Texto del Evangelio (Jn 6,1-15): En aquel tiempo, se fue Jesús a la otra ribera del mar de Galilea, el de Tiberíades, y mucha gente le seguía porque veían las señales que realizaba en los enfermos. Subió Jesús al monte y se sentó allí en compañía de sus discípulos. Estaba próxima la Pascua, la fiesta de los judíos. Al levantar Jesús los ojos y ver que venía hacia Él mucha gente, dice a Felipe: «¿Dónde vamos a comprar panes para que coman éstos?». Se lo decía para probarle, porque Él sabía lo que iba a hacer. Felipe le contestó: «Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un poco». Le dice uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro: «Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es eso para tantos?».
Dijo Jesús: «Haced que se recueste la gente». Había en el lugar mucha hierba. Se recostaron, pues, los hombres en número de unos cinco mil. Tomó entonces Jesús los panes y, después de dar gracias, los repartió entre los que estaban recostados y lo mismo los peces, todo lo que quisieron. Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: «Recoged los trozos sobrantes para que nada se pierda». Los recogieron, pues, y llenaron doce canastos con los trozos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido. Al ver la gente la señal que había realizado, decía: «Éste es verdaderamente el profeta que iba a venir al mundo». Dándose cuenta Jesús de que intentaban venir a tomarle por la fuerza para hacerle rey, huyó de nuevo al monte Él solo.
«Se lo decía para probarle, porque Él sabía lo que iba a hacer»
Rev. D. Antoni CAROL i Hostench
(Sant Cugat del Vallès, Barcelona, España)
Hoy leemos el Evangelio de la multiplicación de los panes: «Tomó entonces Jesús los panes y, después de dar gracias, los repartió entre los que estaban recostados y lo mismo los peces, todo lo que quisieron» (Jn 6,11). El agobio de los Apóstoles ante tanta gente hambrienta nos hace pensar en una multitud actual, no hambrienta, sino peor aún: alejada de Dios, con una “anorexia espiritual”, que impide participar de la Pascua y conocer a Jesús. No sabemos cómo llegar a tanta gente... Aletea en la lectura de hoy un mensaje de esperanza: no importa la falta de medios, sino los recursos sobrenaturales; no seamos “realistas”, sino “confiados” en Dios. Así, cuando Jesús pregunta a Felipe dónde podían comprar pan para todos, en realidad «se lo decía para probarle, porque Él sabía lo que iba a hacer» (Jn 6,5-6). El Señor espera que confiemos en Él.
Al contemplar esos “signos de los tiempos”, no queremos pasividad (pereza, languidez por falta de lucha...), sino esperanza: el Señor, para hacer el milagro, quiere la dedicación de los Apóstoles y la generosidad del joven que entrega unos panes y peces. Jesús aumenta nuestra fe, obediencia y audacia, aunque no veamos enseguida el fruto del trabajo, como el campesino no ve despuntar el tallo después de la siembra. «Fe, pues, sin permitir que nos domine el desaliento; sin pararnos en cálculos meramente humanos. Para superar los obstáculos, hay que empezar trabajando, metiéndonos de lleno en la tarea, de manera que el mismo esfuerzo nos lleve a abrir nuevas veredas» (San Josemaría), que aparecerán de modo insospechado.
No esperemos el momento ideal para poner lo que esté de nuestra parte: ¡cuanto antes!, pues Jesús nos espera para hacer el milagro. «Las dificultades que presenta el panorama mundial en este comienzo del nuevo milenio nos inducen a pensar que sólo una intervención de lo alto puede hacer esperar un futuro menos oscuro», escribió San Juan Pablo II. Acompañemos con el Rosario a la Virgen, pues su intercesión se ha hecho notar en tantos momentos delicados por los que ha surcado la historia de la Humanidad.
El padre Nacho, a su llegada a IFEMA antes de empezar su guardia en este megahospital de campaña
Son ya unos 80 los sacerdotes y religiosos los que han fallecido estas semanas en España debido al coronavirus y muchos más han enfermado jugándose la vida para atender espiritualmente a tantos enfermos víctimas de esta pandemia. Desde obispos a seminaristas y religiosas, son muchos los que han caído contagiados.
Con el paso de las semanas se está conociendo y poniendo en valor el papel que está jugando la Iglesia, tanto en el aspecto espiritual como asistencial. Y especialmente el de los sacerdotes, reconocidos en hospitales tanto por los propios enfermos como por los profesionales sanitarios por su entrega y dedicación.
El reconocimiento a los sacerdotes en esta pandemia
De este modo, publicaciones generalistas están cada vez dedicando más espacio a la labor que están desarrollando los sacerdotes en esta crisis.La revista de moda Telva, por ejemplo, los encuadra entre los “héroes anónimos” y relata el testimonio del padre Ignacio Javier Ortiz, conocido como Nacho, párroco en Coslada, y desde hace unas semanas uno de los siete capellanes del megahospital creado en IFEMA para acoger al aluvión de enfermos de coronavirus que han saturado los hospitales.
Con el equipo de protección que están obligados a llevar es difícil distinguir a los sacerdotes /
En esta entrevista, este religioso de la Congregación de la Sagrada Familia con 30 años de experiencia como sacerdote habla de sus miedos ante esta nueva misión encomendada, cómo ha visto a Dios en todo esto y cómo los pacientes reciben con alegría la atención espiritual entre tanto dolor y soledad.
El "miedo" ante una nueva misión
Este sacerdote cuenta que las “emergencias” se agolpaban en su teléfono como residencias que necesitaban atención para ancianos moribundos, personas aisladas que se sentían solas, enfermos de su parroquia… Y fue entonces cuando le llamaron desde el Arzobispado para pedirle que se trasladara temporalmente al hospital de IFEMA.
“Tuve miedo”, confiesa, y explica que “el miedo es humano, y no es malo. La adrenalina nos clarifica la mente y nos ayuda a darnos cuenta de la realidad del otro”. Y así fue como llegó a este hospital de campaña de 35.000 metros cuadrados y 1.300 camas.
Del miedo a la soledad de los enfermos
El padre Nacho asegura que “fueron días muy duros, mucho más que ahora en que vemos que la gente se cura y la situación se va estabilizando. Entonces había mucho miedo en la mirada de las personas. Ese miedo se ha ido trasladando en soledad. Hoy, lejos de sus familias y de las personas que quieren, la soledad es el sentimiento que se dibuja en el rostro de IFEMA”.
Cabe recordar que en España han muerto ya más de 20.000 personas oficialmente diagnosticadas con coronavirus, más otras 11.000 con síntomas en residencias y domicilios. Además, decenas de miles de personas han enfermado. Precisamente al hospital de IFEMA van los casos de pacientes que no son graves.
En sus días de guardia en IFEMA está 12 horas, de 9 de la mañana a 9 de la noche, y espera la llamada desde cualquiera de las 1.300 camas. Y es que son los propios pacientes o sus familias las que se ponen en contacto con el coordinador del servicio religioso. Y un dato curioso: no siempre son católicos los que piden asistencia al capellán católico.
El ministerio de la escucha
En declaraciones a Telva habla de su experiencia con estos hospitalizados: “La escucha sana. Es más fácil que tu cuerpo vaya perdiendo la tensión brutal que lo atenaza si puedes hablar de ello, de la dicotomía entre lo que quieres vivir y lo que realmente estás viviendo, de los sentimientos que todo eso te genera. Hablar es una manera de poner palabras a lo que sientes y de darle valor”.
Hablando de casos concretos, recuerda a “un señor mayor con el que había charlado en varias ocasiones y el otro día me llamó: siéntate aquí Nacho, que hoy estoy más flojo y necesito hablar contigo”.
Tal y como explica el padre Nacho, “la incertidumbre sobre lo que les espera y el dolor por lo que han dejado en casa (una madre mayor que necesita ayuda, unos hijos pequeños…) son las grandes preocupaciones de los enfermos de coronavirus”.
La acogida de Jesús
Pero además, este religioso incide en que “es cierto que hay momentos en que buscamos respuestas. Yo, como ser humano y como sacerdote, simplemente estoy ahí, al lado de esas personas. Quizá en algunas ocasiones ellos sienten a Jesús que les acoge, que les escucha, que le da una identidad, que les cura… Y quizá es en esos momentos cuando se permiten el lujo de expresar su dolor… Y también su alegría cuando me dicen: ‘ya estoy mejor, ¡me voy a casa!”.
Lo que lleva haciendo la Iglesia siglos
En este reportaje publicado en una revista femenina y de moda, el padre Nacho también habla de los recuerdos que guardará de este paso que está realizando por IFEMA. “No dejo de aprender. ¡Hay tantas historias sobrecogedoras! La de aquella mujer ingresada que explicaba a su hijo cómo enterrar a su padre y esposo, fallecido unos días antes; aquellas madres que intentaban consolar a otra madre contagiada que no podía atender a sus hijos pequeños; o aquel médico que me preguntó ¿qué tal todo Nacho? Y me dio la oportunidad de charlar un rato… Si algo he aprendido de IFEMA es de la humildad de todas esas personas que me han llamado para que compartiera con ellos su dolor, su incertidumbre y su soledad. En una sociedad donde lo tenemos todo, mostrarnos necesitado se ha convertido en algo tan difícil y como escaso. Estar al lado de esas personas es lo que lleva haciendo la Iglesia desde hace siglos. Y eso es lo que seguirá haciendo, también ahora”, confiesa.
El padre Nacho relata también su propia búsqueda que le llevó al sacerdocio y que comenzó a los 17 años. Cuenta que “tenía un gran deseo de entregarme a los demás. Y he ido recorriendo ese camino entre luces y sombras, con momentos de felicidad y con otros de dudas y oscuridad”.
Su experiencia en este hospital de campaña es una etapa más, “quizá una luz que nos iluminará a todos para seguir entregándonos a los demás. Estar aquí es una bendición. Una posibilidad única de poner rostro al dolor, al miedo y a una pandemia que está cambiando nuestras vidas”.
Texto del Evangelio (Jn 3,31-36): El que viene de arriba está por encima de todos: el que es de la tierra, es de la tierra y habla de la tierra. El que viene del cielo, da testimonio de lo que ha visto y oído, y su testimonio nadie lo acepta. El que acepta su testimonio certifica que Dios es veraz. Porque aquel a quien Dios ha enviado habla las palabras de Dios, porque da el Espíritu sin medida. El Padre ama al Hijo y ha puesto todo en su mano. El que cree en el Hijo tiene vida eterna; el que rehúsa creer en el Hijo, no verá la vida, sino que la cólera de Dios permanece sobre él.
«El que cree en el Hijo tiene vida eterna»
Rev. D. Melcior QUEROL i Solà
(Ribes de Freser, Girona, España)
Hoy, el Evangelio nos invita a dejar de ser “terrenales”, a dejar de ser hombres que sólo hablan de cosas mundanas, para hablar y movernos como «el que viene de arriba» (Jn 3,31), que es Jesús. En este texto vemos —una vez más— que en la radicalidad evangélica no hay término medio. Es necesario que en todo momento y circunstancia nos esforcemos por tener el pensamiento de Dios, ambicionemos tener los mismos sentimientos de Cristo y aspiremos a mirar a los hombres y las circunstancias con la misma mirada del Verbo hecho hombre. Si actuamos como “el que viene de arriba” descubriremos el montón de cosas positivas que pasan continuamente a nuestro alrededor, porque el amor de Dios es acción continua a favor del hombre. Si venimos de lo alto amaremos a todo el mundo sin excepción, siendo nuestra vida una tarjeta de invitación para hacer lo mismo.
«El que viene de arriba está por encima de todos» (Jn 3,31), por esto puede servir a cada hombre y a cada mujer justo en aquello que necesita; además «da testimonio de lo que ha visto y oído» (Jn 3,32). Y su servicio tiene el sello de la gratuidad. Esta actitud de servir sin esperar nada a cambio, sin necesitar la respuesta del otro, crea un ambiente profundamente humano y de respeto al libre albedrío de la persona; esta actitud se contagia y los otros se sienten libremente movidos a responder y actuar de la misma manera.
Servicio y testimonio siempre van juntos, el uno y el otro se identifican. Nuestro mundo tiene necesidad de aquello que es auténtico: ¿qué más auténtico que las palabras de Dios?, ¿qué más auténtico que quien «da el Espíritu sin medida» (Jn 3,34)? Es por esto que «el que acepta su testimonio certifica que Dios es veraz» (Jn 3,33).
“Creer en el Hijo” quiere decir tener vida eterna, significa que el día del Juicio no pesa encima del creyente porque ya ha sido juzgado y con un juicio favorable; en cambio, «el que rehúsa creer en el Hijo, no verá la vida, sino que la cólera de Dios permanece sobre él» (Jn 3,36)..., mientras no crea.
Más allá de la conversión del rockero Brian Welch, la sanación de las heridas de su hija adolescente
Brian Welch, del grupo Korn, y su hija Jeannea, cuentan como la fe no bastó para ayudarles - necesitaban además esperanza y amistad fraterna y sanadora
Loud Krazy Love, la historia de fe, familia y superación del rockero Brian Welch y su hija Jeannea Marie, que se estrena en Internet en español el 24 de abril, debería convertirse en un clásico del cine espiritual, y usarse con profusión en catequesis para chavales de 15 años en adelante, e incluso quizá para cursillos prematrimoniales.
Es importante señalar que no cuenta sólo la historia de cómo Brian Welch encontró a Dios (eso sucede en el minuto 35, y antes nadie menciona nada religioso) sino, más interesante aún, cómo intentó vivir una vida cristiana y evangelizadora y le salió mal, cómo intentó ser un buen padre, y vio a su hija hundirse en la depresión y autodestrucción.
Como Job, Brian intentaba servir a Dios y todo se desmoronaba a su alrededor.
Cinematográficamente es un documental-testimonial correcto, sin narrador, construido con testimonios. Es ágil porque intercala las experiencias del guitarrista del grupo Korn, con las de su hija. En la primera mitad del filme, abundan más los retos que le golpeaban a él. En la segunda, los que golpearon a su hija.
Hay muchas escenas de conciertos de Korn, pero son fogonazos y fragmentos breves: no se llega a ver ninguna canción completa. Esas escenas apenas pretenden mostrar al espectador la sensación de poderío que daba a los músicos estar sobre el escenario, con luces y vibrantes altavoces, ante muchedumbres enfervorecidas y entusiastas. Los escenarios contrastan con el intimismo de los testimonios en el hogar, los vídeos de escenas caseras y los paisajes vacíos de campos y graneros en Indiana. Todo se intercala con declaraciones de la gente que conoce la historia de la familia: los padres de Brian, otros amigos y los miembros de la banda.
Un grupo de rock en lo más alto
El grupo, pionero del llamado "nu metal" (un heavy mezclado con otros géneros) acumulaba 35 millones de discos vendidos en 2012 y 2 premios Grammy sobre 8 nominaciones. Lo crearon en 1993 Brian y sus amigos de infancia. Sus padres insisten en que Brian fue un niño normal, aunque a los 11 años tenía espantosos carteles del grupo Black Sabbath en su cuarto. Brian también insiste en que sus padres eran muy normales, "de trabajo de 9 a 5".
En 1998 el grupo alcanzó el éxito y llegaban contratos millonarios. La película empieza prácticamente hablando de esta época. "Íbamos de ciudad en ciudad, con fiesta cada noche", recuerda Brian. Tenía dinero, éxito, reconocimiento y amistad real con sus compañeros, y hacía la música que quería. Pero por dentro ya se sentía vacío, abusaba del alcohol, de las pastillas, anfetaminas, heroína. "No mezcles xanasx con cerveza", dice alguien en una fiesta. Sus padres dicen que él escondía bien su problema con las drogas, que ellos no lo conocían.
Un bebé para proteger... y una escena de droga y violencia
En julio de 1998 nació Jeannea, su hija. "Era un bebé, un milagro que entraba al mundo, y yo estaba allí, era algo hermoso", dice Brian. Despertó en él el deseo de ser responsable, de cuidar a su hija.
Junio de 1999 y su gran concierto de 200.000 personas marcó una apoteosis... y enseguida el hundimiento. Hubo una escena lamentable, con bebé incluido, después de esnifar drogas y tomar pastillas. Rebekah, la madre del bebé, se puso psicótica y violenta, Brian pegó a su mujer, ella cayó al suelo, había gente vomitando y Brian salió con la niña y se la llevó. Un tiempo después Rebekah se acostó con otros hombres y se rompió la relación.
Brian intentó dejar las drogas, pero tenía que seguir de giras, llevando consigo a la niña... y en las giras siempre ofrecen drogas. Fue de giras hasta finales de 2004 y Jeannea habla de sus recuerdos de niña: "Yo veía chicas desnudas tras el escenario".
La vergüenza del porno y la adicción
"No podía parar la adicción, siempre volvía. El 'cristal' te hace ver cosas que no están. Y estaba la perversión sexual, me sentía como un animal", confiesa Brian en el filme. Un día unos amigos, con niños, amiguitos de Jeannea, le visitaron en un hotel de Las Vegas... pero se activó la TV con la película porno que había estado viendo, y no conseguían desactivarla. "Nunca sentí tanta vergüenza, pero al día siguiente estaba enganchado".
El principio del cambio: sin presionar, le regalaron una Biblia
El cambio empezó cuando un amigo le regaló una Biblia, le puso su nombre y le dijo, dándole su teléfono: "si tienes preguntas, llámame y hablamos". A Brian le gustó que este hombre no le persiguió: sólo le dio esa posibilidad. Empezó a acudir -drogado- a una iglesia protestante. Nada de lo que había probado antes le ayudaba. ¿Le ayudaría ir a un templo? "Yo no tenía concepto de qué era Dios. Fui a la iglesia con mi mochila y mi capucha". Tuvo una ligera sensación, "como si pudiera sentir a Dios... pero duró poco porque iba drogado".
Pero ahora, a ratos, en casa, leía fragmentos de la Biblia. Había textos que parecían hablarle directamente. "Esto es una locura, ¿y si es una lavado de cerebro cristiano?", pensaba. En el documental no lo detalla, pero sabemos por otras fuentes que en la iglesia protestante a la que acudía veía a la gente hacer el gesto de levantarse y acercarse al estrado a entregarse a Dios, a pedir su guía. Le parecía extraño. Pero en cierta ocasión también él pidió a Dios allí que le guiara, que le transformara para dejar la droga.
La experiencia mística que le transformó
Un día, en casa, tuvo una experiencia mística que lo transformó completamente. Vale la pena transcribir sus palabras, tal como las cuenta en la película.
"De repente, sentí como un abrazo eterno, un sentimiento de amor y perdón incondicional. Me sentí como si Dios entrara en la habitación diciendo 'soy real, soy el Padre de cada persona de la tierra'. Miré hacia arriba y dije: '¿Padre?' Por primera vez en mi vida me sentí como en casa. Había una sensación de belleza espiritual y de pureza, tan hermosa, que las palabras no pueden expresarla. Al día siguiente, tiré todas mis drogas, me puse de rodillas y dije: 'Señor, ¿pasé la prueba? ¿Es demasiado tarde? Soy tuyo".
"Relájate, Dios no habla, no dice nada"
Y a principios de 2005 Brian anunció que dejaba Korn. El documental recoge el asombro y cierto enfado de sus camaradas. "Dice que 'Dios pide que me vaya', y yo le digo, 'no, relájate, Dios no habla, no dice nada", explica uno de ellos.
Sus padres quedaron asombrados y les afectó espiritualmente. "Brian empezó a venir a la Iglesia conmigo. ¡Cómo cambió tan rápido!", se asombra la madre. El padre confiesa: "Yo fui agnóstico la mayor parte de mi vida... hasta la conversión de Brian. Ahora [siendo cristiano] ya no estoy tan irritable. Veo que Dios tiene el control". Les vemos rezar para bendecir la mesa.
¿Debería la película terminar aquí? Quizá, si fuera un telefilme religioso. Pero aún quedan 50 minutos para contar lo que pasó después. Entusiasmo en la fe, donativos generosos, viajes a Tierra Santa, tatuajes de cruces... y desastres económicos, una estafa en 2009 con "un falso cristiano que me timó, que era de la mafia", un intento de hacer música para Dios que no funcionó, una banda cristiana sin éxito en 2010. Y todo como padre solo con una niña que iba entrando en la adolescencia.
El hundimiento autodestructivo de Jeannea
A partir de ese momento, el protagonismo recae en Jeannea, y buena parte del público femenino juvenil, o adolescente, puede entender su tristeza, fragilidad y tendencia a la depresión y la autodestrucción. Crecía sin madre. Tenía fe, pero no esperanza. Se habían mudado y no conseguía trabar amistad con los jóvenes de su zona.
"Si mi padre era violento ante la frustración, yo también", explica Jeannea. Pensamientos suicidas, cortes para sangrar en piernas y brazos e intentos de llamar la atención sobre su dolor por Instagram, ante fans y curiosos.
Brian perdió la paciencia y se enfadó con Dios: "Que te den, Dios; doy todo por ti, ayudo a los pobres, y mi hija se autolesiona y nadie viene a mis conciertos".
Solos no podían mejorar. Y buscaron ayuda en 2012 en Awakening Youth, una comunidad terapéutica para ayudar jóvenes dándoles "visión, construyendo relaciones y restaurando familias". La muchacha, entendió Brian, necesitaba una figura materna y Tiffany, la directora, la supo amar "con amor duro y femenino". También encontró amigos y amigas de su edad, jóvenes con los que conectar. Amigos, modelo materno, reconectar con su padre... lo que necesitaba.
Volviendo al grupo de rock, pero transformados
Por último, la película detalla el proceso paulatino de retomar relaciones de Brian y su hija con el grupo musical. Uno de ellos recuerda que "él no era un meapilas [preaching] y nuestra relación se hizo más profunda". El músico añade que le parece bien que la religión ayude contra "cosas malas" pero le molesta que le intenten "captar", especialmente cuando tratan de asustarle hablando del infierno.
En 2013 Brian se reincorporó al grupo. "Dios sacó lo que tenía malo y puso luz en mí", explica. Al terminar un concierto, vemos a Brian rezando en un aparte, intercediendo con el gesto de poner las manos sobre el hombro de personas que le han pedido oración: "Señor, dales alas nuevas", pide.
Sigue siendo rockero, sigue siendo padre, sigue con sus rastas y su guitarra, pero ahora con Dios y vida nueva. También Jeannea ha encontrado un nuevo equilibrio.
Hemos detallado la película para mostrar los temas que trata, que pueden ser especialmente interesantes, como dijimos, para grupos juveniles, adultos jóvenes y también para padres y familias que creen que no lo están haciendo bien. Puede suscitar diálogos interesantes si se ve en familia con hijos de 15 años (o algo menores, si son maduros y están habituados a historias de drogas y adicción grave).
La película muestra que Dios puede tocar y convertir, pero eso no significa que una vida desmantelada se encauce por sí sola. Siempre será necesario apoyarse en los demás, en la comunidad, en quien puede ayudar. En este caso, Awakening Youth se presenta como la opción de comunidad sanadora que ayudó a restaurar la relación interior y familiar.
La película puede verse en español en LoudCrazyLove.es y también es posible pedir pases cinematográficos en colegios, parroquias, comunidades, ciudades, etc... (cuando lo permitan las autoridades sanitarias)
Texto del Evangelio (Jn 3,16-21): En aquel tiempo dijo Jesús a Nicodemo: «Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. El que cree en Él, no es juzgado; pero el que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios. Y el juicio está en que vino la luz al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal aborrece la luz y no va a la luz, para que no sean censuradas sus obras. Pero el que obra la verdad, va a la luz, para que quede de manifiesto que sus obras están hechas según Dios».
«Vino la luz al mundo»
Fr. Damien LIN Yuanheng
(Singapore, Singapur)
Hoy, ante la miríada de opiniones que plantea la vida moderna, puede parecer que la verdad ya no existe —la verdad acerca de Dios, la verdad sobre los temas relativos al género humano, la verdad sobre el matrimonio, las verdades morales y, en última instancia, la verdad sobre mí mismo.
El pasaje del Evangelio de hoy identifica a Jesucristo como «el camino, la verdad y la vida» (Jn 14,6). Sin Jesús sólo encontramos desolación, falsedad y muerte. Sólo hay un camino, y sólo uno que lleve al Cielo,que se llama Jesucristo.
Cristo no es una opinión más. Jesucristo es la auténtica Verdad. Negar la verdad es como insistir en cerrar los ojos ante la luz del Sol. Tanto si le gusta como si no, el Sol siempre estará ahí; pero el infeliz ha escogido libremente cerrar sus ojos ante el Sol de la verdad. De igual forma, muchos se consumen en sus carreras con una tremenda fuerza de voluntad y exigen emplear todo su potencial, olvidando que tan solo pueden alcanzar la verdad acerca de sí mismos caminando junto a Jesucristo.
Por otra parte, según Benedicto XVI, «cada uno encuentra su propio bien asumiendo el proyecto que Dios tiene sobre él, para realizarlo plenamente: en efecto, encuentra en dicho proyecto su verdad y, aceptando esta verdad, se hace libre (cf. Jn 8,32)» (Encíclica "Caritas in Veritate"). La verdad de cada uno es una llamada a convertirse en el hijo o la hija de Dios en la Casa Celestial: «Porque ésta es la voluntad de Dios: tu santificación» (1Tes 4,3). Dios quiere hijos e hijas libres, no esclavos.
En realidad, el “yo” perfecto es un proyecto común entre Dios y yo. Cuando buscamos la santidad, empezamos a reflejar la verdad de Dios en nuestras vidas. El Papa lo dijo de una forma hermosísima: «Cada santo es como un rayo de luz que sale de la Palabra de Dios» (Exhortación apostólica "Verbum Domini").
«Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna»
Rev. D. Manel VALLS i Serra
(Barcelona, España)
Hoy, el Evangelio nos vuelve a invitar a recorrer el camino del apóstol Tomás, que va de la duda a la fe. Nosotros, como Tomás, nos presentamos ante el Señor con nuestras dudas, pero Él viene igualmente a buscarnos: «Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16).
La mañana del día de Pascua, en la primera aparición, Tomás no estaba. «Pasados ocho días», no obstante su rechazo a creer, Tomás se une a los otros discípulos. La indicación está clara: lejos de la comunidad no se conserva la fe. Lejos de los hermanos, la fe no crece, no madura. En la Eucaristía de cada domingo reconocemos su Presencia. Si Tomás muestra la honestidad de su duda es porque el Señor no le concedió inicialmente lo que sí tuvo María Magdalena: no sólo escuchar y ver al Señor, sino tocarlo con sus propias manos. Cristo viene a nuestro encuentro, sobre todo, cuando nos reencontramos con los hermanos y cuando con ellos celebramos la fracción del Pan, es decir, la Eucaristía. Entonces nos invita a “meter la mano en su costado”, es decir, a penetrar en el misterio insondable de su vida.
El paso de la incredulidad a la fe tiene sus etapas. Nuestra conversión a Jesucristo —el paso de la oscuridad a la luz— es un proceso personal, pero necesitamos de la comunidad. En los pasados días de Semana Santa, todos nos sentimos urgidos a seguir a Jesús en su camino hacia la Cruz. Ahora, en pleno tiempo pascual, la Iglesia nos invita a entrar con Él a la vida nueva, con obras hechas según la luz de Dios (cf. Jn 3,21).
También nosotros hemos de sentir hoy personalmente la invitación de Jesús a Tomás: «No seas incrédulo, sino fiel» (Jn 20,27). Nos va la vida en ello, ya que «el que cree en Él, no es juzgado» (Jn 3,18), sino que va a la luz.
Fray Iñigo María entiende esta difícil adaptación y ofrece ayuda desde su vida monástica
¿Se te hace cuesta arriba el confinamiento? 3 consejos de un joven novicio de Leyre te pueden ayudar
Este joven novicio del monasterio de Leyre ofrece una ayuda a los que el confinamiento se les está haciendo muy largo
Tras más de un mes de confinamiento obligatorio, más las semanas que aún quedan por delante, millones de españoles han ido viviendo esta situación de diferente manera y con ánimos cambiantes. Momentos buenos de familia, pero también en los que gana el desánimo, momentos de creatividad con otros de gran monotonía, momentos de esperanza y otros de angustia...
Para muchos no está siendo fácil sobrellevar este tiempo pues en los primeros días el confinamiento podía ser más llevadero pero ya se les está haciendo demasiado largo, pudiendo ser mucho más duro además si en la familia o el entorno hay casos de enfermedad o muerte.
En este punto concreto del confinamiento, ¿qué pueden ofrecer los que ya tienen una amplia experiencia de vivir sin salir? Un joven novicio de los benedictinos del monasterio de Leyre (Navarra) ofrece desde su propia experiencia algunos consejos. Con tan sólo 23 años y tras haberse graduado en Enfermería, fray Iñigo María, vive ya una vida religiosa en la clausura del monasterio, pero tiene todavía muy reciente su vida extramuros por lo que su testimonio supone un enlace muy válido para hablar de esta situación.
En declaraciones al diario El Correo, este joven novicio benedictino ofrece algunos datos de su día a día que pueden servir a personas que están pasándolo mal por el confinamiento. Y los resume básicamente en tres puntos que recoge Arguments: orden y horario; cuidar la convivencia; y valorar las pequeñas cosas.
1. Orden y un horario para vencer la rutina
Este joven novicio recuerda que “un día ordenado es vital para que no nos coma la rutina”. Fray Iñigo señala que “la gente de la calle, como el monje nada más llegar al monasterio, no está acostumbrada a parar, a salir de la espiral de ocupaciones y preocupaciones que tiene el día a día”.
Este pamplonés afirma que “pasar de la sensación de que el tiempo se escapa de las manos a aquella en que parece que el reloj se ha parado puede ser muy estresante”. Y para ayudar considera que “es importante levantarse a la misma hora, seguir un patrón fijo con las comidas…”.
2. Cuidar la convivencia, pedir perdón y también ser agradecidos
Fray Iñigo señala que “ahora la gente tiene más tiempo que antes para pasarlo con la familia y esto puede asustar un poco al principio. Convivir más hace que surjan más discusiones y, como pedir perdón nos cuesta, todo se vuelve más incómodo. La ‘Regla’ (de San Benito) nos recomienda ‘reconciliarse antes del anochecer con quien se haya discutido’”.
Esto –agrega este joven- “puede ayudarnos a pedir perdón el experimentar, sin ser perfectos y fallando, que nos van a seguir queriendo. Aún podríamos añadir dos herramientas más: aprender a ser agradecidos y tener paciencia con los fallos de los demás”.
Caer en la monotonía puede ser uno de los grandes peligros durante el confinamiento
3. Aprender a valorar las pequeñas cosas de la vida
Este novicio entiende perfectamente lo que están pasando millones de personas en sus hogares puesto que hasta no hace mucho él vivía al otro lado de los muros del monasterio de Leyre. “Nos pasamos la vida soñando con hacer aquello que tanto nos gustaría si tuviésemos tiempo… ¡Ahora lo tenemos! Hay que aprovecharlo para hablar con aita (papá) y ama (mamá), con los hijos, con la pareja… Puede ser el momento perfecto para recuperar esa intimidad que la rutina ha podido hacer desaparecer”, agrega.
Además, fray Iñigo María añade que “tenemos que aprender otra vez a divertirnos de verdad, volver a ser como niños. Estos días son perfectos para aprender a valorar las pequeñas cosas de la vida que hacen que todo sea grande: la familia, el amor, la amistad… Dejemos una parte importante de nuestro tiempo para cuidar a los demás, para preocuparnos por ellos: esto es lo que nos hará redescubrir que no somos hormigas en medio del mundo, sino personas, que somos amadas y podemos amar”.
Aunque la vida dentro del monasterio les hace vivir a margen del día a día de la gente, la realidad es que ellos también están experimentando las consecuencias de la pandemia. “Ahora hacemos el oficio divino y la misa sin fieles. La gente ya no puede acercarse a rezar con nosotros, ni tampoco a visitar nuestra iglesia románica y el monasterio del siglo XI. El Jueves y Viernes Santo la iglesia se llenaba, algunas personas llevaban décadas viviendo con nosotros los días más importantes del año para un cristiano. Se les ha echado de menos”.
Y por último, como enfermero de formación, este novicio benedictino quiso recordar y rezar por quienes “están al pie del cañón, demostrando que vale la pena luchar para que el bien reine en este mundo”.
Texto del Evangelio (Jn 3,7-15): En aquel tiempo, Jesús dijo a Nicodemo: «No te asombres de que te haya dicho: ‘Tenéis que nacer de lo alto’. El viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que nace del Espíritu». Respondió Nicodemo: «¿Cómo puede ser eso?». Jesús le respondió: «Tú eres maestro en Israel y ¿no sabes estas cosas? En verdad, en verdad te digo: nosotros hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero vosotros no aceptáis nuestro testimonio. Si al deciros cosas de la tierra, no creéis, ¿cómo vais a creer si os digo cosas del cielo? Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga por él vida eterna».
«Tenéis que nacer de lo alto»
Rev. D. Xavier SOBREVÍA i Vidal
(Castelldefels, España)
Hoy, Jesús nos expone la dificultad de prevenir y conocer la acción del Espíritu Santo: de hecho, «sopla donde quiere» (Jn 3,8). Esto lo relaciona con el testimonio que Él mismo está dando y con la necesidad de nacer de lo alto. «Tenéis que nacer de lo alto» (Jn 3,7), dice el Señor con claridad; es necesaria una nueva vida para poder entrar en la vida eterna. No es suficiente con un ir tirando para llegar al Reino del Cielo, se necesita una vida nueva regenerada por la acción del Espíritu de Dios. Nuestra vida profesional, familiar, deportiva, cultural, lúdica y, sobre todo, de piedad tiene que ser transformada por el sentido cristiano y por la acción de Dios. Todo, transversalmente, ha de ser impregnado por su Espíritu. Nada, absolutamente nada, debiera quedar fuera de la renovación que Dios realiza en nosotros con su Espíritu.
Una transformación que tiene a Jesucristo como catalizador. Él, que antes había de ser elevado en la Cruz y que también tenía que resucitar, es quien puede hacer que el Espíritu de Dios nos sea enviado. Él que ha venido de lo alto. Él que ha mostrado con muchos milagros su poder y su bondad. Él que en todo hace la voluntad del Padre. Él que ha sufrido hasta derramar la última gota de sangre por nosotros. Gracias al Espíritu que nos enviará, nosotros «podemos subir al Reino de los Cielos, por Él obtenemos la adopción filial, por Él se nos da la confianza de nombrar a Dios con el nombre de “Padre”, la participación de la gracia de Cristo y el derecho a participar de la gloria eterna» (San Basilio el Grande).
Hagamos que la acción del Espíritu tenga acogida en nosotros, escuchémosle, y apliquemos sus inspiraciones para que cada uno sea —en su lugar habitual— un buen ejemplo elevado que irradie la luz de Cristo.