viernes, 28 de agosto de 2015

Oración a San Agustín


Santo Evangelio 28 de agosto 2015



Día litúrgico: Viernes XXI del tiempo ordinario

Santoral 28 de Agosto: San Agustín, obispo y doctor de la Iglesia
Texto del Evangelio (Mt 25,1-13): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos esta parábola: «El Reino de los Cielos será semejante a diez vírgenes, que, con su lámpara en la mano, salieron al encuentro del novio. Cinco de ellas eran necias, y cinco prudentes. Las necias, en efecto, al tomar sus lámparas, no se proveyeron de aceite; las prudentes, en cambio, junto con sus lámparas tomaron aceite en las alcuzas. Como el novio tardara, se adormilaron todas y se durmieron. Mas a media noche se oyó un grito: ‘¡Ya está aquí el novio! ¡Salid a su encuentro!’. Entonces todas aquellas vírgenes se levantaron y arreglaron sus lámparas. Y las necias dijeron a las prudentes: ‘Dadnos de vuestro aceite, que nuestras lámparas se apagan’. Pero las prudentes replicaron: ‘No, no sea que no alcance para nosotras y para vosotras; es mejor que vayáis donde los vendedores y os lo compréis’. Mientras iban a comprarlo, llegó el novio, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de boda, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron las otras vírgenes diciendo: ‘¡Señor, señor, ábrenos!’. Pero él respondió: ‘En verdad os digo que no os conozco’. Velad, pues, porque no sabéis ni el día ni la hora».


«En verdad os digo que no os conozco»

Rev. D. Joan Ant. MATEO i García 
(La Fuliola, Lleida, España)

Hoy, Viernes XXI del tiempo ordinario, el Señor nos recuerda en el Evangelio que hay que estar siempre vigilantes y preparados para encontrarnos con Él. A media noche, en cualquier momento, pueden llamar a la puerta e invitarnos a salir a recibir al Señor. La muerte no pide cita previa. De hecho, «no sabéis ni el día ni la hora» (Mt 25,13).

Vigilar no significa vivir con miedo y angustia. Quiere decir vivir de manera responsable nuestra vida de hijos de Dios, nuestra vida de fe, esperanza y caridad. El Señor espera continuamente nuestra respuesta de fe y amor, constantes y pacientes, en medio de las ocupaciones y preocupaciones que van tejiendo nuestro vivir.

Y esta respuesta sólo la podemos dar nosotros, tú y yo. Nadie lo puede hacer en nuestro lugar. Esto es lo que significa la negativa de las vírgenes prudentes a ceder parte de su aceite para las lámparas apagadas de las vírgenes necias: «Es mejor que vayáis donde los vendedores y os lo compréis» (Mt 25,9). Así, nuestra respuesta a Dios es personal e intransferible.

No esperemos un “mañana” —que quizá no vendrá— para encender la lámpara de nuestro amor para el Esposo. Carpe diem! Hay que vivir en cada segundo de nuestra vida toda la pasión que un cristiano ha de sentir por su Señor. Es un dicho conocido, pero que no estará de más recordarlo de nuevo: «Vive cada día de tu vida como si fuese el primer día de tu existencia, como si fuese el único día de que disponemos, como si fuese el último día de nuestra vida». Una llamada realista a la necesaria y razonable conversión que hemos de llevar a término.

Que Dios nos conceda la gracia en su gran misericordia de que no tengamos que oír en la hora suprema: «En verdad os digo que no os conozco» (Mt 25,12), es decir, «no habéis tenido ninguna relación ni trato conmigo». Tratemos al Señor en esta vida de manera que lleguemos a ser conocidos y amigos suyos en el tiempo y en la eternidad.

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San Agustín 28 de agosto

 
SAN AGUSTÍN
(†  430)
28 de agosto


Es el más genial y completo de los Padres de la Iglesia y uno de los hombres más extraordinarios de la Humanidad. Nació en Tagaste, pequeña ciudad de la Numidia. Su padre, llamado Patricio, era pagano. Su madre, modelo cabal de madres cristianas, fue Santa Mónica, quien le educó en los rudimentos de la religión y le enseñó a paladear las dulzuras del nombre de Jesús. Más tarde se llamará Agustín a sí mismo "hijo de las lágrimas de su madre".

 Dotado de imaginación ardiente, de temperamento apasionado, de vivacísima inteligencia, descolló en el estudio de las letras humanas. Se dio con ardor a la literatura y a la elocuencia. Madaura y Cartago fueron el escenario de sus primeros triunfos de retórico y polemista. Conoce el halago y la embriaguez de la gloria. Y, a la vez que se sumerge en el estudio de las artes y de la filosofía, se deja arrastrar por el viento de las pasiones nacientes. "No amaba todavía —nos dice él mismo— y ya deseaba amar." Comienza la etapa de sus primeros errores. Abraza el maniqueísmo porque, a pesar de lo contradictorio de sus doctrinas, creyó ver un principio de elevación moral en la externa austeridad de los maniqueos, en su aparente castidad, en su virtud simulada. Pronto desertó del maniqueísmo, porque no satisfacía a sus profundas inquietudes ni a la sinceridad de su corazón, ávido de verdad. En Cartago consiguió brillar su genio retórico; triunfó en concursos poéticos y certámenes públicos, y arrastró con el cautiverio de su elocuencia y de su profundo saber a las multitudes, que le escuchaban como a un oráculo.

 Pero Agustín se siente defraudado; no encuentra la verdad que tanto ansiaba ni en las diversiones públicas, ni en el estudio de retóricos y poetas, ni en el análisis de las viejas teogonías. En el 383 decide partir para Roma. Y allá le sigue su madre, Santa Mónica. Cae gravemente enfermo. Protegido por Símmaco, prefecto de Roma, obtuvo una cátedra en Milán, donde —según él dice— "abrió tienda de verbosidad y de vanilocuencia". En esta ciudad conoció a San Ambrosio, y empezó la lección de las Sagradas Escrituras. Oía el canto de los fieles en el templo, y su corazón encontraba una inefable paz, que le hacía derramar lágrimas. Estudia la filosofía de los académicos, y se acrecientan sus incertidumbres y la tragedia de su alma. Le atormentaba el problema de la verdad, sobre todo. "Tú —dice— me espoleabas, Señor, con aguijones de espíritu ... Tú amargabas mis dichas transitorias." Platón y Plotino abren en su inteligencia caminos insospechados y le encienden en un ansia nueva de verdad. Pero es San Pablo el que definitivamente derrumba el castillo de sus vanidades y le gana para la fe. En el 386 se decide a consagrarse al estudio metódico de las verdades del cristianismo. Renuncia a su cátedra y se retira con su madre y sus amigos a Casiciaco, cerca de Milán, para dedicarse enteramente a la meditación y al estudio. Es bautizado por San Ambrosio el 23 de abril de 387, a los treinta y tres años de edad.

 Desde el momento en que entró Dios a velas desplegadas por su corazón, es San Agustín la demostración más palmaria de la dramática lucha entre lo humano y lo divino, entre la libertad y la gracia, entre la rebeldía de la carne que se encierra en su pertinaz autoctonía y el anhelo del alma que busca una base eterna para sus amores, entre la fuerza centrífuga del hombre, solicitado por la insinuación tentadora de las cosas transitorias, y la necesidad de concentrarse, de homogeneizarse, para superar lo visible y dar a la vida un rango categorial permanente. El ancla rota de su espíritu navegante, sumido en incertidumbres, se asió fuertemente en las ensenadas de la verdad. Dios se desplegó ante sus ojos atónitos, húmedos de gozo nuevo y de una felicidad recién nacida en su alma, con toda su magnificencia; y toda aquella vida dinámica, sin perder nada de su vitalidad, de su dramática grandeza, se concentró radicalmente en Dios, y así se verificó en él la integración del hombre en la plenitud de sus energías, y no supo ya en adelante vivir más que para la verdad, el alma y Dios, esas tres grandes realidades supremas, a las que sólo podemos llegar movilizados por la caridad y el entendimiento del amor.

 Ya bautizado, retorna al Africa; pero antes aconteció en Ostia la muerte de su madre. Cuando llegó a Tagaste vendió todos sus bienes y distribuyó entre los pobres el beneficio de los mismos. Se retira a una pequeña propiedad para hacer vida monacal perfecta con sus amigos. De ahí había de nacer más tarde su famosísima regla fundacional. La fama de Agustín cobra cada día nuevo incremento. Es ordenado presbítero de Hipona, y en 396 sucede en el episcopado a Valerio. En su casa episcopal establece la observancia regular.

 La actividad de San Agustín como obispo es enorme. Predica, escribe, polemiza, preside concilios, resuelve los problemas más diversos de sus feligreses. Es el oráculo de Occidente. De todas partes acuden a él en demanda de soluciones para los problemas más arduos. Se le ha llamado el martillo de los herejes: maniqueos, donatistas, arrianos, pelagianos, priscilianistas, académicos, etc., fueron cediendo ante el vigor y la claridad de sus refutaciones. Su caridad era tan profunda como su genio. Cargado de días y de merecimientos, mientras los bárbaros invadían el Africa y asediaban a Hipona, muere San Agustín el 28 de agosto de 430.

 San Agustín ocupa un lugar preeminente no sólo en la historia de la Iglesia, sino también en la del pensamiento humano. Sus obras múltiples sobre las más diversas cuestiones conservan una perennidad inmarcesible. Su genio tocó las cimas más elevadas. Lo que él escribió acerca de la libertad, la gracia, el alma, Dios, la Providencia, el amor, la justicia, el bien y el mal, la fe, la justificación y el concurso, sobre la Trinidad y la vida bienaventurada, el orden y el pecado, etc., ha pasado a constituir doctrina y fundamento de razón. Su lenguaje apasionado y cálido, expresivo y personal, seduce, convence y conmueve.

 La actualidad de San Agustín es unánimemente reconocida. No envejecen ni su lenguaje ni su pensamiento. Es el gran maestro y pensador del cristianismo. "Todas las influencias del pasado —dice Eucken—, como todos los impulsos de su tiempo, los hace suyos Agustín, los recoge él y los transforma y vitaliza en un acorde prodigioso y nuevo." "Agustín es el mayor genio de la cristiandad", dice Harnack. "La aparición de Agustín en la historia del Dogma —dice Ph. Schaff— hace época, especialmente en lo que concierne a las doctrinas antropológicas y soteriológicas, a las cuales imprimió un progreso inmenso, llegando a un grado de precisión y de claridad como no lo había tenido hasta entonces la conciencia de la Iglesia."

 San Agustín ha sido el oráculo de los concilios, el gran explorador de la intimidad religiosa, el formulador de la unidad teológica en la que se resuelven todas las tendencias del corazón y de la inteligencia. Sus obras capitales —entre la muchedumbre de sus obras que abarcan todos los ámbitos del saber—son las Confesiones, De Trinitate, De Civitate Dei, De libero arbitrio, De Natura et Gratia, Enarrationes in Psalmos, De Genesi ad litterani, los Tratados sobre Juan, las Epístolas y los Sermones. Su autoridad es inmensa. Con razón se ha postulado siempre en los momentos dramáticos el retorno a San Agustín.

 El nombre de San Agustín, con sólo pronunciarlo, dilata gloriosamente el ámbito de la cultura, y abre súbitos paisajes espirituales y sorprendentes perspectivas a la contemplación y profundización de la vida, del alma y de Dios. Es difícil precisar los confines de la irradiación de su pensamiento y el área de su influencia incesante, de la seducción de su personalidad poderosa.

 Con San Agustín nos encontramos en cada episodio del drama humano, lo mismo en las exploraciones más arriesgadas del pensamiento y de la intimidad del alma que en el planteamiento y solución de los problemas más arduos de toda índole, que en las apasionantes y angustiosas jornadas del hombre que se debate por la conquista de Dios, y por hallar una base eterna a sus inquietudes y al ansia perenne de su corazón.

 San Agustín —dice Papini— insiste en la necesidad de la razón para llegar a comprender los dogmas de la fe; pero al mismo tiempo reconoce que la fe sola, de por sí, ayuda a comprender. "Entiende —dice el Santo— para que creas en mi palabra; cree, para que entiendas la palabra de Dios." De ahí esas admirables fórmulas, de valor reversible, exuberantes de contenido, con que San Agustín trata de conjugar el ejercicio alternante de la fe y de la razón, que se traducen siempre en entendimiento, en visión, en sabiduría. "Ama mucho la inteligencia" —reitera el Santo—, reconociendo sin reservas las prerrogativas de la inteligencia; pero no de la inteligencia presuntuosa, que se basta a sí misma, sino de la inteligencia abierta a las claridades de la fe, que por la razón se hace también inteligible y desemboca en la plenitud de la caridad. El verdadero filósofo "cree cuando piensa y piensa cuando cree". Claro es que el acto de fe religiosa no es obra del esfuerzo del hombre, sino donación de Dios. Pero el hombre, por un esfuerzo íntimo, personal, humilde, y por la disciplina de la razón, puede disponerse al don de la fe, abatiendo la altivez del orgullo y la tiranía de la concupiscencia con la intervención de la gracia. La virtualidad del pensamiento agustiniano radica en que lo mismo habla y convence al hombre de la razón que al hombre de la fe, que refuerza la debilidad de la razón con las seguridades que le presta la fe, para llegar por caminos más breves e iluminados a la conquista de la verdad y a la quietud deseada del corazón.

 Maravilla ciertamente la sinceridad y la resolución con que San Agustín aborda los problemas más complicados, y la claridad y gallardía con que logra las soluciones más inesperadas y de perenne vigencia. A ello contribuye, sin duda, la admirable eficacia de su estilo, la expresividad y viveza de sus fórmulas, los hallazgos verbales incomparables de su genio literario, que confieren a su obra inmarcesible perennidad.

 San Agustín precisa agudamente los límites de la razón y la función de la fe en orden al conocimiento de Dios y de las cosas transitorias o permanentes. Pero introduce un nuevo elemento en este proceso de la inteligencia a la fe y de la fe a la inteligencia, que es lo que caracteriza y confiere profunda originalidad a la teoría agustiniana del conocimiento: ese nuevo término es el amor. Para que la fe y la razón logren la plenitud de su eficacia es preciso que estén movilizadas, vivificadas, por la fuerza potenciadora de todo el ser, que es la caridad. Esa es la gran afirmación agustiniana, La caridad, el amor, es el principio radical de creer y de entender con fecundidad y merecimiento. La fe que lleva a la inteligencia es la que San Agustín llama "la creencia en Dios", que consiste en unir el amor y la fe. Ir a Dios por la fe es incorporarse a Él y a sus miembros, es decir, al prójimo, por la caridad; he ahí lo que Dios exige de nosotros; no una fe cualquiera, sino la fe que obra por la caridad. "Cuando el alma —escribe el Santo— se halla penetrada de la fe que obra por la caridad, tiende, a causa de la pureza de su vida, a elevarse hasta la contemplación, donde la perfección de la santidad revela a nuestros corazones la inefable belleza, cuya plena visión constituye la suprema felicidad."

 San Agustín nos renueva su lección inacabable en todos los ámbitos del pensamiento. Lo que urge es acercar al Santo de la caridad a este mundo tan necesitado de claridades, del remedio de la caridad para encontrar la quietud de su corazón.

 Al hacer el Santo el análisis de su alma hizo a la vez el estudio más certero y audaz del alma humana. El contenido emocional de sus obras es lo que ha podido inducir a muchos a creer que ellas contienen, más que un riguroso valor filosófico, un valor afectivo o ético-místico, cuando, cabalmente, una de las consecuencias más definitivas del Santo es haber logrado hacer confluir las dos grandes corrientes interiores, la afectiva y la intelectiva, forzándolas a correr por un mismo cauce, ancho y tumultuoso, y rendir toda su multiplicada eficacia. De ahí ese valor de vida, ese calor de humanidad, ese tono cordial y amoroso, esa complejidad de su obra, jamás marchita. "Su filosofía, es una filosofía de valores" —ha dicho Hesren. Es verdad: pero estos valores, estas estimaciones filosóficas agustinianas rinden su eficacia y adquieren categoría en función de otros valores de supremo rango, del alma y Dios, que eslabonan y ajustan todas las piezas de su obra y la enriquecen de finalidad.

 La vida es el hecho radical, básico, de nuestro ser; pero para que ésta tenga un sentido de validez, una justificación adecuada, hay que hacerla desembocar en una realidad de superior jerarquía; hay que orientarla sabiamente hacia Dios. El sentido y la aspiración de la vida no se nutren ni tienen en sí mismos su razón suficiente; necesitan un término de correlación eterna, que es Dios. El ala está hecha para el vuelo como el alma para la felicidad, no esta felicidad abreviada que se cotiza en los mercados y lonjas del mundo, sino la felicidad integra y acabada, capaz de coordenar y absorber todas las actividades y anhelos que vibran en lo íntimo del ser, y de traducirse en posesión indeficiente. "El alma no tiene más que un alimento —dice el Santo—: conocer y amar la verdad". "Nada vale lo que un alma, ni la tierra, ni el mar, ni los astros." "El alma es obra de Dios; el alma es un ojo abierto que mira siempre hacia Dios; el alma es un amor abierto a lo infinito. Dios es la patria del alma." En su obra, se pueden hallar con frecuencia expresiones bellísimas por el estilo. Hablando de Dios y del alma, el corazón de Agustín no se agota nunca —decía Fénelon—; él solo vale por una legión de genios. Él busca ante todo la verdad; esta nostalgia innata de la verdad es el arpón que llevó prendido como un dardo de fuego: pero, si hubiese buscado sólo la verdad filosófica, no habría rebasado el nivel de un neoplatónico o de un académico teorizante: él buscaba no sólo conocer, sino poseer y amar la verdad. El tipo especulativo no se separa nunca en él del afectivo.

 Dios y el alma son las dos palabras solemnes que San Agustín impregnó de sentido y lanzó con toda la capacidad de su contenido, como un eco resonante y prodigioso, por toda la amplitud de la Edad Media. Los escolásticos y los místicos recogieron la onda concéntrica de esta transmisión agustiniana, que conmovió a los más excelsos pensadores. Sus resonancias no han languidecido aún, antes bien, se robustecen y refuerzan con el tiempo.

 San Agustín no sólo fijó el anhelo de la verdad. sino también su objeto: el camino era la inmersión en sí mismo, el retorno al propio corazón. Hay que echar hondo el ancla en el mar del corazón, fijar el pie en la tierra firme del alma, para ascender a Dios. Esta reversión al hombre interior en San Agustín, sin desdeñar el espectáculo del mundo sensible, este descubrimiento del proceso de la intimidad, ha sido —como indiqué antes— la clave de la mística de la Edad Media y, sobre todo, de la española del Siglo de Oro, y constituye hoy el punto crítico, el eje de gravitación de los movimientos e inquietudes filosóficos. ¿Qué extraño es que en este genio poderoso se hayan tratado de fundamentar sistemas y teorías, si, a veces, una simple referencia o insinuación, soltada como al azar, aparece llena de sentido o de potencia virtual? Este retorno al hombre interior, como punto de apoyo para ulteriores aspiraciones del mundo sensible, para fijar la posibilidad de conocer las realidades circunstantes y familiares, sin recluirse en sí mismo de modo que se corte todo acceso y comercio, al través de las ventanas del espíritu, con el resto del universo, es hoy una lección altísima contra el subjetivismo —ya en declive— hermético y suicida, y contra la tendencia positivista, que desatiende al hombre interior, solicitado sólo por el hecho concreto, por la realidad mensurable, por el resultado pragmático de los fenómenos, por la industrialización de los valores, por un afán práctico, sin perspectivas. En la moderna restauración de la metafísica, la influencia agustiniana es evidente, y quizá la que logre flotar de estos nobles esfuerzos restauratorios ha de ser lo que más vestigios de San Agustín contenga.

 "La asociación de un movimiento progresivo al alma humana constituye el valor incomparable de San Agustín —ha dicho Eucken—; al elevar la fuente de la verdad y del amor muy por encima de la pequeñez humana, ha creado un tipo nuevo de vida sentimental, religiosa y aun histórica."

 Del alma se encumbra San Agustín a Dios, capaz de beatificarla. "¡Tarde os amé, hermosura siempre antigua y siempre nueva, tarde os amé!" —exclama con inmortal gemido—. "Vos estabais dentro de mí alma y yo, distraído, os buscaba fuera y, dejando la hermosura interior, corría tras las bellezas exteriores, que Vos habéis creado. ¡Y estas hermosuras que, si no estuvieran en Vos, nada serían, me apartaban y tenían alejado de Vos! Pero me llamasteis y tales voces me disteis, que mi sordera cedió a vuestros gritos. Me disteis a gustar vuestra dulzura, que ha excitado en mi espíritu hambre y sed vivísimas, y me encendí en deseos de abrazaros." Sigamos copiando sus palabras, que son un regalo perpetuo, una delicia para el alma: "Heristeis mi corazón con vuestra palabra y al punto os amé. Pero ¿qué es lo que yo amo, amando a mi Dios? No es hermosura temporal, ni bondad transitoria, ni luz material, grata a los ojos; no suaves melodías de cualesquiera canciones; no la gustosa fragancia de las flores, ungüentos o aromas; no la dulzura de la miel, ni deleite alguno del tacto o sentido corporal. Nada de eso es lo que yo amo, amando a mi Dios y, no obstante, es semejante a la luz, y como aroma, y como fragancia, y como manjar, y como deleite de mi espíritu. Resplandece en él una luz que no ocupa lugar; se percibe un sonido que no arrebata el tiempo; se siente una fragancia que no esparce al aire, se recibe un gusto que no concluye, como el de los manjares; y se posee íntimamente un bien tan deleitoso, que, por más que se goce y se sacie el deseo, nunca causa enojo ni fastidio. Todo esto amo cuando amo a mi Dios". Yo no sé que en el lenguaje humano articulado se pueda decir más.

 Sería absurdo que el alma aspirase a Dios si de suyo le viniera esta aspiración, esta capacidad de Dios: su capacidad limitada no podría sospechar siquiera lo infinito; pero al sentir estas sospechas, estos indicios, estos anhelos de lo infinito, por fuerza tienen que provenirle de algo que sea de capacidad infinita, es decir, de Dios.

 Por eso el alma enfila su proa a Dios en constante anhelo. En todas las cosas descubre posibilidades de conocimiento; aptitud para ser conocidas y para remontarse a Dios.

 Claro es que entonces no estaba la filosofía tecnificada ni poseía recursos categoriales, legitimados por el triunfo de lo teórico: pero San Agustín, genial siempre, cuando le falta el instrumento, lo crea. Y así no le es difícil pasar del Logos alejandrino, precristiano, a las claridades del Verbo, y del Nus de Plotino, al Dios personal de San Pablo, recogiendo las más limpias vibraciones del pensamiento griego, agnóstico y senequista, no como un mísero rapsoda, sino injertándoles un sentido nuevo en su concepción grandiosa del cosmos y de la vida.

 ¡Y qué armoniosa y grande resulta esta concepción cosmológica de San Agustín! ¡Qué magníficamente va eslabonando verdades y sistemas, fijando las relaciones entre Dios y el alma por medio de la religión! ¡Cómo se amplia ante su mirada vivaz el escenario del conocimiento, y cómo convoca a todas las cosas creadas, jalones para lo suprasensible, hasta llegar al agnitio Dei experimentalis, y cómo entonces cobra sentido la tumultuosa diversidad fenoménica del mundo y descubre en él una radiante fotosfera, que no es más que la huella, el vestigio de Dios! ¡Cuán armoniosamente se alían y armonizan en Agustín la razón y la fe, la Fides quaerens intellectum, el credo ut intelligam, el Intellectum valde amat, que él proclamó no como un mero recurso teórico, como un enunciado hipotético matemático, sino como una realidad viva actuante en su ser! ¡Y cómo se enriquece el pensamiento y se ennoblece el sentido de la vida, al pasar por la urdidumbre maravillosa del genio de Agustín: y cómo después de haberse sumergido en su propio corazón comprende mejor la razón del cosmos, que le vocea y le habla de Dios, descubriendo en todas las cosas la ley del orden, la ordo ordinans, y deduciendo que el alma está ordenada al amor, que el corazón está ordenado ineludiblemente a Dios, que la virtud es el orden del amor, ordo amoris, definición maravillosa que brillará siempre por encima de los austeros sofismas kantianos! En la naturaleza descubre el orden del ser; sólo en el hombre ve la posibilidad de la infracción del orden. Dios ha constituido el orden de las edades en una serie de contrastes, como una acabada poesía: ve el enigma del pecado introducido en el mundo, que alteró la jerarquía interna de las humanas tendencias, por el desorden del amor; pero en el pecado mismo encuentra la solución de los enigmas de la vida, y descubre la armonía providencial de la economía religiosa y la necesidad de retornar a Dios, al servire Deum liberaliter, al arrepentimiento para sustraernos de la servidumbre del pecado, por medio del conocimiento y del amor, ya que el conocer no es para San Agustín más que una forma egregia de amar.

 Porque amó tanto y vivió con tan grande sinceridad su pensamiento, resulta en San Agustín tan generosa y fecunda la verdad. El amor que se vive es el amor más fuerte y contagioso: la verdad que se ama es la que tiene más sentido de vida, así como el dolor que dilacera la carne y deja en ella un surco hondo y ancho es el que más prospera y florece en germinaciones.

 Agustín vivió profundamente su vida y su obra: he ahí el secreto de su vitalidad; pero las vivió del modo que pudo vivirlas un temperamento de su estirpe. "Sus ideas —ha dicho Eucken— son principalmente expresiones de su personalidad y aún diríamos mejor su vida personal inmediata."

 La verdad y el dogma en la pluma del Santo tienen calor de simpatía y de humanidad. La sinceridad se le desborda de los senos del alma y logra contagiar a cuantos se le acercan. Es difícil encontrar en él una frase que no le salga del alma o la caliente primero en la oleada de sangre de su corazón.

 Su vida, desde que el espíritu del Evangelio cayó sobre él como una lluvia buena, fue una demostración experimental del valor, de la caridad y de la gracia; fue una prolongada antífona delatora de la misericordia y munificencia del Señor; fue toda ella como aceite puro de los mejores olivares, flor de harina nueva, agua limpia de hontanar cimero, perdido entre las rocas, ditirambo y júbilo por el hallazgo de aquella verdad tan largamente codiciada.

 Por eso es el poeta de la verdad y de la intimidad: el genio siempre en vuelo, pero siempre humano y lleno de misericordia y comprensión para las humanas debilidades, que acertó a aliar el amor y el pensamiento en recíproca fecundidad, que recogió en su obra la herencia de los afanes y de los anhelos humanos; que enseñó la gran pedagogía de la gracia, del concurso y de la providencia de Dios; que enriqueció la vida del corazón y del sentimiento y formuló sus leyes y sus exigencias; que coordinó la urdidumbre misteriosa de las relaciones entre la naturaleza y la vida sobrenatural; que sentó el parentesco solemne existente entre Dios y las cosas creadas; que creó una literatura nueva, enriquecida de expresiones nunca oídas, para hablar de la verdad, de Dios y del alma y para loar las excelencias del amor, primer motor del universo, el pondus animae, que le inspiró tantas armonías.

 Así se explica su perenne actualidad, el retorno continuo hacia él su presencia constante en la historia del pensamiento y de la conciencia.

 Pocas veces se habrá dado mayor unanimidad en el elogio que al tratar de San Agustín. Vir sane magnus et ingenii stupendi, le llamaba Leibnitz. "¡Cuán santo varón, cuán docto escritor ¡Dios eterno!, es San Agustín, gloria y sostén de la República cristiana!" exclamaba Vives. "Chaque fois —dice el padre Portalié— que la pensée chrétiennes est éloignée de lui, elle a décline et langui; chaque fois qu'elle est revenue a lui, elle a repris flamme et vigueur nouvelles". "Nadie —escribía San Buenaventura— ha dado más satisfactorias respuestas a los problemas de Dios y del alma que San Agustín." Harnack le compara a un "árbol plantado a las márgenes de las aguas vivas, cuyas hojas jamás se marchitan y en cuyo ramaje anidan las aves del ciclo". W . Dilthey le llama "el más profundo pensador entre todos los escritores del mundo antiguo". Gatry le caracterizaba como "el Platón de la filosofía del mundo moderno y quizá el genio metafísico más portentoso que han visto los tiempos".

 Indudablemente, vivimos de su herencia.

 FÉLIX GARCÍA, O. S. A.

jueves, 27 de agosto de 2015

Santo Evangelio 27 de agosto de 2015


Día litúrgico: Jueves XXI del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 24,42-51): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Velad, pues, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Entendedlo bien: si el dueño de casa supiese a qué hora de la noche iba a venir el ladrón, estaría en vela y no permitiría que le horadasen su casa. Por eso, también vosotros estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre. ¿Quién es, pues, el siervo fiel y prudente, a quien el señor puso al frente de su servidumbre para darles la comida a su tiempo? Dichoso aquel siervo a quien su señor, al llegar, encuentre haciéndolo así. Yo os aseguro que le pondrá al frente de toda su hacienda. Pero si el mal siervo aquel se dice en su corazón: ‘Mi señor tarda’, y se pone a golpear a sus compañeros y come y bebe con los borrachos, vendrá el señor de aquel siervo el día que no espera y en el momento que no sabe, le separará y le señalará su suerte entre los hipócritas; allí será el llanto y el rechinar de dientes».


«Estad preparados»

+ Rev. D. Albert TAULÉ i Viñas 
(Barcelona, España)

Hoy, el texto evangélico nos habla de la incertidumbre del momento en que vendrá el Señor: «No sabéis qué día vendrá» (Mt 24,42). Si queremos que nos encuentre velando en el momento de su llegada, no nos podemos distraer ni dormirnos: hay que estar siempre preparados. Jesús pone muchos ejemplos de esta atención: el que vigila por si viene un ladrón, el siervo que quiere complacer a su amo... Quizá hoy nos hablaría de un portero de fútbol que no sabe cuándo ni de qué manera le vendrá la pelota...

Pero, quizá, antes debiéramos aclarar de qué venida se nos habla. ¿Se trata de la hora de la muerte?; ¿se trata del fin del mundo? Ciertamente, son venidas del Señor que Él ha dejado expresamente en la incertidumbre para provocar en nosotros una atención constante. Pero, haciendo un cálculo de probabilidades, quizá nadie de nuestra generación será testimonio de un cataclismo universal que ponga fin a la existencia de la vida humana en este planeta. Y, por lo que se refiere a la muerte, esto sólo será una vez y basta. Mientras esto no llegue, ¿no hay ninguna otra venida más cercana ante la cual nos convenga estar siempre preparados?

«¡Cómo pasan los años! Los meses se reducen a semanas, las semanas a días, los días a horas, y las horas a segundos...» (San Francisco de Sales). Cada día, cada hora, en cada instante, el Señor está cerca de nuestra vida. A través de inspiraciones internas, a través de las personas que nos rodean, de los hechos que se van sucediendo, el Señor llama a nuestra puerta y, como dice el Apocalipsis: «Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo» (Ap 3,20). Hoy, si comulgamos, esto volverá a pasar. Hoy, si escuchamos pacientemente los problemas que otro nos confía o damos generosamente nuestro dinero para socorrer una necesidad, esto volverá a pasar. Hoy, si en nuestra oración personal recibimos —repentinamente— una inspiración inesperada, esto volverá a pasar.

© evangeli.net M&M Euroeditors 

Santa Mónica 27 de agosto

 
 SANTA MÓNICA
27 de agosto
(†  387)

 
Cae el sol africano, un sol de justicia, sobre las calles pueblerinas de Tagaste. Mónica, niña de pies inquietos, corretea y se divierte por la pequeña ciudad. A la voz de una vieja criada, gruñona pero querida, suspende el juego, y con un gracioso mohín, mezcla de cariño y de protesta, vuelve presurosa a la casa de sus padres.

 Nacida bajo la paz declinante del Imperio romano, Mónica florece a la vida en el seno de una familia cristiana, noble de alcurnia, aunque arruinada por el curso desgraciado de los destinos públicos. Desde la más tierna edad sabe de prácticas piadosas y de ejercicios domésticos. Su educación, si no en ambiente de penuria, comienza a desenvolverse, desde la cuna misma, con sencillez y sin alardes de opulencia.

 Más que a la madre, debe la obra de su formación a la diligencia y al celo de aquella anciana y fiel sirvienta, que llevó ya a su padre a la espalda, cuando niño, y que es ahora, por sus años respetables y por sus óptimas costumbres, la autoridad moral más acatada de la familia. Condescendiente tanto como severa con los pequeños, hasta el agua les regula a deshora, para que se habitúen a moderar los apetitos. Bajo su vigilancia aprende Mónica lecciones de honestidad. Está haciéndose un alma exquisita, encerrada en un corazón sumamente sensible. Los pobres, a diario, son su debilidad apasionante, y la frecuencia de la limosna su recreo más feliz. La dicha de su corazón explota cuando halla oportunidad para lavar los pies a algún peregrino u ofrecer consuelo a algún enfermo.

 A medida que va siendo crecida empieza a gustar los deleites interiores de la espiritualidad. Más de una vez la sorprenden los íntimos arrodillada en un rincón oscuro, haciendo oración a solas, en diálogo de cordialidad inocente con Dios. En los juegos ríe y disfruta como nadie. Sus amigas la respetan, y su palabra es resolutoria en cualquier discusión.

 No ha de faltarle, tampoco, alguna cándida picardía. Como aquella de los tragos clandestinos, que recordará siempre con vergüenza. A la hora de comer, por mandato de sus padres, es la encargada de bajar a la bodega para sacar vino de la cuba. Y cede a la tentación de probarlo, sólo por tomarle el gusto, antes de servirlo a la mesa. Al principio bebe una pizca, casi nada. Poco a poco va aumentando el paladeo, y con él la cantidad. Ahora es ya una gran copa lo que saborea cada vez, antes de subir, sin que lo sepa la criada inflexible ni ninguno de sus mayores. Hasta que todo se descubre. Unicamente está en el secreto otra sirvienta más joven y consentida. En cierta ocasión, discutiendo una y otra, la criada echa en rostro de su pequeña ama este defecto, llamándola, con intención humillante, "borrachuela". Santo remedio. Herida Mónica por el aguijón del insulto, comprende la fealdad del vicio y lo condena al instante, arrojándolo definitivamente de sí. El amor propio afrentado actúa aquí de medicina maravillosa.

 Desde muy niña se está mostrando maestra en reflexionar y en cordura de saber. Lo demostrará más tarde dando lecciones en la escuela de filósofos sutiles, improvisada en el retiro de Casirciaco. Sencilla tanto como culta, desprecia las galas de lujo. Aunque mujer, su prudencia y su discreción están por encima de la vanidad.

 Rica en dones de espíritu y en gracias exteriores, al cumplir los veinte se casa con Patricio, curial de Tagaste, noble pero arruinado también. El corazón del esposo, naturalmente leal y honrado, estalla en volcanes de pasiones vergonzosas. Pagano, violento, de fibra colérica y de pensamientos nada castos, choca en rudo contraste con la delicadeza de Mónica, que consigue enamorarlo y vencerlo, en medio de sus repetidas y alardeadas infidelidades. Un matrimonio así, con edades dobladas y con temples tan distintos, humanamente no puede adivinarse sino como un presagio seguro de desdicha. Pero Mónica acepta ante el altar la mano de Patricio, consciente de un holocausto y con presentimiento de misión. El tacto de su santidad y de sus silencios transforma pronto el infierno previsible del hogar en un remanso de concordia. Bien puede atestiguarlo la propia suegra, en cuya casa vive. Pagana e irritable, como Patricio, acoge las calumnias de los criados, quienes, sólo por adularla, fomentan sus celos, su malquerencia y su astucia contra Mónica. Pero la nuera ya conoce el procedimiento: no huye ni protesta, sino que convive para convertir. Y lo logra: con defensa de amor, de humildad, de dulzura, de paciencia. Táctica de éxito, que aconseja a sus amigas. Mónica nunca sale a la calle con huellas de castigos en el rostro ni comunica las defecciones maritales de Patricio. La oratoria de su ejemplo y el prestigio de su conducta sin tacha ponen paz en las disputas de familiares y extraños. Abomina los chismes y el comadreo. Al fin, la rudeza del esposo y el rencor de la suegra terminan quebrándose contra el corazón suavísimo de Mónica, trasunto ideal de la perfecta casada.

 Al filo de los veintidós años Mónica es madre. El 13 de noviembre del 354 nace su primogénito: Agustín. Otros dos vástagos brotarán de su seno: Navigio y Perpetua.

 Agustín es una llamarada de ímpetus contrarios. La fogosidad de Patricio y la ternura de Mónica arden en su corazón. Navigio es más plácido, más tímido, más maternal; como Jacob. Agustín lleva arreboles de crepúsculo y ascuas de fuego en la sangre. Si no concierta en número, en peso y en medida el huracán temprano de sus inquietudes, será otro Esaú. Toda la vida de Mónica va a cifrarse en un colosal esfuerzo por abrir metas de luz y caminos de seguridad al paso de este gigante.

 Perpetua, la menor, se casa y enviuda pronto. No sale del solar africano. Cuando Agustín sea sacerdote ingresará en un convento, bajo su regla monástica. Navigio no abandona nunca a la madre. Va a ser su fuente de consolación y su descanso durante los extravíos de Agustín.

 Se casará también y tendrá hijos. Uno de ésos se verá más tarde de subdiácono en Hipona, junto al tío obispo. Algunas hijas florecerán a su vez entre las vírgenes de Africa, al lado de la tía monja. Navigio y Perpetua, elevados a los altares, ocupan hoy un lugar de gloria en el santoral cristiano.

 Mónica acierta a sustituir rápidamente los sinsabores y las contrariedades del matrimonio con la educación de sus hijos. Desde el regazo de la madre, "mientras saborean las delicias de su leche", gustan ya la palabra y la sonrisa de Dios. Nos lo dirá el propio Agustín. Todos creen en casa por Mónica. El nombre de Jesús es familiar a hijos y criados. Aquéllos son catecúmenos. La servidumbre es cristiana. Sólo Patricio permanece infiel.

 Navigio y Perpetua, discretos en dones, no son problema para Mónica. El talento fuera de lo normal de Agustín es su tormento de pesadilla. Al principio se limita a reír las quejas de los palmetazos que recibe el pequeño en la escuela de Tagaste, con su aversión clamorosa al estudio. Pero después, cuando el genio despierta monstruoso en sus potencias, con los triunfos apoteósicos de Madaura, unidos a un entusiasmo incontinente por Virgilio, por las estrofas encendidas de los poetas, por las representaciones teatrales..., Mónica mira con miedo al mar agitado de su alma y teme por su perdición.

 Comienza ahora el calvario más cruel de la madre. Sólo Agustín le importa, porque le ve al borde del abismo. “Amar y ser amado" es el lema del escolar brillante, a quien el orgullo de sus paisanos vaticina ya gloria de la patria. La labor de Mónica en la educación de Agustín, estremecido de pasiones rugientes, como su padre, en el albor de los dieciséis años, cae estruendosamente a tierra. La indiferencia de Patricio, preocupado sólo por los aplausos, contribuye al derrumbamiento.

 Entonces, en medio de las primeras lágrimas que vierte la madre por el hijo difícil, recibe alborozada la primera alegría: Patricio se convierte. En la primavera del año 370 abjura públicamente la religión pagana, haciéndose catecúmeno, y un año más tarde, gravemente enfermo, recibe el bautismo, muriendo poco después con muerte edificante. El valor del holocausto, concluido por Mónica en su corazón al recibir el velo de casada, resulta así absolutamente positivo.

 Viuda y joven, con sus treinta y nueve años, viste sencillamente, ayuna y se ejercita en obras de piedad. Agustín no ha asistido a la muerte de su padre. Estudiante en Cartapo, recibe con dolor la triste noticia. La viuda pobre no podrá seguir costeándole los estudios. Pero el corazón generoso de un amigo, Romaniano, soluciona felizmente la contrariedad. Agustín y Mónica pagarán al mecenas con la educación de su hijo Licencio, perfectamente lograda en ciencia y en espíritu por tan extraordinarios preceptores.

 Mónica quiere casto a Agustín. Al saberle en pubertad, ya antes de morir Patricio, le exhortó con valentía sobre los bienes de la continencia. Pero Agustín despreció el consejo como "palabras de mujer". Ahora, lejos de su madre, envuelto en los peligros de una gran ciudad, “ama al fin, es amado y gusta los placeres, los celos y todas las tempestades del amor". A los dieciocho años tiene un hijo: Adeodato. Cuando Mónica lo sabe comprende que toda su vida va a resolverse en lágrimas. No le importa que Agustín sea el primero en los estudios, que entienda sin maestro las cuestiones más abstrusas de filosofía, que triunfe en los certámenes, que en su torno exploten siempre los aplausos; sólo le importa definitivamente la salvación de su alma. Piensa, después de todo, que por la ciencia llegará a Dios. Y se decide a esperar.

 Agustín lee el Hortensio de Cicerón, que le transforma intelectualmente. Penetra con avidez en la dialéctica platónica. Abriga la ilusión de hallar el nombre de Jesús, "mamado amorosamente en la leche de la madre". Y no lo encuentra. Repasa después las Sagradas Escrituras. Pero lo hace con orgullo, sin humildad, con el corazón manchado. Y no las comprende. Mónica sigue estos pasos hacia la luz. Y cada día con más confianza, ora, se mortifica y silenciosamente continúa en espera.

 El problema de Agustín, en estos momentos, es ideológico tanto como afectivo. Busca una doctrina que le proporcione el descubrimiento de la verdad y el culto al nombre de Jesús, sin renunciar a las pasiones. Todo esto le promete el maniqueísmo. Y se afilia con entusiasmo a su fe. Apenas cuenta diecinueve años y aparece ya con tacha de concubinato y herejía. ¡Horror para Mónica! Ferviente maniqueo, se hace apóstol de la secta. En seguida comienzan las conversiones. Todos cuantos le siguen, Alipio, Romaniano, Honorato, Nebridio.... prendados de su lógica y de su corazón, figuran entre los adeptos. Mónica llora desconsolada. Regresa Agustín de Cartago, al terminar sus estudios, y prosigue la captación en Tagaste. A su propia madre trata de convencer. Pero sólo ella se le resiste y le echa de casa. Cabizbajo, se refugia en la de su mecenas y abre escuela de gramática entre los suyos.

 Le acompaña la mujer y el hijo. Mónica no tolera la separación y le visita a diario. Es ley de corazones grandes. Un día le cuenta un sueño. Estando de pie sobre una regla, triste y afligida, ve venir a un joven resplandeciente, que le pregunta el porqué de sus lágrimas. Mónica le contesta que la causa no es sino la perdición de Agustín, El joven, para su confortación, le ordena entonces que mire y observe cómo donde ella está se encuentra el hijo. Mirando rápidamente hacia atrás, descubre con alegría que no se engaña. Y pronostica luego Mónica a Agustín que muy pronto le verá católico. Pero éste interpreta la visión volviéndola hacia sí, intentando persuadir a la madre de que es ella la que algún día terminará en maniquea. A lo cual replica agudamente: "No me dijo: ‘Donde él está allí estás tú', sino: 'Donde tú estás allí está él’. Y agrega, sonriendo, que se cumplirá la profecía.

 A pesar de todo, Agustín continúa en la oscuridad y Mónica sigue llorando. Por esta misma época visita a un santo obispo en demanda de orientación, e insiste ante él con lágrimas incontenidas para que le ayude en su desconsuelo. Y, asomándose a su alma, le responde el obispo con acento seguro: "Ve en paz, mujer, y que Dios te dé vida; no es posible que hijo de tantas lágrimas perezca".

 Tras la muerte de un amigo entrañable Agustín languidece, comienza a sentirse mal y precipita su salida para Cartago, donde abre cátedra de retórica. Con el alejamiento todo se cura. Mónica no lo impide, pues en ello va la salud del hijo. Y confía en el milagro de la ciencia. Nacen aquí las primeras dudas del joven maestro en torno a la dogmática maniquea, que sus doctores no aciertan a resolverle.

 Sin paz en el alma y sin convicción en la inteligencia, Agustín emprende la búsqueda por otros horizontes. Y anuncia su salida para Roma. La madre, armada de valor, se presenta en Cartago para impedirlo. Teme que en la capital del Orbe se pierda irremisiblemente. Agustín, contrariado en sus planes, huye con una mentira. Mientras ora ella en la ermita de San Cipriano, él la abandona y sube a la nave que le conducirá a la urbe. Cuando Mónica advierte el engaño enloquece de dolor. ¡Mucho tarda en cumplirse la visión de la regla!

 En Roma explica Agustín durante un año, pródigo en desilusiones escolares y en angustia espiritual. Por un lado, los alumnos no le pagan. Por otro, conoce al fin la corrupción de los maniqueos y decide abandonar la secta. La duda absoluta y el escepticismo universal le llevan al pórtico de los académicos. Enferma entonces gravemente, sin inquietarse por morir sin bautismo, con riesgo de condenación. Se cura, según intuirá después, por las oraciones de su madre, siempre a su lado, a pesar de la lejanía.

 Roma no le llena y prepara otro salto. Huye de sí mismo, sin lograr ausentarse. En el año 385 gana brillantemente la cátedra de elocuencia patrocinada por los emperadores en Milán. El problema económico se le esclarece. Informada Mónica de la enfermedad y del triunfo académico sale para Roma. La acompaña Navigio. Perpetua, casada, queda en Tagaste. Con ánimo sereno en medio de una borrasca aparatosa, hace felizmente la travesía. En Roma se entera de la salida para Milán. Desilusión otra vez. Nuevamente de viaje, llega a la ciudad lombarda y se arroja en los brazos del hijo. Le encuentra muy otro. Va a rechazar abiertamente la herejía maniquea. Pero ahora es cuando más necesita a la madre. Tiene vacíos el corazón y el pensamiento. En sus razones atiende sólo al encanto de lo formal, sin fe en la verdad. Mónica se dispone a rellenarle de contenido. Para ello visita a San Ambrosio y le presenta a Agustín. Se tratan los tres. El santo obispo felicita al deslumbrante profesor por tener una madre tan extraordinaria. Mónica inventa excusas para que el hijo repita las visitas. Pero Ambrosio no es explícito: espera que la gracia obre independiente del hombre. En compañía de la madre Agustín asiste a los sermones de la basílica ambrosiana, interesado por el estilo y por la dicción, sin cuidados para mayores honduras. Pero con la retórica, sutilmente, penetra en los oídos del puro artista la luz de la verdad cristiana. Sin discusiones, ni con la madre ni con el obispo, Agustín medita, y poco a poco va hallando a Dios dentro de sí.

 Comienza a entusiasmarle San Pablo. Conversa con personas venerables, confiándoles sus angustias interiores. Está a punto de romper con los vínculos del pecado. Pero la voluntad de la carne se afirma en él más fuerte que la del espíritu. Y lucha sin redimirse de las cadenas que le esclavizan.

 Mónica sigue con más atención que nunca el desarrollo del drama y redobla sus oraciones. Presiente la alborada de Dios. La borrasca irrumpe inclemente en el alma agitada de Agustín. Hasta que un día, en una crisis de rebelión frente a sus miserias, el canto suavísimo de la gracia suena rotundo en su corazón. Y el hombre viejo, perdido por Adán y prisionero en la culpa, se transforma en el hombre nuevo, salvado por Cristo y libre en la fe.

 Las lágrimas de Mónica han precipitado el desenlace feliz. Se ha cumplido la profecía. Agustín está ya en la regla junto a la madre. Con su adiós a la vanidad de la retórica se retira a la quinta de Casiciaco. Van tras él los amigos de siempre, discípulos del maestro en sus desviaciones maniqueas y en sus pasos hacia la pila bautismal, seguros de que su elección, antes y ahora, es criterio de sabiduría. A tanto llega la autoridad de su preeminencia. Le acompaña su madre, con Navigio y Adeodato. Sólo falta la mujer que le dio este hijo, recluida desde hace meses en un convento de Africa, donde habrá rezado, sin duda por él.

 Otoño melancólico y dulce, con suavidad dorada en la vertiente alpina, con inquietud anhelante de recibir a Dios por el bautismo, con doctas controversias, con poesía en las almas, bajo la providencia amorosa de Mónica..., esto es Casiciaco en los primeros fervores de la conversión. La vida allí, de otoño a primavera, es una preparación al bautismo, entre lecturas y discusiones, elevándose a Dios por la belleza de las cosas. Mónica cuida de todos con materna solicitud. El ejemplo de su santidad les dirige, corrigiendo e ilustrando, presente a cada uno, "con traje de mujer, fe de varón, seguridad de señora, caridad de madre y piedad cristiana". Entona con ellos los salmos de David. Participa en los diálogos de sobremesa, aunque humildemente se resiste a emitir opinión en aquel cenáculo. Instada por Agustín, encauza discusiones sobre la verdad, la hermosura, el orden, la felicidad y el amor de Dios, con una sabiduría, una discreción y un talento, desplegados muy por encima de la frivolidad sensible, que a todos sorprende, penetrando sin dificultad y con agudeza en cuestiones arduas aun para los versados.

 Transcurrido el tiempo de iniciación, al cabo de siete meses, Agustín, Adeodato y sus amigos dan el paso regenerante, recibiendo en Milán el sacramento del bautismo. La ceremonia se ha fijado para el día 25 de abril del año 387. Una fecha de glorioso recuerdo, señalada con piedra blanca en el calendario de la Iglesia. La presencia de Mónica, con lágrimas todavía, pero no de ansiedad dolorosa, sino de júbilo radiante, realza la solemnidad del acto. No ha sido estéril tanta súplica. Agustín funde sus emociones con las incontenidas de la madre, mientras el torrente de la gracia penetra en su corazón, entre el eco novísimo que han dejado disperso por las bóvedas las cadencias exultantes del Te Deum laudamus.

 Una armonía inefable inunda el alma de Mónica. Todo es paz en su vida. Nada la detiene ya en la tierra. Sólo siente la nostalgia del cielo. Colinada, su misión, ¿para qué esperar?

 Entretanto, madre e hijo, con la pequeña comunidad de bautizados, vuelven a Africa. En el puerto romano de Ostia se detienen unos días, mientras llega el momento de embarcar.

 Caen las primeras hojas de otoño. Declina la tarde, una famosa tarde del año 387. Mónica y Agustín están solos junto al mar, reclinados sobre una ventana. Con olvido del pretérito y atentos únicamente al porvenir, se ocupan de la verdad, presente en la vida eterna de Dios. Piensan que ante el gozo de aquella vida vale el deleite perecedero del sentido. Recorren la escala de los seres corpóreos. Se elevan interiormente sobre la luna y el sol. Suben más arriba de las estrellas, admirando la obra del dedo divino. Llegan, a la esfera intáctil del pensamiento, y la transcienden también. Alcanzan, por fin, la región de la abundancia indeficiente, donde se apacienta Israel con el pasto inmarchito de la verdad pura. La vida aquí se llama Sabiduría, principio de todas las cosas, así de las que fueron como de las que serán, existente antes del tiempo, increada, total y constante en el ser, con ausencia de pasado y de futuro. Y hablando de ella y desvividos por su logro, llegan a tocarla un instante, con el ímpetu más intenso de su corazón, elevado sobre las ataduras de la pesada mortalidad. Pero el arrebato de beatitud se desvanece. Con un hondo suspiro vuelven a la tierra y al estrépito de las palabras, dejando allí prisioneras las primicias del espíritu. Mónica tiene las manos de Agustín entre las suyas. No aciertan con la frase que exprese la ansiedad de su ánimo: si enmudeciesen las cosas y sólo Dios hablase, no por ellas, sino directamente por sí, oyéndole sin sonido de voces, en contacto del pensamiento con su Sabiduría, abismada el alma en la fruición de sus dulzuras, como en aquel instante de efímero deleite, ¿no sería esto el "entra en el gozo de tu Señor"? "Y tanta dicha, ¿cuándo será?", exclama Agustín enardecido. Por lo que a mí atañe, prosigue Mónica, más sosegada y menos vehemente, nada me ilusiona ya en esta vida. No sé qué hago en ella ni por qué estoy aquí aún, consumado cuanto podía esperar en este siglo. Por una sola cosa deseaba detenerme un poco más: verte cristiano y católico antes de bajar al sepulcro. Con creces me lo ha dado el Señor, pues te veo siervo suyo cabal, con desdén para la felicidad terrena. Por lo mismo, ¿qué hago yo aquí?

 Cinco días después es atacada por una fiebre maligna. Su presentimiento no precisa más. Comprende y manifiesta a todos que ha llegado su hora. Sin preocupaciones por la sepultura, construida en Tagaste junto a la de Patricio, y satisfecha de haber cumplido la misión del hogar, no le importa ni el dónde ni el cuándo para morir. Su serenidad es sorprendente. Nadie quiere creerlo. De pronto, un éxtasis, alarmante pero dulcísimo, deja inmóvil su cuerpo durante un breve intervalo. ¿Dónde estoy?, pregunta al volver en sí. Y añade con suavidad: Aquí dejaréis enterrada a vuestra madre.

 Un movimiento de dolor irreprimible se estremece en la estancia. La angustia es general. Adeodato estalla en lamentos inconsolables. “Mejor sería morir en la patria, antes que en este pueblo extraño", profiere Navigio. Mónica le reprende con una mirada de autoridad y reproche, y, dirigiéndose a Agustín, más sereno y más fuerte, corrige imperiosa: Enterrad este mi cuerpo dondequiera, ni os preocupe más su cuidado. Una sola cosa os pido, que os acordéis de mí ante el altar del Señor, en cualquier lugar donde os hallareis.

 Este es su testamento. Poco después, agravándose la enfermedad, entra en agonía. Minutos más tarde, con la suavidad de un crepúsculo sin nubes, es liberada del cuerpo aquella alma trasparente, anhelosa de aires más puros, Nacida para la eternidad del goce beatífico, deja de llorar en la tierra, a los cincuenta y seis años de edad, para recibir el premio de sus lágrimas: un cielo de consolación gloriosa para sí, y la gracia de la fe con una corona de inmortalidad para su hijo.

 Después del entierro nadie acierta a separarse del sepulcro. Tantas cosas les recuerda. La afligida comunidad aplaza por ello el viaje de retorno a la patria. Durante un año permanecen aún entre Roma y Ostia, asociándose a los cánticos de las basílicas y orando ante la tumba inolvidable, en súplica de iluminación y de consuelo.

 La presencia protectora de la ausente adorada se acusa en la vida de todos. Trece años después, en obsequio devoto de gratitud, la pluma de Agustín cantará sus virtudes con fidelidad amorosa. Los siglos venideros recogerán con entusiasmo este mensaje finísimo de ternura filial. Su luz penetra en las familias, portadora de paz interior. Angel del hogar cristiano, las esposas desamparadas y las madres afligidas de todos los tiempos hallan siempre en su memoria el bálsamo de salud que cura las penas en el infortunio y un paño de lágrimas para enjugar el espíritu en la contrariedad.

 GABRIEL DEL ESTAL, O. S. A.

miércoles, 26 de agosto de 2015

Santo Evangelio 26 de agosto de 2015


Día litúrgico: Miércoles XXI del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 23,27-32): En aquel tiempo, Jesús dijo: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, pues sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera parecen bonitos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia! Así también vosotros, por fuera aparecéis justos ante los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía y de iniquidad. ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, porque edificáis los sepulcros de los profetas y adornáis los monumentos de los justos, y decís: ‘Si nosotros hubiéramos vivido en el tiempo de nuestros padres, no habríamos tenido parte con ellos en la sangre de los profetas!’. Con lo cual atestiguáis contra vosotros mismos que sois hijos de los que mataron a los profetas. ¡Colmad también vosotros la medida de vuestros padres!».


«¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas!»
+ Rev. D. Lluís ROQUÉ i Roqué 
(Manresa, Barcelona, España)

Hoy, como en los días anteriores y los que siguen, contemplamos a Jesús fuera de sí, condenando actitudes incompatibles con un vivir digno, no solamente cristiano, sino también humano: «Por fuera aparecéis justos ante los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía y de iniquidad» (Mt 23,28). Viene a confirmar que la sinceridad, la honradez, la lealtad, la nobleza..., son virtudes queridas por Dios y, también, muy apreciadas por los humanos.

Para no caer, pues, en la hipocresía, tengo que ser muy sincero. Primero, con Dios, porque me quiere limpio de corazón y que deteste toda mentira por ser Él totalmente puro, la Verdad absoluta. Segundo, conmigo mismo, para no ser yo el primer engañado, exponiéndome a pecar contra el Espíritu Santo al no reconocer los propios pecados ni manifestarlos con claridad en el sacramento de la Penitencia, o por no confiar suficientemente en Dios, que nunca condena a quien hace de hijo pródigo ni pierde a nadie por el hecho de ser pecador, sino por no reconocerse como tal. En tercer lugar, con los otros, ya que también —como Jesús— a todos nos pone fuera de sí la mentira, el engaño, la falta de sinceridad, de honradez, de lealtad, de nobleza..., y, por esto mismo, hemos de aplicarnos el principio: «Lo que no quieras para ti, no lo quieras para nadie».

Estas tres actitudes —que podemos considerar de sentido común— las hemos de hacer nuestras para no caer en la hipocresía, y hacernos cargo de que necesitamos la gracia santificante, debido al pecado original ocasionado por el “padre de la mentira”: el demonio. Por esto, haremos caso de la exhortación de san Josemaría: «A la hora del examen ve prevenido contra el demonio mudo»; tendremos también presente a Orígenes, que dice: «Toda santidad fingida yace muerta porque no obra impulsada por Dios», y nos regiremos, siempre, por el principio elemental y simple propuesto por Jesús: «Sea vuestro lenguaje: ‘Sí, sí’; ‘no, no’» (Mt 5,37).

María no se pasa en palabras, pero su sí al bien, a la gracia, fue único y veraz; su no al mal, al pecado, fue rotundo y sincero.

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Beato Junípero Serra, 26 de agosto


BEATO JUNÍPERO SERRA
26 de Agosto
Presbítero franciscano, evangelizador
de California


Petra (Mallorca, España), 24-noviembre-1713 
+ Monterrey (California, EE.UU.), 28-agosto-1784 
25-septiembre-1988


Mallorca, la isla mediterránea, con su celebrado horizonte marítimo, es la patria de Miquel Serra Ferrer. Cuando aún no se había acabado del todo la Guerra de Sucesión, en una de las antiguas villas del Pla de Mallorca, con el nombre latino de la piedra, Petra, conservado durante la dominación musulmana, nace allí, Miquel, el día 24 de noviembre de 1713. El día 25 de noviembre, en la bella y grandiosa parroquia gótica de San Pedro, entonces aún en construcción, recibe las aguas bautismales, de manos del vicario Bartomeu Lladó, y, como de costumbre en los varones, se le añadió el nombre de José. Miquel Josep figura en la partida bautismal de la parroquia, aunque en otros libros figura solamente como Miquel.

Sus padres Antonio y Margarita, un matrimonio entre los dos mil doscientos habitantes que tenía la villa, vivían pobremente del trabajo honrado de cantero y labrador del padre. A lo menos desde los seis años de Miguel, viven en la calle Barracar, situada en la parte más antigua de la población, muy cerca del convento de San Bernardino de los Franciscanos Menores. Entre almendros, higueras, manzanos, perales, unos pocos naranjos y sobre todo cultivos de cereales y legumináceas, propios del Pla de Mallorca, el trabajo del cultivo del campo y de los sillares de marés para la construcción, trabajos de la gente humilde del pueblo, pasará su infancia y adolescencia el muchacho Miguel. Buen principio y óptima vivencia, para quien querrá unir en su día, la cruz con el arado y con las construcciones.

En el corazón de cualquier hijo de Petra está en un lugar preeminente la ermita de Nuestra Señora de Bonany, del Buen Año, de la Buena Cosecha; hasta en California, cuando ya viejecito, se acordará del título de María del Buen Año para ponerlo en su bautismo a una pequeña nativa.

El mundo del santo de las Florecillas, San Francisco (-4 de octubre), empezará a entrar en su mente y hasta en su ideal de vida. En el convento se inicia el contacto con los hijos de San Francisco; allí aprende las primeras letras, el canto litúrgico, sirve al altar. A los trece años se traslada a Palma, ya con la intención de poder entrar en la provincia de Mallorca de los hijos de San Francisco. Muy bajo de estatura, poca salud y raquítico, cosas que le dificultaban la entrada, que por fin consiguió del padre Antonio Perelló, provincial, también hijo de Petra. Como de costumbre cambió su nombre de pila con la profesión religiosa y fue el humilde compañero de San Francisco, el hermano Junípero de los Fioretti, quien le sustituyó su bautismal Miguel. Junípero, será en el futuro su nombre inseparable Junípero, como Ramón Llull (-27 de noviembre), cuyo sepulcro se guarda en el convento franciscano de Palma, donde residió siempre después de su profesión, tenía la meta de la sabiduría y también, como en Ramón Llull, irá naciendo en su interior la preocupación por la predicación del Evangelio entre los no cristianos. Inteligente y aprovechado estudiante, antes de la ordenación sacerdotal ya le vemos como profesor de Filosofía en el convento de San Francisco de Palma; pero muy pronto, ocupará un lugar preeminente en la Universidad de Mallorca, será catedrático de Prima de Teología Escotista, cuando aún no ha cumplido los treinta años. En los archivos de la Universidad consta el doctor Junípero en tesis, exámenes, actos académicos. El padre Francisco Palou, en su Relación Histórica, hace referencia al sermón sobre el Beato Ramón Llull, el sermón de la fiesta de la Universidad, anotando el juicio de uno de los personajes del momento diciendo sobre el mismo que habría que imprimirlo con letras de oro.

Su actividad no es sólo la de las clases en la Universidad Mayoricense, predica en diversas poblaciones, especialmente las cuaresmas, que entonces iban unidas a predicaciones continuas; diversos lugares de Mallorca recuerdan su presencia.

Pero él pensaba en las multitudes de los indios de América, quería ser misionero. El Patronato de los Reyes de España y Portugal condicionaba que, para ejercer en aquellas tierras, era necesario un nombramiento específico. Lo solicitó él y el padre Francisco Palou. No les llegaba. Estando acabando la predicación de la Cuaresma en Petra, por fin lo tuvieron entre sus manos. Junípero, como de costumbre, hizo el último sermón cuaresmal el martes de Pascua en el santuario de la Virgen de Bonany; se despidió de sus paisanos y de sus mismos padres, guardando total secreto sobre su partida para tierras americanas. Al cabo de muy pocos días dejó su Mallorca para siempre. Era el domingo «in albis», 13 de abril de 1749. Tenía entonces treinta y cinco años, muy bien aprovechados y con mucho futuro.


«SIEMPRE ADELANTE, NUNCA HACIA ATRÁS»

Ésta es la frase que pone en la carta que dirigió a sus ancianos padres, escrita en la lengua materna. Se despide de ellos como hijo que les amaba y les dice que si comprendiesen bien lo que significa la empresa misionera que ha iniciado en su vida, ellos mismos serían los que le animarían a ir siempre adelante y nunca retroceder. Ésta fue su manera de actuar. Con humildad, con espíritu de servicio, a la manera franciscana, no retrocedió nunca en aquello que era bueno para el servicio de Dios y la conversión y el bien de los que iba evangelizando, especialmente en las obras que llevó a cabo entre los indios.

Fray Junípero y el padre Francisco Palou no llegarán a México, fin de su destino, hasta casi ocho meses después. Pasan por Málaga y llegan a Cádiz para desde allí cruzar el Atlántico. Tienen que unirse a otros religiosos, franciscanos y dominicos, pero algunos de ellos cuando ven el mar y la frágil nave que los había de transportar, se vuelven atrás. Es entonces cuando ofrecen los nombres de otros religiosos de la provincia franciscana de Mallorca: el padre Juan Crespí, el padre Rafael Verger y el padre Guillermo Vicens. En el futuro, será una constante la llegada de nuevos compañeros para misioneros en tierras americanas, desde la provincia franciscana de Mallorca. Esta presencia mallorquina será especialmente importante en la gran obra de California.

Pasan por la isla de Puerto Rico, descanso de las muchas penalidades del viaje, incluida la sed. Pero los quince días que están allí los aprovecha el padre Serra y sus compañeros para predicar una misión popular a los que vivían en la isla. Poco antes de su llegada a México pasan uno de los momentos más difíciles del viaje, estuvieron a punto de naufragar.

El 7 de diciembre, después de más de noventa días, ponen el pie en el continente americano. Exhaustos del viaje necesitaban descansar; para ello tienen a disposición unos carruajes que les transportarían de Veracruz a México, unos 550 kilómetros; pero Junípero lleva el espíritu franciscano de sencillez y pobreza hasta el extremo y él y otro religioso de Andalucía pedirán para hacer el viaje a pie, viviendo de la caridad y no sabiendo dónde reclinar la cabeza. En este viaje Junípero empieza a tener en su cuerpo una presencia molesta, inseparable, en algunos momentos preocupante que le acompañará toda la vida: es su pierna llagada, probablemente por la picadura en aquellos días de un zancudo tropical. Una visita al santuario de Guadalupe en el último día del año 1749, y la celebración de la misa en el día de Año Nuevo, es el comienzo de su misión en tierras de México.

El Apostólico Colegio de San Fernando de México será desde ahora, hasta su muerte en 1784, el centro de su vida, residiendo allí, o bien como lugar que programaba y dirigía las actividades misioneras de los franciscanos. Allí estará, después de su llegada, cinco meses como un noviciado o preparación para la obra evangelizadora entre los gentiles.

Junio de 1750 hasta septiembre de 1758: las misiones en Siena Gorda, su primer destino. Ocho años incansables, que pasará en compañía del padre Francisco Palou. Catequesis, erradicación de la idolatría, promoción humana. Aprendió la lengua pame de los indios para poder llegarles a su inteligencia y a su corazón. Trae de México un maestro albañil, que ayudado de una veintena de indios, con el hasta hace poco tiempo catedrático universitario, fray Junípero, haciendo de peón, trasladando vigas sobre sus hombros como los indios, levantaron la preciosa iglesia de Xalpán. Retablos dorados y hasta un órgano de tubos, que tocaba un indio. Agricultura, comercio de los productos, trabajo para las mujeres. Una vida humana y organizada, tal como hará después en la Alta California. El Evangelio, según la mentalidad del hijo de la pobre familia de agricultores y canteros de Petra, va unido a la consecución de una vida digna, fruto del trabajo. Será la constante de la obra de liberación humana, siguiendo el Evangelio, de nuestro Junípero y sus compañeros franciscanos.

Llega una carta del padre guardián de San Fernando. Los padres Junípero y Palou son solicitados para una difícil y arriesgada tarea misional en Texas, entre los indios apaches, en una misión en la zona del río San Sabá, afluente del Colorado. Los padres Alonso y Santisteban habían regado la tierra misional con su sangre; se pudo salvar el tercer miembro de la comunidad, el padre Molina. Había que seguir el camino iniciado por los hermanos, los padres Serra y Palou dejan Sierra Gorda, contentos con el nuevo destino, en el cual era muy posible que diesen la máxima prueba de amor, dar su vida por el Evangelio de Jesucristo.

Diversas circunstancias hicieron que, lo que parecía un cambio inmediato y urgente, tuviese que esperar. No dependía de ellos, ya que la obra misionera cristiana, desgraciadamente, iba unida a los intereses políticos, y hasta a la misma ayuda económica de la Corona española y sus representantes los virreyes de México. La obra de la Alta California, como veremos, padecerá continuamente los graves problemas que acarreaba esta sujeción y ayuda. Pero, si uno quería ser misionero, tenía que pasar por aquí.

La expectativa de ir a misionar a los apaches, por fin no se hará realidad para fray Junípero, sino que desde 1758 hasta julio de 1767 tendrá su centro de actuación en el colegio misional de San Fernando de México: maestro de novicios, comisario de la Inquisición, misiones populares a los fieles en diversas partes de Nueva España.


HACIA CALIFORNIA

La supresión de los jesuitas por Carlos III impone, sobre todo a franciscanos y dominicos, nuevas responsabilidades misionales al tenerlos que sustituir. El nombre de California entonces empieza a ir unido a la persona y compañeros de fray Junípero. Hay la Baja California, la península, que actualmente forma parte de la República de México y la Alta California, que desde 1848 llegará a ser uno de los estados de la Unión Americana. Fray Junípero empieza su labor misionera por la Baja California, adonde llega en marzo de 1768. Será el prólogo de su gran obra, la Alta California. Dieciséis misioneros jesuitas son sustituidos por dieciséis franciscanos.

Fray Junípero es elegido presidente, lo cual quiere decir que une la función de superior religioso a la de ordinario eclesiástico de las nuevas Iglesias. En lenguaje canónico actual vendría a ser como un prefecto apostólico de las tierras californianas, pero con menor jurisdicción y menores competencias. La Baja y la Alta California forman una unidad misional, hasta que, en 1772, las misiones de la Baja California pasan a los dominicos. El padre Francisco Palou será el vicepresidente, con misión de sustituirle en caso de muerte o imposibilidad: dos almas siempre unidas desde la juventud. El guardián de San Fernando venía a ser el provincial, con responsabilidad sobre todas las misiones que tenían encomendadas.

La entrada en la Alta California era razón de Estado de la Corona española. Si no se ocupaban aquellas tierras, Rusia lo haría; además los ingleses, con sus colonias americanas, no estaban tan lejos. Las tierras de clima mediterráneo del Oeste Americano interesaban a otros; por esto hay la orden y hasta prisa de ocuparlas anticipadamente. El conjunto de los franciscanos busca la cristianización y promoción de los indios; con esto, consciente o inconscientemente, eran los máximos colaboradores de la Corona, y como siempre, están bajo su patronato y subvención económica. Era así, y no faltarán muchos disgustos por este motivo, en la obra californiana del Beato Junípero. No podemos ignorar que estamos en el siglo de la Ilustración y faltan pocos años para la Revolución Francesa.

La llaga de la pierna... aparece más virulenta y más inoportuna que nunca, en este camino hacia la Alta California. Siempre será su terrible acompañante, una prueba del Señor que hubiese arredrado a cualquiera. Le aconseja el gobernador, Gaspar de Portolá, que se retire a descansar a la cercana misión para restablecerse; pero él ante esta proposición responde: «No me hable de esto, porque yo confío en Dios que me ha de dar fuerzas para llegar a San Diego, como me las ha dado para venir hasta aquí; y, en caso de no convenir, me conformo con su santísima voluntad. Aunque me muera en el camino, no vuelvo atrás; a bien que me enterrarán, y quedaré gustoso entre los gentiles, si es la voluntad de Dios». Pidió a Dios su curación, porque no podía seguir y no consentía que le llevasen en parihuelas los indios neófitos. Llamó al arriero Juan Antonio para que le curase; al decirle éste que sólo había curado las mataduras de las bestias, le respondió: «Haz cuenta que soy una bestia y hazme el mismo medicamento que aplicarías a una bestia». Tomó sebo con hierbas, lo machacó, lo frió y se lo aplicó. Durmió aquella noche y quedaron admirados de que recobrase tan repentinamente la salud.


PADRE DE CALIFORNIA

El día 1 de julio de 1769 llegaron a la costa del Pacífico, el deseado Puerto de San Diego. Empieza su máxima obra, la fundación de California. Ésta es obra de un conjunto de personas; pero, básicamente, Junípero será considerado por la historia y en la conciencia popular, padre de una cristiandad y padre de un pueblo. El padre Palou continúa en la Baja California, actuando de presidente hasta que dejaron estas misiones. El padre Juan Crespí será el buen compañero de Junípero hasta su muerte, acaecida el 1 de enero de 1782. Hay otro pequeño grupo de esforzados franciscanos, que después irá creciendo, siempre menos de los que eran necesarios. El catalán Gaspar de Portolá es el primer gobernador y jefe militar de la expedición. Serra y Portolá sintonizaron perfectamente. Catalanes son en buena parte los soldados de la última expedición expansiva española en América, llevada a término después del decreto de Nueva Planta. Los soldados serán en algunas ocasiones rémora en la evangelización y civilización de los indios, pero serán más frecuentemente imprescindibles colaboradores para dar seguridad a las misiones, y normalmente pondrán sus manos y saber en la construcción de edificios y en las tareas de asentamiento de poblaciones a la manera europea. La obra de California no fue una acción bélica sangrienta, sino que fue básicamente de diálogo y comprensión mutua respecto a los nativos, promovida en buena parte por los misioneros.


LAS «MISIONES», ORIGEN DE CALIFORNIA

San Diego, 16 de julio, la alegría de empezar a ser realidad. En el lugar escogido, la Cruz es levantada, la veneran; colgaron la campana y la tocan festivamente; bendijo el agua y con ella los terrenos que iban a albergar la misión; se preparó una barraca para que sirviese de capilla y una vez cantado el Veni Creator Spiritus, se dio por fundada la misión. Se abrieron los libros parroquiales. Desde cero han de conseguir la amistad de los indios. No conocen sus lenguas. Han de aminorar y hasta si es posible destruir el recelo de la presencia de aquellos nuevos instalados en sus tierras, sin duda para la mayoría de indios, considerados como unos intrusos, si no como enemigos. Así, en todas y cada una de las Misiones que se fundan.

1770, San Carlos de Monterrey, futura residencia del padre Junípero y primera capital de California. En 1771 se sitúan junto al río Carmelo, a poca distancia de Monterrey.

1771, San Antonio de Padua.

1771, San Gabriel Arcángel. Cerca de allí, se levantará el pequeño poblado de Nuestra Señora de Los Ángeles, origen de la gran urbe actual de Los Ángeles.

1772, San Luis Obispo de Tolosa.

1776, San Francisco, misión fundada por el padre Francisco Palou, origen de la ciudad actual.

1776, San Juan Capistrano.

1777, Santa Clara de Asís.

1782, San Buenaventura.

Sus sucesores continuarán la obra de construcción y constitución de misiones hasta veintiuna. El padre Francisco Palou y sobre todo el padre Fermín Lasuén y el padre Mariano Payeras, seguirán al Beato Junípero, dignamente y eficientemente, en la presidencia de las misiones. Algunos de los nombres de sus compañeros, a lo menos los primeros, no pueden ignorarse: los padres Francisco Dumetz y Lluís Jaume, de Mallorca; padre Ángel Somera, mexicano y Benito Gambón, gallego; padres Miquel Pieras y Bonaventura Sitjar, de Mallorca; padres Josep Cavaller y Domingo Juncosa, de Cataluña; padres Antonio Paterna, de Andalucía, y Antonio Cruzado de la provincia de Los Ángeles. El padre Junípero se emparejó, como un misionero más, con el padre Juan Crespí.

Normalmente cada misión juniperiana es una lucha entre la ilusión y valentía del grupo de franciscanos y las dificultades de diversa índole y procedencia que se tenían que solucionar o a veces simplemente sufrir pacientemente a la expectativa que llegasen tiempos mejores. La escasez de bienes materiales fue muy frecuente, hasta en algún momento hay que hablar de hambre: «Siempre adelante, nunca retroceder. Recordemos algunos hechos y circunstancias en que se encontraron.

Las autoridades civiles y militares. Estamos en una época de influencia del enciclopedismo francés; de un poder absoluto regio, el cual, en su parcela de poder, lo imitaban los poderes secundarios y dependientes de las tierras coloniales; con el regalismo, que suponía la sujeción de la Iglesia al dictamen de los poderes temporales. La Corona necesitaba a los misioneros; pero todos los que tuvieron poder político en California, exceptuados el primer gobernador Portolá y el virrey Bucarelli, después del contacto personal y el informe que le presentó el padre Junípero en México en 1773, fueron normalmente una pesadilla, una dificultad y un sufrimiento constante para fray Junípero. El Estado español corría con los gastos, y el misionero ponía su dedicación personal. Hecho histórico que ha de ser discutido y quizás también comprendido, pero que creó grandes problemas en el régimen y promoción de las misiones. ¡Cómo hubiesen gozado nuestros celosos e intrépidos misioneros, de poder contar con los modernos medios de la organización de la acción misional! El Beato Junípero y sus compañeros mallorquines pensaban en sus once conventos franciscanos, para que les ayudasen. La vida del padre Francisco Palou sobre su entrañable hermano desde la juventud, la Relación Histórica de Fray Junípero Serra, está dedicada precisamente a la provincia franciscana de Mallorca para que colaborasen.

Hasta el guardián de San Fernando, el también mallorquín padre Rafael Verger, se suma a las dificultades, al enviar en 1770 un informe, donde no comparte el entusiasmo de fray Junípero y sus compañeros ante la empresa californiana y dicta algunas normas de gobierno inaceptables: «Fúndense las misiones; pero sea como se debe, de modo que se verifique lo que significa el verbo fundar, que no es fundar perspectivas»; pero, no obstante, concluirá en el escrito: «Si tengo algún consuelo, es ver el gusto y alegría con que marcharon. Sus trabajos han sido y son indecibles. Y solo la divina Providencia pudo conservarles la vida; que si se hubieran muerto los más, no causara admiración alguna». Ante los cálculos humanos y hasta las maledicencias, nuestro Beato Junípero respondería: Paz y paciencia..., y siempre adelante». La verdad es que si no hay la ilusión de las perspectivas, no se llega nunca a las realidades. Hay que recordar que después de la larga presencia del Beato Junípero en 1773 en México y leído al padre Verger el informe que presentó al virrey, el padre Verger cambió de juicio.


RELACIÓN CON LOS INDIOS

El contacto y la acción con los indios, otro capítulo importante. Lenguas diferentes. Actitudes variables ante los nuevos venidos: desde el recelo hasta la oposición violenta, y podríamos decir que era bien natural. Los misioneros eran los encargados de acercarse a ellos amigablemente; les hablaban de una religión inimaginable para su manera de pensar y de convivir. Allí estaban con ellos haciéndose presentes en sus vidas. Les promovían en el trabajo agrícola e industrial. Vivían comunitariamente los nuevos indios cristianos en las misiones. El Beato Junípero, en uno de sus escritos, se lamenta de la obligación que tienen de enseñarles castellano; dice que la evangelización sería mucho más rápida y eficiente si se hiciese en sus respectivas lenguas. El padre Bonaventura Sitjar estudió las variadas lenguas de los indios californianos. El padre Junípero con su Representación» al virrey Bucarelli, hace la declaración de derechos de los indios, y pone los principios para su bienestar físico y espiritual.

Los niños y los jóvenes indios estuvieron en las prioridades de la acción misionera. Las relaciones con los indios tienen un capítulo singular y sangriento en la misión de San Diego, noviembre de 1775. Allí estaban el padre Luis Jaume, de la villa de San Juan de Mallorca y el padre Vicente Fuster, de la provincia de Aragón. Dos indios bautizados que vivían en la misión, fueron por la sierra a decir a los otros indios que los misioneros querían hacerles cristianos a la fuerza. Así convencieron a muchos y se presentaron de noche en la misión, robaron en la iglesia e incendiaron las edificaciones. Los soldados se defendieron y el padre Fuster se pudo esconder. El padre Luis Jaume se acercó a los indios y les saludó a la manera mallorquina de la época: Amar a Dios». Lo agarraron, lo llevaron al bosque, lo desnudaron, le dieron con porras y lo asaetearon hasta que murió. El hecho produjo una gran consternación entre los misioneros y pobladores. Cuando lo supo el padre Junípero, dio gracias a Dios porque se había regado la tierra con la sangre de un mártir, pero, por otra parte, no podía ocultar la tristeza de su muerte y el gran problema sobre la seguridad que planteaba. Ante este hecho, el Beato Junípero no aceptó la pena de muerte para los culpables. «A1 matador dejarle para que se salve, que es el título de nuestra venida. Darle a entender, con algún moderado castigo, que se le perdona, en cumplimiento de nuestra ley, que nos manda perdonar injurias y procúrese no su muerte, sino su vida eterna». Y esto lo tenía establecido para él y para todos los misioneros. Obra de paz, no de guerra, todo lo contrario de los conquistadores humanos. Y esto en un tiempo que la ejecución capital era frecuente en nuestras plazas.

La nueva Iglesia de California no recibía la plenitud del don del Espíritu Santo a través del sacramento de la Confirmación. Por concesión de Clemente XIV, pudo el padre presidente administrar el sacramento. El breve apostólico pasó todos los trámites que imponía el Regalismo: Pase Regio, Corte Virreinal. Hasta 1778 no llegó a manos de fray Junípero. Así que empuña su bastón y a recorrer las misiones; a preparar a los que lo tenían que recibir; a superar obstáculos, como siempre, sobre todo su salud, que continuaba muy deteriorada, de manera especial la llaga de la pierna. En ciertos momentos no podía tenerse en pie y el asma le oprimía el pecho, como un intenso dolor que le ahogaba. Pero su ansia apostólica puede más y es, además, la ocasión para contactar con todas las misiones. Cuando vuelve a la misión de San Carlos Borromeo, la suya, dirá humildemente: «Edificado vengo de lo que he visto han trabajado en las otras misiones; aquí siempre nos quedamos atrás. Los seis últimos años de vida del padre Serra, estando de gobernador don Felipe de Neve, fueron de una lucha agotadora contra la intromisión y persecución solapada del nuevo gobernador, que se consideraba señor absoluto de todo lo que estaba bajo su mando, misioneros incluidos. Puso la falsa excusa que la concesión papal de confirmar no tenía el placet regio y se lo prohibió. Junípero contó con el apoyo incondicional de los misioneros. El escándalo público fue inevitable. Tuvieron que acudir al virrey de Nueva España, que certificó que la concesión pontificia estaba en regla. Don Felipe de Neve tuvo que saborear su amargo fracaso... ¿Es que los misioneros no tenían otros problemas que resolver y otras cosas en que ocuparse...?


UN SANTO, UN HÉROE

Llegamos a los últimos días del Beato Junípero, a quien llamaban los indios «el Padre viejo». A pesar del mal estado de salud, quiso hacer una última visita a las misiones, administrando la Confirmación, después del incidente sobre el asunto con el gobernador. Había visto nacer y crecer las comunidades cristianas de California: «Su gozo y su corona». Estaba a punto de poder decir: «He acabado la carrera», que podríamos adjetivar en términos deportivos, «de obstáculos».

Fray Junípero estaba muy enfermo, toda su vida fue una lucha entre sus graves dolencias y el ánimo, el ardor de su espíritu que las superaba, diríamos que casi milagrosamente. Cuando le hablaban de remedios decía que no valía la pena. Quiso tener consigo a su amigo del alma y sucesor el padre Francisco Palou; el otro gran compañero, el padre Juan Crespí, le había precedido y tenían junto a ellos su sepulcro y su recuerdo. Deseaba despedirse personalmente de todos, para ello quiso que se acercasen a Monterrey los misioneros a recoger la parte anual del abastecimiento que les enviaban. Palou afirma que fray Junípero conocía la hora de su muerte. Se concentró unos días de retiro espiritual, y al final hizo una ejemplar confesión general de sus pecados.

La última prueba, difícil y punzante como pocas, le sobrevino pocos días antes de su muerte. Se intentaba sustituir a los franciscanos de la Alta California por los dominicos. Veía tambalearse el edificio de unas misiones que prometían mucho y que habían levantado a base de mucho sacrificio. ¿Tan mal lo habían hecho ellos? Las misiones deben continuar, a pesar de la falta de misioneros. Piensan Junípero y Palou en sus hermanos de Mallorca. Fue tres días antes de la muerte de Junípero, cuando Palou decide escribir su vida y enviarla a Mallorca para animarles, después de conocer la grandeza de su vida apostólica y franciscana, a que les enviasen los refuerzos que necesitaban. Nos encontramos ante el supremo sacrificio que se pide al padre de California antes de su muerte, como Abraham con Isaac. Con esta pena murió él, aunque el cambio no se consumó después de su muerte.


LA HORA DEL DESCANSO Y DE LA GLORIA

El 25 y 26 de agosto los pasó muy mal, pidió que le dejasen tranquilo todo el día dentro de su recogimiento. Amaneció el día 27 y solicitó el Viático. Le pidieron que estuviese tranquilo en su pobre celda y que cuando quisiese se lo llevarían. El enfermo se opuso, era él quien tenía que ir al encuentro del Señor. Se organizó una singular procesión presidida por un moribundo. Le acompañaban los dos misioneros, el comandante del fuerte, un destacamento de soldados y todos los indios. El padre Palou, incensario en mano, comenzó la ceremonia, fray Junípero entonó el Tantum ergo con voz y entusiasmo. Cumplieron escrupulosamente todas las rúbricas en la administración del Viático. Se retiró después a la soledad de su celda. Se sentó en la rústica mesa y quedó sumido en profunda contemplación todo el día. Aquella noche solicitó la Unción de los Enfermos, que recibió sentado en su humilde e incómoda silla de cañas. Rezó los salmos penitenciales y las letanías de los Santos, los amigos que le acompañarían en el viaje. Sólo encontraba un poco de alivio estando en el suelo. Parecía que quería morir sobre la madre tierra. Quiso recibir la absolución general con gran gozo del espíritu.

Amaneció el 28 de agosto. A los marineros amigos, que no había visto desde hacía tiempo les pide: «Háganme la caridad y obra de misericordia de echarme un poco de tierra encima, que mucho se lo agradeceré». Y al padre Palou le dijo: «Deseo que me entierre en la iglesia, cerquita del padre Juan Crespí, por ahora, que cuando hagan la iglesia de piedra me tirarán donde quisieren». Palou, emocionado pidió que rogase por ellos; le respondió: «Prometo que si el Señor, por su infinita misericordia, me concede la eterna felicidad, que desmerecen mis culpas, que así lo haré por todos, y el que se logre la reducción de tanta gentilidad que dejo sin convertir».

Sintió una turbación, un miedo intenso. Pidió que le leyesen la recomendación del alma, él contestaba con toda devoción. Acabadas las preces, dando muestras de alegría, exclamó: «Gracias a Dios ya se me quitó totalmente el miedo».

Se sentó nuevamente a la mesa y llegó el mediodía, y dijo a los presentes: ,Vamos a descansar. Quedó solo en su pequeña habitación, se tumbó vestido con su sayal franciscano sobre las pobres tablas, y abrazándose a la cruz que había llevado desde su Mallorca, de los tiempos de su noviciado, se durmió en el tiempo, para despertarse en la eternidad. Era un poco más de las dos de la tarde del día de San Agustín de 1784. Tenía setenta años, nueve meses y cuatro días de edad.

Fray Francisco Palou, al percatarse de tanto silencio, entró en la habitación y vio que había expirado. Le colocaron en un ataúd de sequoia vestido del simple hábito franciscano como él quería. Todos querían tocarlo y tener alguna reliquia. Tuvo los honores de general en plaza, aquel que tanto había hecho para el bien de todos; las campanas de su misión anunciaron su muerte, y su cuerpo, ya sin vida, reposa desde entonces el sueño de los justos en su querida misión. Todos oraron por él y con él en solemnes funerales, acompañados de las lágrimas de aquellos que tanto le querían.

El Beato Junípero Serra, como extraordinario amigo de Dios, evangelizador singular que nunca se desalentó, y artífice de la promoción humana, es merecedor de tenerle en nuestra memoria para estimularnos en el camino del bien y obtener su intercesión. Mallorca, su amada patria, y la orden franciscana son especialmente herederas de su persona. Éstas ofrecieron la vida grandiosa de Junípero a las tierras americanas, para enriquecerlas como donación generosa, más que como posesión egoísta de una colonización. Junípero está entre los egregios misioneros que han hecho historia.

Su vida extraordinaria, como seguidor de Jesucristo, va más allá del don sobrenatural de la fe y del sacerdocio, que ofreció desgastándose, inmolándose, especialmente al servicio y en beneficio de los más pobres. Es un gran héroe humanamente hablando. Su vida llega e impregna a la sociedad civil, constituyéndole padre de un pueblo, la California de nuestros días. Juan Pablo II, declaró ante su sepulcro, el 17 de septiembre de 1987: «Ejerce una influencia permanente sobre el patrimonio espiritual de esta tierra y de su pueblo, con independencia de su religión».

Por el Tratado de Guadalupe Hidalgo de 1848, México cedió la California juniperiana a los Estados Unidos de América. El nuevo pueblo de cultura inglesa, que se instala en estas tierras, se ha hecho suya de una manera inimaginable la herencia del humilde fraile mallorquín. Parece que les encanta que una de las potencias económicas, culturales, artísticas, turísticas, industriales, agrícolas del mundo, California, esté capitaneada en los comienzos de su historia por un voluntariamente humilde hijo de San Francisco, que luchó contra el desaliento, que sabía agarrar la azada junto a los libros y que lo dio todo por aquellas tierras californianas, que se convirtieron en su patria de adopción.

Los monumentos a su memoria se sitúan por doquier; las misiones, The Missions, las veintiuna, son la primera y más preciada historia de California, son los grandes centros de la memoria de su pasado, que miman su conservación en todos los aspectos. Devolvieron las misiones a la Iglesia católica, después que los mexicanos, una vez obtenida su independencia, habían aplicado una desamortización a su manera vendiéndolas, al mismo tiempo que destruían la obra social instituida para los indios por el Beato Junípero Serra. El día 1 de marzo de 1931, la bella y grandiosa estatua de Junípero Serra llegaba a Washington y era colocada en la Galería de la Fama en el Capitolio, entre los próceres y héroes de cada uno de los Estados, el suyo el de California, donde sus representantes democráticos no permitieron que fuera sustituido por otro personaje: Junípero Serra era el primer californiano sin discusión.

La Iglesia desde el 25 de septiembre de 1988, por decreto de Juan Pablo II, le tributa el honor de los altares como beato. En el culto restringido, propio de los beatos, Mallorca y la orden franciscana celebran su fiesta el 26 de agosto, porque el día 28 es la fiesta de San Agustín. Los Estados Unidos de América hacen coincidir la conmemoración litúrgica con su entrada en California, cuando se fundó la primera misión, la de San Diego.

PERE RIUTORT MESTRE, M.SS.CC