sábado, 20 de abril de 2013

Era el obispo luterano de París y gran oficial masón; la Virgen y el ecumenismo le llevaron a Roma



Michel Viot, autor de «De Lutero a Benedicto XVI»

Era el obispo luterano de París y gran oficial masón; la Virgen y el ecumenismo le llevaron a Roma


Michel Viot es sacerdote católico de la diócesis de Blois (Francia) y un hombre ocupado: con los caballeros del Santo Sepulcro organiza mítines y manifestaciones en defensa del matrimonio; es asesor del obispo, responsable de la caridad diocesana, capellán en una prisión, párroco... 

Además, a menudo acude a encuentros católicos y a medios de comunicación a hablar de ecumenismo y masonería, dos temas que domina como pocos, porque él fue el obispo luterano de París de 1996 a 2001, y también fue "gran oficial" en la Gran Logia Nacional Francesa. 

Michel Viot ostenta, pues, dos "récords": es el único obispo luterano que se ha hecho católico en Francia desde el siglo XVI y es el masón francés de grado más alto que ha dejado la masonería para ser sacerdote católico. 

En 2011, cumplidos 10 años de su vuelta a la Iglesia católica en la que había sido bautizado de niño, escribió su itinerario en su libro "De Lutero a Benedicto XVI" (en formato entrevista, con Charles-Henri Andigné). 

Familia católica
Viot nació en 1944 y, como sus dos hermanas, fue bautizado católico, porque aunque su padre era un masón militante también se consideraba católico. A los 10 años le hacía acudir a la escuela dominical a recibir catequesis. Allí se despertó su amor por la Biblia. También a esa edad, en una visita al santuario de Lourdes, adquirió amor a la Virgen María, "una devoción mariana que me llevaba hacia Jesús". 

En su adolescencia, en unas vacaciones en Alsacia, conoció unos luteranos, que le ofrecieron lo que le apasionaba: estudiar en profundidad la Biblia. Y así, de vuelta a París, se volcó en la Escritura desde el enfoque luterano. A los 22 años volvió a interesarle el catolicismo y el diálogo entre católicos y luteranos. "Pero creo que lo más importante es la oración a la Santísima Madre de Dios, a la que siempre me he mantenido fiel", asegura en una entrevista en 2011.

En el muy ajetreado 1968 francés, con 24 años, Viot fue ordenado pastor luterano (en su famoso mes de mayo) y fue iniciado como masón en la Gran Logia de Francia (6 meses después). "Como hijo de masón, podría haberme iniciado antes, pero yo no quería; yo quería ser primero pastor, y después masón, yo quería dejar claro que Cristo iba primero", recuerda Viot. La masonería le atraía porque su padre era masón y también amigos de su padre que él admiraba. Le gustaba su discurso de "apertura, cultura, sentido de la fraternidad".

En ese año 68, época de revolución cultural, todos los valores se ponían en duda, pero la Iglesia Luterana de París y la Gran Logia de Francia parecían entonces oasis de estabilidad, de valores firmes, conservadores de lo tradicional. Además, había una rama de la masonería, fuerte en ambientes anglicanos y entre el luteranismo escandinavo, que incluso exigía que sus miembros fuesen bautizados y no era militantemente laicista (aunque sí relativista en último término). Y ahí ingresó Viot. 

Viot incluso escribió un libro en 1995 titulado "Los francmasones que creen en Dios", que recibió alabanzas del historiador Pierre Chaunu. En 1996 fue elegido obispo por el Sínodo Luterano de París (el término técnico es "inspector eclesial"), pero con el compromiso de que no hablase públicamente de la masonería, donde había llegado a ser "Gran Oficial". 

En 1997 tuvo la ocasión de ser presentado, como obispo luterano de París, a Juan Pablo II. "El Papa me dio un abrazo que nunca olvidaré y me susurró al oído que esperaba con impaciencia la declaración conjunta sobre la justificación por la fe". 

Justificados por la fe
Efectivamente, en 1999, en Augsburgo, la Iglesia Católica y diversas iglesias luteranas firmaron conjuntamente una declaración común en las que ambas partes admitían la doctrina de la justificación por la fe en un lenguaje aceptable en ambas tradiciones. Para Viot era un tema importante, y un fruto de la encíclica "Ut unum sint" de 1995.

Pero con la acción, llegó la reacción. Muchos luteranos criticaban que Juan Pablo II ofrecía indulgencias, aquello que tanto había combatido Lutero. Y Viot se puso a estudiar el tema para mostrar que las indulgencias "modernas" (reformadas por el Concilio de Trento y Pablo VI) tenían poco que ver con los abusos que indignaban a Lutero en 1517. 

Y llegó a la conclusión de que la unidad de los cristianos tenía que pasar por la unidad con el Sucesor de Pedro, y que él no quería morir fuera de esa comunión, especialmente a medida que ciertas corrientes luteranas se alejaban más y más de la tradición cristiana común. El obispo católico Daniel Pézeril y el sacerdote Michel Riquet, volcados en el diálogo ecuménico, estaban cerca de él para un diálogo intenso mientras estudiaba el Catecismo de la Iglesia Católica. 

Para ser católico, hay que dejar la logia
Y en el año 2000 expresó su deseo de hacerse católico, y si pudiera, más adelante, ser sacerdote. Le dijeron que para eso tendría que dejar la masonería. Aunque había cambiado de logia y ahora estaba en la Gran Logia Nacional Francesa, en teoría más conservadora, para la Iglesia Católica, le recordaron, no hay logia buena: ser católico es incompatible con la masonería. Y él obedeció por amor a la Iglesia, "por deber y con un poco de tristeza", recuerda. 

En 2011 declaró que se alegraba de haber dejado la masonería, y que además aquella logia en concreto siguió derroteros muy contrarios a sus principios.

Así, en 2001 volvió a la Iglesia Católica, primero como un simple laico; años después ya como sacerdote, párroco, capellán de prisiones... Desde entonces ha defendido a Joseph Ratzinger (luego Benedicto XVI) de los ataques de teólogos disidentes y de ecumenistas sincretistas como Hans Küng. 

Defendiendo la postura católica
Especialmente, con ex-luterano con años de debates ecuménicos, a Viot le molestó la crítica destructiva de muchos contra el documento "Dominus Iesus" en el que Ratzinger recuerda la enseñanza tradicional de la Iglesia sobre las otras denominaciones cristianas y lo que significa de verdad la comunión. A Viot le urge predicar la unidad de los cristianos, y recuerda la presión del Islam, que hay que elegir entre "arrodillarnos ante el Santo Sacramento, o descalzarnos para entrar en las mezquitas", entre "la Europa de los campanarios o la de los minaretes". 

Respecto a los luteranos que dudan de la unión con el Sucesor de Pedro, les recuerda que "la doctrina de la justificación por la fe se encuentra en los artículos del Concilio de Trento publicados en 1547", y que la reconciliación podía haberse dado teológicamente ya ese año, con Lutero muerto, pero que "la trampa de las palabras" y muchos intereses políticos impidieron lo que debía haber sido: ¡la unidad de los cristianos! 

Jesucristo, único mediador y salvador
Para los luteranos de tendencia "Iglesia alta", que valoran "la Confesión de Ausburgo, su Apología y la Fórmula de Concordia de 1580", lo que les despierta suspicacias son los temas eclesiológicos y mariológicos. "Los luteranos deben descubrir que los dogmas marianos y eclesiológicos no afectan para nada a la mediación salvadora única y universal de Jesucristo. Al contrario, encuentra en ellos su sentido más pleno", señala este ex-obispo. 

En cuanto a la doctrina de la "Dominus Iesu", para Viot es inevitable y ya lo decía en 2001. "Sólo refleja la realidad actual, pues no se ha firmado ningún acuerdo católico-protestante en materia de Eclesiología o sobre ministerios eclesiales. La Iglesia católica no reconoce a los ministros protestantes, y viceversa, de manera que la intercomunión se ve muy limitada. En semejantes condiciones, Roma está obligada a seguir con la formulación del Vaticano II, que designa a los protestantes como ´comunidad eclesial´, no como Iglesia. Para que se diera un cambio, los protestantes habrían de volver a los siete sacramentos y al reencuentro con la sucesión apostólica". 

Ventajas de los sacramentos
Así, que la Reconciliación y la Ordenación sean sacramentos en el catolicismo, y no meras prácticas más o menos opcionales, como en algunas iglesias luteranas, son una ventaja, según Viot. 

"A pesar de la crisis de la Reconciliación en el catolicismo, no es comparable con la ausencia de su práctica en la mayor parte de las confesiones protestantes. Al menos, en el catolicismo se cuenta con una doctrina clara que puede enderezar la situación" 

"Y el hecho de que la ordenación sacerdotal sea un sacramento católico ha impedido toda desviación en la celebración de la Eucaristía. Sólo quien ha sido ordenado sacerdote puede consagrar el pan y el vino. Nunca jamás, a pesar de la falta de sacerdotes, se podrá dar una "delegación pastoral" a un laico para practicarlo, cosa que se hace en un número muy elevado de comunidades eclesiales protestantes. Finalmente, el ministerio del Papa ha de considerarse como un precioso fruto de la gracia de Dios", añade.


P. J. Ginés /ReL  

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