jueves, 21 de enero de 2016

Fue atea, mochilera, escaló el Himalaya, sufrió racismo... en África encontró a Dios en el dolor

Sor Guadalupe, ermitaña en Santa María de Zamarce, Navarra
Fue atea, mochilera, escaló el Himalaya, sufrió racismo... en África encontró a Dios en el dolor

Fue atea, mochilera, escaló el Himalaya, sufrió racismo... en África encontró a Dios en el dolor

La hermana Guadalupe Escudero hace vida de ermitaña a cargo de Santa María de Zamarce, en Navarra, iglesia del siglo XII con una casa de espiritualidad


Guadalupe Escudero Guillén tardó años en recordar sin lágrimas aquel convulso amanecer de Ruanda en el que su vida dejó de ser la que era para siempre. 

Su enjuto cuerpo de apenas 1.65 metros, sus finas gafas que esconden una mirada azul serena, no hacen sospechar las mil y una aventuras que vivió antes de aquel instante.

La muerte no era algo nuevo para ella. Ya había tenido varios encontronazos con ella, como aquel día que la montaña le arrebató a un compañero, pareja de una de sus mejores amigas.

O aquella otra ocasión en la que deambuló, a más de 5.000 metros de altitud, perdida en medio de una ventisca que le azotó la cara durante más de tres horas sin dejarle ver una sola huella o una roca que le mostrara el camino que le devolviera a la tienda de campaña antes de que oscureciese. 

Porque Guadalupe Escudero Guillén no siempre ha sido Sor Guadalupe o ‘Sor Piolet‘ como la conocen muchos. 

No siempre ha vivido en el Monasterio de Zamartze [Zamarce en castellano, nota de ReL] a los pies de la Sierra Aralar, junto a Uharte-Arakil, a media hora en coche de Pamplona.

De hecho, confiesa que durante su juventud ni tan siquiera creía en Dios. “Era atea porque no conocía al verdadero Dios y sigo sin creer en aquel dios que rechazaba”, reconoce ya vestida de hábito.

Guadalupe Escudero nació en Piornal, el pueblecito más alto de Extremadura, a 1.170 metros. En este paraje del valle del Jerte, en Cáceres, donde según los libros de historia romanos, visigodos y árabes pasaron de largo por las inclemencias del tiempo, creció esta joven “siempre enamorada”.


Pese a todas las experiencias acumuladas a lo largo de una vida de viajes, Guadalupe cuenta que no se siente especial. Con un hábito azul que también oculta su pelo, recuerda la ropa de “vivos colores” que vestía cuando era joven, los guateques de la época rodeada de buenos amigos y la vida de estudiante de Delineación cuando aún vivía con sus padres en Plasencia. Y entre tanto, la montaña, siempre la montaña.

La realidad es que Guadalupe siempre ha sido una pionera. Las hemerotecas lo atestiguan. El rotativo Mundo Deportivo le dedicó una página entera el miércoles 1 de octubre de 1986 para contar todos los detalles de la expedición que iba a iniciar junto a tres amigas más al Island Peak, de 6.200 metros de altura. “Cuatro extremeñas a la conquista del Himalaya”, titulaba el periodista (aquí en PDF). 



Este grupo de mujeres, la segunda expedición de féminas españolas que pisarían el Himalaya, compartían página con una leyenda del himalayismo, el austriaco Reinhold Messner, a punto de intentar el ascenso al Lothse (8.516 metros). En la noticia, se emulan los picos hollados por cada una de las componentes de la expedición.

Para entonces, Guadalupe, “de 24 años de edad y en desempleo”, ya contaba en su palmarés con varias cumbres de los Pirineos, los Alpes, los Picos de Europa, el Atlas marroquí y un largo etcétera.

Pero para ella la vida era algo más que subir a lo más alto de una montaña con el fin de contemplar el mundo y escuchar su silencio. “Creía que la vida encerraba un secreto. En mi interior había una búsqueda y quería ser fiel a ella. Elaboraba una lista, la lista de la vida, como la llamaba ella, que la componía de abajo hacia arriba, poniendo lo primero aquello que la hacía feliz.

“Siempre he apostado por lo primero de esa lista”, relata. En ese ‘inventario vital’ su deseo de ayudar a los demás y el amor siempre ocupaban los primeros puestos.


Fiel a esas prioridades, Guadalupe Escudero dejó atrás Plasencia para recorrer de ‘mochilera’ buena parte de Latinoamérica y las principales capitales europeas.

“Vivía la vida. Ella no me llevaba. Siempre decidía antes las cosas y siempre procuraba aprender de todo”, cuenta. Trabajó como diseñadora en una fábrica de peluches, fue auxiliar de enfermería o sirvió hamburguesas en un McDonald’s del barrio negro de Londres, donde ella era la única persona blanca: “Allí sufrí el racismo. Todo lo que los blancos hacían a los negros, ellos me lo hacían a mí. Si había terminado de fregar el suelo, venía algún joven y escupía sobre él”.

Lo económico o lo material apenas tenía importancia: “Me daba libertad tener poco. Cuando apenas tenía dinero, ver escaparates era como pasear por un jardín. Me gustaba lo que veía. Si un mes ganaba un poco más de dinero porque había trabajado más, era un suplicio. Lo que antes me parecía prescindible, de pronto pasaba a ser necesario. No me quería subir a ese engranaje social. Esto no quiere decir que yo no sea de este mundo”.

Transformada por África
El último viaje de Guadalupe Escudero tuvo como destino Ruanda. Aterrizó en este país el año 1991, unos pocos meses antes de que estallara la guerra civil entre hutus y tutsis. Como en otros tantos viajes, sólo había comprado el billete de ida. 

“En Ruanda Dios estrechó su cerco sobre mí”, explica. 

En este país del corazón de África ayudaba en un dispensario, intentando aliviar el dolor de los demás con los escasos medios con los que contaba y, sobre todo, intentaba que los demás se sintieran queridos: “Sentía impotencia ante el dolor y la muerte. Me di cuenta que mis dos manos, con las que antes había conseguido subsistir sin problemas, se quedaban pequeñas”.

María Guadalupe Escudero no podía hacer nada por salvar la vida de la personas que veía morir en sus brazos: “Me pedían que rezase a Dios por ellos. Pero… ¡¿A qué Dios?! Yo no tenía ningún Dios. Tenía que cumplir con lo que me habían pedido. Era algo sagrado y no sabía ni cómo hacerlo”. 

La muerte de una niña
Hasta que la muerte de una niña ruandesa de cinco años le hizo “tocar fondo”.

Esa niña que cambió el rumbo de su vida se llamaba Wimana. “La habían abandonado y estaba desnutrida. Todo lo malo que puedas imaginar que le ha pasado es poco”, recuerda Guadalupe con un tono pausado. “Dábamos paseos y la cuidaba. No necesitábamos hablar para entendernos porque el lenguaje del amor es universal”.

Un día, al alba, en ese momento incierto en el que se funden el día y la noche, una religiosa avisó a Guadalupe. Wimana se estaba muriendo. 

«Me llamaron para avisarme de que estaba a punto de morir. Me preguntaron si quería despedirme de ella. Y lo hice. Murió entre mis brazos. Salí llorando, gritando y desesperada hacia una capilla que había en la misión. Me senté y lloré y lloré. Sumida en una total oscuridad, había encontrado la prueba de la no existencia de Dios… una cosa es dudar de su existencia, y otra creer haber encontrado la prueba definitiva que clausura toda duda… No podía existir un Dios que permitía tanto dolor y tanto absurdo como el de la vida de esa niña inocente que nació sólo para sufrir y morir…» 

«Se hizo la oscuridad y mi vida dejó también de tener sentido… antes nunca lo había pensado, pero sin Dios toda mi existencia carecía de fundamento real. En medio de mi desesperación fui sintiendo paz. Wimana me decía que su vida no había sido inútil, que había existido para llevarme a mí a Dios. Su vida sí había tenido sentido. Pasé del absurdo a la razón total. Entendí que Dios existía y que Él plenificaba y daba sentido a nuestra existencia. Le pedí que me mostrara quién era».

Jesucristo y el amor
Las respuestas empezaron a llegar con la lectura del Evangelio que le dejaron las religiosas con las que convivía en la misión. “Jesús hablaba del amor, y yo de eso entendía. Desde ahí empecé a llegar al Dios verdadero”.

Jesús pasó a ser el primero de la lista y se consagró como religiosa para apostar por Él.

“A quienes me conocían no les sorprendió. Seguía siendo la misma”, dice. Ahora, como ‘ermitaña’ de Zamartze, y entregada completamente a Dios, explica que no tiene miedo a la soledad porque para ella no es algo nuevo. Durante toda su juventud caminó durante horas por senderos en completa soledad y silencio. 

“El sonido del silencio en la naturaleza no tiene precio. Atender Zamartze no es casualidad. Para mí representa la unidad. Es la casa de espiritualidad de la diócesis y casa de todo el que quiera encontrarse: necesitamos salir de la vertiginosa rutina de cada día para entrar en nuestro interior y escucharnos, y escucharle”.

La tranquilidad del Monasterio de Zamartze, sólo es rota por el trino de un pájaro o algún montañero que no puede salir de su asombro cuando una enjuta religiosa se le acerca con paso tranquilo, y le detalla cómo ha de hacer mejor uno u otro nudo. Con serenidad, les explica: “Yo escalé en el Himalaya”.

(Texto y fotos de Rubén Elizari)

Santo Evangelio 21 de Enero 2016


Día litúrgico: Jueves II del tiempo ordinario

Santoral 21 de Enero: San Fructuoso, obispo y mártir, y santos Augurio y Eulogio, diáconos y mártires
Texto del Evangelio (Mc 3,7-12): En aquel tiempo, Jesús se retiró con sus discípulos hacia el mar, y le siguió una gran muchedumbre de Galilea. También de Judea, de Jerusalén, de Idumea, del otro lado del Jordán, de los alrededores de Tiro y Sidón, una gran muchedumbre, al oír lo que hacía, acudió a Él. Entonces, a causa de la multitud, dijo a sus discípulos que le prepararan una pequeña barca, para que no le aplastaran. Pues curó a muchos, de suerte que cuantos padecían dolencias se le echaban encima para tocarle. Y los espíritus inmundos, al verle, se arrojaban a sus pies y gritaban: «Tú eres el Hijo de Dios». Pero Él les mandaba enérgicamente que no le descubrieran.

«Le siguió una gran muchedumbre de Galilea. También de Judea, de Jerusalén, de Idumea, del otro lado del Jordán, de los alrededores de Tiro y Sidón»
Rev. D. Melcior QUEROL i Solà 
(Ribes de Freser, Girona, España)

Hoy, todavía reciente el bautismo de Juan en las aguas del río Jordán, deberíamos recordar el talante de conversión de nuestro propio bautismo. Todos fuimos bautizados en un solo Señor, una sola fe, «en un solo Espíritu para formar un solo cuerpo» (1Cor 12,13). He aquí el ideal de unidad: formar un solo cuerpo, ser en Cristo una sola cosa, para que el mundo crea.

En el Evangelio de hoy vemos cómo «una gran muchedumbre de Galilea» y también otra mucha gente procedente de otros lugares (cf. Mc 3,7-8) se acercan al Señor. Y Él acoge y procura el bien para todos, sin excepción. Esto lo hemos de tener muy presente durante el octavario de oración para la unidad de los cristianos.

Démonos cuenta de cómo, a lo largo de los siglos, los cristianos nos hemos dividido en católicos, ortodoxos, anglicanos, luteranos, y un largo etcétera de confesiones cristianas. Pecado histórico contra una de las notas esenciales de la Iglesia: la unidad.

Pero aterricemos en nuestra realidad eclesial de hoy. La de nuestro obispado, la de nuestra parroquia. La de nuestro grupo cristiano. ¿Somos realmente una sola cosa? ¿Realmente nuestra relación de unidad es motivo de conversión para los alejados de la Iglesia? «Que todos sean uno, para que el mundo crea» (Jn 17,21), ruega Jesús al Padre. Éste es el reto. Que los paganos vean cómo se relaciona un grupo de creyentes, que congregados por el Espíritu Santo en la Iglesia de Cristo tienen un solo corazón y una sola alma (cf. Hch 4,32-34).

Recordemos que, como fruto de la Eucaristía —a la vez que la unión de cada uno con Jesús— se ha de manifestar la unidad de la Asamblea, ya que nos alimentamos del mismo Pan para ser un solo cuerpo. Por tanto, lo que los sacramentos significan, y la gracia que contienen, exigen de nosotros gestos de comunión hacia los otros. Nuestra conversión es a la unidad trinitaria (lo cual es un don que viene de lo alto) y nuestra tarea santificadora no puede obviar los gestos de comunión, de comprensión, de acogida y de perdón hacia los demás.

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Diecisiete consejos prácticos para aprovechar mejor la misa y que sólo dependen de nosotros mismos



Diecisiete consejos prácticos para aprovechar mejor la misa y que sólo dependen de nosotros mismos
Diecisiete consejos prácticos para aprovechar mejor la misa y que sólo dependen de nosotros mismos

Diecisiete consejos prácticos para aprovechar mejor la misa y que sólo dependen de nosotros mismos
El fruto de cada misa para nuestra alma depende sobre todo de la preparación y la disposición con la que asistimos a ella.


Hay quien a lo largo de su vida ha asistido a misa todos los domingos, e incluso todos los días, "sin reconocer que lo que en ella ocurre tenía que tocar siempre su corazón".

Que eso cambie es uno de los objetivos de Fernando Poyatos, quien ya en otras ocasiones ha compartido sus reflexiones espirituales con los lectores de ReL. Ha sido catedrático en la Universidad de New Brunswick y durante muchos años agente laico de Pastoral de la Salud en Canadá y en España. Además de su labor profesional sanitaria, colabora en revistas como Phase, una de las más importantes en España en el ámbito litúrgico, o Dolentium Hominum, que edita el Pontificio Consejo para la Pastoral de la Salud. 

Su inquietud como escritor le ha llevado a elaborar sus propios materiales para la pastoral litúrgica, prebautismal o de enfermos, y algo de todo ello ha cuajado en su última obra, "Quédate con nosotros, Señor". Para una experiencia plena de la Santa Misa (Ediciones de Buena Tinta).



Es una completa guía para conocer y vivir la misa católica, no sólo destinada a quienes ya lo hacen, sino a quienes la ignoran. Va siguiendo paso por paso las oraciones del ordinario de sacerdote y fieles, explicadas de forma que no sólo conocemos qué sucede cuando se elevan al cielo, sino cómo y por qué sucede, con todas sus implicaciones teológicas. 

De su lectura es posible extraer algunos consejos muy prácticos, y que sólo dependen de nosotros mismos, para extraer todo su fruto al misterio y milagro de la celebración eucarística. Nos centramos en los destinados a los laicos, pero los hay también en "Quédate con nosotros, Señor" para los sacerdotes. 


Fernando Poyatos, autor de "Quédate con nosotros, Señor".

Cambios de actitud exterior e interior que nos predisponen mejor (hagan lo que hagan los demás, incluido el sacerdote) para que nuestro corazón sea tocado.

1. Respetar la integridad de la celebración. La puntualidad no es sólo una cortesía sino una obligación. Para ir al cine somos puntuales porque consideramos importante también el principio. ¿Va a ser menos la misa? "No reconocemos la importancia teológica de cuanto ocurre desde el mismo saludo inicial del sacerdote, ni la gravedad de perdernos lo que Dios estaba ya diciéndonos".

2. Respetar al sacerdote. Con algo tan simple como, al finalizar la celebración, no movernos de nuestro lugar hasta que él haya abandonado el altar. Tal desaire no se hace sólo al presbítero. "Esta actitud de impaciencia refleja un deseo de ausentarnos cuanto antes... cumplir  (o eso creemos) con el precepto de Dios lo más rápidamente posible y pasar a otras cosas que no esperan".

3. Santiguarnos con agua bendita. Si la hay, claro. En tal caso, usar este sacramental e incluso compartirlo con quien viene detrás. No como gesto vacío, sino "pidiendo a nuestra Trinidad que nos purifique y libere de todo lo que podamos traer que, no siendo de Dios, pueda dañarnos y distraernos, para que nos disponga para nuestra cita con Él".

4. Genuflexión ante Jesús Sacramentado. No sólo porque merece ese gesto de adoración, sino porque nos prepara a la importancia de lo que va a suceder minutos después, pues así "estamos reconociendo la permanente presencia eucarística de nuestro Salvador en el tabernáculo de cualquier iglesia del mundo, el mismo Cristo que recibimos en la Comunión".

5. Juntarnos a los demás y situarnos cerca del altar. Es frecuente intentar colocarse en un lugar alejado del resto de fieles, sobre todo si no se les conoce. Y a todos es familiar la imagen de una ristra de bancos vacíos entre el altar y los primeros asistentes. "Es un deber moral ante Cristo -que nos reúne en su casa para compartir su Sacrificio con nosotros sus hermanos- precisamente ponernos cerca de quienes ya estén allí, y a partir de los primeros bancos, alrededor del altar. Tengamos la fraterna cortesía cristiana de reconocer la presencia de los hermanos a cuyo lado nos sentamos... y la delicadeza cristiana de no sentarnos sin siquiera mirar a quien tenemos al lado".

6. Reconocer la importancia del altar. Y, cuando no proceda la genuflexión por coincidir su ubicación con la del sagrario, "nunca dejar de venerarlo haciendo una profunda y pausada inclinación desde la cintura, no simplemente de cabeza".

7. Un examen preparatorio. Para esto es preciso, lógicamente, haber llegado con unos minutos de anticipación. Bastan algunas reflexiones: "¿Cuál es mi motivación?... ¿Traigo conmigo cosas que me abruman o van a distraerme, sean buenas o malas?". Y la más importante: si no estamos en disposición de comulgar, "acercarme al confesionario antes de empezar y quedarme tranquilo con la absolución que Dios me dará a través de su ministro".

8. Vivir conscientemente el acto penitencial. Que no sea rutinario: "Debemos desear sinceramente purificarnos de cuantas faltas necesitemos deshacernos antes de presentarnos ante Dios y así abrirnos conscientemente (nunca recitándolo mecánicamente) a cuantos favores quiera él concedernos, física, emocional o espiritualmente, a través de la Palabra y la Eucaristía".

9. Escuchar atentamente la Palabra. Parece algo obvio, pero es donde las distracciones son más frecuentes. Poyatos realza los porqués de una escucha particularmente atenta: "Debemos desear que lo que el Señor tiene que decirnos a través de sus Escrituras toque nuestro corazón y el de nuestros hermanos... Prestemos a la Palabra la reverente atención que merece su proclamación, y no dejemos que nada ni nadie nos distraiga, que es Dios quien nos está hablando".

10. Repensar la homilía. Para muchos fieles, es una parte de la misa determinante de que ésta guste o no guste. Pero más allá de eso, que no depende del laico, lo que el sacerdote dice lo dice "con autoridad", y por eso siempre es aconsejable, de forma inmediata (sobre todo si se deja un breve silencio para ello), repasar brevemente lo que acabamos de oír, de donde "podemos también sacar una aplicación para cada uno de nosotros".

11. ¡Ojo con el ofertorio! La misa es un sacrificio, y por tanto la ofrenda es un momento esencial. Pero por su ubicación entre la tensión de la homilía y el inminente momento cumbre de la consagración, y porque es donde suele hacerse la colecta económica, "esos minutos pueden convertirse indebidamente en una simple laguna o pausa en mitad de la liturgia, como un breve descanso". Hay que reaccionar para que no sea así, y asociarnos a lo que el sacerdote hace en el altar.

12. ¿Cuánto dar? Aquí Poyatos cede la palabra a quien será (desde el próximo 4 de septiembre) Santa Teresa de Calcuta: "Tenéis que dar hasta que os duela y luego continuar dando hasta que deje de doleros".

13. Arrodillarse (al menos) en la Consagración. "Por medio del sacerdote, ministro y representante de Cristo, va a obrarse el milagro mayor que jamás pudo imaginar la humanidad, el regalo para nosotros cuyo precio fue la muerte en la cruz de Dios Hijo, de Jesucristo, por cada uno de los que estamos presentes: el pan y el vino van a transformarse en su Cuerpo y Sangre, junto con su alma y divinidad, toda su persona. ¿Es que es posible asistir a algo así en otra actitud que no sea de adoración?".

14. Las siete peticiones del Padrenuestro. Es una oración tan habitual que podemos convertirla en intrascendente. Sin embargo contiene elementos suficientes para que, meditada convenientemente (y la misa es el momento perfecto para hacerlo), se convierta en "un buen examen de conciencia", y justo antes de comulgar.

15. Al dar la paz... Vivimos adecuadamente es rito "no solo deseándoles la paz de verdad, sino rezando en ese momento por ellos mentalmente".

16. "No soy digno". Lo decimos antes de comulgar, ¡y es verdad! Por eso Poyatos recuerda el "silencioso recogimiento" previo a ese momento, pues "el fruto que recibamos estará en proporción directa a nuestra disponibilidad y preparación". Y añade incluso que 
ese instante es "el único en que debemos aislarnos de los hermanos y recogernos en nosotros mismos".

17. Un poquito más marca la diferencia. "Es bueno, si podemos, quedarse unos momentos en la iglesia después de la Misa, mejor aún en la capilla del Santísimo, ante el sagrario, es decir, con el Señor y con nosotros mismos. Y allí, con Él a solas, tratar de ver qué ha hecho en nosotros esta celebración eucarística, si nos ha afectado en algo".

"Quédate con nosotros, Señor" sienta así las bases para que la asistencia a misa produzca los frutos y bienes para los que fue instituido el santo sacrificio del altar. Y siempre teniendo en cuenta que esta obra no es un recetario, sino una completa aproximación teológica y didáctica a todos los ritos de la misa, y un trabajo completado en sus apéndices y esquemas con una nutrida información útil sobre denominación y origen de los distintos objetos sagrados, vestiduras sagradas y libros sagrados, descripción y explicación del año litúrgico.

miércoles, 20 de enero de 2016

Santo Evangelio 20 de Enero 2016


Día litúrgico: Miércoles II del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mc 3,1-6): En aquel tiempo, entró Jesús de nuevo en la sinagoga, y había allí un hombre que tenía la mano paralizada. Estaban al acecho a ver si le curaba en sábado para poder acusarle. Dice al hombre que tenía la mano seca: «Levántate ahí en medio». Y les dice: «¿Es lícito en sábado hacer el bien en vez del mal, salvar una vida en vez de destruirla?». Pero ellos callaban. Entonces, mirándoles con ira, apenado por la dureza de su corazón, dice al hombre: «Extiende la mano». Él la extendió y quedó restablecida su mano. En cuanto salieron los fariseos, se confabularon con los herodianos contra Él para ver cómo eliminarle.

«¿Es lícito en sábado hacer el bien en vez del mal, salvar una vida en vez de destruirla?»

Rev. D. Joaquim MESEGUER García 
(Sant Quirze del Vallès, Barcelona, España)

Hoy, Jesús nos enseña que hay que obrar el bien en todo tiempo: no hay un tiempo para hacer el bien y otro para descuidar el amor a los demás. El amor que nos viene de Dios nos conduce a la Ley suprema, que nos dejó Jesús en el mandamiento nuevo: «Amaos unos a otros como yo mismo os he amado» (Jn 13,34). Jesús no deroga ni critica la Ley de Moisés, ya que Él mismo cumple sus preceptos y acude a la sinagoga el sábado; lo que Jesús critica es la interpretación estrecha de la Ley que han hecho los maestros y los fariseos, una interpretación que deja poco lugar a la misericordia.

Jesucristo ha venido a proclamar el Evangelio de la salvación, pero sus adversarios, lejos de dejarse convencer, buscan pretextos contra Él: «Había allí un hombre que tenía la mano paralizada. Estaban al acecho a ver si le curaba en sábado para poder acusarle» (Mc 3,1-2). Al mismo tiempo que podemos ver la acción de la gracia, constatamos la dureza del corazón de unos hombres orgullosos que creen tener la verdad de su parte. ¿Experimentaron alegría los fariseos al ver aquel pobre hombre con la salud restablecida? No, todo lo contrario, se obcecaron todavía más, hasta el punto de ir a hacer tratos con los herodianos —sus enemigos naturales— para mirar de perder a Jesús, ¡curiosa alianza!

Con su acción, Jesús libera también el sábado de las cadenas con las cuales lo habían atado los maestros de la Ley y los fariseos, y le restituye su sentido verdadero: día de comunión entre Dios y el hombre, día de liberación de la esclavitud, día de la salvación de las fuerzas del mal. Nos dice san Agustín: «Quien tiene la conciencia en paz, está tranquilo, y esta misma tranquilidad es el sábado del corazón». En Jesucristo, el sábado se abre ya al don del domingo.

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Los momentos finales, cuando repasamos nuestra vida

Los momentos finales, cuando repasamos nuestra vida
Las 5 cosas que más lamenta la gente en su lecho de muerte: lo cuenta una enfermera
Las 5 cosas que más lamenta la gente en su lecho de muerte: lo cuenta una enfermera
Al repasar nuestra vida, lamentamos no habernos centrado más en las personas, y menos en las cosas, trabajos y apariencias

Bonnie Ware es una enfermera y escritora australiana que pasó varios años de su vida cuidando a enfermos terminales. Recientemente escribió un libro titulado «El top cinco de las cosas que lamentan las personas en su lecho de muerte».

Se trata de las memorias de su vida y cómo ésta fue transformada a través de los arrepentimientos de los enfermos terminales que cuidó.

«Durante muchos años he trabajado en cuidados paliativos. Mis pacientes eran los que habían ido a casa a morir. Algunos momentos increíblemente especiales fueron compartidos. Estuve con ellos durante los últimos tres a doce semanas de sus vidas», explica Bonnie Ware.

«La gente madura mucho cuando se enfrentan a su propia mortalidad. Aprendí a nunca subestimar la capacidad de una persona para crecer. Algunos cambios fueron fenomenales. Cada uno de ellos experimentó una variedad de emociones, como es de esperarse, la negación, el miedo, el enojo, remordimiento, más negación y finalmente la aceptación. Sin embargo, cada paciente encontró su paz antes de partir, cada uno de ellos», revela Bonnie Ware.

Cuando se le preguntó acerca de los deseos y arrepentimientos que las personas tenían en el momento de su muerte, ella reveló en su blog los más comunes y los que más le impactaron:

1. Ojalá hubiera tenido el coraje de vivir una vida fiel a mí mismo, no la vida que otros esperaban de mí. Este fue el lamento más común de todos. Cuando las personas se dan cuenta de que su vida está a punto de terminar y miran hacia atrás con claridad, es fácil ver cuántos sueños no se han cumplido. La mayoría de la gente no había cumplido aún la mitad de sus sueños y tenía que morir sabiendo que era debido a las elecciones que habían hecho, o que no hicieron.

2. Ojalá no hubiera trabajado tan duro.
«Esto salió de cada paciente de sexo masculino que cuidé», relata la enfermera. Se perdieron la juventud de sus hijos y la compañía de su pareja. Las mujeres también hablaron de este pesar. Pero como la mayoría eran de una generación anterior, muchos de los pacientes de sexo femenino no habían sido el sostén económico de su familia. «Todos los hombres que cuidé lamentaron profundamente el haber gastado tanto sus vidas en una existencia de trabajo».


3. Ojalá hubiera tenido el coraje para expresar mis sentimientos.
Muchas personas suprimieron sus sentimientos con el fin de mantener la paz con los demás. Como resultado, se conformaron con una existencia mediocre y nunca llegaron a ser lo que eran realmente capaces de llegar a ser. Muchas enfermedades se desarrollan como un resultado relacionado con la amargura y el resentimiento que cargan.

4. Me hubiera gustado haber estado en contacto con mis amigos.
A menudo no se dan cuenta realmente de los beneficios de los viejos amigos hasta después de semanas de convalecencia, y no siempre fue posible localizarlos. Muchos de ellos habían llegado a estar tan atrapados en sus propias vidas que habían dejado que amistades de oro se desvanecieran por el paso de los años. Pese a los lamentos profundos acerca de no dar a las amistades el tiempo y el esfuerzo que se merecían.

5. Me hubiese gustado permitirme a mí mismo ser más feliz.
«Esta es una sorprendentemente común. Muchos no se dieron cuenta hasta el final, que la felicidad es una elección. Se habían quedado atrapados en patrones y hábitos antiguos. El miedo al cambio les había hecho vivir fingiendo a los demás, y a ellos mismos, que estaban contentos. Cuando muy adentro, anhelaban reír de verdad y tener esa alegría en su vida de nuevo».

martes, 19 de enero de 2016

Santo Evangelio 19 de Enero 2016


Día litúrgico: Martes II del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mc 2,23-28): Un sábado, cruzaba Jesús por los sembrados, y sus discípulos empezaron a abrir camino arrancando espigas. Decíanle los fariseos: «Mira ¿por qué hacen en sábado lo que no es lícito?». Él les dice: «¿Nunca habéis leído lo que hizo David cuando tuvo necesidad, y él y los que le acompañaban sintieron hambre, cómo entró en la Casa de Dios, en tiempos del Sumo Sacerdote Abiatar, y comió los panes de la presencia, que sólo a los sacerdotes es lícito comer, y dio también a los que estaban con él?». Y les dijo: «El sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado. De suerte que el Hijo del hombre también es señor del sábado».

«El sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado»

Rev. D. Ignasi FABREGAT i Torrents 
(Terrassa, Barcelona, España)

Hoy como ayer, Jesús se las ha de tener con los fariseos, que han deformado la Ley de Moisés, quedándose en las pequeñeces y olvidándose del espíritu que la informa. Los fariseos, en efecto, acusan a los discípulos de Jesús de violar el sábado (cf. Mc 2,24). Según su casuística agobiante, arrancar espigas equivale a “segar”, y trillar significa “batir”: estas tareas del campo —y una cuarentena más que podríamos añadir— estaban prohibidas en sábado, día de descanso. Como ya sabemos, los panes de la ofrenda de los que nos habla el Evangelio, eran doce panes que se colocaban cada semana en la mesa del santuario, como un homenaje de las doce tribus de Israel a su Dios y Señor.

La actitud de Abiatar es la misma que hoy nos enseña Jesús: los preceptos de la Ley que tienen menos importancia han de ceder ante los mayores; un precepto ceremonial debe ceder ante un precepto de ley natural; el precepto del reposo del sábado no está, pues, por encima de las elementales necesidades de subsistencia. El Concilio Vaticano II, inspirándose en la perícopa que comentamos, y para subrayar que la persona ha de estar por encima de las cuestiones económicas y sociales, dice: «El orden social y su progresivo desarrollo se han de subordinar en todo momento al bien de la persona, porque el orden de las cosas se ha de someter al orden de las personas, y no al revés. El mismo Señor lo advirtió cuando dijo que el sábado había sido hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado (cf. Mc 2,27)».

San Agustín nos dice: «Ama y haz lo que quieras». ¿Lo hemos entendido bien, o todavía la obsesión por aquello que es secundario ahoga el amor que hay que poner en todo lo que hacemos? Trabajar, perdonar, corregir, ir a misa los domingos, cuidar a los enfermos, cumplir los mandamientos..., ¿lo hacemos porque toca o por amor de Dios? Ojalá que estas consideraciones nos ayuden a vivificar todas nuestras obras con el amor que el Señor ha puesto en nuestros corazones, precisamente para que le podamos amar a Él.

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lunes, 18 de enero de 2016

Shalyn MacGuin da testimonio contra el aborto por violación

Shalyn MacGuin da testimonio contra el aborto por violación
La violaron con 19 años y quedó embarazada pero no abortó: «Es mi bebé, arco iris tras la tormenta»

La violaron con 19 años y quedó embarazada pero no abortó: «Es mi bebé, arco iris tras la tormenta»


Shalyn Mac Guin fue violada con 19 años, y dice a otras mujeres en ese trance que el bebé forma parte de la sanación, no de la herida


Shalyn MacGuin es una joven madre canadiense que quedó embarazada tras ser violada por su exnovio. 

En su niñez también sufrió muchos abusos cometidos por un familiar durante un periodo de cuatro años. 

Ahora su vida es muy distinta y cuenta lo feliz que es compartiéndola con su hijita y envía un mensaje a las mujeres en una situación similar: el aborto no es la solución y matar al bebé no te sanará.

MacGuinn es una blogger que escribe en Save the 1 (Sálvalo) y que ha compartido en ese medio la dura experiencia que vivió como niña y luego a los 19 años cuando trabajaba como niñera cuando sufrió la violación y quedó embarazada.

En ese entonces y cuando preguntó en un centro de consejería si lo mejor era abortar, la persona que la ayudó la orientó para que no lo hiciera y buscara ayuda. Sabiendo que conservar a su pequeña le iba a costar el trabajo, optó por tenerla.

Shalyn cuando nació su hijita; ella dice que no es "hija de una violación" sino SU hija, y está muy orgullosa de ella

Mientras estuvo embarazada, recuerda, conoció al “amor de mi vida que ahora es su papá” y que planea adoptarla cuando se casen.

En declaraciones a ACI Prensa el 14 de enero, MacGuinn afirmó que a una mujer embarazada por violación le diría lo siguiente: “Matar al bebé no te sanará. La violación seguirá en tu mente pero además de eso se añadirá la culpa y el dolor. Tu bebé es TU bebé. Es una bendición que viene oculta”.

Sobre la idea que tienen algunos de que en esta situación el aborto es la solución, Shalyn es bastante clara: “Absolutamente no. Creo que incluso en el caso de un abuso repetido, el bebé es una gran razón para escapar de eso y encontrar una forma de comenzar de nuevo con el pequeño”.

“No aborté porque me di cuenta de que era un bebé. Un bebé real y cuando pensé en acabar con él por lo que me había pasado, eso hizo que mi corazón se quebrara, así que al final no hice nada malo”, relata.

MacGuinn dijo también a ACI Prensa que “mi hija es la niña más feliz del mundo y todo lo que ella conoce es amor. Para nosotros como familia es difícil lidiar con mi estrés post-traumático pero luchamos contra esto juntos”.

A la pregunta “¿eres feliz con tu hija?”, Shalyn responde que “feliz ni siquiera se acerca a describir mis sentimientos por mi hija. Ella me da una razón para luchar. Es lo más dulce que hay y pone de buen humor a cualquiera. Estoy muy orgullosa de ella y de la gran niña en la que se está convirtiendo”.

En el comentario que publicó en Save the 1, esta joven madre dice que su hija “no es una ‘bebé de una violación’. Ella es MI bebé. Es la bebé de una víctima de violación y su vida vale la pena. Los niños no deben ser castigados por los crímenes de sus padres. Mi hija es realmente un arcoiris luego de una tormenta”.