lunes, 3 de febrero de 2020

Santo Evangelio 3 de febrero 2020



Día litúrgico: Lunes IV del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mc 5,1-20): En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos llegaron al otro lado del mar, a la región de los gerasenos. Apenas saltó de la barca, vino a su encuentro, de entre los sepulcros, un hombre con espíritu inmundo que moraba en los sepulcros y a quien nadie podía ya tenerle atado ni siquiera con cadenas, pues muchas veces le habían atado con grillos y cadenas, pero él había roto las cadenas y destrozado los grillos, y nadie podía dominarle. Y siempre, noche y día, andaba entre los sepulcros y por los montes, dando gritos e hiriéndose con piedras. Al ver de lejos a Jesús, corrió y se postró ante Él y gritó con gran voz: «¿Qué tengo yo contigo, Jesús, Hijo de Dios Altísimo? Te conjuro por Dios que no me atormentes». Es que Él le había dicho: «Espíritu inmundo, sal de este hombre». Y le preguntó: «¿Cuál es tu nombre?». Le contesta: «Mi nombre es Legión, porque somos muchos». Y le suplicaba con insistencia que no los echara fuera de la región.

Había allí una gran piara de puercos que pacían al pie del monte; y le suplicaron: «Envíanos a los puercos para que entremos en ellos». Y se lo permitió. Entonces los espíritus inmundos salieron y entraron en los puercos, y la piara -unos dos mil- se arrojó al mar de lo alto del precipicio y se fueron ahogando en el mar. Los porqueros huyeron y lo contaron por la ciudad y por las aldeas; y salió la gente a ver qué era lo que había ocurrido. Llegan donde Jesús y ven al endemoniado, al que había tenido la Legión, sentado, vestido y en su sano juicio, y se llenaron de temor. Los que lo habían visto les contaron lo ocurrido al endemoniado y lo de los puercos. Entonces comenzaron a rogarle que se alejara de su término.

Y al subir a la barca, el que había estado endemoniado le pedía estar con Él. Pero no se lo concedió, sino que le dijo: «Vete a tu casa, donde los tuyos, y cuéntales lo que el Señor ha hecho contigo y que ha tenido compasión de ti». Él se fue y empezó a proclamar por la Decápolis todo lo que Jesús había hecho con él, y todos quedaban maravillados.


«Espíritu inmundo, sal de este hombre»

Rev. D. Ramon Octavi SÁNCHEZ i Valero
(Viladecans, Barcelona, España)

Hoy encontramos un fragmento del Evangelio que puede provocar la sonrisa a más de uno. Imaginarse unos dos mil puercos precipitándose monte abajo, no deja de ser una imagen un poco cómica. Pero la verdad es que a aquellos porqueros no les hizo ninguna gracia, se enfadaron mucho y le pidieron a Jesús que se marchara de su territorio.

La actitud de los porqueros, aunque humanamente podría parecer lógica, no deja de ser francamente recriminable: preferirían haber salvado sus cerdos antes que la curación del endemoniado. Es decir, antes los bienes materiales, que nos proporcionan dinero y bienestar, que la vida en dignidad de un hombre que no es de los “nuestros”. Porque el que estaba poseído por un espíritu maligno sólo era una persona que «siempre, noche y día, andaba entre los sepulcros y por los montes, dando gritos e hiriéndose con piedras» (Mc 5,5).

Nosotros tenemos muchas veces este peligro de aferrarnos a aquello que es nuestro, y desesperarnos cuando perdemos aquello que sólo es material. Así, por ejemplo, el campesino se desespera cuando pierde una cosecha incluso cuando la tiene asegurada, o el jugador de bolsa hace lo mismo cuando sus acciones pierden parte de su valor. En cambio, muy pocos se desesperan viendo el hambre o la precariedad de tantos seres humanos, algunos de los cuales viven a nuestro lado.

Jesús siempre puso por delante a las personas, incluso antes que las leyes y los poderosos de su tiempo. Pero nosotros, demasiadas veces, pensamos sólo en nosotros mismos y en aquello que creemos que nos procura felicidad, aunque el egoísmo nunca trae felicidad. Como diría el obispo brasileño Helder Cámara: «El egoísmo es la fuente más infalible de infelicidad para uno mismo y para los que le rodean».

Madres-Mónica: cuando se trata de sus hijos, «las madres no se recatan de ser “pesadas” con Dios»

San Agustín (Alessandro Preziosi) y Santa Mónica (Monica Guerritore) en «San Agustín», una mini serie de Christian Duguay en 2010.

Madres-Mónica: cuando se trata de sus hijos, «las madres no se recatan de ser “pesadas” con Dios»

San Agustín (Alessandro Preziosi) y Santa Mónica (Monica Guerritore) en «San Agustín», una mini serie de Christian Duguay en 2010.

La oración de Santa Mónica logró la conversión de su hijo San Agustín y ganó así para la Iglesia a uno de sus mayores santos y una de las personalidades más influyentes de su bimilenaria historia. Hoy las madres siguen rezando incansablemente por sus hijos, y algunas lo hacen de forma coordinada, como La Oración de las Madres [Mothers Prayers] (pincha aquí para contactar en España) o las madres-Mónica. A estas últimas ha consagrado un libro el padre Manuel Morales: "Tus hijos volverán" (Ciudad Nueva). El prólogo de la obra es de nuestra colaboradora Carmen Castiella (pincha aquí para leerlo).

Sacerdote agustino de 83 años, el padre Morales, que reside actualmente en la parroquia de San Agustín de Cádiz, ha ejercido el ministerio en colegios, residencias universitarias, seminarios y parroquias. Además atesora una larga experiencia en la animación de retiros y encuentros de formación espiritual para jóvenes, novios, familias, religiosos y religiosas en España, Italia, Portugal, Polonia, Brasil y varios países de Hispanoamérica.

La experiencia de decenas de madres que rezan por sus hijos y han consultado con él está en los orígenes de "Tus hijos volverán".

 

-¿Dios escucha de manera especial a las madres?

-En relación a la suya, su Madre, la Virgen, no hay duda ninguna. Bastaría recordar la escena de las bodas de Caná: “Le dice a Jesús su madre: Que no tienen vino. Jesús le responde: no ha llegado mi hora. Dice su madre a los sirvientes: Haced lo que él os diga”. Asunto resuelto. Si alguien duda de esta “influencia” materna, que visite por el mundo cualquier santuario mariano. Lo comprobará con sus propios ojos.

-Son perseverantes...

-Da la impresión que las madres no se recatan de ser “pesadas” con Dios. En este libro puedes encontrar la manera de orar de una madre, muy acorde, por cierto, con la parábola del evangelio: “Te ganaré por cansancio a fuerza de pedirte”.

-¿Es una idea esencial en su libro?

-Lo dice el título. La respuesta de Dios a las lágrimas de Raquel es: “Tus hijos volverán”. Como “la gran matriarca de su tribu”, Raquel, madre, es quien expresa el gran dolor del exilio de los hijos de ese pueblo. ¿Un amor así, de madre dolorida, no llegará “especialmente” al corazón de Dios? ¿No recuerdan esas lágrimas los “gemidos” del Espíritu, que dice San Pablo?



-Según su experiencia, ¿qué es lo que más piden a Dios las madres para sus hijos?

-Muchas veces, escuchando a las madres, me ha venido la duda de si ellas tenían “alma propia” o si su alma eran sus hijos. Tan incapaces de hablar de sí mismas, y tan identificadas con los problemas de sus criaturas, por muy crecidas que sean, las he visto y admirado, que todo de ellos les duele a ellas en sus propias entrañas. Lógicamente a las madres creyentes, como a Santa Mónica, lo que más les duele es verlos alejarse de la fe. Y ese es el “gemido” de las comunidades de madres-Mónica, de las madres de Mothers Prayers, y de tantas madres y mujeres con corazón de madre, que rezan incansables y “combaten” con la fe y la oración incesante.

-¿Qué son las madres-Mónica?

-Es muy variada la fisonomía de estas comunidades. (Los agustinos somos así: al organizarnos, amamos mucho la libertad: “Ama y haz lo que quieras”). En lo esencial, son grupos pequeños de madres que se reúnen, si es posible semanalmente, a rezar por los hijos. Un día determinado de la semana. Luego, suponiendo que son siete en el grupo, corresponde a cada una orar por esos hijos de todas, preferentemente ante el sagrario.

-¿Cuál es su misión?

-Se sienten llamadas a mantener viva en el mundo esa Palabra que Dios quiere seguir diciendo: Mónica.  Mónica quiere “decir” mujer de fe, combatiente infatigable de oración y comunión, portadora silenciosa de paz en la familia y en la sociedad, cauce materno que lleva los corazones hasta Dios, hasta el cielo... Para alegría de todos, descubrimos, como dice Guardini, que Mónica es “la encarnación de la Iglesia”, cuya misión, en palabras de San Agustín, es suscitar en las personas “el germen de Cristo”.

-¿Por qué juntarse para rezar?

-Es un hecho comprobable: poner juntos oración, maternidad e hijos es como acercar gasolina al fuego. Ese fueguecillo que las une, el amor y la preocupación por los hijos, genera una amistad que va creando espíritu de comunidad.

-Y eso es bueno para sus hijos y bueno para ellas...

-Cuando ponemos en práctica el amor recíproco, hacemos posible (¡“atraemos”!) la presencia de Jesús, que nos aconsejó rezar “dos o más en Su nombre”. Y lo explicó muy bien San Agustín cuando decía que así, el propio Hijo de Dios “ora por nosotros como nuestro Sacerdote” y “ora en nosotros como Cabeza de este Cuerpo Suyo que somos”.

-¿En qué se parecen las angustias de Santa Mónica a las de una madre de hoy? 

-Creo haberlo contestado: si la madre es creyente, la transmisión de la fe a su hijo constituye su “parto espiritual” que no está exento de dolores y, por supuesto, de gozos. A Santa Mónica esos gozos le llegaron “con creces”.

-¿Y en qué se parece Agustín a los hijos de hoy? 

-No me atrevería a identificar, generalizando, esos “parecidos” en la juventud de hoy.  Suponiendo que nos leen más allá de España y de Europa… ¡la realidad joven es tan plural y tan distinta! Pero te aseguro que si, en brevísima síntesis, indicamos algunas circunstancias de la adolescencia y la juventud de Agustín, los propios lectores encontrarán esos parecidos. Porque de lo que no me cabe duda es de que, efectivamente, Mónica y Agustín son dos “contemporáneos”, de una actualidad tan evidente que impresiona.



-¿Y cuáles serían esas circunstancias?

-Tres cosas malas y tres cosas buenas. Aunque, al final, todo termina siendo bueno. La primera mala, el ambiente pagano.

»Estamos en zona romana, norte de África y siglo IV. Como madre profundamente creyente, Mónica transmite la fe a sus tres hijos desde que nacen. El padre, Patricio, indiferente, respeta esa educación, que es cosa de la madre. Agustín, que parece ser el primogénito, inteligente y bien dotado, después de la primera escuela en su pueblo natal, a los 11 años se traslada a 30 km para seguir estudios en otra ciudad. Ahí el muchachito respira ya a tope aires paganos. La gente se mofa de los cristianos. Él, vivaz y expansivo, por encima de las enseñanzas de la madre, comienza a valorar más los amigos y las nuevas lecturas.

»Con 16 años, vuelve a casa cambiado. Las ideas de su madre son ya “consejos mujeriles”. Un año ese, dieciséis, de vagancia, de amigos y de “nini”, ni trabajar ni estudiar, y alguna que otra gamberrada.

»Por fin, con 17 años, la universidad, Cartago, la gran ciudad romana, que él describe en sus Confesiones como “una sartén de amores depravados”. Paganismo a lo grande. El primero de la clase en los estudios de Retórica. Pasión por los espectáculos teatrales, reflejo de miserias humanas. Sensualidad. Vida de pareja, que lo responsabiliza y lo equilibra.

-Sí que es cierto que es un itinerario muy seguido hoy... ¿Cuál sería la segunda circunstancia de las tres que decía?

-La segunda mala: la desconexión de la Iglesia y el orgullo de la razón.

»En su tercer año de universidad, 19 años, el joven inquieto se aparta de la fe católica. Entregado ardorosamente al estudio, se ha encontrado con un libro de Cicerón que lo ha trasformado por dentro. No se ha fijado tanto en la literatura (es un estudiante de Retórica) como en su contenido: una exposición brillantísima del buscador de la Verdad, de la vocación del auténtico filósofo que, amando la Sabiduría inmortal con “una alma eterna y divina”, se apunta a la virtud y a la fuga de los vicios para encontrar la Luz y el profundo sentido de la vida. Se trata de una “primera conversión”.

-Descubre el papel de la razón...

-Una falsa suposición, sin embargo (que luego llamará “superstición tonta y pueril”), le hizo pensar que la Iglesia manda solo creer, que las verdades que enseña no se pueden razonar, que la “terrible autoridad” de la Iglesia exige solo bajar la cabeza y callar ante los misterios. Y planteándose, entonces, el jovencito elegir entre creer así o razonar, él prefiere razonar. Y explicar y razonar todas las verdades es lo que le ofrece precisamente la secta de los maniqueos. Al menos, eso dicen. Deja, pues, la Iglesia y se convierte en un “oyente” maniqueo.

-¿No tenía un buen sustrato de formación cristiana?

-Es la tercera circunstancia mala, la ignorancia religiosa.

»Los nuevos conocimientos de la universidad lo dominan todo. Agustín lee, estudia y entiende todo lo que cae en sus manos: artes liberales, gramática, dialéctica, retórica, aritmética, geometría, música, medicina, filosofía, astronomía, astrología… ¡Es la erudición de una inteligencia privilegiada! ¿Sus conocimientos religiosos, en cambio? Esos se quedan en el nivel de la infancia, en las enseñanzas de su madre y la piedad de aquella comunidad cristiana del terruño. Ninguna formación de esa fe que pudiera ahora aclarar razonablemente sus dudas. La Biblia, por ejemplo, a la que acude ansioso en busca de esa Verdad después de la famosa lectura de Cicerón, se le cae de las manos. Le parece demasiado simplona y llena de complicaciones, oscuridades y contradicciones. El orgullo le impidió preguntar, que lo podía hacer perfectamente; prefirió fiarse de su inteligencia, y convertirse en un oyente maniqueo y un crítico feroz anticatólico.

-¿Qué dio la vuelta a esa situación?

-¡Vamos con las tres cosas buenas! La primera, esa apasionada búsqueda de la Verdad del joven universitario, su entrega noble y sincera, dispuesto a todo si lograra encontrar esa Verdad: dispuesto a prescindir de riquezas y honras y retóricas; incluso, si fuera preciso, hasta la renuncia al matrimonio (él, que ya tenía su pareja) le parecería un bien. “Había nacido el filósofo", dice Trappé: “El filósofo que después se convertirá, a la luz y con la fuerza del evangelio, en el asceta, el contemplativo, el místico”.

-Un filósofo al que empujaba la oración de alguien...

-Claro. La segunda cosa buena de nuestro africano es mérito de su madre.

»Cuenta él que lo único que no le llenó del libro de Cicerón fue el no encontrar allí el nombre de Jesucristo. Y explica: “Porque este nombre de mi Salvador, lo había mamado piadosamente mi tierno corazón con la leche de mi madre, y lo tenía profundamente grabado”. Si le atrajeron los maniqueos fue porque ellos se declaraban discípulos de Jesús y presumían de vivir un cristianismo más espiritual y más puro que los católicos.

»Filósofos que no admitieran el nombre de Cristo tampoco le interesaron. El joven Agustín, pues, dejó la Iglesia católica, pero, con todos sus errores, no dejó de creer en Jesús y buscarlo apasionadamente.

-Y lo encontró...

-La tercera cosa buena: después de nueve años de maniqueísmo y un camino tortuoso de búsqueda, ya fuera de su patria, en Milán, el joven Agustín es sensible al contagio de una Iglesia que convence con hechos palpables: empezando por su prestigioso obispo Ambrosio, y una comunidad cristiana viva y ejemplar. La chispa que provoca el incendio definitivo en el corazón de Agustín surge de los testimonios de algunos convertidos. Esos ejemplos se transforman en “palabras vivas”, “saetas de fuego” que penetran en lo más íntimo de su alma y lo interpelan profundamente.

»¿Verdad que los “parecidos” saltan a la vista? Yo recuerdo, por ejemplo, en mis años de acompañante de la fe de nuestros alumnos, lo que vivían ellos pasando del colegio a la universidad. En otros países, donde no les llega a los jóvenes “el privilegio” de esos estudios superiores, la crisis religiosa es muy diferente.

-El libro recoge testimonios de madres que casi reproducen las etapas ("estaciones", las llama usted) de la historia entre Santa Mónica y su hijo. ¿Le han ayudado esas madres a comprender mejor el recorrido de esa conversión?

-Indudablemente. Esa es la parte más original del libro. Entendí que lo que vivió Santa Mónica nadie lo explicaría mejor que las madres. Es el propio San Agustín quien describe el papel de su madre en todo el proceso de su conversión. Pero ellas, las madres, en este libro se convierten en las intérpretes privilegiadas de los sentimientos de aquella madre. Por eso, en cada “estación”, hay tres focos: uno, el testimonio de alguna madre, su vivencia; dos, lo que cuenta San Agustín de su madre sobre ese punto; tres, lo que hoy podemos aprender padres y madres con la reflexión y la ayuda de la psicología, la pedagogía, el Magisterio de la Iglesia.

-¿Qué nos da Dios cuando no nos da lo que Le pedimos?

-Es sabia y llamativa la observación del Catecismo de la Iglesia Católica: “Cuando alabamos a Dios o le damos gracias por sus beneficios en general, no estamos preocupados por saber si esta oración le es agradable. Por el contrario, cuando pedimos, exigimos ver el resultado” (2735). Curioso ¿verdad?

»Dios es “Dador” siempre. Da siempre su Espíritu Santo si de verdad nos proponemos orar. Y es con ese Espíritu con el que oramos bien, porque “nosotros no sabemos pedir como conviene”. Cuando entramos en “el deseo del Espíritu de Dios”, somos ciertamente escuchados. Tal vez, como dice San Agustín, “Él quiere que nuestro deseo sea probado”, y entonces nos llama a crecer como hijos, incitándonos a la humildad y a la perseverancia.

-¿Por qué las Confesiones de San Agustín, a pesar de que algunas partes tienen su dificultad filosófica, sigue siendo uno de los preferidos como lectura espiritual?

-La expresión de San Agustín en el libro sobre la Trinidad (“¿Qué es mi corazón sino un corazón humano?”) lo dice todo. Escribió Santa Teresa: “Como comencé a leer las Confesiones, paréceme me veía yo allí”. Efectivamente, en esas Confesiones encontramos cada uno nuestro retrato: ahí están reflejadas nuestras debilidades y nuestra grandeza. Ahí quedamos todos reflejados como “capaces de Dios” y “necesitados de Dios”, que es cómo definió San Agustín al ser humano. Desde la primera página, por ejemplo, cautiva esta afirmación: “Nos has hecho, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”.

Fuente: Religión en Libertad

domingo, 2 de febrero de 2020

Santo Evangelio 2 de Febrero 2020



Día litúrgico: Domingo IV (A) del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 5,1-12): En aquel tiempo, viendo Jesús la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros».


«Bienaventurados los pobres de espíritu...»

Rev. D. Pablo CASAS Aljama
(Sevilla, España)

Hoy leemos este Evangelio tan conocido para todos nosotros, pero siempre tan sorprendente. Con este fragmento de las bienaventuranzas, Jesús nos ofrece un modelo de vida, unos valores, que según Él son los que nos pueden hacer felices de verdad.

La felicidad, seguramente, es la meta principal que todos buscamos en la vida. Y si preguntásemos a la gente cómo buscan ser felices, o dónde buscan su propia felicidad, nos encontraríamos con respuestas muy distintas. Algunos nos dirían que en una vida de familia bien fundamentada; otros que en tener salud y trabajo; otros, que en gozar de la amistad y del ocio..., y los más influidos quizá por esta sociedad tan consumista, nos dirían que en tener dinero, en poder comprar el mayor número posible de cosas y, sobre todo, en lograr ascender a niveles sociales más altos.

Estas bienaventuranzas que nos propone Jesús no son, precisamente, las que nos ofrece nuestro mundo de hoy. El Señor nos dice que serán «bienaventurados» los pobres de espíritu, los mansos, los que lloran, los que tienen hambre y sed de la justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los que buscan la paz, los perseguidos por causa de la justicia... (cf. Mt 5,3-11).

Este mensaje del Señor es para los que quieren vivir unas actitudes de desprendimiento, de humildad, de deseo de justicia, de preocupación e interés por los problemas del prójimo, y todo lo demás lo dejan en un segundo término.

¡Cuánto bien podemos hacer rezando, o practicando alguna corrección fraterna, cuando nos critiquen por creer en Dios y por pertenecer a la Iglesia! Nos lo dice claramente Jesús en su última bienaventuranza: «Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa» (Mt 5,11).

San Basilio nos dice que «no se debe tener al rico por dichoso sólo por sus riquezas; ni al poderoso por su autoridad y dignidad; ni al fuerte por la salud de su cuerpo... Todas estas cosas son instrumentos de la virtud para los que las usan rectamente; pero ellas, en sí mismas, no contienen la felicidad».

El suicidio, un grave problema al que no se da respuesta: ¿qué pueden hacer los católicos?

El suicidio es una cuestión de salud pública en la que en muchos países no se está dando respuesta

El suicidio, un grave problema al que no se da respuesta: ¿qué pueden hacer los católicos?

El suicidio es una cuestión de salud pública en la que en muchos países no se está dando respuesta

El suicidio se ha convertido en uno de los grandes dramas de nuestro tiempo sin que se esté abordando de manera seria un problema que se lleva cada año la vida de miles de personas. Según los datos de la Organización Mundial de la Salud cada año se suicidan en el mundo cerca de 800.000 personas.

En España, por ejemplo, más de 3.600 personas se suicidan al año, unas cifras que impresionan aún más si se comparan, pues son el doble que los fallecidos en accidentes de tráfico, 11 veces más que por homicidio y hasta 80 veces más que por violencia doméstica.

No son muy diferentes los porcentajes en otros países como EEUU, donde en 2017 se suicidaron 47.000 ciudadanos, una media de 129 personas al día. Y además, el suicidio es una de las causas de muerte principales entre los jóvenes.

¿Qué respuesta pueden dar los católicos?

Este problema de salud pública sigue siendo tabú para las administraciones públicas, pero en gran medida todavía también para la Iglesia. ¿Qué respuesta se puede dar desde el catolicismo ante esta oleada de suicidios y ante las causas que pueden provocarlo?

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Laura Lewis es experta en temas de prevención de suicidio en la Universidad Estatal de Ohio

Laura Lewis, consejera clínica profesional y experta en temas de prevención del suicidio en la Universidad Estatal de Ohio, aborda este problema en un artículo publicado en Catholic Digest. Antes de nada, avisa que el suicidio sigue siendo un tema complejo, sensible y difícil, donde todavía se dan estigmas y conceptos erróneos.

Como experta profesional en el ámbito de la salud mental, pero también como católica afirma haber escuchado a menudo a cristianos realizar comentarios como “si hubieran tenido fe no se habrían suicidado” o “ir a la iglesia de manera más constante podría haberles salvado la vida”. Sin embargo, Lewis afirma que ojalá todo esto fuera así de simple.

Una realidad muy compleja

Por ello, esta experta considera que como católicos hay que intentar entender y abordar mejor la cuestión del suicidio pues no tiene una sola causa sino que es algo que no entiende de nacionalidades, etnias, culturas, clases sociales o edades. “Si bien a menudo se simplifica demasiado, el suicidio en realidad es una situación muy compleja de entender y se da con mayor frecuencia cuando los factores estresantes y de salud convergen creando una experiencia de desesperanza y desesperación”.

Los factores de riesgo para el suicidio –señala- “a menudo provienen de múltiples fuentes”. Algunos de ellos pueden ser el sentirse desesperado o indefenso, experimentar una situación de gran estrés como un divorcio o graves problemas financieros, tener antecedentes de suicidio en la familia…

Además, los trastornos de salud mental graves y persistentes también contribuyen al comportamiento suicida aunque por sí solos no suelen ser la causa del suicidio. De este modo, problemas como la depresión, la ansiedad, la psicosis, el uso y abuso de sustancias y otros problemas mentales no tratados adecuadamente pueden aumentar el riesgo de suicidio.

La fe, uno de los grandes "factores protectores"

Pero igualmente importantes para entender el “por qué” son los factores protectores, características que pueden ayudar a disminuir el riesgo de suicidio de una persona. Aquí se incluyen sistemas de apoyo social, familiar, creencias culturales o habilidades para resolver problemas, entre otros muchos.

Y aquí entra en escena también la fe. De hecho, uno de los factores protectores más importantes son la espiritualidad y la religión, que pueden ser importantes elementos de disuasión para el suicidio. Lewis afirma que distintas investigaciones han demostrado que las personas con afiliación religiosa muestran niveles más altos de apoyo social, bienestar y razones para vivir.

De este modo, esta experta indica que esta fe y la práctica espiritual ofrece conexión, significado y propósito, todo lo cual contribuye a sentirse más esperanzado y tener una vida más satisfactoria.

Cuando la persona tiene confianza en hacer frente a cada suceso, cree que otras personas se preocupan por él o ella, y que hay razones para vivir el suicidio es una posibilidad mucho más lejana.

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Compartir el amor de Cristo a las personas en riesgo de suicidarse

Y Lewis añade que como conocer a Cristo es un elemento crucial, los cristianos deben compartir el amor de Cristo con todos, especialmente con aquellas personas que pueden estar en riesgo de terminar con sus propias vidas.

Por ello, es muy importante estar atentos a las señales de advertencia pues muchas de las personas en riesgo grave de suicidio no suelen pedir ayuda directamente. Pueden comunicar su angustia de diferentes maneras y por ello es crucial prestar atención a estas demandas de ayuda indirectas.

Las investigaciones demuestran de manera consistente en que aquellos que han intentado suicidarse pero no lo han logrado en realidad nunca quisieron quitarse la vida. El dolor se le había vuelto insoportable los que les llevó a buscar una forma de aliviarlo. Es decir, estas personas no querían morir sino que su dolor terminase.

Hablar de de manera clara y directa sobre el suicidio

¿Cómo ayudar? Para derribar muros y estigmas lo mejor es hablar de manera directa y precisa sobre la realidad del suicidio y esto puede fomentar que la persona pueda buscar ayuda y encontrar el tratamiento que necesita.

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Los católicos están llamados por su fe a ayudar a estas personas que en ese momento de su vida sólo ven oscuridad. Para ello, Laura Lewis recomienda hablar con la persona que pueda tener esta tendencia con una actitud sin prejuicios, teniendo en cuenta que muy a menudo sienten vergüenza lo que les lleva al aislamiento y reduce la posibilidad de pedir ayuda.

Escuchar y ofrecer esperanza

Hay que mostrar atención y preocupación por la persona. Hay que escuchar de verdad, tener empatía y comunicar esperanza y sanación. No es necesario caminar de puntillas sobre el tema o evitar preguntas. Por ello, el lenguaje claro y directo puede ayudar porque normaliza la conversación y así también será más fácil poder ofrecer ayuda.

Además, esta experta en prevención de suicidio recuerda a los católicos que muchos de los que han muerto por suicidio creyeron en Dios, pero que en los días en los que se sentían felices y realizados nunca soñaron con acabar con su vida y dañar su relación con Dios y sus familias. Pero en un momento dado la desesperación pudo con ellos. Por ello, anima a llevar el amor de Cristo a las personas desesperadas, pero a la vez mirarlas como personas con una dignidad total.

Fuente: Religión en Libertad

sábado, 1 de febrero de 2020

Santo Evangelio 1 de febrero 2020



Día litúrgico: Sábado III del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mc 4,35-41): Un día, al atardecer, dijo Jesús a sus discípulos: «Pasemos a la otra orilla». Despiden a la gente y le llevan en la barca, como estaba; e iban otras barcas con Él. En esto, se levantó una fuerte borrasca y las olas irrumpían en la barca, de suerte que ya se anegaba la barca. Él estaba en popa, durmiendo sobre un cabezal. Le despiertan y le dicen: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?».

Él, habiéndose despertado, increpó al viento y dijo al mar: «¡Calla, enmudece!» El viento se calmó y sobrevino una gran bonanza. Y les dijo: «¿Por qué estáis con tanto miedo? ¿Cómo no tenéis fe?». Ellos se llenaron de gran temor y se decían unos a otros: «Pues ¿quién es éste que hasta el viento y el mar le obedecen?».


«¿Por qué estáis con tanto miedo? ¿Cómo no tenéis fe?»

Rev. D. Joaquim FLURIACH i Domínguez
(St. Esteve de P., Barcelona, España)

Hoy, el Señor riñe a los discípulos por su falta de fe: «¿Cómo no tenéis fe?» (Mc 4,40). Jesucristo ya había dado suficientes muestras de ser el Enviado y todavía no creen. No se dan cuenta de que, teniendo con ellos al mismo Señor, nada han de temer. Jesús hace un paralelismo claro entre “fe” y “valentía”.

En otro lugar del Evangelio, ante una situación en la que los Apóstoles dudan, se dice que todavía no podían creer porque no habían recibido el Espíritu Santo. Mucha paciencia le será necesaria al Señor para continuar enseñando a los primeros aquello que ellos mismos nos mostrarán después, y de lo que serán firmes y valientes testigos.

Estaría muy bien que nosotros también nos sintiéramos “reñidos”. ¡Con más motivo aun!: hemos recibido el Espíritu Santo que nos hace capaces de entender cómo realmente el Señor está con nosotros en el camino de la vida, si de verdad buscamos hacer siempre la voluntad del Padre. Objetivamente, no tenemos ningún motivo para la cobardía. Él es el único Señor del Universo, porque «hasta el viento y el mar le obedecen» (Mc 4,41), como afirman admirados los discípulos.

Entonces, ¿qué es lo que me da miedo? ¿Son motivos tan graves como para poner en entredicho el poder infinitamente grande como es el del Amor que el Señor nos tiene? Ésta es la pregunta que nuestros hermanos mártires supieron responder, no ya con palabras, sino con su propia vida. Como tantos hermanos nuestros que, con la gracia de Dios, cada día hacen de cada contradicción un paso más en el crecimiento de la fe y de la esperanza. Nosotros, ¿por qué no? ¿Es que no sentimos dentro de nosotros el deseo de amar al Señor con todo el pensamiento, con todas las fuerzas, con toda el alma?

Uno de los grandes ejemplos de valentía y de fe, lo tenemos en María, Auxilio de los cristianos, Reina de los confesores. Al pie de la Cruz supo mantener en pie la luz de la fe... ¡que se hizo resplandeciente en el día de la Resurrección!

Estaba en un centro para abortar cuando se produjo el «milagro»: dos sucesos que lo cambiaron todo

Alonna posa feliz con sus gemelas Lilly y Eve / The Catholic Spirit

Estaba en un centro para abortar cuando se produjo el «milagro»: dos sucesos que lo cambiaron todo

Alonna posa feliz con sus gemelas Lilly y Eve / The Catholic Spirit

Alonna Mertz es a día de hoy madre de dos niñas gemelas que están a punto de cumplir dos años. Y esta joven estadounidense considera un auténtico milagro el hecho de que estén vivas, pues ella se encontraba ya tumbada en la camilla de una clínica abortista dispuesta a acabar con sus vidas cuando dos hechos extraordinarios sucedieron: el llanto de un bebé al otro lado del centro y el hecho de que una de las máquinas aparentemente dejara de funcionar en aquel instante.

Fue entonces cuando supo que su bebé tenía y debía nacer. Salió del abortorio, lloró y más adelante acudió a pedir ayuda a un centro provida. Hoy es una madre feliz con sus dos pequeñas.

El testimonio de esta joven, que recoge The Catholic Spirit, es llamativo puesto que siendo adolescente Alonna acudía a centros abortista pero como activista provida. Sin embargo, el desarrollo de su vida, su relación con un hombre con valores opuestos a los de ella y la llegada inesperada de un embarazo provocaron en ella ansiedad, soledad y terror.

"Había demasiada distancia entre Dios y yo"

Alonna cuenta que “en ese momento había demasiada distancia entre Dios y yo como para escuchar al Espíritu Santo”. Cuando descubrió que estaba embarazada en junio de 2017 en un principio no se lo dijo a nadie, ni a aquel novio. Simplemente pidió cita para un aborto.


Confiesa que lloró mucho cuando vio el positivo y que le dio mucha pena su bebé. Pero a oscuras por la situación que vivía sólo pensaba que un niño no podía nacer en un ambiente en el que los padres no se querían. “No podía soportar esa realidad”, afirma.

Esta joven reconoce que era muy consciente de la “gran desconexión” que existía entre lo que había crecido creyendo sobre el aborto y lo que se disponía  a hacer con su bebé ya que incluso llegó a ser voluntaria en el pasado en un centro provida.

Una vez en la sala de espera del abortorio escuchó el llanto de un bebé, algo que lo cambió todo. “Fue solo una fracción de segundo, pero fue un llanto diferente que provenía de la parte posterior de la clínica. Miré y pude ver que otras mujeres también lo habían escuchado, porque todas miraron hacía allá”, relata.

"Sabes que es un bebé"

El llanto de este bebé provocó en Alonna un pensamiento muy claro: “Esto es un bebé. Sabes que es un bebé”.

En ese instante la llamaron para someterse a una ecografía para confirmar el estado del embarazo.  Sin embargo, el técnico no lograba encontrar nada con el aparato, ni una imagen ni un latido. Parecía que se hubiera estropeado por lo que le dijeron que pidiera cita para otro día.

En vez de enfadarse o agobiarse por ese contratiempo sintió “alivio”, salió al aparcamiento y lloró durante más de veinte minutos. Supo que no quería matar a su hijo, no sabía todavía que serían dos, y rápidamente buscó un centro provida.

"Un milagro"

Una semana después fue a este lugar y esta vez sí se realizó una ecografía que mostró rápidamente “un latido inmediato, muy fuerte”. Y entonces vio una intervención divina a todo lo que ocurrió en el centro abortista.

“Fue un milagro. Esas niñas eran queridas y protegidas incluso de mí. Entonces supe que esto sería especial”, agregó. Y justamente después conoció que no venía una hija sino dos.


La ayuda provida

Una vez decidida a luchar y salir adelante con este doble embarazo tocaba contárselo a la gente y pedir ayuda, incluida una amiga provida que había conocido años antes, Theresa Evans.

Mertz también se lo dijo a su novio. Volvieron un tiempo, incluso tras el nacimiento del bebé, pero finalmente acabaron dejándolo. Y esta joven pidió ayuda a su amiga provida. Y los padres de ella, católicos y también provida, no dudaron en acogerla a ella y sus dos pequeñas.

"Caí pero el Señor trajo algo bueno de eso"

Ahora ella tiene su propio apartamento en el sótano. Y esta familia, padres de seis hijos ya mayores, están encantados de que haya niños cerca.

"Estoy muy agradecida de compartir esta (historia), de haber sanado y pasado por lo que he pasado con las niñas. Caí, pero el Señor trajo algo bueno de eso. Y no habría sido tan milagroso si no hubiera caído", cuenta Alonna.

Por ello,  afirma haber aprendido sobre la "misericordia y la humildad" a través de esta experiencia, y ahora está preparada para ayudar a otras que pasan por dificultades similares.

Fuente: Religión en Libertad

viernes, 31 de enero de 2020

Santo Evangelio 31 de enero 2020



Día litúrgico: Viernes III del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mc 4,26-34): En aquel tiempo, Jesús decía a la gente: «El Reino de Dios es como un hombre que echa el grano en la tierra; duerma o se levante, de noche o de día, el grano brota y crece, sin que él sepa cómo. La tierra da el fruto por sí misma; primero hierba, luego espiga, después trigo abundante en la espiga. Y cuando el fruto lo admite, en seguida se le mete la hoz, porque ha llegado la siega».

Decía también: «¿Con qué compararemos el Reino de Dios o con qué parábola lo expondremos? Es como un grano de mostaza que, cuando se siembra en la tierra, es más pequeña que cualquier semilla que se siembra en la tierra; pero una vez sembrada, crece y se hace mayor que todas las hortalizas y echa ramas tan grandes que las aves del cielo anidan a su sombra». Y les anunciaba la Palabra con muchas parábolas como éstas, según podían entenderle; no les hablaba sin parábolas; pero a sus propios discípulos se lo explicaba todo en privado.


«El Reino de Dios es como un hombre que echa el grano (...y) la tierra da el fruto por sí misma»

Rev. D. Jordi PASCUAL i Bancells
(Salt, Girona, España)

Hoy Jesús habla a la gente de una experiencia muy cercana a sus vidas: «Un hombre echa el grano en la tierra (...); el grano brota y crece (...). La tierra da el fruto por sí misma; primero hierba, luego espiga, después trigo abundante en la espiga» (Mc 4,26-28). Con estas palabras se refiere al Reino de Dios, que consiste en «la santidad y la gracia, la Verdad y la Vida, la justicia, el amor y la paz» (Prefacio de la Solemnidad de Cristo Rey), que Jesucristo nos ha venido a traer. Este Reino ha de ser una realidad, en primer lugar, dentro de cada uno de nosotros; después en nuestro mundo.

En el alma de cada cristiano, Jesús ha sembrado —por el Bautismo— la gracia, la santidad, la Verdad... Hemos de hacer crecer esta semilla para que fructifique en multitud de buenas obras: de servicio y caridad, de amabilidad y generosidad, de sacrificio para cumplir bien nuestro deber de cada instante y para hacer felices a los que nos rodean, de oración constante, de perdón y comprensión, de esfuerzo por conseguir crecer en virtudes, de alegría...

Así, este Reino de Dios —que comienza dentro de cada uno— se extenderá a nuestra familia, a nuestro pueblo, a nuestra sociedad, a nuestro mundo. Porque quien vive así, «¿qué hace sino preparar el camino del Señor (...), a fin de que penetre en él la fuerza de la gracia, que le ilumine la luz de la verdad, que haga rectos los caminos que conducen a Dios?» (San Gregorio Magno).

La semilla comienza pequeña, como «un grano de mostaza que, cuando se siembra en la tierra, es más pequeña que cualquier semilla que se siembra en la tierra; pero una vez sembrada, crece y se hace mayor que todas las hortalizas» (Mc 4,31-32). Pero la fuerza de Dios se difunde y crece con un vigor sorprendente. Como en los primeros tiempos del cristianismo, Jesús nos pide hoy que difundamos su Reino por todo el mundo.