Paolo Benanti, franciscano experto en IA: ¿es neutral un mundo digital que monetiza los datos?
El teólogo franciscano Paolo Benanti, en una entrevista en la RAI italiana.
Paolo Benanti (Roma, 1973) es franciscano de la Tercera Orden Regular y profesor en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, donde se doctoró en Teología Moral. Es un gran experto mundial en robótica, ética digital e Inteligencia Artificial, y consultor de Francisco y también de la miembro de la comisión de expertos de la ONU para todo lo relacionado con ella.
Ha escrito varios libros, de los cuales acaba de publicarse en español La era digital (Encuentro).
-En su libro, describe la era digital como una "nueva era de la historia de la humanidad". ¿Cuáles son las características principales que la distinguen de épocas anteriores y cómo están redefiniendo nuestra identidad y nuestra comprensión de lo humano?
-El hombre conoce la realidad con sus instrumentos. Y todas las veces que hemos cambiado estos instrumentos, hemos cambiado el modo con el que hemos conocido la realidad.
»Hoy tenemos estos nuevos instrumentos, que son los instrumentos digitales, que nos permiten nuevas formas de conocimiento de la realidad, de nosotros mismos y de la realidad. En cierto sentido, podemos conocer con un instante lugares muy lejos de la otra parte del mundo. En un instante puedo hacer una conexión y una videollamada con una persona que nunca he visto de la otra parte del mundo.
»Pero esta conexión, este conocimiento, ahora es mediada por una pantalla, mediada por algo de otro tipo. La verdadera cuestión es que aún no sabemos hasta el fondo a dónde nos llevará este saber. ¿Cuáles son los límites de este conocimiento? Porque estamos pasando por un momento en el que es más fácil decir qué es lo que hemos dejado que qué es lo que aún no estamos construyendo.
Paolo Benanti, 'La era digital' (Encuentro). Una reflexión necesaria sobre las nuevas formas de comunicación.
-La relación entre tecnología y calidad de vida es uno de los temas que aborda. Desde su perspectiva, ¿cómo podemos equilibrar los avances tecnológicos con la preservación de una vida auténtica y significativa?
-Antes debemos entender por qué los avances tecnológicos deberían ser contrarios a una vida activa y significativa. Cuando inventamos la penicilina, creo que eso nos ayudó a mantener nuestra vida. Debemos estar muy atentos a no pensar la innovación como algo problemático a priori.
»Es simplemente un cambio. Podría ser un cambio para el bien como un cambio para el mal.
»Cuando Nobel vio a los mineros que morían en la mina, trató de estabilizar la nitroglicerina e inventó la dinamita. Al principio servía para salvar vidas y luego se convirtió en un instrumento para hacer las bombas en la guerra. Entonces, la innovación, en cuanto innovación, es ambigua. Debemos transformar la innovación en algo que se llama desarrollo, es decir, una forma de innovación que sirve al bien común.
»Y así, más que un límite, es un objetivo que tenemos, el de acompañar la innovación porque asuma las formas de desarrollo.
-Usted también explora temas como la realidad virtual, las “fake news” y el transhumanismo. ¿Cómo cree que estos aspectos están impactando en nuestra búsqueda de la verdad y nuestra relación con la realidad y con los demás?
-El Papa Francisco nos dice que la realidad es superior a la idea. Podríamos ser animados por ideas o ideologías que simplemente no nos permiten acoger a la realidad como es. En cuanto creyentes, tenemos un presupuesto, y el presupuesto es que la realidad es el fruto del acto de un Creador, y por lo tanto debe ser acogida con una posible positividad. No solo eso, la historia es una historia tocada por la salvación y en la que hay un bien ya activo y ya operativo.
»Estas dos fuerzas, estas dos directrices, deberían ser las cosas que nos acompañan en esta dirección.
Una entrevista de Paolo Benanti para Microsoft Europa (en inglés).
-Y ya por último, la tecnología parece estar transformando no solo a las personas, sino también a las familias y a las estructuras sociales. ¿Qué efectos observa en los jóvenes y en las dinámicas familiares en esta era de hiperconectividad y redes sociales?
-Bueno, no es fácil dar una respuesta. Algo está cambiando, pero en qué dirección está cambiando no lo vemos completamente, también porque estas hiperconexiones no suceden directamente entre las personas, sino mediante medios de comunicación que se llaman plataformas. Y las plataformas no hacen inmediatamente visibles los datos y los elementos que tienen, porque están ligados a otros elementos, como la necesidad de monetizar esos elementos para obtener un valor. Esto hace difícil de entender en qué medida el medio es neutral o en qué medida el medio orienta hacia una cierta dirección.
»Pero podemos reconocer que de este siglo hemos pasado dos decenios. El primer decenio se cerró con las primaveras árabes, donde los medios digitales parecían ser el mejor aliado de la libertad y la democracia. Se hablaba y se necesitaba y quería la democracia, aunque en realidad no tenían todo esto.
»El segundo decenio, en 2021, se cerró con los incidentes del Capitolio en Washington, donde los medios digitales parecían ser los mejores aliados de las fake news, la polarización, etc. ¿Qué sucedió? Por medio sucedió que las grandes plataformas entraron en la bolsa y tuvieron que monetizar todos los datos. Y esto parece que produjo efectos en la opinión pública y demás.
»Es mucho más el momento de las preguntas que el de las fáciles respuestas. Con esta complejidad, hay que reconocer si hay efectos negativos en la opinión pública y en el contrato social a través de los sujetos que ganan dinero a través de estas intermediaciones y conexiones.
En aquel tiempo, Jesús subió al monte y llamó a los que Él quiso; y vinieron donde Él. Instituyó Doce, para que estuvieran con Él, y para enviarlos a predicar con poder de expulsar los demonios. Instituyó a los Doce y puso a Simón el nombre de Pedro; a Santiago el de Zebedeo y a Juan, el hermano de Santiago, a quienes puso por nombre Boanerges, es decir, hijos del trueno; a Andrés, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago el de Alfeo, Tadeo, Simón el Cananeo y Judas Iscariote, el mismo que le entregó.
«Jesús subió al monte y llamó a los que Él quiso»
Rev. D. Jordi POU i Sabater
(Sant Jordi Desvalls, Girona, España)
Hoy, el Evangelio condensa la teología de la vocación cristiana: el Señor elige a los que quiere para estar con Él y enviarlos a ser apóstoles (cf. Mc 3,13-14). En primer lugar, los elige: antes de la creación del mundo, nos ha destinado a ser santos (cf. Ef 1,4). Nos ama en Cristo, y en Él nos modela dándonos las cualidades para ser hijos suyos. Sólo en vistas a la vocación se entienden nuestras cualidades; la vocación es el “papel” que nos ha dado en la redención. Es en el descubrimiento del íntimo “por qué” de mi existencia cuando me siento plenamente “yo”, cuando vivo mi vocación.
¿Y para qué nos ha llamado? Para estar con Él. Esta llamada implica correspondencia: «Un día —no quiero generalizar, abre tu corazón al Señor y cuéntale tu historia—, quizá un amigo, un cristiano corriente igual a ti, te descubrió un panorama profundo y nuevo, siendo al mismo tiempo viejo como el Evangelio. Te sugirió la posibilidad de empeñarte seriamente en seguir a Cristo, en ser apóstol de apóstoles. Tal vez perdiste entonces la tranquilidad y no la recuperaste, convertida en paz, hasta que libremente, porque te dio la gana —que es la razón más sobrenatural—, respondiste que sí a Dios. Y vino la alegría, recia, constante, que sólo desaparece cuando te apartas de El» (San Josemaría).
Es don, pero también tarea: santidad mediante la oración y los sacramentos, y, además, la lucha personal. «Todos los fieles de cualquier estado y condición de vida están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad, santidad que, aún en la sociedad terrena, promueve un modo más humano de vivir» (Concilio Vaticano II).
Así, podemos sentir la misión apostólica: llevar a Cristo a los demás; tenerlo y llevarlo. Hoy podemos considerar más atentamente la llamada, y afinar en algún detalle de nuestra respuesta de amor.
Joven pianista china, llegó a la fe preguntándose por ese «Dios que muere» en una obra de Vivaldi
Weng Yirui, al piano.
Weng Yirui, al piano: descubrió la fe haciéndose preguntas sobre la música sacra que tocaba. Foto: Tempi.
"¿Cómo puede Dios morir?". Ésta es la historia de una pianista atea que empezó a hacerse preguntas por el Gloria de Vivaldi. Y de cómo, gracias a su amistad con un sacerdote, se convirtió y aprendió a perdonar. "Rezo para que los jóvenes de China puedan ver y seguir la verdad, y no a la sociedad", dice.
Leone Grotti ha hablado con Weng Yirui en el número de enero de 2025 de Tempi:
La partitura y la cruz
"¿Qué historia es ésta?". La pregunta que Weng Yirui hizo a su profesor de música sacra en 2018, interrumpiendo de repente la interpretación al piano del Gloria de Antonio Vivaldi, no es exactamente el tipo de pregunta que se suele escuchar en el Conservatorio de Milán. Los alumnos suelen omitir el texto y centrarse en la partitura o en la técnica. Pero Yirui no sabía lo que era una misa y mucho menos un "cordero de Dios" y, cuanto más intentaba el profesor, asombrado, resumir con pocas palabras la historia de Jesús, la más conocida del mundo, que hoy en Occidente casi damos por sentada, más insistía la joven china con sus preguntas.
El 'Gloria' de Vivaldi, con su mención al 'Agnus Dei, Filius Patri [Cordero de Dios, Hijo del Padre]', despertó la inquietud de Yirui.
"¿Cómo puede Dios morir?", preguntaba sorprendida sin prestar atención a la incredulidad de su interlocutor. "¿Y por qué deberíamos celebrar su muerte?". Yirui se había trasladado a Italia, patria de la ópera, desde la lejana Hangzhou, a más de 9.000 kilómetros hacia el este, en China, por amor a la música. Y no podía imaginar que el origen de aquellas melodías que tanto la habían fascinado era mucho más profundo que la mera creatividad del artista.
"Antes de llegar a Italia en 2016, con 22 años, nunca había visto una iglesia", cuenta Yirui a Tempi, recibiéndonos en el estudio de su casa de Milán, mientras desde la habitación contigua un majestuoso gato de suave pelaje gris produce una sinfonía de fondo paseando perezosamente sobre el teclado del piano.
Bautizarse en Milán
Todo en casa de Yirui habla de música: los libros de texto del Conservatorio ordenados en las estanterías de la librería, las partituras sobre las mesas y las sillas, los carteles de La Traviata de Giuseppe Verdi o Las bodas de Fígaro de Wolfgang Amadeus Mozart colgados de las paredes.
Y entre ellos, destacan una copia del icono ortodoxo más famoso del mundo, la Theotokos de Vladimir, una de la Virgen de Sheshan, la más conocida de toda China y una del Crucifijo de San Damián, el que según la tradición, en 1205 habló así al poverello de Asís: "Francisco, ve y repara mi casa, que, como ves, está toda en ruinas".
La Virgen de Vladimir, la Virgen de Sheshan y el Crucifijo de San Damiano.
Hay una iglesia en su ciudad natal, pero Yirui, nacida el 8 de agosto de 1994 en Hangzhou y "renacida" con el nombre de Eleonora el día de su bautismo en Milán, el 8 de abril de 2023, nunca había reparado en ella. Sus padres, ateos, siempre le habían enseñado a creer sólo en sí misma y en el trabajo duro. La madre es profesora de Física en un instituto, su padre de Psicología; la única filosofía permitida en casa siempre ha sido la utilitarista. "Ellos nunca han creído en nada. Mi padre, además, es miembro del Partido Comunista chino": por tanto, seguía el ateísmo también por contrato. Sólo en Nochevieja la familia Weng iba al templo budista a "quemar unas velas de incienso", más por tradición que por otra cosa.
"No hagas preguntas inútiles"
En realidad, Yirui tenía muchas preguntas, pero su madre siempre las cortaba de raíz. "Un día llegué de la escuela y le pregunté de dónde venimos y adónde vamos después de la muerte", cuenta la pianista. "Mi madre se sentó a la mesa, abrió su libro de física y me explicó el origen científico-material del mundo. Luego lo cerró y me dijo: 'No hagas más preguntas inútiles'".
No pudiendo expresarse con palabras ("en China no hay mucha libertad entre padres e hijos"), Yirui aprendió a hablar a través de la música. La chispa de la pasión prendió en ella a una edad muy temprana. "En Hangzhou, vivíamos en el campus de la escuela donde mis padres enseñaban. Después de las clases, a menudo me dejaban tocar en las aulas. Un día vi un piano y empecé a tocar las teclas por diversión. Me gustaba el sonido. Mi padre me vio y me preguntó si quería aprender. Le dije que sí y desde entonces no he parado".
A través de la música, Yirui pudo expresar esas emociones que siempre había tenido que reprimir en casa. Sentada frente al piano, le resultaba fácil hacer lo que parecía imposible en su escritorio: concentrarse. "Cuando toco, el tiempo parece detenerse y es cuando me siento realmente cómoda. Para mí la música es muy importante, es el instrumento para hablar de mí misma. Por eso también me he acostumbrado a captar todos sus matices".
Como la belleza de la armonía en Johann Sebastian Bach, algo "increíble que nunca había percibido en otras composiciones". Su profesor en China "se centraba sólo en la técnica, para él era suficiente que yo supiera interpretarlo perfectamente de principio a fin. Pero parecía haber algo más en aquella música, aunque yo no entendiera el qué. Hoy sé que sin Dios esos motivos nunca habrían existido, pero en China ni siquiera se mencionaba el tema".
El 'Gloria' de la 'Misa en Si menor' de Juan Sebastián Bach.
A veces alegre, a veces triste
Yirui conoció el cristianismo en 2016, cuando decidió trasladarse a Italia. Graduada por la Universidad Normal de Hangzhou, se especializó en didáctica, piano y canto. "No me gusta ser solista, me gusta colaborar con los demás", continúa, ajustándose un mechón de su larga melena castaña. "Por eso decidí ejercer de acompañante de coro, para ayudar a los cantantes". La patria de Giuseppe Verdi era el lugar ideal para cultivar su pasión y convertirla en profesión y justo buscando información en internet sobre el Belpaese, Yirou se topó por primera vez con un término desconocido: "Italia es un país 'católico'".
Tras trasladarse a Milán para estudiar el idioma, pronto se dio cuenta de lo que significaba el término. "Uno de los primeros lugares que nuestro profesor de italiano nos llevó a visitar fue el Duomo y me quedé boquiabierta: nunca había visto nada tan bonito e inmediatamente me pregunté por qué se había construido un edificio tan magnífico". Luego, paseando por el centro, se dio cuenta de que "había una iglesia casi en cada esquina" y una vez entró en una: "Me sorprendió el silencio. Vi a esa gente, sentada en los bancos, o de pie, sin hablar. Me pregunté qué estarían haciendo. Luego me di cuenta de que todos miraban el crucifijo y no comprendía por qué".
Esas preguntas latían en su interior como brasas humeantes bajo las cenizas y se despertaron en 2018, en su segundo año en el Conservatorio de Música de Milán, cuando empezó un curso de música sacra. El profesor, ateo, no podía responder a sus preguntas y ella se dio cuenta de que si quería entender esa música "espléndida, a veces alegre y a veces triste", tenía que comprender la cultura italiana y "profundizar en la religión católica". La oportunidad llegó en 2020. "Después de graduarme, empecé a trabajar en el Conservatorio de Novara. Un compañero me llevaba a la ciudad piamontesa. Era católico e iba a misa todas las mañanas. Yo le esperaba en la puerta de la iglesia y después me subía al coche con él".
La desventaja de ser bueno
Durante el trayecto, Yirui encontró respuestas a muchas de las preguntas que se planteaba, pero no a todas, principalmente por la barrera del idioma. Así que su compañero buscó un sacerdote chino que pudiera ayudarla a entender y la confió al padre Francesco Zhao, responsable de la comunidad católica china de Milán. "Me preguntó si creía en algo y le dije que sí, aunque no sabía en qué. Don Francesco nunca intentó convertirme y al principio no tenía intención de hacerlo. Sin embargo, empecé a ir a verle una vez a la semana: el primer año estudié con él el Antiguo Testamento y el segundo, el Evangelio".
Yendo a ver al padre Francesco, Yirui también conoció a la comunidad católica china de Milán y quedó profundamente impresionada. "Aquellas personas ni siquiera me conocían, y sin embargo me querían como si fueran mi familia. Les miraba y no dejaba de preguntarme por qué". Durante un viaje a Asís en 2021 con el padre Francesco, intrigada, pidió al sacerdote por primera vez que le enseñara a rezar. "Quería comprender lo que la gente hacía en la iglesia. Me habían dicho que se podía hablar con Dios y tenía muchas preguntas que hacerle. La oración cambió literalmente mi vida".
Empezando por el trabajo. "Empecé a trabajar muy pronto como profesora de canto y acompañante de piano", explica Yirui. "Me encontré con muchas dificultades y sufría mucho estrés antes de los conciertos. Me aterrorizaba la idea de cometer errores y llegó un momento en que no pude soportarlo más. Un día, antes de un concierto, probé a rezar, recité un Ave María y dije: 'Tocaré este concierto por ti, protégeme'. Para mi asombro, toqué mejor y no me equivoqué en nada. A partir de ese día, empecé a rezar más a menudo".
A finales de 2022, Yirui se dio cuenta de que quería ser parte de la Iglesia católica y empezó el catecismo con el padre Francesco. Fue un viaje apasionante y a la vez agotador: "No fue fácil entender por qué Jesús enseña a perdonar, no es lo que aprendí en China. Si alguien me hace daño, pensaba, ¿por qué debería perdonarle? Si hago el mal, ¿cómo puedo perdonarme a mí mismo? Mis padres me educaron a protegerme, defenderme y a no ser demasiado buena porque la gente se aprovecha de los buenos. En cambio, la Iglesia considera que el que perdona es fuerte y valiente. Mi madre siempre me decía que no podía permitirme cometer errores, que tenía que ser perfecta y siempre tenía miedo a fracasar. El encuentro con Dios cambió realmente mi vida, porque ahora ya no tengo miedo".
La misa en Hangzhou
Es como si Yirui hubiese tenido que empezar de cero: "En China, a los niños se les enseña a tomar las riendas de sus propias vidas y a controlar su propio futuro. El padre Francesco, en cambio, me empujó a dejarme guiar por Dios y a seguir el camino trazado para mí. También me explicó que no todo es sencillo y que cada uno debe llevar su propia cruz a cuestas y seguir a Jesús".
Yirui pensó que era una metáfora, que el bautismo borraría el mal de su vida, que Dios la protegería y que todo sería de color de rosa a partir de entonces. Evidentemente, no fue así. De hecho, después del bautismo, el compañero que había desempeñado un papel tan importante en su descubrimiento de la fe y que se había convertido en su jefe "empezó a comportarse de forma extraña, utilizaba su influencia sobre mí de forma equivocada, me controlaba". Yirui, para quien en aquel momento el trabajo lo representaba "todo", se vio obligada a renunciar a su empleo para escapar de su influencia, a pesar de que acababa de obtener un contrato indefinido.
A partir de febrero, durante tres meses, estuvo en casa sin trabajo, y atravesó una época de crisis, "no quería ver a nadie". No entendía cómo el hombre que le había ayudado a descubrir a Dios podía comportarse así. Entonces un periodista del Opus Dei le pidió una entrevista para contar su historia "y me vi obligada a mirar atrás y reconsiderar todo lo que me había pasado desde el principio. Me sentí conmovida por todo el bien que había recibido y fui capaz de perdonar". "Me di cuenta", continúa la pianista, "de que Dios no borra el mal, sino que te da la fuerza para afrontarlo".
La catedral de la Inmaculada Concepción de Hangzhou.
La catedral de la Inmaculada Concepción de Hangzhou, la única iglesia católica abierta en una ciudad de once millones de habitantes situada al suroeste de Shanghai, donde el número de católicos puede estar en torno a 65.000. Foto: Wikipedia.
Ahora, cuando vuelve a casa, Yirui visita la iglesia de Hangzhou, que, sin embargo, "siempre está cerrada, excepto para la misa de las 6 de la mañana entre semana y algunos servicios los domingos". También habla con los jóvenes que acuden a la parroquia. El edificio está bien conservado, pero la frase pronunciada por el Crucifijo de San Damián a San Francisco bien podría referirse a la Iglesia de China. "Los chicos me preguntaron qué hacen los católicos en Italia, se ve que les gustaría tener una relación, pero no es posible", reflexiona la pianista. También necesitarían un padre Francesco Zhao, pero no lo tienen, están solos. Cambiar las cosas sin un guía es difícil: "En China impera el materialismo, pero hay un gran deseo espiritual. Los jóvenes se dan cuenta de que los valores que propone la sociedad no son los reales, pero no saben dónde encontrar el coraje para cambiar las cosas. Realmente rezo para que puedan ver y seguir la verdad, no a la sociedad. Pero para transmitir algo a los demás, primero hay que vivirlo".
Hablar de religión en China
Se aplica en China, como en Italia. "Hablé de la fe a mis padres y ellos, al verme feliz, me apoyaron, como hicieron con la música", concluye Yirui, reclamada ahora por los alumnos chinos a los que enseña canto y que la esperan a la puerta del estudio. "Después de mi bautismo, vinieron a visitarme a Italia y quedaron muy impresionados por la comunidad católica. Mi padre incluso empezó a santiguarse". Cada cosa, sin embargo, a su tiempo. "Mis padres aún trabajan en la escuela pública, en China, así que no es prudente hablar demasiado de religión en WeChat, los teléfonos podrían estar pinchados", reconoce. "El año que viene, sin embargo, se jubilarán y les invitaré a volver a Italia".
Quién sabe, quizá también surja una pregunta en sus corazones, como una melodía irresistible.
En aquel tiempo, Jesús se apareció a los once y les dijo: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará. Éstas son las señales que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien».
«Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva»
Rev. D. Josep GASSÓ i Lécera
(Ripollet, Barcelona, España)
Hoy, la Iglesia celebra la fiesta de la Conversión de san Pablo, apóstol. El breve fragmento del Evangelio según san Marcos recoge una parte del discurso acerca de la misión que confiere el Señor resucitado. Con la exhortación a predicar por todo el mundo va unida la tesis de que la fe y el bautismo son requisitos necesarios para la salvación: «El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará» (Mc 16,16). Además, Cristo garantiza que a los predicadores se les dará la facultad de hacer prodigios o milagros que habrán de apoyar y confirmar su predicación misionera (cf. Mc 16,17-18). La misión es grande —«Id por todo el mundo»—, pero no faltará el acompañamiento del Señor: «Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20).
La oración colecta de hoy, propia de la fiesta, nos dice: «Oh Dios, que con la predicación del Apóstol san Pablo llevaste a todos lo pueblos al conocimiento de la verdad, concédenos, al celebrar hoy su conversión, que, siguiendo su ejemplo, caminemos hacia Ti como testigos de tu verdad». Una verdad que Dios nos ha concedido conocer y que tantas y tantas almas desearían poseer: tenemos la responsabilidad de transmitir hasta donde podamos este maravilloso patrimonio.
La Conversión de san Pablo es un gran acontecimiento: él pasa de perseguidor a convertido, es decir, a servidor y defensor de la causa de Cristo. Muchas veces, quizá, también nosotros mismos hacemos de “perseguidores”: como san Pablo, tenemos que convertirnos de “perseguidores” a servidores y defensores de Jesucristo.
Con Santa María, reconozcamos que el Altísimo también se ha fijado en nosotros y nos ha escogido para participar de la misión sacerdotal y redentora de su Hijo divino: Regina apostolorum, Reina de los apóstoles, ¡ruega por nosotros!; haznos valientes para dar testimonio de nuestra fe cristiana en el mundo que nos toca vivir.
En aquel tiempo, Jesús se retiró con sus discípulos hacia el mar, y le siguió una gran muchedumbre de Galilea. También de Judea, de Jerusalén, de Idumea, del otro lado del Jordán, de los alrededores de Tiro y Sidón, una gran muchedumbre, al oír lo que hacía, acudió a Él. Entonces, a causa de la multitud, dijo a sus discípulos que le prepararan una pequeña barca, para que no le aplastaran. Pues curó a muchos, de suerte que cuantos padecían dolencias se le echaban encima para tocarle. Y los espíritus inmundos, al verle, se arrojaban a sus pies y gritaban: «Tú eres el Hijo de Dios». Pero Él les mandaba enérgicamente que no le descubrieran.
«Le siguió una gran muchedumbre de Galilea. También de Judea, de Jerusalén, de Idumea, del otro lado del Jordán, de los alrededores de Tiro y Sidón»
Rev. D. Melcior QUEROL i Solà
(Ribes de Freser, Girona, España)
Hoy, todavía reciente el bautismo de Juan en las aguas del río Jordán, deberíamos recordar el talante de conversión de nuestro propio bautismo. Todos fuimos bautizados en un solo Señor, una sola fe, «en un solo Espíritu para formar un solo cuerpo» (1Cor 12,13). He aquí el ideal de unidad: formar un solo cuerpo, ser en Cristo una sola cosa, para que el mundo crea.
En el Evangelio de hoy vemos cómo «una gran muchedumbre de Galilea» y también otra mucha gente procedente de otros lugares (cf. Mc 3,7-8) se acercan al Señor. Y Él acoge y procura el bien para todos, sin excepción. Esto lo hemos de tener muy presente durante el octavario de oración para la unidad de los cristianos.
Démonos cuenta de cómo, a lo largo de los siglos, los cristianos nos hemos dividido en católicos, ortodoxos, anglicanos, luteranos, y un largo etcétera de confesiones cristianas. Pecado histórico contra una de las notas esenciales de la Iglesia: la unidad.
Pero aterricemos en nuestra realidad eclesial de hoy. La de nuestro obispado, la de nuestra parroquia. La de nuestro grupo cristiano. ¿Somos realmente una sola cosa? ¿Realmente nuestra relación de unidad es motivo de conversión para los alejados de la Iglesia? «Que todos sean uno, para que el mundo crea» (Jn 17,21), ruega Jesús al Padre. Éste es el reto. Que los paganos vean cómo se relaciona un grupo de creyentes, que congregados por el Espíritu Santo en la Iglesia de Cristo tienen un solo corazón y una sola alma (cf. Hch 4,32-34).
Recordemos que, como fruto de la Eucaristía —a la vez que la unión de cada uno con Jesús— se ha de manifestar la unidad de la Asamblea, ya que nos alimentamos del mismo Pan para ser un solo cuerpo. Por tanto, lo que los sacramentos significan, y la gracia que contienen, exigen de nosotros gestos de comunión hacia los otros. Nuestra conversión es a la unidad trinitaria (lo cual es un don que viene de lo alto) y nuestra tarea santificadora no puede obviar los gestos de comunión, de comprensión, de acogida y de perdón hacia los demás.
De agnóstico a diácono permanente: estuvo 15 años yendo a misa con su familia sin comulgar
Lester Loh es un activo diácono permanente en Florida, cuenta su conversión
Lester Loh hoy es un diácono permanente en la diócesis de Palm Beach (Florida), pero durante años fue un agnóstico muy alejado de Dios y de la Iglesia Católica. Ha querido contar su historia a JonMarc Grodi, en Journey Home (EWTN) y CHNetwork.org.
A la iglesia presbiteriana los domingos... a veces
Fue el más pequeño de los tres hijos de sus padres. Sus hermanos tenían 8 y 9 años más que él. Su madre era protestante presbiteriana, una rama protestante que no tiene obispos. Fue bautizado como presbiteriano y de niño iba a la iglesia y a la escuela dominical (similar a la catequesis, para niños protestantes). Al crecer ya no insistían mucho en que fuera.
Su padre no estaba interesado en cosas espirituales. Lester admiró a su padre siempre, hasta que murió, y fue un gran modelo en muchas cosas, pero nunca le enseñó nada a nivel religioso.
Tenía alguna idea de cosas católicas. En en instituto jugaba a deportes con amigos católicos. Uno le dijo que tenía que ir a misa por la mañana, le invitó y Lester le acompañó. "No tenía ni idea de cuando levantarme, ni cuando sentarme ni nada más", recuerda.
Muchos de sus amigos se apuntaron a universidades católicas, así que también él acabó yendo a Georgetown y el Boston College, universidades de los jesuitas. Su hermana mayor se casó con un católico, y así él acudió a su boda católica.
Agnóstico en la universidad
En la universidad no le interesaba nada la religión ni acudía a ninguna iglesia. Parece que en la universidad católica nadie le invitó a una experiencia católica. Una vez entró en la capilla por equivocación pensando que era la biblioteca "y no repetí nunca ese error". Cuando le preguntaban por su religión, empezó a responder "agnóstico".
Se graduó en Empresariales y empezó a trabajar para Eastman Kodak, la gran empresa de fotografía. En una cita a ciegas conoció a una chica. Enseguida vieron que tenían en común que no iban a la iglesia, aunque ella era católica. Empezaron a salir y se casaron en 1982, según el sacramento católico. Hace ya 42 años que son matrimonio.
Cuatro años después de casarse, nació su hijo y empezaron a pensar que entre sus responsabilidades estaba la de presentar la fe al niño. Así empezaron a ir a la iglesia católica, al Sagrado Corazón en Georgetown, Connecticut, una iglesita de campo, donde hicieron muchos amigos. Allí adoptaron a una niña de Paraguay. En el año 2000 toda la familia se mudó a Florida.
Un comprador lento... a misa sin comulgar
Durante 15 años Lester fue a misa cada domingo con su esposa e hijos, sin comulgar. Como experto en ventas, él se define como un "cliente lento". Es el que tarda mucho en tomar la decisión aunque la pondere y examine. Y también en lo religioso.
"Yo no quería necesariamente comprar de inmediato algunos temas no-negociables, que hoy son importantes para mí", apunta. Por ejemplo, dice, "crecí durante la revolución sexual de los 70, había un campo abierto con cosas que la Iglesia veía como no negociables. Los temas de defensa de la vida, la eutanasia, el aborto... hoy son muy importantes para mí".
Otro ejemplo son los sacramentos de la Iglesia. La enseñanza católica de que la Eucaristía contiene al Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Cristo, que hoy es importante en su espiritualidad, le resultaba difícil de aceptar. En su infancia, ir a la Iglesia era algo de lo que podía escaparse. Pero la fe católica insiste en ir a misa cada semana. Eran cambios que debía asumir.
La suegra luterana en el Domingo de Pentecostés
Su esposa estaba creciendo mucho en la fe, incluso empezaba a servir como catequista de adultos. Y ahora hasta sus suegros venían a misa con ellos. El suegro era católico, pero la suegra era de origen luterano. "En cierto sentido, no quería que mi familia me adelantara mucho", considera. En esa época Lester se habría definido como un cristiano sin denominación concreta.
Un día, al salir de misa de Pentecostés, planteó a su suegra luterana: "¿si voy a la catequesis RCIA, de iniciación de adultos, vendrías conmigo?" Ella llevaba 4 o 5 décadas yendo a misa cada domingo sin comulgar.
"Yo pensaba en mi interior: 'que diga que no, que diga que no'. Pero dijo que sí. Y la reacción de mi esposa, a mi lado, no tenía precio: '¿qué es lo que acabo de oír?' Casi se cae de la acera". Y la esposa de Lester le dijo: 'justo acababa de decirle a Jesús que ya me había rendido contigo'.
Lester cree que ese Domingo de Pentecostés, simplemente, el Espíritu Santo le sacudió y despertó de su parálisis. La catequesis, a cargo de dos monjas dominicas, fue buena y acogedora. Esa Vigilia Pascual de 2002, Lester y su suegra entraban juntos en plena comunión con la Iglesia Católica, con sus cónyuges como acompañantes.
El llamado al diaconado
En 2003 pensó en ser diácono permanente. Llevaba años sirviendo en distintas organizaciones, como la Cruz Roja, los Rotarios... siempre le gustó hacer esas cosas. Su esposa no estaba muy convencida del diaconado y se lo desaconsejó.
Pero él empezó a servir como lector, como ministro extraordinario de la Eucaristía, como catequista... preparar la catequesis y responder a los niños y adolescentes le ayudó a conocer mejor la fe. Para 2005 su esposa aceptó la vocación de Lester. Un hombre casado necesita el permiso explícito de su esposa para ser ordenado diácono permanente, y ahora ya contaba con ello.
Estudió Historia de la Iglesia, Biblia, Teología, y conoció otros hombres con la misma vocación. Fue un proceso de 4 años. De los 10 que empezaron esa formación, 7 se ordenaron en 2011. Una de las personas que más le animaron en esta vocación fue, curiosamente, un ministro evangélico, capellán del equipo de fútbol americano de los Detroit Lions, llamado Billy Zeoli, que le animaba a tomarse en serio la fe. Mientras tanto, su esposa empezó a colaborar en la oficina episcopal de matrimonio y Familia.
Su servicio diaconal: provida, prisiones, familia...
"Los diáconos decimos que bautizamos, casamos, y enterramos. No hacemos unción de los enfermos, no escuchamos confesiones. Somos testigos en matrimonios. Presidimos en bautizos. Visitamos hospitales. Estoy implicado en el ministerio de prisiones, en el de Defensa de la Vida, en muchos ministerios fuera de la parroquia", detalla. Alaba la Teología del Cuerpo de Juan Pablo II, la visión cristiana del sexo que ha sabido responder bien a los errores de la Revolución Sexual. A veces la expone a protestantes abiertos a los temas profamilia, que se admiran con ella.
En la lucha provida, defiende la vida de todos: los bebés por nacer, las madres, los enfermos frente a la eutanasia y los presos frente a la pena de muerte. "He escrito muchas cartas a gobernadores pidiéndoles que dejen de firmar penas de muerte", detalla. Hoy intenta ir a misa diaria, y casi siempre lo consigue. Es devoto de San José: lo tomó como patrón de su confirmación con casi 50 años, siendo padre y esposo y buscando un buen modelo.
Lester Loh cuenta su historia hablando con JonMarc Grodi en Journey Home (inglés):
En aquel tiempo, entró Jesús de nuevo en la sinagoga, y había allí un hombre que tenía la mano paralizada. Estaban al acecho a ver si le curaba en sábado para poder acusarle. Dice al hombre que tenía la mano seca: «Levántate ahí en medio». Y les dice: «¿Es lícito en sábado hacer el bien en vez del mal, salvar una vida en vez de destruirla?». Pero ellos callaban. Entonces, mirándoles con ira, apenado por la dureza de su corazón, dice al hombre: «Extiende la mano». Él la extendió y quedó restablecida su mano. En cuanto salieron los fariseos, se confabularon con los herodianos contra Él para ver cómo eliminarle.
«¿Es lícito en sábado hacer el bien en vez del mal, salvar una vida en vez de destruirla?»
Rev. D. Joaquim MESEGUER García
(Rubí, Barcelona, España)
Hoy, Jesús nos enseña que hay que obrar el bien en todo tiempo: no hay un tiempo para hacer el bien y otro para descuidar el amor a los demás. El amor que nos viene de Dios nos conduce a la Ley suprema, que nos dejó Jesús en el mandamiento nuevo: «Amaos unos a otros como yo mismo os he amado» (Jn 13,34). Jesús no deroga ni critica la Ley de Moisés, ya que Él mismo cumple sus preceptos y acude a la sinagoga el sábado; lo que Jesús critica es la interpretación estrecha de la Ley que han hecho los maestros y los fariseos, una interpretación que deja poco lugar a la misericordia.
Jesucristo ha venido a proclamar el Evangelio de la salvación, pero sus adversarios, lejos de dejarse convencer, buscan pretextos contra Él: «Había allí un hombre que tenía la mano paralizada. Estaban al acecho a ver si le curaba en sábado para poder acusarle» (Mc 3,1-2). Al mismo tiempo que podemos ver la acción de la gracia, constatamos la dureza del corazón de unos hombres orgullosos que creen tener la verdad de su parte. ¿Experimentaron alegría los fariseos al ver aquel pobre hombre con la salud restablecida? No, todo lo contrario, se obcecaron todavía más, hasta el punto de ir a hacer tratos con los herodianos —sus enemigos naturales— para mirar de perder a Jesús, ¡curiosa alianza!
Con su acción, Jesús libera también el sábado de las cadenas con las cuales lo habían atado los maestros de la Ley y los fariseos, y le restituye su sentido verdadero: día de comunión entre Dios y el hombre, día de liberación de la esclavitud, día de la salvación de las fuerzas del mal. Nos dice san Agustín: «Quien tiene la conciencia en paz, está tranquilo, y esta misma tranquilidad es el sábado del corazón». En Jesucristo, el sábado se abre ya al don del domingo.