domingo, 4 de abril de 2021

`«Resurrection», de Roma Downey: las apariciones de Jesucristo a los apóstoles, en pantalla



``«Resurrection», de Roma Downey: las apariciones de Jesucristo a los apóstoles, en pantalla

María (Greta Scacchi) llora a los pies de Jesús en la cruz (Juan Pablo di Pace). 

Para Roma Downey, la resurrección es "la mayor historia de esperanza que jamás se haya contado".

``Desde el 27 de marzo, Discovery + emite una nueva película bíblica para esta Semana Santa. «Resurrection» es la nueva producción del matrimonio de cineastas Mark Burnett  y Roma Downey, veteranos a la hora de llevar escenas bíblicas a las pantallas. Se centra en las escenas de la Resurrección y lo que viven los apóstoles y María en esos primeros días que cambian sus vidas.

La Resurrección vista con otro enfoque

Burnett y Downey ya filmaron Hijo de Dios, la miniserie La Biblia y A.D.: la Biblia continua, centrada en Hechos de los Apóstoles. «Resurrection» sería una precuela: los días tras la resurrección, hasta Pentecostés, antes de Hechos de los Apóstoles.

Roma Downey lo explicó con detalle entrevistada en ChurchPop: “Queríamos contar la historia desde el punto de vista de los discípulos, por eso la película comienza en el momento de la crucifixión. Después, todos van volviendo a reunirse lentamente, llenos de emociones como el miedo, la angustia y el dolor por haber perdido al Señor”, comenta. “Es un enfoque que no habíamos visto hasta ahora”.

María y los apóstoles, protagonistas de «Resurrection»

La nueva producción, realizada bajo el sello de Lightworkers Media, mantiene a los actores que ya han colaborado con ellos en el pasado.

Es el caso de Pedro, interpretado por Adam Levy –A.D.: La Biblia continúa–, otro de los grandes protagonistas de «Resurrection» como cabeza de los primeros cristianos. Juan Pablo di Pace vuelve a interpretar a Jesús.

Greta Scacchi interpreta a María, la única de los seguidores de Cristo que muestra una fe inquebrantable en los momentos más oscuros.

En el National Catholic Register el crítico de cine (y diácono) Steven Greydanus alaba la actuación de Vincent Reagan como Poncio Pilato, dándole vida como un personaje más complejo que Caifás, que parece, dice, un malvado unidimensional. 



Entrevista completa de ChurchPop a Roma Downey sobre Resurrección.

Convirtieron Marruecos en el Jerusalén del siglo I

Debido a las dificultades de grabación provocadas por la pandemia Roma Downey y su marido tuvieron que editar secuencias ya grabadas en otras producciones anteriores o trasladarse a Marruecos para obtener algunas secuencias.

“Pudimos hacer una réplica del Templo de Jerusalén, y una vez que juntamos camellos, burros, actores extra y un vestuario apropiado, podríamos haber grabado en cualquier dirección que habría parecido que estuviésemos en el siglo I”, afirmó Downey.

Jesús (Juan Pablo di Pace) conversa con los discípulos


Enlazarlo con la vida del espectador

Además, Burnett y Downey han tratado de que la película no se quede en una simple narración de los hechos –“la mayor historia de esperanza que jamás se haya contado”, según afirmó la propia Downey– sino de conectarla con la vida del espectador.

Un final inesperado intenta “traer al presente el mensaje de la película y recordarle a la gente que si bien comenzó con un puñado de hombres, hoy somos dos mil millones de cristianos en el mundo”, afirma Roma Downey en Family Theater Productions.

Jesús en la película Resurrection (Roma Downey)


Juan Pablo di Pace interpreta a Jesús en Resurrection (Mark Burnett  y Roma Downey).

“Tener esta película disponible en televisión, donde las personas puedan estar cómodas en sus propias casas con su familia quizá pueda comenzar una tradición para ver esta película en tiempos de Pascua”, explicó Downey.

Además, dice, “la película es apta para adolescentes, a quienes puede aportar una fácil y entretenida catequesis”.

Las clasificaciones de Catholic News Service y de la Motion Picture Association advierten que la película solo es apta para adultos y adolescentes, con materiales inapropiados para menores de 13 años debido a la gráfica representación de la crucifixión.

Críticas a algunas escenas

Entre las principales críticas de Greydanus está la confusión de algunas libertades cronológicas a la hora de narrar los acontecimientos. 

Además, mientras que en la Biblia Tomás ve a Cristo Resucitado y lo reconoce como "Señor mío y Dios mío", la película recorta la frase y el personaje se limita a decir "Señor mío", escondiendo así la divinidad de Jesús que sí encontramos en el texto bíblico. 

"Aunque la primera aparición de Jesús a los diez es mi escena favorita, no vemos la escena en la que sopla sobre ellos y les autoriza a perdonar pecados. Más problemática aún es la secuencia anticlimática de Pentecostés", añade Greydanus, en la que pese al discurso de Pedro "nadie es bautizado ni se menciona el bautizo".

Greydanus plantea algunas preguntas a la hora de abordar una película bíblica. "¿Añade o sustrae algo a los eventos que cubre? ¿Ilumina la historia o la oscurece? ¿Nuestra comprensión del material bíblico se enriquece o se enturbia? ¿Nuestro acceso imaginativo al mundo de la historia se profundiza, o se embarra? Para mí,«Resurrection» sustrae más que añade."

Roma Downey avanzó a National Catholic Register que «Resurrection» no será su última película. “Hay un gran trabajo en camino. Un proyecto importante titulado El Discípulo, que ya ha sido editado y retomará la historia de los seguidores de Jesús, incluido San Pablo



Fuente: Religión en Libertad

sábado, 3 de abril de 2021

Meditación 3 de Abril 2021

 


Hoy no meditamos un evangelio en particular, puesto que es un día que carece de liturgia. Pero, con María, la única que ha permanecido firme en la fe y en la esperanza después de la trágica muerte de su Hijo, nos preparamos, en el silencio y en la oración, para celebrar la fiesta de nuestra liberación en Cristo, que es el cumplimiento del Evangelio.

La coincidencia temporal de los acontecimientos entre la muerte y la resurrección del Señor y la fiesta judía anual de la Pascua, memorial de la liberación de la esclavitud de Egipto, permite comprender el sentido liberador de la cruz de Jesús, nuevo cordero pascual cuya sangre nos preserva de la muerte.

Otra coincidencia en el tiempo, menos señalada pero sin embargo muy rica en significado, es la que hay con la fiesta judía semanal del “Sabbat”. Ésta empieza el viernes por la tarde, cuando la madre de familia enciende las luces en cada casa judía, terminando el sábado por la tarde. Esto recuerda que después del trabajo de la creación, después de haber hecho el mundo de la nada, Dios descansó el séptimo día. Él ha querido que también el hombre descanse el séptimo día, en acción de gracias por la belleza de la obra del Creador, y como señal de la alianza de amor entre Dios e Israel, siendo Dios invocado en la liturgia judía del Sabbat como el esposo de Israel. El Sabbat es el día en que se invita a cada uno a acoger la paz de Dios, su “Shalom”.

De este modo, después del doloroso trabajo de la cruz, «retoque en que el hombre es forjado de nuevo» según la expresión de Catalina de Siena, Jesús entra en su descanso en el mismo momento en que se encienden las primeras luces del Sabbat: “Todo se ha cumplido” (Jn 19,3). Ahora se ha terminado la obra de la nueva creación: el hombre prisionero antaño de la nada del pecado se convierte en una nueva criatura en Cristo. Una nueva alianza entre Dios y la humanidad, que nada podrá jamás romper, acaba de ser sellada, ya que en adelante toda infidelidad puede ser lavada en la sangre y en el agua que brotan de la cruz.

La carta a los Hebreos dice: «Un descanso, el del séptimo día, queda para el pueblo de Dios» (Heb 4,9). La fe en Cristo nos da acceso a ello. Que nuestro verdadero descanso, nuestra paz profunda, no la de un solo día, sino para toda la vida, sea una total esperanza en la infinita misericordia de Dios, según la invitación del Salmo 16: «Mi carne descansará en la esperanza, pues tu no entregarás mi alma al abismo». Que con un corazón nuevo nos preparemos para celebrar en la alegría las bodas del Cordero y nos dejemos desposar plenamente por el amor de Dios manifestado en Cristo.

«¿Por qué el Señor abrazó la Cruz en toda su integridad?» Una enseñanza para entrar en el Triduo

 


«¿Por qué el Señor abrazó la Cruz en toda su integridad?» Una enseñanza para entrar en el Triduo

El Papa Francisco centró su homilía en la Cruz, muy presente en este Triduo Pascual / Fotos- Vatican Media

El Papa Francisco ha presidido este Jueves Santo la misa crismal en la basílica de San Pedro con la presencia de una representación del clero romano. Y  en su homilía habló del anuncio del Evangelio y cómo la vida del cristiano va unida a la Cruz, la misma que Cristo cargó por los pecados del mundo.

“Esto es lo que quiero compartir hoy con ustedes, queridos sacerdotes: que la hora del anuncio gozoso y la hora de la persecución y de la Cruz van juntas”, explicó Francisco.

El Santo Padre recordó que “el anuncio del Evangelio siempre está ligado al abrazo de alguna Cruz concreta. La luz mansa de la Palabra genera claridad en los corazones bien dispuestos y confusión y rechazo en los que no lo están. Esto lo vemos constantemente en el Evangelio”.

Lo explicó con ejemplos de las Escrituras como el caso del hijo pródigo, con la ternura del padre pero el resentimiento del hijo mayor. O la generosidad del dueño de la viña, que contrasta con el enfado de los jornaleros que llevan todo el día trabajando y que no ven que su patrón es bueno… Estos fueron sólo algunos de los casos que expuso el Papa.

Con todo ello quería llegar –expuso el Santo Padre que “el anuncio de la Buena Noticia está ligado misteriosamente a la persecución y a la Cruz”.


“San Ignacio de Loyola, en la contemplación de la Natividad, discúlpenme ‘esta publicidad de familia’, en aquella contemplación de la Natividad expresa esta verdad evangélica cuando nos hace mirar y considerar lo que hacen san José y nuestra Señora: «como es el caminar y trabajar, para que el Señor sea nacido en suma pobreza, y al cabo de tantos trabajos, de hambre, de sed, de calor y de frío, de injurias y afrentas, para morir en cruz; y todo esto por mí. Después —agrega Ignacio—, reflexionando, sacar algún provecho espiritual» (Ejercicios Espirituales, 116). La alegría del Nacimiento del Señor, el dolor de la Cruz, de la persecución”, quiso explicar Francisco.

¿Qué reflexión podemos hacer para sacar provecho para nuestra vida sacerdotal al contemplar esta temprana presencia de la Cruz —de la incomprensión, del rechazo, de la persecución— en el inicio y en el centro mismo de la predicación evangélica? Esta fue la pregunta lanzada por el Papa.

Y para responderla hizo dos reflexiones.

En primer lugar, Francisco dijo que “nos causa estupor comprobar que la Cruz está presente en la vida del Señor al inicio de su ministerio e incluso desde antes de su nacimiento. Está presente ya en la primera turbación de María ante el anuncio del Ángel; está presente en el insomnio de José, al sentirse obligado a abandonar a su prometida esposa; está presente en la persecución de Herodes y en las penurias que padece la Sagrada Familia, iguales a las de tantas familias que deben exiliarse de su patria”.

A su juicio, “esta realidad nos abre al misterio de la Cruz vivida desde antes. Nos lleva a comprender que la Cruz no es un suceso a posteriori, ocasional, producto de una coyuntura en la vida del Señor. Es verdad que todos los crucificadores de la historia hacen aparecer la Cruz como si fuera un daño colateral, pero no es así: la Cruz no depende de las circunstancias. Las grandes cruces de la humanidad y las pequeñas, digamos así, cruces personales de cada uno de nosotros no dependen de las circunstancias”.

De este modo, el Papa se preguntó: ¿Por qué el Señor abrazó la Cruz en toda su integridad? ¿Por qué Jesús abrazó la pasión entera, abrazó la traición y el abandono de sus amigos ya desde la última cena, aceptó la detención ilegal, el juicio sumario, la sentencia desmedida, la maldad innecesaria de las bofetadas y los escupitajos gratuitos...?”. Y lo explicó asegurando que “si lo circunstancial afectara el poder salvador de la Cruz, el Señor no habría abrazado todo. Pero cuando fue su hora, Él abrazó la Cruz entera. ¡Porque en la Cruz no hay ambigüedad! La Cruz no se negocia”.


La segunda reflexión apelaba a que “hay algo de la Cruz que es parte integral de nuestra condición humana, del límite y de la fragilidad”. Pero también –agregó- “es verdad que hay algo, que sucede en la Cruz, que no es inherente a nuestra fragilidad, sino que es la mordedura de la serpiente, la cual, al ver al crucificado inerme, lo muerde, y pretende envenenar y desmentir toda su obra. Mordedura que busca escandalizar, esta es una época de los escándalos”.

De este modo, Francisco señaló que San Máximo el Confesor “nos hizo ver que con Jesús crucificado las cosas se invirtieron: al morder la Carne del Señor, el demonio no lo envenenó —sólo encontró en Él mansedumbre infinita y obediencia a la voluntad del Padre— sino que, por el contrario, junto con el anzuelo de la Cruz se tragó la Carne del Señor, que fue veneno para él y pasó a ser para nosotros el antídoto que neutraliza el poder del Maligno”.

“Hay cruz en el anuncio del Evangelio, es verdad, pero es una Cruz que salva. Pacificada con la Sangre de Jesús, es una Cruz con la fuerza de la victoria de Cristo que vence el mal, que nos libra del Maligno. Abrazarla con Jesús y como Él, ‘desde antes’ de salir a predicar, nos permite discernir y rechazar el veneno del escándalo con que el demonio nos querrá envenenar cuando inesperadamente sobrevenga una cruz en nuestra vida”, recalcó el Papa.

Fuente: Religión en Libertad

viernes, 2 de abril de 2021

Santo Evangelio 2 de Abril 2021

 


Texto del Evangelio (Jn 18,1—19,42):

 En aquel tiempo, Jesús pasó con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, en el que entraron él y sus discípulos. Pero también Judas, el que le entregaba, conocía el sitio, porque Jesús se había reunido allí muchas veces con sus discípulos. Judas, pues, llega allí con la cohorte y los guardias enviados por los sumos sacerdotes y fariseos, con linternas, antorchas y armas. Jesús, que sabía todo lo que le iba a suceder, se adelanta y les pregunta: «¿A quién buscáis?». Le contestaron: «A Jesús el Nazareno». Díceles: «Yo soy». Judas, el que le entregaba, estaba también con ellos. Cuando les dijo: «Yo soy», retrocedieron y cayeron en tierra. Les preguntó de nuevo: «¿A quién buscáis?». Le contestaron: «A Jesús el Nazareno». Respondió Jesús: «Ya os he dicho que yo soy; así que si me buscáis a mí, dejad marchar a éstos». Así se cumpliría lo que había dicho: «De los que me has dado, no he perdido a ninguno». Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al siervo del Sumo Sacerdote, y le cortó la oreja derecha. El siervo se llamaba Malco. Jesús dijo a Pedro: «Vuelve la espada a la vaina. La copa que me ha dado el Padre, ¿no la voy a beber?».

Entonces la cohorte, el tribuno y los guardias de los judíos prendieron a Jesús, le ataron y le llevaron primero a casa de Anás, pues era suegro de Caifás, el Sumo Sacerdote de aquel año. Caifás era el que aconsejó a los judíos que convenía que muriera un solo hombre por el pueblo. Seguían a Jesús Simón Pedro y otro discípulo. Este discípulo era conocido del Sumo Sacerdote y entró con Jesús en el atrio del Sumo Sacerdote, mientras Pedro se quedaba fuera, junto a la puerta. Entonces salió el otro discípulo, el conocido del Sumo Sacerdote, habló a la portera e hizo pasar a Pedro. La muchacha portera dice a Pedro: «¿No eres tú también de los discípulos de ese hombre?». Dice él: «No lo soy». Los siervos y los guardias tenían unas brasas encendidas porque hacía frío, y se calentaban. También Pedro estaba con ellos calentándose. El Sumo Sacerdote interrogó a Jesús sobre sus discípulos y su doctrina. Jesús le respondió: «He hablado abiertamente ante todo el mundo; he enseñado siempre en la sinagoga y en el Templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he hablado nada a ocultas. ¿Por qué me preguntas? Pregunta a los que me han oído lo que les he hablado; ellos saben lo que he dicho». Apenas dijo esto, uno de los guardias que allí estaba, dio una bofetada a Jesús, diciendo: «¿Así contestas al Sumo Sacerdote?». Jesús le respondió: «Si he hablado mal, declara lo que está mal; pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas?». Anás entonces le envió atado al Sumo Sacerdote Caifás. Estaba allí Simón Pedro calentándose y le dijeron: «¿No eres tú también de sus discípulos?». El lo negó diciendo: «No lo soy». Uno de los siervos del Sumo Sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro había cortado la oreja, le dice: «¿No te vi yo en el huerto con Él?». Pedro volvió a negar, y al instante cantó un gallo.

De la casa de Caifás llevan a Jesús al pretorio. Era de madrugada. Ellos no entraron en el pretorio para no contaminarse y poder así comer la Pascua. Salió entonces Pilato fuera donde ellos y dijo: «¿Qué acusación traéis contra este hombre?». Ellos le respondieron: «Si éste no fuera un malhechor, no te lo habríamos entregado». Pilato replicó: «Tomadle vosotros y juzgadle según vuestra Ley». Los judíos replicaron: «Nosotros no podemos dar muerte a nadie». Así se cumpliría lo que había dicho Jesús cuando indicó de qué muerte iba a morir. Entonces Pilato entró de nuevo al pretorio y llamó a Jesús y le dijo: «¿Eres tú el Rey de los judíos?». Respondió Jesús: «¿Dices eso por tu cuenta, o es que otros te lo han dicho de mí?». Pilato respondió: «¿Es que yo soy judío? Tu pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?». Respondió Jesús: «Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuese de este mundo, mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos: pero mi Reino no es de aquí». Entonces Pilato le dijo: «¿Luego tú eres Rey?». Respondió Jesús: «Sí, como dices, soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz». Le dice Pilato: «¿Qué es la verdad?». Y, dicho esto, volvió a salir donde los judíos y les dijo: «Yo no encuentro ningún delito en Él. Pero es costumbre entre vosotros que os ponga en libertad a uno por la Pascua. ¿Queréis, pues, que os ponga en libertad al Rey de los judíos?». Ellos volvieron a gritar diciendo: «¡A ése, no; a Barrabás!». Barrabás era un salteador.

Pilato entonces tomó a Jesús y mandó azotarle. Los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y le vistieron un manto de púrpura; y, acercándose a Él, le decían: «Salve, Rey de los judíos». Y le daban bofetadas. Volvió a salir Pilato y les dijo: «Mirad, os lo traigo fuera para que sepáis que no encuentro ningún delito en Él». Salió entonces Jesús fuera llevando la corona de espinas y el manto de púrpura. Díceles Pilato: «Aquí tenéis al hombre». Cuando lo vieron los sumos sacerdotes y los guardias, gritaron: «¡Crucifícalo, crucifícalo!». Les dice Pilato: «Tomadlo vosotros y crucificadle, porque yo ningún delito encuentro en Él». Los judíos le replicaron: «Nosotros tenemos una Ley y según esa Ley debe morir, porque se tiene por Hijo de Dios». Cuando oyó Pilato estas palabras, se atemorizó aún más. Volvió a entrar en el pretorio y dijo a Jesús: «¿De dónde eres tú?». Pero Jesús no le dio respuesta. Dícele Pilato: «¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo poder para soltarte y poder para crucificarte?». Respondió Jesús: «No tendrías contra mí ningún poder, si no se te hubiera dado de arriba; por eso, el que me ha entregado a ti tiene mayor pecado». Desde entonces Pilato trataba de librarle. Pero los judíos gritaron: «Si sueltas a ése, no eres amigo del César; todo el que se hace rey se enfrenta al César». Al oír Pilato estas palabras, hizo salir a Jesús y se sentó en el tribunal, en el lugar llamado Enlosado, en hebreo Gabbatá. Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia la hora sexta. Dice Pilato a los judíos: «Aquí tenéis a vuestro Rey». Ellos gritaron: «¡Fuera, fuera! ¡Crucifícale!». Les dice Pilato: «¿A vuestro Rey voy a crucificar?». Replicaron los sumos sacerdotes: «No tenemos más rey que el César». Entonces se lo entregó para que fuera crucificado.

Tomaron, pues, a Jesús, y Él cargando con su cruz, salió hacia el lugar llamado Calvario, que en hebreo se llama Gólgota, y allí le crucificaron y con Él a otros dos, uno a cada lado, y Jesús en medio. Pilato redactó también una inscripción y la puso sobre la cruz. Lo escrito era: «Jesús el Nazareno, el Rey de los judíos». Esta inscripción la leyeron muchos judíos, porque el lugar donde había sido crucificado Jesús estaba cerca de la ciudad; y estaba escrita en hebreo, latín y griego. Los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato: «No escribas: ‘El Rey de los judíos’, sino: ‘Éste ha dicho: Yo soy Rey de los judíos’». Pilato respondió: «Lo que he escrito, lo he escrito». Los soldados, después que crucificaron a Jesús, tomaron sus vestidos, con los que hicieron cuatro lotes, un lote para cada soldado, y la túnica. La túnica era sin costura, tejida de una pieza de arriba abajo. Por eso se dijeron: «No la rompamos; sino echemos a suertes a ver a quién le toca». Para que se cumpliera la Escritura: «Se han repartido mis vestidos, han echado a suertes mi túnica». Y esto es lo que hicieron los soldados. Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa.

Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dice: «Tengo sed». Había allí una vasija llena de vinagre. Sujetaron a una rama de hisopo una esponja empapada en vinagre y se la acercaron a la boca. Cuando tomó Jesús el vinagre, dijo: «Todo está cumplido». E inclinando la cabeza entregó el espíritu.

Los judíos, como era el día de la Preparación, para que no quedasen los cuerpos en la cruz el sábado —porque aquel sábado era muy solemne— rogaron a Pilato que les quebraran las piernas y los retiraran. Fueron, pues, los soldados y quebraron las piernas del primero y del otro crucificado con Él. Pero al llegar a Jesús, como lo vieron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua. El que lo vio lo atestigua y su testimonio es válido, y él sabe que dice la verdad, para que también vosotros creáis. Y todo esto sucedió para que se cumpliera la Escritura: «No se le quebrará hueso alguno». Y también otra Escritura dice: «Mirarán al que traspasaron».

Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, aunque en secreto por miedo a los judíos, pidió a Pilato autorización para retirar el cuerpo de Jesús. Pilato se lo concedió. Fueron, pues, y retiraron su cuerpo. Fue también Nicodemo —aquel que anteriormente había ido a verle de noche— con una mezcla de mirra y áloe de unas cien libras. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en vendas con los aromas, conforme a la costumbre judía de sepultar. En el lugar donde había sido crucificado había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo, en el que nadie todavía había sido depositado. Allí, pues, porque era el día de la Preparación de los judíos y el sepulcro estaba cerca, pusieron a Jesús.

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«Cuando tomó Jesús el vinagre, dijo: ‘Todo está cumplido’. E inclinando la cabeza entregó el espíritu»


Rev. D. Francesc CATARINEU i Vilageliu

(Sabadell, Barcelona, España)

Hoy celebramos el primer día del Triduo Pascual. Por tanto, es el día de la Cruz victoriosa, desde donde Jesús nos dejó lo mejor de Él mismo: María como madre, el perdón —también de sus verdugos— y la confianza total en Dios Padre.

Lo hemos escuchado en la lectura de la Pasión que nos transmite el testimonio de san Juan, presente en el Calvario con María, la Madre del Señor y las mujeres. Es un relato rico en simbología, donde cada pequeño detalle tiene sentido. Pero también el silencio y la austeridad de la Iglesia, hoy, nos ayudan a vivir en un clima de oración, bien atentos al don que celebramos.

Ante este gran misterio, somos llamados —primero de todo— a ver. La fe cristiana no es la relación reverencial hacia un Dios lejano y abstracto que desconocemos, sino la adhesión a una Persona, verdadero hombre como nosotros y, a la vez, verdadero Dios. El “Invisible” se ha hecho carne de nuestra carne, y ha asumido el ser hombre hasta la muerte y una muerte de cruz. Pero fue una muerte aceptada como rescate por todos, muerte redentora, muerte que nos da vida. Aquellos que estaban ahí y lo vieron, nos transmitieron los hechos y, al mismo tiempo, nos descubren el sentido de aquella muerte.

Ante esto, nos sentimos agradecidos y admirados. Conocemos el precio del amor: «Nadie tiene mayor amor que el de dar la vida por sus amigos» (Jn 15,13). La oración cristiana no es solamente pedir, sino —antes de nada— admirar agradecidos.

Jesús, para nosotros, es modelo que hay que imitar, es decir, reproducir en nosotros sus actitudes. Hemos de ser personas que aman hasta darnos y que confiamos en el Padre en toda adversidad.

Esto contrasta con la atmósfera indiferente de nuestra sociedad; por eso, nuestro testimonio tiene que ser más valiente que nunca, ya que el don es para todos. Como dice Melitón de Sardes, «Él nos ha hecho pasar de la esclavitud a la libertad, de las tinieblas a la luz, de la muerte a la vida. Él es la Pascua de nuestra salvación».


Tres hermanos dominicos, dos monjas y un fraile: un fenómeno vocacional en cadena por «atracción»

 


Tres hermanos dominicos, dos monjas y un fraile: un fenómeno vocacional en cadena por «atracción»

Los hermanos Clarke, todos religiosos dominicos

La hermana John Peter, el hermano Paul y la hermana Beatrice, todos ellos hermanos de sangre y además dominicos

La Iglesia crece por atracción, por un testimonio de vida y de fe que provoca en el otro un deseo de pertenecer, de ser, de tener aquello que da la felicidad de ese creyente. Y lo mismo ocurre en muchas ocasiones con la vocación religiosa. Incluso en el seno de una misma familia.

Esto es lo que ha sucedido con la familia Clarke y la espiritualidad dominica. Tres hermanos han acabado en la orden, dos chicas como dominicas de Nashville, uno de los grandes fenómenos vocacionales en EEUU, y un chico como fraile.

Todo fue en cadena y por esta atracción. Beatrice llevó en coche a su hermana pequeña para que visitara a las dominicas de Nashville, pero fue precisamente la hermana mayor la que acabaría primero como monja. Un año más tarde la seguiría su hermana. Y tras varias visitas a la comunidad y conocer en mayor profundidad la espiritualidad dominica fue Paul el que decidió seguir los pasos de Santo Domingo de Guzmán.

Los Clarke son 8 hermanos, tres son ahora religiosos, pero toda la familia coincide en que la fe de sus miembros se ha fortalecido en estos años y gracias a la bendición de Dios de concederles tres vocaciones a la vida religiosa.


La hermana Beatrice, fue la primera de los Clarke en entrar en la vida religiosa.

La hermana Beatrice, la primera ingresar, recuerda que antes de comenzar su tercer año de universidad su hermana pequeña de 17 años le preguntó si podía llevarla a la Casa Madre de Santa Cecilia en Nashville. Lo que no sabía es que ella había dicho a las religiosas que Beatrice podría tener también una llamada.

Dos semanas después llegaron con el coche. “Aunque era mi hermana quien estaba interesada en la comunidad, y era ella quien había hecho todos los arreglos para nuestra visita, la directora de Vocaciones, la Maestra Postulante y la Maestra de Novicias estaban interesadas en mi discernimiento. Preguntaron lo que parecían ser preguntas ordinarias: ‘¿Cuánto tiempo has estado discerniendo?’, ‘¿Qué te atrae de la vida religiosa?’ y ‘¿Por qué te gustan las dominicas?”. Sin embargo, lejos de molestarle estas preguntas era como si en el fondo de su corazón deseara que se las formularan.

De este modo, la hermana Beatrice cuenta que “mi hermana era la parte interesada, y yo sólo era la amable hermana mayor que ejercía de chofer... pero sí, había estado discerniendo desde la Jornada Mundial de la Juventud en Toronto, y sí, me atraía la alegría de la vida religiosa, y sí, ciertamente me atraían las dominicas por su amor al Oficio Divino y su celo por las almas... pero no, esto no era para mí… al menos no todavía”.

Beatrice llegaba con ese freno en su interior, ese miedo a decir sí, dejando todo para el futuro, pero “el gozo confiado que presencié en una hermana tras otra fue un contraste refrescante con mi miedo. Su vida de oración común hablaba del origen de su fuerza y ​​su deseo de compartir el Evangelio testificaba que habían encontrado al Señor. Pero su libertad fue casi demasiado para mí. Con miedo de adentrarme en las profundidades, traté de minimizar la atracción que sentía por la alegría de las hermanas. Traté de asumir una actitud escéptica hacia su alegría, pero sabía que era un regalo de Dios”.

Pero meses después las evidencias pudieron con su escepticismo e ingresó como dominica. Era la primera Clarke.


La hermana John Peter ingresó como dominica poco después que su hermana mayor.

Tras ella siguió su hermana John Peter. Desde niña había tenido una inquietud por la fe, los santos y por las misiones, aunque su vida ha acabado con una misión algo diferente a lo que había imaginado.

“Cuando tenía dieciséis años, leí las Confesiones de San Agustín y eso cambió por completo mi perspectiva sobre lo que significa vivir la fe. Me di cuenta con sorpresa y alivio de que incluso los grandes santos luchan contra las tentaciones y el mal genio. Me di cuenta de que Dios es más grande y más cercano a mí de lo que podía imaginar. Me di cuenta de que Dios desea darnos felicidad. Anteriormente, había pensado en vivir la fe tratando de no equivocarme, tratar de seguir las reglas, tratar de superar mis fallos, tratar de ser buena”, explica.

Gracias a un sacerdote joven muy activo empezó a ir a misa diaria y a la Adoración. Y así surgió la curiosidad de conocer a las dominicas de Nashville en aquel viaje en el que su hermana acabaría descubriendo su vocación.

Tras aquella visita, la hermana John Peter fue a la JMJ de Colonia y pasó por Roma. Allí visitó la iglesia dominica de Santa Sabina donde rezó en la celda de Santo Domingo por su hermana Beatrice que entraba ese día en el convento. Y entonces escuchó: “aquí también hay algo para ti”.

“La Vigilia de la Jornada Mundial de la Juventud con el Papa Benedicto XVI confirmó que sólo Dios podía satisfacer mi deseo de felicidad”, recuerda. Le costó unos meses asimilarlo y darse cuenta que deseaba ir a Nashville pero no sólo para visitar a su hermana.

“En Nashville hablé con mi hermana Beatrice durante una tarde y ella me recordó la historia del joven rico. Ella me preguntó: ‘¿Dónde puedes ser feliz?’. Todo, desde las historias de los misioneros a San Agustín, hasta mi inquietud interior en la Jornada Mundial de la Juventud se unieron. No sé si articulé una respuesta antes de salir corriendo a buscar a la directora de Vocaciones y preguntarle si podía entrar, para seguir a Cristo siguiendo los pasos de Santo Domingo”, concluye.


Paul Clarke decidió hacerse dominico siguiendo el ejemplo de sus hermanas mayores.

Y tras ellas llegó Paul, hermano pequeño de las dos, y ahora fraile dominico. “Con dos hermanas mayores que ya eran dominicas pensé que estadísticamente no debería ser dominico. La cuota familiar de vocaciones parecía estar llena. Así me liberé de la carga y la molestia de una vocación religiosa. Sin embargo, resulta que la providencia de Dios no se basa en análisis estadísticos. Y mucho mejor para mí”, explica la tercera de las vocaciones de los Clarke.

De este modo, el hermano Paul relata que “una vez que mis hermanas entraron a Santa Cecilia y mi familia comenzó a hacer viajes regulares para visitarlas en la Casa Madre en Nashville, la gracia de sus vocaciones comenzó a infiltrarse en nuestra familia. La fe de toda la familia se profundizó y renovó. En Nashville, tuvimos la oportunidad de conocer a una creciente variedad de hermanas y frailes dominicos que parecían haber aprovechado alguna fuente secreta de alegría y libertad. Nunca antes había conocido a personas tan extrañamente felices”.

Para él esos años fueron una dura lucha. “Durante esos años de la escuela secundaria y la universidad, mientras sentía un impulso hacia la vida religiosa, me resistí a la idea de que mi propia felicidad pudiera implicar tal sacrificio. Estaba resuelto a ser el dueño de mi propio destino, el capitán de mi alma, etc. Aún así, mientras trataba de ignorar la promesa de Cristo de que ‘quien pierda su vida, la salvará’, seguí fascinado por la paradójica libertad que vi en la vida dominica”, añade.

Tras haber trabajado un tiempo en una editorial y en una empresa de construcción todo en su vida se dirigía a un mismo camino: los dominicos. “Los votos de mis propios hermanas mayores habían sido un poderoso ejemplo de la alegría de una vida consagrada a Dios. Además, y lo que es más importante para mí, habían demostrado que esa vida es posible”. Y decidió ser fraile dominico.


Fuente: Religión en Libertad

jueves, 1 de abril de 2021

Santo Evangelio 1 de Abril 2021

 


Texto del Evangelio (Jn 13,1-15):

 Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Durante la cena, cuando ya el diablo había puesto en el corazón a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarle, sabiendo que el Padre le había puesto todo en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía, se levanta de la mesa, se quita sus vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó. Luego echa agua en un lebrillo y se puso a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla con que estaba ceñido.

Llega a Simón Pedro; éste le dice: «Señor, ¿tú lavarme a mí los pies?». Jesús le respondió: «Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora: lo comprenderás más tarde». Le dice Pedro: «No me lavarás los pies jamás». Jesús le respondió: «Si no te lavo, no tienes parte conmigo». Le dice Simón Pedro: «Señor, no sólo los pies, sino hasta las manos y la cabeza». Jesús le dice: «El que se ha bañado, no necesita lavarse; está del todo limpio. Y vosotros estáis limpios, aunque no todos». Sabía quién le iba a entregar, y por eso dijo: «No estáis limpios todos».

Después que les lavó los pies, tomó sus vestidos, volvió a la mesa, y les dijo: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros».

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«Si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros»

Mons. Josep Àngel SAIZ i Meneses Obispo de Terrassa

(Barcelona, España)

Hoy recordamos aquel primer Jueves Santo de la historia, en el que Jesucristo se reúne con sus discípulos para celebrar la Pascua. Entonces inauguró la nueva Pascua de la nueva Alianza, en la que se ofrece en sacrificio por la salvación de todos.

En la Santa Cena, al mismo tiempo que la Eucaristía, Cristo instituye el sacerdocio ministerial. Mediante éste, se podrá perpetuar el sacramento de la Eucaristía. El prefacio de la Misa Crismal nos revela el sentido: «Él elige a algunos para hacerlos partícipes de su ministerio santo; para que renueven el sacrificio de la redención, alimenten a tu pueblo con tu Palabra y lo reconforten con tus sacramentos».

Y aquel mismo Jueves, Jesús nos da el mandamiento del amor: «Amaos unos a otros como yo os he amado» (Jn 13,34). Antes, el amor se fundamentaba en la recompensa esperada a cambio, o en el cumplimiento de una norma impuesta. Ahora, el amor cristiano se fundamenta en Cristo. Él nos ama hasta dar la vida: ésta ha de ser la medida del amor del discípulo y ésta ha de ser la señal, la característica del reconocimiento cristiano.

Pero, el hombre no tiene capacidad para amar así. No es simplemente fruto de un esfuerzo, sino don de Dios. Afortunadamente, Él es Amor y —al mismo tiempo— fuente de amor, que se nos da en el Pan Eucarístico.

Finalmente, hoy contemplamos el lavatorio de los pies. En actitud de siervo, Jesús lava los pies de los Apóstoles, y les recomienda que lo hagan los unos con los otros (cf. Jn 13,14). Hay algo más que una lección de humildad en este gesto del Maestro. Es como una anticipación, como un símbolo de la Pasión, de la humillación total que sufrirá para salvar a todos los hombres.

El teólogo Romano Guardini dice que «la actitud del pequeño que se inclina ante el grande, todavía no es humildad. Es, simplemente, verdad. El grande que se humilla ante el pequeño es el verdaderamente humilde». Por esto, Jesucristo es auténticamente humilde. Ante este Cristo humilde nuestros moldes se rompen. Jesucristo invierte los valores meramente humanos y nos invita a seguirlo para construir un mundo nuevo y diferente desde el servicio.


miércoles, 31 de marzo de 2021

Santo Evangelio 31 de Marzo 2021

 


Texto del Evangelio (Mt 26,14-25): 

En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue donde los sumos sacerdotes, y les dijo: «¿Qué queréis darme, y yo os lo entregaré?». Ellos le asignaron treinta monedas de plata. Y desde ese momento andaba buscando una oportunidad para entregarle.

El primer día de los Ázimos, los discípulos se acercaron a Jesús y le dijeron: «¿Dónde quieres que te hagamos los preparativos para comer el cordero de Pascua?». Él les dijo: «Id a la ciudad, a casa de fulano, y decidle: ‘El Maestro dice: Mi tiempo está cerca; en tu casa voy a celebrar la Pascua con mis discípulos’». Los discípulos hicieron lo que Jesús les había mandado, y prepararon la Pascua.

Al atardecer, se puso a la mesa con los Doce. Y mientras comían, dijo: «Yo os aseguro que uno de vosotros me entregará». Muy entristecidos, se pusieron a decirle uno por uno: «¿Acaso soy yo, Señor?». Él respondió: «El que ha mojado conmigo la mano en el plato, ése me entregará. El Hijo del hombre se va, como está escrito de Él, pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado! ¡Más le valdría a ese hombre no haber nacido!». Entonces preguntó Judas, el que iba a entregarle: «¿Soy yo acaso, Rabbí?». Dícele: «Sí, tú lo has dicho».


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«¿Acaso soy yo?»


Rev. P. Higinio Rafael ROSOLEN IVE

(Cobourg, Ontario, Canadá)

Hoy, el Evangelio nos presenta tres escenas: la traición de Judas, los preparativos para celebrar la Pascua y la Cena con los Doce.

La palabra “entregar” (“paradidōmi” en griego) se repite seis veces y sirve como nexo de unión entre esos tres momentos: (i) cuando Judas entrega a Jesús; (ii) la Pascua, que es una figura del sacrificio de la cruz, donde Jesús entrega su vida; y (iii) la Última Cena, en la cual se manifiesta la entrega de Jesús, que se cumplirá en la Cruz.

Queremos detenernos aquí en la Cena Pascual, donde Jesucristo manifiesta que su cuerpo será entregado y su sangre derramada. Sus palabras: «Yo os aseguro que uno de vosotros me entregará» (Mt 26,20) invita a cada uno de los Doce, y de modo especial a Judas, a un examen de conciencia. Estas palabras son extensivas a todos nosotros, que también hemos sido llamados por Jesús. Son una invitación a reflexionar sobre nuestras acciones, sean buenas o malas; nuestra dignidad; plantearnos qué estamos haciendo en este momento con nuestras vidas; hacia dónde estamos yendo y cómo hemos respondido al llamado de Jesús. Debemos respondernos con sinceridad, humildad y franqueza.

Recordemos que podemos esconder nuestros pecados de otras personas, pero no podemos ocultarlos a Dios, que ve en lo secreto. Jesús, verdadero Dios y hombre, todo lo ve y lo sabe. Él conoce lo que hay en nuestro corazón y de lo que somos capaces. Nada está oculto a sus ojos. Evitemos engañarnos, y recién después de habernos sincerado con nosotros mismos es cuando debemos mirar a Cristo y preguntarle «¿Acaso soy yo?» (Mt 26,22). Tengamos presente lo que dice el Papa Francisco: «Jesús amándonos nos invita a dejarnos reconciliar con Dios y a regresar a Él para reencontrarnos con nosotros mismos».

Miremos a Jesús, escuchemos sus palabras y pidamos la gracia de entregarnos uniéndonos a su sacrificio en la Cruz.