lunes, 7 de septiembre de 2015

Santae Regina mártir, 7 de septiembre

7 de Setiembre
Santa Regina
mártir


Los niños piden -al menos así lo hacían en tiempos pasados- a los mayores que les cuenten un cuento a la hora de dormir. La condescendencia de los que les quieren, procurando su bien dormir, les lleva a ilustrar su imaginación con historias que unas veces son sólo producto del genio humano y otras... adornan la verdad de hechos ocurridos en la ordinariez de la vida con amplificaciones que hacen fantástica, amable y hasta apasionante la historia real. No sé si la historia de Regina servirá para rellenar esos momentos previos al descanso nocturno de los pequeños, pero no me cabe duda de que sí servirán a los adultos para que detengamos un momento nuestro ardoroso caminar. 

Regina es palabra latina que se vierte al castellano por Reina. Así se llamaba nuestra protagonista de hoy. Fue una francesita hija de padre romano y de madre gala. Era el tiempo del Imperio. Cuando tenía quince años conoció a Cristo y le entregó su corazón, se bautizó y decidió darle para siempre su virginidad. 

Es hermosa en demasía. El prefecto romano se enamoró de ella al verla. En su presencia, Regina confiesa su fe. 

Desde este momento comienzan las dificultades para la fidelidad. Fue puesta en la cárcel y con una amenaza: al regreso del prefecto, que necesariamente ha de ausentarse, ella debe haber cambiado de religión o conocerá el furor romano. 

Sucede a la vuelta del personaje lo previsible con la gracia de Dios. Ella se niega a sacrificar a los ídolos, llegan las torturas, los hierros arañan y cortan su carne. También hay prodigios del Cielo: se producen terremotos, se oyen voces celestiales... hasta una paloma se acerca para consolarla, darle ánimos y curarla. 

El ejemplo es tan llamativo que la gente se convierte a centenares. Por fin, es degollada. 

La candidez de la historia narrada, pletórica de elementos hiperbólicos y de adornos donados por la fantasía, expone un drama común y diario de mucha gente que bien merece la atención y el mimo del poeta, me refiero a todos esos que están dispuestos en serio a dar la vida por la fe que tienen y, llegado el momento, darla.

Fuente: Archidiócesis de Madrid 

domingo, 6 de septiembre de 2015

Santo Evangelio 6 de septiembre de 2015


Evangelio según san Marcos (7,31-37), del domingo, 6 de septiembre de 2015

Lectura del santo evangelio según san Marcos (7,31-37):

En aquel tiempo, dejó Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del lago de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron un sordo que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos.
Él, apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y, mirando al cielo, suspiró y le dijo: «Effetá», esto es: «Ábrete.»
Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad. Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos. Y en el colmo del asombro decían: «Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos.»

Palabra del Señor
Julio César Rioja, cmf
Queridos hermanos:

Solemos decir: “que no hay peor sordo que el que no quiere oír”, “que hablando y escuchando se entiende la gente”. En nuestra sociedad la incomunicación es uno de los problemas más graves. Es lo que le pasaba al sordo y mudo, o al menos tartamudo, de este relato. Es capaz de ver la gente, las cosas; pero el mundo le es totalmente silencioso, y el mismo es silencioso para los demás. Su mundo es un mundo incomunicado y cerrado. Es lo que nos pasa a nosotros en este sistema, que provoca una especie de sordera y mudez, que consiste en aceptar un modelo de hombre, un sistema de valores, un estilo de vida, una idolatría del dinero propugnada por el capitalismo, que imposibilitan escuchar y comprender otra manera de ser.

A los que se preparan para el Bautismo se les llama “catecúmenos”, palabra que significa: “los que escuchan”, o sea, los que tienen los oídos abiertos. Se les permitirá en el futuro escuchar la Palabra de Dios y hacer profesión de su fe, soltándoseles la lengua para proclamar el padrenuestro y el credo. En el mismo ritual existe el “Effetá” (ábrete), aunque en ocasiones se omite el gesto. Toda la preparación del catecúmeno iba encaminada a liberar al hombre, abriendo su oído y soltando su lengua, reviviendo lo que nos narra hoy Marcos. Dos pasos son pues importantes para certificar el Bautismo y vivir el Evangelio:

Uno, acabar con la sordera: “Y al momento se le abrieron los oídos”. Aprendiendo a escuchar, que no es lo mismo que oír. Debemos escuchar la Palabra de Dios, a las personas, o como nos dice Santiago en la segunda lectura, a los pobres:”Llegan dos hombres a la reunión litúrgica. Uno va bien vestido y hasta con anillos en los dedos; el otro es un pobre andrajoso. Veis al bien vestido y le decís: Por favor, siéntate aquí en el puesto reservado. Al pobre, en cambio: Estate ahí de pie o siéntate en el suelo”. El que escucha, se deja invadir en su interior por la palabra del otro, reflexiona sobre el clamor de las personas y los pueblos oprimidos, ora la palabra tratando de encontrar el punto de vista de Dios, que hace que una palabra sea divina. Se convierte en catecúmeno, en discípulo, aprendiendo a mirar todo, no desde la autosuficiencia o la suspicacia, sino siendo una persona abierta, dialogando, valorando y criticando este sistema que muchas veces nos hace idiotas (gentes de una sola idea). Todos necesitamos ser curados de la sordera, de “hacer oídos sordos”, ante lo que nos rodea.

Dos, ser libres para hablar: “Se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad”. En un mundo lleno de parlanchines, de tertulianos que saben de todo, donde no se escucha, es difícil hablar. Pero más allá de nuestros orgullos, del temor o de la cobardía, de la pereza o el egoísmo, no podemos callar. No podemos guardar silencio ante el dolor de los explotados, de los que sufren hambre, de los parados, de los inmigrantes… y no proclamar la Buena Noticia. Esa es la misión que recibimos el día de nuestro Bautismo y que actualizamos en la Eucaristía. Pero no debemos conformarnos, con abrir la boca para decir buenas palabras, sino que tenemos que abrir también el corazón, para acreditar con los hechos y las obras lo que decimos. La libertad interior nos debe capacitar en la sociedad y en la Iglesia, para expresar con humildad, pero con fuerza, nuestro punto de vista. La humildad hace que en la Iglesia y en el mundo, digamos lo que somos, lo que pensamos, lo que sentimos; sin presentar nuestras palabras como las mejores o como la única a ser tenida en cuenta. En la Iglesia y en la sociedad se necesita escuchar mensajes más humanizadores, no sólo mercadear con las palabras. De esto sabe bastante el actual Papa.

La fe nos abre a la Palabra y el amor de Dios. Y esta experiencia es irresistible. Un creyente no puede vivir como si no pasara nada. Porque creemos no podemos callar. Tenemos que hablar. “Él les mandó que no se lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos”. Eso, lo dicho, es preciso acabar con la incomunicación.

PD: Se acaban las vacaciones para mucha gente, algunos se reincorporan a la Parroquia, los pequeños dentro de poco al colegio. Puede ser un momento oportuno para plantear el participar de forma más activa en la vida de la comunidad. En estos días también en muchos sitios se celebran las fiestas patronales en torno a la Virgen (día 8 u otros), se puede tener en cuenta para dar gracias a Dios. 

6 de Setiembre Santos Donaciano y Leto mártires



6 de Setiembre
Santos Donaciano y Leto
mártires

En el año 484, Humerico, rey arriano de los vándalos, ordenó que todas las iglesias cristianas del Africa fueran clausuradas y confiscados los bienes del clero para entregarlos al pueblo africano. Por mandato real, congregaron a los obispos en el palacio, siendo conducidos lejos de la ciudad, y ordenados a que marcharan solos hacia el destierro. Ante tal injusticia, Donaciano y otros cuatro obispos de la provincia de Bisaseno, reunieron a numerosos cristianos para protestar frente a las puertas de la ciudad; el rey Humerico furioso por la revuelta, ordenó a sus soldados a matar y "aplastar" a los quejosos. Donaciano y los cuatro obispos fueron brutalmente golpeados y, en estado lamentable, se les condujo al desierto, donde quedaron abandonados para morir de hambre y sed. 

San Leto, Obispo de la Leptis Menor, considerado "un hombre celoso y muy sabio," y que se había ganado la enemistad de Hunerico por su enérgica oposición al arrianismo, también fue encerrado en un calabozo estrecho, oscuro y pestilente, del cual lo sacaron al cabo de dos meses para quemarlo vivo.

sábado, 5 de septiembre de 2015

Santo Evangelio 5 de septiembre 2015


Día litúrgico: Sábado XXII del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Lc 6,1-5): Sucedió que Jesús cruzaba en sábado por unos sembrados; sus discípulos arrancaban y comían espigas desgranándolas con las manos. Algunos de los fariseos dijeron: «¿Por qué hacéis lo que no es lícito en sábado?». Y Jesús les respondió: «¿Ni siquiera habéis leído lo que hizo David, cuando sintió hambre él y los que le acompañaban, cómo entró en la Casa de Dios, y tomando los panes de la presencia, que no es lícito comer sino sólo a los sacerdotes, comió él y dio a los que le acompañaban?». Y les dijo: «El Hijo del hombre es señor del sábado».

«El Hijo del hombre es señor del sábado»

Fr. Austin Chukwuemeka IHEKWEME 
(Ikenanzizi, Nigeria)

Hoy, ante la acusación de los fariseos, Jesús explica el sentido correcto del descanso sabático, invocando un ejemplo del Antiguo Testamento (cf. Dt 23,26): «¿Ni siquiera habéis leído lo que hizo David, (...), y tomando los panes de la presencia, que no es lícito comer sino sólo a los sacerdotes, comió él y dio a los que le acompañaban?» (Lc 6,3-4). 

La conducta de David anticipó la doctrina que Cristo enseña en este pasaje. Ya en el Antiguo Testamento, Dios había establecido un orden en los preceptos de la Ley, de modo que los de menor rango ceden ante los principales.

A la luz de esto, se explica que un precepto ceremonial (como el que comentamos) cediese ante un precepto de ley natural. Igualmente, el precepto del sábado no está por encima de las necesidades elementales de subsistencia.

En este pasaje, Cristo enseña cuál era el sentido de la institución divina del sábado: Dios lo había instituido en bien del hombre, para que pudiera descansar y dedicarse con paz y alegría al culto divino. La interpretación de los fariseos había convertido este día en ocasión de angustia y preocupación a causa de la multitud de prescripciones y prohibiciones.

El sábado había sido hecho no sólo para que el hombre descansara, sino también para que diera gloria a Dios: éste es el auténtico sentido de la expresión «el sábado fue hecho para el hombre» (Mc 2,27). 

Además, al declararse “señor del sábado” (cf. Lc 6,5), manifiesta abiertamente que Él es el mismo Dios que dio el precepto al pueblo de Israel, afirmando así su divinidad y su poder universal. Por esta razón, puede establecer otras leyes, igual que Yahvé en el Antiguo Testamento. Jesús bien puede llamarse “señor del sábado”, porque es Dios. 

Pidámosle ayuda a la Virgen para creer y entender que el sábado pertenece a Dios y es un modo —adaptado a la naturaleza humana— de rendir gloria y honor al Todopoderoso. Como ha escrito Juan Pablo II, «el descanso es una cosa “sagrada”» y ocasión para «tomar conciencia de que todo es obra de Dios».

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San Lorenzo Justiniano, 5 de septiembre

5 de septiembre
SAN LORENZO JUSTINIANO
 (†  1455)


Henos aquí ante una vida compleja y llena de contrastes, difícil de encuadrar en un estilo determinado de santidad. Lorenzo Giustiniani desmintió hace más de cinco siglos, antes de que surgiera en nuestro refranero, el dicho español "quien mucho abarca, poco aprieta". El abarcó mucho y apretó más.

 En el primer patriarca de Venecia pueden buscar patrono los contemplativos innatos, cuantos sintieron dentro, inexplicable y tenaz, la llamada del desierto. Mas, con igual derecho que los solitarios, pueden meter en sus filas a San Lorenzo Justiniano los hombres de acción, aquellos que viven y mueren en olor de multitudes, como si su existencia personal fuera sólo un pretexto para su influjo en la sociedad. Es más; el santo que hoy recordamos puede lucir un doble patronazgo para con dos tipos de hombres habitualmente incompatibles: los que teorizan sobre el mando y los que, con las manos en la masa, ejercen tareas de gobierno.

 Lorenzo Giustiniani, hijo de Bernardo y Querina, canónigo secular de San Jorge, prior en San Agustín de Vicenza, obispo de Castello, patriarca de Venecia, amigo de Pontífices, escritor ascético, reformador de costumbres, fue uno de los grandes contemplativos de los siglos XIV y XV y quedó en la historia de la Iglesia como un prelado insigne al que todavía hoy el papa Juan XXIII, sucesor suyo en Venecia, propone como ejemplo de gobierno eclesiástico y como patrón de su pontificado.

 ¿Qué misión traía, en los albores del Renacimiento italiano, este niño nacido a la luz adriática de Venecia el 1 de julio de 1381? Su adolescencia florece bajo el cuidado exquisito de su madre, Querina Querini, viuda en plena juventud. La fe y las costumbres piadosas son algo tan normal en la casa como las góndolas y las palomas en la calle. La Venecia que asombró sus pupilas de niño no era muy distinta, en su armazón básico, de la que invaden hoy turistas y festivales. Junto al misterio bizantino de la basílica de San Marcos, lucía ya la maravilla gótica del gran Palacio Ducal, frontero a la isla de San Giorgio, en la orilla opuesta de la bahía.

 Este islote bellísimo, cuya alta torre benedictina es hoy sombra ascética en el incendio solar del mar y del aire, ejerce desde antiguo una atracción casi mística en un paisaje donde la soledad no puede tener nombre de monte o de llanura porque la tierra no existe. Allí fue a parar, recién cumplidos sus veintiuno, el hijo de la matrona Querini, luego de disuadir a su madre de unos planes casamenteros que ella venía tramando con la más limpia de las intenciones. En San Giorgio Lorenzo hace causa común con un grupo de jóvenes clérigos, todos de la buena sociedad véneta, que estudian, rezan, sueñan, hacen penitencia, buscan a Dios denodadamente en un siglo difícil.

 Estamos en 1402. Apenas pasados dos años de su incorporación al grupo, el joven Giustiniani, ordenado ya de diácono, pone en marcha la Congregación de canónigos seculares de San Jorge en Alga. Cobraron entonces fuerza de regla las costumbres penitenciales y contemplativas; también las prácticas mendicantes que tan provechosamente habían irrumpido dos siglos antes en la cristiandad medieval. Las primeras biografías de San Lorenzo Giustiniani saborean estos años juveniles en los que el clérigo de San Jorge, sacerdote a sus veintiséis años, recorre los ciento cincuenta canales de la ciudad y se hace presente en las ciento veintidós islas enlazadas por puentes bellísimos, para recoger limosnas y repartir amor de Dios entre el vecindario creyente y pecador. La historia se mezcla con la leyenda para referir insidias, vilipendios y tentaciones de esta época, que acrisola la virtud de Lorenzo y lo deja ya definitivamente lanzado hacia una santidad de vuelos altos.

 El primer decenio del siglo XV señala la etapa más virulenta del Cisma de Occidente, que llega a partir en tres la cristiandad latina bajo tres tiaras incompatibles, la verdadera de Angel Cornaro, que toma el nombre de Gregorio XII en noviembre de 1406 y las de Pedro de Luna y Baltasar de Cosa, que pasaban por pontífices en otras zonas, bajo los nombres de Benedicto XIII y Juan XXIII. El Papa legítimo, Gregorio XII, hombre de temple austero y costumbres piadosas, veneciano también él, conocía sobradamente a los Giustiniani y estaba al tanto de la hermosa aventura de Lorenzo. Hizo cuentas con él para cubrir un cargo de relieve: el priorato de San Agustín de Vicenza al que iba anejo entonces el de los Santos Rústico y Fermo de Lonigo. Cinco años ocupa esta prebenda hasta que se decide a renunciar a ella en favor de su Congregación. Vuelta a San Jorge. Allí la elección del prior tiene carácter anual y el cargo cae sobre los hombros de Lorenzo los años 1409, 1413, 1418 y 1421. En 1423, la peste se ceba en las playas del golfo y los canónigos de la isla —Lorenzo al frente— encarnan heroicamente la bella estampa medieval del santo que cura llagas, absuelve a moribundos y entierra a los fieles difuntos.

 Entre tanto, la Congregación va creciendo, desborda los límites vénetos y exige un superior general. El primero, ya se sabe, Lorenzo. Menos mal que también este cargo dura un año y sólo lo ocupa en 1424, 1427 y 1429. Es éste un decenio de madurez. Acabado el primer cuarto de siglo, se retiró a la soledad de San Agustín de Vicenza, alternando la contemplación, el estudio y el gobierno. De entonces datan sus libros principales y los treinta y nueve sermones suyos que conservamos. No escribió nada profano. Ni siquiera algo que no fuera estrictamente espiritual.

 Sus libros —hasta trece enumera el abad Trithemioson— un testimonio impresionante de interioridad. He aquí algunos títulos: Sobre la disciplina y la perfección espiritual, De la lucha triunfal de Cristo, De la lucha interior, Cuadernillo de amor, De la vida solitaria, Sobre el desprecio del mundo, El árbol de la vida.

 Un latín florido, de más lustre que el acostumbrado en otros escritores de la época, sirve de vehículo a consideraciones jugosas sobre el camino del alma hasta Dios a través de Jesucristo. Empapada de devoción y jugo místico, la obra literaria de San Lorenzo Justiniano está muy lejos del esquematismo frío que disecó la escolástica de su tiempo a manos de los últimos nominalistas. Sus temas son las virtudes cristianas: fe, continencia, prudencia, obediencia, esperanza, perseverancia, pobreza, sobriedad, humildad, oración. Con referencias constantes a Cristo, siempre en una atmósfera esperanzada: si Cristo triunfó, también nosotros triunfaremos. Su libro sobre el matrimonio espiritual toca cimas inéditas en la bibliografía de la mística medieval y muestra bien lo que en un hombre de su talla puede lograr la gracia de Dios.

 Con menos pretensiones sistemáticas y menor cargamento jurídico o teológico que Gerson y Pedro D'Ailli, Lorenzo Giustiniani puede formar terna dignamente con aquella insigne pareja, tan señalada en la historia de la espiritualidad.

 Tenía cincuenta y dos años cuando otro Papa, veneciano también y compañero suyo en los escaños capitulares de San Jorge, volvió a pensar en el. Eugenio IV —el Papa unionista del concilio de Florencia— le nombra en 1443 obispo de Castello, otra isla vecina al Lido veneciano. Ahora va a rendir, en cosecha inmediata, todo el cultivo de medio siglo. Su pontificado no tuvo prólogos. Sabía muy bien dónde iba. Al año de tomar posesión, convocó a sínodo diocesano a todo su clero. Salieron de allí sabias constituciones, muchas de ellas con sello de reforma porque los tiempos lo pedían. No olvidemos que un siglo más tarde un ex fraile alemán iba a buscar pretextos a su seudorreforma en las costumbres decadentes, de los estamentos eclesiásticos. Pero debe saberse también que en España, en Italia, en Francia, en la misma Alemania los santos se anticiparon a los herejes y por el camino recto. Los siglos XIV y XV son testigos de la aparición de varios millares de libros titulados De Reformatione Ecclesiae in capite et in membris (Sobre la reforma de la Iglesia en la cabeza y en los miembros).

 Cuatro años después del sínodo diocesano, el obispo de Castello promulgó en un códice sus cuarenta Constituciones que llamó Synodicon. Allí se regulaba el régimen claustral de las monjas contemplativas, se flagelaba el absentismo de los cargos eclesiásticos, cuya acumulación quedaba restringida, se dictaba, en suma, todo un código de vida eclesiástica y cristiana. Abundaron los malos ratos que exige toda vida fecunda. Porque, además, desde el púlpito de San Marcos el Evangelio se impartía sin adulteraciones, a justos y pecadores, a estibadores del canal y a matronas de los palacios. En pleno siglo XV, los cotilleos de la buena sociedad veneciana hablaban ya de intransigencia, de intromisiones episcopales, de costumbres inveteradas que no había por qué demoler.

 La persona del obispo era la misma que en San Jorge y San Agustín de Vicenza y en su vida privada de monje y asceta no se notó la nueva dignidad. Tampoco la patriarcal de Venecia a la que fue elevado por Nicolás V mediante bula de 8 de octubre de 1451. Por ella quedaban suprimidos el patriarcado de Grado y la diócesis de Castello y trasladados todos sus privilegios a la nueva sede en la capital de la Serenísima República.

 Lo de Venecia es reedición de lo de Castello con más alta aureola de experiencia, de virtud personal, de dotes de gobierno, de ambiciones pastorales. Sólo un lustro de pontificado fijó su nombre para siempre en la constelación de los obispos insignes. Un año antes de morir celebra concilio provincial en el IV Domingo después de Pascua de 1455. Apenas si se conserva nada de las actas, pero el gesto conciliar de un prelado lleno de achaques mostraba a quien quisiera enterarse cómo la reforma que culminaría en Trento llevaba un siglo de adelanto en el patriarcado de Venecia. Años intensos éstos que, sin embargo, le dejan tiempo para escribir, como en los buenos días de la isla o del priorato. Cae como fruta madura su tratado De Reffimine Praelatorum (Sobre el modo de gobernarse los obispos), que cuaja en normas sapientísimas el precipitado de medio siglo de vida eclesiástica. Sus libros iban depurándose: Sobre los grados de la perfección y el último: Sobre el incendio del amor divino.

 Más de un siglo más tarde, un fraile español, fray Juan de la Cruz, hablando del juicio particular, iba a decir: "Entonces seremos examinados de amor". San Lorenzo Justiniano preparó con tiempo el examen. Ardiendo él mismo y prendiendo a los demás en la hoguera inmensa del amor de Dios, cerró los párpados a la luz de Venecia para abrirlos a la inmarcesible de los cielos el 18 de julio de 1456. A los altares de la tierra tardó más en subir y después de un proceso de beatificación y canonización de casi dos siglos y medio, fue proclamado Santo por Alejandro VIII el 16 de octubre de 1690.

 ANTONIO MONTERO MORENO

Santa Teresa de Calcuta 5 de septiembre

Santa Teresa de Calcuta
5de Septiembre

Juan Pablo II: La Madre Teresa enseña que la evangelización pasa con la caridad
Homilía de la eucaristía de beatificación de la religiosa albanesa 

CIUDAD DEL VATICANO, 19 octubre 2003 (ZENIT.org).- Publicamos a continuación la homilía de Juan Pablo II de la eucaristía celebrada en la mañana de este domingo en la Plaza de San Pedro, durante la cual fue beatificada la Madre Teresa de Calcuta. 

Ante las más de 300.000 personas que llenaron la plaza y sus alrededores, el texto fue leído por el arzobispo argentino Leonardo Sandri, sustituto para los Asuntos Generales de la Secretaria de Estado del Vaticano, y por el arzobispo de Bombay, cardenal Ivan Dias.

* * *

1. «El que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos» (Mc 10, 44). Estas palabras de Jesús a los discípulos, que acaban de resonar en esta Plaza, indican cuál es el camino que conduce a la «grandeza» evangélica. Es el camino que Cristo mismo recorrió hasta la Cruz; un itinerario de amor y de servicio que va contra toda lógica humana. ¡Ser el siervo de todos! 

Por esta lógica se dejó guiar la Madre Teresa de Calcuta, Fundadora de los Misioneros y de las Misioneras de la Caridad, que hoy tengo la alegría de inscribir en el Catálogo de los Beatos. Estoy personalmente agradecido a esta valerosa mujer, a quien siempre he sentido cerca de mí. Imagen del Buen Samaritano, ella se acercaba a cualquier lugar para servir a Cristo en los más pobres entre los pobres. Ni los conflictos ni las guerras lograban detenerla. 

De vez en cuando venía a hablarme de sus experiencias en el servicio de los valores evangélicos. Recuerdo, por ejemplo, cuando dijo al recibir el premio Nobel de la paz: «Si oís que alguna mujer no quiere tener a su hijo y desea abortar, intentad convencerla para que me traiga a ese niño. Yo lo amaré, viendo en él el signo del amor de Dios» (Oslo, 10 de diciembre de 1979). 

2. ¿No es significativo que su beatificación tenga lugar precisamente en el día en que la Iglesia celebra la Jornada Misionera Mundial? Con el testimonio de su vida, la Madre Teresa recuerda a todos que la misión evangelizadora de la Iglesia pasa a través de la caridad, alimentada en la oración y en la escucha de la palabra de Dios. Emblemática de este estilo misionero es la imagen que refleja a la nueva Beata mientras sostiene, con una mano, la de un niño y, con la otra, recorre la corona del Rosario. 

Contemplación y acción, evangelización y promoción humana: la Madre Teresa proclama el Evangelio con su vida entregada por entero a los pobres, pero, al mismo tiempo, envuelta en la oración. 

3. «Quien quiera ser grande entre vosotros debe ser vuestro servidor» (Mc 10, 43). Con particular emoción recordamos hoy a la Madre Teresa, una gran servidora de los pobres, de la Iglesia y del mundo entero. Su vida es un testimonio de la dignidad y del privilegio del servicio humilde. Eligió ser no sólo la última, sino la sierva de los últimos. Como una verdadera madre de los pobres, se inclinó a los que sufrían diferentes formas de pobreza. Su grandeza reside en su capacidad de dar sin importar el coste, dar «hasta que duela». Su vida fue una vida radical y una valiente proclamación del Evangelio. 

El grito de Jesús en la cruz, «Tengo sed» (Jn 19, 28), expresando la profundidad del deseo de Dios por el hombre, penetró el alma de la Madre Teresa y halló tierra fértil en su corazón. Saciar la sed de amor y de almas de Jesús, en unión con María, la Madre de Jesús: esto se convirtió en el objetivo de la existencia de la Madre Teresa y en la fuerza que la sacó de sí misma y la llevó a recorrer el mundo para trabajar por la salvación y la santificación de los más pobres entre los pobres. 

4. «Cuanto hicisteis a uno de esos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25, 49). Este pasaje del Evangelio, crucial para comprender el servicio de la Madre Teresa a los pobres, era la base de su convicción llena de fe de que al tocar los cuerpos rotos de los pobres ella estaba tocando el cuerpo de Cristo. Era al propio Jesús, oculto bajo la dolorosa apariencia de los más pobres entre los pobres, a quien se dirigía su servicio. La Madre Teresa pone de relieve el significado más profundo del servicio: un acto de amor hecho al que tiene hambre, sed, al extranjero, al que está desnudo, al enfermo, al prisionero (Cf. Mt 25, 34-36) se hace al propio Jesús. 

Reconociéndole a Él, ella se consagró con toda devoción, expresando la delicadeza de su amor esponsal. De esta forma, en total donación de sí misma a Dios y al prójimo, la Madre Teresa halló su gran realización y vivió las más nobles cualidades de su feminidad. Quiso ser un signo «del amor de Dios, de la presencia de Dios, de la compasión de Dios» y así recordó a todos el valor y la dignidad de cada hijo de Dios, «creado para amar y ser amado». Así hizo la Madre Teresa, «llevando las almas a Dios y Dios a las almas» y saciando la sed de Cristo, especialmente en aquellos más necesitados, aquellos cuya visión de Dios había quedado oscurecida por el sufrimiento y el dolor. 

5. «El Hijo del hombre ha venido para dar su propia vida en rescate de muchos» (Mc 10, 45). La Madre Teresa participó en la pasión del Crucificado, de forma especial durante largos años de «oscuridad interior». Fue aquella una prueba a veces muy dolorosa, acogida como un singular «don y privilegio». 

En las horas más oscuras se aferraba con mayor tenacidad a la oración ante el Santísimo Sacramento. Este duro trabajo espiritual la llevó a identificarse cada vez más con quienes servía a diario, experimentando la tristeza y hasta el rechazo. Amaba repetir que la mayor pobreza es no ser deseado, no tener a nadie que se ocupe de uno. 

6. «¡Danos, Señor, tu gracia, y en Ti esperamos!». Cuántas veces, como el Salmista, también la Madre Teresa en los momentos de desolación interior repitió a su Señor: «¡En Ti, en Ti espero, Dios mío!». 

Nuestra admiración a esta pequeña mujer enamorada de Dios, humilde mensajera del Evangelio e infatigable bienhechora de la humanidad. Honremos en ella a una de las personalidades más relevantes de nuestra época. Acojamos su mensaje y sigamos su ejemplo. 

Virgen María, Reina de todos los Santos, ayúdanos a ser a ser mansos y humildes de corazón como esta intrépida mensajera del Amor. Ayúdanos a servir con la alegría y la sonrisa a toda persona que encontremos. Ayúdanos a ser misioneros de Cristo, nuestra paz y nuestra esperanza. ¡Amén! 

[Traducción del original en italiano e inglés real

viernes, 4 de septiembre de 2015

Santo Evangelio 4 de septiembre de 2015


Día litúrgico: Viernes XXII del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Lc 5,33-39): En aquel tiempo, los fariseos y los maestros de la Ley dijeron a Jesús: «Los discípulos de Juan ayunan frecuentemente y recitan oraciones, igual que los de los fariseos, pero los tuyos comen y beben». Jesús les dijo: «¿Podéis acaso hacer ayunar a los invitados a la boda mientras el novio está con ellos? Días vendrán en que les será arrebatado el novio; entonces ayunarán en aquellos días».

Les dijo también una parábola: «Nadie rompe un vestido nuevo para echar un remiendo a uno viejo; de otro modo, desgarraría el nuevo, y al viejo no le iría el remiendo del nuevo. Nadie echa tampoco vino nuevo en pellejos viejos; de otro modo, el vino nuevo reventaría los pellejos, el vino se derramaría, y los pellejos se echarían a perder; sino que el vino nuevo debe echarse en pellejos nuevos. Nadie, después de beber el vino añejo, quiere del nuevo porque dice: ‘El añejo es el bueno’».


«¿Podéis acaso hacer ayunar a los invitados a la boda mientras el novio está con ellos?»

Rev. D. Frederic RÀFOLS i Vidal 
(Barcelona, España)

Hoy, en nuestra reflexión sobre el Evangelio, vemos la trampa que hacen los fariseos y los maestros de la Ley, cuando tergiversan una cuestión importante: sencillamente, ellos contraponen el ayunar y rezar de los discípulos de Juan y de los fariseos al comer y beber de los discípulos de Jesús.

Jesucristo nos dice que en la vida hay un tiempo para ayunar y rezar, y que hay un tiempo de comer y beber. Eso es: la misma persona que reza y ayuna es la que come y bebe. Lo vemos en la vida cotidiana: contemplamos la alegría sencilla de una familia, quizá de nuestra propia familia. Y vemos que, en otro momento, la tribulación visita aquella familia. Los sujetos son los mismos, pero cada cosa a su tiempo: «¿Podéis acaso hacer ayunar a los invitados a la boda mientras el novio está con ellos? Días vendrán...» (Lc 5,34).

Todo tiene su momento; bajo el cielo hay un tiempo para cada cosa: «Un tiempo de rasgar y un tiempo de coser» (Qo 3,7). Estas palabras dichas por un sabio del Antiguo Testamento, no precisamente de los más optimistas, casi coinciden con la sencilla parábola del vestido remendado. Y seguramente coinciden de alguna manera con nuestra propia experiencia. La equivocación es que en el tiempo de coser, rasguemos; y que durante el tiempo de rasgar, cosamos. Es entonces cuando nada sale bien.

Nosotros sabemos que como Jesucristo, por la pasión y muerte, llegaremos a la gloria de la Resurrección, y todo otro camino no es el camino de Dios. Precisamente, Simón Pedro es amonestado cuando quiere alejar al Señor del único camino: «¡Tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres!» (Mt 16,23). Si podemos gozar de unos momentos de paz y de alegría, aprovechémoslos. Seguramente ya nos vendrán momentos de duro ayuno. La única diferencia es que, afortunadamente, siempre tendremos al novio con nosotros. Y es esto lo que no sabían los fariseos y, quizá por eso, en el Evangelio casi siempre se nos presentan como personas malhumoradas. Admirando la suave ironía del Señor que se trasluce en el Evangelio de hoy, sobre todo, procuremos no ser personas malhumoradas.

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