miércoles, 7 de abril de 2021

«¿Por qué el Señor abrazó la Cruz en toda su integridad?» Una enseñanza para entrar en el Triduo


 «¿Por qué el Señor abrazó la Cruz en toda su integridad?» Una enseñanza para entrar en el Triduo

El Papa Francisco, en la misa crismal

El Papa Francisco centró su homilía en la Cruz, muy presente en este Triduo Pascual 

El Papa Francisco ha presidido este Jueves Santo la misa crismal en la basílica de San Pedro con la presencia de una representación del clero romano. Y  en su homilía habló del anuncio del Evangelio y cómo la vida del cristiano va unida a la Cruz, la misma que Cristo cargó por los pecados del mundo.

“Esto es lo que quiero compartir hoy con ustedes, queridos sacerdotes: que la hora del anuncio gozoso y la hora de la persecución y de la Cruz van juntas”, explicó Francisco.

El Santo Padre recordó que “el anuncio del Evangelio siempre está ligado al abrazo de alguna Cruz concreta. La luz mansa de la Palabra genera claridad en los corazones bien dispuestos y confusión y rechazo en los que no lo están. Esto lo vemos constantemente en el Evangelio”.

Lo explicó con ejemplos de las Escrituras como el caso del hijo pródigo, con la ternura del padre pero el resentimiento del hijo mayor. O la generosidad del dueño de la viña, que contrasta con el enfado de los jornaleros que llevan todo el día trabajando y que no ven que su patrón es bueno… Estos fueron sólo algunos de los casos que expuso el Papa.

Con todo ello quería llegar –expuso el Santo Padre que “el anuncio de la Buena Noticia está ligado misteriosamente a la persecución y a la Cruz”.

El Papa Francisco en la misa crismal


“San Ignacio de Loyola, en la contemplación de la Natividad, discúlpenme ‘esta publicidad de familia’, en aquella contemplación de la Natividad expresa esta verdad evangélica cuando nos hace mirar y considerar lo que hacen san José y nuestra Señora: «como es el caminar y trabajar, para que el Señor sea nacido en suma pobreza, y al cabo de tantos trabajos, de hambre, de sed, de calor y de frío, de injurias y afrentas, para morir en cruz; y todo esto por mí. Después —agrega Ignacio—, reflexionando, sacar algún provecho espiritual» (Ejercicios Espirituales, 116). La alegría del Nacimiento del Señor, el dolor de la Cruz, de la persecución”, quiso explicar Francisco.

¿Qué reflexión podemos hacer para sacar provecho para nuestra vida sacerdotal al contemplar esta temprana presencia de la Cruz —de la incomprensión, del rechazo, de la persecución— en el inicio y en el centro mismo de la predicación evangélica? Esta fue la pregunta lanzada por el Papa.

Y para responderla hizo dos reflexiones.

En primer lugar, Francisco dijo que “nos causa estupor comprobar que la Cruz está presente en la vida del Señor al inicio de su ministerio e incluso desde antes de su nacimiento. Está presente ya en la primera turbación de María ante el anuncio del Ángel; está presente en el insomnio de José, al sentirse obligado a abandonar a su prometida esposa; está presente en la persecución de Herodes y en las penurias que padece la Sagrada Familia, iguales a las de tantas familias que deben exiliarse de su patria”.

A su juicio, “esta realidad nos abre al misterio de la Cruz vivida desde antes. Nos lleva a comprender que la Cruz no es un suceso a posteriori, ocasional, producto de una coyuntura en la vida del Señor. Es verdad que todos los crucificadores de la historia hacen aparecer la Cruz como si fuera un daño colateral, pero no es así: la Cruz no depende de las circunstancias. Las grandes cruces de la humanidad y las pequeñas, digamos así, cruces personales de cada uno de nosotros no dependen de las circunstancias”.

De este modo, el Papa se preguntó: ¿Por qué el Señor abrazó la Cruz en toda su integridad? ¿Por qué Jesús abrazó la pasión entera, abrazó la traición y el abandono de sus amigos ya desde la última cena, aceptó la detención ilegal, el juicio sumario, la sentencia desmedida, la maldad innecesaria de las bofetadas y los escupitajos gratuitos...?”. Y lo explicó asegurando que “si lo circunstancial afectara el poder salvador de la Cruz, el Señor no habría abrazado todo. Pero cuando fue su hora, Él abrazó la Cruz entera. ¡Porque en la Cruz no hay ambigüedad! La Cruz no se negocia”.


El Papa, en la misa crismal

La segunda reflexión apelaba a que “hay algo de la Cruz que es parte integral de nuestra condición humana, del límite y de la fragilidad”. Pero también –agregó- “es verdad que hay algo, que sucede en la Cruz, que no es inherente a nuestra fragilidad, sino que es la mordedura de la serpiente, la cual, al ver al crucificado inerme, lo muerde, y pretende envenenar y desmentir toda su obra. Mordedura que busca escandalizar, esta es una época de los escándalos”.

De este modo, Francisco señaló que San Máximo el Confesor “nos hizo ver que con Jesús crucificado las cosas se invirtieron: al morder la Carne del Señor, el demonio no lo envenenó —sólo encontró en Él mansedumbre infinita y obediencia a la voluntad del Padre— sino que, por el contrario, junto con el anzuelo de la Cruz se tragó la Carne del Señor, que fue veneno para él y pasó a ser para nosotros el antídoto que neutraliza el poder del Maligno”.

“Hay cruz en el anuncio del Evangelio, es verdad, pero es una Cruz que salva. Pacificada con la Sangre de Jesús, es una Cruz con la fuerza de la victoria de Cristo que vence el mal, que nos libra del Maligno. Abrazarla con Jesús y como Él, ‘desde antes’ de salir a predicar, nos permite discernir y rechazar el veneno del escándalo con que el demonio nos querrá envenenar cuando inesperadamente sobrevenga una cruz en nuestra vida”, recalcó el Papa

Fuente: Religión en Libertad

martes, 6 de abril de 2021

Santo Evangelio 6 de Abril 2021



 Texto del Evangelio (Jn 20,11-18): 

En aquel tiempo, estaba María junto al sepulcro fuera llorando. Y mientras lloraba se inclinó hacia el sepulcro, y ve dos ángeles de blanco, sentados donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y otro a los pies. Dícenle ellos: «Mujer, ¿por qué lloras?». Ella les respondió: «Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto». Dicho esto, se volvió y vio a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús. Le dice Jesús: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?». Ella, pensando que era el encargado del huerto, le dice: «Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré». Jesús le dice: «María». Ella se vuelve y le dice en hebreo: «Rabbuní», que quiere decir “Maestro”». Dícele Jesús: «No me toques, que todavía no he subido al Padre. Pero vete donde mis hermanos y diles: ‘Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios’». Fue María Magdalena y dijo a los discípulos que había visto al Señor y que había dicho estas palabras.

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«Fue María Magdalena y dijo a los discípulos que había visto al Señor»


+ Rev. D. Antoni ORIOL i Tataret

(Vic, Barcelona, España)

Hoy, en la figura de María Magdalena, podemos contemplar dos niveles de aceptación de nuestro Salvador: imperfecto, el primero; completo, el segundo. Desde el primero, María se nos muestra como una sincerísima discípula de Jesús. Ella lo sigue, maestro incomparable; le es heroicamente adherente, crucificado por amor; lo busca, más allá de la muerte, sepultado y desaparecido. ¡Cuán impregnadas de admirable entrega a su “Señor” son las dos exclamaciones que nos conservó, como perlas incomparables, el evangelista Juan: «Se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto» (Jn 20,13); «Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré»! (Jn 20,15). Pocos discípulos ha contemplado la historia, tan afectos y leales como la Magdalena.

No obstante, la buena noticia de hoy, de este martes de la octava de Pascua, supera infinitamente toda bondad ética y toda fe religiosa en un Jesús admirable, pero, en último término, muerto; y nos traslada al ámbito de la fe en el Resucitado. Aquel Jesús que, en un primer momento, dejándola en el nivel de la fe imperfecta, se dirige a la Magdalena preguntándole: «Mujer, ¿por qué lloras?» (Jn 20,15) y a la cual ella, con ojos miopes, responde como corresponde a un hortelano que se interesa por su desazón; aquel Jesús, ahora, en un segundo momento, definitivo, la interpela con su nombre: «¡María!» y la conmociona hasta el punto de estremecerla de resurrección y de vida, es decir, de Él mismo, el Resucitado, el Viviente por siempre. ¿Resultado? Magdalena creyente y Magdalena apóstol: «Fue María Magdalena y dijo a los discípulos que había visto al Señor» (Jn 20,18).

Hoy no es infrecuente el caso de cristianos que no ven claro el más allá de esta vida y, pues, que dudan de la resurrección de Jesús. ¿Me cuento entre ellos? De modo semejante son numerosos los cristianos que tienen suficiente fe como para seguirle privadamente, pero que temen proclamarlo apostólicamente. ¿Formo parte de ese grupo? Si fuera así, como María Magdalena, digámosle: —¡Maestro!, abracémonos a sus pies y vayamos a encontrar a nuestros hermanos para decirles: —El Señor ha resucitado y le he visto.


Leo Heinrichs fue tiroteado tras dar la comunión, murió protegiendo las Sagradas Formas caídas

 


Leo Heinrichs fue tiroteado tras dar la comunión, murió protegiendo las Sagradas Formas caídas

Leo Heinrichs, el sacerdote mártir que murió defendiendo la Eucaristía.

El 26 de julio de 2016, el martirio del sacerdote Jacques Hamel a manos del Estado Islámico mientras celebraba misa sacudió los corazones de millones de católicos. “Señor, te ofrezco mi vida”: fueron las últimas palabras del religioso, al que los medios se referían como “el primer sacerdote asesinado por la Yihad en suelo europeo”.

Desde entonces, Jacques Hamel se encuentra en proceso de beatificación, aumentando los parecidos con el martirio del sacerdote Leo Heinrichs, “el Jacques Hamel del siglo XX”.

Sacerdote y emigrante querido por sus feligreses

Leo Heinrichs nació en Colonia (Alemania) el 5 de agosto de 1867, y desde su juventud expresó su vocación de convertirse en Franciscano. En abril de 1886 se trasladó a New Jersey y entró en  el seminario franciscano, donde concluyó sus estudios y fue ordenado sacerdote en 1891.

Desde aquel año, comenzó a ejercer su ministerio en diversas zonas de Estados Unidos, hasta que le fue asignado el destino en Denver. Durante su estancia, fue un sacerdote con una gran labor apostólica, caritativa y querido por sus feligreses.

El peor crimen de la historia de la Iglesia en América

Su apostolado transcurrió con normalidad, hasta un imprevisible cambio de horario. El sacerdote franciscano debía celebrar la misa matinal de 8:00 en la parroquia de Santa Isabel de Hungría, en Denver (EE.UU.), de no ser porque tenía una reunión más tarde. Por este motivo, le pidió a su vicario, el padre Wulstan Workman que cambiara la celebración a las 6 de la mañana.

Días más tarde, el 27 de febrero de 1908, la portada del Denver Catholic Register amanecía con unas impactantes palabras: “Quizá el peor crimen de la historia de la Iglesia Católica en América fue cometido el 23 de febrero en Denver durante la celebración de la misa, cuando el sacerdote Leo Heinrichs fue disparado por un anarquista italiano al que acababa de dar la comunión”, relata el diario.

Un asesinato premeditado y sacrílego

En aquel momento, los atentados de movimientos anarquistas y socialistas sacudían con frecuencia los países occidentales, con especial inquina contra la fe católica. Giuseppe Alia era un inmigrante siciliano de 56 años que residía en Denver. Alia acudió a misa de 6 y, como explica el diario de la ciudad, “se situó frente al púlpito, esperando a que apareciese el sacerdote”, relata el diario.

“Al no haber homilía en misa de 6, persistió en su intento y conforme se acercó el momento de recibir la comunión, caminó por el pasillo central hasta el altar de la Virgen, donde se arrodilló”.

Alia levantó la cabeza y recibió la comunión mientras escuchaba al hombre que iba a matar: “El cuerpo de nuestro Señor Jesucristo custodie tu alma para la vida eterna”, pronunció el sacerdote. Apenas había terminado de pronunciar estas palabras cuando Alia escupió la Hostia en su rostro, sacó un arma de su bolsillo y disparó al sacerdote en el corazón.

Giuseppe Alia, asesinando al sacerdote Leo Heinrichs


Solo le preocupaba proteger la Eucaristía

“El padre Leo se tambaleó y se derrumbó en el suelo del santuario, esforzándose con el instinto propio del sacerdote por recoger las partículas consagradas que habían salido disparadas del cáliz”.

Pese a la agonía inmediata que sufrió el sacerdote, su única preocupación era salvar de la profanación las hostias que habían caído a su alrededor. Ni los gritos de los fieles enfurecidos ni la curiosidad por saber quién le había disparado lograron distraerle de su objetivo: evitar que continuase el sacrilegio. 

“El padre Wulstan llegó justo a tiempo para administrarle los últimos sacramentos al sacerdote cuando expiró”. Como último acto de Heinrichs en vida, “señaló en silencio el contenido del copón, donde dejó dos hostias que recuperó del suelo y lo dejó en el altar de la Virgen”.

Una muerte a los pies de María

“Tras un frustrado intento de huir, Giuseppe Alia fue encarcelado, donde confesó que era anarquista y que había planeado asesinar varios sacerdotes ese día, sin mostrar arrepentimiento por sus acciones”, detalla El Pueblo Católico. “Pese a la solicitud de clemencia por los franciscanos de Colorado, Alia fue condenado a muerte. Sus últimas palabras fueron `¡Muerte a los sacerdotes!´”.

“Una semana antes de morir”, recuerda el diario, “el padre Leo dijo a la Sociedad Mariana de la Congregación de Nuestra Señora que de poder elegir un lugar donde morir, sería a los pies de la Santísima Virgen”. Tal y como confirmó más tarde un testigo presencial del asesinato, el padre Leo murió a los pies del altar de la Santísima Virgen, con una pacífica sonrisa en su rostro.

"Cuando llegue la muerte, debemos estar en paz"

Pocos días antes de su muerte, “durante la celebración de un funeral”, relata el Denver Catholic Register, “el sacerdote habló sobre las muertes repentinas, y advirtió a todos los que le escuchaban de que debían estar siempre preparados para encontrarse con Dios. La muerte”, dijo el sacerdote, “puede venir en cualquier momento, bajo cualquier circunstancia. Debemos vivir de tal modo que cuando llegue ese día, estemos en paz con Dios y no temamos a la muerte, que solo es una feliz transición a la vida con Dios”.

Tras un funeral multitudinario, su cuerpo fue trasladado al convento de Paterson y enterrado en el cementerio católico de Totowa (New Jersey).

Penitencia, martirio y proceso de beatificación

Además de su heroico martirio, el informe forense reconoció elevados grados de penitencia a los que se sometió el sacerdote, dejando en su cuerpo extensas cicatrices causadas por cilicios y penitenciales, lo que confirmaron después los frailes que le conocían al entrar en su habitación y observar que carecía de lecho, y dormía sobre una puerta.

La vida, obras y muerte del sacerdote motivaron que en la década de 1920 la orden franciscana abriese una investigación, que supuso el inicio de su proceso de beatificación en 1938, y que sigue abierto hasta la fecha.




Podcast American Catholic History, dedicado al martirio de Leo Heinrichs

Fuente: Religión en Libertad

lunes, 5 de abril de 2021

Santo Evangelio 5 de Abril 2021

 


Texto del Evangelio (Mt 28,8-15): 

En aquel tiempo, las mujeres partieron a toda prisa del sepulcro, con miedo y gran gozo, y corrieron a dar la noticia a sus discípulos. En esto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: «¡Dios os guarde!». Y ellas se acercaron a Él, y abrazándole sus pies, le adoraron. Entonces les dice Jesús: «No temáis. Id, avisad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán».

Mientras ellas iban, algunos de la guardia fueron a la ciudad a contar a los sumos sacerdotes todo lo que había pasado. Estos, reunidos con los ancianos, celebraron consejo y dieron una buena suma de dinero a los soldados, advirtiéndoles: «Decid: ‘Sus discípulos vinieron de noche y le robaron mientras nosotros dormíamos’. Y si la cosa llega a oídos del procurador, nosotros le convenceremos y os evitaremos complicaciones». Ellos tomaron el dinero y procedieron según las instrucciones recibidas. Y se corrió esa versión entre los judíos, hasta el día de hoy.


«Las mujeres partieron a toda prisa del sepulcro, con miedo y gran gozo, y corrieron a dar la noticia a sus discípulos»


Rev. D. Joan COSTA i Bou

(Barcelona, España)

Hoy, la alegría de la resurrección hace de las mujeres que habían ido al sepulcro mensajeras valientes de Cristo. «Una gran alegría» sienten en sus corazones por el anuncio del ángel sobre la resurrección del Maestro. Y salen “corriendo” del sepulcro para anunciarlo a los Apóstoles. No pueden quedar inactivas y sus corazones explotarían si no lo comunican a todos los discípulos. Resuenan en nuestras almas las palabras de Pablo: «La caridad de Cristo nos urge» (2Cor 5,14).

Jesús se hace el “encontradizo”: lo hace con María Magdalena y la otra María —así agradece y paga Cristo su osadía de buscarlo de buena mañana—, y lo hace también con todos los hombres y mujeres del mundo. Y más todavía, por su encarnación, se ha unido, en cierto modo, a todo hombre.

Las reacciones de las mujeres ante la presencia del Señor expresan las actitudes más profundas del ser humano ante Aquel que es nuestro Creador y Redentor: la sumisión —«se asieron a sus pies» (Mt 28,9)— y la adoración. ¡Qué gran lección para aprender a estar también ante Cristo Eucaristía!

«No tengáis miedo» (Mt 28,10), dice Jesús a las santas mujeres. ¿Miedo del Señor? Nunca, ¡si es el Amor de los amores! ¿Temor de perderlo? Sí, porque conocemos la propia debilidad. Por esto nos agarramos bien fuerte a sus pies. Como los Apóstoles en el mar embravecido y los discípulos de Emaús le pedimos: ¡Señor, no nos dejes!

Y el Maestro envía a las mujeres a notificar la buena nueva a los discípulos. Ésta es también tarea nuestra, y misión divina desde el día de nuestro bautizo: anunciar a Cristo por todo el mundo, «a fin que todo el mundo pueda encontrar a Cristo, para que Cristo pueda recorrer con cada uno el camino de la vida, con la potencia de la verdad (...) contenida en el misterio de la Encarnación y de la Redención, con la potencia del amor que irradia de ella» (San Juan Pablo II).


Cantalamessa pide a los pastores que lo sean «de todo el rebaño, no solo de una parte de él»

 


Cantalamessa pide a los pastores que lo sean «de todo el rebaño, no solo de una parte de él»

El Papa adora la Cruz.

La adoración de la Cruz es uno de los ritos más imponentes de los oficios de Viernes Santo. El Papa lo hizo tras escuchar al cardenal Cantalamessa su homilía sobre la divinidad de Cristo.


Los oficios de Viernes Santo tuvieron lugar en la basílica de San Pedro, un año más con una asistencia limitada por las exigencias de aforo y distancia social. El Papa presidió la celebración uno de cuyos ritos es la lectura completa de la Pasión según San Juan.

A su término, el cardenal Raniero Cantalamessa, OFMCap, predicador de la Casa Pontificia, hizo su tradicional predicación, centrada en explicar la encíclica de Francisco Fratelli tutti del pasado 3 de octubre a la luz de un hecho diferencial de la fraternidad cristiano: la divinidad de Jesús como fundamento de la hermandad entre los hombres. (Ver abajo el texto completo, en traducción de Pablo Cervera Barranco.)

Interior de la basílica de San Pedro.



El texto del Papa aunque por su "horizonte universal... evita restringir el discurso a lo que es propio y exclusivo de los cristianos", recoge "el fundamento evangélico de la fraternidad" y lo hace con "pocas palabras pero vibrantes": "Otros beben de otras fuentes. Para nosotros, ese manantial de dignidad humana y de fraternidad está en el Evangelio de Jesucristo".

El "fundamento cristológico de la fraternidad" se deduce del "nuevo vínculo de fraternidad traído por Cristo", un concepto de hermandad que supera el puramente familiar o social porque "en el Nuevo Testamento la palabra «hermano» indica cada vez más claramente una categoría particular de personas. Hermanos entre sí son los discípulos de Jesús, aquellos que acogen sus enseñanzas".

"Cristo se convierte en «el primogénito entre muchos hermanos» (Rom 8,29)", continuó Cantalamessa, y de esta forma "los discípulos se convierten en hermanos en un sentido nuevo y muy profundo: comparten no sólo la enseñanza de Jesús, sino también su Espíritu, su vida nueva como resucitado".

Todo esto da un sentido "único y trascendente" a la fraternidad cristiana, que "se debe al hecho de que Cristo también es Dios". La fraternidad cristiana "no reemplaza a otros tipos de fraternidad basados en la familia, la nación o la raza, sino que los corona", porque "todos los seres humanos son hermanos en cuanto criaturas del mismo Dios y Padre" y al mismo tiempo "no sólo a título de creación, sino también de redención; no sólo porque todos tenemos el mismo Padre, sino porque todos tenemos al mismo hermano, Cristo".

Una unidad herida

La unidad que de esto se deduce no reluce, sin embargo, como debiera, porque "la fraternidad católica está herida". El cardenal Cantalamessa no entró en detalles, pero sí invitó a un "examen de nuestras conciencias" sobre "la causa más común de las divisiones entre los católicos", que "no es el dogma, no son los sacramentos y los ministerios: todas las cosas que por singular gracia de Dios guardamos íntegras y unánimes. Es la opción política", señaló, "cuando toma ventaja sobre la religiosa y eclesial y defiende una ideología... Esto es un pecado, en el sentido más estricto del término" porque "significa que «el reino de este mundo» se ha vuelto más importante, en el propio corazón, que el Reino de Dios".

Como contraejemplo, el predicador de la Casa Pontificia puso el del propio Jesucristo, que no tomó partido por ninguno de los cuatro partidos que dividían a los judíos de su tiempo: los fariseos, los saduceos, los herodianos y los zelotas. 

"Jesús no se alineó con ninguno de ellos y se resistió enérgicamente al intento de arrastrarlo a un lado o al otro. No porque no le importara el destino político de su pueblo, sino porque le importaba infinitamente más su suerte espiritual, la del reino de Dios que había venido a traer en medio de ellos", explicó.

Y "la primitiva comunidad cristiana lo siguió fielmente en esta elección. Este es un ejemplo especialmente para los pastores, que deben ser pastores de todo el rebaño, no de una sola parte de él". 

"Si hay un carisma especial o un don que la Iglesia católica está llamada a cultivar para todas las Iglesias cristianas", afirmó el cardenal en los últimos momentos de su homilía, "es precisamente la unidad".

La Adoración, reducida

Tras la homilía del cardenal Cantalamessa, tuvo lugar el rito de la Adoración de la Cruz, que este año se simplificó, siendo realizado solamente por el Papa. Normalmente lo hacían todos los cardenales presentes en el acto litúrgico. Tras la comunión y la bendición pontificia, concluyeron los oficios de Viernes Santo, seguidos por la noche del tradicional Via Crucis.  

"Primer nacido entre muchos hermanos" (Rom 8, 29)

Predicación de Viernes Santo 2021

Cardenal Raniero Cantalamessa, OFMCap

El 3 de octubre pasado, en la tumba de San Francisco en Asís, el Santo Padre firmó su encíclica sobre la fraternidad Fratres omnes. En poco tiempo, ha despertado en muchos corazones la aspiración hacia este valor universal, ha puesto de relieve las muchas heridas contra ella en el mundo de hoy, ha indicado caminos para llegar a una fraternidad humana verdadera y justa y ha exhortado a todos —personas e instituciones— a trabajar por ella.

La encíclica está idealmente dirigida a un público amplísimo, dentro y fuera de la Iglesia: en la práctica, a toda la humanidad. Abarca muchas áreas de la vida: desde lo privado a lo público, desde lo religioso a lo social y a lo político. Dado su horizonte universal, con razón evita restringir el discurso a lo que es propio y exclusivo de los cristianos. Sin embargo, hacia el final de la encíclica, hay un párrafo donde el fundamento evangélico de la fraternidad se resume en pocas palabras pero vibrantes.

Dice: "Otros beben de otras fuentes. Para nosotros, ese manantial de dignidad humana y de fraternidad está en el Evangelio de Jesucristo. De él surge «para el pensamiento cristiano y para la acción de la Iglesia el primado que se da a la relación, al encuentro con el misterio sagrado del otro, a la comunión universal con la humanidad entera como vocación de todos»" (FO 277).

El misterio de la cruz que estamos celebrando nos permite —más aún, nos obliga— a centrarnos precisamente en este fundamento cristológico de la fraternidad, dejando a un lado a todos los demás.

Para entender el nuevo vínculo de fraternidad traído por Cristo, es necesario tener presentes los diversos significados y diferentes áreas de aplicación del término «hermano». En el Nuevo Testamento, «hermano» (adelphos) significa, en el sentido primordial, la persona nacida del mismo padre y de la madre.

Se denomina «hermanos», en segundo lugar, a los miembros del mismo pueblo y nación. Así, Pablo dice que está dispuesto a convertirse en anatema, separado de Cristo, en beneficio de sus hermanos según la carne, que son los israelitas (cf. Rom 9,3). Está claro que en estos contextos, como en otros casos, «hermanos» indica a hombres y mujeres, hermanos y hermanas.

En esta ampliación del horizonte se llega a llamar hermano a toda persona humana, por el hecho de ser tal. Hermano es lo que la Biblia llama el «prójimo». «Quien no ama a su hermano...» (1 Jn 2,9) significa: quien no ama a su prójimo. Cuando Jesús dice, «Todo lo que habéis hecho a uno solo de estos hermanos menores míos, me lo habéis hecho a mí» (Mt 25,40), significa toda persona humana necesitada de ayuda. 

Pero junto a todos estos significados antiguos y conocidos, en el Nuevo Testamento la palabra «hermano» indica cada vez más claramente una categoría particular de personas. Hermanos entre sí son los discípulos de Jesús, aquellos que acogen sus enseñanzas. «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? [...] Quien hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, es para mí hermano, hermana y madre» (Mt 12,48-50).

En esta línea, la Pascua marca una etapa nueva y decisiva. Gracias a ella, Cristo se convierte en «el primogénito entre muchos hermanos» (Rom 8,29). Los discípulos se convierten en hermanos en un sentido nuevo y muy profundo: comparten no sólo la enseñanza de Jesús, sino también su Espíritu, su vida nueva como resucitado. Es significativo que sólo después de su resurrección, por primera vez, Jesús llama a sus discípulos «hermanos»: «Ve a mis hermanos —le dice a María Magdalena— y diles: "Subo a mi Padre y a tu Padre, a mi Dios y a vuestro Dios"» (Jn 20,17). En este mismo sentido, la Carta a los Hebreos escribe: «Quien santifica y los que son santificados todos provienen de un mismo origen; por esto [Cristo] no se avergüenza de llamarlos hermanos» (Heb 2,11).

Después de la Pascua, este es el uso más común del término hermano; indica al hermano de la fe, miembro de la comunidad cristiana. Hermanos «de sangre» también en este caso, ¡pero de la sangre de Cristo! Esto hace que la fraternidad de Cristo algo único y trascendente, en comparación con cualquier otro tipo de fraternidad, y se debe al hecho de que Cristo también es Dios. No reemplaza a otros tipos de fraternidad basados en la familia, la nación o la raza, sino que los corona. Todos los seres humanos son hermanos en cuanto criaturas del mismo Dios y Padre. A esto la fe cristiana añade una segunda razón decisiva. Somos hermanos no sólo a título de creación, sino también de redención; no sólo porque todos tenemos el mismo Padre, sino porque todos tenemos al mismo hermano, Cristo, «primogénito entre muchos hermanos».

* * *

A la luz de todo esto, ahora debemos hacer algunas reflexiones actuales. La fraternidad se construye exactamente como dice el Santo Padre que se construye la paz, es decir, «artesanalmente»; empezando de cerca, por nosotros, no con grandes esquemas, con metas ambiciosas y abstractas. Esto significa que la fraternidad universal comienza para nosotros con la fraternidad en la Iglesia católica. Dejo de lado también, por una vez, el segundo círculo que es la fraternidad entre todos los creyentes en Cristo, es decir, el ecumenismo.

¡La fraternidad católica está herida! La túnica de Cristo ha sido desgarrada por las divisiones entre las Iglesias; pero —lo que es peor— cada trozo de la túnica está dividido a menudo, a su vez, en otros trozos. Hablo naturalmente del elemento humano de la misma, porque la verdadera túnica de Cristo, su cuerpo místico animado por el Espíritu Santo, nadie la podrá nunca herir. A los ojos de Dios, la Iglesia es «unica, santa, católica y apostólica», y permanecerá como tal hasta el fin del mundo. Esto, sin embargo, no excusa nuestras divisiones, sino que las hace más culpables y debe impulsarnos con más fuerza para que las sanemos.

En los Hechos de los Apóstoles, Pedro refiere el grito que Moisés dirigió un día, en Egipto, a los judíos que discutían entre sí: «¡Hombres, sois hermanos! ¿Por qué os maltratáis el uno al otro?» (Hch 7,26; cf. Ex 2,13). No cuesta entender quién es hoy en la Iglesia quien pronuncia —con sufrimiento y a menudo obligado a hacerlo en silencio— estas palabras.

¿Cuál es la causa más común de las divisiones entre los católicos? No es el dogma, no son los sacramentos y los ministerios: todas las cosas que por singular gracia de Dios guardamos íntegras y unánimes. Es la opción política, cuando toma ventaja sobre la religiosa y eclesial y defiende una ideología. Esto, en muchas partes del mundo, es el verdadero factor de división, incluso si es silenciosa o desdeñosamente negada. Esto es un pecado, en el sentido más estricto del término. Significa que «el reino de este mundo» se ha vuelto más importante, en el propio corazón, que el Reino de Dios.

Creo que todos estamos llamados a hacer un examen serio de nuestras conciencias sobre este asunto y a convertirnos. Esta es, por excelencia, la obra de aquel cuyo nombre es «diábolos», es decir, el divisor, el enemigo que siembra cizaña, como Jesús lo define en su parábola (Cf. Mt 13,25).

* * *

Debemos aprender del Evangelio y del ejemplo de Jesús. Había una fuerte polarización política a su alrededor. Algunos estaban a favor de una resistencia, incluso armada, contra el dominio romano, otros —por interés, o para evitar males peores— estaban a favor de una convivencia pacífica. Había cuatro partidos: los fariseos, los saduceos, los herodianos y los zelotas. Jesús no se alineó con ninguno de ellos y se resistió enérgicamente al intento de arrastrarlo a un lado o al otro. No porque no le importara el destino político de su pueblo, sino porque le importaba infinitamente más su suerte espiritual, la del reino de Dios que había venido a traer en medio de ellos.

Jesús amaba a su patria. Lloró sobre ella, previendo su destino (Cf. Lc 19,41), pero no fomentó desórdenes, alineándose con una parte y situándose contra la otra. La primitiva comunidad cristiana lo siguió fielmente en esta elección. Este es un ejemplo especialmente para los pastores que deben ser pastores de todo el rebaño, no de una sola parte de él. Por eso, son los primeros en tener que hacer un examen serio de conciencia y preguntarse a dónde están llevando a su rebaño: si a su lado, o al lado de Jesús.

Jesús nunca eludió su tarea de maestro. En el Evangelio da todas las indicaciones éticas necesarias para el bien personal, familiar, social y económico del mundo. Su moral abraza todos los deberes, insistiendo sobre todo en el deber hacia los pobres y hacia los menos. Pero deja a cada uno, a lo largo de la historia, la tarea de aplicar su enseñanza en su propio ámbito y según sus responsabilidades.

El Concilio Vaticano II confía esta tarea sobre todo a los laicos. Puede traducirse en opciones incluso diferentes, siempre y cuando sean respetuosas con los demás y pacíficas. Entre los apóstoles había lugar para Mateo que era un publicano, es decir, un recaudador de impuestos en nombre de los romanos, y para Simón que venía de las filas opuestas de los zelotes. No se dice que estos dos apóstoles hubieran abandonado completamente sus antiguas convicciones, pero habían descubierto algo que relativizaba sus diferencias y les permitía vivirlas «reconciliadas».

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Cristo vino a anunciar «paz a los que estaban lejos y paz a los que estaban cerca» (Ef 2,17). Es decir, a los que estaban cerca por la profesión de la misma religión, pero lejos unos de otros con el corazón: la paz entre la Iglesia y el mundo y la paz entre cristianos y cristianos en la Iglesia. «Por medio de él podemos presentarnos, unos y otros, al Padre en un solo Espíritu» (Ef 2,18). Si hay un carisma especial o un don que la Iglesia católica está llamada a cultivar para todas las Iglesias cristianas, es precisamente la unidad.

El reciente viaje del Santo Padre a Irak nos ha hecho sentir de primera mano lo que significa para quienes están oprimidos o han sobrevivido a guerras y persecuciones sentirse parte de un cuerpo universal, con alguien que pueda hacer que el resto del mundo escuche su grito y reviva la esperanza. Una vez más se ha cumplido el mandato de Cristo a Pedro: "Confirma a tus hermanos" (Lc 22, 32).

A Aquel que murió en la cruz «para reunir a los hijos de Dios dispersos» (Jn 11,52) elevamos, en este día, «con corazón contrito y espíritu humillado», la oración que la Iglesia le dirige en cada misa antes de la Comunión: "Señor Jesucristo, que dijiste a tus apóstoles: «La paz os dejo, mi paz os doy». No mires nuestros pecados, sino la fe de tu Iglesia, y conforme a tu palabra concédele la paz y la unidad, tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén".

Traducción de Pablo Cervera Barranco.

domingo, 4 de abril de 2021

Santo Evangelio 4 de Mayo 2021

 


Texto del Evangelio (Jn 14,27-31a):

 En aquel tiempo, Jesús habló así a sus discípulos: «Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde. Habéis oído que os he dicho: ‘Me voy y volveré a vosotros’. Si me amarais, os alegraríais de que me fuera al Padre, porque el Padre es más grande que yo. Y os lo digo ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis. Ya no hablaré muchas cosas con vosotros, porque llega el Príncipe de este mundo. En mí no tiene ningún poder; pero ha de saber el mundo que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado».

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«Mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo»


Rev. D. Enric CASES i Martín

(Barcelona, España)

Hoy, Jesús nos habla indirectamente de la cruz: nos dejará la paz, pero al precio de su dolorosa salida de este mundo. Hoy leemos sus palabras dichas antes del sacrificio de la Cruz y que fueron escritas después de su Resurrección. En la Cruz, con su muerte venció a la muerte y al miedo. No nos da la paz «como la da el mundo» (cf. Jn 14,27), sino que lo hace pasando por el dolor y la humillación: así demostró su amor misericordioso al ser humano.

En la vida de los hombres es inevitable el sufrimiento, a partir del día en que el pecado entró en el mundo. Unas veces es dolor físico; otras, moral; en otras ocasiones se trata de un dolor espiritual..., y a todos nos llega la muerte. Pero Dios, en su infinito amor, nos ha dado el remedio para tener paz en medio del dolor: Él ha aceptado “marcharse” de este mundo con una “salida” sufriente y envuelta de serenidad.

¿Por qué lo hizo así? Porque, de este modo, el dolor humano —unido al de Cristo— se convierte en un sacrificio que salva del pecado. «En la Cruz de Cristo (...), el mismo sufrimiento humano ha quedado redimido» (San Juan Pablo II). Jesucristo sufre con serenidad porque complace al Padre celestial con un acto de costosa obediencia, mediante el cual se ofrece voluntariamente por nuestra salvación.

Un autor desconocido del siglo II pone en boca de Cristo las siguientes palabras: «Mira los salivazos de mi rostro, que recibí por ti, para restituirte el primitivo aliento de vida que inspiré en tu rostro. Mira las bofetadas de mis mejillas, que soporté para reformar a imagen mía tu aspecto deteriorado. Mira los azotes de mi espalda, que recibí para quitarte de la espalda el peso de tus pecados. Mira mis manos, fuertemente sujetas con clavos en el árbol de la cruz, por ti, que en otro tiempo extendiste funestamente una de tus manos hacia el árbol prohibido».


Santo Evangelio 4 de Abril 2021



 Texto del Evangelio (Jn 20,1-9):

 El primer día de la semana va María Magdalena de madrugada al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, y ve la piedra quitada del sepulcro. Echa a correr y llega donde Simón Pedro y donde el otro discípulo a quien Jesús quería y les dice: «Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto».

Salieron Pedro y el otro discípulo, y se encaminaron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió por delante más rápido que Pedro, y llegó primero al sepulcro. Se inclinó y vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llega también Simón Pedro siguiéndole, entra en el sepulcro y ve las vendas en el suelo, y el sudario que cubrió su cabeza, no junto a las vendas, sino plegado en un lugar aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó, pues hasta entonces no habían comprendido que según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos.


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«Entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó»


Mons. Joan Enric VIVES i Sicília Obispo de Urgell

(Lleida, España)

Hoy «es el día que hizo el Señor», iremos cantando a lo largo de toda la Pascua. Y es que esta expresión del Salmo 117 inunda la celebración de la fe cristiana. El Padre ha resucitado a su Hijo Jesucristo, el Amado, Aquél en quien se complace porque ha amado hasta dar su vida por todos.

Vivamos la Pascua con mucha alegría. Cristo ha resucitado: celebrémoslo llenos de alegría y de amor. Hoy, Jesucristo ha vencido a la muerte, al pecado, a la tristeza... y nos ha abierto las puertas de la nueva vida, la auténtica vida, la que el Espíritu Santo va dándonos por pura gracia. ¡Que nadie esté triste! Cristo es nuestra Paz y nuestro Camino para siempre. Él hoy «manifiesta plenamente el hombre al mismo hombre y le descubre su altísima vocación» (Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes 22).

El gran signo que hoy nos da el Evangelio es que el sepulcro de Jesús está vacío. Ya no tenemos que buscar entre los muertos a Aquel que vive, porque ha resucitado. Y los discípulos, que después le verán Resucitado, es decir, lo experimentarán vivo en un encuentro de fe maravilloso, captan que hay un vacío en el lugar de su sepultura. Sepulcro vacío y apariciones serán las grandes señales para la fe del creyente. El Evangelio dice que «entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó» (Jn 20,8). Supo captar por la fe que aquel vacío y, a la vez, aquella sábana de amortajar y aquel sudario bien doblados eran pequeñas señales del paso de Dios, de la nueva vida. El amor sabe captar aquello que otros no captan, y tiene suficiente con pequeños signos. El «discípulo a quien Jesús quería» (Jn 20,2) se guiaba por el amor que había recibido de Cristo.

“Ver y creer” de los discípulos que han de ser también los nuestros. Renovemos nuestra fe pascual. Que Cristo sea en todo nuestro Señor. Dejemos que su Vida vivifique a la nuestra y renovemos la gracia del bautismo que hemos recibido. Hagámonos apóstoles y discípulos suyos. Guiémonos por el amor y anunciemos a todo el mundo la felicidad de creer en Jesucristo. Seamos testigos esperanzados de su Resurrección.