viernes, 6 de marzo de 2015

Santo Evangelio 6 de Marzo de 2015

Día litúrgico: Viernes II de Cuaresma

Texto del Evangelio (Mt 21,33-43.45-46): En aquel tiempo, Jesús dijo a los grandes sacerdotes y a los notables del pueblo: «Escuchad otra parábola. Era un propietario que plantó una viña, la rodeó de una cerca, cavó en ella un lagar y edificó una torre; la arrendó a unos labradores y se ausentó. Cuando llegó el tiempo de los frutos, envió sus siervos a los labradores para recibir sus frutos. Pero los labradores agarraron a los siervos, y a uno le golpearon, a otro le mataron, a otro le apedrearon. De nuevo envió otros siervos en mayor número que los primeros; pero los trataron de la misma manera. Finalmente les envió a su hijo, diciendo: ‘A mi hijo le respetarán’. Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron entre sí: ‘Este es el heredero. Vamos, matémosle y quedémonos con su herencia’. Y agarrándole, le echaron fuera de la viña y le mataron. Cuando venga, pues, el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?».

Dícenle: «A esos miserables les dará una muerte miserable y arrendará la viña a otros labradores, que le paguen los frutos a su tiempo». Y Jesús les dice: «¿No habéis leído nunca en las Escrituras: La piedra que los constructores desecharon, en piedra angular se ha convertido; fue el Señor quien hizo esto y es maravilloso a nuestros ojos? Por eso os digo: se os quitará el Reino de Dios para dárselo a un pueblo que rinda sus frutos».

Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír sus parábolas, comprendieron que estaba refiriéndose a ellos. Y trataban de detenerle, pero tuvieron miedo a la gente porque le tenían por profeta.


Comentario: Rev. D. Melcior QUEROL i Solà (Ribes de Freser, Girona, España)

La piedra que los constructores desecharon, en piedra angular se ha convertido

Hoy, Jesús, por medio de la parábola de los viñadores homicidas, nos habla de la infidelidad; compara la viña con Israel y los viñadores con los jefes del pueblo escogido. A ellos y a toda la descendencia de Abraham se les había confiado el Reino de Dios, pero han malversado la heredad: «Por eso os digo: se os quitará el Reino de Dios para dárselo a un pueblo que rinda sus frutos» (Mt 21,43).

Al principio del Evangelio de Mateo, la Buena Nueva parece dirigida únicamente a Israel. El pueble escogido, ya en la Antigua Alianza, tiene la misión de anunciar y llevar la salvación a todas las naciones. Pero Israel no ha sido fiel a su misión. Jesús, el mediador de la Nueva Alianza, congregará a su alrededor a los doce Apóstoles, símbolo del “nuevo” Israel, llamado a dar frutos de vida eterna y a anunciar a todos los pueblos la salvación.

Este nuevo Israel es la Iglesia, todos los bautizados. Nosotros hemos recibido, en la persona de Jesús y en su mensaje, un regalo único que hemos de hacer fructificar. No nos podemos conformar con una vivencia individualista y cerrada a nuestra fe; hay que comunicarla y regalarla a cada persona que se nos acerca. De ahí se deriva que el primer fruto es que vivamos nuestra fe en el calor de familia, el de la comunidad cristiana. Esto será sencillo, porque «donde hay dos o más reunidos en mi nombre, yo estoy allí en medio de ellos» (Mt 18,20).

Pero se trata de una comunidad cristiana abierta, es decir, eminentemente misionera (segundo fruto). Por la fuerza y la belleza del Resucitado “en medio nuestro”, la comunidad es atractiva en todos sus gestos y actos, y cada uno de sus miembros goza de la capacidad de engendrar hombres y mujeres a la nueva vida del Resucitado. Y un tercer fruto es que vivamos con la convicción y certeza de que en el Evangelio encontramos la solución a todos los problemas.

Vivamos en el santo temor de Dios, no fuera que nos sea tomado el Reino y dado a otros.

© evangeli.net M&M Euroeditors

San Olegario, 6 de Marzo


6 de marzo

San Olegario
Obispo


Autor: Archidiócesis de Madrid

En lo religioso es Nicolás II quien dirige y en lo civil Enrique IV administra el Sacro Imperio Romano cuando nace en el año 1060 Olegario. Sus padres fueron Olaguer –válido de D. Ramón Berenguer, conde de Barcelona– y Guilia. En su tiempo se condena a Berengario por sus errores sobre la Eucaristía y Godofredo de Buillón conquista Jerusalén, nombrándosele defensor del Santo Sepulcro.

Fue canónigo de la iglesia Catedral de Barcelona y D. Ramón Beltrán, obispo de la ciudad lo ordenó sacerdote. Pero, pensando que agradaba más a Dios de otra manera, Olaguer –que así le conocen en Barcelona y Tarragona– renuncia a la prebenda catedralicia, entra en el monasterio de san Adrián del que llega a ser prior y pasa a ser abad del de san Rufo hasta que se le nombra obispo en el año 1115. No pocos apuros costaron ponerle sobre su cabeza la mitra de Barcelona y en su mano el báculo por no quererlos aceptar el frailecito pensando que eran gran dignidad y pocos sus méritos; incluso llegó a escaparse por la noche y el clero tuvo que "atraparle" en Perpiñán; y dicen que hasta el mismo D. Rodrigo suplicó al papa Pascual II para que le obligara a aceptarla. Puede que el dato sea leyenda o puede que sea verdad por su humildad; pero ciertamente hoy –los tiempos cambiaron– no cuesta tanto aceptar un nombramiento episcopal. Aquellas buenas gentes apreciaban bien su calidad. Como obispo hace su labor con creces; pasó el tiempo reconstruyendo monasterios e iglesias, predicando de ordinario –cosa poco usual en su época– y preocupándose de los pobres, dándoles en limosna los dineros que él recibía.

Cuando muere el papa Pascual y se elige a Gelasio II, va Olegario a Roma a besar los pies de Pedro y prestarle juramento como acto protocolario del tiempo. A su vuelta se ha recuperado Tarragona de los moros, se restituye su condición de sede metropolitana y Olaguer es nombrado su arzobispo el 21 de marzo de 1118. El papa lo nombra además legado suyo para toda España. Tiene que vivir en Barcelona cuya sede mantiene porque quedó arrasada Tarragona y sin bienes propios; ocho años tardará Olegario en terminar de reedificar las murallas de esta ciudad y en llevar a ella gente aguerrida que esté en condiciones de poder defenderla.

Cumpliendo la misión de metropolitano y legado ad latere hubo de tomar parte en diversos concilios y anatematizó al antipapa Anacleto.

A su regreso de Tierra Santa se preocupa de que se restituyan a la iglesia los bienes que algunos se habían injustamente apropiado, bendice y repara las iglesias desacralizadas por los sarracenos, e interviene en Zaragoza en la reconciliación entre don Alonso de Castilla y don Ramiro de Aragón.

Este hombre celoso, incansable, con don de gobierno y mucho amor a Dios no pudo ver reconstruida su iglesia metropolitana por falta de recursos económicos antes de morir el 6 de marzo del 1136. Fueron sepultados sus restos en su iglesia de Barcelona y canonizado a la antigua usanza, es decir, por veneración popular y consentimiento del Romano Pontífice.
 

jueves, 5 de marzo de 2015

Santo Evangelio 5 de Marzo de 2015

Día litúrgico: Jueves II de Cuaresma

Texto del Evangelio (Lc 16,19-31): En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos: «Era un hombre rico que vestía de púrpura y lino, y celebraba todos los días espléndidas fiestas. Y un pobre, llamado Lázaro, que, echado junto a su portal, cubierto de llagas, deseaba hartarse de lo que caía de la mesa del rico pero hasta los perros venían y le lamían las llagas.

»Sucedió, pues, que murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. Murió también el rico y fue sepultado. Estando en el Hades entre tormentos, levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno. Y, gritando, dijo: ‘Padre Abraham, ten compasión de mí y envía a Lázaro a que moje en agua la punta de su dedo y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en esta llama’. Pero Abraham le dijo: ‘Hijo, recuerda que recibiste tus bienes durante tu vida y Lázaro, al contrario, sus males; ahora, pues, él es aquí consolado y tú atormentado. Y además, entre nosotros y vosotros se interpone un gran abismo, de modo que los que quieran pasar de aquí a vosotros, no puedan; ni de ahí puedan pasar donde nosotros’.

»Replicó: ‘Con todo, te ruego, padre, que le envíes a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les dé testimonio, y no vengan también ellos a este lugar de tormento’. Díjole Abraham: ‘Tienen a Moisés y a los profetas; que les oigan’. Él dijo: ‘No, padre Abraham; sino que si alguno de entre los muertos va donde ellos, se convertirán’. Le contestó: ‘Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se convencerán, aunque un muerto resucite’».



Comentario: Rev. D. Xavier SOBREVÍA i Vidal (Castelldefels, España)

Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se convencerán, aunque un muerto resucite

Hoy, el Evangelio es una parábola que nos descubre las realidades del hombre después de la muerte. Jesús nos habla del premio o del castigo que tendremos según cómo nos hayamos comportado.

El contraste entre el rico y el pobre es muy fuerte. El lujo y la indiferencia del rico; la situación patética de Lázaro, con los perros que le lamen las úlceras (cf. Lc 16,19-21). Todo tiene un gran realismo que hace que entremos en escena.

Podemos pensar, ¿dónde estaría yo si fuera uno de los dos protagonistas de la parábola? Nuestra sociedad, constantemente, nos recuerda que hemos de vivir bien, con confort y bienestar, gozando y sin preocupaciones. Vivir para uno mismo, sin ocuparse de los demás, o preocupándonos justo lo necesario para que la conciencia quede tranquila, pero no por un sentido de justicia, amor o solidaridad.

Hoy se nos presenta la necesidad de escuchar a Dios en esta vida, de convertirnos en ella y aprovechar el tiempo que Él nos concede. Dios pide cuentas. En esta vida nos jugamos la vida.

Jesús deja clara la existencia del infierno y describe algunas de sus características: la pena que sufren los sentidos —«que moje en agua la punta de su dedo y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en esta llama» (Lc 16,24)— y su eternidad —«entre nosotros y vosotros se interpone un gran abismo» (Lc 16,26).

San Gregorio Magno nos dice que «todas estas cosas se dicen para que nadie pueda excusarse a causa de su ignorancia». Hay que despojarse del hombre viejo y ser libre para poder amar al prójimo. Hay que responder al sufrimiento de los pobres, de los enfermos, o de los abandonados. Sería bueno que recordáramos esta parábola con frecuencia para que nos haga más responsables de nuestra vida. A todos nos llega el momento de la muerte. Y hay que estar siempre preparados, porque un día seremos juzgados.

San Eusebio Palatino 5 de Marzo

5 de marzo

 San Eusebio Palatino
Mártir


Autor: Archidiócesis de Madrid

Es uno de los innumerables mártires anónimos. Voy a ver si consigo explicarme. El Martirologio Romano lo menciona junto con Pedro, Rústico, Herabo, Mario Palatino y ocho compañeros más de martirio cuyos nombres ni siquiera se mencionan. Le doy el calificativo de «anónimo» o desconocido por no tener noticia de ninguna circunstancia que nos hable del lugar, tiempo o clase de padecimientos que tanto él como sus compañeros sufrieran por la fe. Sólo conocemos sus nombres. A lo más que podemos llegar -y esto como suposición- es que padecieron por Jesucristo en África, por el relato concordante, aunque dependientes entre sí por las fuentes que utilizan, de hagiógrafos que se inclinan por este probable detalle.

El Hagiologio lusitano de Pedro Cardoso, la Crónica de España de Martín Carrillo y Moreno Vargas en su Historia de Mérida sostienen que sufrieron martirio en la Bética, en un lugar llamado Medellín, cerca de Mérida.

En este caso no se ha dado paso a la fábula; la imaginación popular no pudo poner aditamentos posteriores y postizos a la figura humana de estos héroes cristianos; el genio no ha sabido describir minuciosamente, como en otros muchos casos, gestas sobreaumentadas con afanes ejemplarizantes pero ajenos a la estricta realidad histórica. Esta influencia de la fantasía disculpable y bienintencionada hizo mucho bien a generaciones de lectores y de oyentes cristianos; muchos se sintieron animados a la fidelidad más estrecha a la fe y a la paciencia en los momentos duros. Otro tipo de lectores no corrieron la misma suerte; por tener un espíritu más crítico en asuntos históricos, o por estar imbuidos de una mentalidad racionalista cerrada a todo lo sobrenatural, el estilo anteriormente descrito les llevó a un apartamiento de la Iglesia en cualquiera de sus manifestaciones y la tildaron de arcaica y demasiado crédula. Como sucede en todos los asuntos, hay para todos los gustos y nunca llueve a gusto de todos.

A la muerte de estos mártires, por razones ignotas para nosotros y que sólo Dios conoce, no siguió un culto martirial posterior que mantuviera viva su memoria hasta el fin del tiempo; nos queda la noticia escueta de su entrega hasta la muerte y la heroicidad de la paciencia.

Hacen bien las sociedades cultas en mostrar agradecimiento a los héroes -aunque éstos sean anónimos- que en épocas difíciles fueron quienes sostuvieron la patria con su cultura, su libertad y las tradiciones de los mayores que, una vez pasada la situación de crisis, luego siguen disfrutando las generaciones futuras, cada una «actual» en su época. No se les atribuyen gestas concretas reconocidas ni están avalados por triunfos personales; simplemente dieron su vida ¿se les puede pedir más? Juntos forman una masa anónima y son los más y probablemente los más importantes. Hicieron posibles los bienes presentes que son su herencia. Probablemente este sea el lógico y noble intento de las sociedades cultas actuales cuando levantan en lugares preferentes monumento al «Soldado Desconocido», queriendo expresar de algún modo -y dejarlo testimoniado a las generaciones futuras- su agradecimiento.

Eusebio Palatino fue uno de estos personajes anónimos que supo personar la fidelidad a Jesucristo y la fortaleza hasta el fin con el tesón de los que entienden valer la pena su entrega. Mi testimonio agradecido a él y a sus compañeros anónimos.
 

miércoles, 4 de marzo de 2015

Santo Evangelio 4 de Marzo de 2015

Día litúrgico: Miércoles II de Cuaresma

Texto del Evangelio (Mt 20,17-28): En aquel tiempo, cuando Jesús iba subiendo a Jerusalén, tomó aparte a los Doce, y les dijo por el camino: «Mirad que subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y escribas; le condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles, para burlarse de Él, azotarle y crucificarle, y al tercer día resucitará».

Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, y se postró como para pedirle algo. Él le dijo: «¿Qué quieres?». Dícele ella: «Manda que estos dos hijos míos se sienten, uno a tu derecha y otro a tu izquierda, en tu Reino». Replicó Jesús: «No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa que yo voy a beber?». Dícenle: «Sí, podemos». Díceles: «Mi copa, sí la beberéis; pero sentarse a mi derecha o mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado por mi Padre».

Al oír esto los otros diez, se indignaron contra los dos hermanos. Mas Jesús los llamó y dijo: «Sabéis que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo; de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos».


Comentario: Rev. D. Francesc JORDANA i Soler (Mirasol, Barcelona, España)

El que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor

Hoy, la Iglesia —inspirada por el Espíritu Santo— nos propone en este tiempo de Cuaresma un texto en el que Jesús plantea a sus discípulos —y, por lo tanto, también a nosotros— un cambio de mentalidad. Jesús hoy voltea las visiones humanas y terrenales de sus discípulos y les abre un nuevo horizonte de comprensión sobre cuál ha de ser el estilo de vida de sus seguidores.

Nuestras inclinaciones naturales nos mueven al deseo de dominar las cosas y a las personas, mandar y dar órdenes, que se haga lo que a nosotros nos gusta, que la gente nos reconozca un status, una posición. Pues bien, el camino que Jesús nos propone es el opuesto: «El que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo» (Mt 20,26-27). “Servidor”, “esclavo”: ¡no podemos quedarnos en el enunciado de las palabras!; las hemos escuchado cientos de veces, hemos de ser capaces de entrar en contacto con la realidad que significan, y confrontar dicha realidad con nuestras actitudes y comportamientos.

El Concilio Vaticano II ha afirmado que «el hombre adquiere su plenitud a través del servicio y la entrega a los demás». En este caso, nos parece que damos la vida, cuando realmente la estamos encontrando. El hombre que no vive para servir no sirve para vivir. Y en esta actitud, nuestro modelo es el mismo Cristo —el hombre plenamente hombre— pues «el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos» (Mt 20,28).

Ser servidor, ser esclavo, tal y como nos lo pide Jesús es imposible para nosotros. Queda fuera del alcance de nuestra pobre voluntad: hemos de implorar, esperar y desear intensamente que se nos concedan esos dones. La Cuaresma y sus prácticas cuaresmales —ayuno, limosna y oración— nos recuerdan que para recibir esos dones nos debemos disponer adecuadamente.

San Casimiro, 4 de Marzo



4 de marzo
SAN CASIMIRO, REY

(† 1484)


 Cuando nació San Casimiro el día 3 de octubre de 1458 en el castillo de Wawel, en Cracovia, habían pasado setenta y dos años desde que su abuelo, el célebre Jaguelón, gran duque de Lituania, se posesionara del trono de Polonia con el nombre de Ladislao II. Amenazados continuamente por los asaltos de los caballeros de la orden teutónica y por las incursiones de los tártaros y los rusos, lituanos y polacos, aunque tan dispares en lengua y estirpe, habían resuelto, al fin, unir su suerte creando una federación o "república", como entonces se decía, la cual sería regida por un jefe único, pero conservando ambos estados sus derechos y sus prerrogativas, con ejército, parlamento y cargas civiles propias.

Jaguelón solamente tuvo hijos de su cuarta espesa, la princesa lituana Sofía de Alsenai; entre éstos se encontraba el padre de nuestro Santo, llamado también Casimiro, que fue desde 1440 gran duque de Lituania v desde 1447 rey también de Polonia. Casó con la princesa austríaca Isabel de Habsburgo, de la cual tuvo trece hijos, siendo el segundo San Casimiro.

Las familias numerosas son consideradas en los salmos como una bendición: "Tus hijos, como retoños de olivo alrededor de tu mesa". Y a menudo los santos han salido de estas familias con mucha prole; y en la actualidad demuestran las estadísticas que de estas familias salen las mejores vocaciones religiosas y sacerdotales.

Volviendo a nuestro Santo hemos de decir que, como sus hermanos y hermanas, tuvo una educación sólida y profundamente cristiana.

Por lo que toca a su madre no puede dudarse. Era una de las princesas más piadosas de su siglo. Pero, además, tenemos un testimonio excepcional. Una carta de la propia Isabel de Habsburgo, escrita en 1502 a su hijo Ladislao, rey de Bohemia y Hungría, en la cual describe minuciosamente cómo deben los padres educar a sus propios hijos. Y sin duda que los sabios consejos que da la madre son sencillamente la exposición de su experiencia personal.

A esta labor básica e insustituible de los padres se juntó la obra de excelentes maestros.

En primer lugar, la del humanista polaco Juan Dlugosz, conocido entre los contemporáneos con el nombre latinizado de Joannes Longinus senior. Fue canónigo de Cracovia y consejero del obispo y por su defensa de los derechos de la Santa Sede mereció el destierro, que pronto le levantó el rey Casimiro para encargarle de la educación de sus hijos. Rechazó el arzobispado de Praga y posteriormente aceptó el de Lemberg, en 1479, muriendo antes de ser consagrado. Su fama literaria le viene de haber escrito una Historia polónica, en que hermana sabiamente el amor a la patria y a la religión. Pero haber sido preceptor de San Casimiro le sigue mereciendo mayores citaciones y probablemente también mayor gloria en el cielo.

Con él compartió la grave responsabilidad de educar a los príncipes el humanista italiano Filippo Bonaccorsi, llamado "Calímaco". En los tiempos de Pío II llegó a ser miembro de la célebre Academia Romana; pero a la muerte del papa Piccolómini, sospechoso de haber tomado parte en la conjuración contra Paulo II, hubo de huir de Roma y refugiarse en el extranjero. Fue bien acogido en la corte polaca, al servicio de la cual perduró treinta años. Calímaco debió enseñar a sus regios discípulos el latín y la retórica y para San Casimiro tuvo el preceptor italiano una frase que lo canonizaba en vida, pues le llamaba divus adolescens, joven divinizado. Opinión que concuerda con la del propio Dlugosz, que le definió como "mancebo maravilloso, de raras dotes y espléndida instrucción".

Claro está que ni los cuidados exquisitos de sus padres ni la competencia de sus maestros alcanzaran gran cosa si el príncipe Casimiro no hubiera correspondido generosamente a la gracia. Porque sus otros hermanos, a pesar de haber recibido la misma educación y criarse en circunstancias semejantes, no sólo no llegaron a su mismo grado de perfección, sino que su vida dejó bastante que desear en cuanto a ejemplaridad cristiana.

El primer biógrafo del Santo fue otro humanista italiano, enviado a Polonia por León X, a los pocos años de su muerte, con el fin de que recopilara los datos para su vida, por ser tan general la fama de su santidad. Zacarías Ferreri nos describe en la vida de San Casimiro, en un latín de corte clásico, sus virtudes eminentes. Nos habla de su piedad, de su mortificación, de las tres virtudes teologales, fe, esperanza y caridad, y de las cuatro cardinales, prudencia, justicia, fortaleza y templanza... Hemos de confesar que tal enumeración de virtudes se nos antoja un tanto convencional. Ferreri hizo el esquema y después lo fue aplicando al piadoso príncipe. Pero lo cierto es que los hechos revelan un alma de santidad no común.

El continuo esfuerzo del jovencito de agradar a Dios y estar siempre unido a él denotaba una conducta muy por encima de lo ordinario. Para domar su cuerpo y evadir los peligros de la corte renacentista, tan poco propicia a la abnegación, se ejercitaba en las mortificaciones más austeras. Usaba cilicio, se azotaba con disciplinas, practicaba el ayuno corporal, dormía en la dura tierra...

De la mortificación de los sentidos no hay que decir. Ni los vestidos ricos, ni los regalos de palacio, ni los pasatiempos frívolos, ni las fiestas mundanas conseguían atraerle. No podía concebirse mayor inocencia, mayor compostura, mayor devoción en tan tierna edad, En el templo, sobre todo, sobrecogía por su actitud piadosa y recogida, olvidado de todo y arrebatado a Dios.

Principalmente fue devoto de la pasión de Cristo.

A lo largo de toda la Edad Media las almas religiosas habían ido penetrando en el misterio insondable de la redención, y una ascética pujante llevaba a los espíritus a conformarse con Cristo crucificado.

Del hieratismo de los crucifijos bizantinos se pasó a la humanización del arte gótico. Fue una exaltación continua de los sufrimientos del Salvador, que llega a su ápice en las tablas de los maestros flamencos y de los primitivos italianos.

Las cruzadas primero y las peregrinaciones después fomentaron el mismo sentimiento de devoción a Cristo crucificado. Los grandes místicos medievales, Santa Matilde, Santa Brígida, Santa Catalina de Siena, San Francisco de Asís, crucifijo viviente, adornado de los sagrados estigmas, Ruysbroeck, con los místicos alemanes y más cercanos a nuestro santo, Gerardo Groot y los religiosos de Windesheim... todos exaltan la meditación sobre temas de la pasión de Cristo.

Nuestro joven príncipe se abismaba en la contemplación del Crucificado, y al oír hablar de los dolores y agonías que se le presentaron al Redentor en el huerto, de los escarnios que padeció en el atrio de los sumos sacerdotes, de las befas y ludibrios de la flagelación y la coronación de espinas, así como de las caídas del terrible itinerario y de la crucifixión y muerte a la hora de nona, las lágrimas brotaban de sus ojos compasivos y el corazón se le desmayaba en deliquios amorosos.

Embebido en pensamientos tan divinos, ninguna otra cosa le apetecía, y por su gusto todo su tiempo lo pasara en oración tan sabrosa.

Y no siendo esto posible, por los deberes ineluctables de su alto rango, aprovechaba las noches para tan piadosa ocupación y para visitar las iglesias, pues tan grande como su piedad hacia la pasión de Cristo era su amor al Santísimo Sacramento.

Y como no puede haber amor divino sin caridad para con el prójimo, San Casimiro socorría a manos llenas a los necesitados, amparaba a los débiles, ejercitaba su influencia en favor de los oprimidos, de los prisioneros, de los enfermos y angustiados. Vida tan santa resulta más admirable en una corte del cuatrocientos, en un ambiente poco propicio a la abnegación y a la virtud.

Esta santidad del príncipe Casimiro nos la atestigua su propia madre, en carta que escribe a su hijo primogénito Ladislao. En ella le recuerda el ejemplo edificante de su hermano, como digno de toda imitación. Le presenta como un hombre ocupado singularmente en las cosas divinas, que buscaba en todo la verdad, concluyendo que su memoria perdura a través de los siglos. Expresiones de este género en la carta de una madre que escribe al hijo que ha sido compañero de juego y testigo de la vida cotidiana de su mismo hermano, deben asentarse en la sólida realidad.

Pero no concluyamos de aquí que Casimiro, entregado a sus devociones, se desentendiese de sus obligaciones de príncipe o rehuyese el trato social.

La historia nos lo presenta como un muchacho alegre y emprendedor, de extraordinarias cualidades para el estudio, sumamente despierto. A los trece años tuvo un breve discurso latino en presencia del legado pontificio, el cardenal Marco Barbo. Dos años más tarde saludaba igualmente en latín al embajador veneciano Ambrosio Contarini.

Pero lo más admirable es la campaña, que emprendió el 2 de octubre de 1471, a los trece años, para la conquista del reino de Hungría.

Los nobles húngaros, cansados del gobierno irregular de Matías Corvino, hicieron gestiones ante el rey de Polonia para que les enviase al joven Casimiro, al cual no faltaban títulos dinásticos por parte de su madre para aspirar a la corona de San Esteban. Al último momento no prevaleció su candidatura, porque Sixto IV intervino para poner paz entre Matías y sus vasallos, y porque el peligro turco aconsejaba no fomentar disensiones entre los reyes cristianos.

Sin embargo, San Casimiro continuó titulándose "señor natural por derecho de nacimiento del reino de Hungría", y no perdió las esperanzas de ocupar en la ocasión propicia aquel trono; si bien nunca llegó a realizarse aquel proyecto, que nos habla de las legítimas aspiraciones del valiente príncipe.

Lo que hizo fue asociarse al gobierno paterno, y desde los diecisiete años le encontramos continuamente en viaje, ya con su padre, ya haciendo de lugarteniente suyo cuando se ausentaba.

Así fue como en 1475 se acercó por vez primera a Lituania, a la que tan profundo afecto profesaba su padre, que, después de haber sido por siete años gran duque de aquella provincia, no consintió en ocupar el trono de Polonia sin asegurarse primero que podría conservar íntegramente sus derechos al ducado de Lituania y la libertad de movimiento para acudir a la misma siempre que lo desease. Desde entonces su hijo, todos los años, pasaba largos períodos de tiempo en Lituania. En 1483, estando en Vilna, se ocupó de la administración del gran ducado.

Por aquella fecha su padre manifestó su voluntad de que contrajese matrimonio con una hija del emperador Federico III. Los cronistas contemporáneos nos refieren que el rey intentaba la boda de su hijo por razones de estado, pero, además, porque según el dictamen de los médicos palatinos, la salud vacilante del príncipe, que por entonces había contraído la tuberculosis, padecería grave riesgo si no se casaba.

Este peregrino consejo de los doctores, que juzgaban ser la vida austera y continente del Santo la causa de su mal, no tuvo efecto, pues él prefirió ser fiel a su voto de castidad, aunque ello le acarrease la muerte.

Efectivamente, la enfermedad se agravó y el Santo moría de tisis el día 4 de marzo de 1484, a los veinticuatro años de edad, como otros santos que tanto se le parecen: San Luís Gonzaga, San Gabriel de la Dolorosa, Santa Teresita del Niño Jesús.

Que su muerte fue edificante nos lo abona la santidad de su vida, pero también el hecho de que supo esperarla serenamente, habiendo recibido los santos sacramentos, y con sus ojos clavados en la imagen del crucifijo e invocando a su dama, la Virgen María. Testigos hubo que aseguraron haber visto su alma, llena de gran claridad, ascender hasta el cielo, donde era recibida por los coros de los ángeles.

Murió en Gardinas (Grodno), pero su cuerpo fue enterrado en la catedral de Vilna, capital de Lituania, en la capilla de Nuestra Señora, lugar escogido por el santo doncel para ser fiel hasta la muerte a tan buena madre.

Cuando ciento veinte años después, en 1604, fue abierta su sepultura para el reconocimiento de sus reliquias, fue hallado entero y sin corrupción su sagrado cuerpo, así como sus vestidos, a pesar de la humedad del enterramiento. Y sobre el pecho del Santo se encontró una copia del himno latino Omni die dic Mariae meae laudes animae. No contento con haberlo rezado diariamente, para demostrar así su devoción a la Virgen, quiso el Santo llevarlo consigo al sepulcro. Este himno se compone de sesenta estrofas rimadas, de seis versos cada una:

Cada día,
alma mía,
di a María
alabanzas.

A sus fiestas,
a sus gestas,
tú les prestas
culto y prez.

Durante mucho tiempo se creyó que el propio San Casimiro había sido el autor de este himno que el juglar de la Virgen cantaba en las iglesias de Cracovia ante sus imágenes. Mas la crítica moderna ha demostrado que se trata de una composición medieval, más de cien años anterior, que algunos atribuyen a San Anselmo de Cantorbery. Con todo, queda el hecho de que el Santo fue quien la propagó, y a su gran devoción mariana se debe el que no se perdiera. Por eso hicieron muy bien los monjes de Montserrat, en la reciente decoración del camarín de la Virgen morenita, el poner la efigie de San Casimiro entre los amantes de María, pronunciando las estrofas del Omni die.

Entre las virtudes de San Casimiro hay que mencionar su celo por promover la fe católica. Tal vez no sea del todo exacta la noticia de las lecciones del segundo nocturno del breviario, donde se dice que consiguió de su padre una ley prohibiendo a los cismáticos rutenos levantar nuevas iglesias o reparar las ruinosas. Esta prohibición estaba ya en vigor cincuenta años antes, desde los tiempos de su abuelo; lo que sí hizo el joven príncipe fue favorecer por todos los medios la extensión del catolicismo y luchar decididamente contra las herejías y movimientos subversivos que en el siglo XV, época de hussitas y wiclefitas, tenían en conmoción al centro de Europa.

Este joven, dulce y amable, es para lituanos y polacos un santo guerrero, algo así como un Santiago del Este, que hace cara a las embestidas moscovitas.

El padre Sarbieswski, famoso latinista, celebró en versos de corte clásico las dos victorias milagrosas que el débil ejército lituano reportó de los rusos en 1518 junto a Polock, y posteriormente en 1654, cuando el general Seremetieff avanzaba con el intento de invadir el gran ducado. San Casimiro se aparece cabalgando un corcel blanco como la nieve y vestido de roja púrpura, dando a los suyos el triunfo.

La canonización de San Casimiro se fija el año 1521, habiendo compuesto su oficio litúrgico el propio Ferreri, su primer biógrafo. Su culto se extendió con rapidez por su tierra natal, congregándose el 4 de marzo millares de fieles junto a su tumba en Vilna. Desde el siglo XVIII se tiene en esta ciudad la mayor feria del año, llamada "kaziukes", corrupción popular de Casimiro. En tal ocasión se vendían hierbas medicinales y golosinas en forma de corazón. De manera tan ingenua la gente sencilla pone bajo la protección de San Casimiro la salud de los enfermos y el amor de los novios.

Los campesinos polacos y lituanos acostumbran a colocar estatuillas de madera del Santo para guardas de sus heredades, y son muchas las poblaciones que han puesto su imagen en los cuarteles de su escudo.

La opresión de la época zarista sobre Lituania y Polonia y después el comunismo soviético han obligado a la emigración a masas enormes de los habitantes de ambos países, lo que ha contribuido a extender por todo el mundo el culto a San Casimiro. En Estados Unidos, en Canadá, en Argentina, Venezuela y aun en Australia hay muchas parroquias, instituciones, organizaciones y círculos de juventudes puestos bajo la protección del glorioso Santo. El arzobispo metropolita monseñor Skvireckas alcanzó en 1943 de Pío XII que San Casimiro fuese proclamado patrón principal de la juventud lituana, "en cualquier parte del mundo que se encuentre".

Bien lo necesita el martirizado pueblo lituano. Y San Casimiro no abandona a los suyos. Precisamente, en mayo de 1953 los soviéticos convirtieron la catedral de Vilna y la capilla donde reposaban sus reliquias en museo antirreligioso. Hubo que transportar aquellos restos sagrados a un lugar más modesto, a una parroquia de los suburbios de la capital. Así, en esta hora de prueba, el Santo duque de Lituania vuelve en medio de sus hijos más humildes para sostener su fe y su esperanza.

CASIMIRO SÁNCHEZ ALISEDA

martes, 3 de marzo de 2015

Las palabras baratas

LAS PALABRAS BARATAS

¿Hay palabras que se gastan de tanto usarlas? ¿Hay afirmaciones que, a fuerza de repetirlas, pierden su fuerza? ¿Cuánto vale un “te quiero” dicho sin alma? ¿De qué sirve pronunciar un nombre, si olvidas a la persona que hay detrás? Decía aquel mandamiento “No tomarás el nombre de Dios en vano”. Es una idea sorprendente. Tomar un nombre en vano. Decir con los labios lo que la vida no dice. Pronunciar sin sonrojo palabras que habría que decir de puntillas, como compasión, justicia, pobres o amor. Es bonito pensar en el poder de las palabras, o en nuestro poder –y responsabilidad- al pronunciarlas.