domingo, 19 de agosto de 2018

Santo Evangelio 19 de agosto 2018


Día litúrgico: Domingo XX (B) del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Jn 6,51-58): 

En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: «Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo». Discutían entre sí los judíos y decían: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?». Jesús les dijo: «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él. Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí. Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron vuestros padres, y murieron; el que coma este pan vivirá para siempre».


«Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre»

Rev. D. Antoni CAROL i Hostench 
(Sant Cugat del Vallès, Barcelona, España)

Hoy continuamos con la lectura del Discurso del pan de vida que nos ocupa en estos domingos: «Yo soy el pan vivo, bajado del cielo» (Jn 6,51). Tiene una estructura, incluso literaria, muy bien pensada y llena de ricas enseñanzas. ¡Qué bonito sería que los cristianos conociésemos mejor la Sagrada Escritura! Nos encontraríamos con el mismo Misterio de Dios que se nos da como verdadero alimento de nuestras almas, con frecuencia amodorradas y hambrientas de eternidad. Es fantástica esta Palabra Viva, la única Escritura capaz de cambiar los corazones.

Jesucristo, que es Camino, Verdad y Vida, habla de sí mismo diciéndonos que es Pan. Y el pan, como bien sabemos, se hace para comerlo. Y para comer —debemos recordarlo— hay que tener hambre. ¿Cómo podremos entender qué significa, en el fondo, ser cristiano, si hemos perdido el hambre de Dios? Hambre de conocerle, hambre de tratarlo como a un buen Amigo, hambre de darlo a conocer, hambre de compartirlo, como se comparte el pan de la mesa. ¡Qué bella estampa ver al cabeza de familia cortando un buen pan, que antes se ha ganado con el esfuerzo de su trabajo, y lo da a manos llenas a sus hijos! Ahora, pues, es Jesús quien se da como Pan de Vida, y es Él mismo quien da la medida, y quien se da con una generosidad que hace temblar de emoción.

Pan de Vida..., ¿de qué Vida? Está claro que no nos alargará ni un día más nuestra permanencia en esta tierra; en todo caso, nos cambiará la calidad y la hondura de cada instante de nuestros días. Preguntémonos con honestidad: —Y yo, ¿qué vida quiero para mí? Y comparémosla con la orientación real con que vivimos. ¿Es esto lo que querías? ¿No crees que el horizonte puede ser todavía mucho más amplio? Pues mira: mucho más aun que todo lo que podamos imaginar tú y yo juntos... mucho más llena... mucho más hermosa... mucho más... es la Vida de Cristo palpitando en la Eucaristía. Y allí está, esperándonos para ser comido, esperando en la puerta de tu corazón, paciente, ardiente como quien sabe amar. Y después de esto, la Vida eterna: «El que coma este pan vivirá para siempre» (Jn 6,58). —¿Qué más quieres?

Viviremos para siempre


VIVIREMOS PARA SIEMPRE.

Por Antonio García-Moreno

1.- Centinela, alerta.- "Fijaos bien como andáis; no seáis insensatos, sino sensatos", (Ef 5, 15) recomienda Pablo en este pasaje de la epístola que escribió a los cristianos de Éfeso. Y luego añadirá: "No estéis aturdidos, daos cuenta de lo que el Señor quiere". Son expresiones que nos recuerdan la necesidad perentoria de vivir alerta, siempre con la guardia montada. La vida del hombre sobre la tierra es una milicia, decía Job. Un continuo estado de guerra en donde es preciso estar siempre preparados para dar batalla, siempre con el oído atento y las armas preparadas.

Antes que San Pablo ya lo recomendó el Señor con insistencia al exigir a sus seguidores una actitud vigilante, un sentimiento de esperanza siempre viva. Es necesario orar de continuo, velar sin descanso, para no entrar en la tentación. El enemigo no descansa; es como un león hambriento que busca a quien devorar. Es ésta una comparación que pone San Pedro en su primera carta, él que tanto sabía de tentaciones y de luchas, de caídas y de victorias.

Qué importante es saber aprovechar las ocasiones que la vida nos va brindando. Ocasiones que hay que saber valorar, conscientes de que a veces no se repiten más. De la ocasión a que se refiere Pablo, depende además algo tan importante como nuestra salvación, nuestra felicidad durante la vida terrena, y sobre todo la de nuestra felicidad eterna después de la muerte.

La noche va muy avanzada, dirá también el Apóstol a los romanos, y se acerca el día. Es ya hora de surgir del sueño, pues nuestra salvación está ahora más cercana... Sí, es preciso que no olvidemos que vivimos inmersos en la noche de nuestra vida temporal, y que sólo cuando amanezca el día definitivo, cuando llegue para siempre la luz, el peligro habrá desaparecido y la vigilancia ya no será necesaria. Pero hasta que llegue ese momento, no lo olvidéis, fijaos bien cómo andáis.

2.- El Pan Vivo.- Las palabras de Jesús son claras y contundentes: "Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo". Los judíos se sorprenden ante esta afirmación, se resisten a creer en el Señor, que repite una y otra vez que su Carne es verdadera comida y su Sangre verdadera bebida. Pero los israelitas no entendían lo que Jesús estaba diciendo, pues no tenían fe en él, a pesar del milagro que acababa de realizar ante ellos.

Hoy sabemos que esa comida y esa bebida la tomamos de forma sacramental y mística. Lo cual no quiere decir que no tomemos realmente el Cuerpo del Señor, ya que en la Eucaristía se contiene a Jesucristo con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad. De todas formas, hoy como entonces, es preciso adoptar una actitud de fe, si de veras queremos aceptar la doctrina acerca de la Eucaristía. Sólo así, por la fe, podremos acercarnos al Misterio y captar de alguna manera la grandeza, que en nuestros sagrarios tenemos, la de Jesús mismo.

Otra idea que el Maestro repite en este pasaje evangélico es la de que quien come su Carne y bebe su Sangre tiene vida eterna, es decir, vivirá para siempre. Este alimento transmite, por tanto, una vida nueva, a la que la muerte no podrá vencer jamás. Una vida sin fronteras de tiempo, una vida siempre joven, una vida singular, la vida misma de Dios.

Acercarse a comulgar es acercarse a la eternidad, es pasar de un nivel terreno a otro muy distinto, trasladarnos a una atmósfera de luminosidad y de gozo. Comulgar, en definitiva, es unirse íntimamente con Dios, penetrar en el misterio de su vida gloriosa y disfrutar, en cierto modo, de la alegría singular de los bienaventurados en el Cielo.

El Señor lo dice explícitamente en esta ocasión: "El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come, vivirá por mí". Así, pues, lo mismo que Jesús está unido al Padre, así el que participa en la Eucaristía vive unido al Señor. El que comulga con las debidas condiciones, limpio de pecado mortal, llega a la unión mística y grandiosa del alma con Dios, se remonta hasta la cumbre del más grande Amor; ese estado dichoso en que el hombre se identifica, sin confundirse, con el mismo Dios y Señor.

sábado, 18 de agosto de 2018

Santo Evangelio 18 de agosto 2018



Día litúrgico: Sábado XIX del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 19,13-15): 

En aquel tiempo, le presentaron a Jesús unos niños para que les impusiera las manos y orase; pero los discípulos les reñían. Mas Jesús les dijo: «Dejad que los niños vengan a mí, y no se lo impidáis porque de los que son como éstos es el Reino de los Cielos». Y, después de imponerles las manos, se fue de allí.


«Le presentaron a Jesús unos niños para que les impusiera las manos y orase; pero los discípulos les reñían»

Rev. D. Antoni CAROL i Hostench 
(Sant Cugat del Vallès, Barcelona, España)

Hoy nos es dado contemplar una escena que, desgraciadamente, es demasiado actual: «Le presentaron a Jesús unos niños para que les impusiera las manos y orase; pero los discípulos les reñían» (Mt 19,13). Jesús ama especialmente a los niños; nosotros, con los pobres razonamientos típicos de “gente mayor”, les impedimos acercarse a Jesús y al Padre: —¡Cuando sean mayores, si lo desean, ya escogerán...! Esto es un gran error.

Los pobres, es decir, los más carentes, los más necesitados, son objeto de particular predilección por parte del Señor. Y los niños, los pequeños son muy “pobres”. Son pobres de edad, son pobres de formación... Son indefensos. Por esto, la Iglesia —“Madre” nuestra— dispone que los padres lleven pronto a sus hijos a bautizar, para que el Espíritu Santo ponga morada en sus almas y entren en el calor de la comunidad de los creyentes. Así lo indican tanto el Catecismo de la Iglesia como el Código de Derecho Canónico, ordenamientos del máximo rango de la Iglesia (que, como toda comunidad, debe tener sus ordenamientos).

¡Pero no!: ¡cuando sean mayores! Es absurda esta manera de proceder. Y, si no, preguntémonos: —¿Qué comerá este niño? Lo que le ponga su madre, sin esperar a que el niño especifique qué es lo que prefiere. —¿Qué idioma hablará este niño? El que le hablen sus padres (de otra manera, el niño nunca podrá escoger ninguna lengua). —¿A qué escuela irá este niño? A la que sus padres le lleven, sin esperar que el chico defina los estudios que prefiere...

—¿Qué comió Jesús? Aquello que le puso su Madre, María. —¿Qué lengua habló Jesús? La de sus padres. —¿Qué religión aprendió y practicó el Niño Jesús? La de sus padres, la religión judía. Después, cuando ya fue mayor, pero gracias a la instrucción que había recibido de sus padres, fundó una nueva religión... Pero, primero, la de sus padres, como es natural.

Tenía una vida de éxito, lo dejó todo y la llamaron loca: ahora evangeliza a pandilleros por cientos

Sair del Toro está volcada totalmente en la evangelización, especialmente entre la comunidad hispánica de EEUU

Sair del Toro, exitosa evangelizadora entre los hispanos de EEUU 

Tenía una vida de éxito, lo dejó todo y la llamaron loca: ahora evangeliza a pandilleros por cientos

Sair del Toro está volcada totalmente en la evangelización, especialmente entre la comunidad hispánica de EEUU

Sair del Toro era una mujer que abandonó en la adolescencia la fe católica en la que había sido educada por su madre. A los 28 se había convertido en un personaje conocido con su propio programa de radio y como exitosa y demandada planificadora de bodas en Seattle. Tenía mucho dinero e influencia pero se encontraba vacía. Fue entonces cuando se abrazó con fuerza a la fe de su infancia y se convirtió en una de las evangelizadoras más potentes de EEUU, especialmente en el mundo hispano.

Cientos de pandilleros, asesinos, ladrones, pero también mujeres maltratadas, violadas y en situaciones límites han encontrado a Dios gracias a su ministerio. “Creo que cuando te entregas libremente al Señor se dan grandes gracias, y puedes ser testigo”, afirma en Catholic News Agency.

"No tenía amor, sólo tenía dinero"

Recuerda su vida anterior a conocer a Cristo. Conducía un Mercedes, tenía una casa espectacular y no le faltaba el dinero. “Todo parecía perfecto, pero me faltaba algo, no tenía amor, sólo tenía dinero”. Este sentimiento le embargaba ya en todo momento por lo que un día se dirigió a Dios: “¿Dónde estás? ¿Quién eres?”.

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Iba a empezar así su regreso a la Iglesia Católica. Pero fue clave el consejo que recibió: si quería encontrar a Dios tenía que mirar al Santísimo Sacramento. Lo tomó al pie de la letra y rápidamente entró en una capilla de adoración para ver y abrazar el tabernáculo para saber por fin si  Dios estaba realmente en esa “cajita”.

“Entré allí, abracé a Jesucristo, y Él salió y me abrazó. Sentí su presencia en mi corazón, en mi mente y en mi alma, Él me estaba abrazando. Fue el abrazo más grande de mi vida”, asegura esta mujer, que define aquel momento como el que cambió completamente su vida.

Su madre quiso ingresarla en un psiquiátrico

Después de aquella experiencia de amor de Dios decidió dejar su exitoso trabajo, su casa y se fue a un convento en Omaha. “Mi madre pensó que estaba loca”, recuerda ella. Tanto que incluso llevó a Sair a un hospital psiquiátrico, que curiosamente era gestionado por unas monjas.

El médico le preguntó si escuchaba a Dios, si escuchaba su voz y le amaba. Ella tenía miedo a responder con sinceridad por si concluían que estaba loca y acaba ingresada en el psiquiátrico. Sin embargo, sintió que Dios quería que dijera la verdad. El doctor llegó a la conclusión de que Sair no estaba loca sino enamorada completamente de Dios.

De EEUU a México y vuelta de nuevo

Durante varios años estuvo en la vida religiosa hasta que supo que Dios la llamaba a otra cosa. Dejó el convento y también Estados Unidos para regresar a su México natal. Allí participó activamente y con gran éxito en distintos ministerios católicos de evangelización y de anuncio de devociones como la del Sagrado Corazón.

En 2013 regresó a Estados Unidos para enseñar la Teología del Cuerpo de Juan Pablo II a las parejas, especialmente hispanas, de la Archidiócesis de Los Ángeles.

Pero casi a la vez comenzó a hablar de Dios y a lograr numerosas conversiones entre expandilleros, presos y personas violentas, consiguiendo incluso que acabasen consagrando su vida y la de sus familias a Dios.

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Hace unos meses, por ejemplo, la llamaron para que anunciara la Buena Nueva a un grupo de 200 hombres, la gran mayoría pandilleros llenos de tatuajes, traficantes e incluso asesinos. “Logramos consagrar a todas esas personas –explica Sair- lo cual fue un milagro, porque la mayoría de esas personas han matado personas, han estado involucradas en negocios muy sucio, o han vendido droga…”.

Vidas que cambian

Ahora, “estas personas que nunca pensaríamos que estarían consagradas al Señor están cambiando sus vidas y las de sus familias también”. Buscando un terreno común con los miembros de estas pandillas, le comentó que la jerarquía de la Iglesia era muy parecida a la de una pandilla, pero del lado del Señor y no del lado de la muerte.

“Cuando les enseñas cómo funciona la Iglesia, cómo trabaja Dios, cómo funciona el respeto, en realidad es lo mismo, pero en el ejército de Dios”, agrega esta evangelizadora.

Sair del Toro afirma que les anuncia que su vida puede cambiar, que pueden ser más felices que nunca, que pueden conocer la gracia, y sobre todo vivir para siempre. “Sienten que realmente tienen ahora algo, que valen algo pues les damos la esperanza de la vida, de la eternidad”, concluye.

Ayuda a miles de mujeres hispanas

Pero además esta incansable católica es directora de Magnífica, el apostolado en español de Endow, un ministerio centrado en las mujeres. Y es aquí donde está realizando una importante labor con cientos de ellas, muchas con terribles historias a sus espaldas.

Una de las mujeres a las que ha podido ayudar es Rachel (nombre ficticio). Cuando tenía 14 años se escapó de casa de sus padres para ir a una fiesta. Esa noche fue secuestrada y llevada de Ciudad de México a la frontera con Estados Unidos, donde fue vendida a un hombre que la mantuvo en cautiverio durante 10 años.

En ese tiempo esta joven tuvo dos hijos con su secuestrador, hasta que un vecino se percató de que algo raro ocurría y llamó a la Policía, por lo que Rachel y sus hijos pudieron ser rescatadas. Ahora ella encuentra ayuda y sanación en la Iglesia a través del grupo Magnífica.

"Mi meta es el cielo"

Muchas mujeres que han experimentado violencia doméstica o el drama del aborto también llegan a la Iglesia a través de esta vía, y encuentran la felicidad en ella tras sufrir lo indecible durante años.

Gracias a personas como Sair son miles de personas las que conocen esta Iglesia, “hospital de campaña”, donde pueden sanar heridas profundas.

“La gente que me conoce sabe que lo hago de corazón, de lo contrario podría estar haciendo cosas diferentes por mucho dinero. Pero mi meta es el cielo y quiero ser santa, realmente quiero ser santa. Así que me relajo dejando que Dios haga lo que quiera conmigo”, concluye.

Fuente: Religión en Libertad

viernes, 17 de agosto de 2018

Santo Evangelio 17 de agosto 2018


Día litúrgico: Viernes XIX del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 19,3-12): 

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos fariseos que, para ponerle a prueba, le dijeron: «¿Puede uno repudiar a su mujer por un motivo cualquiera?». Él respondió: «¿No habéis leído que el Creador, desde el comienzo, los hizo varón y hembra, y que dijo: Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne? De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió no lo separe el hombre». 

Dícenle: «Pues ¿por qué Moisés prescribió dar acta de divorcio y repudiarla?». Díceles: «Moisés, teniendo en cuenta la dureza de vuestro corazón, os permitió repudiar a vuestras mujeres; pero al principio no fue así. Ahora bien, os digo que quien repudie a su mujer -no por fornicación- y se case con otra, comete adulterio». 

Dícenle sus discípulos: «Si tal es la condición del hombre respecto de su mujer, no trae cuenta casarse». Pero Él les dijo: «No todos entienden este lenguaje, sino aquellos a quienes se les ha concedido. Porque hay eunucos que nacieron así del seno materno, y hay eunucos que se hicieron tales a sí mismos por el Reino de los Cielos. Quien pueda entender, que entienda».


«Pues bien, lo que Dios unió no lo separe el hombre»

Fr. Roger J. LANDRY 
(Hyannis, Massachusetts, Estados Unidos)

Hoy, Jesús contesta a las preguntas de sus contemporáneos acerca del verdadero significado del matrimonio, subrayando la indisolubilidad del mismo.

Su respuesta, sin embargo, también proporciona la base adecuada para que los cristianos podamos responder a aquellos que intentan buscar la ampliación de la definición de matrimonio para las parejas homosexuales.

Al hacer retroceder el matrimonio al plan original de Dios, Jesús subraya cuatro aspectos relevantes por los cuales sólo pueden ser unidos en matrimonio un hombre y una mujer:

1) «El Creador, desde el comienzo, los hizo varón y hembra» (Mt 19,4). Jesús nos enseña que, en el plan divino, la masculinidad y la feminidad tienen un gran significado. Ignorarlo, pues, es ignorar lo que somos.

2) «Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer» (Mt 19,5). El plan de Dios no es que el hombre abandone a sus padres y se vaya con quien desee, sino con una esposa.

3) «De manera que ya no son dos, sino una sola carne» (Mt 19,6). Esta unión corporal va más allá de la poco duradera unión física que ocurre en el acto conyugal. Se refiere a la unión duradera que se presenta cuando un hombre y una mujer, a través de su amor, conciben una nueva vida que es el matrimonio perdurable o unión de sus cuerpos. Es obvio que un hombre con otro hombre, o una mujer con otra mujer, no pueden considerarse un único cuerpo de esa forma.

4) «Pues lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre» (Mt 19,6). Dios mismo ha unido en matrimonio al hombre y a la mujer, y siempre que intentemos separar lo que Él ha unido, lo estaremos haciendo por nuestra cuenta y a expensas de la sociedad.

En su catequesis sobre el Génesis, el Papa San Juan Pablo II dijo: «En su respuesta a los fariseos, Jesucristo plantea a sus interlocutores la visión total del hombre, sin la cual no es posible ofrecer una respuesta adecuada a las preguntas relacionadas con el matrimonio».

Cada uno de nosotros está llamado a ser el “eco” de esta Palabra de Dios en nuestro momento.

Musulmana educada en Arabia, la imagen de la Divina Misericordia tocó su alma: ahora es catequista

Maisara tras haber sido educada en el islam es ahora una católica activa en su parroquia

Musulmana educada en Arabia, la imagen de la Divina Misericordia tocó su alma: ahora es catequista

Maisara tras haber sido educada en el islam es ahora una católica activa en su parroquia


Maisara es una joven española de 35 años,  madre de dos hijos, devota católica y catequista de niños en una parroquia del sur de la ciudad de Madrid. Pero ella no fue criada en el catolicismo sino que nació musulmana y pasó buena parte de su infancia en Arabia Saudí, donde aprendió el Corán y en el colegio recibía clases de una de las corrientes más rigoristas del islam.

Tras siete años como católica esta conversa sigue dejándose sorprender por Dios y contagiando su alegría por haber hallado el lugar donde ha experimentado la plenitud. Pero su camino no ha sido fácil aunque ella misma confiesa que el Señor le ha ido allanando el camino.

Esta joven se convirtió tras enamorarse de un joven católico, hoy su esposo, que no era practicante. Pero ahí se inició un camino que acabó en un fuerte encuentro con una fe que conocía de oídas y un poco distorsionada, tal y como ha relatado a Religión en Libertad.

Una infancia en Arabia Saudí

Maisara es hija de un musulmán egipcio y de madre española, que además era testigo de Jehová. Con cuatro años su familia dejó España para ir primero a Egipto y luego a Arabia Saudí, donde pasó la mayor parte de su niñez. Su madre acabó también abrazando el islam, la fe en la que esta joven fue educada junto a sus dos hermanos.

“En Egipto no llegué a ir al colegio pero en Arabia Saudí tenía tres asignaturas de Islam. En un país como éste no existía la posibilidad de ser agnóstico. Todo es religión”, recordaba esta mujer.


Maisara recibió la Confirmación y la Comunión el mismo día que el Bautismo

"En esta casa somos musulmanes"

A los 10 años volvió a España y se produjo un choque cultural y de costumbres, pues “en un mundo en el que no había Dios para nada, en mi casa estaba Dios para todo. Mi padre siempre decía: ‘en mi casa somos musulmanes’”. Y así pasaron los años hasta que llegó a la universidad, donde estudiando Filología Árabe, se separó de la fe y llegó incluso a no creer, aunque tenía un importante poso en ella de todas las enseñanzas del islam.

Todo comenzó el día que conoció al que hoy es su marido

El momento crítico se produjo cuando tenía 19 años. “Conocí al que ahora es mi marido y empezamos a salir. Él llevaba un gimnasio y nos conocimos ahí sin que mi padre lo supiera. A mi padre los años en Arabia le marcaron una tendencia a la hora de educar a sus hijos y no me dejaba tener amigos”, explica esta madre.

El tiempo pasó y su padre seguía sin saber nada hasta que Maisara y su novio se plantearon dar un paso más.  “Mi marido no era católico practicante, no iba a misa ni estaba confirmado”, recuerda ella. Sin embargo, él lo tenía muy claro: no se iría a vivir con ella si antes no se casaban.

"O te haces musulmán o no te casas con mi hija"

“Le dije que mi padre querría que se hiciera musulmán pero él decía que era católico” y ella aunque en ese momento estaba alejada de la fe veía que si creía en algo era en el islam. Su novio se mantuvo firme y dijo que se casaría por la Iglesia pero el padre de Maisara, cuenta ella, “exigió que mi marido se convirtiera al islam”.

La situación era límite, “mi marido se plantó: ‘o por la Iglesia o no nos casamos’. Y mi padre se plantó: ‘o te haces musulmán o no te casas con mi hija’. Y yo entre la espada y la pared. Fue muy difícil y además las familias estaban divididas”.

Al final se casó por la Iglesia pero seguía siendo musulmana

Finalmente, Maisara y su novio ganaron el pulso y se casaron por la Iglesia en un matrimonio denominado "dispar" pues ella seguía siendo musulmana. Tras pedir permiso al obispo, ella se comprometió a educar a los hijos en la fe católica y hubo boda e incluso su padre acudió para ser el padrino

Precisamente no fue su boda por la Iglesia donde se convirtió sino que fue a partir de ese momento cuando descubrió a Cristo. “Al quedarme embarazada mi marido empezó a ir a misa todas las mañanas  y cuando yo cogí la baja le acompañé y todavía recuerdo ver a la gente rezar en la capillita del Santísimo. Además de que se siente algo, que el silencio te llena, empecé a sentir mucha envidia. Yo quería tener a alguien a quien rezar así, saber rezar y tener esa confianza. Cuando veía que la gente se arrodillaba y pedía yo quería eso para mí, para mi vida. Pensaba en qué suerte tenían los cristianos aunque no creía que esto fuera para mí”, cuenta esta joven.


Las preguntas que le iban llevando al catolicismo

Aunque resulte llamativo fue el tipo de educación islámica que recibió la que le acercó a la Iglesia. Ella se había comprometido a educar a sus hijos en el catolicismo al casarse y si lo había firmado tenía que cumplirlo. Maisara relata que en ese momento “no paraba de preguntarme, ¿cómo voy a educar a mis hijos en algo que no conozco, en algo que no conozco ahora? Yo sabía lo que era tener a Dios en mi vida porque en Arabia lo había vivido".

Entre esas dudas nació su hijo mientras era “consciente de la falta de Dios en mi vida”. Habló con su marido y éste explicó su situación a los sacerdotes de la parroquia a la que acudía cada día, y que invitaron a su mujer a que acudiera a las charlas de adultos a los que les falta algún sacramento.

El "impacto" de ver la imagen de la Divina Misericordia

Se presentó en el templo y allí vio algo que la “impactó” y la marcó para siempre. Se trataba de una imagen de la Divina Misericordia que decía: “Jesús está vivo, te ama, te busca y te llama”. 

Además, en esas catequesis el sacerdote le regaló el Nuevo Testamento. “Ese mismo verano me lo leí entero sin parar. Era una necesidad inmensa de saber, de conocer que era lo que llamaba tanto la atención a  los cristianos, lo que les hacía ir a la iglesia, por qué se arrodillaban de esta manera”. Y así empezó a ir varios días por semana a misa y a escuchar las homilías en la que pensaba, “todo esto lo dicen por mí”.

"Tu corazón está buscando la verdad"

Así fue como siguió siendo guiada por los sacerdotes de esta parroquia madrileña y aún recuerda lo que le dijo el párroco y que se le quedó grabado: “tu corazón está buscando la verdad y estás en camino”.

En una de estas catequesis, este sacerdote le contó una historia de un cura que durante la I Guerra Mundial se ofreció a ser fusilado en vez del condenado, un padre de familia. El general que ordenó aquella acción al ver su heroicidad decidió salvarle la vida y el hombre por el que se había cambiado este jesuita, que era un comerciante muy rico, se sintió tan agradecido que dedicó su dinero a apoyar todas las obras de apostolado del religioso.

El momento del gran encuentro había llegado

En ese momento de su vida, cuenta Maisara, “yo ya era consciente de que Cristo nos había salvado, que se había puesto en nuestro lugar para salvarnos de la muerte y era consciente del castigo que recibió Cristo por mí. No podía evitar ver un paralelismo entre esa historia y la de Cristo conmigo”.


Maisara pasó a formar parte de la Iglesia Católica tras un largo proceso de conversión que le llevó del islam a una etapa de pérdida de fe para acabar finalmente descubriendo el catolicismo

Ahí se produjo su conversión, justamente en ese momento. “Me dio un vuelco el corazón y una voz que me decía: ‘Y ahora que lo sabes, ¿qué vas a hacer?’. Se me paró el mundo, veía a Cristo en la cruz extendiéndome la mano haciéndome esta pregunta. Y en una décima de segundo pensé que no podía dejarle con la mano extendida. ‘Me acojo a tu mano y te seguiré’, le contesté”.

El día que decidió dar el paso

Ese día decidió que tenía que bautizarse. Aun así el camino no era fácil para ella pues seguía teniendo costumbres del islam que tenía que ir dejando atrás. Explica que “aunque quería bautizarme no conseguía santiguarme pues no me sentía digna”. Y además tenía que decírselo a su familia.

Necesitaba fuerzas para decírselo a su madre puesto que su padre estaba en Libia. Y al final lo hizo. “Me acaba de caer un jarro de agua fría, podrías haber buscado a Dios en cualquier otro sitio pero en la Iglesia Católica… eso es retroceder”, le contestó su madre.

Ya podía santiguarse y arrodillarse, ahora tocaba bautizarse

A pesar de su respuesta, Maisara estaba feliz por habérselo dicho y se fue corriendo a la parroquia. Allí se arrodilló para rezar por primera vez en una iglesia para dar gracias a Dios. Todavía no conseguía santiguarse y estando en la capilla volvió a ver la imagen de Cristo crucificado que le preguntaba esta vez: “¿por qué no?”. Se levantó, se santiguó por primera vez en su vida y rompió a llorar.

Se bautizó en junio de 2010 y como invitación envió a sus familiares una carta en la que le explicaba los motivos que le habían llevado a ser católica. Recibió el bautismo pero también la Confirmación y la Comunión. Y ella cuenta también que “el sacramento del matrimonio se hizo efectivo en ese momento” pues se casó siendo musulmana.

Una fe viva y renovada cada día

“Mi primera comunión estuvo bañada en lágrimas. Sentí una fuerza tremenda”, asegura Maisara, que pidió al Señor ese día que nunca le soltara de aquella mano que le había extendido.

Ahora ya acude con su marido y sus dos hijos a la Iglesia, es catequista de niños y sigue alimentando su fe a través de los Cursos Alpha. Su hambre de Dios continúa y la misa diaria se ha convertido en una necesidad. Y como regalo ha recibido a la Virgen María, a la que conocía por el islam, pero ahora con mucha más fuerza, como intercesora y como Madre.

Noticia publicada originariamente en Religión en Libertad el 7 de junio de 2017

Fuente: Religión en Libertad

jueves, 16 de agosto de 2018

Santo Evangelio 16 de agosto 2018


Día litúrgico: Jueves XIX del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 18,21—19,1): 

En aquel tiempo, Pedro preguntó a Jesús: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?». Dícele Jesús: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por eso el Reino de los Cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al empezar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía 10.000 talentos. Como no tenía con qué pagar, ordenó el señor que fuese vendido él, su mujer y sus hijos y todo cuanto tenía, y que se le pagase. Entonces el siervo se echó a sus pies, y postrado le decía: «Ten paciencia conmigo, que todo te lo pagaré». Movido a compasión el señor de aquel siervo, le dejó en libertad y le perdonó la deuda. 

»Al salir de allí aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros, que le debía cien denarios; le agarró y, ahogándole, le decía: «Paga lo que debes». Su compañero, cayendo a sus pies, le suplicaba: «Ten paciencia conmigo, que ya te pagaré». Pero él no quiso, sino que fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase lo que debía. Al ver sus compañeros lo ocurrido, se entristecieron mucho, y fueron a contar a su señor todo lo sucedido. Su señor entonces le mandó llamar y le dijo: «Siervo malvado, yo te perdoné a ti toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?». Y encolerizado su señor, le entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que le debía. Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano».

Y sucedió que, cuando acabó Jesús estos discursos, partió de Galilea y fue a la región de Judea, al otro lado del Jordán.


«Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano?»

Rev. D. Joan BLADÉ i Piñol 
(Barcelona, España)

Hoy, preguntar «¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano?» (Mt 18,21), puede significar: —Éstos a quienes tanto amo, los veo también con manías y caprichos que me molestan, me importunan cada dos por tres, no me hablan... Y esto un día y otro día. Señor, ¿hasta cuándo los he de aguantar?

Jesús contesta con la lección de la paciencia. En realidad, los dos colegas coinciden cuando dicen: «Ten paciencia conmigo» (Mt 18,26.29). Mientras la intemperancia del malvado, que ahogaba al otro por poca cosa, le ocasiona la ruina moral y económica, la paciencia del rey, a la vez que salva al deudor, a la familia y sus bienes, engrandece la personalidad del monarca y le genera la confianza de la corte. La reacción del rey, en labios de Jesús, nos recuerda aquello del libro de los Salmos: «Mas el perdón se halla junto a ti, para que seas temido» (Sal 130,4).

Está claro que nos hemos de oponer a la injusticia, y, si es necesario, enérgicamente (soportar el mal sería un indicio de apatía o de cobardía). Pero la indignación es sana cuando en ella no hay egoísmo, ni ira, ni necedad, sino deseo recto de defender la verdad. La auténtica paciencia es la que nos lleva a soportar misericordiosamente la contradicción, la debilidad, las molestias, las faltas de oportunidad de las personas, de los acontecimientos o de las cosas. Ser paciente equivale a dominarse a uno mismo. Los seres susceptibles o violentos no pueden ser pacientes porque ni reflexionan ni son amos de sí mismos.

La paciencia es una virtud cristiana porque forma parte del mensaje del Reino de los cielos, y se forja en la experiencia de que todo el mundo tenemos defectos. Si Pablo nos exhorta a soportarnos los unos a los otros (cf. Col 3,12-13), Pedro nos recuerda que la paciencia del Señor nos da la oportunidad de salvarnos (cf. 2Pe 3,15).

Ciertamente, ¡cuántas veces la paciencia del buen Dios nos ha perdonado en el confesionario! ¿Siete veces? ¿Setenta veces siete? ¡Quizá más!