sábado, 7 de noviembre de 2026

Cuando contemplo el cielo

 


Cuando contemplo el cielo

de innumerables luces adornado,

y miro hacia el suelo

de noche rodeado,

en sueño y en olvido sepultado;

 

el amor y la pena

despiertan en mi pecho un ansia ardiente;

despiden larga vena

los ojos hechos fuente,

hasta que digo al fin con voz doliente:

 

«Morada de grandeza,

templo de claridad y hermosura,

el alma que a tu alteza

nació, ¿qué desventura

la tiene en esta cárcel baja, oscura?

 

¿Qué mortal desatino

de la verdad aleja así el sentido,

que, de tu bien divino

olvidado, perdido,

sigue la vana sombra, el bien fingido?»

 

El hombre está entregado

al sueño de su suerte no cuidando,

y, con paso callado,

el cielo vueltas dando

las horas del vivir le va hurtando.

 

¡Oh, despertad, mortales,

mirad con atención en vuestro daño!

¿Las almas inmortales,

hechas a bien tamaño,

podrán vivir de sombras y de engaño?

 

¡Ay!, levantad los ojos

a aquesta celestial eterna esfera;

burlaréis los antojos

de aquesa lisonjera

vida, con cuanto teme y cuanto espera.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu,

por los siglos de los siglos. Amén.


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