miércoles, 20 de febrero de 2019

Santo Evangelio 20 de febrero 2019



Día litúrgico: Miércoles VI del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mc 8,22-26): 

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos llegan a Betsaida. Le presentan un ciego y le suplican que le toque. Tomando al ciego de la mano, le sacó fuera del pueblo, y habiéndole puesto saliva en los ojos, le impuso las manos y le preguntaba: «¿Ves algo?». Él, alzando la vista, dijo: «Veo a los hombres, pues los veo como árboles, pero que andan». Después, le volvió a poner las manos en los ojos y comenzó a ver perfectamente y quedó curado, de suerte que veía claramente todas las cosas. Y le envió a su casa, diciéndole: «Ni siquiera entres en el pueblo».


«Quedó curado, de suerte que veía claramente todas las cosas»

Rev. D. Joaquim MESEGUER García 
(Sant Quirze del Vallès, Barcelona, España)

Hoy a través de un milagro, Jesús nos habla del proceso de la fe. La curación del ciego en dos etapas muestra que no siempre es la fe una iluminación instantánea, sino que, frecuentemente requiere un itinerario que nos acerque a la luz y nos haga ver claro. No obstante, el primer paso de la fe —empezar a ver la realidad a la luz de Dios— ya es motivo de alegría, como dice san Agustín: «Una vez sanados los ojos, ¿qué podemos tener de más valor, hermanos? Gozan los que ven esta luz que ha sido hecha, la que refulge desde el cielo o la que procede de una antorcha. ¡Y cuán desgraciados se sienten los que no pueden verla!».

Al llegar a Betsaida traen un ciego a Jesús para que le imponga las manos. Es significativo que Jesús se lo lleve fuera; ¿no nos indicará esto que para escuchar la Palabra de Dios, para descubrir la fe y ver la realidad en Cristo, debemos salir de nosotros mismos, de espacios y tiempos ruidosos que nos ahogan y deslumbran para recibir la auténtica iluminación?

Una vez fuera de la aldea, Jesús «le untó saliva en los ojos, le impuso las manos y le preguntó: ‘¿Ves algo?’» (Lc 8,23). Este gesto recuerda al Bautismo: Jesús ya no nos unta saliva, sino que baña todo nuestro ser con el agua de la salvación y, a lo largo de la vida, nos interroga sobre lo que vemos a la luz de la fe. «le volvió a poner las manos en los ojos y comenzó a ver perfectamente y quedó curado, de suerte que veía claramente todas las cosas.» (Lc 8,25); este segundo momento recuerda el sacramento de la Confirmación, en el que recibimos la plenitud del Espíritu Santo para llegar a la madurez de la fe y ver más claro. Recibir el Bautismo, pero olvidar la Confirmación nos lleva a ver, sí, pero sólo a medias.

Tras siete años de trabajo, Miguel Aranguren publica «J.C. El sueño de Dios»Una novela sobre Cristo:

Con «J.C. El sueño de Dios», Miguel Aranguren hace una gran aportación al conocimiento de la personalidad de Jesucristo, con precisión teológica y momentos de gran intensidad emocional.

Tras siete años de trabajo, Miguel Aranguren publica «J.C. El sueño de Dios»Una novela sobre Cristo: 

«Ni Jesús ni María ni José han envejecido. Están. Y están a nuestro lado»

Con «J.C. El sueño de Dios», Miguel Aranguren hace una gran aportación al conocimiento de la personalidad de Jesucristo, con precisión teológica y momentos de gran intensidad emocional.

Si hay un reto difícil de abordar para un novelista, es el que presenta la vida de Jesucristo. El relato es conocido, primer hándicap: ni puede haber sorpresas... ni debe haberlas, porque la historia sagrada es eso, sagrada, esto es, intocable. Además, el escritor tiene que perfilar en cada página palabras y acciones de al menos dos personajes de cuya psicología no existe experiencia propia o ajena a la que acudir: Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre en una sola persona, y María, concebida sin mancha original, ajena a todos los lastres que dejó en  nuestra naturaleza el pecado de nuestros primeros padres. Y casi un tercero, porque ¿cómo vislumbrar siquiera la transformación que hubo de obrar en José esa doble y constante compañía?

Pues bien, Miguel Aranguren lo ha conseguido en J.C. El sueño de Dios (Homo Legens), tras años de trabajo que se aprecian en la delicada filigrana en la que ha encajado las figuras evangélicas y en la cuidadísima aproximación teológica a cada palabra, a cada situación. Así, nada desentona en la obra del carácter divino de los acontecimientos y lo sobrenatural se incorpora a ellos con una naturalidad -valga el oxímoron- asombrosa.

-¿Cuál fue su intención al escribir este libro?

-A priori no es fácil buscarle la intención a una novela, pues la creatividad sigue una lógica distinta al ensayo, donde el escritor parte de unos supuestos y buscar llegar a una meta. En este caso, todo comenzó en un almuerzo con una persona que tenía relación directa en la formación cristiana de los jóvenes. Me llamó la atención oírle hablar de la necesidad que tienen de conocer a Jesús, del que lo ignoran casi todo.

-¿Es esa ignorancia precisamente la que crea la necesidad?

-Esta necesidad es connatural al ser humano desde la resurrección de Cristo, incluso desde antes, ya que llevamos inscrita la resolución del Misterio en nuestro interior, ese Misterio que nos mantiene en la existencia y que nos da el conocimiento de nosotros mismos y de todo lo que nos rodea. Ese Misterio que nos despierta un anhelo de eternidad, cuando en principio todo lo existente es caduco. Ese Misterio que -animo a leer los Evangelios- un hombre nacido en el siglo I de nuestra era en un lugar remoto del Imperio fue desvelando como si tuviera todas las respuestas. Dudo que haya en la Historia un mensaje más asombroso que el suyo y una vida tan intensa (por todo lo que cupo en sus treinta y tres años de vida mortal), por todo lo que contiene de humano y sobrehumano. Y, por si fuera poco, ese hombre vive.

-Así que se puso "manos a la obra"...

-La conversación durante aquel almuerzo me dejó "herido".

-¿A qué se refiere?

-Vivimos en una sociedad neopagana en la que lo tangible parece haber destronado los requerimientos del espíritu. Entre las nuevas generaciones son muchos,¡muchísimos!, los no bautizados, los que reniegan de la Iglesia (extensión –"esposa"– de Jesús en la Tierra, el purgatorio y el Cielo), los que no saben absolutamente nada, más allá de unas imágenes recogidas por nuestra cultura, del Pacto que Dios selló con su Pueblo, encarnado en su Hijo, que nos ha abierto las puertas de la Salvación. 

-¿Hay entonces una intención evangelizadora?

-Pensé, entonces, en la posibilidad de escribir una novela (pues escribir ficción es lo mío) que abordara al personaje y sus circunstancias, pero desde un punto de vista singular: el Jesús de J.C. El sueño de Dios no podía ser un personaje histórico, sin más, sino que tenía que tener una relación directa con nosotros, con los lectores. En su forma de hacer, en su misión, tenía que conminar al lector de la novela, porque el Evangelio es la única obra literaria que trasciende a sus autores y a sus lectores, ya que comprende una conversación directa entre Cristo y aquel que se enfrenta a sus palabras.


-¿Qué quiere decir con esto?

-Jesús no es un personaje que pasó, uno más, por muchas flores que queramos ponerle. Es el Cristo hoy y siempre, el que en esta novela susurra a Juan Bautista moribundo, el que habla de cuando en cuando del papel que jugarán sus padres -María y José- en la bienaventuranza de todos los hombres de la Historia, también en la mía, en la tuya, en la de quien está leyendo esta entrevista. Y, por supuesto, no quiero pretender haberlo conseguido, pero esta es una de las emociones más intensas en la escritura de esta novela: he sentido la actualidad de esos sucesos de los que nos separan más de veinte siglos, he sentido que ni Jesús ni María ni José han envejecido. Están. Y están a nuestro lado.

-Han sido siete años de trabajo. ¿Cuál ha sido la mayor dificultad?

-Sin hacer ciencia ficción, me sorprende el tiempo que he dedicado a J.C. El sueño de Dios. En buena medida se debe a que el proyecto me desbordaba. Si al principio confié en que iba a poder trazar una novela sobre la vida de Cristo, enseguida me di cuenta de que San Juan Evangelista no exageraba cuando certificó la imposibilidad de dejar por escrito todo lo que el Hijo del Hombre hizo y dijo. Y confieso que esa imposibilidad me hizo sufrir. Mejor dicho, que la elaboración de esta novela me ha hecho sufrir mucho.

-¿Por qué?

-Primero, porque dediqué más de un año a estudiar el entorno de los Evangelios, a analizar a los distintos personajes, a pedir luces para que lo que escribiera revertiera en el bien de los lectores, fueran quienes fuesen, personas de fe o sin ella, porque en ningún caso quería escribir una novela piadosa o para convencidos. Jesús de Nazaret no nos pertenece solo a los cristianos porque es el Hombre que habla al hombre, a todo hombre, sin importar el tiempo ni la cultura, incluso sin importar el sello del bautismo. Me desarma seguirle por Palestina y sus alrededores, ver como Él no ponía distancias ni hacía categorías entre la gente con la que se encontraba. Su hambre de amor estaba por encima de cualquier componenda.

-¿Se parece el libro, al final, a la idea que tenía al principio?

-Sí y no. Sí porque la novela está cerrada. Es decir, está justificada en su propia estructura, que es un tanto circular. Pero en mi caso nunca planifico lo que escribo. Parto de una idea general y después dejo que el texto me sorprenda. Pero en J.C. El sueño de Dios hay otro elemento que conviene tener en cuenta: que Jesús es inabarcable, como decía, porque cada una de sus respiraciones trae un mensaje, un vivir, un destino desde el que medimos lo bueno y lo malo, lo magno y lo mezquino, lo santo y lo pagano. Por otro lado, hubo momentos en los que la sola idea narrativa de la Encarnación (que Dios se ha hecho criatura para redimir a sus criaturas) me dejaba en un estado de perplejidad tan grande que creía posible haber errado el paso, es decir, haber aceptado un reto que estaba muy por encima de mis limitadísimas posibilidades.

-¿Cuáles han sido sus fuentes?

-Durante el tiempo de estudio, de documentación, leí muchos ensayos, libros de espiritualidad, acercamientos a la figura de Cristo que venían a sumarse a otras lecturas sobre el tema que he ido acopiando a lo largo de mi vida. Pero una vez que inicié la elaboración de la novela corté todos los vínculos. Es decir, me quedé con mis apuntes y con los Evangelios, que siempre me acompañan. Y tengo que decir que la elaboración de la novela me ha ayudado a leerlos de otra manera, a formar parte de ellos, a entenderlos mejor.

-¿Se ha inspirado en alguna obra anterior?

-En lo que se refiere a narrativas en las que Jesús esté presente, no he querido que durante estos siete años me afectaran, por lo que las retiré de mi plan de lecturas.



El arca de la isla (2011), La hija del ministro (2010), Los guardianes del agua (2009), La sangre del pelícano (2007)... Tras unos años de intensa publicación, Miguel Aranguren hizo un alto para preparar su novela más ambiciosa: J.C. El sueño de Dios.

-¿Cómo se vive espiritualmente un contacto tan continuado con los personajes sagrados?

-Es una experiencia única. Muy personal, claro, y extraordinaria. Además, el Cristo que presento en J.C. El sueño de Dios es el mío, es decir, es el que yo he conocido, el que conozco, el que he tratado tanto en mi tiempo de trabajo como en mi oración y en mi vida sacramental, con todas las limitaciones que me caracterizan. Creo que, además, me he esforzado en mirar el escenario con enorme realidad.

-¿Realidad respecto a qué?

-No quería que Jesús fuese un personaje rígido o dulzón, ni que viniera cargado con tópicos. Quería que fuese un hombre en sus coordenadas físicas y temporales, un hijo de Abrahán, un judío fiel. Y lo mismo con María y José. Especialmente con José, al que después de elaborar esta novela me siento tan unido, porque me he asomado a sus dudas, a sus miedos, a la responsabilidad sobrehumana a la que se enfrentó. Y a su muerte. Porque José murió como ansiamos todos los seres humanos.

-La novela apenas entra en la vida pública de Jesús y su mensaje…

-Hay retazos de la vida pública de Jesús a lo largo de toda la novela: su actividad en el mar de Galilea, su paso por algunas ciudades gentiles, el trato que mantuvo con su madre cuando empezó a predicar, su bautismo, la compañía de sus discípulos, el cautiverio de Juan Bautista... Pero no me detengo en los pasajes que, podemos decir, son clave: la institución de la Eucaristía, su pasión, muerte y resurrección.

-¿Alguna razón para no hacerlo?

-No ha sido intencionado: poco a poco la novela fue dirigiéndose hacia momentos concretos de los Evangelios, a la vez que me pedía viajar atrás, muy atrás, a los albores de la Creación, para que el lector pudiera entender que no hay nada al azar, que el amor de Dios tiene prevista cada etapa, que el conocimiento de lo divino fue una manifestación paulatina y que en la encarnación llega el momento culminante y definitivo.

-En ese “viaje atrás” hay dos personajes con un peso mayor del que podría esperar el lector: San Juan Bautista y Satanás. ¿Por qué?

-San Juan Bautista era, antes de escribir la novela, casi un desconocido para mí. Sin embargo, al aproximarme al texto fui dándome cuenta del dramatismo de su existencia, de la fuerza de su fidelidad, de lo que representó para él ser el punto final de aquel Pacto de Yahvé... Parecía un loco y fue todo lo contrario: un hombre con vocación de servicio, entregado a la oración y a la espera. Y, por si fuera poco, su padecimiento. Y en el padecimiento, la duda. Porque en J.C. El sueño de Dios los santos son de carne y hueso, hombres y mujeres que dudan, que a veces pecan, que lloran, que padecen sufrimientos físicos y morales... y que confían. El lector descubrirá que Juan recibe del mismo Jesús un encargo maravilloso: ser el heraldo que conduzca a las almas desde el seno de Abrahán al Cielo. Y se sobrecogerá con el relato de su martirio y con la relación que crea con José.

-¿Y Satanás?

-Acerca de Satanás diré lo siguiente: su presencia en los Evangelios y la gravedad con la que Jesús se refiere a él (de forma directa e indirecta) y actúa contra su persona y sus obras, viene a decirnos que su protagonismo en el drama de la humanidad es radical. En él está el origen de todos los desórdenes, la razón del caos, la división y la mentira. Es el responsable primero de todas las injusticias, de todos los crímenes cometidos, del desprecio a los débiles y de la ruina moral de los poderosos. Desde que gritó aquel terrible: Non serviam! con el que se desvinculó de Dios, su obsesión es nuestro sufrimiento, la desesperación, la aniquilación de la maravillosa libertad con la que los hombres acogemos la voluntad divina, apostamos por el bien. Y teme la promesa de su derrota, que la trajo Cristo de una manera que su inteligencia no fue capaz de prever. Creyó que podría desbaratar los planes de Dios, aquella "feliz culpa" por la que la totalidad de nuestra salvación se ha cumplido en la fidelidad de una adolescente que terminará por aplastarle la cabeza. ¿Acaso no es suficiente para que tenga un papel principal en una novela como esta?

-Cuando se lee esta obra, uno siente que no es solo sobre Jesucristo, sino sobre la Virgen María, sobre la Sagrada Familia. ¿Me equivoco al interpretarlo así?

-No. Es más, creo que su lectura ha sido la adecuada. Aunque, si me deja precisar, más que sobre la Sagrada Familia es una novela sobre el Amor de Dios por cada uno de nosotros. Y una novela que muestra la predilección de Dios por los pequeños, los humildes, los heridos, los sencillos... José y María representan a una humanidad que no lidera las corrientes económicas, sociales ni culturales, pero que son padre y madre de todos y cada uno de los hombres que deseen abrirles las puertas de su corazón. Al escribir la novela, coincidiendo con mis viajes a ciertos barrios marginales de Kenia, pensé -y sigo pesando- que los padres de Jesús, tal y como aparecen en J.C. El sueño de Dios, podrían alojarse con muchas de aquellas familias y, sobre todo, acoger a los niños de la calle como si cada uno de ellos fuese el Mesías.

-La obra está cuidadísima desde el punto de vista teológico…

-Me abruma su comentario. He tenido la inmensa fortuna de haber nacido en una familia cristiana en la que se ha cuidado nuestra formación espiritual. En este sentido, hemos normalizado la fe desde el conocimiento de la doctrina católica. Además, estudié en un colegio donde esa formación es uno de sus distintivos (reflejada también en la vivencia de las virtudes humanas como plasmación de las espirirtuales o morales). Por otro lado, me beneficio de la formación que de manera continuada recibo en el Opus Dei, que, como decía San Josemaría, es una inmensa catequesis en la que la formación es el punto de partida y de llegada de su apostolado. Y después, leo y atiendo la predicación de mi parroquia.

-¿Llevó a cabo alguna formación adicional o asesoramiento?

-Una vez acabé la novela le pedí a varios amigos (algunos de ellos, teólogos) que me señalaran algún posible error, que no lo hubo.

-Antes habló del Cristo real. ¿Tenemos hoy una visión distorsionada de Jesucristo?

-Me cuesta ser categórico, pues depende de cada persona. Sin lugar a dudas, la falta de presencia de lo cristiano en la vida corriente ha generado un analfabetismo preocupante en elementos que parten de la fe pero que van más allá, pues están imbricados en nuestra cultura. Por otro lado, el relativismo ha difuminado la imagen de Jesús al capricho de aquel que lo describe (pienso en Lennon proclamándose más famoso que Cristo; pienso en aquella caricatura grotesca del Cristo como revolucionario o como hippy, o como un hombre de izquierdas o de derechas...). Lo que sí es cierto es que Jesús habla a cada hombre. ¿Cómo entender, si no, los millones de jóvenes que han participado en cada una de las Jornadas Mundiales de la Juventud? ¿A quién salían a buscar? ¿A un Papa superstar o al mismo Jesús?...

-¿Tiene ya algún feedback de los lectores?

-Todavía es pronto, ya que se trata de una novela extensa (casi seiscientas páginas). En todo caso, empiezan a llegar las primeras impresiones, que para mí están siendo todo un regalo. Pienso en un periodista que me escribió un wasap para decirme que mientras leía en el metro el capítulo del enamoramiento de José y María, se le encharcaron los ojos. Y me consta que no es un hombre sensiblero. Pienso en una mujer que lidera el ámbito de la alta costura, que leyó de un tirón las primeras doscientas páginas, trastornada por la audacia con la que están construidos los personajes. Pero es pronto, insisto, para saber cómo cala en los lectores.

Fuente:Religiòn en Libertad

martes, 19 de febrero de 2019

Santo Evangelio 19 de febrero 2019



Día litúrgico: Martes VI del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mc 8,14-21): 

En aquel tiempo, los discípulos se habían olvidado de tomar panes, y no llevaban consigo en la barca más que un pan. Jesús les hacía esta advertencia: «Abrid los ojos y guardaos de la levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes». Ellos hablaban entre sí que no tenían panes. Dándose cuenta, les dice: «¿Por qué estáis hablando de que no tenéis panes? ¿Aún no comprendéis ni entendéis? ¿Es que tenéis la mente embotada? ¿Teniendo ojos no veis y teniendo oídos no oís? ¿No os acordáis de cuando partí los cinco panes para los cinco mil? ¿Cuántos canastos llenos de trozos recogisteis?». «Doce», le dicen. «Y cuando partí los siete entre los cuatro mil, ¿cuántas espuertas llenas de trozos recogisteis?» Le dicen: «Siete». Y continuó: «¿Aún no entendéis?».


«Guardaos de la levadura de los fariseos»


Rev. P. Juan Carlos CLAVIJO Cifuentes 
(Bogotá, Colombia)

Hoy —una vez más— vemos la sagacidad del Señor Jesús. Su actuar es sorprendente, ya que se sale del común de la gente, es original. Él viene de realizar unos milagros y se está trasladando a otro sector en donde la Gracia de Dios también debe llegar. En ese contexto de milagros, ante un nuevo grupo de personas que lo espera, es cuando les advierte: «Abrid los ojos y guardaos de la levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes» (Mc 8,15), pues ellos —los fariseos y los de Herodes— no quieren que la Gracia de Dios sea conocida, y más bien se la pasan cundiendo al mundo de mala levadura, sembrando cizaña. 

La fe no depende de las obras, pues «una fe que nosotros mismos podemos determinar, no es en absoluto una fe» (Benedicto XVI). Al contrario, son las obras las que dependen de la fe. Tener una verdadera y autentica fe implica una fe activa, dinámica; no una fe condicionada y que sólo se queda en lo externo, en las apariencias, que se va por las ramas… La nuestra debe ser una fe real. Hay que ver con los ojos de Dios y no con los del hombre pecador: «¿Aún no comprendéis ni entendéis? ¿Es que tenéis la mente embotada?» (Mc 8,17). 

El reino de Dios se expande en el mundo como cuando se coloca una medida de levadura en la masa; ella crece sin que se sepa cómo. Así debe ser la autentica fe, que crece en el amor de Dios. Por tanto, que nada ni nadie nos distraiga del verdadero encuentro con el Señor y su mensaje salvador. El Señor no pierde ocasión para enseñar y eso lo sigue haciendo hoy día: «Nos hemos de liberar de la falsa idea de que la fe ya no tiene nada que decir a los hombres de hoy» (Benedicto XVI).


«¿Teniendo ojos no veis y teniendo oídos no oís?»


+ Rev. D. Lluís ROQUÉ i Roqué 
(Manresa, Barcelona, España)

Hoy notamos que Jesús —como ya le pasaba con los Apóstoles— no siempre es comprendido. A veces se hace difícil. Por más que veamos prodigios, y que se digan las cosas claras, y se nos comunique buena doctrina, merecemos su reprensión: «¿Aún no comprendéis ni entendéis? ¿Es que tenéis la mente embotada?» (Mc 8,17).

Nos gustaría decirle que le entendemos y que no tenemos el entendimiento ofuscado, pero no nos atrevemos. Sí que osamos, como el ciego, hacerle esta súplica: «Señor, que vea» (Lc 18,41), para tener fe, y para ver, y como el salmista dice: «Inclina mi corazón a tus dictámenes, y no a ganancia injusta» (Sal 119,36) para tener buena disposición, escuchar y acoger la Palabra de Dios y hacerla fructificar.

Será bueno también, hoy y siempre, hacer caso a Jesús que nos alerta: «Abrid los ojos y guardaos de la levadura de los fariseos» (Mc 8,15), alejados de la verdad, “maniáticos cumplidores”, que no son adoradores en Espíritu y en verdad (cf. Jn 4,23), y «de la levadura de Herodes», orgulloso, despótico, sensual, que sólo quiere ver y oír a Jesús para complacerse.

Y, ¿cómo preservarnos de esta “levadura”? Pues haciendo una lectura continua, inteligente y devota de la Palabra de Dios y, por eso mismo, “sabia”, fruto de ser «piadosos como niños: pero no ignorantes, porque cada uno ha de esforzarse, en la medida de sus posibilidades, en el estudio serio, científico de la fe (...). Piedad de niños, pues, y doctrina segura de teólogos» (San Josemaría).

Así, iluminados y fortalecidos por el Espíritu Santo, alertados y conducidos por los buenos Pastores, estimulados por los cristianos y cristianas fieles, creeremos lo que hemos de creer, haremos lo que hemos de hacer. Ahora bien, hay que “querer” ver: «Y el Verbo se hizo carne» (Jn 1,14), visible, palpable; hay que “querer” escuchar: María fue el “cebo” para que Jesús dijera: «Dichosos más bien los que escuchan la palabra de Dios y la guardan» (Lc 11,28).

No creía en Dios, se salvó de la matanza de Columbine por minutos... hoy le sirve como religiosa

Jenica, hoy la hermana Mary Gianna, cuenta su testimonio en la sala de la casa El Arca y la Paloma donde nació la Renovación Carismática en 1967

Se bautizó 3 años tras la masacre; se preguntaba cómo vivir en un mundo con tanta maldad

No creía en Dios, se salvó de la matanza de Columbine por minutos... hoy le sirve como religiosa

Jenica, hoy la hermana Mary Gianna, cuenta su testimonio en la sala de la casa El Arca y la Paloma donde nació la Renovación Carismática en 1967 

El 20 de abril de 1999, dos estudiantes, Dylan Klebold, de 17 años, y Eric Harris, de 18, armados de fusiles y explosivos, entraron en la escuela de secundaria donde estudiaban, el Columbine High School, en Littleton, Colorado y mataron a 13 personas. Uno era un profesor de 47 años, las otras víctimas tenían entre 14 y 18 años. También hirieron a otras 23 personas. Después se suicidaron allí mismo. Habían dejado un vídeo explicando a sus padres lo que iban a hacer y pidiéndoles perdón. Se conoce como la masacre de Columbine.

En ese instituto, a esa hora, en la biblioteca, siempre, día tras día, estudiaba una chica de 16 años llamada Jenica Thornby. Pero, de forma asombrosa, sintió "algo" que le hizo salir antes de la masacre. Ella lo explica así casi 20 años después.

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Matanza de Columbine en 1999, los chicos se esconden bajo las mesas

"Tuve una imperiosa necesidad de salir de la escuela"

"Yo debería haber estado en el centro de la tragedia. Sin embargo, minutos antes del tiroteo, tuve el impulso irresistible de salir de la escuela. Normalmente, iba
a la biblioteca a estudiar durante la hora del almuerzo. Cada día, durante dos años, fui a la biblioteca a estudiar. Sin embargo, el 20 de abril de 1999, estaba sentada en mi clase de arte, justo antes del almuerzo, cuando de repente, tuve esa imperiosa necesidad de salir de la escuela", recuerda en un testimonio en vídeo en el congreso online Ark and Dove Week en febrero de 2019. 

"Una y otra vez me repetía en la cabeza: 'no puedo quedarme aquí, de ninguna manera. Nadie me convencerá para que me quede'. Tenía necesidad de salir y sentía mucha prisa por hacerlo", recuerda.

"Solía encontrarme con mi amiga Rebecca en su casillero. Estaba tan apurada que pasé por su casillero, fui hasta el mío y me topé con ella frente a la biblioteca. Terminé convenciéndola de irse conmigo, así que salimos de la escuela, subimos a mi auto y, mientras nos alejábamos de la escuela, y mientras nos alejábamos de la escuela, noté que cientos y cientos de mis compañeros salían corriendo de la escuela. Pronto entendí que había habido un tiroteo en el instituto y que la mayoría de los disparos se dieron en la biblioteca donde yo estaba cada día... excepto ese".

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"Los monstruos en la puerta de al lado: ¿qué les hizo hacerlo?"

Una pregunta... hacia Dios

Jenica se hizo una pregunta: ¿por qué ese día no estuvo en la biblioteca? "Recuerdo que me dijeron que había sido Dios. 'Él debe tener un plan para tu vida'. Y así me di cuenta de que Dios existía y tenía un plan".

Hasta ese momento Jenica no había tenido fe. Había llegado al pueblo a los 11 años. Sus padres la querían, pero en su familia no había recibido ninguna formación religiosa, incluso estaba sin bautizar.

Ahora, con 13 cadáveres en la escuela, y luego sus fotografías en las paredes, se hacía preguntas muy duras. Ahora estaba convencida de que Dios existía pero, ¿cómo era Dios? ¿Cómo se relaciona con los hombres? ¿Cómo encaja con tanto mal?

"Me resultaba difícil el gran sufrimiento, la oscuridad, el mal que percibía en el mundo. Así que me volqué en muchas otras cosas, pero aquello con lo que llenaba mi vida me dejaba más vacía. Como secuela, caí en la desesperación absoluta, en una gran desesperanza. Sentí que no había ninguna razón para seguir adelante".

"Algo en su vida... le faltaba a la mía"

Fue entonces, con unos 18 años, cuando una amiga la invitó a actividades en la parroquia católica de Santa Francisca Cabrini, donde había muy buenos responsables de jóvenes. Una responsable, Kate, "era tan brillante y tan llena de vida que me di cuenta de que había algo en su vida que faltaba en la mía. Y ella empezó a hablarme de un Dios que apasionadamente me amaba y que tenía un plan".

Eso fue una respuesta transformadora para ella. "Me di cuenta de que toda mi vida había estado esperando conocer a Dios y Su amor". Sólo Dios podía llenar el corazón. Ella cita a San Agustín, otro converso: "Nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en Dios". Y decidió que quería descubrir, con todo su ser, cuál era el plan de Dios.

Y ahora empezaba a saber cómo responder al absurdo de la muerte y la violencia: la respuesta es, con Dios, ayudar a construir una civilización del amor y una cultura de la vida.

Jenica decidió hacerse católica y fue a estudiar a la Universidad Franciscana de Steubenville. En la Vigilia Pascual del 30 de marzo de 2002 recibió el bautismo, la confirmación y la Primera Comunión.

Siguió reflexionando sobre Dios y la matanza de Columbine. En esa matanza, uno de los asesinos apuntó a una chica llamada Rachel Joy Scott y le preguntó: "¿Crees en Dios?" "¡Sí!", dijo ella con firmeza. A continuación, él la mató. (ReL contó su historia aquí).

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Rachel Joy Scott, con su "sí" a Cristo, ha inspirado a muchas personas

Jenica entendió que Rachel había dicho sí y había muerto por Cristo, y se planteó si ella podía decir "sí" a Cristo y entregarle su vida sirviéndole.

Explorando la vocación: cómo entregarse a Dios

En 2006 y 2007 fue voluntaria misionera con Net Ministries, el sistema de jóvenes misioneros que recorren el país en furgoneta, organizando retiros y encuentros.

En 2008, durante una misa en la catedral de San Pablo en Minesota, alzó los ojos y sintió profundamente la presencia de Dios ante ella. Su testimonio vocacional describe que sintió que "Él la estaba llamando para ser su novia, para amarlo con un corazón sin división, para conducir a otros a experimentar su amor".

En 2010 entró en la congregación de las Discípulas del Señor Jesucristo (www.dljc.org), de espiritualidad franciscana y carismática, dedicadas a la evangelización. Tienen comunidades en Nuevo México (Albuquerque y Santa Fe), en Amarillo (Texas), en Pittsburgh (Pensilvania) y en Monterrey (México).

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Ark and Dove (el Arca y la Paloma) es la casa de retiros donde nació la Renovación Carismática Católica en 1967; allí sirve hoy la Hermana Mary Gianna, nombre religioso de Jenica

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Tomó el nombre de Hermana Mary Gianna, por Nuestra Señora de Gracia y por santa Gianna Beretta Molla, la doctora italiana que murió ganando tiempo para su bebé.

Como Hermana Mary Gianna sirve en un lugar muy especial, la casa de retiros el Arca y la Paloma (Ark & Dove), en Pittsburgh, donde nació la Renovación Carismática Católica en 1967. Allí compartió su testimonio en un vídeo para participantes en su congreso online.

Fuente: Religión en Libertad

lunes, 18 de febrero de 2019

Santo Evangelio 18 de Febrero 2019



Día litúrgico: Lunes VI del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mc 8,11-13): 

En aquel tiempo, salieron los fariseos y comenzaron a discutir con Jesús, pidiéndole una señal del cielo, con el fin de ponerle a prueba. Dando un profundo gemido desde lo íntimo de su ser, dice: «¿Por qué esta generación pide una señal? Yo os aseguro: no se dará a esta generación ninguna señal». Y, dejándolos, se embarcó de nuevo, y se fue a la orilla opuesta.


«Yo os aseguro: no se dará a esta generación ninguna señal»

Rev. D. Jordi POU i Sabater 
(Sant Jordi Desvalls, Girona, España)

Hoy, el Evangelio parece que no nos diga mucho ni de Jesús ni de nosotros mismos. «¿Por qué esta generación pide una señal?» (Mc 8,12). San Juan Pablo II, comentando este episodio de la vida de Jesucristo, dice: «Jesús invita al discernimiento respecto a las palabras y las obras que testifican (son “señal de”) la llegada del reino del Padre». Parece que a los judíos que interrogan a Jesús les falta la capacidad o la voluntad de discernir aquella señal que —de hecho— es toda la actuación, obras y palabras del Señor.

También hoy día se piden señales a Jesús: que haga notar su presencia en el mundo o que nos diga de una manera evidente cómo hemos de actuar nosotros. El Papa nos hace ver que la negativa de Jesucristo a dar una señal a los judíos —y, por tanto, también a nosotros— se debe a que quiere «cambiar la lógica del mundo, orientada a buscar signos que confirmen el deseo de autoafirmación y de poder del hombre». Los judíos no querían un signo cualquiera, sino aquel que indicara que Jesús era el tipo de mesías que ellos esperaban. No aguardaban al que venía para salvarlos, sino el que venía a dar seguridad a su visión de cómo se tenían que hacer las cosas.

En definitiva, cuando los judíos del tiempo de Jesús como también los cristianos de ahora pedimos —de una manera u otra— una señal, lo que hacemos es pedir a Dios que actúe según nuestra manera, la que nosotros creemos más acertada y que de hecho apoye a nuestro modo de pensar. Y Dios, que sabe y puede más (y por eso pedimos en el Padrenuestro que se haga “su” voluntad), tiene sus caminos, aunque a nosotros no nos sea fácil comprenderlos. Pero Él, que se deja encontrar por todos los que le buscan, también, si le pedimos discernimiento, nos hará comprender cuál es su manera de obrar y cómo podemos distinguir hoy sus signos.

Eva Pevarello, repleta de tatuajes, cuenta que la fe hizo que pudiera superar la enfermedad

Eva Pevarello se agarró durante la enfermedad a la fe que su abuela le transmitió de niña

Eva Pevarello, repleta de tatuajes, cuenta que la fe hizo que pudiera superar la enfermedad

De una infancia como feriante a estrella musical: entre medias la Virgen fue su apoyo con el cáncer

Eva Pevarello se agarró durante la enfermedad a la fe que su abuela le transmitió de niña

Con sus numerosos tatuajes, sus piercings, un corte de pelo peculiar y un estilo muy propio de vestir, Eva Pevarello no es una joven cualquiera. Nunca lo ha sido ni en su infancia ni ahora que se abre camino en el mundo de la música gracias a la fama que consiguió al ser finalista de Factor X. Por ello, también sorprende que una joven como ella hable con tanta naturalidad y sinceridad sobre la fe, la enfermedad y su profunda devoción por la Virgen, especialmente por la advocación de Lourdes.

Esta joven italiana nació y creció en una familia de feriantes que recorrió las plazas de los pueblos y ciudades de toda Italia. De hecho, en su infancia su casa era la caravana con la que sus familiares iban de feria en feria. Sus padres tenían un puesto de tiro al blanco, su abuela aún hoy a los 91 años tiene otro que vende algodón de azúcar, sus tíos son acróbatas y otros familiares son titiriteros y músicos.

Las enseñanzas de Jesús y María de su abuela

Así discurrió la infancia y adolescencia de Eva, con una abuela que tenía una profunda fe y que no dudó en transmitírsela en un ambiente no siempre sencillo. “Mi abuela siempre ha sido muy creyente. De niña me hablaba amorosamente sobre Jesús y la Virgen María, y me he sentido muy cerca de ellos. Es una sensación difícil de explicar, pero esa certeza nunca me ha abandonado”, explica Eva en una entrevista con Famiglia Cristiana.

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Eva, junto con su abuela que fue la que le transmitió la fe y la enseñó a amar a la Virgen

Mientras tanto, la joven se graduó en Dibujo, creó su propia banda de música, The Quote rose, para más tarde a dedicarse profesionalmente  a los tatuajes. Cuando parecía su vida iniciaba su propio camino le diagnosticaron un tipo de cáncer, un linfoma de Hodgkin, que puso a prueba los cimientos de su vida.

Una fuerza abriéndose paso en su interior

“Me había hecho unos análisis rutinarios y encontraron algunos valores que estaban alterados” –recuerda Eva- que a continuación inició un calvario de médicos, tratamientos y revisiones. “Fue terrible, y llegué a temer lo peor”, agrega la artista. Sin embargo, en aquel momento de miedo e incertidumbre Eva redescubrió aquella fe que le fue transmitida en su momento. Cuenta que “sentí una gran fuerza haciéndose paso en mi interior. Fue la fe, esa fe aprendida de niña por las palabras de mi abuela”.

Pese a la dureza de la enfermedad, Eva nunca se sintió sola, es más sintió una compañía muy especial. “Estoy convencida de que si no hubiera tenido la fe para apoyarme en ella, nunca habría superado la enfermedad”, confiesa.

“María está siempre conmigo”

De hecho, la cantante italiana asegura que “en ese momento me aferré a todo eso y hoy estoy aquí, perfectamente curada”. “¿Ves esto?”, pregunta Eva al entrevistador mostrando un anillo que muestra una imagen de la Virgen de Lourdes. Y prosigue: “María está siempre conmigo, siento que me protege y sigue mis pasos. Durante todo el tiempo que duró la enfermedad, Ella ha estado cerca de mí y continúa haciéndolo, estoy convencida de ello”.


Eva, durante su participación en el programa televisivo de Factor X
Al fin logró superar la enfermedad apoyada en la Virgen como bastón y fue entonces cuando decidió presentarse a las audiciones del reality musical Factor X con la canción Un´altra corsa, en la que relataba su experiencia de la enfermedad y que conmovió a los jueces del programa. Eva fue superando una a una cada prueba hasta llegar a la mismísima final, donde finalmente quedó en tercer lugar.

Sin embargo,  ella había logrado algo más al querer sobreponerse a cualquier adversidad e intentar cumplir con sus sueños aunque parecieran imposibles. Y al final el Señor la recompensó y pudo realizar una gira con conocidos artistas e incluso participar en el emblemático festival de Sanremo de este pasado 2018 firmando un contrato con Sony para lanzar su carrera musical.

Mostrando los dedos de su mano, muestra cuatro símbolos tatuados: “Son un ancla, un corazón, una cruz y una lágrima. Significa que tienes que aferrarte a las cosas importantes de la vida. En resumen: ten fe aunque el camino sea difícil y llores durante el viaje”.

Publicado originariamente en Cari Filii News

Fuente: Religión en Libertad

Rompió su familia, se hizo ateo militante; un día pensó: «Visitaré la abadía que frecuenté de joven»

Dios siempre espera y siempre perdona si hay arrepentimiento: es el mensaje de Pascal, quien lo vivió en primera persona.

Pascal llegó a intentar suicidarse, pero Dios puso un monje y un sacerdote en su camino

Rompió su familia, se hizo ateo militante; un día pensó: «Visitaré la abadía que frecuenté de joven»

Dios siempre espera y siempre perdona si hay arrepentimiento: es el mensaje de Pascal, quien lo vivió en primera persona.

La publicación francesa L'1visible recoge la experiencia de vida de Pascal, un hombre que torció su camino y supo encontrarlo volviendo a los orígenes:

Al principio de mi vida “lo hice todo bien”: bautismo, primera comunión, profesión de fe, confirmación, matrimonio, niños e incluso una buena situación profesional. Luego me desvié… Engañé a mi esposa, me hice ateo, incluso un ateo muy proselitista. Al cabo de un cierto tiempo pedí el divorcio, que finalmente conseguí. Pero las cosas fueron muy difíciles y complicadas. Pensé incluso que había perdido a mis hijos, porque se pusieron de parte de su madre. Creí que ya no me querían, que todo estaba perdido. Un día hice un intento de suicidio. Un año después, gracias a un curso de formación sobre la gestión del estrés en el trabajo, comprendí que necesitaba un retiro.


Entre los 18 y los 25 años solía acudir periódicamente a “cargar las pilas” a la abadía de Saint-Wandrille, en Normandía. No había otro lugar donde encontrase verdaderamente la paz. Así pues, dado que atravesaba un momento muy difícil, para mí estaba claro que tenía que volver a ese lugar.



Llegué a la abadía, llamé a la puerta y pedí ver a un sacerdote. Una vez con él, le expliqué: “Heme aquí, engañé a mi mujer, pedí el divorcio y me he hecho ateo”... Me escuchó pacientemente y nuestro encuentro duró al final tres horas. Al final de la conversación, el sacerdote me sugirió que saliese a tomar el aire antes de comer y diese un paseo por el bosque.



No sé qué pasó allí exactamente, no tengo ningún recuerdo, pero cuando volví parecía haberme transformado. Dios me había dado cambiado de forma increíble, al decirme: “Deja de hacer el idiota. Tengo un plan para ti. Es demasiado pronto para decírtelo. Pero ya lo verás, es genial. Simplemente, confía en mí”. Y, efectivamente, decidí confiar en Él. La verdad es que no tenía otra opción.

La confesión

En 2017, una amiga me invitó a su confirmación, que iba a recibir ya como adulta en una gran fiesta de su diócesis. Al comenzar la ceremonia tuve una gran necesidad de ir al servicio. Al bajar las escaleras para ir al servicio, escuché una especie de llamada interior: “¡Confiésate con el sacerdote con quien te vas a cruzar!” En efecto, hacía tiempo que quería confesar algo muy difícil de contar, que siempre había guardado para mí. Paré al sacerdote y le dije de buenas a primeras: “Padre, tengo que confesarme”. Me respondió: “¡Pero va a comenzar la ceremonia!” “Tengo solo una cosa que decirle: durará dos minutos”.

Dos minutos después, efectivamente, yo había terminado. Pero el sacerdote me dedicó mucho tiempo… Me anunció la misericordia infinita de Dios conmigo. Dios me perdonaba todo y me amaba infinitamente. ¡Era fantástico!

Dos días después, al despertarme, recibí de nuevo como una llamada interior. Comprendí que Dios me decía: “Te he dado un talento, que es hablar en público. Lo haces muy bien en tu trabajo. Pero casi nunca lo has hecho por mí. Pues bien, ahora vas a dar testimonio de que, sea cual sea el camino de nuestra vida (y el mío había sido muy sinuoso, y todavía lo es un poco…), ¡todo el mundo tiene su lugar en la Iglesia!”.

De hecho, lo que Dios hizo en mi vida se resume en estas palabras que me dijo y que me transformaron: “¡Te amo! Te amo, y hayas hecho lo que hayas hecho, estoy y estaré siempre ahí para ti. Soy un padre, un padre con un amor infinito, que no juzga, que acoge, y que te dice: ‘Eres muy valioso a mis ojos’ ¡Hay tantas personas que piensan que no caben en el canon de la Iglesia, donde habría que ser de esta manera o de aquella, y que se autoexcluyen de la Iglesia! ¡Pues bien, a ti yo fui a buscarte porque llegaste demasiado lejos en tus idioteces, y sin embargo tienes plenamente un lugar en la Iglesia!”

Hay un camino de crecimiento para cada persona. Un camino que nos permite progresar y acercarnos a Dios.

Traducción de Carmelo López-Ar
Fuente. Religión en Libertad