lunes, 23 de febrero de 2015

Santo Evangelio 23 de Febrero de 2015



Día litúrgico: Lunes I de Cuaresma

Texto del Evangelio (Mt 25,31-46): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles, entonces se sentará en su trono de gloria. Serán congregadas delante de Él todas las naciones, y Él separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos. Pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a su izquierda. Entonces dirá el Rey a los de su derecha: ‘Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a verme’. Entonces los justos le responderán: ‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; o sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos forastero, y te acogimos; o desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel, y fuimos a verte?’. Y el Rey les dirá: ‘En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis’.

»Entonces dirá también a los de su izquierda: ‘Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el Diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; era forastero, y no me acogisteis; estaba desnudo, y no me vestisteis; enfermo y en la cárcel, y no me visitasteis’. Entonces dirán también éstos: ‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento o forastero o desnudo o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?’. Y él entonces les responderá: ‘En verdad os digo que cuanto dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños, también conmigo dejasteis de hacerlo’. E irán éstos a un castigo eterno, y los justos a una vida eterna».


Comentario: Rev. D. Joaquim MONRÓS i Guitart (Tarragona, España)

Cuanto dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños, también conmigo dejasteis de hacerlo

Hoy se nos recuerda el juicio final, «cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles» (Mt 25,31), y nos remarca que dar de comer, beber, vestir... resultan obras de amor para un cristiano, cuando al hacerlas se sabe ver en ellas al mismo Cristo.

Dice san Juan de la Cruz: «A la tarde te examinarán en el amor. Aprende a amar a Dios como Dios quiere ser amado y deja tu propia condición». No hacer una cosa que hay que hacer, en servicio de los otros hijos de Dios y hermanos nuestros, supone dejar a Cristo sin estos detalles de amor debido: pecados de omisión.

El Concilio Vaticano II, en la Gaudium et spes, al explicar las exigencias de la caridad cristiana, que da sentido a la llamada asistencia social, dice: «En nuestra época, especialmente urge la obligación de hacernos prójimo de cualquier hombre que sea y de servirlos con afecto, ya se trate de un anciano abandonado por todos, o de un niño nacido de ilegítima unión que se ve expuesto a pagar sin razón el pecado que él no ha cometido, o del hambriento que apela a nuestra conciencia trayéndonos a la memoria las palabras del Señor: ‘Cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis’ (Mt 25,40)».

Recordemos que Cristo vive en los cristianos... y nos dice: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20).

El Concilio Lateranense IV define el juicio final como verdad de fe: «Jesucristo ha de venir al fin del mundo, para juzgar a vivos y muertos, y para dar a cada uno según sus obras, tanto a los reprobados como a los elegidos (...) para recibir según sus obras, buenas o malas: aquellos con el diablo castigo eterno, y éstos con Cristo gloria eterna».

Pidamos a María que nos ayude en las acciones de servicio a su Hijo en los hermanos.

San Policarpo de Esmirna, 23 de Febrero



23 de Febrero

LECTIO DIVINA

SAN POLICARPO DE ESMIRNA
Obispo y mártir († ca.150).

Policarpo significa: el que produce muchos frutos de buenas obras.
(poli = mucho, carpo = fruto).


Fue en Esmirna, la bella urbe asiática que, asentada en la ladera del monte Pagus, abraza las aguas del mar Egeo. La ciudad milenaria, resucitada de su ruina por Alejandro Magno, vivió un día más de fiesta clásica en la romanidad. Pero aquel 22 de febrero del año 155 haría que la Iglesia de Cristo, al congregarse junto al altar, volviese su memoria y su corazón a Esmirna por los siglos venideros. Hablan terminado los juegos de cacería en el estadio público; el populacho excitado e irresponsable esperaba con salvaje avidez de sangre la sentencia del procónsul sobre Policarpo, el anciano obispo de la ciudad. Hacía pocos días que en aquel mismo lugar hablan exigido a gritos su muerte, al contemplar el martirio valiente de un joven cristiano, llamado Germánico. Y allí se encontraba por fin el venerable obispo ante la autoridad romana.

Jura por el genio del César, Grita mueran los ateos.

El procónsul Estacio Cuadrado, siguiendo con ello el rumor popular, designaba con el nombre de ateos al grupo cristiano, que rechazaba el culto a las divinidades paganas. Policarpo, con la gravedad de sus muchos años, levantó su brazo, y señalando los graderíos repletos, donde se agolpaban los esmirnotas seguidores de la diosa Cibeles, mientras los iba repasando con su mirada, exclamó: "Sí, mueran los ateos".

Insatisfecho con esta respuesta ambigua, el procónsul insiste:

- Jura por el genio del César. Maldice de Cristo y te pongo en libertad.

Hay algo más precioso que la libertad misma para un cristiano: Aquel, a quien libremente se ofrece la vida entera. Por eso Policarpo responde pausadamente, como reviviendo todo su mundo interior:

- Ochenta y seis años hace que le sirvo y ningún daño he recibido de Él, ¿Cómo puedo maldecir de mi rey, el que me ha salvado? Si tienes por punto de honor hacerme jurar por el genio, como tú dices, del César, y finges ignorar quién soy, óyelo con toda claridad: YO SOY CRISTIANO".



¡Maldecir de Cristo... - Policarpo! Cuando la persona de Jesús le aparecía confundida con los primeros recuerdos de su niñez. Cuando la lista de sus servicios a Cristo se iniciaba exactamente en la hora en que su conciencia se abría a la responsabilidad. No es palabra vacía e insustancial el ser cristiano. Sin querer viene a la memoria la definición del viejo catecismo: "Cristiano es el hombre que tiene la fe de Jesucristo y está ofrecido a su santo servicio". ¿Comprendemos en este siglo de altas traiciones o de heroicas entregas a ideales humanos lo que significa tomar en serio la fe y el servicio de Cristo, y esto durante ochenta y seis años? No basta el ímpetu brioso, pero breve, de quienes llegaron a Cristo en la hora undécima. No. El soportar el peso del día y del calor de toda una vida consagrada a Cristo encierra un alto significado de fidelidad extrema. La fe en Cristo iluminó la cuna de Policarpo. El pudo beber de labios de San Juan, el discípulo amado, el recuerdo caliente y minucioso de todo lo que dijo e hizo el Señor. Más tarde, fue probablemente el mismo apóstol que encomendó a su cuidado episcopal la grey cristiana de Esmirna. Cuando cesó de latir aquel pecho que sintió reposar sobre sí la cabeza del Salvador en la noche trágica y se cerró aquel archivo viviente de recuerdos de Jesús, Policarpo pudo repasar con ansiedad el testamento del apóstol, su Evangelio espiritual, sus cartas profundas, su Apocalipsis misterioso, y asimilar definitivamente su mensaje inflamado: Dios es Amor. Amad. Amaos unos a los otros como Cristo os ha amado.

Servir a Cristo es una sinfonía de amor... también para un obispo. Pero su melodía ha de discurrir por el cauce de un real pentagrama. Porque para él servir es amar, y amar significa enseñar y vigilar y perdonar, animar y corregir, buscar y esperar, consumir su vida pensando en los demás.

Y Policarpo enseñaba sin fatiga desde su cátedra o desde la carta pastoral, que Cristo murió y resucitó por nuestros pecados y vendrá a juzgarnos de nuestras obras. Y vigilaba sobre la pureza de la fe de sus ovejas: "Todo el que no confesare que Jesucristo ha venido en Carne es un anticristo, y el que no confesare el testimonio de la cruz, procede del diablo, y el que torciere las sentencias del Señor en interés de sus propias concupiscencias, ese tal es primogénito de Satanás".

Pero además de maestro era padre y por eso levantaba a los casados camino de disciplina y temor de Dios y a las viudas a mayor oración y, prudencia. Ponía freno y vigor en los jóvenes, exigía blancura intachable en las vírgenes e invitaba largamente a los ancianos a la solicitud sincera por enfermos y pobres, a tener entrañas de misericordia y comprensión para con todos y a no pecar por severidad excesiva, por lucro o favoritismo.

Su programa es elemental y transpira sencillez evangélica: orar siempre, hacer el bien, vivir unidos a Cristo para gloria del Padre. Porque en el centro de todo, eso si, está Cristo, "nuestra esperanza y prenda de nuestra salvación", "el que levantó sobre la cruz nuestros pecados", "el que lo soportó todo por nosotros". Un jovencito acurrucado a los pies de Policarpo recoge este mensaje sin perder una palabra o un gesto, grabando fijamente en su memoria la figura respetable de Policarpo, sus modos de andar y hablar, hasta el timbre de su voz gastada. Es Ireneo, el futuro gran obispo de Lyon. Muchos años más tarde recordará estas escenas en una carta al amigo de la infancia con calor y viveza conmovedoras e imborrables.

¡Qué grande es después de mil ochocientos años sentirse incorporado al santo obispo en la misma fe y como hermanado con él en la gran familia cristiana! Y no todo son luces en los tiempos pasados ni fueron aquellos cristianos de otra raza. Policarpo nos insinúa en sus escritos las venganzas miserables, las lenguas venenosas que muerden en su nombre de cristiano. Entonces como hoy era indiferente apostar por los verdes o ser partidario de los blanquiazules. Pero no existía neutralidad ante la condición del cristiano. Entonces tenían la culpa de que se perdiesen las batallas o saliesen de madre los ríos; hoy de que no funcionen los trenes o prosperen los ambiciosos. Para esta raza de acusadores no basta nuestra vigilancia y le reforma constante de nuestras vidas: se requiere una virtud especial que se llama paciencia y es una manifestación brillante, aunque no aparatosa, de otra virtud que se llama fortaleza. Además, la visión gozosa de que así participamos de algo esencial del misterio del cristianismo, que es la cruz de Cristo. Ya lo dijo el obispo de Esmirna: "Seamos pues, imitadores de la pasión de Cristo, y si por causa de su nombre tenemos que sufrir, glorifiquémosle, porque ése fue el ejemplo que El nos dejó en su propia persona y eso es lo que nosotros hemos creído".

El aire triunfal cristiano, su serenidad de redención, nada tienen que ver con el jolgorio mundano, con la libertad contra toda ley freno con la prepotencia política o económica. Dios y el mundo no van de acuerdo cuando se trata de poner a los hombres la corona de "bienaventurado", Pero, ¿no dijo San Pablo que "pasa la figura de este mundo"? (1 Cor. 7,31). ¿No había dicho en aquel mismo estadio de Esmirna pocos días antes el joven Germánico que "quería verse lejos de una vida sin justicia y sin ley como la de los paganos?" ¿Y no dijo el Señor que vino a traer la guerra?" (Mt. 10.34).

Servir a Cristo ochenta y seis años representa una larguísima pelea. No la batalla fulminante en que se elimina al adversario. Sino el penoso combate del desgaste diario, en que la valentía de la ofensiva y el tesón de la defensiva se reparten por igual el mérito del heroísmo y de la fortaleza. En el servicio de Cristo hay días generosos que exigen gestos nobles y definitivos. Y días sencillos nunca anónimos de ofrenda humilde. Lo que importa es el amor de cada instante: que no nos falte vigor para el martirio, aunque nos falte el martirio mismo.

Policarpo conoció de cerca la garra de la persecución. Quedaba lejos el recuerdo de la muerte luminosa de los apóstoles todos. Más cerca los zarpazos de Plinio en Bitinia con las apostasías tristes y los gloriosos martirios. Luego inolvidable la marcha hacia la muerte de Ignacio, el obispo de Antioquía. Fue el año 117 cuando, atado a un pelotón de salvajes, pasó camino de Roma, con ansias de muerte y de plenitud cristiana. Todavía vibraba su palabra deportivamente cristiana: "Sé atleta". Cristo se merecía esta actitud combativa integral. Y lo reclamaba también la solidaridad y comunión con los otros hermanos cristianos los mártires en tiempos en que seguir a Cristo equivalía a ser oficialmente candidato a la muerte cruenta.

"Os exhorto pues a todos decía Policarpo en su carta a que obedezcáis a la palabra de la justicia y ejecutéis toda paciencia, aquella, por cierto, que visteis con vuestros propios ojos no sólo en los bienaventurados Ignacio. Zósimo y Rufo, sino también en otros de entre vosotros mismos, y hasta en el mismo Pablo y los demás apóstoles. Imitadlos, bien persuadidos de que todos éstos no corrieron en vano, sino en fe y justicia.... porque no amaron el tiempo presente, sino a Aquel que murió por nosotros."

Tampoco Policarpo corrió en vano ochenta y seis años para jugárselo todo ligeramente al final de la vida. Sus últimos días tuvieron horas de servicio intensivo Resonó en aquel estadio el odio masivo contra él: ¡Policarpo al fuego! Y vino la congoja de la huida, la angustia de quien se siente perseguido, el lenitivo de la oración viva y reposante, o de la amistad sin ficción de quienes se arriesgaban al ocultarlo en sus villas de campo. Luego el momento negro de la delación de pobres esclavos atormentados, el instante siempre fatal del descubrimiento y el arresto sin remedio. Más tarde la sorpresa y el sonrojo de los soldados al ver la pobre vejez del tan ansiosamente rebuscado; el covachuelismo de los amigos que empujan a la cobardía y pasan del fingido amor a las injurias humillantes, el acceso penoso al estadio lleno de tumulto y el consuelo cordialmente agradecido de la voz amiga: "Policarpo, ten buen ánimo y pórtate varonilmente". Por último. tras el diálogo conciso, la confesión sincera, pero mortífera: Yo soy cristiano.

Su nombre es su sentencia. Se hace un silencio espeso en el ambiente y se escucha por tres veces la sentencia del heraldo desde el centro de la arena: "Policarpo ha confesado que es cristiano", La muchedumbre ruge y pide fieras contra el anciano obispo; el procónsul lo niega, pero decreta la muerte por el fuego. Mientras unos puñados de hombres buscan afanosamente por talleres y baños de la ciudad leña seca para la pira "sobre todos, los judíos, con el fervor que en esto tienen de costumbre", otros vociferan en el estadio, y en su furor ciego pronuncian la bula de canonización de San Policarpo: "Ese es al maestro de Asia, el padre de los cristianos, el destructor de nuestros dioses, el que ha inducido a muchos a no sacrificarles ni adorarlos". Eran sus servicios a Cristo... los de los días ordinarios y sin relieve. "Morir cada día un poco es el modo de vivir".

Los detalles no importan. La muerte magnánima es el gesto supremo del hombre y por eso es capaz de ennoblecer cualquier existencia y de hacer respetable una causa equivocada. Pero cuando se trata de Cristo, lo dijo Él: "Nadie tiene mayor amor que el que da la vida'" (lo. 15,13). Hay pobretones de espíritu que quieren apagar el halo martirial diciendo que es fácil morir por Cristo y difícil vivir según Cristo. Muchos que así hablan no viven plenamente con Cristo y parecen incapaces de morir por Él. Por eso conviene repetir las palabras del Maestro: Nadie tiene mayor amor... aun cuando al morir tiemblen las piernas y sienta miedo el espíritu, aun cuando sea el primero y postrero, el único acto radicalmente cristiano de una vida humana.

El procónsul no permitió que fuesen las fieras las que acabasen con el cuerpo viejo de Policarpo. Fue la pira,abundante, el golpe de gracia de la puñalada en el pecho, la cremación de sus despojos. Los huesos calcinados del venerable maestro y padre son testimonio fuerte de su amor perfecto de Cristo. No quiso que le clavaran al palo. no por temer o rechazar el sufrimiento, sino porque su amor era tan intensamente decisivo como los clavos. Atado al poste, con las manos atrás "como carnero egregio escogido de entre tan gran rebaño... levantados los ojos al cielo dijo:

"¡Señor, Dios omnipotente. Padre de tu amado siervo Jesucristo, por quien hemos recibido el conocimiento de Ti!... Yo te bendigo porque me tuviste digno de esta hora, a fin de tomar parte, contado entre tus testigos (mártires), en el cáliz de Cristo para resurrección de eterna vida. Yo te alabo por todas las cosas, te bendigo y te glorifico.... por mediación de Jesucristo, tu siervo amado...

Es su testamento, su gesto de plenitud en el amor. Levantar los ojos al cielo y con ellos todo el espíritu - lo único que no pueden atar ni clavar los hombres - y optar, escoger en suprema libertad el servicio, la esclavitud voluntaria de Cristo. Ser cristiano es transformarse sustancialmente. Y así transformado y transfigurado por el fuego se aleja del mundo el santo anciano, sumergiéndose en llamas y en Cristo, que es "llama de amor viva". Ni siquiera un ademán de perdón para sus verdugos; su alma se levanta con brío sobre nuestras categorías humanas.

Sin querer nos golpea la mente la fórmula elemental del Catecismo. Ser cristiano es tener fe en Cristo y hacer profesión de servirlo. Con la perspectiva de ser dignos de una hora de martirio, para la mayoría imposible; pero con el vigor necesario para ella. El pórtico del Catecismo nos señala una alta meta final, que se confunde ya con el pórtico mismo de la eternidad. ¿Somos verdaderamente cristianos? ¿Desde hace cuántos años?

JOSÉ IGNACIO

domingo, 22 de febrero de 2015

Santo Evangelio 22 de Febrero de 2015




Día litúrgico: Domingo I (B) de Cuaresma

Texto del Evangelio (Mc 1,12-15): En aquel tiempo, el Espíritu empujó a Jesús al desierto, y permaneció en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás. Estaba entre los animales del campo y los ángeles le servían. Después que Juan fue entregado, marchó Jesús a Galilea; y proclamaba la Buena Nueva de Dios: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva».


Comentario: Rev. D. Joan MARQUÉS i Suriñach (Vilamarí, Girona, España)

El Espíritu empujó a Jesús al desierto, y permaneció en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás

Hoy, la Iglesia celebra la liturgia del Primer Domingo de Cuaresma. El Evangelio presenta a Jesús preparándose para la vida pública. Va al desierto donde pasa cuarenta días haciendo oración y penitencia. Allá es tentado por Satanás.

Nosotros nos hemos de preparar para la Pascua. Satanás es nuestro gran enemigo. Hay personas que no creen en él, dicen que es un producto de nuestra fantasía, o que es el mal en abstracto, diluido en las personas y en el mundo. ¡No!

La Sagrada Escritura habla de él muchas veces como de un ser espiritual y concreto. Es un ángel caído. Jesús lo define diciendo: «Es mentiroso y padre de la mentira» (Jn 8,44). San Pedro lo compara con un león rugiente: «Vuestro adversario, el Diablo, ronda como león rugiente buscando a quién devorar. Resistidle firmes en la fe» (1Pe 5,8). Y Pablo VI enseña: «El Demonio es el enemigo número uno, es el tentador por excelencia. Sabemos que este ser obscuro y perturbador existe realmente y que continúa actuando».

¿Cómo? Mintiendo, engañando. Donde hay mentira o engaño, allí hay acción diabólica. «La más grande victoria del Demonio es hacer creer que no existe» (Beaudelaire). Y, ¿cómo miente? Nos presenta acciones perversas como si fuesen buenas; nos estimula a hacer obras malas; y, en tercer lugar, nos sugiere razones para justificar los pecados. Después de engañarnos, nos llena de inquietud y de tristeza. ¿No tienes experiencia de eso?

¿Nuestra actitud ante la tentación? Antes: vigilar, rezar y evitar las ocasiones. Durante: resistencia directa o indirecta. Después: si has vencido, dar gracias a Dios. Si no has vencido, pedir perdón y adquirir experiencia. ¿Cuál ha sido tu actitud hasta ahora?

La Virgen María aplastó la cabeza de la serpiente infernal. Que Ella nos dé fortaleza para superar las tentaciones de cada día.

La Cátedra de San Pedro, 22 de Febrero


 22 de febrero
 LA CÁTEDRA DE SAN PEDRO
 
El divino Maestro como correspondencia a la firme confesión de su fiel apóstol Pedro: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo", le dirigió aquellas trascendentales palabras: "Bienaventurado tú, Simón Baryona, porque no es la carne ni la sangre quien eso te ha revelado, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo a ti que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Yo te daré las llaves del reino de los cielos y cuanto atares en la tierra será atado en los cielos, y cuanto desatares en la tierra será desatado en los cielos" (Mt. 16,17-19).
 
Con estas palabras el divino Redentor anunciaba la concesión a Pedro de una serie de privilegios sobre los demás apóstoles. Con ellos le hacía entrega del supremo poder de gobierno y magisterio, de legislador e intérprete de la doctrina evangélica, base esencial de la existencia misma de la obra de Jesús. "Todo reino dividido será desolado" había dicho el mismo divino Maestro. Y como el reino de Cristo debía existir por los siglos de los siglos hasta la consumación del mundo, aquel supremo poder debía naturalmente perpetuarse en los sucesores de Pedro. Todos estos privilegios y su perpetuación en los Romanos Pontífices se quisieron simbolizar y conmemorar en la institución de la fiesta de la Cátedra de San Pedro, cuyo origen histórico y litúrgico vamos a explicar para promover la devoción a esta solemnidad.
 
Uno de los medios más sencillos y eficaces de enseñar e inculcar al pueblo fiel la doctrina evangélica han sido siempre las representaciones plásticas históricas o simbólicas. De ahí la riqueza de figuraciones artísticas de las diferentes escenas referentes a la institución del supremo magisterio de San Pedro.
 
De San Pedro, como la roca fundamento de la Iglesia, tenemos un hermoso relieve en un sarcófago lateranense. Se ven en él una basílica, un baptisterio y un palacio en el plano superior, y más abajo, las figuras del Salvador y de su fiel apóstol, todo descansando sobre una roca. No hay duda que la basílica quería representar la de Letrán, madre de todas las iglesias, como lo indica el baptisterio contiguo y el palacio que quería recordar el que Constantino regaló a la Iglesia romana. De esa manera se expresaba al mismo tiempo que esta Iglesia era la sucesora del apóstol.
 
Aún más expresiva es otra representación, y ésta conservada en muchos ejemplares, de la llamada "Traditio legis" o consigna, entrega de la ley a Pedro. Se quiso aplicar al apóstol. que había de ser el legislador supremo de la cristiandad, la escena tan conocida del Antiguo testamento en que Dios entrega las Tablas de la Ley a Moisés, el legislador del pueblo escogido. Se encuentra principalmente en relieves marmóreos de sarcófagos cristianos. en ellos se ve la majestuosa figura de Jesús sobre el monte, del cual fluyen los cuatros ríos del paraíso, con la diestra en alto, alargando con la izquierda el rollo abierto de la Ley a Pedro, que lo recibe, en señal de respeto, con las manos cubiertas, y llevando al hombro una cruz ricamente decorada. La noble figura de San Pablo está al otro lado en actitud de aplaudir la elección hecha por Jesús del primer apóstol como supremo legislador. En algunos ejemplares aparecen también los demás apóstoles en la misma actitud. La ley que recibía Pedro era la doctrina y toda la doctrina cristiana, esto es, la suma de los artículos de la fe y de los preceptos. Por esto en un ejemplar de Arlés se grabó en el rollo el crismon 0, símbolo de Jesús y de su doctrina.
 
Aunque todos los demás apóstoles tenían ciertamente el poder, recibido directamente del divino Maestro, de enseñar la ley evangélica, no se halla ninguna representación de la entrega de la ley a ellos, porque no había de residir en sus personas ni en sus sucesores el poder supremo de legislar, independiente del de Pedro.
 
Con esta representación se significaba principalmente que Pedro era el depositario, el guardián de la ley cristiana, pero Jesús le hizo además el maestro por excelencia que había de transmitirla a todos los confines de la tierra. De ahí la representación simbólica de la Cátedra de Pedro. La voz cátedra significaba materialmente el trono o silla episcopal, pero ya los Santos Padres la usan particularmente como símbolo de la autoridad de la enseñanza cristiana, atribuida generalmente a los obispos, pero especialmente a la sede de Pedro, la de Roma. San Cipriano en el siglo III decía: "Se da a Pedro el primado para que se muestre que es una la Iglesia de Cristo y una la cátedra". Y recalcando aún más la unidad, añadía: "Dios es uno, uno el Cristo y una la Iglesia y una la cátedra fundada sobre Pedro por voz del Señor" (CIPRIANO, Epist. 43,5). Y que esta cátedra era y seguía siendo la de Roma, lo atestiguaba el mismo santo Doctor, quien para indicar que por la muerte del papa Fabio vacaba la sede de Roma, lo expresaba así: "Como el lugar de Fabiano, esto es, el lugar de Pedro... vacase" (ID., Epist. 55,8). Por lo mismo el concilio de Calcedonia (a. 451) declaraba al recibir una carta del papa León Magno: "Pedro nos ha hablado por la voz de León" (Mansi, VI 971).
 
El apóstol, en los ejemplares más antiguos, aparece sentado sobre una roca, la de la confesión, para recordar la que según la palabra del Señor, debía ser fundamento de la Iglesia. En las manos tiene desplegado el rollo de la doctrina evangélica, en actitud de enseñar mientras dos soldados vienen a arrastrarlo, significando así que la enseñanza de la doctrina cristiana fue la causa de las persecuciones. Hay ejemplares de esta preciosa escena, no sólo en Roma y en Italia, sino también en varias provincias del Imperio. En un ejemplar de Arlés en el rollo se ve inciso el crismon 0, como en el antes mencionado relieve de la Tradítio. Pedro enseña la doctrina de Cristo en su integridad, simbolizada en el anagrama de su nombre. Para expresar aún con más fuerza esta verdad, el artista Colocó junto a Pedro la figura del Señor en actitud de hablar al apóstol, absorto en su tarea catequética. De esta manera se quiso plasmar la inspiración divina bajo cuya influencia hablaría el apóstol y sus sucesores.
 
En otros muchos ejemplares Pedro está sentado sobre una silla o verdadera cátedra. Tampoco conocemos una representaci6n semejante para ninguno de los demás apóstoles.
 
Por otra parte, el pueblo romano veneraba una verdadera cátedra de madera ya en el siglo IV y mucho antes en la que, según la tradición inmemorable, se habría sentado el Príncipe de los Apóstoles.
 
Esta veneranda y preciosa pieza se conserva en el Vaticano, sustancialmente en la misma forma original. Se le añadieron al correr de los siglos algunos adornos para enriquecerla, pero sin cambiar su estructura.
 
Es una gran silla o trono de madera de encina formada por una caja cuadrilátera de unos 89 centímetros de ancho por 78 de alto hasta el asiento, con unos pilares en los ángulos y un respaldo o dosel terminado por un tímpano triangular. Tiene en los pilares unas anillas para poder ser fácilmente trasladado. En el cuadrilátero frontal anterior, debajo del asiento, la enriquecen tres hileras de seis casetones cada una con sendos marfiles incrustados de oro, muy antiguos. Los que asimismo adornan el dosel son aún de mayor antigüedad y seguramente tallados expresamente para esta cátedra.
 
Durante toda la Edad Media estuvo visible y fue muy venerada. Los peregrinos, con devoción indiscreta, tomaban fragmentos de la madera para guardarlos como reliquias. En un principio habría estado en Santa Prisca, en el Aventino, en el lugar donde, según la tradición, habría residido el apóstol. Nuestro papa San Dámaso, en el siglo IV, la trasladó al baptisterio del Vaticano por él construido. Al levantarse en el siglo XVI la actual imponente basílica Vaticana, se creyó conveniente guardar como una reliquia la veneranda cátedra. Bernini, el último gran arquitecto de las obras, emplazó en el fondo del ábside un grandioso altar barroco que tiene, a manera de imagen principal, una colosal cátedra de bronce, sostenida por ángeles y que es el relicario que custodia la antigua silla del apóstol. En ocasiones extraordinarias puede ser mostrada a la veneración de los fieles, como se hizo en 1867, bajo el pontificado de Pío IX, al celebrarse el XVIII centenario de la muerte de San Pedro.
 
Si el arte y las tradiciones populares pudieron propagar así la admiración y devoción al magisterio supremo de Pedro, simbolizado en la cátedra, la liturgia debía consolidarlas y extenderlas a todo el orbe cristiano de todas las épocas. Por esto se instituyó muy pronto en Roma y en las provincias del Imperio la fiesta de la Cátedra de San Pedro.
 
El primer testimonio escrito que ha llegado hasta nosotros, es la Depositio rnartyrum: deposición de los mártires, incipiente calendario litúrgico romano del año 336, pocos lustros después de alcanzada la paz constantiniana.
 
Entre las poquísimas fiestas de santos, unas dos docenas, del año litúrgico, señala este calendario para el día 22 de febrero el Natale Petri de Cathedra, natalicio de San Pedro en la cátedra, o sea el día de la institución del pontificado de Pedro. El haber escogido este día para celebrar un acontecimiento del que no se podía saber la fecha exacta, parece se debió a querer suplantar con una fiesta cristiana importante la pagana de honrar a los muertos de la familia con banquetes frecuentemente escandalosos. San Agustín reprende duramente a los cristianos que en dicha fecha se entregaban a tales abusos. Lo mismo hace un concilio de Tours del año 567, al deplorar que haya fieles que, después de haber recibido dicho día el cuerpo del Señor, no se avergonzaran de manchar su alma con manjares dedicados al demonio. Quizá también, y en primer lugar, se puede creer que dicha fecha guarda relación con la fiesta de la basílica de Santa Prisca en donde, según lo dicho, se guardaba la cátedra, fiesta que coincide con el 22 de febrero. Sea como sea, lo que sí es seguro, que en los primeros siglos, IV y V cuando menos, nuestra fiesta de la cátedra se celebraba en Roma, no como hoy el 18 de enero, sino el 22 del mes siguiente. Así lo atestiguan varios libros litúrgicos.
 
Con esta fiesta se quiso solemnizar el episcopado de Pedro, su potestad jerárquica y magisterio universal y particularmente el episcopado de Roma, cabeza del Imperio, centro de la unidad, desde el año 42, que perduró durante veinticinco años.
 
Era costumbre antigua, continuada hasta hoy, la de conmemorar la consagración o entronización de los obis pos en su sede. Pero, salvo raras excepciones la conmemoración sólo se extendía a la propia diócesis. Sólo a la de San Pedro se le dio el nombre majestuoso de cátedra, y ésta fue la única que se extendió a todo el mundo cristiano. San Agustín, dirigiéndose a sus diocesanos del Africa, decía: "Cuando celebramos el natalicio de la cátedra, veneramos el episcopado de Pedro apóstol". En este texto se ve bien que la fiesta de la cátedra, sin otra distinción, era de la cátedra por excelencia, la de jurisdicción universal, la de Pedro, y, queriendo exponer el mismo santo Doctor el origen de esta denominación, advertía: "La hodierna solemnidad recibió de nuestros antepasados el nombre de cátedra, porque, según se dice, el primero de los apóstoles recibiría hoy la cátedra del episcopado". Por esto en los textos de la misa romana actual, como en los antiguos. se recuerdan principalmente los pasajes evangélicos referentes a los privilegios de magisterio y gobierno otorgados por el Señor a su fiel apóstol. "Oh Dios que al entregar las llaves del reino de los cielos a tu santo apóstol Pedro, le concediste potestad de atar y desatar..." se dice en la colecta. Después en el tracto, en el ofertorio y en la comunión se reproducen las palabras de Cristo: "Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia..." Se sabe que en el siglo IV y hasta el VI se celebraba con solemnidad especial esta fiesta en la capital de la cristiandad y era motivo de atracción de grandes grupos de peregrinos. A ella acudió el año 450, según se desprende de un sermón del tiempo, el emperador Valentiniano III con sus hijas Placidia y Eudoxia. Asistieron a la vigilia litúrgica de la fiesta y al día siguiente fueron recibidos por el Papa y numerosos obispos de Italia.
 
Por causas no bien explicadas esta solemnidad desaparece de los libros litúrgicos romanos de los siglos VII - X. Cuando reaparece, se ha trasladado al día 18 de enero. La causa de este traslado parece fue el que la antigua fecha caía frecuentemente en la Cuaresma tiempo de ayuno, en que se evitaban esta clase de fiestas. El papa Paulo IV, en 1558, fijó definitivamente la fecha del 18 de enero para la de la Cátedra de San Pedro en Roma, asignando a la data anterior del 22 de febrero otra fiesta de la Cátedra de Pedro en Antioquía.
 
En cambio en las provincias y particularmente en España, a donde había pasado ya en el siglo V, siguió celebrándose siempre, mientras se conservó la liturgia hispano - mozárabe, con toda solemnidad en la antigua datación del 22 de febrero.
 
Los libros de dicha nuestra liturgia nos ofrecen una riqueza de textos para esta fiesta no superada por ninguna otra de las liturgias occidentales. En el llamado Oracional visigótico manuscrito el más antiguo de un oracional completo, del siglo VII, procedente de Tarragona y conservado hoy en Verona, adonde pasó con los fugitivos de la invasión árabe, se dan nada menos que una docena de oraciones sólo para el rezo del oficio divino, ya que el oracional era precisamente el libro del preste para este rezo. Estas oraciones van acompañadas de antífonas, responsorios, aleluiyáticos, sólo iniciados, que después vemos completos y en mayor abundancia y con la correspondiente música en el famoso Antifonario de León, del siglo X, y en otros manuscritos de Toledo, San Millán, etc.
 
Una prueba de lo muy difundida y lo muy popular que debió ser en España ya en el siglo V esta celebración de la Cátedra de San Pedro nos la manifiesta una inscripción sepulcral, encontrada hace pocos lustros en Tarragona, en la que como datación del día del entierro se anota el de la Deposición de Pedro Apóstol, es decir, deposición en la cátedra, como también era llamada dicha fiesta en España y en las Galias.
 
Concluyamos con la primera oración del mencionado Oracional Visigótico, para las primeras vísperas: "Cristo, Hijo de Dios, que para edificar tu Iglesia sobre la roca, diste al beatísimo Pedro, príncipe de todos los apóstoles, las llaves del reino de los cielos, a fin de que la Iglesia en primer lugar edificada surgiera en aquel que mereció antes que los demás no sólo amarte, sino también confesarte; concédenos que en este día, en el cual él recibió la suprema gracia del pontificado, recibamos nosotros la santidad en toda perfección, para que por aquel a quien concediste el poder de atar y desatar en la Iglesia, por él mismo ordenes nos sean perdonados los pecados y entrar en el reino de la vida perpetua".
JOSÉ VIVES
 

sábado, 21 de febrero de 2015

Santo Evangelio 21 de Febrero de 2015



Día litúrgico: Sábado después de Ceniza

Texto del Evangelio (Lc 5,27-32): En aquel tiempo, Jesús salió y vio a un publicano llamado Leví, sentado en el despacho de impuestos, y le dijo: «Sígueme». El, dejándolo todo, se levantó y le siguió. Leví le ofreció en su casa un gran banquete. Había un gran número de publicanos, y de otros que estaban a la mesa con ellos. Los fariseos y sus escribas murmuraban diciendo a los discípulos: «¿Por qué coméis y bebéis con los publicanos y pecadores?». Les respondió Jesús: «No necesitan médico los que están sanos, sino los que están mal. No he venido a llamar a conversión a justos, sino a pecadores».



Comentario: Rev. D. Joan Carles MONTSERRAT i Pulido (Cerdanyola del Vallès, Barcelona, España)

No he venido a llamar a conversión a justos, sino a pecadores

Hoy vemos cómo avanza la Cuaresma y la intensidad de la conversión a la que el Señor nos llama. La figura del apóstol y evangelista Mateo es muy representativa de quienes podemos llegar a pensar que, por causa de nuestro historial, o por los pecados personales o situaciones complicadas, es difícil que el Señor se fije en nosotros para colaborar con Él.

Pues bien, Jesucristo, para sacarnos toda duda nos pone como primer evangelista el cobrador de impuestos Leví, a quien le dice sin más: «Sígueme» (Lc 5,27). Con él hace exactamente lo contrario de lo que una mentalidad “prudente” pudiera considerar si quisiéramos aparentar ser “políticamente correctos”. Leví —en cambio— venía de un mundo donde padecía el rechazo de todos sus compatriotas, ya que se le consideraba, sólo por el hecho de ser publicano, colaboracionista de los romanos y, posiblemente, defraudador por las “comisiones”, el que ahogaba a los pobres para cobrarles los impuestos, en fin, un pecador público.

A los que se consideraban perfectos no se les podía pasar por la cabeza que Jesús no solamente le llamara a seguirlo, sino ni tan sólo a sentarse en la misma mesa.

Pero con esta actitud de escogerlo, Nuestro Señor Jesucristo nos dice que más bien es este tipo de gente de quien le gusta servirse para extender su Reino; ha escogido a los malvados, a los pecadores, a los que no se creen justos: «Para confundir a los fuertes, ha escogido a los que son débiles a los ojos del mundo» (1Cor 1,27). Son éstos los que necesitan al médico, y sobre todo, ellos son los que entenderán que los otros lo necesiten.

Hemos de huir, pues, de pensar que Dios quiere expedientes limpios e inmaculados para servirle. Este expediente sólo lo preparó para Nuestra Madre. Pero para nosotros, sujetos de la salvación de Dios y protagonistas de la Cuaresma, Dios quiere un corazón contrito y humillado. Precisamente, «Dios te ha escogido débil para darte su propio poder» (San Agustín). Éste es el tipo de gente que, como dice el salmista, Dios no menosprecia.

San Pedro Damián, 21 de Febrero


21 de febrero

SAN PEDRO DAMIÁN

OBISPO Y DOCTOR
 († ca.1072)
 
 Benedicto XVI
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 San Pedro Damián fue, indudablemente, uno de los hombres que más intensamente trabajaron en el siglo XI para fomentar el espíritu de consagración absoluta a Dios y de la más austera vida de soledad y penitencia, al lado de San Romualdo, San Juan Gualberto y San Nilo. Mas, forzado por la necesidad de los tiempos y en particular por la obediencia al Romano Pontífice, trabajó también incansablemente por la reforma eclesiástica en multitud de legaciones y otras difíciles empresas, con todo lo cual debe ser considerado, al lado de San Gregorio VII, como uno de los hombres más insignes y beneméritos de la Iglesia en el siglo XI.
 
Nacido en Ravena en 1007, Pedro era el último de los hijos de una familia pobre y numerosa, y después de muchas privaciones, habiendo quedado huérfano en la más tierna edad, fue educado con dureza por uno de sus hermanos mayores. Tratado como un esclavo, iba con los pies desnudos y vestido de andrajos, y ya en su temprana edad fue ocupado en apacentar los animales. Mas, compadecido de él otro hermano suyo, llamado Damián, hombre piadoso y de buen corazón, lo tomó a su cargo e hizo de padre con él. De este modo, Pedro pudo adquirir una sólida formación sucesivamente en Ravena, Faenza y Parma, y, en agradecimiento a su hermano, se llamó en adelante Pedro Damián. Más aún: con sus extraordinarias cualidades, a los veinticinco años era profesor en Parma y más tarde en Ravena.
 
Pero ya desde entonces se sintió atraído de un modo irresistible hacia Dios. Empezó a ejercitarse en rigurosos ayunos, vigilias y oración; ciñóse un cilicio debajo de sus vestidos, para defenderse contra las tentaciones de la carne, y daba todo lo que podía a los pobres y necesitados, y sintiendo que Dios le exigía más todavía, decidióse a abandonar el mundo y abrazar la vida monástica en el más absoluto apartamiento.
 
Mientras se entretenía él con estos pensamientos, presentáronsele dos monjes del desierto de Fonte-Avellana, donde Landolfo, discípulo de San Romualdo, había fundado un monasterio. Con su mediación, se dirigió Pedro a esta soledad, donde comenzó inmediatamente a ejercitarse en las prácticas de la vida monástica. Los ermitaños de Fonte-Avellana vivían a pares en celdas separadas, ocupábanse sobre todo en la oración y lectura espiritual y llevaban una vida de gran austeridad. Pedro se entregó de lleno a este género de vida, por la cual fue pronto admitido a la profesión. Sintiéndose entonces como en su centro y movido de su abrasado amor de Dios, ejercitóse en las mayores austeridades; pero el resultado fue que experimentó fuertes dolores de cabeza y gran debilidad en su salud. Esto le hizo comprender que debía moderar aquellos excesos, y, en efecto, así lo hizo en adelante, procurando aprovechar esta enseñanza en la dirección de los demás. Todo esto le ofreció ocasión oportuna para entregarse al estudio de la Sagrada Escritura, que utilizó siempre en sus instrucciones a los monjes. Al mismo tiempo se preparó de esta manera para la composición de las importantes obras que más tarde escribió.
Con su vida ejemplar v con los conocimientos que fue adquiriendo, se constituyó bien pronto en el verdadero maestro de los ermitaños reunidos en Fonte-Avellana. La fama del monasterio atrajo cada día nuevos discípulos. Pedro Damián fue algún tiempo ecónomo y a la muerte del prior fue elegido él para sucederle en el cargo. Organizóse en las proximidades otro monasterio llamado Nuestra Señora de Sitria, y asimismo se fundaron otros cuatro centros de ermitaños, cuya dirección mantenía Pedro Damián. La forma de vida de los camaldulenses tomó algunas características especiales, que constituyen la obra de San Pedro Damián, cuyo centro principal era Fonte-Avellana. No nos dejó el Santo ninguna regla completa; mas, con lo que podemos ver en sus escritos, aparecen los rasgos más característicos. Se observaba el más absoluto silencio, y aunque no se habla de trabajo manual, sabemos que éste constituía una de las bases de la vida de los ermitaños. Por otra parte, él mismo les dirigía frecuentes instrucciones y les inspiró desde un principio un amor filial a la Santísima Virgen.
 
En realidad, pues, San Pedro Damián puede ser incluido en el número de los fundadores de este nuevo género de vida religiosa, mezcla de vida solitaria y de comunidad, que tanto fruto reportó a la Iglesia. Entre sus discípulos sobresalieron algunos por sus altos cargos y por sus virtudes, como Santo Domingo Loricatus y San Juan de Lodi, sucesor suyo como superior, quien escribió su vida y más tarde fue obispo de Gubbio.
 
Pero su celo por la gloria de Dios y el bien de las almas no se limitó a estos monasterios, que estaban bajo su dirección. Todavía durante esta primera etapa de su vida, en que se nos presenta como gran asceta cristiano, como fundador de monasterios y maestro de aquella vida austera de soledad y penitencia, mantuvo contacto con diversos monasterios o religiosos de otras órdenes y aun con eminentes seglares, como aparece en algunas de sus cartas y otros escritos. Pero debemos observar que este contacto con el mundo exterior no tenía otro objeto que la exaltación de la vida de austeridad y penitencia y en corregir los vicios y corrupción, que tantos estragos hacían en todas partes.
 
De este modo se preparaba San Pedro Damián para lo que debía ocuparlo durante la segunda parte de su vida, que era el servicio de la Iglesia con importantes cargos y legaciones, es decir, con una vida apostólica de intensa actividad, tan contraria a su inclinación espiritual a la soledad y penitencia. Aunque apartado por completo del mundo, Pedro Damián conocía perfectamente la triste situación de la Iglesia hacia el año 1044 durante el pontificado del tristemente célebre Benedicto IX (1032-1044). Por otro lado, sabía muy bien el profundo arraigo que tenían en la Iglesia los dos vicios fundamentales de la simonía y el concubinato. Por esto saludó con transportes de alegría el advenimiento de Gregorio VI (1045-1046), quien, lleno de los mejores deseos, fue el primero en echar mano del gran Hildebrando, el futuro Gregorio VII. Luego, en 1046, asistió en San Pedro de Roma a la coronación del emperador Enrique III, quien providencialmente ponía término al estado irregular de la Iglesia, y en 1047 al concilio de Letrán, en que fueron promulgados importantes decretos de reforma.
 
Pedro Damián se volvió entonces a su retiro de Fonte-Avellana, decidido a seguir la vida de soledad y penitencia.
 
Pero entonces precisamente era necesario poner al servicio inmediato de la Iglesia y del Papado su elevado espíritu y el gran prestigio de santidad de que gozaba. Por esto, el noble emperador Enrique III, que tanto estimaba sus virtudes, lo decidió a intervenir. Así pues, Pedro Damián, impulsado por Enrique III, compuso y dirigió una célebre carta a Clemente II (1048), en la que lo exhortaba a dar un impulso más eficaz a la reforma eclesiástica. Pero la muerte del Papa impidió se tomara ninguna medida en este punto. Fue León IX (1048-1054) quien inició con mano enérgica la nueva campaña contra la simonía y relajación eclesiástica, para lo cual nombró cardenal-diácono a Hildebrando, quien fue en adelante el alma del movimiento reformador.
 
Por su parte, Pedro Damián, que sólo ansiaba el mejoramiento de la Iglesia, publicó entonces su célebre obra Libro Gomorriano, como si dijéramos, Libro de los incontinentes, que dedicó al papa León IX. Su realismo vivo y a las veces algo exagerado va encaminado a convencer a los Papas y a todos los dirigentes a poner remedio a tanto mal. León IX reconoció la buena intención de Pedro Damián; pero no creyó prudente proceder con tanto rigor. De hecho, mientras Hildebrando desarrollaba una intensa actividad reformadora durante este pontificado, Pedro Damián no tuvo apenas intervención en ningún asunto público. Lo mismo sucedió durante el pontificado siguiente de Víctor II (1055-1057), si bien se conservan cartas sumamente interesantes, dirigidas por él durante este tiempo a ambos Papas.
 
Pero desde el pontificado de Esteban IX (1057~1058) cambió por completo la situación. El nuevo Papa decidió crearlo cardenal-obispo de Ostia y sólo utilizando los medios extremos de amenaza de excomunión logró vencer la resistencia de su profunda humildad. Él mismo, personalmente, puso en su dedo el anillo episcopal. Pero la muerte prematura de este Papa frustró los vastos planes de reforma que proyectaba con la ayuda de Pedro Damián. Hubo entonces un conato de cisma y Damián se retiró algún tiempo a Fonte-Avellana; mas, con la elección de Nicolás II (1059-1061), Pedro Damián volvió de nuevo a su campo de batalla y precisamente los años siguientes significan el período de su mayor actividad por medio de las más importantes legaciones.
 
En efecto, ya el año 1059 recibió del Romano Pontífice su primera legación a Milán, que se hallaba en una situación desesperada, sobre todo por la simonía y la incontinencia de los clérigos. Pedro Damián y Anselmo de Lucca, designados como legados pontificios, celebraron inmediatamente un sínodo y, tras enconadas luchas, se restableció el orden.
 
El pontificado de Alejandro II (1061-1072) dio de nuevo ocasión a Damián para prestar extraordinarios servicios a la Iglesia y ejercitar su celo apostólico. Al ser nombrado el antipapa, Pedro Damián compuso una de sus más célebres obras, dirigida a la asamblea de Augsburgo de 1062, que contribuyó eficazmente a la solución del cisma. En 1063 desempeñó otra legación, acompañado de Hugón de Cluny, en favor de la abadía de Bourgogne y de otras cluniacenses frente a Drogón, obispo de Macón. El resultado fue enteramente favorable. Asimismo visitó Limoges y trabajó por la reforma de la abadía de San Marcial; estuvo en Sauvigny, donde fue ocasión de un milagro "de San Odilón de Cluny. Por todo ello, los cluniacenses le quedaron sumamente agradecidos. Finalmente intervino con el joven rey alemán Enrique IV, a quien dirigió luego una excelente carta en defensa de los derechos pontificios.
 
Después de todo esto, renováronsele sus ansias de soledad y de oración, por lo cual suplicó a Alejandro II le permitiera renunciar a todas sus dignidades. Hildebrando, que apreciaba en lo justo la fuerza de su virtud y ejemplo para la realización de las empresas que se le encomendaban, le opuso toda clase de dificultades, diciéndole al fin con su buen humor que, si se empeñaba en ello, le imponía una penitencia de cien años. A esto repuso Damián que aceptaba la penitencia y, en efecto, se retiró a Fonte-Avellana.
 
Vuelto a su amado retiro, se entregó de nuevo con alma joven a la vida de austeridad y oración, que él tanto amaba. Renovó los ayunos, vigilias y toda clase de mortificaciones. En el capítulo, después de dirigir alentadoras exhortaciones a todos, se acusaba de sus propias faltas, como pudiera hacerlo el más sencillo novicio, y tomando la disciplina, se flagelaba sin compasión. Tan precioso ejemplo sirvió para renovar el espíritu de todos los monjes.
 
Todavía tuvo que abandonar su amada soledad en servicio de la Iglesia. En 1066 acudió a Montecasino, donde pasó veinte días, dando los mejores ejemplos a todos sus moradores. El mismo año fue a Florencia, enviado por Alejandro II, para terminar un conflicto con los monjes de Valleumbrosa. Algo más tarde se vio de nuevo forzado a emprender, en nombre del Papa, un viaje a Alemania para tratar con Enrique IV el asunto de su divorcio, y en un concilio hizo triunfar los derechos de la moral cristiana. Finalmente, poco antes de su muerte, a principios de 1072, desempeñó una última legación en la que logró reconciliar a los habitantes de Ravena con el Romano Pontífice.
 
Precisamente cuando volvía de prestar este último servicio a la Iglesia y se dirigía a Ronta a dar cuenta del resultado de su misión, se sintió en Faenza atacado por la fiebre, retiróse al monasterio de Nuestra Señora de los Angeles y allí murió el 12 de febrero de 1072 en presencia de gran número de monjes.
 
Su muerte fue, en verdad, digna de una vida de piedad y servicio de Dios y de su Iglesia. San Pedro Damián fue un precursor de la gran obra reformadora que completó Gregorio VII (el antiguo Hildebrando) desde su elevación al Pontificado en 1073. Sus exhortaciones y sermones están llenos de la más cristiana elocuencia. Sus voluminosos escritos, que le han merecido el título de Doctor de la Iglesia, están llenos de gran erudición y con su vehemencia característica ensalzan la belleza y elevación de la vida monástica o descubren las horribles lacras de la corrupción y relajación de su tiempo.
BERNARDINO LLORCA, S. I.

viernes, 20 de febrero de 2015

Dejar que Cristo entre en el corazón


Dejar que Cristo entre en el corazón
Viernes después de Ceniza. La conversión no es simplemente obras de penitencia. La conversión es el cambio del corazón.

Autor: P. Cipriano Sánchez LC | Fuente: Catholic.net

El tema del corazón contrito, de la conversión del corazón es el tema que debería de recorrer nuestra Cuaresma. Es el tema que debería recorrer toda nuestra preparación para la Pascua. La liturgia nos insiste que son importantes las formas externas, pero más importantes son los contenidos del corazón. La Iglesia nos pide en este tiempo de Cuaresma, que tengamos una serie de formas externas que manifiesten al mundo lo que hay en nuestro corazón, y nos pide que el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo hagamos ayuno, y que todos los viernes de Cuaresma sacrifiquemos el comer carne. Pero esta forma externa no puede ir sola, necesita para tener valor, ir acompañada con un corazón también pleno.

El profeta Isaías veía con mucha claridad: "¿es lo que Yo busco: que inclines tu cabeza como un junco, que te acuestes en fango y ceniza?" Dios Nuestro Señor lo que busca en cada uno de nosotros es la conversión interna, que cuando se realiza, se manifiesta en obras, que cuando se lleva a cabo, tiene que brillar hacia fuera; pero no es solamente lo externo. De qué poco serviría haber manchado nuestras cabezas de ceniza, si nuestro corazón no está también volviéndose ante Dios Nuestro Señor. De qué poco nos serviría que no tomásemos carne en todos los viernes de Cuaresma, si nuestro corazón está cerrado a Dios Nuestro Señor.

La dimensión interior, que el profeta reclama, Nuestro Señor la toma y la pone en una dimensión sumamente hermosa, cuando le preguntan: ¿Por qué ustedes no ayunan y sin embargo los discípulos de Juan y nosotros si ayunamos? Y Jesús responde usando una parábola: "¿Pueden los amigos del esposo ayunar mientras está el esposo con ellos?" Jesús lo que hace es ponerse a sí mismo como el esposo. En el fondo retoma el tema bíblico tan importante de Dios como esposo de Israel, el que espera el don total de Israel hacia Él.

Esta condición interior, el esfuerzo por que el pueblo de Israel penetre desde las formalidades externas a la dimensión interna, es lo que Nuestro Señor busca. El ayuno que Él busca es el del corazón, la conversión que Él busca es la del corazón y siempre que nos enfrentemos a esta dimensión de la conversión del corazón nos estamos enfrentando a algo muchas veces no se ve tan fácilmente; a algo que muchas veces no se puede medir, pero a algo que no podemos prescindir en nuestra vida. ¿Quién puede palpar el amor de un esposo a su esposa? ¿Quién puede medir el amor de un esposo a su esposa? ¿Cómo se palpa, cómo se mide? ¿Solamente por las formas externas? No. Hay una dimensión interior en el amor esponsal del cual Jesucristo se pone a sí mismo como el modelo. Hay una dimensión que no se puede tocar, pero que es también imprescindible en nuestra conversión del corazón. Tenemos que ser capaces de encontrar esa dimensión interior, una dimensión que nos lleva profundamente a descubrir si nuestra voluntad está o no entregada, ofrecida, dada como la esposa al esposo, como el esposo a la esposa, a Dios, Nuestro Señor.

La conversión no es simplemente obras de penitencia. La conversión es el cambio del corazón, es hacer que mi corazón, que hasta el momento pensaba, amaba, optaba, se decidía por unos valores, unos principios, unos criterios, empiece a optar y decidirse como primer principio, como primer criterio, por el esposo del alma que es Jesucristo.

Sólo cuando llega el corazón a tocar la dimensión interior se realiza, como dice el profeta, que "Tu luz surgirá como la aurora y cicatrizarán de prisa tus heridas, se abrirá camino la justicia y la gloria del Señor cerrará tu mancha". Entonces, casi como quien ve el sol, casi como quien no es capaz de distinguir la fuente de luz que la origina, así será en nosotros la caridad, la humildad, la entrega, la conversión, la fidelidad y tantas y tantas cosas, porque van a brotar de un corazón que auténticamente se ha vuelto, se ha dirigido y mira al Señor.

Este es el corazón contrito, esto es lo que busca el Señor que cada uno de nosotros en esta Cuaresma, que seamos capaces en nuestro interior, en lo más profundo, de llegar a abrirnos a Dios, a ofrecernos a Dios, de no permitir que haya todavía cuartos cerrados, cuartos sellados a los cuales el Señor no puede entrar, porque es visita y no esposo, porque es huésped y no esposo. El esposo entra a todas partes. La esposa en la casa entra a todas partes. Solamente al huésped, a la visita se le impide entrar en ciertas recámaras, en ciertos lugares.

Esta es la conversión del corazón: dejar que realmente Él llegue a entrar en todos los lugares de nuestro corazón. Convertirse a Dios es volverse a Dios y descubrirlo como Él es. Convertirse a Dios es descubrir a Dios como esposo de la vida, como Aquél que se me da totalmente en infinito amor y como Aquél al cual yo tengo que darme totalmente también en amor total.

¿Es esto lo que hay en nuestro corazón al inicio de esta Cuaresma? ¿O quizá nuestra Cuaresma está todavía encerrada en formulismos, en estructuras que son necesarias, pero que por sí solas no valen nada? ¿O quizá nuestra Cuaresma está todavía encerrada en criterios que acaban entreteniendo al alma? Al huésped se le puede tener contento simplemente con traerle un café y unas galletas, pero al esposo o a la esposa no se le puede contentar simplemente con una formalidad. Al esposo o la esposa hay que darle el corazón.

Que la Eucaristía en nuestra alma sea la luz que examina, que escruta, que ve todos y cada uno de los rincones de nuestra alma, para que, junto con el esposo sea capaz de descubrir dónde todavía mi entrega es de huésped y no de esposo.

Pidamos esta gracia a Jesucristo para que nuestra Cuaresma sea una Cuaresma de encuentro, de cercanía de profundidad en la conversión de nuestro corazón.