lunes, 28 de agosto de 2017

Rebelde de joven, «fracasada» como madre...: «El perdón de los pecados me ha devuelto la dignidad»

Rebelde de joven, «fracasada» como madre...: «El perdón de los pecados me ha devuelto la dignidad»

María del Carmen, 11 hijos: «Jesús salió al encuentro y me quitó la mochila»

Rebelde de joven, «fracasada» como madre...: «El perdón de los pecados me ha devuelto la dignidad»

María del Carmen confiesa que desde muy pequeña se sintió poco querida. Con Dios, sin embargo, eso nunca le pasó.

María del Carmen Blanco es la mayor de cinco hermanos. Creció en una familia católica, formada en los Cursillos de Cristiandad e integrada en una comunidad del Camino Neocatecumenal en Elorrio (Vicaya). En su hogar había conflictos que, para ella, se traducían en un problema que la acompañó durante años: "No me sentía querida".

Guitarras, porros, comisarías...
Y menos cuando empezó a sentir en casa el rechazo a lo que empezó a ser su nueva vida: la calle y los amigos. Tenía solo 13 o 14 años, y todo lo que hasta entonces había sido su existencia familiar empezó a agobiarla. "Me sentía juzgada y exigida, para nada querida", recuerda en conversación con Cristina Casado para Cambio de Agujas (HM Televisión):



Dejó la comunidad del Camino y con su nueva gente llegaron "los porros" y las horas muertas tocando la guitarra en los parques. Una "vida hippy" que incluía la habilidad parar entrar en un comercio y salir de él "con la ropa puesta". Tras un verano en Santander, al regreso a casa había cambiado en muy poco tiempo una cosa en su grupo de amigos: entró la heroína. Se crearon "situaciones muy difíciles" y con el tiempo "murieron casi todos".

Pero María del Carmen continuaba yendo por libre de su casa: se enamoró de un gitano y todo su objetivo en la vida era "estar en una hoguera tocando la guitarra". Tuvo lugar un incidente que "terminó bastante feo" y que no describe, pero que se intuye porque acabó en comisaría. Su relación con Dios era nula, porque le molestaba: "La conciencia te dice las cosas que no haces bien", así que mejor no pensar en ello.

La ayuda del párroco 
Gracias a la ayuda del párroco de Elorrio ("un hombre muy importante en mi vida, estuvo siempre cerca de mí en los momentos más difíciles"), y por medio de "Don Carmelo, que aún no era obispo" [Carmelo Echenagusía, luego auxiliar de Bilbao], la llevaron a una casa para menores que atendían unas religiosas en Bilbao.

Tampoco duró mucho allí: "Toda mi vida me he sentido enjaulada, huyendo de las situaciones que me agobiaban".

Aparece Juan Luis
En torno a la mayoría de edad, Carmen estaba de nuevo en casa pero sin haber variado su actitud. Había vuelto a rezar a raíz del incidente con la policía, pero poco más. Y un día, por una casualidad (él le había "robado" el asiento), conoció a su actual marido, Juan Luis: "Un regalo de Dios, porque ni era mi tipo, ni era de mi entorno, ni yo estaba en mi mejor momento".

A pesar de su alejamiento interior, Carmen invitó a Juan Luis a las catequesis de su comunidad del Camino, que hicieron juntos. Él no quiso entrar en la comunidad, pero a los seis meses, teniendo ella 19 años, se casaron: "Él me respetaba, me dejaba libertad, me sentía querida...".

La suegra, el follón y el accidente
Todo fue "muy bonito" hasta que nació el primer hijo y entonces la intervención de su suegra y el sentirse controlada de nuevo hicieron que regresase "el follón".

Con esa espina de nuevo en su corazón, Juan Luis tuvo un grave accidente de tráfico que le tuvo al borde de la muerte y un mes en el hospital. María del Carmen vio entonces que "la vida se te va en un momento", acudió a la Biblia y siempre que la abría se encontraba con los saludos de San Pablo a las diferentes comunidades, siempre con palabras de ánimo. El párroco le recordaba también una realidad esperanzadora: "Dios no te puede fastidiar ni queriendo".

Cuando Juan Luis se curó, decidieron cambiar: "Abrirnos a la vida, en hijos y en todo". Él entró finalmente en la comunidad.

Familia numerosa
Carmen es madre de once  hijos, y ha sido duro: "Enfermedades, problemas económicos, situaciones difíciles..." También su matrimonio era un problema, porque a pesar del amor ella comprendió que las personas no cambian y que sus diferencias irán a más: "Juan Luis nunca iba a ser el marido que yo había pensado, y esas diferencias con la edad se iban a acentuar".

Sin embargo, adquirió la perspectiva salvadora: "Dejar de rebelarme y patalear siempre y aceptarlo y pedir a Dios que me ayude a aceptarlo como es". Empezó a ver las cosas como "un regalo".

Retiro de Emaús
Carmen  reconoce que ni la Virgen ni los santos le inspiraban devoción, hasta que leyendo una biografía de San Felipe Neri empezó a desear "vivir esa santidad", y leyendo a Santa Faustina Kowalska sintió "envidia de su intimidad con Dios".

Había, sin embargo, otros problemas para ella: "Me hace sufrir muchísimo cómo mis hijos destrozan su vida y no lo ven", explica sin dar más detalles.

Así que se sentía "fracasada como madre, como persona, como mujer, en la comunidad...". Hasta que hizo un "retiro de Emaús" y comprendió en él algo nuevo: "Que a mí lo que me hace sufrir no son mis hijos ni mi marido, sino mis pecados".

El sacramento de la confesión resultó redentor tras alcanzar ese convencimiento: "Jesús salió al encuentro y me quitó la mochila. Me sentí liberada del pecado. El perdón de los pecados es lo que me ha devuelto la dignidad de hija de Dios".

Fuente: Religión en Libertad

domingo, 27 de agosto de 2017

Santo Evangelio 27 de agosto 2017

 

Día litúrgico: Domingo XXI (A) del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 16,13-20): En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús hizo esta pregunta a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?». Ellos dijeron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros, que Jeremías o uno de los profetas». Díceles Él: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Simón Pedro contestó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo». Replicando Jesús le dijo: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos». Entonces mandó a sus discípulos que no dijesen a nadie que Él era el Cristo.


«¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre? (…). Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?»
Rev. D. Joaquim MESEGUER García 
(Sant Quirze del Vallès, Barcelona, España)


Hoy, la profesión de fe de Pedro en Cesarea de Filipo abre la última etapa del ministerio público de Jesús preparándonos al acontecimiento supremo de su muerte y resurrección. Después de la multiplicación de los panes y los peces, Jesús decide retirarse por un tiempo con sus apóstoles para intensificar su formación. En ellos empieza hacerse visible la Iglesia, semilla del Reino de Dios en el mundo.

Hace dos domingos, al contemplar como Pedro andaba sobre las aguas y se hundía en ellas, escuchábamos la reprensión de Jesús: «¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?» (Mt 14,31). Hoy, la reconvención se troca en elogio: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás» (Mt 16,17). Pedro es dichoso porque ha abierto su corazón a la revelación divina y ha reconocido en Jesucristo al Hijo de Dios Salvador. A lo largo de la historia se nos plantean las mismas preguntas: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre? (…). Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (Mt 16,13.15). También nosotros, en un momento u otro, hemos tenido que responder quién es Jesús para mí y qué reconozco en Él; de una fe recibida y transmitida por unos testigos (padres, catequistas, sacerdotes, maestros, amigos…) hemos pasado a una fe personalizada en Jesucristo, de la que también nos hemos convertido en testigos, ya que en eso consiste el núcleo esencial de la fe cristiana. 

Solamente desde la fe y la comunión con Jesucristo venceremos el poder del mal. El Reino de la muerte se manifiesta entre nosotros, nos causa sufrimiento y nos plantea muchos interrogantes; sin embargo, también el Reino de Dios se hace presente en medio de nosotros y desvela la esperanza; y la Iglesia, sacramento del Reino de Dios en el mundo, cimentada en la roca de la fe confesada por Pedro, nos hace nacer a la esperanza y a la alegría de la vida eterna. Mientras haya humanidad en el mundo, será preciso dar esperanza, y mientras sea preciso dar esperanza, será necesaria la misión de la Iglesia; por eso, el poder del infierno no la derrotará, ya que Cristo, presente en su pueblo, así nos lo garantiza.

Rechazó ser obispo, esperaban tres horas por confesar con él... y ofreció 10 consejos para ser santo


Francisco Javier Seelos, misionero redentorista y beato

Rechazó ser obispo, esperaban tres horas por confesar con él... y ofreció 10 consejos para ser santo

El sacerdote Byron Miller, en el santuario consagrado a Seelos en Nueva Orleans, ante el relicario que conserva sus restos y un cuadro del beato.

Rechazó ser obispo, esperaban tres horas por confesar con él... y ofreció 10 consejos para ser santo

El Beato Francisco Javier Seelos (1819-1867), redentorista alemán, fue misionero en Estados Unidos, a donde fue enviado por su orden en 1843. Destacó por el impacto de sus predicaciones y su labor en el confesionario, donde escuchaba confesiones en inglés, francés y alemán. Vivió y murió en olor de santidad y Juan Pablo II le beatificó en el año 2000. Philip Kosloski recoge en Aleteia algunos rasgos de su vida y obra y los consejos que daba para vivir cerca de Dios (los ladillos son de ReL):

Desde una edad temprana, Francisco Seelos manifestó su deseo de entrar en la vida religiosa y hacerse sacerdote. Un día, cuando su madre leía la vida de San Francisco Javier, el pequeño Francisco declaró tajantemente: “Algún día seré un segundo Francisco Javier”.

Seelos fue un joven estudioso que sobresalió en la escuela y terminó siendo aceptado en la Universidad Royal Ludwig Maximilian en Múnich, donde estudió Filosofía. En su tercer año allí empezó sus estudios de Teología, pero entonces volvió a sentir la vocación al sacerdocio.

Fue consciente de la urgente necesidad de sacerdotes misioneros en Estados Unidos que pudieran atender las necesidades de los innumerables inmigrantes alemanes. En este punto, decidió unirse a la Congregación del Santísimo Redentor (redentoristas) y aventurarse hacia Estados Unidos.


Fue aceptado por los redentoristas el 22 de noviembre de 1842 y poco después, el 20 de abril de 1843, se embarcó hacia Nueva York. Con gran parte de su educación teológica completada, Seelos fue ordenado sacerdote poco más de un año más tarde, en 1844.

Conviviendo con un santo 
En 1845, el padre Seelos fue transferido a la parroquia de Santa Filomena en Pittsburgh, que dirigía nada menos que San Juan Neumann. Durante los siguientes seis años, Seelos trabajaría codo con codo con el humilde sacerdote y servirían a los trabajadores inmigrantes alemanes.

Escribió sobre la experiencia de trabajar con un santo viviente: “Yo era su subordinado, pero era más como un hijo que necesitaba ayuda (…); por encima de todo, el ejemplo de sus virtudes sigue vívido en mi memoria, su tierna modestia, su gran humildad y su insuperable paciencia”.

Entonces, San Juan Neumann fue designado obispo de Filadelfia y el padre Seelos asumió la responsabilidad de Santa Filomena como pastor y maestro de novicios.

Colas de tres horas para confesar con él
Después de trabajar en Pittsburgh, Seelos fue transferido a Maryland, donde fue nombrado pastor de San Alfonso en Baltimore. Por entonces, el padre Seelos se hizo famoso por su santidad.

El sitio web para la causa de su canonización explica cómo “su disponibilidad y su innata amabilidad a la hora de entender y responder a las necesidades de los fieles rápidamente le hicieron famoso como experto confesor y director espiritual”. Los penitentes buscaban su consejo tanto que estaban dispuestos a esperar colas de tres horas para recibir de él el sacramento de la confesión.

Una de sus actividades favoritas era enseñar a niños pequeños, algo que él consideraba vital para el futuro de cualquier comunidad parroquial.


Rechazó ser obispo 
Después de Baltimore, Seelos sirvió en parroquias de Cumberland y Annapolis. También era prefecto de estudiantes con los redentoristas y ayudaba a formar a futuros sacerdotes que ejercerían su ministerio en Estados Unidos. Según Franciscan Media, “durante la Guerra Civil, fue a Washington, DC y solicitó al presidente Lincoln que esos estudiantes no fueran reclutados para el servicio militar, aunque con el tiempo algunos sí lo fueron”

El padre Seelos terminó convirtiéndose en predicador itinerante después de rechazar una propuesta para ser el próximo obispo de Pittsburgh. Sirvió a comunidades alemanas en Connecticut, Illinois, Míchigan, Misuri, Nueva Jersey, Nueva York, Ohio, Pensilvania, Rhode Island y Wisconsin. Tuvo un puesto breve en Detroit, Míchigan, pero luego fue asignado a una parroquia en Nueva Orleans.

Sirvió con gran fervor en la parroquia de Santa María de la Asunción, pero resultó ser su último encargo. El padre Seelos contrajo la fiebre amarilla después de atender a personas con la enfermedad.Murió el 4 de octubre de 1867 con 48 años.

Diez consejos prácticos para alcanzar la santidad 
El padre Seelos era conocido por su humildad, simplicidad y generosidad. También escribió 10 consejos prácticos para alcanzar la santidad, que aparecen en el sitio web para su canonización:

1. Ve a misa con la devoción más profunda.

2. Dedica media hora a reflexionar sobre tu principal debilidad y comprométete a evitarla.

3. Haz una lectura espiritual durante al menos 15 minutos al día, si no puedes media hora.

4. Di el Rosario todos los días.

5. También diariamente, si es posible, visita el Santo Sacramento; y al llegar la noche, medita sobre la Pasión de Cristo durante media hora.

6. Concluye el día con una oración nocturna y un examen de conciencia sobre todos tus fallos y pecados del día.

7. Todos los meses haz una revisión del mes en confesión.

8. Escoge un santo patrón especial cada mes e imita alguna virtud especial de ese patrón.

9. Precede toda gran fiesta con una novena, es decir, nueve días de devoción.

10. Intenta empezar y terminar toda actividad con un Ave María.

El padre Seelos fue beatificado en el año 2000 por el papa Juan Pablo II y su día festivo es el 5 de octubre.

sábado, 26 de agosto de 2017

Santo Evangelio 26 de agosto 2017


Día litúrgico: Sábado XX del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 23,1-12): En aquel tiempo, Jesús dijo a la gente y a los discípulos: «En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Haced, pues, y observad todo lo que os digan; pero no imitéis su conducta, porque dicen y no hacen. Atan cargas pesadas y las echan a las espaldas de la gente, pero ellos ni con el dedo quieren moverlas. Todas sus obras las hacen para ser vistos por los hombres; se hacen bien anchas las filacterias y bien largas las orlas del manto; quieren el primer puesto en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, que se les salude en las plazas y que la gente les llame “Rabbí”. 

»Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar “Rabbí”, porque uno solo es vuestro Maestro; y vosotros sois todos hermanos. Ni llaméis a nadie “Padre” vuestro en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre: el del cielo. Ni tampoco os dejéis llamar “Guías”, porque uno solo es vuestro Guía: el Cristo. El mayor entre vosotros será vuestro servidor. Pues el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado».


«El que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado»
Rev. D. Antoni CAROL i Hostench 
(Sant Cugat del Vallès, Barcelona, España)



Hoy, Jesucristo nos dirige nuevamente una llamada a la humildad, una invitación a situarnos en el verdadero lugar que nos corresponde: «No os dejéis llamar “Rabbí” (...); ni llaméis a nadie “Padre” (...); ni tampoco os dejéis llamar “Guías”» (Mt 23,8-10). Antes de apropiarnos de todos estos títulos, procuremos dar gracias a Dios por todo lo que tenemos y que de Él hemos recibido.

Como dice san Pablo, «¿qué tienes que no lo hayas recibido? Y si lo has recibido, ¿a qué gloriarte cual si no lo hubieras recibido?» (1Cor 4,7). De manera que, cuando tengamos conciencia de haber actuado correctamente, haremos bien en repetir: «Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer» (Lc 17,10).

El hombre moderno padece una lamentable amnesia: vivimos y actuamos como si nosotros mismos hubiésemos sido los autores de la vida y los creadores del mundo. Por contraste, causa admiración Aristóteles, el cual —en su teología natural— desconocía el concepto de la “creación” (noción conocida en aquellos tiempos sólo por Revelación divina), pero, por lo menos, tenía claro que este mundo dependía de la Divinidad (la “Causa incausada”). San Juan Pablo II nos llama a conservar la memoria de la deuda que tenemos contraída con nuestro Dios: «Es preciso que el hombre dé honor al Creador ofreciendo, en una acción de gracias y de alabanza, todo lo que de Él ha recibido. El hombre no puede perder el sentido de esta deuda, que solamente él, entre todas las otras realidades terrestres, puede reconocer».

Además, pensando en la vida sobrenatural, nuestra colaboración —¡Él no hará nada sin nuestro permiso, sin nuestro esfuerzo!— consiste en no estorbar la labor del Espíritu Santo: ¡dejar hacer a Dios!; que la santidad no la “fabricamos” nosotros, sino que la otorga Él, que es Maestro, Padre y Guía. En todo caso, si creemos que somos y tenemos algo, esmerémonos en ponerlo al servicio de los demás: «El mayor entre vosotros será vuestro servidor» (Mt 23,11).

Le apasiona el kitesurfing, fue a Cabo Verde a practicarlo y allí le esperaba la vocación sacerdotal


Daniel conoció en ese destino surfero al padre René-Luc, también practicante

Le apasiona el kitesurfing, fue a Cabo Verde a practicarlo y allí le esperaba la vocación sacerdotal

Le apasiona el kitesurfing, fue a Cabo Verde a practicarlo y allí le esperaba la vocación sacerdotal

Daniel hace una sugerente comparación entre el equipo de kitesurfing y las virtudes teologales. Foto: David Richard /Transit /Picturetank

Son varios los sacerdotes franceses que practican el surf y lo utilizan como ocasión de evangelización, desde el padre René-Sebastien Fournié en el Cantábrico (Biarritz) al padre René-Luc Giran en el Mediterráneo (Montpellier). Cuando este último se fue a Cabo Verde a practicar, no sabía que allí le esperaba el que puede ser un futuro sacerdote para su diócesis, como cuenta Benjamin Coste en Famille Chrétienne:

Con su mirada oscura y profunda, su barba incipiente y el cabello negro azabache ondulado como por la brisa marina, Daniel Esquivel Elizondo (Elizondo en francés significa “quien está cerca de Dios”) tiene el físico de un surfista normal y corriente. Equipado con su tabla y su vela de kitesurf, no llama la atención en esta playa de Montpellier. Solo un detalle atrae nuestra atención: la pequeña Cruz que cuelga de su traje. En septiembre próximo, este mexicano de 37 años entrará en el seminario de Toulouse para la diócesis de Montpellier.


Para llegar a Hérault [departamento al que pertenece Montpellier] desde su México natal, el futuro aprendiz de sacerdote ha tenido que surfear numerosas olas. Algunas llevaron y le hicieron avanzar más deprisa. Con otras... se quedó atascado. Con el mar ha mantenido siempre una relación especial. Daniel nació en León, a medio camino entre el océano Pacífico y el océano Atlántico. Guarda un recuerdo “impresionante” de su primer contacto con el elemento marino. “Recuerdo haber adquirido conciencia por primera vez de la profundidad del océano”, explica en un francés perfecto, discretamente modulado por sus orígenes mexicanos. Una experiencia iniciática durante la cual el niño sintió el miedo a lo desconocido y, al mismo tiempo, la llamada a superarlo. “Gracias al mar, viví una auténtica experiencia de superación de mí mismo”.

El océano es el destino veraniego de las vacaciones familiares. Al ganar en confianza, Daniel se encamina hacia una perspectiva lúdica del mar. “Pasaba días eneros escrutando a lo lejos, esperando a ola que podría surfear con mi tabla. Me fascinaba”, evoca, ya consciente del poderío de este elemento ambivalente, “tan atrayente como intimidante, tanto una fuerza para la vida como una fuerza para la muerte”.

Los estudios de Daniel le conducirán lejos del océano y de México. En septiembre de 2000 planta su equipaje en Grenoble (Francia). Ante las montañas siente el mismo respeto que ante el océano. Por la altura, claro, pero también porque “la Creación está llena de la presencia de Dios”, explica un hombre que ha sido católico desde su infancia, pero al mismo tiempo poco arraigado hasta que leyó el libro de Santa Faustina La divina misericordia, que le permitió “comprender con qué amor era amado”.

Del kitesurf al seminario 
“Es el kitesurf el que me condujo a prepararme para el sacerdocio para la diócesis de Montpellier”, bromea Daniel con una gran carcajada, “lo descubrí durante un curso en Bélgica”. Junto con un amigo, se inicia con entusiasmo en esta disciplina “que permite surfear todo el tiempo, sin tener que esperar a una buena ola”.

En 2015, Daniel decide pasar unas vacaciones deportivas en Cabo Verde, uno de los destinos más célebres para esta disciplina, entre los mejores por el viento y los spots para surfear.


En la isla conoce a otros kitesurfers. Entre ellos, un sacerdote: el padre René-Luc, autor de Dieu en plein coeur, fundador de la escuela de misión CapMissio… ¡y acreditado kitesurfer! En tono de broma, el sacerdote le lanza con franqueza: “¡Si quieres servir en una diócesis donde se puede practicar el kite, la mía está reclutando!”. Tras pensarlo, Daniel le toma la palabra y traslada sus maletas a Montpellier.


Una vez sea ordenado sacerdote diocesano, Daniel quiere sobre todo unirse a hombres y mujeres en su vida cotidiana, y le gustaría hacer del kitesurf “un componente de su futuro ministerio”. Para él es una forma de desmitificar la vida del sacerdote: “Entregar tu vida a Dios no quiere decir renunciar a todo. Ser sacerdote también es poner tus pasiones al servicio del Evangelio”.

Gracias al kitesurf, Daniel dice haber progresado en el plano humano: “He aprendido a conocerme mejor, a saber dónde están mis límites. El kite y el mar me han permitido igualmente ganar en coraje, y también en prudencia. A veces, cuando las condiciones del viento son demasiado peligrosas, hay que saber renunciar a meterse en el agua”. Y, simplemente, contemplar la belleza de la Creación: “Dios es tan humilde que se esconde detrás de todo aquello que nos da”.

El kite y las virtudes teologales 
Este kitesurfer ya ha imaginado una catequesis impartida en torno a esta práctica deportiva: “La vela del kite es nuestra fe. Permite capturar el viento del Espíritu, que nos hace avanzar. Esta vela está unida con cuerdas a una barra que se sujeta a un arnés, que es nuestra esperanza. La barra que sujetamos con las manos es nuestra voluntad: nos permite elegir las grandes orientaciones de nuestra vida. En cuanto a la tabla, es la caridad. Sin ella, nos hundimos en los abismos del egoísmo”.

Y, añade, siempre con humor y sentido de la metáfora: “Sin la fe, no se puede practicar kitesurf, sino canoa-kayak. ¿Por qué? ¡Porque uno se pasa el día remando!”.

Traducción de Carmelo López-Arias.

Fuente: Religión en Libertad

viernes, 25 de agosto de 2017

Santo Evangelio 25 de agosto 2017


Día litúrgico: Viernes XX del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 22,34-40): En aquel tiempo, cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había tapado la boca a los saduceos, se reunieron en grupo, y uno de ellos le preguntó con ánimo de ponerle a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley?». Él le dijo: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas».


«Amarás al Señor, tu Dios... Amarás a tu prójimo»
Rev. D. Pere CALMELL i Turet 
(Barcelona, España)


Hoy, el maestro de la Ley le pregunta a Jesús: «¿Cuál es el mandamiento mayor de la Ley?» (Mt 22,36), el más importante, el primero. La respuesta, en cambio, habla de un primer mandamiento y de un segundo, que le «es semejante» (Mt 22,39). Dos anillas inseparables que son una sola cosa. Inseparables, pero una primera y una segunda, una de oro y la otra de plata. El Señor nos lleva hasta la profundidad de la catequesis cristiana, porque «de estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas» (Mt 22,40).

He aquí la razón de ser del comentario clásico de los dos palos de la Cruz del Señor: el que está cavado en tierra es la verticalidad, que mira hacia el cielo a Dios. El travesero representa la horizontalidad, el trato con nuestros iguales. También en esta imagen hay un primero y un segundo. La horizontalidad estaría a nivel de tierra si antes no poseyésemos un palo derecho, y cuanto más queramos elevar el nivel de nuestro servicio a los otros —la horizontalidad— más elevado deberá ser nuestro amor a Dios. Si no, fácilmente viene el desánimo, la inconstancia, la exigencia de compensaciones del orden que sea. Dice san Juan de la Cruz: «Cuanto más ama un alma, tanto más perfecta es en aquello que ama; de aquí que esta alma, que ya es perfecta, toda ella es amor y todas sus acciones son amor».

Efectivamente, en los santos que conocemos vemos cómo el amor a Dios, que saben manifestarle de muchas maneras, les otorga una gran iniciativa a la hora de ayudar al prójimo. Pidámosle hoy a la Virgen Santísima que nos llene del deseo de sorprender a Nuestro Señor con obras y palabras de afecto. Así, nuestro corazón será capaz de descubrir cómo sorprender con algún detalle simpático a los que viven y trabajan a nuestro lado, y no solamente en los días señalados, que eso lo sabe hacer cualquiera. ¡Sorprender!: forma práctica de pensar menos en nosotros mismos.

La aparición de un muerto convirtió al catolicismo a los primos Ingalls de «La casa de la pradera»

La aparición de un muerto convirtió al catolicismo a los primos Ingalls de «La casa de la pradera»

Una historia que arranca en tiempos de la escritora Laura Ingalls...

La aparición de un muerto convirtió al catolicismo a los primos Ingalls de «La casa de la pradera»

Los Ingalls: llegaron en 1974, estuvieron 9 años en antena y dejaron un recuerdo perdurable.

No es preciso haberla visto en su día para identificar sus personajes, porque La casa de la pradera [Little house on the prairie] ha seguido reponiéndose desde que, diez años después de su estreno en 1974, emitiese su último capítulo, y pueden conseguirse en DVD sus episodios. Su intro es sin duda uno de los más célebres de la historia de la televisión.



Michael Landon (1936-1991) fue el factótum de la serie y, con sus largas trenzas y una sonrisa inconfundible, Melissa Gilbert interpretaba a Laura Ingalls Wilder (1867-1957), autora de los libros en los que se inspiró la legendaria producción de la NBC. Son ocho títulos que escribió entre 1932 y 1943. En España los ha editado la editorial Noguer.


Laura Ingalls contó en primera persona su propia experiencia vital, pues ella misma nació en una cabaña de troncos en los bosques de Wisconsin, y vivió después en Kansas, Minnesota y Dakota del Sur. 

Del espíritu pionero al Tea Party
Se convirtió así en la narradora por excelencia del espíritu de los pioneros. Multitud de instituciones y museos se inspiran en ella y sus escritos para recordar a los norteamericanos esa fase crucial de su historia. Por eso en los años setenta, cuando Estados Unidos se acercaba a su bicentenario (1976) y las cadenas de televisión se volcaron en contenidos ad hoc (como Centennial, también de la NBC, y que se vio en España a principios de los ochenta), volver a Laura Ingalls era obligado y el éxito de la serie inspirada en sus novelas estaba garantizado.

El espíritu de La casa de la pradera estuvo muy presente en los mejores momentos del Tea Party. Durante la campaña presidencial de 2008, la hermana de Sarah Palin contó que la gobernadora de Alaska y candidata republicana a la vicepresidencia había devorado cuando era niña todas las novelas de la serie, donde se forjó ese patriotismo sencillo y sincero, basado en convicciones cristianas y vínculos familiares, que catapultó su popularidad entre buena parte del electorado y le granjeó el miedo cerval (disfrazado de burlas inmisericordes) de los definidores de la corrección política.


Sarah Palin devoró en su infancia la serie de novelas de Laura Ingalls.

Para muchos estadounidenses, el estilo de vida reflejado por Laura Ingalls Wilder es el que define el país, y con él se identifica una parte del movimiento libertario. De hecho, la hija de Laura, Rose Wilder Lane (1886-1968), es una de las grandes representantes del exponentes de la filosofía vital que popularizó la gran inspiradora del movimiento libertario, la atea rusa Ayn Rand (1905-1982), autora de El manantial (llevada al cine por King Vidor, con Gary Cooper como protagonista). Rose se implicó a fondo con su madre en la publicación de La casa de la pradera, prestándole su consejo como escritora y activista.

Los principios que mantienen unidos a los Ingalls en las novelas de Laura son claros: esfuerzo individual, espíritu de sacrificio y una educación en el cumplimiento del deber y el ejercicio de la propia responsabilidad.


Eran, por otro lado, los principios que Michael Landon, de origen judío (su nombre real era Eugene Orowitz), dos veces divorciado y padre de nueve hijos quiso encarnar como actor, director y productor y reflejan las series con las que triunfó: Bonanza (1959-1973), La casa de la pradera (1974-1983) y Autopista hacia el cielo (1984-1989), donde interpretaba a un ángel en misión celestial para resolver problemas en la tierra.

Una decisión crucial, una visión en sueños...
El auténtico Charles Phillip Ingalls (1836-1902) llevó una vida menos estable de la que refleja la serie de televisión, que en ese y otros puntos guarda algunas diferencias con las novelas en las que se basa. Durante casi veinte años se movió con su esposa y cinco hijos por distintos estados (Wisconsin, Kansas, Minnesota, Iowa) en función del trabajo que iba obteniendo, hasta que en 1879 fue nombrado juez de paz en De Smedt (Dakota del Sur).


El auténtico Charles Ingalls.

Una de las sobrinas de Charles fue Edith Florence Bingham Ingalls (1872-1951), hija de su hermano Peter. Aparece fugazmente como Dolly en una de las novelas de su prima Laura, La casa del bosque [Little house in the big woods]. Y ahora una tataranieta de Edith ha contado las circunstancias por las que toda esa rama de la familia se convirtió al catolicismo.

Según cuenta Lindsay Kuniyuki en Church Pop, su tatarabuela se casó con Heil Nelson Bingham y se asentaron en Oakes (Dakota del Norte). Ninguno de los dos era católico, pero decidieron educar a sus siete hijos en la escuela católica local. Al cabo de un tiempo Heil se convirtió al catolicismo, pero sin embargo su esposa no lo hizo. En 1930, tras 38 años de matrimonio, Heil murió.

Pasaron veinte años y Edith no cambió su actitud hacia la fe. Pero una noche, ya cercana su muerte, según cuenta Lindsay, "Heil se la apareció en sueños y le dijo: 'Edith, tienes que preparar tu alma'. A la mañana siguiente, ella pidió un sacerdote. La familia pensó que se refería a un pastor protestante, pero Edith rechazó verle y le despidió, insistiendo en que quería ver a un sacerdote católico. Fueron a buscarlo y ella recibió los sacramentos, muriendo al día siguiente".

Todas las hijas de Edith fueron católicas y se casaron "con católicos irlandeses". Una de esas  hijas fue Estella Cora Bingham Ingalls (1895-1969), que tuvo cuatro hijos, uno de ellos Dorothy, la abuela de Lindsay, quien tuvo siete, todos ellos católicos practicantes "que transmitieron esta fe hermosa y rica a los 12 hijos que tuvieron en total, la mayoría de los cuales también está transmitiendo esa tradición a los 21 nietos de Dorothy": uno de ellos, Lindsay, quien recuerda que solo este dos hicieron la Primera Comunión y tres recibieron la Confirmación.


Lindsay Kuniyuki es historiadora y madre de cuatro hijos, a quienes educa en homeschooling según un currículo católico.

"En los años venideros veremos muchos más católicos llegar a la plenitud de la fe, y todo porque Heil y Edith eligieron una educación católica para sus hijas. No podían saber hasta qué punto esa decisión afectaría al legado familiar", explica Lindsay, quien recuerda la emoción que sintió a los 9 años de edad cuando, después de leer con entusiasmo las novelas de Laura Ingalls, su madre le reveló que todos aquellos personajes que le fascinaban eran sus primos.

Fuente: Religión en Libertad