Un sábado, sucedió que, habiendo ido Jesús a casa de uno de los jefes de los fariseos para comer, ellos le estaban observando. Notando cómo los invitados elegían los primeros puestos, les dijo una parábola: «Cuando seas convidado por alguien a una boda, no te pongas en el primer puesto, no sea que haya sido convidado por él otro más distinguido que tú, y viniendo el que os convidó a ti y a él, te diga: ‘Deja el sitio a éste’, y entonces vayas a ocupar avergonzado el último puesto. Al contrario, cuando seas convidado, vete a sentarte en el último puesto, de manera que, cuando venga el que te convidó, te diga: ‘Amigo, sube más arriba’. Y esto será un honor para ti delante de todos los que estén contigo a la mesa. Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado».
«Notando cómo los invitados elegían los primeros puestos...»
Rev. D. Josep FONT i Gallart
(Getafe, España)
Hoy, ¿os habéis fijado en el inicio de este Evangelio? Ellos, los fariseos, le estaban observando. Y Jesús también observa: «Notando cómo los invitados elegían los primeros puestos» (Lc 14,7). ¡Qué manera tan diferente de observar!
La observación, como todas las acciones internas y externas, es muy diferente según la motivación que la provoca, según los móviles internos, según lo que hay en el corazón del observador. Los fariseos —como nos dice el Evangelio en diversos pasajes— observan a Jesús para acusarlo. Y Jesús observa para ayudar, para servir, para hacer el bien. Y, como una madre solícita, aconseja: «Cuando seas convidado por alguien a una boda, no te pongas en el primer puesto» (Lc 14,8).
Jesús dice con palabras lo que Él es y lo que lleva en su corazón: no busca ser honrado, sino honrar; no piensa en su honor, sino en el honor del Padre. No piensa en Él sino en los demás. Toda la vida de Jesús es una revelación de quién es Dios: “Dios es amor”.
Por eso, en Jesús se hace realidad —más que en nadie— su enseñanza: «Se despojó de su grandeza, tomó la condición de esclavo y se hizo semejante a los hombres (…). Por eso Dios lo exaltó y le dio el nombre que está por encima de todo nombre» (Flp 2,7.9).
Jesús es el Maestro en obras y palabras. Los cristianos queremos ser sus discípulos. Solamente podemos tener la conducta del Maestro si dentro de nuestro corazón tenemos lo que Él tenía, si tenemos su Espíritu, el Espíritu de amor. Trabajemos para abrirnos totalmente a su Espíritu y para dejarnos tomar y poseer completamente por Él.
Y eso sin pensar en ser “ensalzados”, sin pensar en nosotros, sino sólo en Él. «Aunque no hubiera cielo, yo te amara; aunque no hubiera infierno te temiera; lo mismo que te quiero te quisiera» (Autor anónimo). Llevados solamente por el amor.
Maltratada, huyó de casa con diez años... fue acogida por unas monjas y ahora es doctora en Derecho
Cumplidos los diez años, Leticia tomó la determinación de irse a vivir a la calle. El plan era encontrar un puente bajo el cual poder protegerse de la lluvia, pedir limosna y cantar en los autobuses. Foto: Néstor Negrete.
Leticia tenía apenas diez años y no sabía lo que era el cariño, el amor de familia, el calor de un hogar, y tampoco conocía realmente a Dios. Sin embargo, por alguna razón, que ella misma no se explica, sentía cercana la presencia de la Virgen María. El portal Desde la fe acaba de contar su historia.
Sus primeros años de vida los vivió con su madre, quien se volvió a casar cuando ella cumplió ocho de edad. "Ahí empezaron mis mayores problemas, comencé a sufrir mucho maltrato físico; un maltrato muy duro por parte de mi padrastro. Cuando terminé quinto de primaria, mi madre y él decidieron sacarme de la escuela para que fuera la 'sirvienta' de la casa".
Un momento "inexplicable"
Leticia lloraba todos los días, porque le gustaba ir a la escuela. Era una alumna muy aplicada. Transcurrió el año en que debía haber cursado sexto grado, y entonces le pidió a su madre que la inscribiera de nuevo a la escuela, pero sin éxito, porque, para entonces, ya tenía dos nuevos hermanos pequeños, y su madre no podía prescindir de la 'nana'.
Cumplidos los diez años, Leticia tomó la determinación de irse a vivir a la calle. El plan era encontrar un puente bajo el cual poder protegerse de la lluvia, pedir limosna, cantar en los autobuses o en las calles de Guadalajara para conseguir algo de dinero, y buscar un lugar donde le permitieran bañarse.
Leticia"Cuando terminé quinto de primaria, mi madre y mi padrastro decidieron sacarme de la escuela para que fuera la 'sirvienta' de la casa".
"La otra parte de mi plan era ir a hablar con el director de la escuela donde había cursado hasta el quinto año y pedirle que me diera una beca para seguir estudiando", afirma. Con esa idea en mente, se escapó de casa. Leticia fue a dar a la casa de su abuela, quien solo pudo alojarla dos o tres días, tras los cuales fue a recogerla una buena amiga de la familia, a quien ella llamaba 'tía Josefina'.
La 'tía Josefina' la colocó en una familia que la apoyaría económicamente para que terminara sexto grado de primaria. "En ese lugar nuevamente recibí mucho maltrato físico, ahora por parte de esas personas a las que les servía el trabajo doméstico". Harta del maltrato, al terminar sexto grado pensó de nuevo en vivir en la calle, ofrecer sus servicios de media jornada y buscar la forma de seguir estudiando.
Antes de que Leticia marchara a la calle… resultó que la "tía Josefina" tenía unas amigas, las hermanas Ana y Laura, que se ofrecieron gustosas para ser sus tutoras. "Tenían una casa hogar muy bien puesta, y eran realmente muy bellas personas. Ellas eran protestantes presbiterianas; y yo, aunque me decía católica, no tenía apego a la religión, pues no era algo que me importara mucho. Sin embargo, ahí es donde inicia lo que para mí no tiene explicación", recuerda.
Entre vivir en la calle y la opción de vivir en una casa hogar con dos muy buenas personas que le darían la oportunidad de seguir estudiando, no había punto de comparación. "Pero yo no me sentía tan convencida; por alguna razón que hasta la fecha no me puedo explicar, algo en mí se resistía a ir a esa casa hogar. No me lo puedo explicar, pero la situación me traía pensativa", confiesa Leticia.
Llegaba el día de dejar la casa de la "tía Josefina" e irse a vivir a la casa hogar de aquellas hermanas tan generosas. "Recuerdo que era un sábado. Fui hacia un rincón de la casa y, aunque no había ahí ningún altar, me hinqué y le pedí a la Virgen María que me ayudara a decidir. Estuve ahí suplicándole que me guiara".
Ese mismo día, en la noche, la "tía Josefina" recibió una llamada: eran las hermanas Ana y Laura, quienes le informaban de que habían tenido que viajar de emergencia a la Ciudad de México, pues tenían una complicación. "Ana y Laura, con quienes siempre estaré agradecida, se veían ahora en la necesidad de permanecer varias semanas en la Ciudad de México, sin poderse mover, por lo que no podrían recibirme", dice.
La "tía Josefina" preocupada recordó que cerca había un convento. "Vamos a ver si te pueden ayudar", le dijo, y se pusieron en marcha. Era la Casa Hogar de Otranto de las Religiosas de María Inmaculada para Jóvenes Estudiantes y Trabajadoras. La cuestión era que la edad mínima para estar en ese lugar era de 14 años, y ella tenía sólo diez.
La superiora decidió ayudar a Leticia y darle una oportunidad; pero tendría que estar tres meses a prueba. "¿Y cuál era esa prueba? Pues que pudiera acoplarme con las demás. Eso no fue problema, porque al poco tiempo ya me había adaptado perfectamente, como si llevara ahí toda la vida. Me sentía cuidada por mis compañeras, consentida, era como su mascotita, y de ahí mi vida dio un vuelco de 180 grados: conocí lo que era el cariño, el amor, un verdadero hogar, y sobre todo, quién era Dios", reconoce.
Puedes ver aquí la residencia en la que vivió Leticia.
A sus 51 años, Leticia es abogada, cuenta con dos masters y un doctorado, y jamás ha dejado de frecuentar a las religiosas de María Inmaculada. Algunas de las que las recibieron ya fallecieron; otras son muy mayores, y a otras las ha ido visto ingresar en la congregación, a todas las considera sus madres y a todas está agradecida. Pero, su mayor agradecimiento es a la Virgen María, "pues Ella me ha venido acompañando a lo largo de toda mi vida".
Un sábado, Jesús fue a casa de uno de los jefes de los fariseos para comer, ellos le estaban observando. Había allí, delante de Él, un hombre hidrópico. Entonces preguntó Jesús a los legistas y a los fariseos: «¿Es lícito curar en sábado, o no?». Pero ellos se callaron. Entonces le tomó, le curó, y le despidió. Y a ellos les dijo: «¿A quién de vosotros se le cae un hijo o un buey a un pozo en día de sábado y no lo saca al momento?». Y no pudieron replicar a esto.
«¿Es lícito curar en sábado, o no?»
Rev. D. Antoni CAROL i Hostench
(Sant Cugat del Vallès, Barcelona, España)
Hoy fijamos nuestra atención en la punzante pregunta que Jesús hace a los fariseos: «¿Es lícito curar en sábado, o no?» (Lc 14,3), y en la significativa anotación que hace san Lucas: «Pero ellos se callaron» (Lc 14,4).
Son muchos los episodios evangélicos en los que el Señor echa en cara a los fariseos su hipocresía. Es notable el empeño de Dios en dejarnos claro hasta qué punto le desagrada ese pecado —la falsa apariencia, el engaño vanidoso—, que se sitúa en las antípodas de aquel elogio de Cristo a Natanael: «Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño» (Jn 1,47). Dios ama la sencillez de corazón, la ingenuidad de espíritu y, por el contrario, rechaza enérgicamente el enmarañamiento, la mirada turbia, el ánimo doble, la hipocresía.
Lo significativo de la pregunta del Señor y de la respuesta silenciosa de los fariseos es la mala conciencia que éstos, en el fondo, tenían. Delante yacía un enfermo que buscaba ser curado por Jesús. El cumplimiento de la Ley judaica —mera atención a la letra con menosprecio del espíritu— y la fatua presunción de su conducta intachable, les lleva a escandalizarse ante la actitud de Cristo que, llevado por su corazón misericordioso, no se deja atar por el formalismo de una ley, y quiere devolver la salud al que carecía de ella.
Los fariseos se dan cuenta de que su conducta hipócrita no es justificable y, por eso, callan. En este pasaje resplandece una clara lección: la necesidad de entender que la santidad es seguimiento de Cristo —hasta el enamoramiento pleno— y no frío cumplimiento legal de unos preceptos. Los mandamientos son santos porque proceden directamente de la Sabiduría infinita de Dios, pero es posible vivirlos de una manera legalista y vacía, y entonces se da la incongruencia —auténtico sarcasmo— de pretender seguir a Dios para terminar yendo detrás de nosotros mismos.
Dejemos que la encantadora sencillez de la Virgen María se imponga en nuestras vidas.
Cuando los soldados llegaron al lugar llamado Calvario, crucificaron allí a Jesús y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Uno de los malhechores colgados le insultaba: «¿No eres tú el Cristo? Pues ¡sálvate a ti y a nosotros!». Pero el otro le respondió diciendo: «¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena? Y nosotros con razón, porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio, éste nada malo ha hecho». Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino». Jesús le dijo: «Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso».
«Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino»
Fra. Agustí BOADAS Llavat OFM
(Barcelona, España)
Hoy, el Evangelio evoca el hecho más fundamental del cristiano: la muerte y resurrección de Jesús. Hagamos nuestra, hoy, la plegaria del Buen Ladrón: «Jesús, acuérdate de mí» (Lc 23,42). «La Iglesia no ruega por los santos como ruega por los difuntos, que duermen en el Señor, sino que se encomienda a las oraciones de aquéllos y ruega por éstos», decía san Agustín en un Sermón. Una vez al año, por lo menos, los cristianos nos preguntamos sobre el sentido de nuestra vida y sobre el sentido de nuestra muerte y resurrección. Es el día de la conmemoración de los fieles difuntos, de la que san Agustín nos ha mostrado su distinción respecto a la fiesta de Todos los Santos.
Los sufrimientos de la Humanidad son los mismos que los de la Iglesia y, sin duda, tienen en común que todo sufrimiento humano es de algún modo privación de vida. Por eso, la muerte de un ser querido nos produce un dolor tan indescriptible que ni tan sólo la fe puede aliviarlo. Así, los hombres siempre han querido honrar a los difuntos. La memoria, en efecto, es un modo de hacer que los ausentes estén presentes, de perpetuar su vida. Pero sus mecanismos psicológicos y sociales amortiguan los recuerdos con el tiempo. Y si eso puede humanamente llevar a la angustia, cristianamente, gracias a la resurrección, tenemos paz. La ventaja de creer en ella es que nos permite confiar en que, a pesar del olvido, volveremos a encontrarlos en la otra vida.
Una segunda ventaja de creer es que, al recordar a los difuntos, oramos por ellos. Lo hacemos desde nuestro interior, en la intimidad con Dios, y cada vez que oramos juntos, en la Eucaristía, no estamos solos ante el misterio de la muerte y de la vida, sino que lo compartimos como miembros del Cuerpo de Cristo. Más aún: al ver la cruz, suspendida entre el cielo y la tierra, sabemos que se establece una comunión entre nosotros y nuestros difuntos. Por eso, san Francisco proclamó agradecido: «Alabado seas, mi Señor, por nuestra hermana, la muerte corporal».
10 santos de Munilla «para amar más a Dios» cultivando la intuición, la alegría o la pobreza
Munilla
"Discernir es estar en continua búsqueda de lo que Dios quiere de nosotros (...). El primer consejo para crecer en el amor de Dios es buscar y cultivar el don del discernimiento", dice Munilla.
El obispo de Orihuela-Alicante, José Ignacio Munilla, en su canal de YouTube "En ti confío" y coincidiendo con la festividad de Todos los Santos, enumera diez santos de la Iglesia que nos pueden ayudar a crecer en la cercanía con Dios.
"Dice un refrán que 'a quien buen árbol se arrima buena sombra le cobija'. Es importante acercarse a quienes han amado o vivido el amor a Dios en plenitud (...). El drama de hoy es que hemos dejado de tomar a los santos como nuestras referencias", comenta Munilla.
A continuación, diez santos y diez claves particulares de cada uno de ellos que nos pueden ayudar a acercarnos más a Dios:
1- San Ignacio de Loyola y el don del discernimiento
"Ser cristiano es discernir", esa es una frase de Kiko Argüello. Discernir es estar en continua búsqueda de lo que Dios quiere de nosotros; conocer la voluntad de Dios. Dice Jesús a la samaritana "si conocieras el don de Dios". El primer consejo para crecer en el amor de Dios es buscar y cultivar el don del discernimiento.
San Ignacio es el santo que más ha cultivado las reglas de discernimiento; el cómo discernir lo que Dios quiere de mí. Y, ¿es muy difícil saberlo? No es difícil, no está reservado para mentes capaces de descubrir mensajes ocultos. Dios no juega al ocultismo, Dios se muestra siempre a quien lo busca con un corazón sincero.
Pero, hace falta un conocimiento de cómo se discierne. Hay una confusión reinante entre no darle importancia a buscar la voluntad de Dios, hacer siempre lo que me apetece, que es lo que practica una gran parte de la población, y, también, existe otro error contrario que es el del iluminista; el pensar: Dios me ha dicho esto para ti.
San Ignacio de Loyola es el santo que Dios nos ofrece para ponernos en un camino en el que debamos integrar la razón bien utilizada y las mociones del Espíritu Santo.
San Ignacio"San Ignacio es el santo que más ha cultivado el cómo discernir lo que Dios quiere de mí".
2- San Juan de la Cruz y el camino ascético hacia la santidad
San Juan es paradigmático a la hora de hablar del itinerario ascético y místico hacia la santidad. Hay un camino hacia la santidad que es el que San Juan expresa en Subida al monte Carmelo -que es su obra cumbre, magistral, en la que replica la doctrina tradicional de la teología espiritual-. En ella hay tres fases: la vía purificativa, la iluminativa y la unitiva. Para poder subir a la cumbre del monte hace falta purificación, iluminación y unión.
San Juan de la Cruz habla de la purificación activa (la mortificación) y la pasiva (las noches oscuras) de nuestros sentidos (el olfato, el gusto...) y de las potencias (la voluntad y el entendimiento). Puede parecer muy elevado, pero consiste en que nuestros sentidos sean capaces de ser purificados.
Esto responde a ese tirón de orejas que Jesús le hace a Pedro: "Tú, Pedro, piensas como los hombres y no como Dios". Tu entendimiento tiene que aprender a ver las cosas desde el Evangelio y no desde la carnalidad.
3- Santa Teresita de Lisieux y el caminito de la confianza
La confianza es una clave muy especial que descubrió Santa Teresita de Lisieux; que no es un camino distinto al de San Juan de la Cruz. Es solo una formulación distinta en la que, de una manera muy sencilla, Santa Teresita llevó adelante lo que San Juan explica en Subida al monte Carmelo.
Teresita de Jesús tuvo la intuición de que en la vida espiritual se daba un salto de gigante haciendo el acto de confianza: yo confío en Dios, veo que la obra de santidad es superior a mis fuerzas, intento purificarme y me mancho más de lo que me purifico, tengo una sensación de fragilidad, de pequeñez...
Ella encuentra el método de saberse pequeña y nos habla del "ascensor"; utiliza esa imagen para decir que ella que es tan pequeña que confía en que Jesús, por su misericordia, como a un niño, la coja en brazos y la levante para darle un beso. Ella pone el énfasis en el acto de la confianza en la misericordia de Dios: yo no me fío de mí misma ni de mis obras, me fío en la misericordia de Dios.
Dice algo precioso: que cuando se presente delante de Dios no quiere ir cargando con sus buenas obras, porque va a tener las manos ocupadas y no va poder abrazar a Jesús.
4- Santa Teresa de Jesús y la fidelidad en la oración
Teresa se prodiga en explicar lo que Dios hizo con ella en los distintos grados de oración. Explica, con mucho detalle, cómo Dios va conduciendo al alma hacia una oración más perfecta. Explica de manera gráfica cómo hay un momento en el que mucha gente se pierde; cuando se pasa de la oración mental discursiva a la oración afectiva.
En el momento en el que a uno le estorba el discurso para estar con Dios y tiene una oración afectiva, en la que tiene la experiencia del amor de Dios, dice ella que a uno le parece que ha llegado a la cumbre de la oración. Pero ocurre que esa oración afectiva es un regalo en un momento determinado, pero, luego, Dios te lo retira y tienes que volver a la sequedad, a una oración mas discursiva, me distraigo pero vuelvo a ella.
Hay mucha gente se pierde y no se da cuenta de que hay que mantenerse fiel, sin hacer depender mi vida de oración de mis sensaciones afectivas en la oración. Si tengo un compromiso de hacer oración, éste no depende de mi estado de ánimo, de si la gozo más o menos. No puedo supeditar mi vida de oración a mi percepción afectiva.
Santa Teresa cuenta que durante muchísimo tiempo, en el coro del monasterio, tenía todas las baldosas contadas, porque se distraía muchísimo. El que no está dispuesto a aburrirse haciendo oración quiere decir que se ha resignado a no hacer oración.
Santa Teresa"Santa Teresa explica cómo Dios va conduciendo al alma hacia una oración más perfecta".
5- San Francisco de Sales y el discernimiento desde la paz y la alegría
De San Francisco me quedo con que para él, cuando algo es de Dios, y obramos conforme al querer de Dios, se nos permite hacerlo con paz y alegría. La paz y la alegría son el sello definitivo de la presencia de Dios en nuestra alma.
6- San Josemaría Escrivá de Balaguer y santificarse en la vida ordinaria
Lo elijo por la santificación del trabajo y la vida ordinaria. Que, obviamente, está presente en otros santos. San Francisco de Sales también insiste en la santificación de la vida cotidiana. Pero, San Josemaría, ha brillado especialmente en ese subrayado, porque ha concretado la llamada universal a la santidad propuesta en el Concilio Vaticano II.
La espiritualidad de San Josemaría ha subrayado mucho qué medios hay que utilizar para poder tener una vida espiritual ordinaria, ordenada. San Josemaría se caracteriza por ser muy ordenado, está recordando el "abc" de los medios ordinarios para la santidad, y subraya siempre que ésta debe darse en mi estado de vida, en mi trabajo... en el escenario donde Dios quiere que me santifique. Aquí, ahora, en esta situación Dios te está esperando.
7- Santa Teresa de Calcuta y la santidad por los pobres
Menciono a Santa Teresa de Calcuta por cómo los pobres nos llaman a la conversión. La Madre Teresa subraya, en ese camino de crecimiento en el amor a Dios, el reconocer a Jesucristo en todos los sufrientes del mundo y, especialmente, entre los más pobres de los pobres.
Santa Teresa apunta a un método de practicar la caridad que es sencillo y práctico; el de "uno a uno", con aquel que me ponga Dios cerca en mi vida, como el buen samaritano. Es una inmensa aportación el hecho de que la caridad cristiana se hace movida por el amor de Dios. Ella dice: "yo solo soy un lápiz con el que Dios escribe". Y, además, la caridad está dirigida al mismo Cristo, que está en las personas sufrientes.
8- San Juan Pablo II y la llamada a la evangelización
Lo selecciono por la importancia de que para crecer en el amor de Dios debemos estar centrados en la evangelización, crecer en el amor de Dios es tener celo apostólico. Juan Pablo II señala que tenemos una vocación misionera inherente a nuestro bautismo, que existimos para evangelizar, que tenemos que tener esos sentimientos del corazón de Cristo cuando veía multitudes y los tenía como ovejas sin pastor.
San Juan Pablo II es el padre de la nueva evangelización y pastor de pastores. Si uno no tiene hambre y sed de las almas y no tiene deseo de dar su vida por la evangelización es imposible que crezca en el amor de Dios.
9- San Francisco de Asís y la pobreza evangélica
En ese camino de acercamiento a Dios, San Francisco de Asís tiene una centralidad en la primera bienaventuranza: bienaventurados los pobres de espíritu. La clave de Francisco de Asís es la de pobreza evangélica, el despojamiento, porque, en el fondo, nos apoyamos en tantas cosas materiales y de mediaciones humanas que nos acabamos apegando a ellas y no tenemos a Dios como nuestro tesoro.
La pobreza es necesaria para que mi corazón ame a Dios. Esto pasa también por el desposarse con Cristo crucificado. San Francisco lleva los estigmas en su propia carne. Pero hay otro santo que señala la pobreza evangélica: San Carlos de Foucauld. Quien se enamora del misterio de Nazaret, de la Sagrada Familia, él siempre busca el penúltimo puesto, porque el último está ocupado, es el de Jesús.
Puedes ver aquí la charla completa del obispo Munilla.
10- San Agustín y la intuición del corazón enamorado
Si se dice eso de que "hay que conocer para amar", San Agustín remataría diciendo "pero hay que amar para conocer". San Agustín aporta esa intuición del corazón enamorado. Es el maestro de la gracia y cómo la gracia está presente en todo. Es el gran batallador contra la tendencia pelagiana, que se olvida de que todo es un don de Dios. Es básico confiar en que Dios culmina siempre su obra.
En aquel tiempo, viendo Jesús la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos».
«Alegraos y regocijaos»
Mons. F. Xavier CIURANETA i Aymí Obispo Emérito de Lleida
(Lleida, España)
Hoy celebramos la realidad de un misterio salvador expresado en el “credo” y que resulta muy consolador: «Creo en la comunión de los santos». Todos los santos, desde la Virgen María, que han pasado ya a la vida eterna, forman una unidad: son la Iglesia de los bienaventurados, a quienes Jesús felicita: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios» (Mt 5,8). Al mismo tiempo, también están en comunión con nosotros. La fe y la esperanza no pueden unirnos porque ellos ya gozan de la eterna visión de Dios; pero nos une, en cambio el amor «que no pasa nunca» (1Cor 13,13); ese amor que nos une con ellos al mismo Padre, al mismo Cristo Redentor y al mismo Espíritu Santo. El amor que les hace solidarios y solícitos para con nosotros. Por tanto, no veneramos a los santos solamente por su ejemplaridad, sino sobre todo por la unidad en el Espíritu de toda la Iglesia, que se fortalece con la práctica del amor fraterno.
Por esta profunda unidad, hemos de sentirnos cerca de todos los santos que, anteriormente a nosotros, han creído y esperado lo mismo que nosotros creemos y esperamos y, sobre todo, han amado al Padre Dios y a sus hermanos los hombres, procurando imitar el amor de Cristo.
Los santos apóstoles, los santos mártires, los santos confesores que han existido a lo largo de la historia son, por tanto, nuestros hermanos e intercesores; en ellos se han cumplido estas palabras proféticas de Jesús: «Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos» (Mt 5,11-12). Los tesoros de su santidad son bienes de familia, con los que podemos contar. Éstos son los tesoros del cielo que Jesús invita a reunir (cf. Mt 6,20). Como afirma el Concilio Vaticano II, «su fraterna solicitud ayuda, pues, mucho a nuestra debilidad» (Lumen gentium, 49). Esta solemnidad nos aporta una noticia reconfortante que nos invita a la alegría y a la fiesta.
Don Dolindo estaba rezando cuando una infusión sobrenatural iluminó su entendimiento «estúpido»
El joven Dolindo se reconocía a sí mismo como una persona de torpe entendimiento. Un día, en oración, pidió las luces suficientes para poder ser sacerdote.
El interés por Don Dolindo Ruotolo (1882-1970), semejante en tantas cosas al Padre Pío y amigo suyo, está creciendo en el ámbito hispánico a raíz de la publicación de Jesús, ocúpate tú (Voz de Papel), una biografía del Siervo de Dios escrita por su sobrina Grazia Ruotolo y por el periodista Luciano Regolo.
Un hecho muy notable en la vida del sacerdote napolitano fue la apertura de su entendimiento, hasta entonces muy entorpecido, por una directa intervención divina. Lo cuenta Maura Roan McKeegan , autora de doce libros católicos infantiles, varios de ellos premiados, y estudiosa de la vida y obra de Don Dolindo, sobre quien escribe con frecuencia, en Catholic Exchange:
"Un regalo de Dios": la milagrosa infusión de inteligencia de Don Dolindo
"Toda mi vida, en su esencia, no ha sido otra cosa que una serie de innumerables casos de gracias extraordinarias junto a miserias agonizantes", dijo una vez el Siervo de Dios Don Dolindo Ruotolo, en una autobiografía que escribió en 1923 por obediencia a sus confesores: "Este es el resumen de la vida de muchas almas".
De su padre, Raffaele Ruotolo, había recibido al nacer el insólito nombre de "Dolindo", que significa "dolor" y "sufrimiento". Raffaele ideó el nombre él mismo, y resultó profético, ya que la vida de Dolindo estuvo llena de sufrimiento de principio a fin.
El papel del dolor
Sin embargo, paradójicamente, Don Dolindo consideraba su sufrimiento como un hermoso regalo de Dios.
"Le pedí a Jesús el don del sufrimiento", escribe en su autobiografía: "Cada mañana le pedía amor, sufrimiento, humildad, fe, mansedumbre, generosidad y paciencia. El sufrimiento no tardó en llegar y nunca me ha abandonado desde aquel momento, sino que ha seguido creciendo, y este es el don más hermoso que el Señor me ha dado".
Su amor por el sufrimiento hundía sus raíces en su insaciable deseo de abandonarse por entero al amor de Dios, sin rastro de ataduras mundanas.
"Mi alma es como una flor de la pasión:" explica en su autobiografía, "florece en el sufrimiento y la penuria, pero se marchita rápidamente en la prosperidad. Esto Dios lo sabe muy bien".
'Jesús, ocúpate tú', una obra conjunta de Grazia Ruotolo, sobrina de Don Dolindo, y el periodista Luciano Regolo.
Su primer contacto con el sufrimiento llegó cuando no tenía ni un año y tuvo que soportar dolorosas operaciones en ambas manos, para extraer huesos necrosados, y en la mejilla, para extirparle un tumor.
Pero aún peor fue el sufrimiento que padeció por parte de su padre, que era tan tacaño que se negaba a gastar dinero en comida y ropa adecuadas para sus hijos, y tan partidario de los castigos que el joven Dolindo corría a esconderse en el cajón de un escritorio cuando oía a su padre llegar a casa.
A pesar de las pruebas -o tal vez a causa de ellas-, Dolindo era un niño contemplativo que sentía una especial devoción por los sufrimientos de Jesús en la Pasión y, tras recibir la Primera Comunión, empezó a practicar penitencias secretas y a levantarse antes del amanecer para caminar hasta la iglesia local y asistir a la misa matutina.
Mientras tanto, Raffaele se negaba a enviar a sus hijos a la escuela. En cambio, obligaba a Dolindo y a su hermano mayor, Elio, a memorizar la información que les enseñaban sus hermanas mayores en casa. A los niños no se les permitía comer hasta que recitaran todo lo que habían aprendido, y cada noche, después de que su padre revisara sus tareas escolares, recibían una paliza. Aunque el joven Dolindo estudiaba mucho para recitar las lecciones obligatorias, no entendía nada de lo que aprendía. Entre el hambre y las palizas, su pobre mente se había apagado.
El prodigio
"Debo decir que aquellos interminables días de sufrimiento y severos castigos, sin tregua ni respiro, tan extremos para un niño de tierna edad, acabaron por reducirme a un completo y absoluto imbécil", escribe: "Ya no era capaz de entender nada".
Cuando Raffaele finalmente cedió y permitió que los chicos asistieran a la escuela secundaria, Dolindo suspendió dos veces los exámenes de ingreso, más tarde suspendió los exámenes finales y finalmente tuvo que repetir el curso escolar.
Finalmente, sus padres se separaron -algo muy poco frecuente en aquella época- y Dolindo fue enviado a un internado.
"Todavía estaba embobado y no me daba cuenta de lo que pasaba a mi alrededor", recuerda Dolindo en su autobiografía: "Rápidamente me hice famoso por mi estupidez. Como siempre, me iba bien con el trabajo de memoria, pero donde se requería inteligencia y reflexión, era un inútil".
Sin embargo, el 15 de junio de 1896, todo cambió.
Ese día, Dolindo se había puesto una vestimenta clerical (ya que la escuela era una casa de formación para futuros sacerdotes), y estaba recitando el rosario con sus compañeros de clase. Ante él, tenía una copia de una imagen de la Virgen.
Ésta es la imagen de la Virgen que tenía ante sí el joven Dolindo.
Lo que sucedió a continuación fue tan importante para él que, además de escribirlo en su autobiografía en 1923, también escribió la historia en 1956 en el reverso de una estampita que llevaba la misma imagen de Nuestra Señora.
La historia de lo sucedido, escrita por el propio Dolindo en la parte de atrás de la imagen de la Virgen y el Niño.
La historia de lo sucedido, escrita por el propio Dolindo en la parte de atrás de la imagen de la Virgen y el Niño.
Ese día de junio, cuando Dolindo tenía 13 años, la imagen de Nuestra Señora estaba apoyada en un libro delante de él. Contempló la imagen y rezó: "¡Oh, Madre mía! Si quieres que me haga sacerdote, dame inteligencia, porque, como puedes ver, soy completamente estúpido".
Mientras estaba arrodillado, le invadió el sueño y se quedó dormido. De repente, la imagen se movió -"por el viento o por alguna gracia especial, no sabría decirlo"- y le tocó la frente. En ese momento, despertó de su estupor con la mente aguda, viva y lúcida.
"Podía hablar de cualquier cosa y hablar poéticamente", escribe en la estampita: "Era otra persona. Pero entonces, como ahora, solo para todo lo que glorifica a Dios. Para todo lo demás, era y sigo siendo un verdadero estúpido".
Los frutos de un entendimiento superior
Tras esta milagrosa e instantánea infusión de inteligencia, Dolindo pronto se ganó un nuevo apodo en la escuela: "La Enciclopedia". Compuso poemas, obras de teatro, trabajos y ensayos que recibieron elogios y admiración, y rápidamente ascendió a la cima académica de toda la escuela.
"Poco sabían", escribe en su autobiografía, "¡que todo era totalmente un regalo directo de Dios!".
Esta gracia de la inteligencia le acompañaría el resto de su vida, y queda patente en sus prolíficos y brillantes escritos, que siguen tocando muchos corazones hoy en día.
Cuando en 1923, años después de la muerte de su padre, se vio obligado a escribir sobre sus dolorosos recuerdos de infancia, Don Dolindo dijo que su "pobre padre tenía buenas intenciones". Bendijo la memoria de su padre y rezó para que estuviera en la gloria de Dios.