domingo, 21 de enero de 2018

Santo Evangelio 21 enero 2018



Día litúrgico: Domingo III (B) del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mc 1,14-20): Después que Juan fue entregado, marchó Jesús a Galilea; y proclamaba la Buena Nueva de Dios: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva». Bordeando el mar de Galilea, vio a Simón y Andrés, el hermano de Simón, largando las redes en el mar, pues eran pescadores. Jesús les dijo: «Venid conmigo, y os haré llegar a ser pescadores de hombres». Al instante, dejando las redes, le siguieron. Caminando un poco más adelante, vio a Santiago, el de Zebedeo, y a su hermano Juan; estaban también en la barca arreglando las redes; y al instante los llamó. Y ellos, dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, se fueron tras Él.


«Convertíos y creed en la Buena Nueva»

+ Rev. D. Lluís ROQUÉ i Roqué 
(Manresa, Barcelona, España)

Hoy, la Iglesia nos invita a convertinos y, con Jesús, nos dice: «Convertíos y creed en la Buena Nueva» (Mc 1,15). Por tanto, habrá que hacer caso a Jesucristo, corrigiendo y mejorando lo que sea necesario.

Toda acción humana conecta con el designio eterno de Dios sobre nosotros y con la vocación a escuchar a Jesús, seguirlo en todo y para todo, y proclamarlo tal como lo hicieron los primeros discípulos, tal como lo han hecho y procuramos hacerlo millones de personas.

Ahora es la oportunidad de encontrar a Dios en Jesucristo; ahora es el momento de nuestra vida que empalma con la eternidad feliz o desgraciada; ahora es el tiempo que Dios nos proporciona para encontrarnos con Él, vivir como hijos suyos y hacer que los acontecimientos cotidianos tengan la carga divina que Jesucristo —con su vida en el tiempo— les ha impreso.

¡No podemos dejar perder la oportunidad presente!: esta vida más o menos larga en el tiempo, pero siempre corta, pues «la apariencia de este mundo pasa» (1Cor 7,31). Después, una eternidad con Dios y con sus fieles en vida y felicidad plenas, o lejos de Dios —con los infieles— en vida e infelicidad totales.

Así, pues, las horas, los días, los meses y los años, no son para malgastarlos, ni para aposentarse y pasarlos sin pena ni gloria con un estéril “ir tirando”. Son para vivir —aquí y ahora— lo que Jesús ha proclamado en el Evangelio salvador: vivir en Dios, amándolo todo y a todos. Y, así, los que han amado —María, Madre de Dios y Madre nuestra; los santos; los que han sido fieles hasta el fin de la vida terrenal— han podido escuchar: «Muy bien, siervo bueno y fiel (...): entra en la alegría de tu señor» (Mt 25,23).

¡Convirtámonos! ¡Vale la pena!: amaremos, y seremos felices desde ahora.

El Maestro nos urge hoy a convertirnos


EL MAESTRO NOS URGE HOY A CONVERTIRNOS

Por Ángel Gómez Escorial

1.- Los que conocen bien el Libro de Jonás saben que se va a lamentar después de que el Señor haya perdonado a los habitantes de Nínive. Por tanto, cuando emprende su predicación cree que no es posible el perdón de Dios ante las muchas maldades que han cometido los ninivitas. Sin embargo, él cumple su misión en la gran ciudad, desconocida totalmente en todos los sentidos por Jonás. Pero las gentes de Nínive escuchan convenientemente la Palabra de Dios y se ponen en situación de reparar sus faltas. Hacen penitencia sincera y toda la ciudad es perdonada.

2.- La primera idea es que Jonás sirve y obedece al Señor en contra de su parecer. No cree que Dios les perdone, pero realiza su pregón. Nos tendríamos que preguntar nosotros si hacemos lo que el Señor quiere, aunque no nos guste. Probablemente, no. Y así construimos, entonces, nuestra acción religiosa en solo aquello que nos gusta o que a nosotros nos parece bien. Es decir, creamos una religión a la medida, que intentamos aplicar a los demás, sin tener en cuenta los mandatos del Señor.

3.- La segunda idea, al respecto, es que el Padre perdona siempre. Solo espera un gesto de arrepentimiento. Ahí está, por ejemplo, la parábola del Hijo Pródigo. El muchacho, que se marchó lejos para derrochar su fortuna, vuelve a su casa más por necesidad que por arrepentimiento. Tiene hambre. Pero el Padre acepta la confesión del primer momento –“he pecado contra Ti”, dice—y su vuelta se convierte en una fiesta. Jonás, asimismo, puede encarnar la figura del hermano mayor del pródigo que no puede admitir que su Padre perdone al irresponsable de su hermano. La enseñanza, pues, que nos ofrece la primera lectura es sencilla y definitiva: Dios perdona siempre y de poco sirven las ideas preconcebidas y justicieras que tengamos nosotros. Es necesario aprender a perdonar siempre, aunque la ofensa cometida nos parezca terrible o de difícil perdón. Perdonemos. Perdonemos siempre. Y como también nos dice Jesús de Nazaret sería mejor que no nos acercáramos al templo, al altar, si llevamos en nuestro corazón el rencor y la ausencia de perdón.

4.- ¿Nos suenan difíciles las palabras de Pablo de Tarso que acabamos de escuchar? ¿Parece que quita importancia a cosas que para nosotros los son? Y, en efecto, podríamos entender que San Pablo minimiza y obvia cosas que son fundamentales. Vivir casados como si no lo estuviéramos; los tristes como si no sintieran esa tristeza, ni los alegres esa alegría. Es raro, ¿verdad? Pero, ¿qué quiere decirnos Pablo? Pues, realmente, es bastante certero lo que señala en ese misterioso párrafo dirigido a los fieles de Corinto. Porque él establece un régimen de prioridades. Y, realmente, comparando todas esas cosas con el Mundo Futuro, con la Eternidad, parece que valen poco. Nuestra convivencia final con Dios es lo más importante que puede haber. Además, Pablo fue un místico, un gran místico.

5.- Y la cercanía de Dios que la mística produce, tiende a crear sentimientos de indiferencia ante todo aquello que no sea el esperado abrazo con el Señor. Es pues muy importante lo que el Apóstol nos dice hoy. Y como otros grandes místicos de la historia su vida es de acción, de viajes, de predicación, sin descanso. Es un místico en la acción. Por tanto hay que entender que reír o llorar con los compañeros, casarse y hasta comprar y poseer son cosas notables y buenas. Dignas de ser acometidas y practicadas. Pero es mucho más importante Dios. Y no es que todo ello sea incompatible. No. Sólo ocurre que Dios es lo principal y su conocimiento lo más importante que podemos tener.

6.- El evangelista San Marcos nos va acompañar durante este ciclo B. Como sabéis cada ciclo –son tres: A, B y C— cuenta con la presencia en las lecturas de uno de los tres Evangelios sinópticos. Marcos es breve en sus textos y muy fuerte en sus ideas. Su concisión hace, según mi punto de vista, que esa vida de Jesús que narra él llegue de manera más simple y fuerte, a la vez, como esculpida en piedra con rasgos y contornos angulosos y pronunciados. Hoy, por ejemplo, en poco más de diez líneas cuenta el contenido de la predicación de Jesús. Anuncia que el tiempo ya se ha terminado y que es necesario convertirse mediante la fe en la Buena Nueva. A su vez refleja con todos los detalles –y muy pocas palabras—la llamada a Pedro y Andrés y a Santiago y Andrés. Son pescadores en el lago de Galilea y serán después “pescadores de hombres”.

7.- Pero, en fin, lo anterior referido a Marcos, sería como la forma. Nos interesa recapacitar un poco sobre el mensaje de Jesús. Importa saber que es Jesús quien nos elige a nosotros. No nosotros a Él. Pensamos muchas veces que la opción que tomamos por el seguimiento de Cristo es una decisión propia y alejada de cualquier complicidad externa a nosotros. No es así. Si somos consecuentes –y miramos con humildad en nuestro interior—descubriremos aquel día en que Jesús nos llamó. No estaríamos junto al lago, aunque tal vez si en el interior de un automóvil, o paseando por la calle, o en el templo, o en cualquier lugar. Hubo una palabra de alguien, una línea de un libro, la risa de un niño o el llanto de una madre que nos inspiró, que nos hizo necesitar, desde ese mismo momento, la cercanía de Jesús: sus palabras, su mensaje, su consuelo. Ese fue el día que nos llamó.

8.- Nos ha dicho también que el tiempo se ha agotado y que debemos convertirnos. Es cierto. ¿Cuánto tiempo llevamos escuchando el mensaje de Jesús sin hacerle caso? Incluso, los que presumen de ser grandes cristianos, si son humildes y coherentes, comprenderán que poco han entendido, que el Reino está muy lejos de ellos, y que lo que saben es útil solo para una pequeña parte de su vida, no para todas las horas del día. Es muy urgente que nos convirtamos, porque si lo hacemos de corazón, podremos llevar la Buena Nueva a nuestros hermanos más necesitados de ella. No hay tiempo que perder, porque cada vez hay más personas ignorantes de lo que es el Camino, la Verdad y la Vida que nos da Cristo. Y me parece que cada vez hay más personas que apenas saben nada de Jesús, salvo algunos tópicos mal aprendidos. De ahí la urgencia de convertirnos y creer en el Evangelio. Los demás nos necesitan.

9.- El epílogo, a modo de resumen, de lo que nos enseñan las lecturas de este tercer domingo del Tiempo Ordinario, supone algo sencillamente importante. Hemos sabido, por el Libro de Jonás, que Dios perdona siempre. Y siempre es siempre, no ciertas veces. Pablo nos muestra una prioridad por las cosas de Dios, por la cercanía del Señor, comparado con lo cual lo demás –aun lo importante— pierde valor. Y Jesús, nuestro Maestro, nos urge a convertirnos y a creer en Él y en lo que anuncia. Y hemos de saber que nos será más fácil de los que creemos: Él nos va a llamar por nuestro nombre y nos dirá lo que tenemos que hacer para ser “pescadores de hermanos”. Si le escuchamos bien, las dificultades no tendrán importancia. Reflexionemos pues esta semana en estos tres puntos que forman un caudal de conocimiento notable para seguir construyendo el Reino de Dios dentro de nosotros.

sábado, 20 de enero de 2018

Santo Evangelio 20 de enero 2018



Día litúrgico: Sábado II del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mc 3,20-21): En aquel tiempo, Jesús volvió a casa y se aglomeró otra vez la muchedumbre de modo que no podían comer. Se enteraron sus parientes y fueron a hacerse cargo de Él, pues decían: «Está fuera de sí».


«Está fuera de sí»

Rev. D. Antoni CAROL i Hostench 
(Sant Cugat del Vallès, Barcelona, España)

Hoy vemos cómo los propios de la parentela de Jesús se atreven a decir de Él que «está fuera de sí» (Mc 3,21). Una vez más, se cumple el antiguo proverbio de que «un profeta sólo en su patria y en su casa carece de prestigio» (Mt 13,57). Ni que decir tiene que esta lamentación no “salpica” a María Santísima, porque desde el primero hasta el último momento —cuando ella se encontraba al pie de la Cruz— se mantuvo sólidamente firme en la fe y confianza hacia su Hijo.

Ahora bien, ¿y nosotros? ¡Hagamos examen! ¿Cuántas personas que viven a nuestro lado, que las tenemos a nuestro alcance, son luz para nuestras vidas, y nosotros...? No nos es necesario ir muy lejos: pensemos en el Papa San Juan Pablo II: ¿cuánta gente le siguió, y... al mismo tiempo, cuántos le interpretaban como un “tozudo-anticuado”, celoso de su “poder”? ¿Es posible que Jesús —dos mil años después— todavía siga en la Cruz por nuestra salvación, y que nosotros, desde abajo, continuemos diciéndole «baja y creeremos en ti» (cf. Mc 15,32)?

O a la inversa. Si nos esforzamos por configurarnos con Cristo, nuestra presencia no resultará neutra para quienes interaccionan con nosotros por motivos de parentesco, trabajo, etc. Es más, a algunos les resultará molesta, porque les seremos un reclamo de conciencia. ¡Bien garantizado lo tenemos!: «Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros» (Jn 15,20). Mediante sus burlas esconderán su miedo; mediante sus descalificaciones harán una mala defensa de su “poltronería”.

¿Cuántas veces nos tachan a los católicos de ser “exagerados”? Les hemos de responder que no lo somos, porque en cuestiones de amor es imposible exagerar. Pero sí que es verdad que somos “radicales”, porque el amor es así de “totalizante”: «o todo, o nada»; «o el amor mata al yo, o el yo mata al amor».

Es por esto que san Juan Pablo II nos habló de “radicalismo evangélico” y de “no tener miedo”: «En la causa del Reino no hay tiempo para mirar atrás, y menos para dejarse llevar por la pereza».

Dos asistentes de vuelo cuentan al Papa que están casados por lo civil ¡y él les casa en el avión!


Boda espontánea, al momento... y perfectamente válida

Dos asistentes de vuelo cuentan al Papa que están casados por lo civil ¡y él les casa en el avión!

Francisco preguntó a la pareja si querían que los casara en ese momento, y así lo hicieron

Dos asistentes de vuelo cuentan al Papa que están casados por lo civil ¡y él les casa en el avión!

Paula Podest Ruiz y Carlos Cuffando Elorriaga, chilenos, padres de dos hijas de 6 y 3 años, asistentes de vuelo (azafatos), se acercaron al Papa en el vuelo de Santiago de Chile a Iquique, para hacerse fotos y le comentaron, como de pasada, que estaban casados, pero solo por lo civil. 

"¿Y por qué no se casaron por la Iglesia?", les preguntó el Papa. "Porque fue cuando el terremoto del 2010 y no pudimos casarnos ese día, se suspendieron las bodas por seis meses, luego llegaron los hijos..." 

Y el Papa les preguntó: "¿Y se quieren casar? ¿Quieren que les case yo? ¿De verdad quieren casarse? Paula, ¿quieres casarte, sí? Nunca lo he hecho en un avión, nunca lo ha hecho un Papa, pero es maravilloso". Y ellos dijeron: "Hagámoslo".

Así el Papa tomó su consentimiento matrimonial ante Dios en ese momento. Paula y Carlos expresaron ante la cámara de VaticanNews «la alegría inmensa» que sienten. 


El Director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, Greg Burke, al dar la información subrayó la validez del Sacramento.


Con certificado matrimonial
En el certificado matrimonial (escrito a mano) y firmado se lee: «El 18 de enero de 2018, en el vuelo papal de Santiago a Iquique, el Sr. Carlos Ciuffardi Elorriaga y la Sra. Paula Podest Ruiz han contraído matrimonio ante la presencia del testigo Ignacio Cueto, siendo el Santo Padre Papa Francisco quien ha tomado el consentimiento». Firman los contrayentes, el testigo y el celebrante, que en letra opequeña escribe "Francisco".


"Es tremendamente inspirador, llena el alma que el Papa, a bordo de un avión, te case", dijo Carlos Ciuffardi a VaticanNews, emocionado. "Para él es algo único, para nosotros algo impensable. Y verdaderamente fue espontáneo, de verdad, no había nada preparado". 

"Fue el momento que la tripulación iba a sacarse la foto. Nos sentamos junto a él, y le contamos: 'ella es mi señora, yo soy su marido, no estamos casados por la Iglesia, porque en 2010 fue el terremoto, y ese día sábado, 27 de febrero, nos casábamos, y no pudimos, la iglesia estaba cerrada, y pasó el tiempo... y así terminamos acá arriba, en un avión, casados por el Papa".  



Ciuffardi se expresa muy bien ante las cámaras, porque antes de trabajar de azafato, bajo la formación de su esposa, fue periodista. "Trabajé muchos años como periodista. Estuve en radio y en medios escritos, pero me di cuenta de que aquí tenía mucho más contacto con la gente", explicó a un periódico chileno. 

viernes, 19 de enero de 2018

Santo Evangelio 19 de enero 2018


Día litúrgico: Viernes II del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mc 3,13-19): En aquel tiempo, Jesús subió al monte y llamó a los que Él quiso; y vinieron donde Él. Instituyó Doce, para que estuvieran con Él, y para enviarlos a predicar con poder de expulsar los demonios. Instituyó a los Doce y puso a Simón el nombre de Pedro; a Santiago el de Zebedeo y a Juan, el hermano de Santiago, a quienes puso por nombre Boanerges, es decir, hijos del trueno; a Andrés, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago el de Alfeo, Tadeo, Simón el Cananeo y Judas Iscariote, el mismo que le entregó.

«Jesús subió al monte y llamó a los que Él quiso»
Rev. D. Llucià POU i Sabater 
(Granada, España)


Hoy, el Evangelio condensa la teología de la vocación cristiana: el Señor elige a los que quiere para estar con Él y enviarlos a ser apóstoles (cf. Mc 3,13-14). En primer lugar, los elige: antes de la creación del mundo, nos ha destinado a ser santos (cf. Ef 1,4). Nos ama en Cristo, y en Él nos modela dándonos las cualidades para ser hijos suyos. Sólo en vistas a la vocación se entienden nuestras cualidades; la vocación es el “papel” que nos ha dado en la redención. Es en el descubrimiento del íntimo “por qué” de mi existencia cuando me siento plenamente “yo”, cuando vivo mi vocación.

¿Y para qué nos ha llamado? Para estar con Él. Esta llamada implica correspondencia: «Un día —no quiero generalizar, abre tu corazón al Señor y cuéntale tu historia—, quizá un amigo, un cristiano corriente igual a ti, te descubrió un panorama profundo y nuevo, siendo al mismo tiempo viejo como el Evangelio. Te sugirió la posibilidad de empeñarte seriamente en seguir a Cristo, en ser apóstol de apóstoles. Tal vez perdiste entonces la tranquilidad y no la recuperaste, convertida en paz, hasta que libremente, porque te dio la gana —que es la razón más sobrenatural—, respondiste que sí a Dios. Y vino la alegría, recia, constante, que sólo desaparece cuando te apartas de El» (San Josemaría). 

Es don, pero también tarea: santidad mediante la oración y los sacramentos, y, además, la lucha personal. «Todos los fieles de cualquier estado y condición de vida están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad, santidad que, aún en la sociedad terrena, promueve un modo más humano de vivir» (Concilio Vaticano II).

Así, podemos sentir la misión apostólica: llevar a Cristo a los demás; tenerlo y llevarlo. Hoy podemos considerar más atentamente la llamada, y afinar en algún detalle de nuestra respuesta de amor.

Era cirujana en Urgencias y entró en crisis ante tanto dolor: un milagro en su paciente la convirtió

Era cirujana en Urgencias y entró en crisis ante tanto dolor: un milagro en su paciente la convirtió

Tras observar una curación inexplicable, el Evangelio se le iluminó

Era cirujana en Urgencias y entró en crisis ante tanto dolor: un milagro en su paciente la convirtió

Kathryn L. Butler se convirtió al ser testigo de un milagro en un momento en el que en su vida sólo había escepticismo


¿Qué ocurre cuando la persona que salva vidas en momentos extremos empieza a no encontrar la razón de vivir tras ver tanto sufrimiento, mal y violencia? Esto es lo que durante un tiempo le ocurrió a una cirujana del servicio de urgencias de un hospital en el que trataba a diario a pacientes que llegaban debatiéndose entre la vida y la muerte.

Se trata de Kathryn L. Butler, que sufrió una gran crisis existencial al ver tanto mal y sufrimiento en su trabajo, en muchos casos provocado por el propio ser humano.

Todavía recuerda como si fuera ayer aquellos momentos que le hicieron caer en esta crisis existencial. Sala de urgencias, prisas, nervios…”Mis ojos siguen el monitor cardíaco. La distancia entre los latidos de mi paciente se alargaba. El ritmo descendente significaba que la sangre, que fluía de su cráneo fracturado, estaba expulsando el cerebro. Tenía 22 años y mientras dormía alguien le golpeó con un bate de béisbol. Su esposa, que dormía junto a él, había muerto durante el asalto. Su hijo de cuatro años había sido testigo de todo”.

“Había sido entrenada para situaciones de urgencia en primeros auxilios: el caos, la oportunidad de ayudar a las personas en momentos terribles. Sin embargo, mientras buscaba la vena de mi paciente, me costaba concentrarme”, explica esta doctora.

Mirar todos los días al mal y al sufrimiento
Mientras seguía luchando con estos sentimientos que la hacían sufrir, llegó a urgencias ya moribundo un adolescente de 15 años herido por arma de fuego. Sin pensarlo, le abrió el pecho con el bisturí y vio que la bala había atravesado la aorta, no sobreviviría. Ahora ella luchaba para no llorar.


Pero cuando intentaba apaciguar los ánimos, un mensaje la devolvía a la realidad. Llegaba a la sala de reanimación otro adolescente de 15 años también con un disparo en la cabeza. Poco después llegaba la madre, que gritó y se desplomó en el suelo.

Su escasa fe no encontraba respuestas
Butler se quitó los guantes ensangrentados y salió corriendo de la sala mientras lloraba. El misterio del mal la sobrepasaba. Entró en una profunda crisis. Ya no sabía por qué se había convertido en cirujano ni encontraba respuesta a las preguntas más profundas de la vida.

Su fe, la de una persona “cristiana por tradición”, no lograba encontrar respuestas. Se le quedaba corta ante lo que vivía y sentía. Al salir del hospital conducía sin un destino fijo deambulando por las calles. “Cuando abrí los ojos para orar no salían las palabras. Me sentía abandonada por Dios. Y pensé que el Señor, si hubiera existido alguna vez, me había abandonado”, afirma, tal y como recoge la Nuova Bussola Quotidiana.

Presa del escepticismo y la desesperación
Desde ese momento, la cirujana cayó en un agnosticismo escéptico, que le acabó llevando a una desesperación hasta llegar a plantearse el suicidio.

Además, en ese tiempo su marido Scottie perdió su trabajo pero lejos de rebelarse se refugió en la Iglesia. Butler le seguía e iba a la iglesia con él pero seguía con su postura escéptica por lo que Dios fue a su encuentro al lugar donde empezó el problema: en el hospital.


Butler se licenció en Medicina en la Universidad de Columbia, ha trabajado en varios hospitales y actualmente enseña en Harvard Medical School

La llegada del paciente que cambió su vida
A sus manos llegó Ron, un hombre de mediana edad, tras un paro cardiaco, tenía una lesión cerebral grave provocada por la falta de oxigeno. Estaba en estado vegetativo y aunque tenía los ojos abiertos no estaba consciente. Los neurólogos habían dicho que nunca se recuperaría.

Sin embargo, todos los días la esposa y la hija de Ron rezaban junto a la cama del hospital por un milagro. Una mañana, la mujer sonrió a Butler y ésta se acercó. La mujer le dijo: “Ayer por la tarde recé y recé y cuando desperté sabía que todo iría bien, Dios me dijo que todo iría bien”. La cirujana admiraba “su convicción y esperanza” pero los datos clínicos decían lo contrario.

Pero de la admiración empezó a sentir molestia al ver como la mujer durante los días siguientes cantaba a su marido y rezaba junto a él. “Mis colegas y yo luchábamos para oculta nuestra preocupación, nos mirábamos como diciendo: ‘todo esto es insoportable’”.

"La ciencia no podía explicar su curación"
Esto siguió así hasta que un día, la mujer y su hija llegaron a ella gritando: Ron se había movido. Butler acudió a su cama y se dirigió al paciente pero no obtuvo respuesta por lo que explicó a la familia que simplemente era un movimiento reflejo. “No”, respondió de manera categórica la esposa, que le dijo: “mira”.

En ese instante, puso su mano sobre el hombro de su marido y le gritó al oído que moviera el dedo gordo del pie derecho. Y lo movió. Al día siguiente volvió la cabeza hacia ellos y después parpadeó. En dos semanas ya estaba despierto y en tres estaba sentado en una silla. “La ciencia médica no podía explicar su recuperación”, explicó la cirujana.

Supo que era un milagro pero todavía había una pregunta
Pronto ella entendió que había sido testigo de un milagro y que Dios tenía que existir pero aún seguía teniendo una pregunta que no conseguía responder: “¿Cómo podía conceder tantas bendiciones y a la vez permitir el sufrimiento?”.

Su esposo, que había encontrado un gran refugio en la fe, le pidió que leyera el Evangelio para que encontrara una respuesta a esta gran interrogante. De pronto el velo que tenía ante los ojos cayó.

El Evangelio iluminó su vida
“La lectura me reveló el amor de Cristo en pinceladas que nunca había visto. La agonía que sufrió por nuestro bien me dejó sin aliento. Él también había sufrido el mal del corazón y se enfrentó cara a cara con el mal. Soportó tal sufrimiento, nuestros sufrimientos, por nosotros”, explica ahora ella.

A la conclusión a la que llegó tras esta experiencia de fe y de conversión es que “el Señor ha usado mi desesperación y ha tejido un lienzo para su diseño perfecto. Así como Cristo resucitó a Lázaro para que otros creyeran, él redime el sufrimiento – heridas de bala, luto, trabajos perdidos…- para su gloria”.

“En su misericordia, él baja para alentarnos y completar los milagros que no podemos pretender entender”.

Fuente: Religión en Libertad

jueves, 18 de enero de 2018

Santo Evangelio 18 de enero 2018


Día litúrgico: Jueves II del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mc 3,7-12): En aquel tiempo, Jesús se retiró con sus discípulos hacia el mar, y le siguió una gran muchedumbre de Galilea. También de Judea, de Jerusalén, de Idumea, del otro lado del Jordán, de los alrededores de Tiro y Sidón, una gran muchedumbre, al oír lo que hacía, acudió a Él. Entonces, a causa de la multitud, dijo a sus discípulos que le prepararan una pequeña barca, para que no le aplastaran. Pues curó a muchos, de suerte que cuantos padecían dolencias se le echaban encima para tocarle. Y los espíritus inmundos, al verle, se arrojaban a sus pies y gritaban: «Tú eres el Hijo de Dios». Pero Él les mandaba enérgicamente que no le descubrieran.


«Le siguió una gran muchedumbre de Galilea. También de Judea, de Jerusalén, de Idumea, del otro lado del Jordán, de los alrededores de Tiro y Sidón»
Rev. D. Melcior QUEROL i Solà 
(Ribes de Freser, Girona, España)


Hoy, todavía reciente el bautismo de Juan en las aguas del río Jordán, deberíamos recordar el talante de conversión de nuestro propio bautismo. Todos fuimos bautizados en un solo Señor, una sola fe, «en un solo Espíritu para formar un solo cuerpo» (1Cor 12,13). He aquí el ideal de unidad: formar un solo cuerpo, ser en Cristo una sola cosa, para que el mundo crea.

En el Evangelio de hoy vemos cómo «una gran muchedumbre de Galilea» y también otra mucha gente procedente de otros lugares (cf. Mc 3,7-8) se acercan al Señor. Y Él acoge y procura el bien para todos, sin excepción. Esto lo hemos de tener muy presente durante el octavario de oración para la unidad de los cristianos.

Démonos cuenta de cómo, a lo largo de los siglos, los cristianos nos hemos dividido en católicos, ortodoxos, anglicanos, luteranos, y un largo etcétera de confesiones cristianas. Pecado histórico contra una de las notas esenciales de la Iglesia: la unidad.

Pero aterricemos en nuestra realidad eclesial de hoy. La de nuestro obispado, la de nuestra parroquia. La de nuestro grupo cristiano. ¿Somos realmente una sola cosa? ¿Realmente nuestra relación de unidad es motivo de conversión para los alejados de la Iglesia? «Que todos sean uno, para que el mundo crea» (Jn 17,21), ruega Jesús al Padre. Éste es el reto. Que los paganos vean cómo se relaciona un grupo de creyentes, que congregados por el Espíritu Santo en la Iglesia de Cristo tienen un solo corazón y una sola alma (cf. Hch 4,32-34).

Recordemos que, como fruto de la Eucaristía —a la vez que la unión de cada uno con Jesús— se ha de manifestar la unidad de la Asamblea, ya que nos alimentamos del mismo Pan para ser un solo cuerpo. Por tanto, lo que los sacramentos significan, y la gracia que contienen, exigen de nosotros gestos de comunión hacia los otros. Nuestra conversión es a la unidad trinitaria (lo cual es un don que viene de lo alto) y nuestra tarea santificadora no puede obviar los gestos de comunión, de comprensión, de acogida y de perdón hacia los demás.