuraba explicarle el derecho y la verdad. Y no siempre era fácil convencerle. En estos momentos sombríos y cargados de destino hacia el alma de esposa, de madre y de reina, aunque dulce en el habla, jugaba heroicamente todo por todo, llegando a ser desterrada lejos del rey.

 Un odio fuerte enraizaba en el alma del infante, a punto de tratar a su padre como a un extraño. Y no era solamente la familia real la que estaba desunida, eran millares de familias divididas por ambos partidos, odiándose implacablemente, quemando casas y talando campos. Para rehacer la paz, deshecha en cada momento, Santa Isabel se puso en camino de Coimbra. Luchaba por lo que modernamente llamamos arbitraje. Nada de guerras. Que la sentencia sea dada por el juez. Este es su curso. Que las tropas se alejen y, si el infante tuviese alguna razón, que el rey se la dé.

 Ahora era junto a Lisboa, donde los soldados de Don Dionís y del infante iban a empezar una guerrilla más sin fruto. Apresuradamente, Santa Isabel subió a una mula y, sin nadie a su alrededor, pasó como una mujer cualquiera entre las huestes enemigas.

 Recordó al hijo sus juramentos pasados, le pidió que no hiciese daño a su padre, habló con Don Dionís y volvió al infante por segunda vez. Y la tempestad se apaciguó pausadamente. Es una pena que se haya perdido casi toda la correspondencia, fuera de pocas cartas. De éstas recordamos una que le envió al rey Don Jaime, almirante de la Santa Iglesia de Roma. Otra se destinaba al rey Don Dionís, y nos da medida exacta de angustia de esta mujer, que amaba igualmente al marido que al hijo y los veía siempre en guerra: "No permitáis —escribe ella— que se derrame sangre de vuestra generación que estuvo en mis entrañas. Haced que vuestras armas se paren o entonces veréis cómo en seguida me muero. Si no lo hacéis iré a postrarme delante de vos y del infante, como la loba en el parto si alguien se aproxima a los cachorros recién nacidos. Y los ballesteros han de herir mi cuerpo antes de que os toque a vos o al infante. Por Santa María y por el bendito San Dionís os pido que me respondáis pronto, para que Dios os guíe".

 Los años fueron pasando, Don Dionís enfermó de viejo, como dice el cronista anónimo. Lleváronlo a Santarém y Santa Isabel, una vez más, fue su humilde enfermera, hasta que el rey entregó su alma a Dios. Entonces la reina se sintió más lejos de este mundo. Volvería a hacer paces, a entrar en relaciones, a encaminar como podía la tormentosa política de la península Ibérica, pero su propósito estaba tomado. Púsose un velo blanco y el hábito de Santa Clara, aunque libre de votos religiosos, conservando lo que era suyo, como dice ella, para construir iglesias, monasterios y hospitales. Era una resolución antigua, ya conocida del hijo y de su confesor, fray Juan de Alcami. Como antes (y todavía más, pues era ahora más libre para darse a Dios y a los pobres), se entregó a la vida interior y dio largas a su sentido cristiano de función social de riqueza.

 En sus viajes veía a los pobres sentados a las puertas de las villas y de los pueblos. Distribuía vestidos, visitaba a los enfermos poniendo en ellos sus manos sin darle asco, y los entregaba a los médicos. Frailes menores, dominicos y carmelitas, monjitas medio emparedadas en los conventos religiosos, los que venían desde España pidiendo limosna, a todos ella daba alguna cosa. En suma: no quedaban desamparados ni presos que de su limosna no recibiesen parte. Besaba los pies de las mujeres leprosas. Junto a sí criaba muchas hijas de hidalgos, caballeros y gente más humilde. De ellas, unas se casaban, otras se metían monjas, conforme Dios quería, llevando todas una dote. Y Santa Isabel ponía en todo un cariño especial, un gesto de inefable delicadeza. Per ejemplo, a las novias que ella casaba les prestaba una corona de piedras amarillas, y el tocado y el velo, para que estuviesen más guapas. Era una actividad de estadista competente y de bienhechora social. Por donde pasaba y veía hospitales, iglesias, puentes o fuentes en construcción en seguida ayudaba. Se interesaba por todas las obras, dirigió la construcción del convento de Santa Clara de Coimbra, hablaba con los operarios, les decía cómo tenían que hacer las cosas, y ellos se quedaban asombrados de sus conocimientos.

 Como todos los cristianos de la Edad Media iban a Santiago de Compostela, allí se dirigió ella sin dar explicaciones a nadie, pues su marido ya había muerto. El arzobispo celebró misa y Santa Isabel ofreció al patrono de España la más noble corona de su tesoro, velos, paños bordados, piedras preciosas y la mula con su manto de oro y plata. Al volver a Portugal traía consigo el bordón y la esclavina de los peregrinos, para "aparecer peregrina de Santiago".

 En un día caliente de verano la oyeron decir que la guerra iba a estallar entre Don Alfonso IV, rey de Portugal, y el rey de Castilla. Eran su hijo y su nieto. El calor era tremendo. Aun así la reina, cansada de años y de trabajo, se puso en camino. Esta vez el camino de Estremoz era como de muerte. Con un dolor agudo apareció una herida en el brazo y tuvo también fiebre. Junto a su cama estaba su nuera doña Beatriz, Entonces vio pasar como una dama con vestiduras blanca. ¿Tal vez Nuestra Señora? ¿Le subió la fiebre? Es posible. Pero revela un alma que pensaba en el otro mundo. El jueves siguiente confesóse, asistió a misa y con gran devoción y muchas lágrimas recibió el cuerpo de Dios. Volvió a la cama. La noche caía. Dijo a Don Alfonso IV que fuese a cenar, siguiendo la costumbre que tienen las madres de cuidar a los hijos como si siempre fuesen pequeños. Sentía que la hora estaba al llegar. ¡Mucho había ya rezado en su vida! Había visitado centenares de iglesias, había asistido a incontables fiestas eucarísticas. Sabía latín, conocía de memoria los himnos litúrgicos, a punto de corregir a los clérigos cuando ellos se equivocaban. No nos extrañemos oyéndola recitar a la hora de la muerte los versos latinos de Maria, mater gratiae, etc. La voz se consumía cada vez más, pero ella continuaba rezando, hasta que nadie la entendió; y así rezando acabó su tiempo. Cumpliríase lo que ella tanto pedía a Dios: murió junto al hijo. Y nada tan conmovedor como el amor indestructible de esta Santa que nadie vio enfadada con aquel hijo bravo y duro de cerviz. Fue esto en el castillo de Estremoz el 4 de julio de 1336.

 En siete jornadas, a través de las planicies abrasadoras de Alemtejo y de Extremadura, llevaron su cuerpo al convento de Santa Clara de Coimbra. Y allí quedó a lo largo de los siglos, rodeado de una aureola de milagros. Algunos de ellos legendarios, como el milagro de las rosas, que no viene en la leyenda primitiva. Otros verdaderos. Al canonizarla el 25 de mayo de 1625, Urbano VIII confirmaba la voz antigua del pueblo rodeando de una gloria inmortal una de las más perfectas mujeres de la Edad Media.

 MARIO MARTINS, S. I.





Realeza y Santidad


Hoy la historia y ejemplo de Isabel de Portugal (1271-1336) nos afecta, por su grandeza y cercanía. No toda nobleza humana se aleja y huye de la nobleza de hijos de Dios.

Isabel era hija de Pedro III de Aragón; nieta, por parte de padre, de Jaime I el conquistador; y sobrina-nieta, por parte de madre, de santa Isabel de Hungría (de la que tomó el nombre). 

Educada en castillos-palacios de Aragón, a los doce años ya fue entregada en matrimonio al rey de Portugal, don Dionis, que era un tipo muy distinto de ella en moral y delicadeza. Se le abría camino de flores y espinas, gloria y humillación.

Tuvo con don Dionis un hijo, el único suyo, pero hubo de sobrellevar la amargura de que otros muchos hijos de su marido fueran bastardos. 

En dos ocasiones, el hijo legítimo se rebeló contra su padre. No se entendían ni toleraban. En ambas ocasiones ella se presentó como mediadora en la batalla, como un ángel de Dios, ángel de paz y hogar.

Cuando el esposo murió, ella, en edad de 54 años, se dedicó totalmente a los pobres durante once años, bajo el hábito de terciaria franciscana. 

Era piadosa peregrina de Santiago de Compostela, adonde acudía con sus pobres. 

¡Qué belleza de santa! Con ejemplares de mujer como ella, el mundo se llenaría de vida y esperanza.

ORACIÓN:

¿Oh Dios!, tu creas la paz y amas la caridad; tú concediste a Isabel la gracia de ser conciliadora de personas enfrentadas¸ a imitación suya, haz también de nosotros instrumentos de concordia, paz, amor, esperanza. Amén.Santa