jueves, 4 de febrero de 2016

¿Despiertos o dormidos?



¿Despiertos o dormidos?

Existe el peligro de adormilarnos, de dejarnos vencer por la pereza, la apatía, la tristeza, la desesperanza
Autor: P. Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net



«Pedro duerme. Judas está despierto», decía san Pedro Canisio al contemplar las disputas internas en la Iglesia.

Pedro no percibe el peligro. Judas lo está tramando. El primero abandonará al Maestro. El segundo triunfará en sus planes miserables.

Lo que decía san Pedro Canisio vale para tantos momentos de la historia de la Iglesia. Vale también para el día de hoy: los que deberían ayudar al bien no actúan, mientras que los traidores y enemigos de Dios ponen todo su empeño y sus habilidades al servicio del maligno.

El Papa Benedicto XVI recordaba esta frase de san Pedro Canisio al hablar a los sacerdotes de la diócesis de Roma el 10 de marzo de 2011. Al comentarla, el Papa añadía: «Es un tema que nos hace pensar: la somnolencia de los buenos. El Papa Pío XI dijo: el problema mayor de nuestro tiempo no son las fuerzas negativas, es la somnolencia de los buenos».

Frente a este peligro, Benedicto XVI recordaba la mejor terapia, la que nos llega con la invitación de Cristo en el Huerto de los Olivos: ¡Velad!. El Papa proseguía: «busquemos no dormir en este tiempo, sino que estemos de verdad listos para la voluntad de Dios y para la presencia de su Palabra, de su Reino».

Nosotros, ¿estamos despiertos o dormimos? ¿Sentimos fuego al ver cómo el enemigo avanza en tantos corazones, o preferimos encerrarnos en un mundo estrecho de egoísmos, de envidias, de golpes bajos, de críticas destructivas, de pasividad? ¿Emprendemos tareas concretas para llevar el Evangelio a los hombres, o dedicamos nuestras energías para criticar cosas buenas que otros hacen, para obstaculizar proyectos válidos de apostolado, para poner trabas a cualquier idea constructiva?

Existe el peligro de adormilarnos, como Pedro, de dejarnos vencer por la pereza, la apatía, la tristeza, la desesperanza. También existe el peligro de caer en un activismo vacío, sin oración, que busca construir al margen de la única Roca que salva, Jesucristo.

Mientras los buenos duermen, otros trabajan con empeño para difundir la confusión, para promover la injusticia, para atrapar a los hombres en las pasiones de la codicia o la soberbia, para sumergir el mundo en estímulos que arrastran hacia los instintos más bajos y destructores.

¿Estamos despiertos o dormidos? La pregunta nos la formula el mismo Dios. Desde la experiencia de Su Amor podemos despertar, podemos emprender el camino de la oración y la renuncia, podemos romper con envidias y complejos que paralizan.

Entonces pondremos lo mejor de nosotros mismos al servicio del Reino, llegaremos a ser verdaderos soldados de Cristo, viviremos como miembros despiertos, activos y generosos de la Iglesia.

Preguntas o comentarios al autor 



miércoles, 3 de febrero de 2016

Santo Evangelio 3 de Febrero 2016



Día litúrgico: Miércoles IV del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mc 6,1-6): En aquel tiempo, Jesús salió de allí y vino a su patria, y sus discípulos le siguen. Cuando llegó el sábado se puso a enseñar en la sinagoga. La multitud, al oírle, quedaba maravillada, y decía: «¿De dónde le viene esto?, y ¿qué sabiduría es ésta que le ha sido dada? ¿Y esos milagros hechos por sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María y hermano de Santiago, José, Judas y Simón? ¿Y no están sus hermanas aquí entre nosotros?». Y se escandalizaban a causa de Él. Jesús les dijo: «Un profeta sólo en su patria, entre sus parientes y en su casa carece de prestigio». Y no podía hacer allí ningún milagro, a excepción de unos pocos enfermos a quienes curó imponiéndoles las manos. Y se maravilló de su falta de fe. Y recorría los pueblos del contorno enseñando.

«¿De dónde le viene esto?, y ¿qué sabiduría es ésta que le ha sido dada? ¿Y esos milagros hechos por sus manos?»
Rev. D. Miquel MASATS i Roca 
(Girona, España)


Hoy el Evangelio nos muestra cómo Jesús va a la sinagoga de Nazaret, el pueblo donde se había criado. El sábado es el día dedicado al Señor y los judíos se reúnen para escuchar la Palabra de Dios. Jesús va cada sábado a la sinagoga y allí enseña, no como los escribas y fariseos, sino como quien tiene autoridad (cf. Mc 1,22).

Dios nos habla también hoy mediante la Escritura. En la sinagoga se leen las Escrituras y, después, uno de los entendidos se ocupaba de comentarlas, mostrando su sentido y el mensaje que Dios quiere transmitir a través de ellas. Se atribuye a san Agustín la siguiente reflexión: «Así como en la oración nosotros hablamos con Dios, en la lectura es Dios quien nos habla».

El hecho de que Jesús, Hijo de Dios, sea conocido entre sus conciudadanos por su trabajo, nos ofrece una perspectiva insospechada para nuestra vida ordinaria. El trabajo profesional de cada uno de nosotros es medio de encuentro con Dios y, por tanto, realidad santificable y santificadora. Con palabras de san Josemaría Escrivá: «Vuestra vocación humana es parte, y parte importante, de vuestra vocación divina. Ésta es la razón por la cual os tenéis que santificar, contribuyendo al mismo tiempo a la santificación de los demás, de vuestros iguales, precisamente santificando vuestro trabajo y vuestro ambiente: esa profesión u oficio que llena vuestros días, que da fisonomía peculiar a vuestra personalidad humana, que es vuestra manera de estar en el mundo; ese hogar, esa familia vuestra; y esa nación, en que habéis nacido y a la que amáis».

Acaba el pasaje del Evangelio diciendo que Jesús «no podía hacer allí ningún milagro (...). Y se maravilló de su falta de fe» (Mc 6,5-6). También hoy el Señor nos pide más fe en Él para realizar cosas que superan nuestras posibilidades humanas. Los milagros manifiestan el poder de Dios y la necesidad que tenemos de Él en nuestra vida de cada día.

© evangeli.net M&M Euroeditors 

La Chispa de Dios



1.- LA CHISPA DE DIOS

Por José María Maruri, SJ

1.- Todos tenemos la experiencia de caer en la cuenta por vez primera de cosas que hemos viendo siempre pero nunca han entrado en el campo de nuestra atención. Las líneas magníficas de un edificio, la hermosura de un monumento, la preciosidad de un jardín. Hemos pasado junto a ellos día tras día sin caer en la cuenta.

Como dice el evangelio, trayendo el ejemplo de Noé, la gente comía y bebía y se casaba. Nosotros comemos y bebemos y trabajamos y llevamos vida de familia y amistad y toda nuestra atención se reduce a ese campo estrecho, dejando en la penumbra un sin fin de realidades, tan reales como esa vida de cada día, como si esas cosas no tuvieran que ver conmigo.

La enfermedad, un accidente de coche, un robo... como si no tuvieran que ver conmigo hasta que el enfermo soy yo, el accidentado soy yo, el robado soy yo o al que le ha tocado la lotería soy yo.

Respecto a esas cosas parece que tenemos el alma sin estrenar. Allí jamás ha habido un chispazo de atención. Vivimos adormecidos en el vaivén del viaje del tren y sólo nos despiertan los frenazos. La monotonía sin cambio del día a día nos entorna los párpados y solo los terribles atentados del Líbano, de Siria, de Pakistán, Afganistán, Egipto…

2.- Pues esto es lo que la palabra de Dios viene a decirnos hoy. “Ya es hora de espabilarse”. “Velad, es decir: tened los ojos abiertos y atentos”. “Daos cuenta del momento que vivís”

--Pasad del sueño a una  conciencia lúcida y clara

--Caed en la cuenta de  las cosas que viven en vuestra penumbra

--Sentid que va con  vosotros

--Salid de la nube de  contaminación en que vivimos.

Ahora que comienza a dos pasos el nuevo año 2014 hagamos que los ojos de nuestra Fe, tengamos una mirada penetrante para esas maravillosas realidades espirituales que creemos, pero que tenemos en la penumbra de nuestra atención. No podemos seguir viviendo en la penumbra de nuestra atención. No podemos seguir viviendo amodorrados ante las verdades de nuestra Fe. Tenemos que vivirlas --¡vivirlas!— con garbo y alegría

3.- Hay unas pocas verdades fundamentales de nuestra Fe que deberían mantenernos en ascuas y ser capaces de hacernos caer en la cuenta del momento en que vivimos.

--¿Caemos en la cuenta de que va conmigo que Dios está tan cercano a mí, que le tengo en todas partes, que le llevo conmigo y le paseo por calles y plazas y que en el trabajo y en casa y en la mesa del bar está conmigo?

--¿Caemos en la cuenta de que va conmigo que dios, el Señor Jesús, ha dado realmente su vida por mí?

--¿Caemos en la cuenta de que va conmigo que el Señor Jesús me espera siempre en los sagrarios de nuestras iglesias?

-- ¿Caemos en la cuenta de que va conmigo que todos nosotros somos de verdad hermanos, hijos todos queridos de un mismo Padre, y que lo que ese Padre quiere es que formemos de verdad una familia?

No dejemos pasar un año más sin que haya saltado en nuestros corazones la chispa de Dios.

No sigamos siendo pasotas de Dios y de los hombres, que la palabra de dios se haga sonido inteligible en nuestros corazones y que entre hombre y hombre salte la chispa del mutuo reconocimiento, de la fraternidad.

¡Velad! Despertemos a las verdades de Dios, que ya creemos, pero que aún no han tocado nuestro corazón.

martes, 2 de febrero de 2016

María ofrece a Jesús al Padre.



PRESENTACIÓN DEL SEÑOR*

Fiesta

— María ofrece a Jesús al Padre.

— Iluminar con la luz de Cristo.

— Jesucristo, signo de contradicción.

I. De pronto, entrará en el santuario el Señor a quien vosotros buscáis, el mensajero de la alianza que vosotros deseáis: miradlo entrar...1.

Jesús llega al Templo en los brazos de María para ser presentado al Señor, como mandaba la Ley judía, cuarenta días después de su nacimiento. Solo Simeón y Ana, movidos por el Espíritu Santo, reconocen al Mesías en aquel Niño pequeño. La liturgia recoge en el Salmo responsorial las aclamaciones que, de modo simbólico, se cantaban muy probablemente a la entrada del Arca de la Alianza, Ahora tienen su más plena realidad: ¡Portones, alzad los dinteles, que se alcen las antiguas compuertas: va a entrar el Rey de la gloria!2.

Después de la circuncisión había que cumplir dos ceremonias, según mandaba la Ley: el hijo primogénito debía ser presentado al Señor y después rescatado; la madre debía purificarse de la impureza legal contraída3. En el Éxodo estaba escrito: ...y el Señor dijo a Moisés: Declara que todo primogénito me está consagrado. Todo primogénito de los hijos de Israel, lo mismo hombre que animal, me pertenece siempre. Esta ofrenda de todo primer nacido recordaba la liberación milagrosa del pueblo de Israel de su cautividad en Egipto. Todos los primogénitos eran presentados a Yahvé, y luego eran restituidos al pueblo.

Nuestra Señora preparó su corazón, como solo Ella podía hacerlo, para presentar a su Hijo a Dios Padre y ofrecerse Ella misma con Él. Al hacerlo, renovaba su fiat, su hágase, y ponía una vez más su propia vida en las manos de Dios. Jesús fue presentado a su Padre en las manos de María. Nunca se hizo una oblación semejante en aquel Templo y nunca se volvería a ofrecer. La siguiente ofrenda la hará el mismo Jesús, fuera de la ciudad, en el Calvario4.

La fiesta de hoy nos invita a entregar al Señor, una vez más, nuestra vida, pensamientos, obras..., todo nuestro ser; ofrecimiento de lo menudo de todos los días y de los acontecimientos importantes, cuando estos lleguen.

Y podemos hacer esta entrega de muchas maneras. Hoy, en esta oración podemos servirnos de las palabras de San Alfonso Mª de Ligorio, poniendo por intercesora a Santa María, como tantas veces lo hemos hecho: «También yo quisiera en este día, Reina mía, a ejemplo vuestro, ofrecer a Dios mi pobre corazón (...). Ofrecedme como cosa vuestra al Eterno Padre, en unión con Jesús, y rogadle que, por los méritos de su Hijo, y en gracia vuestra, me acepte y tome por suyo»5. A través de Santa María, Nuestro Señor acogerá una vez más la entrega de todo lo que somos y tenemos.

II. María y José llegaron al Templo dispuestos a cumplir fielmente lo que estaba establecido en la Ley. Presentaron como simbólico rescate la ofrenda de los pobres: un par de tórtolas6. Y allí les salió al encuentro el anciano Simeón, hombre justo, que esperaba la consolación de Israel. El Espíritu Santo le manifestó lo que para otros estaba oculto. Simeón tomó al Niño en brazos y bendijo a Dios diciendo: Ahora, Señor, puedes sacar en paz de este mundo a tu siervo, según tu palabra: porque mis ojos han visto a tu salvador, al que has puesto ante la faz de todos los pueblos, como luz que ilumina a los gentiles y gloria de Israel, tu pueblo. Es un canto de alegría. Toda su existencia había consistido en una ardiente espera del Mesías.

San Bernardo, en un sermón para esta fiesta, nos habla de una costumbre de antiquísima tradición, de la que tenemos otros muchos testimonios7: la procesión de los cirios encendidos. «Hoy -nos dice el Santo la Virgen María lleva al templo del Señor al Señor del templo. También José presenta a Dios no su hijo, sino el Hijo amado y predilecto de Dios; y también Ana, la viuda, lo proclama. Estos cuatro celebraron la primera procesión, que después ha de continuarse con gozo en todos los rincones de la tierra y por todas las naciones»8.

La liturgia de esta fiesta, en efecto, ha querido poner de manifiesto la vida del cristiano como una ofrenda al Señor, expresada en la procesión de los cirios encendidos que se van consumiendo poco a poco, mientras dan luz. Cristo es profetizado como la Luz que saca de la oscuridad al mundo sumido en tinieblas. La luz, en el lenguaje habitual, es símbolo de vida («dar a luz», «ver la luz por vez primera» son expresiones íntimamente ligadas al nacimiento), de verdad («caminar a oscuras» es sinónimo de ignorancia y de confusión), de amor (se dice que el amor «se enciende» cuando dos personas aprenden a quererse con más hondura...). Las tinieblas, por el contrario, indican soledad, desorientación, error... Cristo es la Vida del mundo y de todo hombre, Luz que ilumina, Verdad que salva, Amor que lleva a la plenitud... Llevar en la mano una vela encendida, en la procesión que hoy tiene lugar donde es posible antes de la Misa, es signo de estar en vela, de participar en la claridad de Cristo, de la vibración apostólica que hemos de contagiar a otros.

Sus padres se maravillaron de lo que se decía de Él. María, que guardaba en su corazón el mensaje del Ángel y de los pastores, escucha admirada la profecía de Simeón acerca de la misión universal de su Hijo: aquel Niño pequeño que sostiene en sus brazos es la Luz enviada por Dios Padre para iluminar a las naciones: es la gloria de su pueblo. Este misterio está íntimamente ligado a la ofrenda que se lleva a cabo. También nuestra participación en la misión de Cristo recibida en el Bautismo está estrechamente enlazada con nuestra entrega personal. La fiesta de hoy es una invitación a darnos sin medida, a «arder delante de Dios como esa luz, que se pone sobre el candelero, para iluminar a los hombres que andan en tinieblas; como esas lamparillas que se queman junto al altar, y se consumen alumbrando hasta gastarse»9. ¿Es así nuestra entrega al Señor?, ¿sin condiciones?, ¿sin límites? Señor, le decimos, mi vida es para Ti; no la quiero si no es para gastarla cerca de tu Vida. ¿Para qué otra cosa había de quererla?

El mismo San Bernardo nos recuerda que «está prohibido presentarse ante el Señor con las manos vacías»10. Y como nos vemos solo con cosas pequeñas para ofrecer (el trabajo del día, una sonrisa en medio del dolor, de la fatiga, el ser amables y comprensivos...), debemos hoy considerar en nuestra oración «cómo la Virgen acompaña esta ofrenda de tanto precio con otra de tan pequeño valor, como eran aquellas aves que mandaba ofrecer la Ley, para que tú de aquí aprendas a juntar tus pobres servicios con los de Cristo para que con el valor y precio de los suyos sean recibidos y preciados los tuyos (...).

»Junta, pues, tus oraciones con las suyas, tus lágrimas con las suyas, tus ayunos y vigilias con las suyas, y ofréceselas al Señor, para que lo que de por sí es de poco precio, por Él sea de mucho valor.

»Una gota de agua, por sí tomada, no es más que agua; mas lanzada en un gran vaso de vino, toma otro más noble ser y hácese vino; y así nuestras obras, que por ser nuestras son de poco valor, ayuntadas a las de Cristo se hacen de precio inestimable, por razón de la gracia que se nos da en Él»11.

III. Simeón bendijo a los padres, y dijo a María, su madre: Mira, este ha sido puesto para ruina y resurrección de muchos de Israel, y para signo de contradicción -y a tu misma alma la traspasará una espada a fin de que se descubran los pensamientos de muchos corazones12.

Jesús trae la salvación para todos los hombres; sin embargo, para algunos será signo de contradicción, porque se obstinan en rechazarlo. «Los tiempos que vivimos confirman, con particular fuerza, la verdad contenida en las palabras de Simeón. Jesús es luz que ilumina a los hombres y, al mismo tiempo, signo de contradicción. Y si ahora (...) Jesucristo se revela de nuevo a los hombres como luz del mundo, ¿no se ha convertido, hoy más que nunca, en ese signo al que los hombres se oponen?»13. Él no pasa nunca indiferente por el camino de los hombres, no pasa indiferente ahora, en este tiempo, por nuestra vida. Por eso le pedimos que sea nuestra Luz y nuestra Esperanza.

El Evangelista señala además que Simeón, después de pronunciar estas palabras, se dirigió de pronto, casi inesperadamente, a María, vinculando en cierto modo la profecía referente al Hijo con otra que se relaciona con la madre: A tu misma alma la traspasará una espada14. «Con estas palabras del anciano nuestra mirada se desplaza desde el Hijo a la Madre, de Jesús a María. Es admirable el misterio de este vínculo con el que Ella se ha unido a Cristo, ese Cristo que es signo de contradicción»15.

Estas palabras dirigidas a la Virgen anuncian que Ella habría de estar unida íntimamente a la obra redentora de su Hijo. La espada de que habla Simeón expresa la participación de María en los sufrimientos del Hijo; es un dolor inenarrable, que traspasa el alma. El Señor sufrió en la Cruz por nuestros pecados; también son los pecados de cada uno de nosotros los que han forjado la espada de dolor de nuestra Madre. Por tanto, tenemos un deber de desagravio no solo con Jesús, sino también con su Madre, que es también Madre nuestra16.

Santo Evangelio 2 de Febrero 2016


Día litúrgico: 2 de Febrero: La Presentación del Señor

Texto del Evangelio (Lc 2,22-40): Cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: «Todo varón primogénito será consagrado al Señor» y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor. 

Y he aquí que había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y estaba en él el Espíritu Santo. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor. Movido por el Espíritu, vino al Templo; y cuando los padres introdujeron al niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre Él, le tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel». Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de Él. 

Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: «Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción —¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!— a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones». 

Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad avanzada; después de casarse había vivido siete años con su marido, y permaneció viuda hasta los ochenta y cuatro años; no se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día en ayunos y oraciones. Como se presentase en aquella misma hora, alababa a Dios y hablaba del Niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén. Así que cumplieron todas las cosas según la Ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El Niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre Él.

«Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación»
Rev. D. Lluís RAVENTÓS i Artés 
(Tarragona, España)


Hoy, aguantando el frío del invierno, Simeón aguarda la llegada del Mesías. Hace quinientos años, cuando se comenzaba a levantar el Templo, hubo una penuria tan grande que los constructores se desanimaron. Fue entonces cuando Ageo profetizó: «La gloria de este templo será más grande que la del anterior, dice el Señor del universo, y en este lugar yo daré la paz» (Ag 2,9); y añadió que «los tesoros más preciados de todas las naciones vendrán aquí» (Ag 2,7). Frase que admite diversos significados: «el más preciado», dirán algunos, «el deseado de todas las naciones», afirmará san Jerónimo.

A Simeón «le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor» (Lc 2,26), y hoy, «movido por el Espíritu», ha subido al Templo. Él no es levita, ni escriba, ni doctor de la Ley, tan sólo es un hombre «justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel» (Lc 2,25). Pero el Espíritu sopla allí donde quiere (cf. Jn 3,8).

Ahora comprueba con extrañeza que no se ha hecho ningún preparativo, no se ven banderas, ni guirnaldas, ni escudos en ningún sitio. José y María cruzan la explanada llevando el Niño en brazos. «¡Puertas, levantad vuestros dinteles, alzaos, portones antiguos, para que entre el rey de la gloria!» (Sal 24,7), clama el salmista.

Simeón se avanza a saludar a la Madre con los brazos extendidos, recibe al Niño y bendice a Dios, diciendo: «Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel» (Lc 2,29-32). 

Después dice a María: «¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!» (Lc 2,35). ¡Madre!, —le digo— cuando llegue el momento de ir a la casa del Padre, llévame en brazos como a Jesús, que también yo soy hijo tuyo y niño.

«La Iglesia condena el pecado pero abraza al pecador que se acerca»: libro-entrevista de Francisco

En «El nombre de Dios es misericordia», con Andrea Tornielli

«La Iglesia condena el pecado pero abraza al pecador que se acerca»: libro-entrevista de Francisco

«La Iglesia condena el pecado pero abraza al pecador que se acerca»: libro-entrevista de Francisco

«La Iglesia condena el pecado pero abraza al pecador que se acerca»: libro-entrevista de Francisco
Francisco en la JMJ abraza a un ex-drogadicto: el Papa siempre distingue entre el pecador que querría cambiar y el corrupto que se instala y acomoda con su pecado

Al igual que en La Razón en España, numerosos fragmentos del nuevo libro del Papa Francisco, «El nombre de Dios es misericordia», que se presenta el martes, ocuparon este domingo las páginas de cuatro de los diarios más importantes de Italia, esto es, «Avvenire», «La Stampa», «La Repubblica» y «Corriere della Sera». A ellos hay que añadir la revista de información religiosa «Vida Nueva», que incluye en su próximo número otro extracto. 

En todos ellos domina sobre todo la palabra principal del título del libro: «Misericordia». «Jesús ha dicho que no vino para los justos, sino para los pecadores. No vino para los sanos, que no necesitan médico, sino para los enfermos. Por eso se puede decir que la misericordia es el carné de Dios. Dios de misericordia, Dios misericordioso. Para mí, este es el carné de identidad de nuestro Dios».

"Condena el pecado porque debe decir la verdad"
En otro de los fragmentos que se conocieron ayer, el Papa se refiere al complejo del hijo mayor de la parábola del hijo pródigo y ante la pregunta del vaticanista con el que conversa, Andrea Tornielli, responde: «La Iglesia condena el pecado porque debe decir la verdad. Dice: ‘‘Esto es pecado’’. Pero al mismo tiempo abraza al pecador que se reconoce como tal, se acerca a él, le habla de la misericordia infinita de Dios». Francisco añade que ningún pecado, «por muy grave que sea, puede prevalecer sobre la misericordia o limitarla».

En otro pasaje, ahonda en la idea de la misericordia como gran tarea de la Iglesia, que «está llamada a difundir la misericordia del Señor sobre todos aquellos que se reconocen pecadores, responsable del mal realizado, que se sienten necesitados de perdón. La Iglesia no está en el mundo para condenar, sino para permitir el encuentro con ese amor visceral que es la misericordia de Dios».

¿Y cómo se lleva a cabo esta misión? El Pontífice argentino da las claves, en sintonía con lo que viene predicando desde que accedió a la sede de Pedro: «Lo repito a menudo, hace falta salir». Una Iglesia en salida para «ir a buscar a las personas allí donde viven, donde sufre, donde esperan». 

Y añade: «El hospital de campo, la imagen con la que me gusta describir la Iglesia emergente, tiene la característica de aparecer allí donde se combate: no es la estructura sólida, dotada de todo, donde vamos a curaros las pequeñas y las grandes enfermedades. Es una estructura móvil, de primeros auxilios, de emergencia, para evitar que los combatientes mueran. Se practica la medicina de urgencia, no se hacen «check-up» especializados. Espero que el Jubileo extraordinario haga emerger más aún el rostro de una Iglesia que descubre las vísceras maternas de la misericordia y que sale al encuentro de los muchos heridos que necesitan atención, comprensión, perdón y amor».



A la persona no la define su tendencia sexual
Al hilo del tema del libro, Tornielli también cuestiona al Papa sobre cuestiones polémicas como la situación de los homosexuales y de los divorciados vueltos a casar.

En el primero de los casos, reitera las palabras que dijo al volver de su viaje a Brasil, en julio de 2013: «Si una persona es gay, busca al Señor y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgarla? Parafraseé de memoria el Catecismo de la Iglesia católica». En la respuesta, el Papa dice que le «gusta» que se hable de «personas homosexuales», pues «primero está la persona, con su entereza y dignidad. Y la persona no se define tan sólo por su tendencia sexual: no olvidemos que todos somos criaturas amadas por Dios».

En segundo lugar, reconoció que tiene una sobrina que se casó por lo civil con un hombre antes de que éste obtuviera la nulidad del matrimonio. «Querían casarse, se amaban, querían tener hijos; de hecho, han tenido tres. Este hombre era tan creyente que todos los domingos, cuando iba a misa, iba a confesarse y le decía al sacerdote: ‘‘Sé que usted no me puede absolver, pero he pecado en esto y en esto otro, deme una bendición. Esto es un hombre religiosamente formado», cuenta Francisco.

El libro, que edita en nuestro país Planeta Testimonio, estará disponible para su compra desde mañana, fecha de su presentación mundial. Una de las características más llamativas la encontramos en la portada: el título está escrito por el propio Papa Francisco.



UN FRAGMENTO DEL LIBRO
El Papa, sobre la corrupción: «No es sólo un pecado más» 
»Cada vez que cruzo la puerta de una cárcel para una celebración o para una visita, me viene siempre a la cabeza este pensamiento: «¿Por qué ellos y no yo? Yo tendría que estar aquí, merecería estar aquí. Sus caídas hubieran podido ser las mías, no me siento mejor que quien tengo delante». Y es así como me encuentro repitiendo y rezando: «¿Por qué él y no yo?». Esto puede escandalizar, pero me consuelo con Pedro: había renegado de Jesús y, a pesar de ello, fue elegido.

»¿Por qué somos pecadores? Porque existe el pecado original. Un dato que se puede constatar. Nuestra humanidad está herida, sabemos reconocer el bien y el mal, sabemos qué es el mal, intentamos seguir el camino del bien, pero a menudo caemos por causa de nuestra debilidad y escogemos el mal. Es la consecuencia del pecado original, del cual tenemos plena consciencia gracias a la revelación. 

»El relato del pecado de Adán y Eva, la rebelión contra Dios que leemos en el Libro del Génesis, se sirve de un lenguaje imaginativo para exponer algo que realmente ha sucedido en los orígenes de la humanidad.

»El Padre ha sacrificado a su Hijo, Jesús se ha rebajado, ha aceptado dejarse torturar, crucificar y aniquilar para redimirnos del pecado, para curar aquella herida. Así, aquella culpa de nuestros progenitores es celebrada como «felix culpa» en el canto del «Exultet», que la Iglesia eleva durante la celebración más importante del año, la de la noche de Pascua: culpa «feliz», porque ha merecido dicha redención.

»(...)La corrupción es el pecado que, en lugar de ser reconocido como tal y de hacernos humildes, es elevado a sistema, se convierte en una costumbre mental, una manera de vivir. Ya no nos sentimos necesitados de perdón y de misericordia, sino que justificamos nuestros comportamientos y a nosotros mismos. Jesús les dice a sus discípulos: si un hermano tuyo te ofende siete veces al día y siete veces al día vuelve a ti a pedirte perdón, perdónalo.

»El pecador arrepentido, que después cae y recae en el pecado a causa de su debilidad, halla nuevamente perdón si se reconoce necesitado de misericordia. El corrupto, en cambio, es aquel que peca y no se arrepiente, el que peca y finge ser cristiano, y con su doble vida escandaliza. El corrupto no conoce la humildad, no se considera necesitado de ayuda y lleva una doble vida.

»En 1991 le dediqué a este tema un largo artículo, publicado como un pequeño libro, «Corrupción y pecado». No hay que aceptar el estado de corrupción como si fuera solamente un pecado más: aunque a menudo se identifica la corrupción con el pecado, en realidad se trata de dos realidades distintas, aunque relacionadas entre sí.

»El pecado, sobre todo si es reiterado, puede llevar a la corrupción, pero no cuantitativamente —en el sentido de que un cierto número de pecados hacen un corrupto—, sino más bien cualitativamente: se generan costumbres que limitan la capacidad de amar y llevan a la autosuficiencia.

»El corrupto se cansa de pedir perdón y acaba por creer que no debe pedirlo más. Uno no se transforma de golpe en corrupto, hay una cuesta pronunciada por la que se resbala y que no se identifica simplemente con una serie de pecados. Uno puede ser un gran pecador y, a pesar de ello, puede no haber caído en la corrupción.

»Mirando el Evangelio, pienso por ejemplo en las figuras de Zaqueo, de Mateo, de la samaritana, de Nicodemo y del buen ladrón: en su corazón pecador todos tenían algo que los salvaba de la corrupción. Estaban abiertos al perdón, su corazón advertía su propia debilidad y ésta ha sido la grieta que ha permitido que entrara la fuerza de Dios. 

»El pecador, al reconocerse como tal, de algún modo admite que aquello a lo que se adhirió, o se adhiere, es falso. El corrupto, en cambio, oculta lo que considera su auténtico tesoro, lo que le hace esclavo, y enmascara su vicio con la buena educación, logrando siempre salvar las apariencias.

lunes, 1 de febrero de 2016

Santo Evangelio 1 de Febrero 2016


Día litúrgico: Lunes IV del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mc 5,1-20): En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos llegaron al otro lado del mar, a la región de los gerasenos. Apenas saltó de la barca, vino a su encuentro, de entre los sepulcros, un hombre con espíritu inmundo que moraba en los sepulcros y a quien nadie podía ya tenerle atado ni siquiera con cadenas, pues muchas veces le habían atado con grillos y cadenas, pero él había roto las cadenas y destrozado los grillos, y nadie podía dominarle. Y siempre, noche y día, andaba entre los sepulcros y por los montes, dando gritos e hiriéndose con piedras. Al ver de lejos a Jesús, corrió y se postró ante Él y gritó con gran voz: «¿Qué tengo yo contigo, Jesús, Hijo de Dios Altísimo? Te conjuro por Dios que no me atormentes». Es que Él le había dicho: «Espíritu inmundo, sal de este hombre». Y le preguntó: «¿Cuál es tu nombre?». Le contesta: «Mi nombre es Legión, porque somos muchos». Y le suplicaba con insistencia que no los echara fuera de la región. 

Había allí una gran piara de puercos que pacían al pie del monte; y le suplicaron: «Envíanos a los puercos para que entremos en ellos». Y se lo permitió. Entonces los espíritus inmundos salieron y entraron en los puercos, y la piara -unos dos mil- se arrojó al mar de lo alto del precipicio y se fueron ahogando en el mar. Los porqueros huyeron y lo contaron por la ciudad y por las aldeas; y salió la gente a ver qué era lo que había ocurrido. Llegan donde Jesús y ven al endemoniado, al que había tenido la Legión, sentado, vestido y en su sano juicio, y se llenaron de temor. Los que lo habían visto les contaron lo ocurrido al endemoniado y lo de los puercos. Entonces comenzaron a rogarle que se alejara de su término. 

Y al subir a la barca, el que había estado endemoniado le pedía estar con Él. Pero no se lo concedió, sino que le dijo: «Vete a tu casa, donde los tuyos, y cuéntales lo que el Señor ha hecho contigo y que ha tenido compasión de ti». Él se fue y empezó a proclamar por la Decápolis todo lo que Jesús había hecho con él, y todos quedaban maravillados.

«Espíritu inmundo, sal de este hombre»
Rev. D. Ramon Octavi SÁNCHEZ i Valero 
(Viladecans, Barcelona, España)


Hoy encontramos un fragmento del Evangelio que puede provocar la sonrisa a más de uno. Imaginarse unos dos mil puercos precipitándose monte abajo, no deja de ser una imagen un poco cómica. Pero la verdad es que a aquellos porqueros no les hizo ninguna gracia, se enfadaron mucho y le pidieron a Jesús que se marchara de su territorio.

La actitud de los porqueros, aunque humanamente podría parecer lógica, no deja de ser francamente recriminable: preferirían haber salvado sus cerdos antes que la curación del endemoniado. Es decir, antes los bienes materiales, que nos proporcionan dinero y bienestar, que la vida en dignidad de un hombre que no es de los “nuestros”. Porque el que estaba poseído por un espíritu maligno sólo era una persona que «siempre, noche y día, andaba entre los sepulcros y por los montes, dando gritos e hiriéndose con piedras» (Mc 5,5).

Nosotros tenemos muchas veces este peligro de aferrarnos a aquello que es nuestro, y desesperarnos cuando perdemos aquello que sólo es material. Así, por ejemplo, el campesino se desespera cuando pierde una cosecha incluso cuando la tiene asegurada, o el jugador de bolsa hace lo mismo cuando sus acciones pierden parte de su valor. En cambio, muy pocos se desesperan viendo el hambre o la precariedad de tantos seres humanos, algunos de los cuales viven a nuestro lado.

Jesús siempre puso por delante a las personas, incluso antes que las leyes y los poderosos de su tiempo. Pero nosotros, demasiadas veces, pensamos sólo en nosotros mismos y en aquello que creemos que nos procura felicidad, aunque el egoísmo nunca trae felicidad. Como diría el obispo brasileño Helder Cámara: «El egoísmo es la fuente más infalible de infelicidad para uno mismo y para los que le rodean».

© evangeli.net M&M Euroeditors |