lunes, 22 de diciembre de 2014

Santo Evangelio 22 de Diciembre de 2014



Día litúrgico: Feria privilegiada de Adviento: 22 de Diciembre

Texto del Evangelio (Lc 1,46-56): En aquel tiempo, dijo María: «Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso, Santo es su nombre y su misericordia alcanza de generación en generación a los que le temen. Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los que son soberbios en su propio corazón. Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos sin nada. Acogió a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia —como había anunciado a nuestros padres— en favor de Abraham y de su linaje por los siglos».

María permaneció con Isabel unos tres meses, y se volvió a su casa.


Comentario: Rev. D. Francesc PERARNAU i Cañellas (Girona, España)
Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador

Hoy, el Evangelio de la Misa nos presenta a nuestra consideración el Magníficat, que María, llena de alegría, entonó en casa de su pariente Elisabet, madre de Juan el Bautista. Las palabras de María nos traen reminiscencias de otros cantos bíblicos que Ella conocía muy bien y que había recitado y contemplado en tantas ocasiones. Pero ahora, en sus labios, aquellas mismas palabras tienen un sentido mucho más profundo: el espíritu de la Madre de Dios se transparenta tras ellas y nos muestran la pureza de su corazón. Cada día, la Iglesia las hace suyas en la Liturgia de las Horas cuando, rezando las Vísperas, dirige hacia el cielo aquel mismo canto con que María se alegraba, bendecía y daba gracias a Dios por todas sus bondades.

María se ha beneficiado de la gracia más extraordinaria que nunca ninguna otra mujer ha recibido y recibirá: ha sido elegida por Dios, entre todas las mujeres de la historia, para ser la Madre de aquel Mesías Redentor que la Humanidad estaba esperando desde hacía siglos. Es el honor más alto nunca concedido a una persona humana, y Ella lo recibe con una total sencillez y humildad, dándose cuenta de que todo es gracia, regalo, y que Ella es nada ante la inmensidad del poder y de la grandeza de Dios, que ha obrado maravillas en Ella (cf. Lc 1,49). Una gran lección de humildad para todos nosotros, hijos de Adán y herederos de una naturaleza humana marcada profundamente por aquel pecado original del que, día tras día, arrastramos las consecuencias.

Estamos llegando ya al final del tiempo de Adviento, un tiempo de conversión y de purificación. Hoy es María quien nos enseña el mejor camino. Meditar la oración de nuestra Madre —queriendo hacerla nuestra— nos ayudará a ser más humildes. Santa María nos ayudará si se lo pedimos con confianza.

Santa Clotilde, 22 de Diciembre



Santa Clotilde, Viuda
22 de Diciembre


Esta santa reina tuvo el inmenso honor de conseguir la conversión al catolicismo del fundador de la nación francesa, el rey Clodoveo, ya que se unió en matrimonio con él. Tuvo tres hijos, pero uno de ellos murió a los pocos años de vida. La santa oraba y pedía perseverantemente por la conversión de su esposo, el rey Clodoveo, pues éste era pagano, y se negaba rotundamente a acceder a la conversión cristiana.

Cuando los alemanes atacaron a Clodoveo en la batalla de Tolbiac, el rey le pidió al "Dios de su esposa" que si le concedía la gracia de la victoria, él se convirtiría a la religión católica. Dios que no desoye ninguna súplica, le concedió el milagro al rey francés, y de manera inesperada, el ejército del Rey Clodoveo derrotó a los enemigos. De inmediato, el rey solicitó al obispo San Remigio que lo instruyera en la religión, y en la Navidad del año 496 fue bautizado solemnemente con todos los jefes de su gobierno. Gracias a su conversión, Francia profesa la religión católica.

En el año 511 murió Clodoveo. San Gregorio de Tours señala que la reina Clotilde era admirada a causa de su gran generosidad en repartir limosnas, y por la pureza de su vida y sus largas y fervorosas oraciones. La gente también afirmaba que la santa parecía más una religiosa que una reina. Después de la muerte de su esposo sí vivió como una verdadera religiosa; se retiró a Tours y allí consagró su vida a la oración y socorrer a pobres y enfermos. Cuando murió, sus dos hijos Clotario y Chidelberto llevaron su féretro hasta la tumba del rey Clodoveo.

domingo, 21 de diciembre de 2014

Santo Evangelio 21 de Diciembre de 2014



Día litúrgico: Domingo IV (B) de Adviento

Texto del Evangelio (Lc 1,26-38): En aquel tiempo, fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y entrando, le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo. 

El ángel le dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin». María respondió al ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?». El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios. Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible para Dios». Dijo María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Y el ángel dejándola se fue.


Comentario: Fray Josep Mª MASSANA i Mola OFM (Barcelona, España)
Vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús

Hoy, el Evangelio tiene el tono de un cuento popular. Las rondallas empiezan así: «Había una vez...», se presentan los personajes, la época, el lugar y el tema. Ésta llegará al punto álgido con el nudo de la narración; finalmente, hay el desenlace.

San Lucas, de modo semejante, nos cuenta, con tono popular y asequible, la historia más grande. Presenta, no una narración creada por la imaginación, sino una realidad tejida por el mismo Dios con colaboración humana. El punto álgido es: «Vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús» (Lc 1,31).

Este mensaje nos dice que la Navidad está ya cercana. María nos abrirá la puerta con su colaboración en la obra de Dios. La humilde doncella de Nazaret escucha sorprendida el anuncio del Ángel. Precisamente rogaba que Dios enviara pronto al Ungido, para salvar el mundo. Poco se imaginaba, en su modesto entendimiento, que Dios la escogía justamente a Ella para realizar sus planes.

María vive unos momentos tensos, dramáticos, en su corazón: era y quería permanecer virgen; Dios ahora le propone una maternidad. María no lo entiende: «¿Cómo se hará eso?» (Lc 1,34), pregunta. El Ángel le dice que virginidad y maternidad no se contradicen, sino que, por la fuerza del Espíritu Santo, se integran perfectamente. No es que Ella ahora lo entienda mejor. Pero ya le es suficiente, pues el prodigio será obra de Dios: «A Dios nada le es imposible» (Lc 1,38). Por eso responde: «Que se cumplan en mi tus palabras» (Lc 1,38). ¡Que se cumplan! ¡Que se haga! ¡Fiat! Sí. Total aceptación de la Voluntad de Dios, medio a tientas, pero sin condiciones.

En aquel mismo instante, «la Palabra se hizo Carne y habitó entre nosotros» (Jn 1,14). Aquel cuento popular deviene a un mismo tiempo la realidad más divina y más humana. Pablo VI escribió el año 1974: «En María vemos la respuesta que Dios da al misterio del hombre; y la pregunta que el hombre hace sobre Dios y la propia vida».

San Pedro Canisio 21 de Diciembre



San Pedro Canisio

21 de Diciembre


Este santo, llamado "el segundo evangelizador de Alemania", es venerado como uno de los creadores de la prensa católica y fue el primero del numeroso ejército de escritores jesuitas.

Nació en Nimega, Holanda en 1521. A los 19 años, consiguió la licenciatura en teología, y para complacer a su padre se dedicó a especializarse en abogacía. Sin embargo, tras realizar algunos Ejercicios Espirituales con el Padre Favro, que era compañero de San Ignacio, se entusiasmó por la vida religiosa, hizo votos o juramento de permanecer siempre casto, y prometió a Dios hacerse jesuita.

Fue admitido en la comunidad y los primeros años de religioso los pasó en Colonia, Alemania, dedicado a la oración, el estudio, la meditación y la ayuda a los pobres. Fue muy caritativo y amable con las personas que le discutían, pero tremendo e incisivo contra los errores de los protestantes.

San Pedro Canisio tenía una especial cualidad para resumir las enseñanzas de los grandes teólogos y presentarlas de manera sencilla para que el pueblo pudiese entender. Logró redactar dos Catecismos, uno resumido y otro explicado. Estos dos libros fueron traducidos a 24 idiomas y en Alemania se propagaron por centenares y millares.

En los treinta años de su incansable labor de misionero recorrió treinta mil kilómetros por Alemania, Austria, Holanda e Italia. Parecía incansable, y a quien le recomendaba descansar un poco le respondía: "Descansaremos en el cielo".

Por muchas ciudades de Alemania fue fundando colegios católicos para formar religiosamente a los alumnos. Además, ayudó a fundar numerosos seminarios para la formación de los futuros sacerdotes. Alemania, después de San Pedro Canisio, era más católico. San Pedro Canisio se dio cuenta del inmenso bien que hacen las buenas lecturas. se propuso formar una asociación de escritores católicos.

Estando en Friburgo el 21 de diciembre de 1597, después de haber rezado el santo Rosario, exclamó lleno de alegría y emoción: "Mírenla, ahí esta. Ahí está". Y murió. La Virgen Santísima había venido para llevárselo al cielo.

El Sumo Pontífice Pío XI, después de canonizarlo, lo declaró Doctor de la Iglesia, en 1925.

sábado, 20 de diciembre de 2014

Santo Evangelio 20 de Diciembre de 2014



Día litúrgico: Feria privilegiada de Adviento: 20 de Diciembre

Texto del Evangelio (Lc 1,26-38): Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y entrando, le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». 

Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin».

María respondió al ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?». El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios. Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y éste es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible para Dios». Dijo María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Y el ángel dejándola se fue.


Comentario: Rev. D. Jordi PASCUAL i Bancells (Salt, Girona, España)
He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra

Hoy contemplamos, una vez más, esta escena impresionante de la Anunciación. Dios, siempre fiel a sus promesas, a través del ángel Gabriel hace saber a María que es la escogida para traer al Salvador al mundo. Tal como el Señor suele actuar, el acontecimiento más grandioso para la historia de la Humanidad —el Creador y Señor de todas las cosas se hace hombre como nosotros—, pasa de la manera más sencilla: una chica joven, en un pueblo pequeño de Galilea, sin espectáculo.

El modo es sencillo; el acontecimiento es inmenso. Como son también inmensas las virtudes de la Virgen María: llena de gracia, el Señor está con Ella, humilde, sencilla, disponible ante la voluntad de Dios, generosa. Dios tiene sus planes para Ella, como para ti y para mí, pero Él espera la cooperación libre y amorosa de cada uno para llevarlos a término. María nos da ejemplo de ello: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38). No es tan sólo un sí al mensaje del ángel; es un ponerse en todo en las manos del Padre-Dios, un abandonarse confiadamente a su providencia entrañable, un decir sí a dejar hacer al Señor ahora y en todas las circunstancias de su vida.

De la respuesta de María, así como de nuestra respuesta a lo que Dios nos pide —escribe san Josemaría— «no lo olvides, dependen muchas cosas grandes».

Nos estamos preparando para celebrar la fiesta de Navidad. La mejor manera de hacerlo es permanecer cerca de María, contemplando su vida y procurando imitar sus virtudes para poder acoger al Señor con un corazón bien dispuesto: —¿Qué espera Dios de mí, ahora, hoy, en mi trabajo, con esta persona que trato, en la relación con Él? Son situaciones pequeñas de cada día, pero, ¡depende tanto de la respuesta que demos!

Santo Domingo de Silos, 20 de Diciembre



20 de DICIEMBRE

SANTO DOMINGO DE SILOS
Abad benedictino


Nació: Cañas (La Rioja, España), 1000
Murió: Silos, 20-diciembre-1073
Canonización: 1076


Si nos atenemos a la tradición oral, única de la que en este caso podemos servirnos, el santo abad nació en el año 1000. El lugar donde vio la luz es una pequeña aldea llamada Cañas, perteneciente a la actual Rioja Alta. En el bautismo recibió el nombre de Domingo. Debido a su lugar de adopción, hoy es conocido como Santo Domingo de Silos. Amante de las cosas bien hechas, procuró ser en cada momento coherente con su consagración bautismal y realizar trabajos y labores que le eran encomendadas y estaban en consonancia con su edad.

ABAD DE SILOS

Como abad de Silos, mediado el siglo XI, se encontró con un «monesterio, que fue rico logar, mas era tan caydo que se queríe ermar , como dice su biógrafo Gonzalo de Berceo. Tal situación, que parecía desesperada, no arredró, sin embargo, a Domingo. Asumió con brío el desafío y se empleó a fondo en la ingente tarea de reanimar espiritual, cultural y materialmente el viejo cenobio. Aunque no desfalleció ante tamaña tarea, sí tuvo que enfrentarse a situaciones muy difíciles y dolorosas. Sin embargo, de todas ellas salió victorioso porque era sólida su confianza en la gracia y el poder divino. Tuvo el consuelo de ver cómo aumentaba el número de monjes, los cuales secundaban sus proyectos en la medida en que sus fuerzas y sus cualidades se lo permitían. Tampoco le faltó la colaboración de numerosos bienhechores, comenzando por el «buen rey» don Fernando y siguiendo por sus hijos Sancho II el Fuerte y Alfonso VI. Todos cooperaban con el santo abad para levantar de su lamentable postración al cenobio silense.

El monasterio se asienta en lo más angosto y oriental de un valle recoleto, llamado Tabladillo. Aunque situado a mil metros sobre el nivel del mar, está protegido de los fríos, propios de un clima meseteño, por los montes de Cervera, Peñacoba y Carazo, estribaciones calcáreas de la sierra de la Demanda, que lo rodean y favorecen un microclima muy característico. Un siglo había ya transcurrido desde el momento en que el conde Fernán González le otorgara una carta de fueros y franquicias. Entonces el monasterio tenía como titular al mártir San Sebastián. Era un testigo de Cristo en quien el abad Domingo tenía un buen modelo a imitar. En efecto, los mártires se caracterizan por defender valientemente su fe y abrazarse a las mayores penurias y dificultades por defenderla; hasta el punto de no dudar en perder la propia vida por la causa del reino de Dios. De ahí que, ya en sus mismos orígenes, los monjes los miraron como modelo y se consideraron sus sucesores naturales. Siguiendo su ejemplo, aunque generalmente sin llegar al derramamiento de su sangre, el ideal monástico lleva consigo una consagración radical, hasta las últimas consecuencias, en el seguimiento de Jesucristo.

Domingo, en medio de las urgencias y necesidades de todo tipo, normales, por otro lado, en una tarea tan ardua como es la reconstrucción espiritual, material y cultural de un monasterio, sabía que ni debía, ni podía, claudicar ante las adversidades. La experiencia ya le había enseñado que el desánimo no es cristiano, dado que pone en evidencia una falta de confianza en quien todo lo puede. En cambio, sí son muy cristianas las virtudes en las que él se ejercitaba diariamente. Por ejemplo, sabía que la esperanza y la fortaleza, cuando están motivadas por una fe profunda y robusta, no sólo pueden mover montañas, sino hasta cambiar los corazones. En efecto, la fe es la que salva. Es una fe animada por el amor de caridad, que todo lo puede y «no pasa nunca". Todo esto había tenido ocasión de aprenderlo y ejercitarlo en las diferentes etapas de su vida: como joven pastor del ganado paterno en su adolescencia, como sacerdote secular en su pueblo natal, y como ermitaño, etapa a la que consagró año y medio de su vida antes de ingresar como monje en el monasterio de San Millán de la Cogolla. En el claustro su virtud brilló de tal forma que le fue encomendada la restauración de un priorato dedicado a Santa María en el mismo Cañas, escuela que de tanto le habría de servir años más tarde. Y, finalmente, con el aplauso de toda la comunidad, fue nombrado prior de aquel gran monasterio emilianense.

EL EJEMPLO DE SU VIDA
En la vida de Domingo, el natural de Cañas, «el abad santo de Silos», como le llama Berceo, tenemos una hermosa lección de cómo hay que sacar rendimiento al tiempo del que disponemos en el curso de nuestra peregrinación terrena. Su vivir y su hacer nos aleccionan. Su ejemplo y su intercesión nos apremian a no malgastar el tiempo de salvación que tenemos a nuestra disposición. Se trata de saber dar a nuestra existencia su sentido pleno, con el fin de llevar a feliz término la misión que nos ha sido encomendada. En esta tarea el «Santo Bendito", como es llamado familiarmente por los fieles de Silos y Cañas, puso de su parte cuanto pudo, y fue mucho.

Del joven Domingo nos dice Berceo que, »Essa virtud obrava en este su amado, / por essi ordenamiento vivíe tan alumbrado, / sinon de tales días non serie seriado, / siempre es bien apreso qui de Dios es amado». En Santo Domingo de Silos tenemos un ejemplo de vida evangélica, de entrega generosa, de caridad exquisita, de amor a todos, especialmente a los más necesitados. Permaneció siempre abierto a cuanto es bello y bueno. En pos de su Maestro Jesucristo, el único ideal válido para Domingo, como ha de serlo para cada bautizado, no quiso ni deseó otra cosa que hacer la voluntad del Padre. Y hacerla en todo momento y circunstancia. Su actitud anímica se mantenía estable, ya se tratara, por ejemplo, cuando el rey de Navarra le pedía consejo o cuando le amenazaba de muerte por no doblegarse ante sus exigencias extemporáneas. Cuando sus monjes se quejaban porque faltaba el pan o cuando unas pobres gentes, curadas de sus males físicos y morales, le alababan porque, por su mediación, Dios obraba maravillas.

LA FUERZA DE LA ORACIÓN
La entereza de Domingo y sus manifestaciones llamativas, como son siempre los milagros, no significa que debamos considerarlo como una persona tan excepcional, que le tengamos más digno de admiración que de imitación. En absoluto. Lo que en verdad nos importa es constatar su vehemente deseo de hacer extraordinariamente bien las cosas ordinarias y normales, de dar a cada momento una respuesta en la fe y el amor. Y si lo conseguía, era porque no sólo ponía en ello su deseo de hacer la voluntad divina, sino que contaba también con la fuerza del Espíritu Santo. Acudía igualmente allí donde se encuentran las fuerzas necesarias y el entusiasmo que desconoce el desaliento. En efecto, Domingo era asiduo frecuentador del manantial inagotable de aguas vivas, que es el encuentro personal con Jesucristo. Era perseverante y fiel a las horas litúrgicas y a la lectio divina. Sabía que se trataba de una referencia muy necesaria, por lo que a ella se entregaba diaria y frecuentemente.

Para Domingo los tiempos de oración no admitían demoras ni tampoco excusas. No encontraba »razones válidas» para obviarlos o reducirlos. Dialogar con Dios, escucharle, alabarle y rogarle, era para él algo imprescindible. Sólo así podía luego conservar el ánimo valiente y sereno ante las numerosas dificultades y los normales contratiempos con los que se iba topando en el camino. Todo lo contrario, cada situación que le tocaba vivir, la consideraba como una hermosa ocasión para darle una respuesta apropiada desde la fe y el amor. Por eso jamás perdía la calma. No encontraba razones para ello. Hasta sabía actuar con actitudes llenas de entereza y envueltas en un sano humor. Y así le vemos, cuando se encontraba reconfortado por la oración sosegada o el diálogo interior, fecundo y gratificante, como en las pruebas difíciles, que parecían superiores a sus fuerzas o imposibles de llevar a cabo. Es el caso, por ejemplo, de aquella visión, donde unos ángeles le invitaban a cruzar un estrecho y muy frágil puente de cristal. Es frecuente encontrarnos en la hagiografía medieval con estos modelos literarios, significativos y simpáticos a la vez, que se proponen poner de relieve las pruebas y los problemas que abundaban en la vida de los siervos de Dios y en el modo cómo ellos supieron resolverlos. Se trata de situaciones, incluso límite, que amenazan con engullirnos dentro de sus turbulentas y vertiginosas aguas, si no estamos fuertemente enraizados en Cristo.

Al ser humano, también al creyente y al religioso, no le resulta fácil mantenerse en un estado de paz interior y de confianza a toda prueba. Es algo que exige un gran esfuerzo para conseguir el equilibrio, tanto en «das duras como en las maduras», utilizando esta expresión popular entre nuestras gentes castellanas. Para lograrlo, Domingo procuraba reflejarse en el mejor espejo disponible: el ejemplo elocuente del Maestro. En Jesús, libro viviente, aprendemos cómo, ante las pruebas de todo tipo, lo que verdaderamente importa es tener la certeza de que se trata de un reto para probar la calidad de nuestro amor. Todo reto significa esfuerzo. Suele ser costoso y hasta doloroso. Puede incluso acarrear cuantiosas lágrimas. En ocasiones hasta exige entregar la vida por fidelidad al Evangelio.

Ahora bien, cuando lo que está en juego es el amor y la fidelidad al Señor, hay que luchar y demostrar que uno está dispuesto incluso a morir antes que claudicar. En la mayoría de los casos no se trata de la muerte física, sino de esa muerte, muchas veces no menos terrible, que es la de la propia voluntad, de nuestro egoísmo, nuestros gustos y caprichos. Es la muerte a todo ese bagaje tan «nuestro» y a la vez tan tirano, que aún no está evangelizado, ni tocado por la gracia divina. Cuando nuestro «yo» pretende sentar cátedra, y lo hace con excesiva frecuencia, eso nos impide ser coherentes con nuestra consagración bautismal, con nuestro «hágase» a Dios, dado en el bautismo y la confirmación; así como con nuestro «suscipe», proclamado en la profesión religiosa.

A imitación de su Maestro, Domingo gustaba pasar las noches en oración. Ahí encontraba consuelo y también fuerzas para responder en coherencia con su fe y sus principios. Era a la sazón prior en San Millán de la Cogolla, cuando fue amenazado de muerte por el mismísimo rey de Navarra, el cual pretendía llevarse los bienes del monasterio. Sin embargo, ante tamaña tropelía, Domingo conserva la calma, no se azora; hace recurso a las exigencias de la justicia y no se pliega a los deseos injustos del rey. Reacciona como corresponde a un cristiano y a un monje, para quien absolutamente nada debe anteponer a la voluntad divina y al amor a la Iglesia. Para ello saca fuerza de las mismas palabras del Maestro: «A vosotros, amigos míos, os digo esto: No temáis a los que matan el cuerpo y no pueden hacer más. Yo os diré a quién debéis temer: temed a aquel que, después de matar, tiene poder para arrojar al fuego eterno. A ése es a quien debéis temer (Lc 12, 4-5). Con esta lección bien aprendida, Domingo, sin perder la compostura, con serenidad y contundencia a la vez, responde al rey glosando la enseñanza de su Señor Jesucristo:

"Puedes matar el cuerpo, la carne maltraer, 
mas non as en la alma, rey, ningún poder; 
dizlo el evangelio, que es bien de creer, 
el que las almas iudga, esse es de temer.»

Pero esta valiente actitud trae sus consecuencias: amenazado de muerte por el monarca navarro, se ve obligado a desterrarse al vecino reino de Castilla, donde recibirá el año 1041, de manos del rey don Fernando, el antiguo cenobio de San Sebastián de Silos para que sea su restaurador en todos los órdenes.

SER SANTO: VIDA, BONDAD Y BELLEZA DIVINAS

En la vida espiritual, como en todo aquello que vale la pena, no hay sitio para las medias tintas ni para evasivas o componendas. Jesucristo aleja cualquier duda al respecto: "Quien no está conmigo, está contra mí» (Mt 12, 30). La lógica nos dice también que quien no recoge, desparrama. Cuando uno pretende librarse de la cruz y no tiene el firme propósito de renunciar cada día a su egoísmo, «no es digno de mí», sentencia el Maestro. Tomar la cruz, desde el amor y por amor, es vida y es resurrección. Es realización y santidad. Es ser el verdadero amigo del esposo, que entra con él al banquete de las bodas eternas.

Ser santo, como nuestro «leal escapulado», no es sinónimo de negación de las cosas y, menos aún, de las personas. La santidad pone un toque de vida, de bondad y de belleza divinas en cuanto vivimos, hacemos o tenemos. Ser santo es manifestar una presencia visible del Dios de Nuestro Señor Jesucristo, que «todo lo hace bien». En la vida de Santo Domingo de Silos comprobamos, una vez más, cómo es la docilidad al Señor lo que mueve a hacer bien las cosas. Por eso mismo, su presencia constante ha de estar siempre activa en nosotros, ya que allí donde su mirada se posa, todo se llena de gracia y brotan signos de vida eterna.

En Santo Domingo de Silos celebramos a un valiente y esforzado cristiano y monje. En su tiempo y para su tiempo supo dar de sí lo que pudo, como persona comprometida en su opción monástica, en su misión de abad y gracias a su labor constante en favor de una sociedad que estaba necesitada de consejo y orientación. Por eso mismo, su ejemplo también puede empujarnos y solicitarnos a hacer otro tanto dentro de la misión que tenemos encomendada. Su presencia espiritual nos anima, enardece e impulsa a abrir cauces de realización personal y comunitaria por los caminos nuevos que se abren ante nosotros.

El ejemplo del santo abad Domingo impulsa e incita a abrir nuevos derroteros, a partir de las viejas, pero siempre actuales, sendas del Evangelio. Viejas sendas, que fueron nuevas para Santo Domingo y las gentes de su tiempo. Viejas sendas que hemos heredado de nuestros mayores y estamos llamados a renovarlas y actualizarlas en nuestro continuo crecer y madurar.

Durante su vida terrena, Domingo de Silos veló y se desveló por sus hijos y por cuantos a él acudían en busca de consuelo y de salud. La muerte le sorprendió el 20 de diciembre de 1073 en medio de la paz y la alegría de quien sabía que había puesto todo su empeño en hacer de su vida, vida para los demás. Gozoso podía esperar confiado las tres coronas de gloria que le fueran prometidas en los difíciles inicios de la restauración de Silos. Es normal que muy pronto los monjes y cuantos le habían tratado y amado, le sintieran como intercesor ante Dios y modelo de vida cristiana y monástica; su canonización en 1076 es la respuesta oficial al anhelo de todo un pueblo. Y desde entonces hasta hoy, nuestro abad es un paradigma para nosotros, mientras intercede ante el Padre de todo don. Por eso, para concluir, me parece oportuno citar de nuevo al poeta Gonzalo de Berceo, cuya Vida de Santo Domingo, traducción castellana y versificada de la que en latín compusiera el monje Grimaldo, discípulo directo del santo, respira honda piedad y ternura:

«Señor, padre de muchos, siervo del Criador, 
que fust leal vassallo de Dios nuestro Señor; 
tu sey por nos todos contra él rogador, 
que nos salve las almas, denos la su amor.»

CLEMENTE SERNA, O.S.B.
Abad de Silos

viernes, 19 de diciembre de 2014

Santo Evangelio 19 de Diciembre de 2014


Día litúrgico: Feria privilegiada de Adviento: 19 de Diciembre

Texto del Evangelio (Lc 1,5-25): Hubo en los días de Herodes, rey de Judea, un sacerdote, llamado Zacarías, del grupo de Abías, casado con una mujer descendiente de Aarón, que se llamaba Isabel; los dos eran justos ante Dios, y caminaban sin tacha en todos los mandamientos y preceptos del Señor. No tenían hijos, porque Isabel era estéril, y los dos de avanzada edad. 

Sucedió que, mientras oficiaba delante de Dios, en el turno de su grupo, le tocó en suerte, según el uso del servicio sacerdotal, entrar en el Santuario del Señor para quemar el incienso. Toda la multitud del pueblo estaba fuera en oración, a la hora del incienso. Se le apareció el Ángel del Señor, de pie, a la derecha del altar del incienso. Al verle Zacarías, se turbó, y el temor se apoderó de él. El ángel le dijo: «No temas, Zacarías, porque tu petición ha sido escuchada; Isabel, tu mujer, te dará a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Juan; será para ti gozo y alegría, y muchos se gozarán en su nacimiento, porque será grande ante el Señor; no beberá vino ni licor; estará lleno del Espíritu Santo ya desde el seno de su madre, y a muchos de los hijos de Israel, les convertirá al Señor su Dios, e irá delante de Él con el espíritu y el poder de Elías, para hacer volver los corazones de los padres a los hijos, y a los rebeldes a la prudencia de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto». 

Zacarías dijo al ángel: «¿En qué lo conoceré? Porque yo soy viejo y mi mujer avanzada en edad». El ángel le respondió: «Yo soy Gabriel, el que está delante de Dios, y he sido enviado para hablarte y anunciarte esta buena nueva. Mira, te vas a quedar mudo y no podrás hablar hasta el día en que sucedan estas cosas, porque no diste crédito a mis palabras, las cuales se cumplirán a su tiempo». 

El pueblo estaba esperando a Zacarías y se extrañaban de su demora en el Santuario. Cuando salió, no podía hablarles, y comprendieron que había tenido una visión en el Santuario; les hablaba por señas, y permaneció mudo. Y sucedió que cuando se cumplieron los días de su servicio, se fue a su casa. Días después, concibió su mujer Isabel; y se mantuvo oculta durante cinco meses diciendo: «Esto es lo que ha hecho por mí el Señor en los días en que se dignó quitar mi oprobio entre los hombres».


Comentario: Rev. D. Ignasi FUSTER i Camp (La Llagosta, Barcelona, España)
El ángel le dijo: ‘No temas, Zacarías, porque tu petición ha sido escuchada; Isabel, tu mujer, te dará a luz un hijo’

Hoy, el ángel Gabriel anuncia al sacerdote Zacarías el nacimiento “sobrenatural” de Juan el Bautista, que preparará la misión del Mesías. Dios, en su amorosa providencia, prepara el nacimiento de Jesús con el nacimiento de Juan, el Bautista. Aunque Isabel sea estéril, no importa. Dios quiere hacer el milagro por amor a nosotros, sus criaturas.

Pero Zacarías no manifiesta en el momento oportuno la visión sobrenatural de la fe: «¿En qué lo conoceré? Porque yo soy viejo y mi mujer avanzada en edad» (Lc 1,18). Tiene una mirada excesivamente humana. Le falta la docilidad confiada en los planes de Dios, que siempre son más grandes que los nuestros: ¡en este caso, ni más ni menos que la Encarnación del Hijo de Dios para la salvación del género humano! El ángel encuentra a Zacarías como “despistado”, lento para las cosas de Dios, como estando en “fuera de juego”.

Cuando ya faltan pocos días para la Navidad, conviene que el Ángel del Señor nos encuentre preparados, como María. Es necesario tratar de mantener la presencia de Dios a lo largo del día, intensificar nuestro amor a Jesucristo en nuestro tiempo de oración, recibir con mucha devoción la Sagrada Comunión: ¡porque Jesús nace y viene a nosotros! Y que no nos falte la visión sobrenatural en todos los quehaceres de nuestra vida. Hemos de poner visión sobrenatural en nuestro trabajo profesional, en nuestros estudios, en nuestros apostolados, incluso en los contratiempos de la jornada. ¡Nada escapa a la providencia divina! Con la certeza y la alegría de saber que nosotros colaboramos con los ángeles y con el Señor en los planes amorosos y salvadores de Dios.