jueves, 7 de noviembre de 2019

Santo Evangelio 7 de noviembre 2019



Día litúrgico: Jueves XXXI del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Lc 15,1-10): En aquel tiempo, todos los publicanos y los pecadores se acercaban a Jesús para oírle, y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Éste acoge a los pecadores y come con ellos». 

Entonces les dijo esta parábola. «¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va a buscar la que se perdió hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, la pone contento sobre sus hombros; y llegando a casa, convoca a los amigos y vecinos, y les dice: ‘Alegraos conmigo, porque he hallado la oveja que se me había perdido’. Os digo que, de igual modo, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión.

»O, ¿qué mujer que tiene diez dracmas, si pierde una, no enciende una lámpara y barre la casa y busca cuidadosamente hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, convoca a las amigas y vecinas, y dice: ‘Alegraos conmigo, porque he hallado la dracma que había perdido’. Del mismo modo, os digo, se produce alegría ante los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta».


«Habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta»

Rev. D. Francesc NICOLAU i Pous 
(Barcelona, España)

Hoy, el evangelista de la misericordia de Dios nos expone dos parábolas de Jesús que iluminan la conducta divina hacia los pecadores que regresan al buen camino. Con la imagen tan humana de la alegría, nos revela la bondad de Dios que se complace en el retorno de quien se había alejado del pecado. Es como un volver a la casa del Padre (como dirá más explícitamente en Lc 15,11-32). El Señor no vino a condenar el mundo, sino a salvarlo (cf. Jn 3,17), y lo hizo acogiendo a los pecadores que con plena confianza «se acercaban a Jesús para oírle» (Lc 15,1), ya que Él les curaba el alma como un médico cura el cuerpo de los enfermos (cf. Mt 9,12). Los fariseos se tenían por buenos y no sentían necesidad del médico, y es por ellos —dice el evangelista— que Jesús propuso las parábolas que hoy leemos.

Si nosotros nos sentimos espiritualmente enfermos, Jesús nos atenderá y se alegrará de que acudamos a Él. Si, en cambio, como los orgullosos fariseos pensásemos que no nos es necesario pedir perdón, el Médico divino no podría obrar en nosotros. Sentirnos pecadores lo hemos de hacer cada vez que recitamos el Padrenuestro, ya que en él decimos «perdona nuestras ofensas...». ¡Y cuánto hemos de agradecerle que lo haga! ¡Cuánto agradecimiento también hemos de sentir por el sacramento de la reconciliación que ha puesto a nuestro alcance tan compasivamente! Que la soberbia no nos lo haga menospreciar. San Agustín nos dice que Jesucristo, Dios Hombre, nos dio ejemplo de humildad para curarnos del “tumor” de la soberbia, «ya que gran miseria es el hombre soberbio, pero más grande misericordia es Dios humilde».

Digamos todavía que la lección que Jesús da a los fariseos es ejemplar también para nosotros; no podemos alejar de nosotros a los pecadores. El Señor quiere que nos amemos como Él nos ha amado (cf. Jn 13,34) y hemos de sentir gran gozo cuando podamos llevar una oveja errante al redil o recobrar una moneda perdida.

Creía que me iba a morir, pero Dios me ayudaba

Las intensas oraciones por Javier dieron su fruto.

A Javier, de 10 años, le detectaron un grave tumor:

 «Creía que me iba a morir, pero Dios me ayudaba»

Las intensas oraciones por Javier dieron su fruto.

El poder de la fe y de la oración está detrás de la sorprendente curación de Javier, un niño aquejado de un tumor en el rostro con muy mal pronóstico. Él mismo y sus padres han contado la historia a Ana Beatriz Becerra en Portaluz:

Sonia Tomás Márquez, oriunda de Valencia (España), es la mamá de Javier y nos cuenta como desde pequeña gustaba mucho de quedarse un rato más en la iglesia para hablar con Dios, pese a que sus padres no eran muy religiosos: “Siempre he tenido una sensibilidad muy grande y yo quería quedarme más tiempo en la iglesia, aunque mis padres no me acompañaban, porque no podían, trabajaban mucho”.
  
Si bien en su familia no le inculcaban las prácticas religiosas, luego de recibir la confirmación comenzó por decisión propia a frecuentar asiduamente la parroquia, hasta formarse como catequista.  Luego de ingresar en una comunidad neocatecumenal conoció a los 18 años a su futuro esposo: “Mi único novio”, puntualiza.  A los 26 y después de haberse consagrado a la Virgen, pese a algunos impedimentos familiares, se casaron: “Nuestra familia pensaba que no hacía falta casarse tan pronto”.

Los hijos, una bendición

Al año de casarse Dios bendijo su matrimonio, nos dice Sonia, con la llegada de Juan, un primer hijo, y luego con dos más, Javier y Carlos. Javier que superó las dificultades de nacer prematuro, a las 32 semanas de gestación, y afrontó a fines de 2018 nuevos problemas, siendo ya un adolescente. Presentaba excesiva mucosidad y dolor de cabeza sin que los médicos pudieren establecer un diagnóstico o aliviar sus síntomas.

Un día en que lo fue a buscar al colegio Sonia quedó estupefacta al verlo, pues “el ojo se le desvió de repente, decía ver doble. Yo me dije: esto qué es y le llevé al oculista”, comenta.


Tras pasar de un profesional a otro, una tomografía permitió diagnosticar que Javier mantenía una masa tumoral que comprimía la zona nasal del rostro. 

Una noche larga en oración

En Valencia los médicos indicaron practicar una biopsia para confirmar bien el diagnóstico: “Esa noche la recuerdo muy larga para mí; como en la lectura de Moisés, yo necesitaba que me sostuvieran los brazos”.  El diagnóstico era grave. Se trataba de un linfoma de Burkitt en estado 4; lo que en este caso significaba que el tumor se había extendido a la mandíbula, pómulos de la cara y también presencias tumorales en tibias e hígado.

Comenzó el tratamiento con pequeñas dosis de quimioterapia. Mientras, Sonia y Rubén oraban sin cesar pidiendo oraciones a parientes y amigos. “Nos trajeron un guante del Padre Pío y la reliquia de la Beata Elena Guerra; la tuvimos con nosotros mientras rezábamos a Dios”.



La religiosa italiana Beata Elena Guerra (1835-1914) es considerada la "abuela" de la Renovación Carismática Católica, por su devoción al Espíritu Santo.

Al cuarto día de tratamiento e incesante oración la prueba dio un resultado más que favorable: “Los médicos se sorprendieron porque se había reducido el tumor más de un 20%”.

La oración mueve montañas 

A partir del cuarto ciclo fue evidente la mejoría… para sorpresa de los médicos: “Después del cuarto ciclo le iban a hacer la prueba para ver cómo estaba, saber cuánto se había reducido el tumor. La sorpresa fue que se había reducido completamente, era como si su cuerpo nunca hubiera tenido un tumor”.

Por su parte Rubén Esparta, el padre del niño, agradece a Dios el poder de su gracia que escuchó la oración: “Ahora, pasada la enfermedad de Javier, mi hermano y mi cuñado, que no son creyentes, han estado los dos rezando por Javier, igual que mis padres y suegros que también están rezando todos los días por Javier, eso que hacía años que no rezaban, desde que eran pequeños”, comenta.

Testigo de Dios Padre

A pesar del temor que puede a muchos causar la muerte, Javier confidencia que en aquellos días “no” sintió rabia ni recriminó a Dios. “Él es mi Padre”, dice con entereza el jovencito, afirmando que siempre sintió su presencia: “Yo creía que me iba a morir, pero al final me dijeron que no.  En un principio me sentí triste pero luego me sentí alegre porque sabía que Dios me ayudaba en eso”. 

¿Cuál es la clave en esta historia? Nos lo cuenta el propio niño: siempre que le llevaban la comunión, confidencia Javier, “sentía una gran mejoría y un gran consuelo… Estoy muy tranquilo y alegre porque sé que Dios me ayudó y porque ya estoy mejor, yo no estaba sólo”. 
  
¿Tú les hablas a tus compañeros de Dios?, le preguntamos. Y nos responde: “Sí, pues la mayoría de mis amigos no creen en Dios, y yo en especial a mi mejor amigo que tengo sí que le hablo". 

Para los niños que pudieren estar sufriendo alguna enfermedad Javier, de diez años, les da una palabra de aliento: “Que no teman porque Dios está con ellos y les puede curar”, señala con voz serena.

Fuente: Religión en Libertad

miércoles, 6 de noviembre de 2019

Santo evangelio 6 de noviembre 2019



Día litúrgico: Miércoles XXXI del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Lc 14,25-33): En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo: «Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Quien no lleve su cruz detrás de mí no puede ser discípulo mío.

»Así, ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo: "Este hombre empezó a construir y no ha sido capaz de acabar". ¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que le ataca con veinte mil? Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz. Lo mismo vosotros: el que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío.»


«Quien no lleve su cruz detrás de mí no puede ser discípulo mío»

Rev. D. Joan GUITERAS i Vilanova 
(Barcelona, España)

Hoy contemplamos a Jesús en camino hacia Jerusalén. Allí entregará su vida para la salvación del mundo. «En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús» (Lc 14,25): los discípulos, al andar con Jesús que les precede, deben aprender a ser hombres nuevos. Ésta es la finalidad de las instrucciones que el Señor expone y propone a quienes le siguen en su ascensión a la “Ciudad de la paz”.

Discípulo significa “seguidor”. Seguir las huellas del Maestro, ser como Él, pensar como Él, vivir como Él... El discípulo convive con el Maestro y le acompaña. El Señor enseña con hechos y palabras. Han visto claramente la actitud de Cristo entre el Absoluto y lo relativo. Han oído de su boca muchas veces que Dios es el primer valor de la existencia. Han admirado la relación entre Jesús y el Padre celestial. Han visto la dignidad y la confianza con la que oraba al Padre. Han admirado su pobreza radical.

Hoy el Señor nos habla en términos claros. El auténtico discípulo ha de amar con todo su corazón y toda su alma a nuestro Señor Jesucristo, por encima de todo vínculo, incluso del más íntimo: «Si alguno viene conmigo y no pospone (…) incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío» (Lc 14,26-27). Él ocupa el primer lugar en la vida del seguidor. Dice san Agustín: «Respondamos al padre y a la madre: ‘Yo os amo en Cristo, no en lugar de Cristo’». El seguimiento precede incluso al amor por la propia vida. Seguir a Jesús, al fin y al cabo, comporta abrazar la cruz. Sin cruz no hay discípulo.

La llamada evangélica exhorta a la prudencia, es decir, a la virtud que dirige la actuación adecuada. Quien quiere construir una torre debe calcular si podrá afrontar el presupuesto. El rey que ha de combatir decide si va a la guerra o pide la paz después de considerar el número de soldados de que dispone. Quien quiere ser discípulo del Señor ha de renunciar a todos sus bienes. ¡La renuncia será la mejor apuesta!

¿Cómo ser misioneros hoy? «Si la Iglesia no anuncia se convierte en una asociación espiritual»

El Papa Francisco bendice a una mujer durante su visita a Bangladesh en 2017

¿Cómo ser misioneros hoy? «Si la Iglesia no anuncia se convierte en una asociación espiritual»

El Papa Francisco bendice a una mujer durante su visita a Bangladesh en 2017

Durante el pasado mes de octubre la Iglesia ha celebrado el Mes Extraordinario Misionero y como colofón a este tiempo en el que el Papa ha querido colocar la misión como elemento central se ha publicado el libro entrevista con Francisco titulado Sin Él no podemos hacer nada’. Una conversación sobre ser misioneros en el mundo de hoy.

Editado por la Librería Editorial Vaticana y por San Pablo, el periodista de la agencia Fides Gianni Valente conversa con el Papa eclesial “sobre el anuncio del Evangelio en el mundo actual”.

Durante su pontificado, Francisco en su magisterio insistentes referencias a la naturaleza propia de la misión de la Iglesia en el mundo. Por ejemplo, el Pontífice ha repetido muchas veces que el anuncio del Evangelio no es “proselitismo”, y que la Iglesia crece “por atracción” y “por testimonio”. Este es un extracto del libro-entrevista que recoge Vatican News:

- Usted ha contado que de joven quería ser misionero en Japón. ¿Se puede decir que el Papa es un misionero frustrado?

- No lo sé. Me uní a los jesuitas porque me llamaba la atención su vocación misionera, su constante ir hacia las fronteras. Entonces no pude ir a Japón. Pero siempre advertí que anunciar a Jesús y su Evangelio implica siempre un cierto salir y ponerse en camino.

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- Usted siempre repite: “Iglesia en salida”. La expresión es reutilizada por muchos y, a veces, parece haberse convertido en un eslogan manoseado, a disposición de aquellos que, cada vez más, dedican su tiempo a dar lecciones a la Iglesia sobre cómo debe o no debe ser.

- “Iglesia en salida” no es una expresión de moda que yo me inventé. Es el mandato de Jesús, que en el Evangelio de Marcos pide a los suyos que vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio “a toda criatura”. La Iglesia o es “en salida” o no es Iglesia. O está en el anuncio o no es la Iglesia. Si la Iglesia no sale, se corrompe, se desnaturaliza. Se convierte en otra cosa.

- ¿En qué se convierte una Iglesia que no anuncia y no sale?

- Se convierte en una asociación espiritual. Una multinacional para lanzar iniciativas y mensajes de contenido ético-religioso. Nada malo, pero no es la Iglesia. Esto es un riesgo para cualquier organización estática en la Iglesia. Se termina por domar a Cristo. Ya no das testimonio de aquello que hace Cristo, sino que hablas en nombre de una cierta idea de Cristo. Una idea poseída y domesticada por ti. Tú organizas las cosas, te conviertes en el pequeño empresario de la vida eclesial, donde todo sucede según un programa establecido, es decir, solo para ser seguido según las instrucciones. Pero el encuentro con Cristo no vuelve a ocurrir. El encuentro que te había tocado el corazón al principio ya no se repite.

- ¿Es la misión en sí misma un antídoto contra todo esto? ¿Basta la voluntad y el esfuerzo de “salir” en misión para evitar estas distorsiones?

- La misión, la “Iglesia en salida”, no son un programa, una intención que se realiza con el esfuerzo de la voluntad. Es Cristo quien hace que la Iglesia salga de sí misma. En la misión de anunciar el Evangelio, te mueves porque el Espíritu Santo te empuja y te lleva. Y cuando llegas, te das cuenta de que Él ha llegado antes que tú, y te está esperando. El Espíritu del Señor ha llegado antes. Él se adelanta, también para preparar tu camino, y ya está trabajando.

- En un encuentro con las Obras Misionales Pontificias, usted sugirió que leyeran los Hechos de los Apóstoles, como texto habitual de la oración. El relato de los comienzos, y no un manual de estrategia misionera “moderna”. ¿Por qué es eso?

- Los protagonistas de los Hechos de los Apóstoles no son los apóstoles. El protagonista es el Espíritu Santo. Los Apóstoles lo reconocen y dan fe de ello primero. Cuando comunican a los hermanos de Antioquía las indicaciones establecidas en el Concilio de Jerusalén, escriben: “Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros”. De hecho, ellos reconocían con realismo que era el Señor quien añadía diariamente a la comunidad “aquellos que se salvaban”, y no los esfuerzos de persuasión de los hombres.

- ¿Y ahora es como entonces? ¿No ha cambiado nada?

- La experiencia de los apóstoles es como un paradigma válido para siempre. Basta pensar en cómo en los Hechos de los Apóstoles las cosas suceden libremente, sin forzarlas. Es una trama, una historia de hombres en la que los discípulos siempre llegan en segundo lugar, siempre vienen después del Espíritu Santo que actúa. Él prepara y trabaja los corazones. Altera sus planes. Es él quien los acompaña, los guía y los consuela en todas las circunstancias que se encuentran viviendo. Cuando llegan los problemas y las persecuciones, el Espíritu Santo también actúa allí, de una manera aún más sorprendente, con su solaz, con sus consuelos. Como sucede después del primer martirio, el de san Esteban.

- ¿Qué sucedió entonces?

- Comenzó un tiempo de persecución, y muchos discípulos huyeron de Jerusalén, fueron a Judea y Samaria. Y allí, mientras estaban dispersos y fugitivos, comenzaron a proclamar el Evangelio, aunque estaban solos y no estaban con ellos los apóstoles, que se habían quedado en Jerusalén. Son bautizados, y el Espíritu Santo les da el coraje apostólico. Allí vemos por primera vez que el bautismo es suficiente para convertirse en anunciadores del Evangelio. La misión es esa cosa de ahí. La misión es Su obra. Es inútil ponerse nervioso. No necesitamos organizarnos, no necesitamos gritar. No sirven trucos ni estratagemas. Solo sirve pedir que podamos rehacer hoy la experiencia que te hace decir:  “Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros”.

- Y si no existe tal experiencia, ¿qué sentido tienen las llamadas a la movilización misionera?

- Sin el Espíritu, querer hacer la misión se convierte en otra cosa. Se convierte, diría yo, en un proyecto de conquista, la pretensión de una conquista que realizamos nosotros. Una conquista religiosa, o quizás ideológica, quizás también hecha con buenas intenciones. Pero es otra cosa.

- Citando al Papa Benedicto XVI, usted repite a menudo que la Iglesia crece por atracción. ¿Qué quiere decir con eso? ¿Quién atrae? ¿Quién es atraído?

- Jesús lo dice en el Evangelio de Juan. “Cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí”. Y en el mismo Evangelio dice también: “Nadie viene a mí si el Padre que me envió no lo atrae”. La Iglesia siempre ha reconocido que esta es la forma propia de todo movimiento que acerca a Jesús y al Evangelio. No una convicción, un razonamiento, un tomar conciencia. No una presión ni una constricción. Siempre es una cuestión de atracción. Ya el profeta Jeremías decía: “Tú me sedujiste, y yo me dejé seducir”. Y esto es válido para los mismos apóstoles, para los mismos misioneros y para su trabajo.

- ¿Cómo ocurre lo que acaba de describir?

- El mandato del Señor de salir y proclamar el Evangelio presiona desde dentro, por amor, por atracción amorosa. No se sigue a Cristo, y menos aún se llega a ser anunciador de él y de su Evangelio, por una decisión tomada en una mesa, por un activismo autoinducido. Incluso, el impulso misionero solo puede ser fructífero si acontece dentro de esta atracción y la transmite a los demás.

- ¿Cuál es el significado de estas palabras en relación con la misión y el anuncio del Evangelio?

- Significa que si Cristo te atrae, si te mueves y haces las cosas porque eres atraído por Cristo, otros lo notarán sin esfuerzo. No hay necesidad de demostrarlo, y mucho menos de exhibirlo. En cambio, quien se cree protagonista o empresario de la misión, con todos sus buenos propósitos y declaraciones de intenciones, a menudo termina sin atraer a nadie.

- En la Carta Apostólica Evangelii gaudium, usted reconoce que todo esto puede “producirnos cierto vértigo”. Como el de alguien que se sumerge en un mar donde no sabe lo que van a encontrar. ¿Qué cosa busca sugerir con esta imagen? ¿Estas palabras también se refieren a la misión?

- La misión no es un proyecto corporativo ya bien probado. Menos es un espectáculo organizado para contar cuántas personas participan gracias a nuestra propaganda. El Espíritu Santo obra como quiere, cuando quiere y donde quiere. Y esto puede implicar un cierto vértigo. Pero el culmen de la libertad descansa precisamente en este dejarse llevar por el Espíritu, renunciando a calcularlo y controlarlo todo. Es precisamente en esto que imitamos al mismo Cristo, que en el misterio de su resurrección aprendió a descansar en la ternura de los brazos del Padre. La misteriosa fecundidad de la misión no consiste en nuestras intenciones, nuestros métodos, nuestros impulsos y nuestras iniciativas, sino que descansa precisamente en este vértigo: el vértigo que se siente ante las palabras de Jesús cuando dice: “sin mí no pueden hacer nada”.

- A usted también le gusta repetir que la Iglesia crece “por el testimonio”. ¿Qué sugerencia busca dar con esta insistencia?

- El hecho de que la atracción se hace testimonio en nosotros. El testigo da testimonio de la obra que Cristo y su Espíritu han realizado realmente en su vida. Después de la Resurrección, es Cristo mismo quien se hace visible a los apóstoles. Es él quien hace que ellos sean testigos. Además, el testimonio no es acerca de los propios actos, se es testigo de las obras del Señor.

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- Otra cosa que usted repite a menudo, en este caso en clave negativa, es que la Iglesia no crece a través del proselitismo y que la misión de la Iglesia no es el proselitismo. ¿Por qué tanta insistencia? ¿Es para salvaguardar las buenas relaciones con las otras iglesias y el diálogo con las tradiciones religiosas?

- El problema del proselitismo no es solo el hecho de que contradice el camino ecuménico y el diálogo interreligioso. Hay proselitismo en todos aquellos lugares donde está la idea de hacer crecer la Iglesia, sin la atracción de Cristo ni de la obra del Espíritu, centrándolo todo en cualquier tipo de “discurso sabio”. Así que, como primera cosa, el proselitismo excluye a Cristo mismo de la misión, y al Espíritu Santo, aun cuando diga que habla y actúa en el nombre de Cristo, de una manera nominalista. El proselitismo es siempre violento por naturaleza, incluso cuando se oculta o se ejerce con guantes. No puede soportar la libertad y la gratuidad con que la fe puede ser transmitida, por gracia, de persona a persona. Por esta razón, el proselitismo no es solo el del pasado, de los tiempos del antiguo colonialismo, o de conversiones forzadas o compradas con la promesa de ventajas materiales. Puede haber proselitismo incluso hoy en día, incluso en parroquias, comunidades, movimientos, en las congregaciones religiosas.

- Y entonces, ¿qué significa proclamar el Evangelio?

- El anuncio del Evangelio significa entregar con palabras sobrias y precisas el testimonio mismo de Cristo, como lo hicieron los apóstoles. Pero no sirve inventar discursos persuasivos. El anuncio del Evangelio también se puede susurrar, pero siempre pasa por la fuerza abrumadora del escándalo de la cruz. Y sigue siempre el camino indicado en la Carta del apóstol san Pedro, que consiste simplemente en “dar razón” a los demás de la propia esperanza. Una esperanza que sigue siendo escandalosa e insensata a los ojos del mundo.

- ¿Qué identifica al “misionero” cristiano?

- Un rasgo distintivo es el de actuar como facilitadores, y no como controladores de la fe. Facilitar, hacerlo fácil, no ponernos como obstáculos del deseo de Jesús de abrazar a todos, de sanar a todos, de salvar a todos. No hacer selecciones, no hacer “aduanas pastorales”. No jugar el rol de los que se ponen en la puerta para comprobar si otros tienen los requisitos para entrar. Recuerdo a los párrocos y a las comunidades de Buenos Aires que habían tomado muchas iniciativas para facilitar el acceso al bautismo. Se habían dado cuenta de que en los últimos años estaba aumentando el número de los que no eran bautizados por tantas razones, incluso sociológicas, y quisieron recordar a todos que el bautismo es algo sencillo, que todos pueden pedir, para sí mismos y para sus hijos. El camino tomado por esos párrocos y por esas comunidades fue uno solo: no añadir cargas, no poner reclamos, quitar del medio cualquier dificultad cultural, psicológica o práctica que pudiese empujar a la gente a posponer o abandonar la intención de bautizar a sus hijos.

En América, al principio de la evangelización, los misioneros discutían quién era “digno” de recibir el bautismo. ¿Cómo terminaron esas disputas?

- El Papa Pablo III rechazó las teorías de aquellos que afirmaban que los indígenas eran por naturaleza “incapaces” de aceptar el Evangelio y confirmó la opción de aquellos que facilitaban su bautismo. Parecen cosas del pasado, pero aun hoy existen círculos y sectores que se presentan como “ilustrados”, iluminados, y que también encierran el anuncio del Evangelio en sus lógicas distorsionadas que dividen el mundo entre “civilización” y “barbarie”. La idea de que el Señor tenga entre sus predilectos también muchas “cabecitas negras” los irrita, los pone de mal humor. Consideran a una buena parte de la familia humana como una entidad de clase inferior, incapaz, según sus estándares, de alcanzar niveles decentes en la vida espiritual e intelectual. Sobre esta base se puede desarrollar un desprecio por los pueblos considerados de segunda clase. Todo esto también surgió en el Sínodo de los Obispos sobre la Amazonía.

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- Varios tienden a colocar en clave dialéctica el anuncio claro de la fe y las obras sociales. Dicen que la misión no debe reducirse al apoyo a las obras sociales. ¿Es una preocupación legítima?

- Todo lo que está en el horizonte de las Bienaventuranzas y de las obras de misericordia está de acuerdo con la misión, es ya anuncio, es ya misión. La Iglesia no es una ONG, la Iglesia es otra cosa. Pero la Iglesia es también un hospital de campaña, donde todos son acogidos, así como son, se sanan las heridas de todos. Y esto es parte de su misión. Todo depende del amor que mueve el corazón de quien hace las cosas. Si un misionero ayuda a cavar un pozo en Mozambique, porque se dio cuenta de que sirve a aquellos a quienes bautiza y a quienes predica el Evangelio, ¿cómo se puede decir que esa obra está separada del anuncio?

- ¿Cuáles son hoy las nuevas atenciones y sensibilidades que hay que ejercer en los procesos encaminados a hacer fecunda la proclamación del Evangelio en los diferentes contextos sociales y culturales?

- El cristianismo no tiene un modelo cultural único. Como reconoció Juan Pablo II, «permaneciendo plenamente uno mismo, en total fidelidad al anuncio evangélico y a la tradición eclesial, llevará consigo también el rostro de tantas culturas y de tantos pueblos en que ha sido acogido y arraigado». El Espíritu Santo embellece a la Iglesia con las nuevas expresiones de las personas y comunidades que abrazan el Evangelio. Así la Iglesia, asumiendo los valores de las diferentes culturas, se convierte en “sponsa ornata monilibus suis”, “la novia que se adorna con sus joyas”, de la que habla el profeta Isaías. Es cierto que algunas culturas han estado estrechamente vinculadas a la predicación del Evangelio y al desarrollo del pensamiento cristiano. Pero en el tiempo que vivimos, se hace aún más urgente tener en cuenta que el mensaje revelado no se identifica con ninguna cultura. Y en el encuentro con nuevas culturas o con culturas que no han acogido la predicación cristiana, no se debe tratar de imponer una cierta forma cultural junto con la propuesta evangélica. Hoy en día, incluso en el trabajo misionero, es todavía más conveniente no llevar un equipaje pesado.

- Misión y martirio. A menudo usted se ha referido al vínculo íntimo que une estas dos experiencias.

- En la vida cristiana, la experiencia del martirio y el anuncio del Evangelio a todos tienen el mismo origen, la misma fuente: cuando el amor de Dios derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo da fuerza, valor y consuelo. El martirio es la máxima expresión del reconocimiento y de testimonio dado a Cristo, que representan el cumplimiento de la misión, del trabajo apostólico. Siempre pienso en los hermanos coptos masacrados en Libia, que pronunciaban el nombre de Jesús en un susurro mientras eran decapitados. Pienso en las Hermanas de la Santa Madre Teresa asesinadas en Yemen, mientras cuidaban a pacientes musulmanes en una residencia para ancianos con discapacidades. Cuando las mataron, tenían sus delantales de trabajo sobre sus hábitos religiosos. Todos son vencedores, no “víctimas”. Y su martirio, hasta el derramamiento de sangre, ilumina el martirio que todos pueden sufrir en la vida diaria, con el testimonio dado a Cristo cada día. Es lo que se puede ver cuando se visitan las casas de reposo de misioneros ancianos, a menudo desgastados por la vida que llevaron. Un misionero me dijo que muchos de ellos pierden la memoria y ya no recuerdan nada del bien que hicieron. “Pero no importa -me dijo-, porque en cambio el Señor recuerda esto muy bien”.

Fuente: Religión en Libertad

martes, 5 de noviembre de 2019

Santo Evangelio 5 de noviembre 2019



Día litúrgico: Martes XXXI del tiempo ordinario


Texto del Evangelio (Lc 14,15-24): En aquel tiempo, dijo a Jesús uno de los que comían a la mesa: «¡Dichoso el que pueda comer en el Reino de Dios!». Él le respondió: «Un hombre dio una gran cena y convidó a muchos; a la hora de la cena envió a su siervo a decir a los invitados: ‘Venid, que ya está todo preparado’. Pero todos a una empezaron a excusarse. El primero le dijo: ‘He comprado un campo y tengo que ir a verlo; te ruego me dispenses’. Y otro dijo: ‘He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas; te ruego me dispenses’. Otro dijo: ‘Me he casado, y por eso no puedo ir’.

»Regresó el siervo y se lo contó a su señor. Entonces, airado el dueño de la casa, dijo a su siervo: ‘Sal en seguida a las plazas y calles de la ciudad, y haz entrar aquí a los pobres y lisiados, y ciegos y cojos’. Dijo el siervo: ‘Señor, se ha hecho lo que mandaste, y todavía hay sitio’. Dijo el señor al siervo: ‘Sal a los caminos y cercas, y obliga a entrar hasta que se llene mi casa’. Porque os digo que ninguno de aquellos invitados probará mi cena».


«Sal a los caminos y cercas, y obliga a entrar hasta que se llene mi casa»

Rev. D. Joan COSTA i Bou 
(Súria, Barcelona, España)

Hoy, el Señor nos ofrece una imagen de la eternidad representada por un banquete. El banquete significa el lugar donde la familia y los amigos se encuentran juntos, gozando de la compañía, de la conversación y de la amistad en torno a la misma mesa. Esta imagen nos habla de la intimidad con Dios trinidad y del gozo que encontraremos en la estancia del cielo. Todo lo ha hecho para nosotros y nos llama porque «ya está todo preparado» (Lc 14,17). Nos quiere con Él; quiere a todos los hombres y las mujeres del mundo a su lado, a cada uno de nosotros.

Es necesario, sin embargo, que queramos ir. Y a pesar de saber que es donde mejor se está, porque el cielo es nuestra morada eterna, que excede todas las más nobles aspiraciones humanas —«ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman» (1Cor 2,9) y, por lo tanto, nada le es comparable—; sin embargo, somos capaces de rechazar la invitación divina y perdernos eternamente el mejor ofrecimiento que Dios podía hacernos: participar de su casa, de su mesa, de su intimidad para siempre. ¡Qué gran responsabilidad!

Somos, desdichadamente, capaces de cambiar a Dios por cualquier cosa. Unos, como leemos en el Evangelio de hoy, por un campo; otros, por unos bueyes. ¿Y tú y yo, por qué somos capaces de cambiar a aquél que es nuestro Dios y su invitación? Hay quien por pereza, por dejadez, por comodidad deja de cumplir sus deberes de amor para con Dios: ¿Tan poco vale Dios, que lo sustituimos por cualquier otra cosa? Que nuestra respuesta al ofrecimiento divino sea siempre un sí, lleno de agradecimiento y de admiración.

Andrea, de la pobreza a la adopción: amaba a Dios, pero el dolor vivido la alejaba de la Virgen


Andrea, de la pobreza a la adopción: amaba a Dios, pero el dolor vivido la alejaba de la Virgen

En Medjugorje nació para Andrea la posibilidad de la adopción. 

Andrea es una joven encantadora de 26 años que vive en Valencia. La he conocido recientemente a través de Facebook, un poco casualmente, pues compartimos unos cien contactos.

Ha estudiado para auxiliar de enfermería y atención a personas en situación de dependencia. He aprovechado su disponibilidad para dar a conocer el testimonio de una vida consagrada y bendecida por la Virgen María, dado que ella soñaba que alguien publicara un relato sobre su vida, para darle gracias a Dios y a Ella.

Es uno de los niños (olvidados) de la Generación Perdida de los años 90 en Rumanía. Unas 170.000 almas fueron abandonadas en los orfanatos del país después de la Revolución. Treinta mil niños fueron adoptados y sus historias descubiertas por el Observatorio en la Campaña de Generación Perdida están saliendo a la luz.

En el verano de 2015 le hicieron a Andrea una entrevista para Info Familia Libre, respecto de su adopción, pero en esta ocasión, más que una entrevista clásica a modo de preguntas y respuestas, he preferido, en base a unas cuestiones que le he planteado, que sea ella misma la que nos lo cuente. Andrea desea que pueda dar fruto su historia ayudando a aquellos que han sufrido el abandono, la pobreza, soledad, tristeza y desesperanza … para confiar más en Dios.

Os dejo con su relato.

Un abandono forzoso a los cinco meses de nacer

Hola, amigos de ReL. Voy a empezar a contaros lo más importante de mi historia…

En Medjugorje nació para Andrea la posibilidad de la adopción.

Nací en Târnăveni (ciudad del centro de Rumanía, comarca Mureş), y estuve con mi madre biológica hasta los cinco meses. 

Por las circunstancias de pobreza que mi madre presentaba, y otros acontecimientos delicados, mi madre tuvo que dejarme en un orfanato, y pase seis años allí.  Una de las razones de mi abandono, aparte de la pobreza, era el peligro que yo corría. Mi abuela materna, que vivía donde yo nací, fue asesinada por su segunda pareja. Por ello mi madre corría el riesgo de que lo fuera también. Ella estaba embarazada de mí y la pobreza también le hizo decidir esta decisión. Creo que ahí Dios estuvo fuerte conmigo.  En el peligro me cuidó especialmente. Cuando me lo contó mi madre lloré muchísimo, porque entendí que Dios quería protegerme.

Mi experiencia de soledad y desesperanza era muy grande, pues veía el mundo con tristeza, sin padres. La vida me mostró mi mayor sufrimiento, la soledad oscura y el grito de un alma que buscaba conocer lo que era amar y sentirse amada. Con la pobreza que había en el orfanato, aquello consumía más todo mi ser.

Medjugorje, clave para la decisión de ser adoptada

Mis padres adoptivos fueron a Medjugorje antes de adoptarme. No tenían pensado adoptar. De vuelta a España, pararon en Rumanía y conocieron a una mujer española y le preguntaron a ella a qué iba a ese país y les dijo que a adoptar a un niño. Eso a mis padres les tocó el corazón y por ello quisieron adoptarme. Yo tenía seis años. Que desearan adoptarme fue una verdadera salvación. Era como volver a nacer, como otro mundo, y aunque tenía miedo de lo desconocido sabía que algo bueno tendría que venir. Dicen que tras las adversidades se aproxima algo grande.


Andrea a los seis años de edad.

Mi vida con Dios fue una maduración progresiva en ir teniendo una verdadera identidad. Antes, en mi niñez, había un vacío, que me marcó toda la vida. No había sido consciente de ello, pues cuando vas creciendo solo quieres vivir y ser feliz, pero había algo en mi interior que me creaba interrogantes.

Mi infancia en España

Crecí en España en un colegio católico, y conforme iba progresando mis interrogantes cada vez se hacían más grandes. Era muy feliz con la familia que Dios me había regalado, pero el problema, como dije, era mi interioridad, que estaba vacía y, a la vez, dolorida.

Dios me regaló el deseo de pedir crecer en la fe, de esa unión con Dios que siempre te sostiene en los momentos de no entender realmente por qué sufrimos, pero sé que Él estaba ahí para acariciar el corazón mío, tan sufrido de mi niñez. 

Mi tiempo de conversión fue difícil. Siempre tenía en mi mente el deseo de encontrar el sentido de la vida, buscando a Dios para así conocerme a mí misma. Me preguntaba constantemente quién era yo realmente. 

Fui descubriendo que era la persona más feliz porque empecé a conocer la verdadera alegría en la familia. Esa unión ya jamás se rompería. Fue algo nuevo para mí y sorprendente, porque empecé a tener la vivencia de sonreír siempre día a día, amar y ser amada. Eso para mí era lo más importante y vital.

Sin embargo, mi relación con la Virgen era nula. Cuando eres una criatura abandonada te queda ese signo que piensas que jamás se irá. Mi dolor era muy fuerte para que yo pudiera amar a la Virgen, era inevitable.

El deseo de conocer mi historia

Entonces empecé a comprender que mi pasado me gritaba. Ese deseo de conocer mi historia y mi identidad me hizo plantearme porqué ese pasado sufrido no se iba y revivía en mí. Podría seguir caminando en el presente, pero mi pasado me perseguía como una sombra. Adonde iba estaba ahí esa voz que me decía que buscara el sentido de mi vida y mi conocimiento personal. 

Aquí viene la parte más delicada. A los 24 años me planteé mirar hacia atrás, pero no para volver a revivirlo, sino más bien para cambiar ese pasado de sufrimiento a algo que ni yo sabía lo que podría pasar. 

Solo pensaba en que no sería bueno volver atrás, porque sufriría más. Temía que eso sería como volver a revivirlo y quitarme tiempo de mi presente. 

Pero era un gran deseo que era fuerte y supe que en todo lo que se me fuera a presentar en la decisión que tomara, Dios estaría conmigo. 

En el año de la Misericordia del 2016 me estaba preparando para la JMJ de Polonia, pero sabía que antes tenía que hacer algo, que algo me llevaría en ese viaje. 

Me planteé buscar mis orígenes, no supe de mi familia durante 24 años, y viajar en esta aventura dolorida sencillamente era para mí la necesidad de ver ante mis ojos ese sufrimiento y afrontar como fuera ese dolor. 

Ese miedo no podía frenarme.

Contacté con las autoridades de Rumanía y una asociación para que me ayudaran a buscar mis orígenes. 

Yo pensé en todo lo peor, que ya no vivirían, que todo estaría perdido y que a lo mejor no tenía ningún sentido buscar. 

El encuentro

Pero algo curioso me sucedió: la asociación, que tanto me apoyó en todo momento, encontró a una mujer que decía ser mi madre. 

Yo no me lo podía creer, pues justo estaba en el viaje de Polonia y para mí fue un impacto emocional. 

Cuando me llamaron y por primera vez escuché a mi madre biológica el mundo se me paró, rompí a llorar, esas lágrimas de descanso, de saber que ella estaba bien, que todo lo que yo sufría por dentro se iría purificando poco a poco.

Claro está que tuve que dar la noticia a mi familia adoptiva, pues para ellos yo ya sabía que sería un gran dolor recibir esta noticia de que encontré mis orígenes, y ahí entendí lo mucho que me quieren, que ese amor que ellos me habían dado durante 18 años jamás cambiaría por una sencilla búsqueda para purificarme: era un amor tan grande con mi familia de España, que era muy consciente de cuál era mi sitio y dónde estaba mi vida. 

Después de un año que empecé a conocer a mi madre biológica por las redes sociales, empecé a plantearme hacer un viaje allí, y compartirlo con mi familia adoptiva.

Y así sucedió, jamás pensé que esto se cumpliría, pero la fuerza venía de Dios, yo sola no sería capaz de hacerlo. 

Mi viaje a Rumanía me hizo entender el valor del perdón, de la Misericordia y de la purificación de ambos corazones, el mío y el de mi madre biológica. 


Andrea, con su madre biológica y algunos de sus hermanos.

Abracé ese gran dolor que me mataba toda la vida, y perdoné a mi madre para yo vivir con paz y que mi corazón pudiera descansar en la reconciliación de la Virgen María.

Ahí mismo mi corazón se transformó de un odio a la Virgen a un amor reconciliado. 

Francisco: “Una Iglesia sin la Virgen es un orfanato”

Toda mi vida supe, y hasta mi conversión, que solo Dios vivía en mí y yo de Él. Dicen que cuando eres salvada de un sufrimiento vas viviendo lo que es el amor. Me sentí amada por unos padres que me dieron la oportunidad de volver a vivir, de volver a nacer. Eso fue lo que sentí que Dios me dio a través suyo. Al menos así lo creo yo. Nunca hubo temas personales que me separaran de ese amor que yo les tenia a mis padres adoptivos.

Pero el problema no eran ellos, sino más bien yo. Cuando uno vive lo que viví en ese sufrimiento, necesita salir de ese vacío que solo uno mismo lo siente. Mi vacío con la Virgen era enorme: cada vez que iba a una iglesia y miraba el rostro de esa mujer que tanto desconocía, la Virgen, era misterioso y a la vez doloroso, pues me producía en mi interior un gran odio hacia ella.

Pero mi Fe en Dios, que siempre he conservado, era lo más preciado y único que me mantenía en pie y sabía que con su amor hacia mí nada podía romperme. Pero esa  niña que evitaba el rostro de la Virgen sentía soledad, y con el recuerdo de saber que era esa huérfana para ella, no podía verla como alguien existencial y menos como una madre.

Hubo un mensaje del papa Francisco que me dejó sin aliento: "Una Iglesia sin la Virgen es un orfanato".

Para mí fue un golpe fuerte de decepción, como un insulto, algo así como: ‘’Mira, criatura, tú estás con Dios, pero necesitas a tu Madre celestial’’. Eso fue lo que sentí dentro al saber que esa iglesia que interiormente vivía era un orfanato: la vergüenza de conocer este lema tan impactante me mató por dentro.

Cada vez que llegaba la festividad de la Virgen, para mí no era una fiesta, pues más bien era volver a retroceder a ese momento de abandono.

Una vez, una mujer consagrada me dijo que por qué odiaba a la Virgen, y entonces fue cuando ella me propuso la consagración a la Virgen según San Luis María Grignon de Montfort. Yo no dejaba de decirme a mí misma que Ella no existía. Cuando le dije que no la podía mirar comprendí que realmente sí creía en su existencia. Le respondí a aquella consagrada: “Una madre de verdad no abandonaría a su hija, y no se queda callada viendo esa soledad y desesperanza de un ser terrenal.”

Sabía que mi pobreza interior necesitaba acogerse solamente a Dios, para sentirme mirada con misericordia, como nos mira a todos en nuestras vidas.

Entonces aquella mujer me hizo una reflexión que se me marcó como algo personal. Me dijo: “Mira esa estatua (la Virgen), ¿qué ves en ella?”  Yo le dije: “Nada”.

Me acercó después a la cruz y me dijo: “Y aquí, ¿qué ves?”. Dije: “Todo, vida, sentido, y un amor incondicional”.


Entonces la consagrada me dijo: “Mira a la madre de Jesús, ¿crees que ella no sufrió por su hijo, que lo azotaran, crucificaran, y muriese en la cruz? Le quitaron lo más preciado que fue para ella, su hijo.”

Entonces algo despertó en mi interior, entendí que Ella misma también sufrió de que le arrebataran a su hijo, y sentir que no tenía a su hijo en sus brazos fue para ella un abandono.

Una bendición amorosa de una belleza inexplicable

Mi vida me ha enseñado que no hay océano que pueda ahogarnos cuando existe la esperanza de que Dios nos salva de nuestras miserias, de esa pobreza sufrida. 

Yo pensaba en mi niñez que el Cielo me había abandonado, que nunca vería el sol y que nunca conocería la felicidad. 

Esta historia para mi es una verdadera bendición de salvación, de perdón y misericordia. 

No hay nada más bello que ese amor que nunca muere. Dios nos ama en todas las circunstancias de nuestras vidas, pero sobre todo nuestras propias miserias. 

Es increíble cómo en nuestras adversidades crece una gran belleza que no se puede explicar. 

Fuente: Religión en libertad

lunes, 4 de noviembre de 2019

Santo Evangelio 4 de noviembre 2019



Día litúrgico: Lunes XXXI del tiempo ordinario


Texto del Evangelio (Lc 14,12-14): En aquel tiempo, Jesús dijo también a aquel hombre principal de los fariseos que le había invitado: «Cuando des una comida o una cena, no llames a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a tus vecinos ricos; no sea que ellos te inviten a su vez, y tengas ya tu recompensa. Cuando des un banquete, llama a los pobres, a los lisiados, a los cojos, a los ciegos; y serás dichoso, porque no te pueden corresponder, pues se te recompensará en la resurrección de los justos».


«Cuando des un banquete, llama a los pobres, (...) porque no te pueden corresponder, pues se te recompensará en la resurrección de los justos»

Fr. Austin Chukwuemeka IHEKWEME 
(Ikenanzizi, Nigeria)

Hoy, el Señor nos enseña el verdadero sentido de la generosidad cristiana: el darse a los demás. «Cuando des una comida o una cena, no llames a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a tus vecinos ricos; no sea que ellos te inviten a su vez, y tengas ya tu recompensa» (Lc 14,12).

El cristiano se mueve en el mundo como una persona corriente; pero el fundamento del trato con sus semejantes no puede ser ni la recompensa humana ni la vanagloria; debe buscar ante todo la gloria de Dios, sin pretender otra recompensa que la del Cielo. «Al contrario, cuando des un banquete, llama a los pobres, a los lisiados, a los cojos, a los ciegos; y serás dichoso, porque no te pueden corresponder, pues se te recompensará en la resurrección de los justos» (Lc 14,13-14).

El Señor nos invita a darnos incondicionalmente a todos los hombres, movidos solamente por amor a Dios y al prójimo por el Señor. «Si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a los pecadores para recibir lo correspondiente» (Lc 6,34).

Esto es así porque el Señor nos ayuda a entender que si nos damos generosamente, sin esperar nada a cambio, Dios nos pagará con una gran recompensa y nos hará sus hijos predilectos. Por esto, Jesús nos dice: «Más bien, amad a vuestros enemigos; haced el bien, y prestad sin esperar nada a cambio; y vuestra recompensa será grande, y seréis hijos del Altísimo» (Lc 6,35).

Pidamos a la Virgen la generosidad de saber huir de cualquier tendencia al egoísmo, como su Hijo. «Egoísta. —Tú, siempre a “lo tuyo”. —Pareces incapaz de sentir la fraternidad de Cristo: en los demás, no ves hermanos; ves peldaños (...)» (San Josemaría).