miércoles, 29 de marzo de 2017

Santo Evangelio 29 de Marzo 2017


Día litúrgico: Miércoles IV de Cuaresma

Texto del Evangelio (Jn 5,17-30): En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Mi Padre trabaja hasta ahora, y yo también trabajo» Por eso los judíos trataban con mayor empeño de matarle, porque no sólo quebrantaba el sábado, sino que llamaba a Dios su propio Padre, haciéndose a sí mismo igual a Dios. 

Jesús, pues, tomando la palabra, les decía: «En verdad, en verdad os digo: el Hijo no puede hacer nada por su cuenta, sino lo que ve hacer al Padre: lo que hace Él, eso también lo hace igualmente el Hijo. Porque el Padre quiere al Hijo y le muestra todo lo que Él hace. Y le mostrará obras aún mayores que estas, para que os asombréis. Porque, como el Padre resucita a los muertos y les da la vida, así también el Hijo da la vida a los que quiere. Porque el Padre no juzga a nadie; sino que todo juicio lo ha entregado al Hijo, para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo no honra al Padre que lo ha enviado. En verdad, en verdad os digo: el que escucha mi Palabra y cree en el que me ha enviado, tiene vida eterna y no incurre en juicio, sino que ha pasado de la muerte a la vida. 

»En verdad, en verdad os digo: llega la hora (ya estamos en ella), en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oigan vivirán. Porque, como el Padre tiene vida en sí mismo, así también le ha dado al Hijo tener vida en sí mismo, y le ha dado poder para juzgar, porque es Hijo del hombre. No os extrañéis de esto: llega la hora en que todos los que estén en los sepulcros oirán su voz y saldrán los que hayan hecho el bien para una resurrección de vida, y los que hayan hecho el mal, para una resurrección de juicio. Y no puedo hacer nada por mi cuenta: juzgo según lo que oigo; y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado».


«En verdad, en verdad os digo: el que escucha mi Palabra y cree en el que me ha enviado, tiene vida eterna»
Rev. D. Francesc PERARNAU i Cañellas 
(Girona, España)



Hoy, el Evangelio nos habla de la respuesta que Jesús dio a algunos que veían mal que Él hubiese curado a un paralítico en sábado. Jesucristo aprovecha estas críticas para manifestar su condición de Hijo de Dios y, por tanto, Señor del sábado. Unas palabras que serán motivo de la sentencia condenatoria el día del juicio en casa de Caifás. En efecto, cuando Jesús se reconoció Hijo de Dios, el gran sacerdote exclamó: «¡Ha blasfemado! ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acabáis de oír la blasfemia, ¿qué os parece?» (Mt 26,65).

Muchas veces, Jesús había hecho referencias al Padre, pero siempre marcando una distinción: la Paternidad de Dios es diferente si se trata de Cristo o de los hombres. Y los judíos que le escuchaban le entendían muy bien: no era Hijo de Dios como los otros, sino que la filiación que reclama para Él mismo es una filiación natural. Jesús afirma que su naturaleza y la del Padre son iguales, aun siendo personas distintas. Manifiesta de esta manera su divinidad. Es éste un fragmento del Evangelio muy interesante de cara a la revelación del misterio de la Santísima Trinidad.

Entre las cosas que hoy dice el Señor hay algunas que hacen especial referencia a todos aquellos que a lo largo de la historia creerán en Él: escuchar y creer a Jesús es tener ya la vida eterna (cf. Jn 5,24). Ciertamente, no es todavía la vida definitiva, pero ya es participar de la promesa. Conviene que lo tengamos muy presente, y que hagamos el esfuerzo de escuchar la palabra de Jesús, como lo que realmente es: la Palabra de Dios que salva. La lectura y la meditación del Evangelio ha de formar parte de nuestras prácticas religiosas habituales. En las páginas reveladas oiremos las palabras de Jesús, palabras inmortales que nos abren las puertas de la vida eterna. En fin, como enseñaba san Efrén, la Palabra de Dios es una fuente inagotable de vida.

Thomas Clements encontró en Dios la verdadera libertad que él buscaba en la fiesta, las drogas y el alcohol


Thomas Clements cuenta cómo halló libertad y alegría real en la fe

Drogas, fiesta, alcohol, lo que veía en MTV, nada le hacía feliz... pero un día decidió ir a misa

Thomas Clements encontró en Dios la verdadera libertad que él buscaba en la fiesta, las drogas y el alcohol

Drogas, fiesta, alcohol, lo que veía en MTV, nada le hacía feliz... pero un día decidió ir a misa

Thomas Clements tenía todo lo que hoy en día el pensamiento dominante considera necesario para ser feliz. Él se consideraba “libre” y por ello hacía lo que quería. Era una persona con aparente éxito que vivía en Florida en una casa a pie de playa. Era joven e independiente, montaba fiestas por lo que era popular en su entorno. Además tenía dinero y la noche era su hábitat, en la que el alcohol y las drogas eran algo habitual.

“Básicamente tenía todo lo que se dice que es necesario para la verdadera felicidad y la plenitud”, afirma este joven estadounidense. Pero sólo había un problema: pese a tener todo lo supuestamente necesario para ser feliz, “yo estaba totalmente deprimido”, confiesa.

Unos referentes que prometían la felicidad
El estilo de vida que vendían los medios, el cine, el mundo de la música y la cultura, que tanto él como millones de jóvenes imitaban se le vino abajo. No era más que una apariencia que no se sostenía pero no fue consciente de ello hasta que tocó fondo.

“Buscaba todo aquello en lo que crecí creyendo que me haría feliz: el placer, el disfrute, el estilo de vida rockstar de los iconos que como un joven adolescente vi en MTV y en las películas”, cuenta en su testimonio publicado en Ignitum Today.


Thomas era joven y vivía en Destin, junto al mar, volcado en la fiesta, el alcohol y las drogas

Su lema era: "haz lo que te apetezca"
Movido por estos referentes culturales su lema era que “la gente debe ser capaz de hacer lo que quiera siempre y cuando no hagas daño a los demás”. Y por ello, Thomas hizo suyo este impulso de “haz lo que te apetezca” aunque su deseo estuviera por delante de las personas que le rodeaban y pudiera dañarlas. Y así vivía, fiestas, alcohol, drogas, “sin restricciones internas o externas, hice lo que quise, cuando quise”.

Un "círculo vicioso"
Esta vida, sin embargo, “no me llevaba a la felicidad y plenitud que se me había prometido”. Y es que como el mismo Thomas relata, “cuanto más elegía servirme a mí mismo, más deprimido estaba. Y cuanto más deprimido me volvía, más me servía a mí mismo”. Era en definitiva, “un círculo vicioso” formado por “vicios muy reales” del que no conseguía salir.

Este círculo comenzó poco a poco a resquebrajarse cuando dejó la casa en la que vivía para trasladarse a un apartamento en otra ciudad. En ese momento se dio cuenta de que “todo lo que intentaba en mi búsqueda de la felicidad me dejaba más vacío”.

Su primer contacto con Dios
Por ello, le dio una pequeña oportunidad a Jesucristo, del que le habían hablado de niño y en su adolescencia. Esa noche, recuerda, “sentí  algo lo suficientemente grande como para poder traspasar las puertas de una iglesia católica y asistir a misa el domingo”.

Ese domingo fue a misa “y las cosas empezaron a ir hacia arriba”. Pero su conversión no fue inmediata, sino que fue un proceso largo en el que tuvo que ir liberándose de esos ídolos que le habían esclavizado durante años.

Conoció a Jesús pero quiso moldearlo a su manera
“Pensaba que yo podía seguir haciendo lo que quisiera mientras yo amara a Jesús. Mi incomprensión de Jesús y de lo que es el amor me llevaría por un camino que era sorprendentemente similar al que yo creía haber dejado atrás”, relata Thomas.

El verdadero cambio en su vida
En definitiva, se había acercado a la Iglesia pero seguía siendo presa del relativismo pues pensaba que “estaba libre de las reglas que otros me imponían” pues en el fondo consideraba que lo que la Iglesia decía era para coartar su libertad. “Creía que sin estas reglas podría ser feliz, que conocía a Jesús y que Él no establecería reglas para mí que no fueran para ser feliz”.

Tardó en darse cuenta del error en el que vivía. Y el egoísmo siguió liderando su vida aunque la apariencia fuera diferente. Y tras problemas con los estudios acabó finalmente llegando  a una universidad católica. Precisamente ahí empezó a entender que Dios era otra cosa y que la felicidad no era hacer lo que uno quería sino lo que Dios quería.

La obediencia, la verdadera libertad
Thomas Clements recuerda feliz como en ese momento asistió "a una clase de Teología en la que aprendí que la Iglesia no era como lo que mucha gente dice que es. Además, al rezar el Rosario todos los días, asistir a la misa diaria, tener conversaciones filosóficas y teológicas con los demás, y leer las palabras de los santos, aprendí que Dios quería que lo amara y mostrara mi amor por él a través de la obediencia”.

De este modo, este joven empezó a sacrificar esa “libertad” mal entendida y la vida que llevaba por la obediencia a la Iglesia. “Fui siguiendo estas instrucciones y finalmente encontré lo que siempre había deseado: Jesús. No sólo una idea de él, sino una relación personal, una verdadera amistad. Mis días estaban llenos de milagros, mi vida estaba siendo puesta de nuevo ante mis ojos”.

En la actualidad, además de su profesión como docente, Thomas también hace apostolado a través de la música cristiana

Obedeciendo pudo dejar los vicios que le esclavizaban
La conversión se había producido pero no hacia un dios hecho a medida sino hacía el Dios que realmente da la felicidad. La fecha la tiene marcada a fuego en su memoria: 24 de abril de 2007. “Con la ayuda del Espíritu Santo, finalmente renuncié a mi mortífero círculo vicioso”, afirma, y desde entonces “dejé de beber y drogarme”.

Mirando su historia, Thomas Clements confiesa que “pensé que tenía todo en la playa, pero en realidad no tenía nada. Al renunciar a lo que yo pensaba que era todo, realmente gané todo. Todavía vuelvo a la playa de Destin de vacaciones, pero nunca volveré a una vida sin Jesús. Nada podría ser peor que una vida sin Jesús. Lo sé por experiencia”.

Ahora es profesor de Religión y padre de tres hijos
Thomas acabó estudiando Teología en el Southern Catholic College, y los completó en la Universidad Franciscana de Steubenville, considerada como la más católica del mundo. Y actualmente es profesor de Religión y Teología en un instituto. Está casado y es padre de tres hijos, mostrando a los jóvenes su experiencia de que la verdadera libertad pasa por la obediencia.

martes, 28 de marzo de 2017

Santo Evangelio 28 de Marzo 2017


Día litúrgico: Martes IV de Cuaresma

Texto del Evangelio (Jn 5,1-3.5-16): Era el día de fiesta de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Hay en Jerusalén, junto a la Probática, una piscina que se llama en hebreo Betsaida, que tiene cinco pórticos. En ellos yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos, paralíticos, esperando la agitación del agua. Había allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo. Jesús, viéndole tendido y sabiendo que llevaba ya mucho tiempo, le dice: «¿Quieres curarte?». Le respondió el enfermo: «Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se agita el agua; y mientras yo voy, otro baja antes que yo». Jesús le dice: «Levántate, toma tu camilla y anda». Y al instante el hombre quedó curado, tomó su camilla y se puso a andar. 

Pero era sábado aquel día. Por eso los judíos decían al que había sido curado: «Es sábado y no te está permitido llevar la camilla». Él le respondió: «El que me ha curado me ha dicho: ‘Toma tu camilla y anda’». Ellos le preguntaron: «¿Quién es el hombre que te ha dicho: ‘Tómala y anda?’». Pero el curado no sabía quién era, pues Jesús había desaparecido porque había mucha gente en aquel lugar. Más tarde Jesús le encuentra en el Templo y le dice: «Mira, estás curado; no peques más, para que no te suceda algo peor». El hombre se fue a decir a los judíos que era Jesús el que lo había curado. Por eso los judíos perseguían a Jesús, porque hacía estas cosas en sábado.


«Jesús, viéndole tendido (...), le dice: ‘¿Quieres curarte?’»
Rev. D. Àngel CALDAS i Bosch 
(Salt, Girona, España)


Hoy, san Juan nos habla de la escena de la piscina de Betsaida. Parecía, más bien, una sala de espera de un hospital de trauma: «Yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos, paralíticos» (Jn 5,3). Jesús se dejó caer por allí.

¡Es curioso!: Jesús siempre está en medio de los problemas. Allí donde haya algo para “liberar”, para hacer feliz a la gente, allí está Él. Los fariseos, en cambio, sólo pensaban en si era sábado. Su mala fe mataba el espíritu. La mala baba del pecado goteaba de sus ojos. No hay peor sordo que el que no quiere entender. 

El protagonista del milagro llevaba treinta y ocho años de invalidez. «¿Quieres curarte?» (Jn 5,6), le dice Jesús. Hacía tiempo que luchaba en el vacío porque no había encontrado a Jesús. Por fin, había encontrado al Hombre. Los cinco pórticos de la piscina de Betsaida retumbaron cuando se oyó la voz del Maestro: «Levántate, toma tu camilla y anda» (Jn 5,8). Fue cuestión de un instante.

La voz de Cristo es la voz de Dios. Todo era nuevo en aquel viejo paralítico, gastado por el desánimo. Más tarde, san Juan Crisóstomo dirá que en la piscina de Betsaida se curaban los enfermos del cuerpo, y en el Bautismo se restablecían los del alma; allá, era de cuando en cuando y para un solo enfermo. En el Bautismo es siempre y para todos. En ambos casos se manifiesta el poder de Dios por medio del agua.

El paralítico impotente a la orilla del agua, ¿no te hace pensar en la experiencia de la propia impotencia para hacer el bien? ¿Cómo pretendemos resolver, solos, aquello que tiene un alcance sobrenatural? ¿No ves cada día, a tu alrededor, una constelación de paralíticos que se “mueven” mucho, pero que son incapaces de apartarse de su falta de libertad? El pecado paraliza, envejece, mata. Hay que poner los ojos en Jesús. Es necesario que Él —su gracia— nos sumerja en las aguas de la oración, de la confesión, de la apertura de espíritu. Tú y yo podemos ser paralíticos sempiternos, o portadores e instrumentos de luz.

Hizo el Camino de Santiago en sotana y fue un imán: ahora así «pesca almas» con éxito en la ciudad


Pasea con una cruz y un Rosario y mucha gente se le acerca a pedir ayuda

Hizo el Camino de Santiago en sotana y fue un imán: ahora así «pesca almas» con éxito en la ciudad

Con su crucifijo y su rosario, y ataviado con su sotana, el padre Carney recorre las calles de la ciudad

Hizo el Camino de Santiago en sotana y fue un imán: ahora así «pesca almas» con éxito en la ciudad

Sotana, sombrero de teja, un rosario en una mano y un gran crucifijo en otra. Esta estampa podría estar sacada de cualquier pueblo o ciudad en los años 30 del pasado siglo pero este es el día a día del padre Lawrence Carney, que recorre así las calles del estado de Misuri (Estados Unidos) evangelizando o “pescando almas”, como a él le gusta decir.

Su objetivo es claro: evangelizar a tiempo y a destiempo. Y para ello lleva más de tres años paseando por el casco urbano de Saint Joseph y otras ciudades rezando el Rosario y compartiendo el Evangelio con los que se encuentra y con los que se acercan a él tras observar su vestimenta clerical ya tan poco frecuente.

Este sacerdote ordenado en la diócesis texana de Wichita explica por qué lo hace: “Es lo que hizo Nuestro Señor. Muchas personas me ven y les mueve el venir a mí y hablar”.

Todo comenzó haciendo el Camino de Santiago
Pero este apostolado que completa con la sotana no le vino a la cabeza de cualquier manera sino que todo se debe a su experiencia haciendo la peregrinación del Camino de Santiago.

Durante 32 días recorrió el padre Carney el norte de España para llegar a la tumba del apóstol. Y eligió hacer esta peregrinación descartando la ropa deportiva o el tradicional traje de calle eclesiástico optando por usar la sotana. Durante todos esos días que peregrinó habló durante con más de 1.000 personas que se le acercaban.


Los beneficios de la sotana
“Hay algo misterioso en la sotana que actúa como un imán, atrayendo a la gente hacia ti. Es un sacramental que tiene una bendición especial que el traje no tiene”, afirma este sacerdote, tal y como recoge el semanario Our Sunday Visitor.

Una vez de vuelta a Estados Unidos se preguntó si lo que le había sucedido en el Camino de Santiago funcionaría en su país. De este modo, Lawrence Carney se puso de nuevo la sotana y como armas un Rosario y un crucifijo de gran tamaño, salió a pasear por las calles de la ciudad mientras rezaba y hablaba con la gente. Y él mismo asegura que los resultados son “fenomenales”. Tanto es así que ya lleva años haciéndolo.

Frutos palpables y concretos
Una amiga suya, Irene DiPietro ha sido testigo de estos ‘paseos’ del padre Carney y afirma que “fue hermoso y sorprendente. Hombres y mujeres, jóvenes y viejos, ricos y pobres, se acercaban a él e inmediatamente comenzaban a hablar con él acerca de sus problemas. Las adolescentes y mujeres jóvenes lloraban por cosas que sucedían en su vida. Era como si ellos pensaran que él era Dios caminando por la Tierra”.

Estos paseos le han granjeado como consecuencia muchos amigos. Como un hombre que al verle bajó de su gran coche y le preguntó qué estaba haciendo. “Estoy pescando”, le dijo, y a continuación le colocó el Rosario alrededor del cuello. Ambos rieron, hablaron durante horas y en estos años se han hecho amigos. Ahora él está en proceso de conversión al catolicismo.

Otro caso es el del encuentro con un hombre que luego le reveló que era un sacerdote ortodoxo griego que había dejado el ministerio activo tras divorciarse. Incluso mostró al padre Carney la casulla y el misal griego que utilizaba. “Tenemos que ayudarle a volver a decir misa para que Dios pueda venir a la Tierra a través de las manos de un cura más”, fue lo que dijo este sacerdote católico.


Sin miedo a las burlas
A pesar de los frutos de este ministerio, no le faltan las burlas de los viandantes pero él lo ve como una oportunidad para rezar la Medalla Milagrosa y encomendarse a la Virgen.

El padre Carney considera necesario hacer visible a Cristo y a su Iglesia y por ello cree que hay que salir a la calle ya sea sólo o con otro compañero sacerdote. Al principio muchos sacerdotes eran reacios a apoyarle pero poco a poco han ido cambiando de opinión.

Y por ello anima a todos los sacerdotes a salir a la calle y hacerse presentes. “El rezo del Rosario en las calles no es algo de lo que nosotros, los sacerdotes, debamos tener miedo. Va  a tener grandes beneficios espirituales en nuestras vidas y en nuestras parroquias”.

Su sueño de crear una comunidad contemplativo-evangelizadora
Su sueño pasa además por poder establecer algún día los Canónigos Regulares de San Martín de Tours, una comunidad religiosa basada en la forma de vida que actualmente lleva. Sería una comunidad semi-contemplativa, basada en la regla de San Agustín y una “mezcla entre monje y apóstol”. Oración y misa por la mañana y por las tardes los monjes de dos en dos saldrían a la calle para llevar a la gente a la Iglesia.

El padre Carney es un defensor de la misa según el modo extraordinario

Mientras tanto, el padre Carney atiende a como capellán a una orden de monjas tradicionales, las benedictinas de María, Reina de los Apóstoles. Todos los días visita la comunidad, celebra con ellas misas según el Rito Extraordinario, confiesa a las religiosas que se lo piden y les ofrece una guía espiritual. Y por las tardes realiza su misión por las calles.

Así se forjó su vocación
Lawrence Carney se crio en una familia católica muy devota en Wichita y asistió a un colegio católico. Y un día cuando aún era muy niño les visitó un sacerdote redentorista. Todavía recuerda que éste le hizo entrega de una estampa de la Virgen del Perpetuo Socorro y le dijo: “Si alguna vez necesitas ayuda pídesela a la Virgen”.

Veinte años más tarde, cuando empezaba a discernir su vocación al sacerdocio, Lawrence acudió a aquella misma sala en la que recibió esta estampa, que ahora era una capilla de adoración perpetua.

“Recuerdo vivamente donde este redentorista se paró y nos habló acerca de la Virgen. Su cara estaba en mismo lugar en el que estaba ahora el Santísimo Sacramento”, recuerda el ahora sacerdote.

Él vio este signo como un mensaje claro de que debía ser sacerdote. Y finalmente fue ordenado en 2007. Ahora su misión es ser “pescador de hombres”.

lunes, 27 de marzo de 2017

Santo Evangelio 27 de Marzo 2017


Día litúrgico: Lunes IV de Cuaresma

Texto del Evangelio (Jn 4,43-54): En aquel tiempo, Jesús partió de Samaría para Galilea. Jesús mismo había afirmado que un profeta no goza de estima en su patria. Cuando llegó, pues, a Galilea, los galileos le hicieron un buen recibimiento, porque habían visto todo lo que había hecho en Jerusalén durante la fiesta, pues también ellos habían ido a la fiesta. Volvió, pues, a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino.

Había un funcionario real, cuyo hijo estaba enfermo en Cafarnaúm. Cuando se enteró de que Jesús había venido de Judea a Galilea, fue donde Él y le rogaba que bajase a curar a su hijo, porque se iba a morir. Entonces Jesús le dijo: «Si no veis señales y prodigios, no creéis». Le dice el funcionario: «Señor, baja antes que se muera mi hijo». Jesús le dice: «Vete, que tu hijo vive».

Creyó el hombre en la palabra que Jesús le había dicho y se puso en camino. Cuando bajaba, le salieron al encuentro sus siervos, y le dijeron que su hijo vivía. El les preguntó entonces la hora en que se había sentido mejor. Ellos le dijeron: «Ayer a la hora séptima le dejó la fiebre». El padre comprobó que era la misma hora en que le había dicho Jesús: «Tu hijo vive», y creyó él y toda su familia. Esta nueva señal, la segunda, la realizó Jesús cuando volvió de Judea a Galilea.


«Jesús partió de Samaría para Galilea»
Rev. D. Ramon Octavi SÁNCHEZ i Valero 
(Viladecans, Barcelona, España)


Hoy volvemos a encontrar a Jesús en Caná de Galilea, donde había realizado el conocido milagro de la conversión del agua en vino. Ahora, en esta ocasión, hace un nuevo milagro: la curación del hijo de un funcionario real. Aunque el primero fue espectacular, éste es —sin duda— más valioso, porque no es algo material lo que se soluciona con el milagro, sino que se trata de la vida de una persona.

Lo que llama la atención de este nuevo milagro es que Jesús actúa a distancia, no acude a Cafarnaúm para curar directamente al enfermo, sino que sin moverse de Caná hace posible el restablecimiento: «Le dice el funcionario: ‘Señor, baja antes que se muera mi hijo’. Jesús le dice: ‘Vete, que tu hijo vive’» (Jn 4,49.50).

Esto nos recuerda a todos nosotros que podemos hacer mucho bien a distancia, es decir, sin tener que hacernos presentes en el lugar donde se nos solicita nuestra generosidad. Así, por ejemplo, ayudamos al Tercer Mundo colaborando económicamente con nuestros misioneros o con entidades católicas que están allí trabajando. Ayudamos a los pobres de barrios marginales de las grandes ciudades con nuestras aportaciones a instituciones como Cáritas, sin que debamos pisar sus calles. O, incluso, podemos dar una alegría a mucha gente que está muy distante de nosotros con una llamada de teléfono, una carta o un correo electrónico.

Muchas veces nos excusamos de hacer el bien porque no tenemos posibilidades de hacernos físicamente presentes en los lugares en los que hay necesidades urgentes. Jesús no se excusó porque no estaba en Cafarnaúm, sino que obró el milagro.

La distancia no es ningún problema a la hora de ser generoso, porque la generosidad sale del corazón y traspasa todas las fronteras. Como diría san Agustín: «Quien tiene caridad en su corazón, siempre encuentra alguna cosa para dar».

No te acuerdes Señor de mi pecado





Si me desechas tú, Padre amoroso,
¿a quién acudiré que me reciba?
Tú al pecador dijiste generoso
que no quieres su muerte, ¡oh Dios piadoso!,
sino que llore y se convierta y viva.
Cumple en mí la palabra que me has dado
y escucha el ansia de mi afán profundo,
no te acuerdes, Señor, de mi pecado;
piensa tan sólo que en la cruz clavado
eres, Dios mío, el Redentor del mundo. 
Amén.

domingo, 26 de marzo de 2017

Santo Evangelio 16 de Marzo 2017


Día litúrgico: Domingo IV (A) de Cuaresma

Texto del Evangelio (Jn 9,1-41): En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. Y le preguntaron sus discípulos: «Rabbí, ¿quién pecó, él o sus padres, para que haya nacido ciego?». Respondió Jesús: «Ni él pecó ni sus padres; es para que se manifiesten en él las obras de Dios. Tenemos que trabajar en las obras del que me ha enviado mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy luz del mundo». Dicho esto, escupió en tierra, hizo barro con la saliva, y untó con el barro los ojos del ciego y le dijo: «Vete, lávate en la piscina de Siloé» (que quiere decir Enviado). El fue, se lavó y volvió ya viendo. 

Los vecinos y los que solían verle antes, pues era mendigo, decían: «¿No es éste el que se sentaba para mendigar?». Unos decían: «Es él». «No, decían otros, sino que es uno que se le parece». Pero él decía: «Soy yo». Le dijeron entonces: «¿Cómo, pues, se te han abierto los ojos?». Él respondió: «Ese hombre que se llama Jesús, hizo barro, me untó los ojos y me dijo: ‘Vete a Siloé y lávate’. Yo fui, me lavé y vi». Ellos le dijeron: «¿Dónde está ése?». El respondió: «No lo sé». 

Lo llevan donde los fariseos al que antes era ciego. Pero era sábado el día en que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. Los fariseos a su vez le preguntaron cómo había recobrado la vista. Él les dijo: «Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo». Algunos fariseos decían: «Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado». Otros decían: «Pero, ¿cómo puede un pecador realizar semejantes señales?». Y había disensión entre ellos. Entonces le dicen otra vez al ciego: «¿Y tú qué dices de Él, ya que te ha abierto los ojos?». Él respondió: «Que es un profeta». 

No creyeron los judíos que aquel hombre hubiera sido ciego, hasta que llamaron a los padres del que había recobrado la vista y les preguntaron: «¿Es éste vuestro hijo, el que decís que nació ciego? ¿Cómo, pues, ve ahora?». Sus padres respondieron: «Nosotros sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego. Pero, cómo ve ahora, no lo sabemos; ni quién le ha abierto los ojos, eso nosotros no lo sabemos. Preguntadle; edad tiene; puede hablar de sí mismo». Sus padres decían esto por miedo por los judíos, pues los judíos se habían puesto ya de acuerdo en que, si alguno le reconocía como Cristo, quedara excluido de la sinagoga. Por eso dijeron sus padres: «Edad tiene; preguntádselo a él». 

Le llamaron por segunda vez al hombre que había sido ciego y le dijeron: «Da gloria a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador». Les respondió: «Si es un pecador, no lo sé. Sólo sé una cosa: que era ciego y ahora veo». Le dijeron entonces: «¿Qué hizo contigo? ¿Cómo te abrió los ojos?». Él replicó: «Os lo he dicho ya, y no me habéis escuchado. ¿Por qué queréis oírlo otra vez? ¿Es qué queréis también vosotros haceros discípulos suyos?». Ellos le llenaron de injurias y le dijeron: «Tú eres discípulo de ese hombre; nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios; pero ése no sabemos de dónde es». El hombre les respondió: «Eso es lo extraño: que vosotros no sepáis de dónde es y que me haya abierto a mí los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores; mas, si uno es religioso y cumple su voluntad, a ése le escucha. Jamás se ha oído decir que alguien haya abierto los ojos de un ciego de nacimiento. Si éste no viniera de Dios, no podría hacer nada». Ellos le respondieron: «Has nacido todo entero en pecado ¿y nos das lecciones a nosotros?». Y le echaron fuera. 

Jesús se enteró de que le habían echado fuera y, encontrándose con él, le dijo: «¿Tú crees en el Hijo del hombre?». El respondió: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?». Jesús le dijo: «Le has visto; el que está hablando contigo, ése es». Él entonces dijo: «Creo, Señor». Y se postró ante Él. Y dijo Jesús: «Para un juicio he venido a este mundo: para que los que no ven, vean; y los que ven, se vuelvan ciegos». Algunos fariseos que estaban con él oyeron esto y le dijeron: «Es que también nosotros somos ciegos?». Jesús les respondió: «Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; pero, como decís: ‘Vemos’ vuestro pecado permanece».


«Vete, lávate»
Rev. D. Joan Ant. MATEO i García 
(La Fuliola, Lleida, España)


Hoy, cuarto domingo de Cuaresma —llamado domingo “alegraos”— toda la liturgia nos invita a experimentar una alegría profunda, un gran gozo por la proximidad de la Pascua.

Jesús fue causa de una gran alegría para aquel ciego de nacimiento a quien otorgó la vista corporal y la luz espiritual. El ciego creyó y recibió la luz de Cristo. En cambio, aquellos fariseos, que se creían en la sabiduría y en la luz, permanecieron ciegos por su dureza de corazón y por su pecado. De hecho, «No creyeron los judíos que aquel hombre hubiera sido ciego, hasta que llamaron a los padres del que había recobrado la vista» (Jn 9,18).

¡Cuán necesaria nos es la luz de Cristo para ver la realidad en su verdadera dimensión! Sin la luz de la fe seríamos prácticamente ciegos. Nosotros hemos recibido la luz de Jesucristo y hace falta que toda nuestra vida sea iluminada por esta luz. Más aun, esta luz ha de resplandecer en la santidad de la vida para que atraiga a muchos que todavía la desconocen. Todo eso supone conversión y crecimiento en la caridad. Especialmente en este tiempo de Cuaresma y en esta última etapa. San León Magno nos exhorta: «Si bien todo tiempo es bueno para ejercitarse en la virtud de la caridad, estos días de Cuaresma nos invitan a hacerlo de manera más urgente».

Sólo una cosa nos puede apartar de la luz y de la alegría que nos da Jesucristo, y esta cosa es el pecado, el querer vivir lejos de la luz del Señor. Desgraciadamente, muchos —a veces nosotros mismos— nos adentramos en este camino tenebroso y perdemos la luz y la paz. San Agustín, partiendo de su propia experiencia, afirmaba que no hay nada más infeliz que la felicidad de aquellos que pecan.

La Pascua está cerca y el Señor quiere comunicarnos toda la alegría de la Resurrección. Dispongámonos para acogerla y celebrarla. «Vete, lávate» (Jn 9,7), nos dice Jesús… ¡A lavarnos en las aguas purificadoras del sacramento de la Penitencia! Ahí encontraremos la luz y la alegría, y realizaremos la mejor preparación para la Pascua.