jueves, 21 de febrero de 2019

Santo Evangelio 21 de febrero 2019



Día litúrgico: Jueves VI del tiempo ordinario

Ver 1ª Lectura y SalmoTexto del Evangelio (Mc 8,27-33):

 En aquel tiempo, salió Jesús con sus discípulos hacia los pueblos de Cesarea de Filipo, y por el camino hizo esta pregunta a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que soy yo?». Ellos le dijeron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que uno de los profetas». Y Él les preguntaba: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Pedro le contesta: «Tú eres el Cristo». 

Y les mandó enérgicamente que a nadie hablaran acerca de Él. Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar a los tres días. Hablaba de esto abiertamente. Tomándole aparte, Pedro, se puso a reprenderle. Pero Él, volviéndose y mirando a sus discípulos, reprendió a Pedro, diciéndole: «¡Quítate de mi vista, Satanás! porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres».


«¿Quién dicen los hombres que soy yo? (...) Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?»

Rev. D. Joan Pere PULIDO i Gutiérrez Secretario del obispo de Sant Feliu 
(Sant Feliu de Llobregat, España)

Hoy seguimos escuchando la Palabra de Dios con la ayuda del Evangelio de san Marcos. Un Evangelio con una inquietud bien clara: descubrir quién es este Jesús de Nazaret. Marcos nos ha ido ofreciendo, con sus textos, la reacción de distintos personajes ante Jesús: los enfermos, los discípulos, los escribas y fariseos. Hoy nos lo pide directamente a nosotros: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (Mc 8,29).

Ciertamente, quienes nos llamamos cristianos tenemos el deber fundamental de descubrir nuestra identidad para dar razón de nuestra fe, siendo unos buenos testigos con nuestra vida. Este deber nos urge para poder transmitir un mensaje claro y comprensible a nuestros hermanos y hermanas que pueden encontrar en Jesús una Palabra de Vida que dé sentido a todo lo que piensan, dicen y hacen. Pero este testimonio ha de comenzar siendo nosotros mismos conscientes de nuestro encuentro personal con Él. San Juan Pablo II, en su Carta apostólica "Novo millennio ineunte", nos escribió: «Nuestro testimonio sería enormemente deficiente si nosotros no fuésemos los primeros contempladores de su rostro».

San Marcos, con este texto, nos ofrece un buen camino de contemplación de Jesús. Primero, Jesús nos pregunta qué dice la gente que es Él; y podemos responder, como los discípulos: Juan Bautista, Elías, un personaje importante, bueno, atrayente. Una respuesta buena, sin duda, pero lejana todavía de la Verdad de Jesús. Él nos pregunta: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (Mc 8,29). Es la pregunta de la fe, de la implicación personal. La respuesta sólo la encontramos en la experiencia del silencio y de la oración. Es el camino de fe que recorre Pedro, y el que hemos de hacer también nosotros.

Hermanos y hermanas, experimentemos desde nuestra oración la presencia liberadora del amor de Dios presente en nuestra vida. Él continúa haciendo alianza con nosotros con signos claros de su presencia, como aquel arco puesto en las nubes prometido a Noé.

Ateo convencido, catedrático de química: un día sintió una «presencia suave» que lo transformó todo

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La conversión de Manuel Arturo López Quintela, experto en nanoquímica de la Universidad de Santiago

Ateo convencido, catedrático de química: un día sintió una «presencia suave» que lo transformó todo

Manuel Arturo López Quintela es nanoquímico y una eminencia de la ciencia gallega... durante años fue ateo, pero eso cambió 

A veces, Dios "te tira del caballo", explica Manuel Arturo López Quintela, catedrático de Química de la Universidad de Santiago de Compostela. 

Él dejó la fe por completo siendo estudiante universitario, hacia 1970, y durante muchos años se declaró ateo. "Así, ateo, sin medias tintas, porque eso de agnóstico no me gustaba. Yo era ateo convencido".

Pero tuvo una experiencia mística. Él no siempre la llama así, pero cumple las condiciones que usan los sociólogos y psicólogos para definirlas.

En 1974, un estudio del sociólogo y sacerdote Andrew Greeley, preguntó a casi 1.500 personas: «¿Alguna vez ha sentido que estuviera usted muy cerca de una poderosa fuerza espiritual que parecía sacarle a usted de sí mismo?» Un 35% decía que sí. Un 17% decía que lo había vivido varias veces. Repitió la encuesta catorce años más tarde, en 1987, en su estudio Mysticism goes mainstream. Ahora era un 43% la población que declaraba tal experiencia.

La experiencia mística tiene estas características, según el estudioso Joseph Hinman (The Trace of God, GrandViaduct, 2014):

- es «noética»: quien la vive siente que ha aprendido algo que es conocimiento verdadero, no mera sensación
- es «inefable»: es difícil de explicar con palabras
- es «sagrada»: se siente como fascinante, valiosa y sobrenatural, aunque no encaje del todo con la teología de la persona
- es a la vez «profunda, positiva, se disfruta»
- es «paradójica, desafía la lógica».
- es profundamente «transformativa», cambia tus valores, y te ayuda a "navegar" por la vida, te marca un rumbo

El catedrático gallego ha explicado a ReL lo que le sucedió y encaja con la definición. Como siempre, hay que enmarcar la mística en la biografía personal y lo cotidiano.

Una fe infantil, que pronto se deshizo

"Nací en un pueblecito cerca de Orense y crecí en un ambiente rural y católico", explica a ReL este reputado experto en nanoquímica. "Íbamos a misa... más o menos. Mi madre era la que tenía más fe. Cuando me fui a estudiar el bachillerato a Orense, ya no tenía nadie cerca que pudiera responder mis dudas de fe. Y estudiando en la universidad en Santiago ya me alejé. Era el año 70, o sea, un entorno universitario después de los cambios del 68. Mi fe era absolutamente infantil y se deshizo".

No es que López Quintela no se hiciera preguntas, porque sí se las hacía. "Antes de Química, pensé si quería hacer Filosofía. Incluso exploré un poquito el budismo zen. Pero, al final, pensé: 'mira, Dios no existe. Y, si existiera, me complicaría la vida. Y así llegué a ser ateo convencido. No quería ser sólo agnóstico. No, yo era ateo, y discutía del tema con quien hiciera falta. Yo tenía una explicación científica para cualquier cosa y con eso ganaba las discusiones. Pero eso no bastaba para responderme las preguntas vitales que aún me hacía".

Las razones para no creer... no son científicas

López Quintela recuerda que estando en Bariloche, Argentina, ya cumplidos sus 40 años, le impresionaba la naturaleza que veía. Y estaba leyendo un libro de divulgación científica del físico George Smoot, Arrugas en el tiempo. "En este libro veía la imagen de unos científicos que subían a una montaña y allí encontraban ya a unos monjes. El hecho de que el mismo Smoot viniera a indicar algo así me hizo pensar, bajó una barrera para mí. ¿Y si había en la religión algo más de lo que pensaba hasta entonces?"

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López Quintela recoge su nombramiento como miembro de la Real Academia de la Ciencia Gallega

Se planteó entonces: ¿hay razones científicas para no creer? "Me di cuenta de que uno puede creer, o no, pero vi que con las preguntas que usamos en el método científico, Dios no es descartable. Dios no es evidente, pero tampoco es evidente que haya que descartarlo. Aplicando la misma metodología que usaba en ciencias, la hipótesis Dios no era absurda. Solo eso ya ampliaba mi perspectiva".

Y poco después llegó su experiencia mística en 1996.

"Una presencia suave, indescriptible, como una fuerza poderosa"

A López Quintela le cuesta encontrar las palabras para definir su experiencia, pero cuando lo hace encajan con la definición de Joseph Hinman que citábamos antes: inefable, transformador, paradójico...

"Tuve una experiencia en el 96", explica a ReL. "Yo estaba en una habitación, esperando irme a otro sitio. Estaba leyendo en inglés un libro de Anthony de Mello, La oración de la rana, de pequeñas frases sueltas. Y en una frase del texto, Dios decía: "no leas sobre Mí, simplemente degústame". Y fue como si una lanza dulce penetrase en mí y me tirase. Era una presencia suave. Es indescriptible. Era como una fuerza poderosa. Incluso me caí, físicamente, a la cama que estaba allí al lado. Sentía como una especie de miedo por esa fuerza tan tremenda, aunque era dulce. Es difícil de explicar, pero alguna vez he podido describirlo a personas que han vivido algo similar y ellos sí lo entienden".

Fue transformador, porque fue un cambio total: ya las preguntas sobre la ciencia, o el día a día, no tenían ningún interés. Todo había cambiado.

"¿Y ahora que hago?"

"Durante un tiempo me dije: 'bueno, a lo mejor esto no tiene nada que ver con la religión'. Pero no, porque el alma ya se había abierto, estaba como afinada, e iba detectando... Me dije: '¿Y ahora qué hago? ¿Cuál ha de ser mi camino?' Y vi la cruz de un edificio, de una iglesia, y fui a preguntar. Necesitaba que me lo explicasen todo, que me explicasen la religión católica, porque yo no tenía ni idea. Quería confesarme antes de Navidades, quería sentir, quizá, lo mismo que sentía de niño. Y en una librería encontré un libro de San Juan de la Cruz, lo leí, me identifiqué y empecé a devorar libros de místicos. Ahora mis preguntas sobre ciencia me parecían banales".

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San Juan de la Cruz, un místico y analista de la mística

Por un lado, le costaba mucho explicar lo que le estaba pasando a sus amigos y familiares. "Eso ha sido un proceso largo y difícil", explica. Por otro lado, muchas cosas parecían encajar de forma natural, incluyendo la moral. "Me sentí como liberado, incluso antes de confesarme. Como automáticamente iba encontrando las cosas que había que hacer, el por qué, incluso sin recordar los mandamientos. Los leía y me decía: 'claro, por eso yo me sentía mal'. La ley de Dios era lo natural, me parecía que siempre tenía que haber sido así, que no podía ser de otra forma".

Todo le parecía natural en el mundo de la fe, con una excepción: ¡comprobar que pocos cristianos vivían algo así!

"Yo creía que todos los cristianos sentían lo mismo que yo, me asombró ver que no, que eran como yo antes, que no tenían esa raíz, ese amor... Eso me asombró de verdad. En Japón le dije a un profesor: a veces pienso que hay más cristianos aquí que los que conozco en mi país, y más personas con sensación de amor y entrega a los demás'. De hecho, aún hoy me cuesta encontrar personas con las que poder hablar de la fe. La realidad es que he recurrido más a los libros que a las personas. Quizá es por los círculos en los que me muevo. Recientemente me he apuntado a la Asociación de Científicos Católicos que se ha creado en Estados Unidos. Para crear algo así en España tendrían que juntarse científicos con unas ideas similares".

"Dios, ¿y ahora qué hago en la ciencia?"

Durante unos años, las preguntas sobre ciencia le parecían insípidas a este prestigioso químico gallego. Él le preguntó a Dios bastante tiempo: '¿y ahora qué hago, Señor? ¿Es que la ciencia ya no me interesa?'

"Entonces el Señor hizo aparecer ante mi una serie de temas muy interesantes, que me tienen entusiasmado, y es en lo que estamos trabajando ahora. Y pienso ciertamente que fue Él quien me llevó a que me dedicara a esta línea. Es un tema rompedor en nanotecnología, ya en el límite que ronda los átomos, con una química que está casi sin explorar. Es una frontera absoluta, y sus aplicaciones pueden llegar a terapias anticancerígenas. Ya estamos investigando en aplicaciones", explica. 

A la gente que se hace preguntas sobre la relación entre la fe y la ciencia, les anima a explorar. "Les digo a mis alumnos que no se crean que sabemos tanto... ¿La dualidad onda-partícula? Sí, vale, es un concepto que usamos y aplicamos pero no está nada claro que lo entendamos. Respecto a la fe, mucha gente cree que sabe algo por la religión que dejaron, no sé, a los 13 años. Pero esa era una fe infantil".

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"A cualquier persona que explore sin prejuicios le parecerán muy interesantes los libros de Joseph Ratzinger, preciosos, de lógica aplastante. Recomiendo Dios salve la razón, de Benedicto XVI y otros autores. Y me gusta Ateísmo no, gracias, una conversación entre el cardenal Brandmüller y el periodista Ingo Langner, porque es interesante para hacer pensar", concluye.

Fuente: Religión en Libertad 

miércoles, 20 de febrero de 2019

Santo Evangelio 20 de febrero 2019



Día litúrgico: Miércoles VI del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mc 8,22-26): 

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos llegan a Betsaida. Le presentan un ciego y le suplican que le toque. Tomando al ciego de la mano, le sacó fuera del pueblo, y habiéndole puesto saliva en los ojos, le impuso las manos y le preguntaba: «¿Ves algo?». Él, alzando la vista, dijo: «Veo a los hombres, pues los veo como árboles, pero que andan». Después, le volvió a poner las manos en los ojos y comenzó a ver perfectamente y quedó curado, de suerte que veía claramente todas las cosas. Y le envió a su casa, diciéndole: «Ni siquiera entres en el pueblo».


«Quedó curado, de suerte que veía claramente todas las cosas»

Rev. D. Joaquim MESEGUER García 
(Sant Quirze del Vallès, Barcelona, España)

Hoy a través de un milagro, Jesús nos habla del proceso de la fe. La curación del ciego en dos etapas muestra que no siempre es la fe una iluminación instantánea, sino que, frecuentemente requiere un itinerario que nos acerque a la luz y nos haga ver claro. No obstante, el primer paso de la fe —empezar a ver la realidad a la luz de Dios— ya es motivo de alegría, como dice san Agustín: «Una vez sanados los ojos, ¿qué podemos tener de más valor, hermanos? Gozan los que ven esta luz que ha sido hecha, la que refulge desde el cielo o la que procede de una antorcha. ¡Y cuán desgraciados se sienten los que no pueden verla!».

Al llegar a Betsaida traen un ciego a Jesús para que le imponga las manos. Es significativo que Jesús se lo lleve fuera; ¿no nos indicará esto que para escuchar la Palabra de Dios, para descubrir la fe y ver la realidad en Cristo, debemos salir de nosotros mismos, de espacios y tiempos ruidosos que nos ahogan y deslumbran para recibir la auténtica iluminación?

Una vez fuera de la aldea, Jesús «le untó saliva en los ojos, le impuso las manos y le preguntó: ‘¿Ves algo?’» (Lc 8,23). Este gesto recuerda al Bautismo: Jesús ya no nos unta saliva, sino que baña todo nuestro ser con el agua de la salvación y, a lo largo de la vida, nos interroga sobre lo que vemos a la luz de la fe. «le volvió a poner las manos en los ojos y comenzó a ver perfectamente y quedó curado, de suerte que veía claramente todas las cosas.» (Lc 8,25); este segundo momento recuerda el sacramento de la Confirmación, en el que recibimos la plenitud del Espíritu Santo para llegar a la madurez de la fe y ver más claro. Recibir el Bautismo, pero olvidar la Confirmación nos lleva a ver, sí, pero sólo a medias.

Tras siete años de trabajo, Miguel Aranguren publica «J.C. El sueño de Dios»Una novela sobre Cristo:

Con «J.C. El sueño de Dios», Miguel Aranguren hace una gran aportación al conocimiento de la personalidad de Jesucristo, con precisión teológica y momentos de gran intensidad emocional.

Tras siete años de trabajo, Miguel Aranguren publica «J.C. El sueño de Dios»Una novela sobre Cristo: 

«Ni Jesús ni María ni José han envejecido. Están. Y están a nuestro lado»

Con «J.C. El sueño de Dios», Miguel Aranguren hace una gran aportación al conocimiento de la personalidad de Jesucristo, con precisión teológica y momentos de gran intensidad emocional.

Si hay un reto difícil de abordar para un novelista, es el que presenta la vida de Jesucristo. El relato es conocido, primer hándicap: ni puede haber sorpresas... ni debe haberlas, porque la historia sagrada es eso, sagrada, esto es, intocable. Además, el escritor tiene que perfilar en cada página palabras y acciones de al menos dos personajes de cuya psicología no existe experiencia propia o ajena a la que acudir: Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre en una sola persona, y María, concebida sin mancha original, ajena a todos los lastres que dejó en  nuestra naturaleza el pecado de nuestros primeros padres. Y casi un tercero, porque ¿cómo vislumbrar siquiera la transformación que hubo de obrar en José esa doble y constante compañía?

Pues bien, Miguel Aranguren lo ha conseguido en J.C. El sueño de Dios (Homo Legens), tras años de trabajo que se aprecian en la delicada filigrana en la que ha encajado las figuras evangélicas y en la cuidadísima aproximación teológica a cada palabra, a cada situación. Así, nada desentona en la obra del carácter divino de los acontecimientos y lo sobrenatural se incorpora a ellos con una naturalidad -valga el oxímoron- asombrosa.

-¿Cuál fue su intención al escribir este libro?

-A priori no es fácil buscarle la intención a una novela, pues la creatividad sigue una lógica distinta al ensayo, donde el escritor parte de unos supuestos y buscar llegar a una meta. En este caso, todo comenzó en un almuerzo con una persona que tenía relación directa en la formación cristiana de los jóvenes. Me llamó la atención oírle hablar de la necesidad que tienen de conocer a Jesús, del que lo ignoran casi todo.

-¿Es esa ignorancia precisamente la que crea la necesidad?

-Esta necesidad es connatural al ser humano desde la resurrección de Cristo, incluso desde antes, ya que llevamos inscrita la resolución del Misterio en nuestro interior, ese Misterio que nos mantiene en la existencia y que nos da el conocimiento de nosotros mismos y de todo lo que nos rodea. Ese Misterio que nos despierta un anhelo de eternidad, cuando en principio todo lo existente es caduco. Ese Misterio que -animo a leer los Evangelios- un hombre nacido en el siglo I de nuestra era en un lugar remoto del Imperio fue desvelando como si tuviera todas las respuestas. Dudo que haya en la Historia un mensaje más asombroso que el suyo y una vida tan intensa (por todo lo que cupo en sus treinta y tres años de vida mortal), por todo lo que contiene de humano y sobrehumano. Y, por si fuera poco, ese hombre vive.

-Así que se puso "manos a la obra"...

-La conversación durante aquel almuerzo me dejó "herido".

-¿A qué se refiere?

-Vivimos en una sociedad neopagana en la que lo tangible parece haber destronado los requerimientos del espíritu. Entre las nuevas generaciones son muchos,¡muchísimos!, los no bautizados, los que reniegan de la Iglesia (extensión –"esposa"– de Jesús en la Tierra, el purgatorio y el Cielo), los que no saben absolutamente nada, más allá de unas imágenes recogidas por nuestra cultura, del Pacto que Dios selló con su Pueblo, encarnado en su Hijo, que nos ha abierto las puertas de la Salvación. 

-¿Hay entonces una intención evangelizadora?

-Pensé, entonces, en la posibilidad de escribir una novela (pues escribir ficción es lo mío) que abordara al personaje y sus circunstancias, pero desde un punto de vista singular: el Jesús de J.C. El sueño de Dios no podía ser un personaje histórico, sin más, sino que tenía que tener una relación directa con nosotros, con los lectores. En su forma de hacer, en su misión, tenía que conminar al lector de la novela, porque el Evangelio es la única obra literaria que trasciende a sus autores y a sus lectores, ya que comprende una conversación directa entre Cristo y aquel que se enfrenta a sus palabras.


-¿Qué quiere decir con esto?

-Jesús no es un personaje que pasó, uno más, por muchas flores que queramos ponerle. Es el Cristo hoy y siempre, el que en esta novela susurra a Juan Bautista moribundo, el que habla de cuando en cuando del papel que jugarán sus padres -María y José- en la bienaventuranza de todos los hombres de la Historia, también en la mía, en la tuya, en la de quien está leyendo esta entrevista. Y, por supuesto, no quiero pretender haberlo conseguido, pero esta es una de las emociones más intensas en la escritura de esta novela: he sentido la actualidad de esos sucesos de los que nos separan más de veinte siglos, he sentido que ni Jesús ni María ni José han envejecido. Están. Y están a nuestro lado.

-Han sido siete años de trabajo. ¿Cuál ha sido la mayor dificultad?

-Sin hacer ciencia ficción, me sorprende el tiempo que he dedicado a J.C. El sueño de Dios. En buena medida se debe a que el proyecto me desbordaba. Si al principio confié en que iba a poder trazar una novela sobre la vida de Cristo, enseguida me di cuenta de que San Juan Evangelista no exageraba cuando certificó la imposibilidad de dejar por escrito todo lo que el Hijo del Hombre hizo y dijo. Y confieso que esa imposibilidad me hizo sufrir. Mejor dicho, que la elaboración de esta novela me ha hecho sufrir mucho.

-¿Por qué?

-Primero, porque dediqué más de un año a estudiar el entorno de los Evangelios, a analizar a los distintos personajes, a pedir luces para que lo que escribiera revertiera en el bien de los lectores, fueran quienes fuesen, personas de fe o sin ella, porque en ningún caso quería escribir una novela piadosa o para convencidos. Jesús de Nazaret no nos pertenece solo a los cristianos porque es el Hombre que habla al hombre, a todo hombre, sin importar el tiempo ni la cultura, incluso sin importar el sello del bautismo. Me desarma seguirle por Palestina y sus alrededores, ver como Él no ponía distancias ni hacía categorías entre la gente con la que se encontraba. Su hambre de amor estaba por encima de cualquier componenda.

-¿Se parece el libro, al final, a la idea que tenía al principio?

-Sí y no. Sí porque la novela está cerrada. Es decir, está justificada en su propia estructura, que es un tanto circular. Pero en mi caso nunca planifico lo que escribo. Parto de una idea general y después dejo que el texto me sorprenda. Pero en J.C. El sueño de Dios hay otro elemento que conviene tener en cuenta: que Jesús es inabarcable, como decía, porque cada una de sus respiraciones trae un mensaje, un vivir, un destino desde el que medimos lo bueno y lo malo, lo magno y lo mezquino, lo santo y lo pagano. Por otro lado, hubo momentos en los que la sola idea narrativa de la Encarnación (que Dios se ha hecho criatura para redimir a sus criaturas) me dejaba en un estado de perplejidad tan grande que creía posible haber errado el paso, es decir, haber aceptado un reto que estaba muy por encima de mis limitadísimas posibilidades.

-¿Cuáles han sido sus fuentes?

-Durante el tiempo de estudio, de documentación, leí muchos ensayos, libros de espiritualidad, acercamientos a la figura de Cristo que venían a sumarse a otras lecturas sobre el tema que he ido acopiando a lo largo de mi vida. Pero una vez que inicié la elaboración de la novela corté todos los vínculos. Es decir, me quedé con mis apuntes y con los Evangelios, que siempre me acompañan. Y tengo que decir que la elaboración de la novela me ha ayudado a leerlos de otra manera, a formar parte de ellos, a entenderlos mejor.

-¿Se ha inspirado en alguna obra anterior?

-En lo que se refiere a narrativas en las que Jesús esté presente, no he querido que durante estos siete años me afectaran, por lo que las retiré de mi plan de lecturas.



El arca de la isla (2011), La hija del ministro (2010), Los guardianes del agua (2009), La sangre del pelícano (2007)... Tras unos años de intensa publicación, Miguel Aranguren hizo un alto para preparar su novela más ambiciosa: J.C. El sueño de Dios.

-¿Cómo se vive espiritualmente un contacto tan continuado con los personajes sagrados?

-Es una experiencia única. Muy personal, claro, y extraordinaria. Además, el Cristo que presento en J.C. El sueño de Dios es el mío, es decir, es el que yo he conocido, el que conozco, el que he tratado tanto en mi tiempo de trabajo como en mi oración y en mi vida sacramental, con todas las limitaciones que me caracterizan. Creo que, además, me he esforzado en mirar el escenario con enorme realidad.

-¿Realidad respecto a qué?

-No quería que Jesús fuese un personaje rígido o dulzón, ni que viniera cargado con tópicos. Quería que fuese un hombre en sus coordenadas físicas y temporales, un hijo de Abrahán, un judío fiel. Y lo mismo con María y José. Especialmente con José, al que después de elaborar esta novela me siento tan unido, porque me he asomado a sus dudas, a sus miedos, a la responsabilidad sobrehumana a la que se enfrentó. Y a su muerte. Porque José murió como ansiamos todos los seres humanos.

-La novela apenas entra en la vida pública de Jesús y su mensaje…

-Hay retazos de la vida pública de Jesús a lo largo de toda la novela: su actividad en el mar de Galilea, su paso por algunas ciudades gentiles, el trato que mantuvo con su madre cuando empezó a predicar, su bautismo, la compañía de sus discípulos, el cautiverio de Juan Bautista... Pero no me detengo en los pasajes que, podemos decir, son clave: la institución de la Eucaristía, su pasión, muerte y resurrección.

-¿Alguna razón para no hacerlo?

-No ha sido intencionado: poco a poco la novela fue dirigiéndose hacia momentos concretos de los Evangelios, a la vez que me pedía viajar atrás, muy atrás, a los albores de la Creación, para que el lector pudiera entender que no hay nada al azar, que el amor de Dios tiene prevista cada etapa, que el conocimiento de lo divino fue una manifestación paulatina y que en la encarnación llega el momento culminante y definitivo.

-En ese “viaje atrás” hay dos personajes con un peso mayor del que podría esperar el lector: San Juan Bautista y Satanás. ¿Por qué?

-San Juan Bautista era, antes de escribir la novela, casi un desconocido para mí. Sin embargo, al aproximarme al texto fui dándome cuenta del dramatismo de su existencia, de la fuerza de su fidelidad, de lo que representó para él ser el punto final de aquel Pacto de Yahvé... Parecía un loco y fue todo lo contrario: un hombre con vocación de servicio, entregado a la oración y a la espera. Y, por si fuera poco, su padecimiento. Y en el padecimiento, la duda. Porque en J.C. El sueño de Dios los santos son de carne y hueso, hombres y mujeres que dudan, que a veces pecan, que lloran, que padecen sufrimientos físicos y morales... y que confían. El lector descubrirá que Juan recibe del mismo Jesús un encargo maravilloso: ser el heraldo que conduzca a las almas desde el seno de Abrahán al Cielo. Y se sobrecogerá con el relato de su martirio y con la relación que crea con José.

-¿Y Satanás?

-Acerca de Satanás diré lo siguiente: su presencia en los Evangelios y la gravedad con la que Jesús se refiere a él (de forma directa e indirecta) y actúa contra su persona y sus obras, viene a decirnos que su protagonismo en el drama de la humanidad es radical. En él está el origen de todos los desórdenes, la razón del caos, la división y la mentira. Es el responsable primero de todas las injusticias, de todos los crímenes cometidos, del desprecio a los débiles y de la ruina moral de los poderosos. Desde que gritó aquel terrible: Non serviam! con el que se desvinculó de Dios, su obsesión es nuestro sufrimiento, la desesperación, la aniquilación de la maravillosa libertad con la que los hombres acogemos la voluntad divina, apostamos por el bien. Y teme la promesa de su derrota, que la trajo Cristo de una manera que su inteligencia no fue capaz de prever. Creyó que podría desbaratar los planes de Dios, aquella "feliz culpa" por la que la totalidad de nuestra salvación se ha cumplido en la fidelidad de una adolescente que terminará por aplastarle la cabeza. ¿Acaso no es suficiente para que tenga un papel principal en una novela como esta?

-Cuando se lee esta obra, uno siente que no es solo sobre Jesucristo, sino sobre la Virgen María, sobre la Sagrada Familia. ¿Me equivoco al interpretarlo así?

-No. Es más, creo que su lectura ha sido la adecuada. Aunque, si me deja precisar, más que sobre la Sagrada Familia es una novela sobre el Amor de Dios por cada uno de nosotros. Y una novela que muestra la predilección de Dios por los pequeños, los humildes, los heridos, los sencillos... José y María representan a una humanidad que no lidera las corrientes económicas, sociales ni culturales, pero que son padre y madre de todos y cada uno de los hombres que deseen abrirles las puertas de su corazón. Al escribir la novela, coincidiendo con mis viajes a ciertos barrios marginales de Kenia, pensé -y sigo pesando- que los padres de Jesús, tal y como aparecen en J.C. El sueño de Dios, podrían alojarse con muchas de aquellas familias y, sobre todo, acoger a los niños de la calle como si cada uno de ellos fuese el Mesías.

-La obra está cuidadísima desde el punto de vista teológico…

-Me abruma su comentario. He tenido la inmensa fortuna de haber nacido en una familia cristiana en la que se ha cuidado nuestra formación espiritual. En este sentido, hemos normalizado la fe desde el conocimiento de la doctrina católica. Además, estudié en un colegio donde esa formación es uno de sus distintivos (reflejada también en la vivencia de las virtudes humanas como plasmación de las espirirtuales o morales). Por otro lado, me beneficio de la formación que de manera continuada recibo en el Opus Dei, que, como decía San Josemaría, es una inmensa catequesis en la que la formación es el punto de partida y de llegada de su apostolado. Y después, leo y atiendo la predicación de mi parroquia.

-¿Llevó a cabo alguna formación adicional o asesoramiento?

-Una vez acabé la novela le pedí a varios amigos (algunos de ellos, teólogos) que me señalaran algún posible error, que no lo hubo.

-Antes habló del Cristo real. ¿Tenemos hoy una visión distorsionada de Jesucristo?

-Me cuesta ser categórico, pues depende de cada persona. Sin lugar a dudas, la falta de presencia de lo cristiano en la vida corriente ha generado un analfabetismo preocupante en elementos que parten de la fe pero que van más allá, pues están imbricados en nuestra cultura. Por otro lado, el relativismo ha difuminado la imagen de Jesús al capricho de aquel que lo describe (pienso en Lennon proclamándose más famoso que Cristo; pienso en aquella caricatura grotesca del Cristo como revolucionario o como hippy, o como un hombre de izquierdas o de derechas...). Lo que sí es cierto es que Jesús habla a cada hombre. ¿Cómo entender, si no, los millones de jóvenes que han participado en cada una de las Jornadas Mundiales de la Juventud? ¿A quién salían a buscar? ¿A un Papa superstar o al mismo Jesús?...

-¿Tiene ya algún feedback de los lectores?

-Todavía es pronto, ya que se trata de una novela extensa (casi seiscientas páginas). En todo caso, empiezan a llegar las primeras impresiones, que para mí están siendo todo un regalo. Pienso en un periodista que me escribió un wasap para decirme que mientras leía en el metro el capítulo del enamoramiento de José y María, se le encharcaron los ojos. Y me consta que no es un hombre sensiblero. Pienso en una mujer que lidera el ámbito de la alta costura, que leyó de un tirón las primeras doscientas páginas, trastornada por la audacia con la que están construidos los personajes. Pero es pronto, insisto, para saber cómo cala en los lectores.

Fuente:Religiòn en Libertad

martes, 19 de febrero de 2019

Santo Evangelio 19 de febrero 2019



Día litúrgico: Martes VI del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mc 8,14-21): 

En aquel tiempo, los discípulos se habían olvidado de tomar panes, y no llevaban consigo en la barca más que un pan. Jesús les hacía esta advertencia: «Abrid los ojos y guardaos de la levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes». Ellos hablaban entre sí que no tenían panes. Dándose cuenta, les dice: «¿Por qué estáis hablando de que no tenéis panes? ¿Aún no comprendéis ni entendéis? ¿Es que tenéis la mente embotada? ¿Teniendo ojos no veis y teniendo oídos no oís? ¿No os acordáis de cuando partí los cinco panes para los cinco mil? ¿Cuántos canastos llenos de trozos recogisteis?». «Doce», le dicen. «Y cuando partí los siete entre los cuatro mil, ¿cuántas espuertas llenas de trozos recogisteis?» Le dicen: «Siete». Y continuó: «¿Aún no entendéis?».


«Guardaos de la levadura de los fariseos»


Rev. P. Juan Carlos CLAVIJO Cifuentes 
(Bogotá, Colombia)

Hoy —una vez más— vemos la sagacidad del Señor Jesús. Su actuar es sorprendente, ya que se sale del común de la gente, es original. Él viene de realizar unos milagros y se está trasladando a otro sector en donde la Gracia de Dios también debe llegar. En ese contexto de milagros, ante un nuevo grupo de personas que lo espera, es cuando les advierte: «Abrid los ojos y guardaos de la levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes» (Mc 8,15), pues ellos —los fariseos y los de Herodes— no quieren que la Gracia de Dios sea conocida, y más bien se la pasan cundiendo al mundo de mala levadura, sembrando cizaña. 

La fe no depende de las obras, pues «una fe que nosotros mismos podemos determinar, no es en absoluto una fe» (Benedicto XVI). Al contrario, son las obras las que dependen de la fe. Tener una verdadera y autentica fe implica una fe activa, dinámica; no una fe condicionada y que sólo se queda en lo externo, en las apariencias, que se va por las ramas… La nuestra debe ser una fe real. Hay que ver con los ojos de Dios y no con los del hombre pecador: «¿Aún no comprendéis ni entendéis? ¿Es que tenéis la mente embotada?» (Mc 8,17). 

El reino de Dios se expande en el mundo como cuando se coloca una medida de levadura en la masa; ella crece sin que se sepa cómo. Así debe ser la autentica fe, que crece en el amor de Dios. Por tanto, que nada ni nadie nos distraiga del verdadero encuentro con el Señor y su mensaje salvador. El Señor no pierde ocasión para enseñar y eso lo sigue haciendo hoy día: «Nos hemos de liberar de la falsa idea de que la fe ya no tiene nada que decir a los hombres de hoy» (Benedicto XVI).


«¿Teniendo ojos no veis y teniendo oídos no oís?»


+ Rev. D. Lluís ROQUÉ i Roqué 
(Manresa, Barcelona, España)

Hoy notamos que Jesús —como ya le pasaba con los Apóstoles— no siempre es comprendido. A veces se hace difícil. Por más que veamos prodigios, y que se digan las cosas claras, y se nos comunique buena doctrina, merecemos su reprensión: «¿Aún no comprendéis ni entendéis? ¿Es que tenéis la mente embotada?» (Mc 8,17).

Nos gustaría decirle que le entendemos y que no tenemos el entendimiento ofuscado, pero no nos atrevemos. Sí que osamos, como el ciego, hacerle esta súplica: «Señor, que vea» (Lc 18,41), para tener fe, y para ver, y como el salmista dice: «Inclina mi corazón a tus dictámenes, y no a ganancia injusta» (Sal 119,36) para tener buena disposición, escuchar y acoger la Palabra de Dios y hacerla fructificar.

Será bueno también, hoy y siempre, hacer caso a Jesús que nos alerta: «Abrid los ojos y guardaos de la levadura de los fariseos» (Mc 8,15), alejados de la verdad, “maniáticos cumplidores”, que no son adoradores en Espíritu y en verdad (cf. Jn 4,23), y «de la levadura de Herodes», orgulloso, despótico, sensual, que sólo quiere ver y oír a Jesús para complacerse.

Y, ¿cómo preservarnos de esta “levadura”? Pues haciendo una lectura continua, inteligente y devota de la Palabra de Dios y, por eso mismo, “sabia”, fruto de ser «piadosos como niños: pero no ignorantes, porque cada uno ha de esforzarse, en la medida de sus posibilidades, en el estudio serio, científico de la fe (...). Piedad de niños, pues, y doctrina segura de teólogos» (San Josemaría).

Así, iluminados y fortalecidos por el Espíritu Santo, alertados y conducidos por los buenos Pastores, estimulados por los cristianos y cristianas fieles, creeremos lo que hemos de creer, haremos lo que hemos de hacer. Ahora bien, hay que “querer” ver: «Y el Verbo se hizo carne» (Jn 1,14), visible, palpable; hay que “querer” escuchar: María fue el “cebo” para que Jesús dijera: «Dichosos más bien los que escuchan la palabra de Dios y la guardan» (Lc 11,28).

No creía en Dios, se salvó de la matanza de Columbine por minutos... hoy le sirve como religiosa

Jenica, hoy la hermana Mary Gianna, cuenta su testimonio en la sala de la casa El Arca y la Paloma donde nació la Renovación Carismática en 1967

Se bautizó 3 años tras la masacre; se preguntaba cómo vivir en un mundo con tanta maldad

No creía en Dios, se salvó de la matanza de Columbine por minutos... hoy le sirve como religiosa

Jenica, hoy la hermana Mary Gianna, cuenta su testimonio en la sala de la casa El Arca y la Paloma donde nació la Renovación Carismática en 1967 

El 20 de abril de 1999, dos estudiantes, Dylan Klebold, de 17 años, y Eric Harris, de 18, armados de fusiles y explosivos, entraron en la escuela de secundaria donde estudiaban, el Columbine High School, en Littleton, Colorado y mataron a 13 personas. Uno era un profesor de 47 años, las otras víctimas tenían entre 14 y 18 años. También hirieron a otras 23 personas. Después se suicidaron allí mismo. Habían dejado un vídeo explicando a sus padres lo que iban a hacer y pidiéndoles perdón. Se conoce como la masacre de Columbine.

En ese instituto, a esa hora, en la biblioteca, siempre, día tras día, estudiaba una chica de 16 años llamada Jenica Thornby. Pero, de forma asombrosa, sintió "algo" que le hizo salir antes de la masacre. Ella lo explica así casi 20 años después.

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Matanza de Columbine en 1999, los chicos se esconden bajo las mesas

"Tuve una imperiosa necesidad de salir de la escuela"

"Yo debería haber estado en el centro de la tragedia. Sin embargo, minutos antes del tiroteo, tuve el impulso irresistible de salir de la escuela. Normalmente, iba
a la biblioteca a estudiar durante la hora del almuerzo. Cada día, durante dos años, fui a la biblioteca a estudiar. Sin embargo, el 20 de abril de 1999, estaba sentada en mi clase de arte, justo antes del almuerzo, cuando de repente, tuve esa imperiosa necesidad de salir de la escuela", recuerda en un testimonio en vídeo en el congreso online Ark and Dove Week en febrero de 2019. 

"Una y otra vez me repetía en la cabeza: 'no puedo quedarme aquí, de ninguna manera. Nadie me convencerá para que me quede'. Tenía necesidad de salir y sentía mucha prisa por hacerlo", recuerda.

"Solía encontrarme con mi amiga Rebecca en su casillero. Estaba tan apurada que pasé por su casillero, fui hasta el mío y me topé con ella frente a la biblioteca. Terminé convenciéndola de irse conmigo, así que salimos de la escuela, subimos a mi auto y, mientras nos alejábamos de la escuela, y mientras nos alejábamos de la escuela, noté que cientos y cientos de mis compañeros salían corriendo de la escuela. Pronto entendí que había habido un tiroteo en el instituto y que la mayoría de los disparos se dieron en la biblioteca donde yo estaba cada día... excepto ese".

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"Los monstruos en la puerta de al lado: ¿qué les hizo hacerlo?"

Una pregunta... hacia Dios

Jenica se hizo una pregunta: ¿por qué ese día no estuvo en la biblioteca? "Recuerdo que me dijeron que había sido Dios. 'Él debe tener un plan para tu vida'. Y así me di cuenta de que Dios existía y tenía un plan".

Hasta ese momento Jenica no había tenido fe. Había llegado al pueblo a los 11 años. Sus padres la querían, pero en su familia no había recibido ninguna formación religiosa, incluso estaba sin bautizar.

Ahora, con 13 cadáveres en la escuela, y luego sus fotografías en las paredes, se hacía preguntas muy duras. Ahora estaba convencida de que Dios existía pero, ¿cómo era Dios? ¿Cómo se relaciona con los hombres? ¿Cómo encaja con tanto mal?

"Me resultaba difícil el gran sufrimiento, la oscuridad, el mal que percibía en el mundo. Así que me volqué en muchas otras cosas, pero aquello con lo que llenaba mi vida me dejaba más vacía. Como secuela, caí en la desesperación absoluta, en una gran desesperanza. Sentí que no había ninguna razón para seguir adelante".

"Algo en su vida... le faltaba a la mía"

Fue entonces, con unos 18 años, cuando una amiga la invitó a actividades en la parroquia católica de Santa Francisca Cabrini, donde había muy buenos responsables de jóvenes. Una responsable, Kate, "era tan brillante y tan llena de vida que me di cuenta de que había algo en su vida que faltaba en la mía. Y ella empezó a hablarme de un Dios que apasionadamente me amaba y que tenía un plan".

Eso fue una respuesta transformadora para ella. "Me di cuenta de que toda mi vida había estado esperando conocer a Dios y Su amor". Sólo Dios podía llenar el corazón. Ella cita a San Agustín, otro converso: "Nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en Dios". Y decidió que quería descubrir, con todo su ser, cuál era el plan de Dios.

Y ahora empezaba a saber cómo responder al absurdo de la muerte y la violencia: la respuesta es, con Dios, ayudar a construir una civilización del amor y una cultura de la vida.

Jenica decidió hacerse católica y fue a estudiar a la Universidad Franciscana de Steubenville. En la Vigilia Pascual del 30 de marzo de 2002 recibió el bautismo, la confirmación y la Primera Comunión.

Siguió reflexionando sobre Dios y la matanza de Columbine. En esa matanza, uno de los asesinos apuntó a una chica llamada Rachel Joy Scott y le preguntó: "¿Crees en Dios?" "¡Sí!", dijo ella con firmeza. A continuación, él la mató. (ReL contó su historia aquí).

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Rachel Joy Scott, con su "sí" a Cristo, ha inspirado a muchas personas

Jenica entendió que Rachel había dicho sí y había muerto por Cristo, y se planteó si ella podía decir "sí" a Cristo y entregarle su vida sirviéndole.

Explorando la vocación: cómo entregarse a Dios

En 2006 y 2007 fue voluntaria misionera con Net Ministries, el sistema de jóvenes misioneros que recorren el país en furgoneta, organizando retiros y encuentros.

En 2008, durante una misa en la catedral de San Pablo en Minesota, alzó los ojos y sintió profundamente la presencia de Dios ante ella. Su testimonio vocacional describe que sintió que "Él la estaba llamando para ser su novia, para amarlo con un corazón sin división, para conducir a otros a experimentar su amor".

En 2010 entró en la congregación de las Discípulas del Señor Jesucristo (www.dljc.org), de espiritualidad franciscana y carismática, dedicadas a la evangelización. Tienen comunidades en Nuevo México (Albuquerque y Santa Fe), en Amarillo (Texas), en Pittsburgh (Pensilvania) y en Monterrey (México).

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Ark and Dove (el Arca y la Paloma) es la casa de retiros donde nació la Renovación Carismática Católica en 1967; allí sirve hoy la Hermana Mary Gianna, nombre religioso de Jenica

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Tomó el nombre de Hermana Mary Gianna, por Nuestra Señora de Gracia y por santa Gianna Beretta Molla, la doctora italiana que murió ganando tiempo para su bebé.

Como Hermana Mary Gianna sirve en un lugar muy especial, la casa de retiros el Arca y la Paloma (Ark & Dove), en Pittsburgh, donde nació la Renovación Carismática Católica en 1967. Allí compartió su testimonio en un vídeo para participantes en su congreso online.

Fuente: Religión en Libertad

lunes, 18 de febrero de 2019

Santo Evangelio 18 de Febrero 2019



Día litúrgico: Lunes VI del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mc 8,11-13): 

En aquel tiempo, salieron los fariseos y comenzaron a discutir con Jesús, pidiéndole una señal del cielo, con el fin de ponerle a prueba. Dando un profundo gemido desde lo íntimo de su ser, dice: «¿Por qué esta generación pide una señal? Yo os aseguro: no se dará a esta generación ninguna señal». Y, dejándolos, se embarcó de nuevo, y se fue a la orilla opuesta.


«Yo os aseguro: no se dará a esta generación ninguna señal»

Rev. D. Jordi POU i Sabater 
(Sant Jordi Desvalls, Girona, España)

Hoy, el Evangelio parece que no nos diga mucho ni de Jesús ni de nosotros mismos. «¿Por qué esta generación pide una señal?» (Mc 8,12). San Juan Pablo II, comentando este episodio de la vida de Jesucristo, dice: «Jesús invita al discernimiento respecto a las palabras y las obras que testifican (son “señal de”) la llegada del reino del Padre». Parece que a los judíos que interrogan a Jesús les falta la capacidad o la voluntad de discernir aquella señal que —de hecho— es toda la actuación, obras y palabras del Señor.

También hoy día se piden señales a Jesús: que haga notar su presencia en el mundo o que nos diga de una manera evidente cómo hemos de actuar nosotros. El Papa nos hace ver que la negativa de Jesucristo a dar una señal a los judíos —y, por tanto, también a nosotros— se debe a que quiere «cambiar la lógica del mundo, orientada a buscar signos que confirmen el deseo de autoafirmación y de poder del hombre». Los judíos no querían un signo cualquiera, sino aquel que indicara que Jesús era el tipo de mesías que ellos esperaban. No aguardaban al que venía para salvarlos, sino el que venía a dar seguridad a su visión de cómo se tenían que hacer las cosas.

En definitiva, cuando los judíos del tiempo de Jesús como también los cristianos de ahora pedimos —de una manera u otra— una señal, lo que hacemos es pedir a Dios que actúe según nuestra manera, la que nosotros creemos más acertada y que de hecho apoye a nuestro modo de pensar. Y Dios, que sabe y puede más (y por eso pedimos en el Padrenuestro que se haga “su” voluntad), tiene sus caminos, aunque a nosotros no nos sea fácil comprenderlos. Pero Él, que se deja encontrar por todos los que le buscan, también, si le pedimos discernimiento, nos hará comprender cuál es su manera de obrar y cómo podemos distinguir hoy sus signos.