En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Como en los días de Noé, así será la venida del Hijo del hombre. Porque como en los días que precedieron al diluvio, comían, bebían, tomaban mujer o marido, hasta el día en que entró Noé en el arca, y no se dieron cuenta hasta que vino el diluvio y los arrastró a todos, así será también la venida del Hijo del hombre. Entonces, estarán dos en el campo: uno es tomado, el otro dejado; dos mujeres moliendo en el molino: una es tomada, la otra dejada.
»Velad, pues, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Entendedlo bien: si el dueño de casa supiese a qué hora de la noche iba a venir el ladrón, estaría en vela y no permitiría que le horadasen su casa. Por eso, también vosotros estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre».
«Velad (...) porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor»
Mons. José Ignacio ALEMANY Grau, Obispo Emérito de Chachapoyas
(Chachapoyas, Perú)
Hoy, «como en los días de Noé», la gente come, bebe, toma marido o mujer con el agravante de que el hombre toma hombre, y la mujer, mujer (cf. Mt 24,37-38). Pero hay también, como entonces el patriarca Noé, santos en la misma oficina y en el mismo escritorio que los otros. Uno de ellos será tomado y el otro dejado porque vendrá el Justo Juez.
Se impone vigilar porque «sólo quien está despierto no será tomado por sorpresa» (Benedicto XVI). Debemos estar preparados con el amor encendido en el corazón, como la antorcha de las vírgenes prudentes. Se trata precisamente de eso: llegará el momento en que se oirá: «¡Ya está aquí el esposo!» (Mt 25,6), ¡Jesucristo!
Su llegada es siempre motivo de gozo para quien lleva la antorcha prendida en el corazón. Su venida es algo así como la del padre de familia que vive en un país lejano y escribe a los suyos: —Cuando menos lo esperen, les caigo. Desde aquel día todo es alegría en el hogar: ¡Papá viene! Nuestro modelo, los Santos, vivieron así, “en la espera del Señor”.
El Adviento es para aprender a esperar con paz y con amor, al Señor que viene. Nada de la desesperación o impaciencia que caracteriza al hombre de este tiempo. San Agustín da una buena receta para esperar: «Como sea tu vida, así será tu muerte». Si esperamos con amor, Dios colmará nuestro corazón y nuestra esperanza.
Vigilen porque no saben qué día vendrá el Señor (cf. Mt 24,42). Casa limpia, corazón puro, pensamientos y afectos al estilo de Jesús. Benedicto XVI explica: «Vigilar significa seguir al Señor, elegir lo que Cristo eligió, amar lo que Él amó, conformar la propia vida a la suya». Entonces vendrá el Hijo del hombre… y el Padre nos acogerá entre sus brazos por parecernos a su Hijo.
Casi tres hermanos curas y una monja: «Si haces atractiva la fe, ellos la buscan solos, sin obligar»
De izquierda a derecha: James, diácono Danny, hermana Mary Sophia y Nicholas Morrison.
Eric y Grace Morrison nunca presionaron a sus siete hijos para que eligieran el sacerdocio o la vida religiosa. De hecho, su hijo Danny, diácono de Washington, D. C., describe en broma su historia vocacional como "aburrida".
"No hubo un gran momento de conversión, sino un llamado lento del Señor a lo largo de mi vida", dice a National Catholic Register. Danny se convertirá pronto en el tercer sacerdote de su familia, que también tiene a una hermana religiosa de las Dominicas de Santa Cecilia en Nashville, Tennessee (EE.UU).
Generosos con el Señor
"Vivimos una bella camaradería entre los miembros de nuestra familia", dice el diácono de 26 años. "Este hermoso impulso de buscar la excelencia juntos, de acercarnos a la cruz y a las alturas de la santidad, es un regalo familiar", añade.
Danny será ordenado sacerdote el 21 de junio, uniéndose en el ministerio a sus hermanos James y Nicholas Morrison. Mientras que su hermana, Mary Sophia, profesará sus primeros votos con las dominicas de Nashville en el mes de agosto.
"Una de nuestras frases favoritas en la familia es 'todo o nada'", reconoce Nicholas, ordenado sacerdote en 2021. "Intentamos ser radicalmente generosos con el Señor, entregándoselo todo, y trabajando por Él y por la salvación de los demás", afirma.
El trato "normal" con sacerdotes fue una de las claves de su vocación.Morrison
Eric Morrison, el padre de familia, suele recibir con frecuencia preguntas de otros padres sobre cómo animar a los hijos a seguir el sacerdocio o la vocación religiosa. "No hay fórmulas mágicas. En mi caso, creo que fue intentar mantener siempre una puerta abierta", comenta orgulloso.
Eric y Grace hicieron un "trabajo maravilloso al promover las vocaciones de sus hijos sin presionarlos de ninguna manera", dice el padre Mark Ivany, director de vocaciones de la archidiócesis de Washington, quien conoce a la familia desde que sus hijos eran pequeños.
Por su parte, la dominica María Sofía señala cómo la orientación de sus padres siempre estuvo centrada en la voluntad de Dios para sus vidas. "Nos animaban a entregarlo todo a Cristo. Una vez que lo hiciéramos, Él nos mostraría cuál sería nuestra vocación", explica.
"Nosotros entendimos que su felicidad consistía en que ellos mismos buscaran la voluntad de Dios para sus vidas. Íbamos a misa todos los días, pero ellos tenían la libertad de ir o no", comenta Grace. "Nunca los obligamos, simplemente ellos lo querían hacer con naturalidad", reconoce la madre.
"La forma en que se practicaba la fe era realmente bonita, nunca fue una obligación", dice James, el primero de los hijos en ser ordenado. "Obviamente, la practicábamos sin interrupciones ni superficialidad, pero la veíamos como nuestra vida. No era un añadido ni un compromiso dominical. Era toda nuestra vida", explica el sacerdote.
En vez de obligar sin hacerlo atractivo, "la principal cosa que hicieron los Morrison fue simplemente proponer el sacerdocio o la vida religiosa como una vocación legítima y alegre en la vida", comenta el padre Ivany.
Una característica de la rutina de los Morrison era recibir a los sacerdotes en su casa para cenar, una experiencia que sus hijos destacan como parte crucial de su historia de vocación.
Fue una decisión intencionada, la de invitar a sacerdotes a cenar. "Veíamos el sacerdocio como un don realmente importante para la Iglesia y para el mundo", comenta James. Los niños veían a sus padres tratar a los sacerdotes "como personas normales". "Descubrimos que era una opción viable para una vocación feliz y vivificante", añade.
Desde hace unos días, Pablo, Rafael y Pedro son mucho más que hermanos: los tres son sacerdotes, tras la ordenación de este último el 25 de mayo en Roma.
De diez hermanos, tres son sacerdotes del Opus Dei: «Nuestros padres fueron ejemplo para todos»
Otro aspecto importante de su educación fue la comunidad. "Mis padres se tomaron muy en serio elegir una cultura católica para crecer", dice el padre James. Era "una red de familias católicas muy divertida", en la que "el catolicismo era contagioso".
Al animar a sus hijos a aceptar la voluntad de Dios, Eric y Grace despertaron también la vocación al matrimonio. Su hija Anna está casada y tiene hijos, y su otro hijo estudia en la Universidad Franciscana de Steubenville. La hija menor, de 12 años, fue adoptada en Ucrania y tiene necesidades especiales.
El padre Nicolás destaca la generosidad radical que sus padres han tenido siempre hacia sus hijos. "Ellos nos animaron a ser radicalmente generosos con los demás, a ser radicalmente generosos con el Señor y, luego, a ser radicalmente generosos también con quienes nos rodean", concluye.
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Guardaos de que no se hagan pesados vuestros corazones por el libertinaje, por la embriaguez y por las preocupaciones de la vida, y venga aquel Día de improviso sobre vosotros, como un lazo; porque vendrá sobre todos los que habitan toda la faz de la tierra. Estad en vela, pues, orando en todo tiempo para que tengáis fuerza y escapéis a todo lo que está para venir, y podáis estar en pie delante del Hijo del hombre».
«Estad en vela (...) orando en todo tiempo»
Rev. D. Antoni CAROL i Hostench
(Sant Cugat del Vallès, Barcelona, España)
Hoy, último día del tiempo ordinario, Jesús nos advierte con meridiana claridad sobre la suerte de nuestro paso por esta vida. Si nos empeñamos, obstinadamente, en vivir absortos por la inmediatez de los afanes de la vida, llegará el último día de nuestra existencia terrena tan de repente que la misma ceguera de nuestra glotonería nos impedirá reconocer al mismísimo Dios, que vendrá (porque aquí estamos de paso, ¿lo sabías?) para llevarnos a la intimidad de su Amor infinito. Será algo así como lo que le ocurre a un niño malcriado: tan entretenido está con “sus” juguetes, que al final olvida el cariño de sus padres y la compañía de sus amigos. Cuando se da cuenta, llora desconsolado por su inesperada soledad.
El antídoto que nos ofrece Jesús es igualmente claro: «Estad en vela, pues, orando en todo tiempo» (Lc 21,36). Vigilar y orar... El mismo aviso que les dio a sus Apóstoles la noche en que fue traicionado. La oración tiene un componente admirable de profecía, muchas veces olvidado en la predicación, es decir, de pasar del mero “ver” al “mirar” la cotidianeidad en su más profunda realidad. Como escribió Evagrio Póntico, «la vista es el mejor de todos los sentidos; la oración es la más divina de todas las virtudes». Los clásicos de la espiritualidad lo llaman “visión sobrenatural”, mirar con los ojos de Dios. O lo que es lo mismo, conocer la Verdad: de Dios, del mundo, de mí mismo. Los profetas fueron, no sólo los que “predecían lo que iba a venir”, sino también los que sabían interpretar el presente en su justa medida, alcance y densidad. Resultado: supieron reconducir la historia, con la ayuda de Dios.
Tantas veces nos lamentamos de la situación del mundo. —¿Adónde iremos a parar?, decimos. Hoy, que es el último día del tiempo ordinario, es día también de resoluciones definitivas. Quizás ya va siendo hora de que alguien más esté dispuesto a levantarse de su embriaguez de presente y se ponga manos a la obra de un futuro mejor. ¿Quieres ser tú? Pues, ¡ánimo!, y que Dios te bendiga.
Sor Paulina, de joven punk a monja dominica: una peregrinación a la Virgen cambió todos sus planes
La hermana Pauline durante una clase a niños de preescolar.
La hermana Paulina Porczyńska asegura que dos conversaciones ocurridas hace ahora 23 años la llevaron a dejar atrás su vida punk para dedicarse a servir a Dios y a los niños.
Aunque nació en Zary, una ciudad polaca fronteriza con Alemania y en un país mayoritariamente católico, Paulina nunca llegó a conocer la fe en profundidad dentro de su familia. "Mis padres y mis hermanas mayores no eran creyentes. Nadie me habló de Jesús ni de cómo rezar", recuerda. Por eso, cuando decidió dejar de ir a la iglesia, "nadie se opuso".
"Me sentía fuera de lugar"
La infancia quedó atrás y, con la llegada de la adolescencia, su vida tomó un rumbo distinto: "Al comenzar la secundaria, conocí a gente bastante alocada y me convertí en lo que se podría llamar una punk. Seguí así casi hasta el final de la secundaria", relata.
Como ocurre cada verano en Polonia, miles de fieles peregrinan al santuario de la Virgen Negra de Częstochowa. Paulina, aún sin ser practicante, decidió unirse con unas amigas a una de estas peregrinaciones.
Los primeros días no fueron sencillos: caminar cerca de dos semanas para cubrir unos 560 kilómetros y convivir con jóvenes que rezaban y cantaban todo el tiempo la hacía sentir fuera de lugar. "No tenía ninguna relación con Jesús. No era feliz y sabía que buscaba algo, pero no sabía qué".
"Al comenzar la secundaria, conocí a gente bastante alocada", dice.
Observaba a su alrededor y veía sonrisas en todos. El jueves de aquella semana, frustrada, decidió hablar con un sacerdote franciscano que caminaba entre los peregrinos. Aquella conversación fue decisiva. "Me preguntó: '¿Quieres confesarte?', y respondí que no sabía si quería, pero sí que no podía vivir así". Aceptó confesarse y lo vivió como "la experiencia más hermosa" de su vida. Ese momento marcó su conversión.
De regreso a casa entendió que seguir con su antigua vida y permanecer con Jesús era incompatible. "Tenía que elegir… y elegí a Jesús", afirma.
Al verano siguiente, quiso repetir la peregrinación para buscar respuestas. En el mismo lugar donde había hablado con el sacerdote el año anterior, sintió que algo movía su interior. Un amigo le preguntó si se encontraba bien; ella no supo explicarlo. Fue él quien le sugirió que quizá debía plantearse una vocación religiosa. Aunque en ese momento respondió con incredulidad, la idea quedó grabada.
Tras volver, buscó un director espiritual. Él le aconsejó que su fe aún necesitaba madurar y que debía terminar sus estudios antes de ingresar en un convento. Paulina inició la carrera de Educación Infantil, pero nunca sintió que ese fuera su camino definitivo. Una conversación con un profesor reforzó esa intuición: "Creo que serías una gran hermana", le dijo, lo cual ella interpretó como una señal más.
Finalmente, tras dos años, decidió rendirse a lo que sentía en el corazón: "Renuncié a mi voluntad y le dije 'sí' a Dios".
Aún faltaba saber a qué congregación unirse. Lo descubrió durante un retiro al que la invitó una monja dominica. Mientras rezaba frente a un cuadro que representaba a la Virgen entregando el rosario a Santo Domingo, notó que el suyo era igual al de la pintura. En ese instante comprendió que su camino era ser dominica. Después de superar la resistencia inicial de su madre, se trasladó a Cracovia para iniciar su formación.
Casi tres hermanos curas y una monja: «Si haces atractiva la fe, ellos la buscan solos, sin obligar»
Profesó sus primeros votos como dominica en 2007 en Polonia, donde combinó su vida religiosa con su trabajo como maestra de niños con discapacidades y en guarderías. Más tarde, en Estados Unidos —donde hizo sus votos perpetuos en 2014— continuó enseñando Educación Infantil, una etapa por la que siente un cariño especial. "Son abiertos, cariñosos y alegres. Me recuerdan la belleza de las cosas sencillas", explica.
Le apasiona preparar a los pequeños para el jardín de infancia, pero aún más compartir con ellos la fe. "Rezar juntos, ir a misa o adorar a Jesús en la Eucaristía son momentos muy especiales". Confiesa que en este servicio recibe más de lo que da: "Siento el amor de Dios por mí a través de ellos. Me cuesta imaginarme haciendo otra cosa"
En aquel tiempo, Jesús puso a sus discípulos esta comparación: «Mirad la higuera y todos los árboles. Cuando ya echan brotes, al verlos, sabéis que el verano está ya cerca. Así también vosotros, cuando veáis que sucede esto, sabed que el Reino de Dios está cerca. Yo os aseguro que no pasará esta generación hasta que todo esto suceda. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán».
«Cuando veáis que sucede esto, sabed que el Reino de Dios está cerca»
Diácono D. Evaldo PINA FILHO
(Brasilia, Brasil)
Hoy somos invitados por Jesús a ver las señales que se muestran en nuestro tiempo y época y, a reconocer en ellas la cercanía del Reino de Dios. La invitación es para que fijemos nuestra mirada en la higuera y en otros árboles —«Mirad la higuera y todos los árboles» (Lc 21,29)— y para fijar nuestra atención en aquello que percibimos que sucede en ellos: «Al verlos, sabéis que el verano está ya cerca» (Lc 21,30). Las higueras empezaban a brotar. Los brotes empezaban a surgir. No era apenas la expectativa de las flores o de los frutos que surgirían, era también el pronóstico del verano, en el que todos los árboles "empiezan a brotar".
Según Benedicto XVI, «la Palabra de Dios nos impulsa a cambiar nuestro concepto de realismo». En efecto, «realista es quien reconoce en el Verbo de Dios el fundamento de todo». Esa Palabra viva que nos muestra el verano como señal de proximidad y de exuberancia de la luminosidad es la propia Luz: «Cuando veáis que sucede esto, sabed que el Reino de Dios está cerca» (Lc 21,31). En ese sentido, «ahora, la Palabra no sólo se puede oír, no sólo tiene una voz, sino que tiene un rostro (...) que podemos ver: Jesús de Nazaret» (Benedicto XVI).
La comunicación de Jesús con el Padre fue perfecta; y todo lo que Él recibió del Padre, Él nos lo dio, comunicándose de la misma forma con nosotros. De esta manera, la cercanía del Reino de Dios, —que manifiesta la libre iniciativa de Dios que viene a nuestro encuentro— debe movernos a reconocer la proximidad del Reino, para que también nosotros nos comuniquemos con el Padre por medio de la Palabra del Señor —Verbum Domini—, reconociendo en todo ello la realización de las promesas del Padre en Cristo Jesús.
Decepcionado del Islam, rezó a Dios pidiendo conocerle... y Él le guió con un sueño hacia Cristo
Antonio se convenció de que el Islam estaba equivocado, oró a Dios, y Él lo guió con un sueño que se repitió 3 veces
Antonio es un joven formado en una familia musulmana y en un país de mayoría musulmana que cuenta su testimonio desde Italia en Cambio de Agujas, el popular programa de testimonios de conversión de HM Televisión.
Él no tenía ninguna relación con el cristianismo, pero a los 17 años, al investigar el Islam, se convenció de que era una religión errónea. Y después, un hombre misterioso se le apareció en sueños. Son muchos los casos de musulmanes que llegan a Cristo a través de sueños como explicamos aquí en ReL.
Hacía preguntas y los imanes se enfadaban
De niño, Antonio no estaba muy implicado en asuntos religiosos. Después, "cuando cumplí los 17 empecé a practicar, a acercarme a Dios para pedirle ayuda en los exámenes de la selectividad; empecé a rezar, a leer el Corán y a frecuentar la mezquita".
A medida que leía el Corán y estudiaba los hadices (los dichos) de Mahoma, se le planteaban algunas preguntas. Pero cuando las comentaba con su abuelo, y después con los imanes, veía que en vez de dar respuestas, se enfadaban. Simplemente debía entender que el Corán era sagrado y no se podía cuestionar nada de ninguna manera. Ante sus preguntas, un imán incluso le echó de la mezquita y le prohibió volver nunca.
"Yo no quería hacer daño; yo era sincero, sólo buscaba saber las respuestas", explica Antonio. Decidió pedir una cita con un profesor universitario experto en la sharia, la ley islámica. No detalló de qué quería hablar exactamente. Cuando se reunieron y él planteó sus preguntas, el profesor se enfadó, llamó al servicio de seguridad y los guardias lo expulsaron del recinto.
"¿Por qué todos, absolutamente todos, tienen miedo de hablar, de discutir?", se preguntaba Antonio. Suponía que el Islam seguía siendo la religión correcta, y que, simplemente, toda esta gente estaba equivocada y no sabía responder.
El Islam se equivoca, pero Dios sí existe
Decidió volcarse a buscar en las webs islámicas de Internet, "en vez de estudiar mis asignaturas del instituto". Y su conclusión, después de mucho leer y buscar, fue que el Islam no podía ser una religión correcta, verdadera.
"Yo creía que había un Dios, pero no sabía Quién era ese Dios", explica. "Hice una oración muy sencilla pero que salía de mi corazón. Antes de ir a dormir, dije: 'Dios, yo sé que Tú existes, que me oyes y escuchas, pero yo no te oigo, no te conozco. Quisiera conocerte, verte, experimentarte en mi vida'".
Un sueño maravilloso, un hombre con corona
Esa misma noche tuvo un sueño muy especial. "Vi una persona que llevaba una corona, una túnica blanca y roja, y que detrás de él había mucha luz. Era maravilloso. No le pregunté nada, no hablamos. Después, él se fue. Cuando desperté no lo comenté con nadie de mi familia, tenía miedo que se rieran de mí".
Dos noches después, volvió a soñar con esa misma persona. Pero esta vez Antonio le abordó con preguntas. "¿Quién eres? ¿Qué quieres de mí? ¿Eres un rey y un profeta?" Él no respondía.
El hombre de túnica y corona volvió dos noches después, otra vez. "Me daba paz, serenidad". A la tercera vez decidió comentarlo con su madre. "Seguramente es el profeta Mahoma: como te has ido del Islam, ha venido para hacerte regresar", le dijo su madre.
Pero Antonio respondió que no podía ser, porque este personaje llevaba corona, debía ser un rey, y Mahoma no es un rey. Además, "venía con luz, y Mahoma nunca ha venido con luz", argumentaba él.
El mismo hombre, en una imagen de Internet
Pasaron tres meses sin más sueños, enfrascado en sus estudios de instituto. Pero un día, navegando por Internet, vio una imagen de un hombre con corona, que era el de sus sueños. Escribió un mensaje a la mujer que había subido esa imagen a Internet.
- ¿Qué representa esa imagen? -preguntó el joven.
- Es Jesucristo. ¿Por qué preguntas? -dijo ella.
- Lo he visto en mis sueños -dijo él.
- ¿En tus sueños?
- Sí, incluso tres veces.
- ¡Aleluya! ¡Aleluya! El Señor te ha escogido. Jesús te ama - exclamó ella.
- ¿Qué dices? No entiendo nada. ¿Quién es Jesús y por qué me ama? ¿Qué hace por mí?
Ella le explicó quién era Jesús, cómo vino a salvar a los hombres de la muerte y del pecado para llevarlos con Dios.
Y Antonio empezó a leer la Biblia y a investigar sobre el cristianismo. Pasaba horas ante el ordenador cada día para saber más sobre "este Jesús maravilloso", y sobre los apóstoles y los mártires. Y llegó a una conclusión: "Este es el camino correcto, estas personas son creíbles. Yo también quiero ser cristiano".
Bautizarse en un país musulmán
Empezó a visitar iglesias de su país, católicas y ortodoxas. Trabó amistad con algunos cristianos. No era fácil, dice, porque en países de mayoría musulmana esas amistades tienen sus límites. "A tu amigo musulmán no lo puedes invitar a la iglesia", explica. Conoció a casi todos los sacerdotes de su ciudad, pero las leyes del país impedían que le bautizaran.
Finalmente un sacerdote accedió a bautizarle. "Fue muy hermoso. Cuando salí de la iglesia me pareció de verdad que yo era un hombre nuevo. Me sentí muy distinto", recuerda.
Su padre le dio una paliza... y él incluso sonreía
Un día su padre leyó toda la conversación que Antonio mantenía por Internet con aquella señora que le explicaba la fe. "Se enfadó mucho, y se sintió muy herido. Para él era una deshonra, una tragedia. Mi padre me ató y me golpeó durante 8 horas, desde las 8 de la tarde a las 4 de la madrugada. Y yo me acordaba del Via Crucis, de los sufrimientos de Jesús. Era como si yo caminase junto con él. Yo incluso estaba un poco sonriente. Y mi padre me decía: 'te estoy azotando, no debes sonreír'. Él no entendía ese amor, esa relación con Jesús".
En la universidad, sus amigos musulmanes se extrañaban de que tuviera tantos amigos cristianos. Cuando supieron que era cristiano en secreto, dejaron de tratarse con él. "Ninguno de ellos me hablaba ya y luego fueron mis enemigos". En casa no podía hablar ni comer con ellos... sólo podía buscar sobras en la cocina después de que los otros comieran. La familia tenía una asistenta, pero tras la conversión ella tampoco le servía, y si encontraba objetos religiosos los llevaba a su padre.
Emigró a Italia y anima a vivir la fe
Antonio más adelante pudo emigrar, primero a Líbano, donde hay más libertad para los cristianos, y después a Italia.
Antonio tardó un tiempo en perdonar a su padre: lo hizo hace dos años, durante unos ejercicios espirituales para jóvenes. A otros jóvenes les dice: "aquí tenéis oportunidad de vivir la fe e ir a misa, aprovechadla".
Recuerda cuando leía la Biblia en el teléfono debajo de la manta, para que no le vieran, cómo recordaba el historial de Internet en su ordenador. "Merece la pena porque el Señor Jesús murió por nosotros y podemos darle lo mínimo de nuestra vida. Siento que tengo el encargo de hacer más cosas", concluye.
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En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Cuando veáis a Jerusalén cercada por ejércitos, sabed entonces que se acerca su desolación. Entonces, los que estén en Judea, huyan a los montes; y los que estén en medio de la ciudad, que se alejen; y los que estén en los campos, que no entren en ella; porque éstos son días de venganza, y se cumplirá todo cuanto está escrito.
»¡Ay de las que estén encinta o criando en aquellos días! Habrá, en efecto, una gran calamidad sobre la tierra, y cólera contra este pueblo; y caerán a filo de espada, y serán llevados cautivos a todas las naciones, y Jerusalén será pisoteada por los gentiles, hasta que se cumpla el tiempo de los gentiles. Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y de las olas, muriéndose los hombres de terror y de ansiedad por las cosas que vendrán sobre el mundo; porque las fuerzas de los cielos serán sacudidas. Y entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria. Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobrad ánimo y levantad la cabeza porque se acerca vuestra liberación».
«Cobrad ánimo y levantad la cabeza porque se acerca vuestra liberación»
Fray Lluc TORCAL Monje del Monasterio de Sta. Mª de Poblet
(Santa Maria de Poblet, Tarragona, España)
Hoy al leer este santo Evangelio, ¿cómo no ver reflejado el momento presente, cada vez más lleno de amenazas y más teñido de sangre? «En la tierra, angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y de las olas, muriéndose los hombres de terror y de ansiedad por las cosas que vendrán sobre el mundo» (Lc 21,25b-26a). Muchas veces, se ha representado la segunda venida del Señor con las imágenes más terroríficas posibles, como parece ser en este Evangelio, siempre bajo el signo del miedo.
Sin embargo, ¿es éste el mensaje que hoy nos dirige el Evangelio? Fijémonos en las últimas palabras: «Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobrad ánimo y levantad la cabeza porque se acerca vuestra liberación» (Lc 21,28). El núcleo del mensaje de estos últimos días del año litúrgico no es el miedo, sino la esperanza de la futura liberación, es decir, la esperanza completamente cristiana de alcanzar la plenitud de vida con el Señor, en la que participarán también nuestro cuerpo y el mundo que nos rodea. Los acontecimientos que se nos narran tan dramáticamente quieren indicar de modo simbólico la participación de toda la creación en la segunda venida del Señor, como ya participaron en la primera venida, especialmente en el momento de su pasión, cuando se oscureció el cielo y tembló la tierra. La dimensión cósmica no quedará abandonada al final de los tiempos, ya que es una dimensión que acompaña al hombre desde que entró en el Paraíso.
La esperanza del cristiano no es engañosa, porque cuando empiecen a suceder estas cosas —nos dice el Señor mismo— «entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria» (Lc 21,27). No vivamos angustiados ante la segunda venida del Señor, su Parusía: meditemos, mejor, las profundas palabras de san Agustín que, ya en su época, al ver a los cristianos atemorizados ante el retorno del Señor, se pregunta: «¿Cómo puede la Esposa tener miedo de su Esposo?».