lunes, 4 de noviembre de 2019

Prescindía de Dios, Le maldijo en la desgracia... pero obedeció la petición en sueños que la salvó


Suzanne recibió, en sueños y en vigilia, dos peticiones coincidentes: reza.

Quien se confía a Él no tropezará jamás»

Prescindía de Dios, Le maldijo en la desgracia... pero obedeció la petición en sueños que la salvó

Suzanne recibió, en sueños y en vigilia, dos peticiones coincidentes: reza.

La conversión de Suzanne Carine muestra la importancia de ser dócil a las inspiraciones de Dios, aunque puedan llegar en el peor momento y de formas misteriosas, y ser recibidas sin esperanza. Lo cuenta ella misma en L'1visible:

Quien se confía a Dios no tropezará jamás

Durante mucho tiempo solo pensaba en divertirme. Me lo pasé muy bien, sin que, la verdad, me preocupase otra cosa que no fuese mi pequeña persona. Pero bueno, así es como yo vivía antes, sin el menor temor de Dios. Además, ¡yo ni siquiera sabía quién era Dios! Sí, me habían bautizado al nacer, pero ese bautismo recibido cuando era muy pequeña no tenía importancia alguna a mis ojos. No podía comprender lo que era. Al levantarme por las mañanas rezaba un Padrenuestro y un Avemaría, de forma mecánica y sin darle importancia. Ni siquiera sabía lo que significaban esas palabras.

“Ponte a rezar”

Me encontré con Dios tras la muerte del padre de mi hijo. Murió repentinamente. Vino a visitarme un momento y, media hora después de irse, recibí una terrible llamada. Al otro lado del teléfono me dijeron que había muerto en un accidente de carretera. Nuestro hijo solo tenía nueve meses. Pasé los días siguientes extremadamente afectada. Maldije a Dios. Le gritaba: “¿Por qué has hecho esto? ¡No tienes derecho a hacerme esto!”

Después de que me diesen la noticia de su muerte, caí profundamente enferma, me hundí en una depresión. Me dije que la vida ya no valía la pena de ser vivida. Una noche, tuve un sueño en el que mi abuela, que también había muerto y a quien nunca había conocido (se llama Suzanne, como yo) me dijo: “Escucha, mañana te vas a levantar, vas a coger el rosario -y si no tienes vas a comprar uno-, y ponte a rezar el Avemaría”.



Poco tiempo después, mi padre, por su parte, me dijo: “Escucha, siempre te lo he dicho. Suzanne, hay que rezar. Estamos ahí, cerca de ti, pero ponte a rezar”. A partir de ese momento le entregué mi vida a Dios. Era muy difícil al principio, porque ¡ya no Le soportaba! No tenía fe, ¡y le había maldecido tanto después de lo que me había pasado! Sin embargo, poco a poco, comencé a poner mi vida en sus manos. Iba a rezar a la iglesia, asistía a las novenas, y mi padre estaba ahí para ayudarme. Poco a poco, comencé a ver las maravillas que nos ofrece el Señor. Después de haber cubierto todas esas etapas con la ayuda de Dios, puedo afirmar: “Es maravilloso, y quien se confía a Él no tropezará jamás”.

“Lo Eterno me tocó”

Lo que ha cambiado en mí es esta apertura, esta llamada a recibir y a dar. Sin duda me he vuelto a cerrar durante estas pruebas, estaba resentida. Hoy me siento abierta a recibir, a dar, a acoger, algo que no me pasaba antes. Lo Eterno realmente me ha tocado para que todo eso cambe.

Intento ayudar a la gente lo más posible, ¡en todo caso mucho más que antes! Dios, a mis ojos, es mi prójimo, es ese enfermo a quien ayudo, esa persona que sufre. Los buenos días que le doy a una persona, a cualquier persona con la que me encuentre, aunque no la conozca, sin saber quién es… ¡es a Dios a quien se los transmito!

Fuente: Religión en Libertad

domingo, 3 de noviembre de 2019

Santo Evangelio 3 de Noviembre 2019



Día litúrgico: Domingo XXXI (C) del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Lc 19,1-10): En aquel tiempo, entró Jesús en Jericó y atravesaba la ciudad. Un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de distinguir quién era Jesús, pero la gente se lo impedía, porque era bajo de estatura. Corrió más adelante y se subió a una higuera, para verlo, porque tenía que pasar por allí. Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y dijo: «Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa». 

El bajó en seguida, y lo recibió muy contento. Al ver esto, todos murmuraban diciendo: «Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador». Pero Zaqueo se puso en pie, y dijo al Señor: «Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más». Jesús le contestó: «Hoy ha sido la salvación de esta casa; también éste es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido».


«Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa»

Rev. D. Joaquim MESEGUER García 
(Rubí, Barcelona, España)

Hoy, la narración evangélica parece como el cumplimiento de la parábola del fariseo y el publicano (cf. Lc 18,9-14). Humilde y sincero de corazón, el publicano oraba en su interior: «Oh Dios, ten compasión de mí, que soy un pecador» (Lc 18,13); y hoy contemplamos cómo Jesucristo perdona y rehabilita a Zaqueo, el jefe de publicanos de Jericó, un hombre rico e influyente, pero odiado y despreciado por sus vecinos, que se sentían extorsionados por él: «Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa» (Lc 19,5). El perdón divino lleva a Zaqueo a convertirse; he aquí una de las originalidades del Evangelio: el perdón de Dios es gratuito; no es tanto por causa de nuestra conversión que Dios nos perdona, sino que sucede al revés: la misericordia de Dios nos mueve al agradecimiento y a dar una respuesta.

Como en aquella ocasión Jesús, en su camino a Jerusalén, pasaba por Jericó. Hoy y cada día, Jesús pasa por nuestra vida y nos llama por nuestro nombre. Zaqueo no había visto nunca a Jesús, había oído hablar de Él y sentía curiosidad por saber quién era aquel maestro tan célebre. Jesús, en cambio, sí conocía a Zaqueo y las miserias de su vida. Jesús sabía cómo se había enriquecido y cómo era odiado y marginado por sus convecinos; por eso, pasó por Jericó para sacarle de ese pozo: «El Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido» (Lc 19,10). 

El encuentro del Maestro con el publicano cambió radicalmente la vida de este último. Después de haber oído el Evangelio, piensa en la oportunidad que Dios te brinda hoy y que tú no debes desaprovechar: Jesucristo pasa por tu vida y te llama por tu nombre, porque te ama y quiere salvarte, ¿en qué pozo estás atrapado? Así como Zaqueo subió a un árbol para ver a Jesús, sube tú ahora con Jesús al árbol de la cruz y sabrás quien es Él, conocerás la inmensidad de su amor, ya que «elige a un jefe de publicanos: ¿quién desesperará de sí mismo cuando éste alcanza la gracia?» (San Ambrosio).

Zaqueo era un mal ricachón

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ZAQUEO ERA UN MAL RICACHÓN

Por Antonio García-Moreno

1.- COMPASIÓN. - Señor, el mundo entero es ante Ti como un grano de arena en la balanza, como una gota de rocío mañanero que cae sobre la tierra. Tu grandeza es infinita. Tú estás por encima de los más lejanos e invisibles sistemas planetarios, estás dentro de los componentes ínfimos del átomo. Lo que es un misterio para la inteligencia de los hombres, es para ti una realidad clara y sencilla.

Es lógico que desde tu majestad suprema mires compasivamente a este pobrecito pigmeo que es el hombre. Y que te sientas inclinado a perdonar su absurda soberbia. Lo mismo que nosotros nos sentimos inclinados a comprender las mil ocurrencias y travesuras de un niño pequeño.

Tu compasión no tiene límites porque ante todo eres Amor. Por eso cierras los ojos a los pecados de los hombres, disimulas y esperas. Confiando que algún día ese niño travieso caiga en la cuenta de tu infinito cariño por él, y deje de ofenderte quebrantando tu Ley.

Otras veces cambias de táctica. Y en lugar de cerrar los ojos y de disimular, coges al niño en tus brazos y le das una azotaina. Tratas de corregirle poco a poco, recordándole tu deseo de que se enmiende, de que cambie de actitud y no siga haciendo fechorías.

Quieres que el niño no corra peligro, que no se arriesgue tontamente a perder su vida. Por eso le recuerdas su falta. Haces que la conciencia se le despierte, que el niño se dé cuenta de que está obrando mal... Sería absurdo pensar que intentas fastidiarnos cuando Tú, a través de lo que sea, nos recuerdas que estamos obrando mal. No, tú sólo buscas nuestro bien. Tú sólo deseas que no sigamos recorriendo un triste camino que termina en la muerte definitiva. Tú, compasivo hasta el infinito, nos llamas con paciencia, nos castigas suavemente, o duramente, pero sólo para que nuestra fe se reavive, sólo para que volvamos nuestros ojos hacia los tuyos e imploremos perdón.

2.- ¿IGLESIA DE LOS POBRES? Se ha venido insistiendo en ciertos sectores en hablar de la Iglesia de los pobres, de modo a veces exclusivista. Se ha considerado que sólo aquellos que nada, o muy poco tienen, son dignos de la atención y el desvelo de la Iglesia. Con ello se ha caído en un defecto que se quería combatir, el concebir a la Iglesia como una sociedad clasista. Si antes se consideraba que la Iglesia era sólo de los ricos, ahora se pensaría que sólo era de y para los pobres.

Como es lógico, ambas concepciones son parciales y extrañas a la mente de su fundador, nuestro Señor Jesucristo. Sólo se podría hablar de la Iglesia de los pobres en el caso de concebir la pobreza en su verdadero y evangélico sentido, la pobreza que consiste en necesitar a Dios, la indigencia del que se siente pecador y necesitado del perdón divino, o la del que se ve pequeño y débil y recurre al Señor como única fuerza capaz de salvarle, en definitiva se trata de la pobreza del que nada tiene y todo lo espera del Padre eterno. De ahí que en el Evangelio se diga que Cristo ha venido para salvar a los pecadores, o también que es preciso ser como niños para entrar en el Reino, o dichosos los pobres porque de ellos es el Reino de los cielos.

Un caso ilustrativo de esta doctrina es el caso de Zaqueo, que hoy nos presenta el Evangelio del día. Era un mal ricachón que amontonó riquezas a costa de los demás. Él mismo lo reconoce cuando habla de compensar a quienes ha defraudado. Ese reconocimiento de su condición de pecador, esa necesidad que sentía del perdón divino, era precisamente su pobreza, la actitud de humildad profunda que Jesús admira y bendice. Por eso, el Señor se compadeció de él, por eso se hospedó en su casa, ante el escándalo de quienes consideran un baldón entrar en la casa de un pecador semejante. Ante la cercanía del Señor, Zaqueo comprende su lastimosa situación y se arrepiente de sus pecados de una forma sincera y valiente. Promete ante todos devolver con creces lo que había robado, pues comprende que sin restitución no hay perdón para quien se queda con lo ajeno. Además promete entregar la mitad de sus bienes a los pobres.

Había comprendido el verdadero interés de Jesucristo por los pobres, había entendido en poco tiempo, que era imposible ser discípulo del Señor y no preocuparse de remediar las necesidades de los demás. Es la misma doctrina que la Iglesia ha venido pregonando a lo largo de su historia, es la misma preocupación por las necesidades de los pobres, que ha vivido el corazón de tantos cristianos que han sabido practicar la justicia y la caridad con aquellos que tenían necesidad de ser remediados. En ese sentido se puede hablar de la Iglesia de los pobres, ya que ellos siempre han ocupado un lugar importante en la vida de la Iglesia, manifestada sobre todo en esas instituciones y órdenes religiosas que se han volcado, y se vuelcan, en los necesitados. Pero ello no nos puede inducir a despreciar a nadie, y menos a los que carecen de los bienes más importantes, los de la comprensión y del perdón divino.

sábado, 2 de noviembre de 2019

Santo Evangelio 2 de noviembre 2019



Día litúrgico: 2 de Noviembre: Conmemoración de todos los fieles difuntos

Texto del Evangelio (Lc 23,33.39-43): Cuando los soldados llegaron al lugar llamado Calvario, crucificaron allí a Jesús y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Uno de los malhechores colgados le insultaba: «¿No eres tú el Cristo? Pues ¡sálvate a ti y a nosotros!». Pero el otro le respondió diciendo: «¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena? Y nosotros con razón, porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio, éste nada malo ha hecho». Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino». Jesús le dijo: «Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso».


«Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino»

Fra. Agustí BOADAS Llavat OFM 
(Barcelona, España)

Hoy, el Evangelio evoca el hecho más fundamental del cristiano: la muerte y resurrección de Jesús. Hagamos nuestra, hoy, la plegaria del Buen Ladrón: «Jesús, acuérdate de mí» (Lc 23,42). «La Iglesia no ruega por los santos como ruega por los difuntos, que duermen en el Señor, sino que se encomienda a las oraciones de aquéllos y ruega por éstos», decía san Agustín en un Sermón. Una vez al año, por lo menos, los cristianos nos preguntamos sobre el sentido de nuestra vida y sobre el sentido de nuestra muerte y resurrección. Es el día de la conmemoración de los fieles difuntos, de la que san Agustín nos ha mostrado su distinción respecto a la fiesta de Todos los Santos. 

Los sufrimientos de la Humanidad son los mismos que los de la Iglesia y, sin duda, tienen en común que todo sufrimiento humano es de algún modo privación de vida. Por eso, la muerte de un ser querido nos produce un dolor tan indescriptible que ni tan sólo la fe puede aliviarlo. Así, los hombres siempre han querido honrar a los difuntos. La memoria, en efecto, es un modo de hacer que los ausentes estén presentes, de perpetuar su vida. Pero sus mecanismos psicológicos y sociales amortiguan los recuerdos con el tiempo. Y si eso puede humanamente llevar a la angustia, cristianamente, gracias a la resurrección, tenemos paz. La ventaja de creer en ella es que nos permite confiar en que, a pesar del olvido, volveremos a encontrarlos en la otra vida.

Una segunda ventaja de creer es que, al recordar a los difuntos, oramos por ellos. Lo hacemos desde nuestro interior, en la intimidad con Dios, y cada vez que oramos juntos, en la Eucaristía, no estamos solos ante el misterio de la muerte y de la vida, sino que lo compartimos como miembros del Cuerpo de Cristo. Más aún: al ver la cruz, suspendida entre el cielo y la tierra, sabemos que se establece una comunión entre nosotros y nuestros difuntos. Por eso, san Francisco proclamó agradecido: «Alabado seas, mi Señor, por nuestra hermana, la muerte corporal».

No te dejaré solo






No te dejaré solo


        Querido amigo: Aquí estoy de nuevo a tu lado con esta carta en la que quiero hablarte de ese interés Mío de no dejarte nunca solo. Es posible que hayas pensado alguna vez que no te hago caso porque no te contesto a la primera, o no te doy lo que me pides. Seguro que has sentido la dura experiencia de la soledad. Te comprendo perfectamente porque Yo también la sentí. Recuerdas que me sentía muy sólo en la Oración del Huerto, y no digamos en la Cruz, cuando salieron de mi alma divina, y de mi boca humana, aquellas palabras que muchos todavía no entendéis: PADRE, ¿POR QUÉ ME HAS ABANDONADO?  Tenía que sufrir hasta el máximo por amor a ti y a todos los hombres. Y hay un dolor más fuerte que el físico. Es el dolor espiritual de no sentir consuelo, ni palabras de alivio, ni descanso en un tormento que nadie podrá sentir igual. Son muchísimos los hombres que sufren dolores extremos, y soledades abrumadoras… es verdad. Pero Yo era Dios despojado, por Voluntad del Padre, y para salvar a los hombres, de todo el poder divino, de la grandeza de la Gloria, de la alabanza de los cielos. Sólo me acompañó el llanto de mi Madre María, y de Juan y otras mujeres… Mi Padre Dios quiso que todos comprendierais hasta qué punto ama al hombre, que retira el consuelo a su propio Hijo cuando más lo necesitaba. Ya sé que para ti esto es un Misterio, pero fue una realidad.

         Pero ni el Padre y Yo te dejaremos solo a ti. Ya pagué yo por los pecados de tantas soledades extremas que la humanidad ha padecido por falta de amor fraterno.  No te niego que sufras muchas veces decepciones, abandonos e infidelidades. Tampoco te oculto que Nuestra compañía no se hace siempre palpable y milagrosa. Estoy ahí a tu lado. Sé lo que estás sufriendo. Conozco tus problemas personales, familiares, laborales, económicos… No ignoro que a veces esas situaciones duras te pueden quitar la paz, e incluso que te llegue la tentación de la desesperación. La naturaleza humana es muy limitada y hay momentos que no puede más, y corre peligro de romperse. Pero no lo olvides, Yo estoy a tu lado. Nunca te dejaré sólo con tu mal, ni con tu problema. Estoy a la cabecera de cada enfermo, junto a los marginados y desechados de la sociedad, en las casas de los que no tienen qué comer, en los desahuciados por la medicina, en los pobres que han caído por debilidad, o por cobardía, en el sida y en tantas enfermedades, fruto muchas veces del desorden moral. Sí, estoy donde hay una hambruna, y una epidemia, y un terremoto, y un accidente de carretera, y un crimen… Y estoy ofreciendo la ayuda de la Gracia, extendiendo la mano para que se agarren los que se hunden, mirando a los ojos de los descreídos y desamorados… Pero hay algo que no quiero violar: LA LIBERTAD DE CADA UNO. Y también quiero que sepas que con mi dolor no se quitó el dolor del mundo, la Cruz sigue plantada en medio de la vida. Y es que hay algo más que el bienestar del cuerpo, y es la santidad del alma.

         Ya sé que me vas a decir que muchos se pierden por no saber encajar sobrenaturalmente el dolor. ¡Cuántas ofensas recibo por parte de aquellos que no aceptan la más mínima contrariedad! ¡Cuántas blasfemias debo soportar de aquellos que no aceptan el fracaso, la humillación, el revés de la vida! Pero que sepan que no están solos, aunque piensen que Dios los ha abandonado, y no creen en ese Dios que no remedia todos los males.

         Amigo mío, si todo lo tuviéramos que resolver a base de milagros qué fácil sería todo. Pronto vendría el total abandono del esfuerzo, la dejadez y el egoísmo más despreciable. El hombre sería como el niño mimado a quien todo se lo dan resuelto. Y cuando llega la hora de la verdad, y tiene que enfrentarse con la realidad de la vida, se derrumba.  No lo olvides, la vida es una lucha constante contra todas las adversidades que surgen cuando menos lo esperas. LA TIERRA NO ES EL CIELO. Esta es la equivocación de muchos. La tierra es imperfecta. El hombre es imperfecto. Tú estás sometido a las limitaciones de la propia naturaleza. ¿Qué es lo que ha cambiado? Que todo eso es SANTIFICABLE, SANTIFICANTE, SANTIFICADOR. Y precisamente con todo ese sufrimiento que te va acompañando en tu caminar por el mundo, tú te vas ganando el cielo con la ayuda de Mi Gracia. Porque Yo estoy contigo, camino a tu lado, no te dejo sólo nunca.

     Quiero terminar la carta haciéndote un encargo importante: dile a todos los que se sienten desgraciados, que para Mí son felices, bienaventurados, si junto al dolor ponen amor y confianza. La Cruz hay que llevarla cada día. Es algo de lo que nadie está exento. Pero dile a todos los que viven su vía crucis particular que Yo estoy con ellos, como un cirineo que quiere aliviar el peso del dolor, y acompañar a cada uno hasta el final de la carrera, hasta el calvario que todos tenéis que afrontar. Tú diles que YO NUNCA OS DEJARÉ SOLOS. ESTARÉ SIEMPRE CON VOSOTROS HASTA EL FINAL.  Pero diles que se lo crean de verdad. Tu amigo 


Jesús



Por la trascripción
Juan García Inza

viernes, 1 de noviembre de 2019

Santo Evangelio 1 de Noviembre 2019



Día litúrgico: 1 de Noviembre: Todos los Santos

Texto del Evangelio (Mt 5,1-12a): En aquel tiempo, viendo Jesús la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos».


«Alegraos y regocijaos»

Mons. F. Xavier CIURANETA i Aymí Obispo Emérito de Lleida 
(Lleida, España)

Hoy celebramos la realidad de un misterio salvador expresado en el “credo” y que resulta muy consolador: «Creo en la comunión de los santos». Todos los santos, desde la Virgen María, que han pasado ya a la vida eterna, forman una unidad: son la Iglesia de los bienaventurados, a quienes Jesús felicita: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios» (Mt 5,8). Al mismo tiempo, también están en comunión con nosotros. La fe y la esperanza no pueden unirnos porque ellos ya gozan de la eterna visión de Dios; pero nos une, en cambio el amor «que no pasa nunca» (1Cor 13,13); ese amor que nos une con ellos al mismo Padre, al mismo Cristo Redentor y al mismo Espíritu Santo. El amor que les hace solidarios y solícitos para con nosotros. Por tanto, no veneramos a los santos solamente por su ejemplaridad, sino sobre todo por la unidad en el Espíritu de toda la Iglesia, que se fortalece con la práctica del amor fraterno.

Por esta profunda unidad, hemos de sentirnos cerca de todos los santos que, anteriormente a nosotros, han creído y esperado lo mismo que nosotros creemos y esperamos y, sobre todo, han amado al Padre Dios y a sus hermanos los hombres, procurando imitar el amor de Cristo.

Los santos apóstoles, los santos mártires, los santos confesores que han existido a lo largo de la historia son, por tanto, nuestros hermanos e intercesores; en ellos se han cumplido estas palabras proféticas de Jesús: «Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos» (Mt 5,11-12). Los tesoros de su santidad son bienes de familia, con los que podemos contar. Éstos son los tesoros del cielo que Jesús invita a reunir (cf. Mt 6,20). Como afirma el Concilio Vaticano II, «su fraterna solicitud ayuda, pues, mucho a nuestra debilidad» (Lumen gentium, 49). Esta solemnidad nos aporta una noticia reconfortante que nos invita a la alegría y a la fiesta.

De la discoteca al convento


Autor: Zenit | Fuente: Zenit 
De la discoteca al convento
Después de haberse ganado la vida bailando en los estrados de discotecas, Anna Nobili optó por la vida religiosa y por dedicar su vida a los necesitados, tras culminar un camino personal de conversión.


De la discoteca al convento

De la discoteca al convento: Una joven italiana cuenta su conversión 

ROMA, 9 marzo 2003 (ZENIT.org).- Después de haberse ganado la vida bailando en los estrados de discotecas, Anna Nobili optó por la vida religiosa y por dedicar su vida a los necesitados, tras culminar un camino personal de conversión.

La hermana Anna relató en una entrevista publicada en el último número de «Mondo Voc» --la revista italiana de animación vocacional de los Rogacionistas--, el itinerario que le llevó a ingresar en las Hermanas Operarias de la Sagrada Familia de Nazaret. 

«Comencé a frecuentar las discotecas a los 19 años y continué hasta los 21. Fueron tres años muy intensos durante los cuales perdí totalmente la cabeza. Iba todas las noches y me quedaba hasta las ocho de la mañana», recuerda. 

«Desde medianoche hasta las 4 de la madrugada me exhibía en una discoteca, y desde las 4 hasta las 8 iba a bailar a otra. Viajaba incluso fuera de Milán; por ejemplo, a Amsterdam, donde me quedaba cuatro o cinco días». 

«Buscaba las discotecas más frecuentadas», continúa su relato; «de ahí mis relaciones con los hombres y el uso del alcohol». 

Poco a poco se fue distanciando de esos ambientes. «No sé bien por qué --comenta la hermana Anna--, pero en cierto momento me sentí cerca de la Iglesia. Comencé a ir a misa los domingos y allí lloraba continuamente, sintiendo dentro de mí una presencia diferente». 

«Veía a los jóvenes, que se querían de manera muy sencilla y estaban serenos. Un mundo auténtico, no falso como el que yo frecuentaba», prosigue. 

El paso siguiente fue «un retiro espiritual en Spello, en la ermita de Carlo Carretto. Recé, hice largas meditaciones. Hasta que una tarde, en la plaza de Santa Clara en Asís, contemplando el cielo y la naturaleza, tuve una percepción clara de que Dios es el Creador y nosotros somos sus criaturas». 

«Sentí en el corazón un gozo indescriptible --describe--. Y me puse a bailar. Esta vez no para conquistar a los hombres, sino para agradecer y alabar. Había encontrado lo que buscaba». 

Ahora el proyecto de la religiosa es «vivir el carisma de mi Congregación al servicio, incluso a través de trabajos manuales, de los menos afortunados». 

«El problema no es tanto ir o no ir a las discotecas --constata--, sino dejarse envolver en relaciones humanas insatisfactorias. Vayamos a la discoteca, pero con Jesús». 

«Es normal que los jóvenes busquen sensaciones y que éstas se intensifiquen por la noche. Pero a menudo la vida nocturna se vive como una rebelión que lleva a la perversión», advirtió. 

La Congregación de las Hermanas Operarias de la Sagrada Familia de Nazaret fue fundada en 1900 en el norte de Italia y hoy cuenta con 200 religiosas. El Instituto trabaja en situaciones de marginación, como la recuperación de ex prostitutas, y se ocupa de los problemas relacionados con la inmigración.