viernes, 27 de diciembre de 2013

Fallece con 92 años el padre Loring: evangelizador tenaz, apóstol del ciberespacio, bloguero de ReL

Escribió «Para Salvarte»: 1 millón de copias en España

Fallece con 92 años el padre Loring: evangelizador tenaz, apóstol del ciberespacio, bloguero de ReL
El padre Loring en junio de 2012... viajero infatigable, ha emprendido su último periplo
Fallece con 92 años el padre Loring: evangelizador tenaz, apóstol del ciberespacio, bloguero de ReL

El sacerdote jesuita y predicador incansable Jorge Loring Miró ha fallecido en este día de Navidad de 2013, en la clínica El Ángel de Málaga, con 92 años, después de sufrir un ataque cerebrobascular. 

El funeral tendrá lugar a la una de la tarde del 26 de diciembre en la parroquia del Sagrado Corazón de la ciudad.

Nacido en Barcelona en 1921, Jorge Loring tenía muy vivas sus dos líneas genealógicas, la catalana y la andaluza, pero ejerció la mayor parte de su ministerio sacerdotal en Andalucía, especialmente como predicador en los astilleros y otras industrias de Cádiz, Puerto de Santa María y la costa andaluza. 

El Ayuntamiento de Cádiz ha declarado, en honor a su figura, que el consistorio mantenga a media asta las banderas durante 3 días.  El Ayuntamiento recuerda que "el padre Loring era muy conocido y querido en la ciudad y en 2006 fue nombrado Hijo Adoptivo de Cádiz". 

Se ordenó sacerdote en 1954, a los 33 años. Durante un cuarto de siglo fue el encargado espiritual de cinco grandes fábricas de Cádiz, pero su fama le vino por sus libros y conferencias sobre la Sábana Santa de Turín, del que era una autoridad mundial. Era un tema sobre el que impartió charlas por América y Europa hasta casi el final de su vida.

"Infatigable" e "incombustible"
El adjetivo que más se aplicaba en los últimos 20 años a este jesuita era "incansable", "infatigable" e "incombustible". Parecía que iba a vivir para siempre, y sin dejar de trabajar. En este mismo año 2013 publicó una reedición en Editorial Buenas Letras de su divertido libro "Anécdotas de una vida apostólica", donde cuenta numerosas "batallitas" de evangelización en las situaciones más extrañas: con masones en México, obreros de la construcción y aviadores, perdido en aeropuertos, en misiones callejeras por Barcelona, descubriendo Internet, etc...

Otra de sus obras más recientes es "Más de 200 respuestas a preguntas que usted se ha hecho sobre la fe, la moral y la doctrina católica" (febrero de 2010, LibrosLibres), en su particular estudio sencillo y contundente. 

Era bisnieto de la familia industrial de Jorge Loring Oyarzábal y Amalia Heredia Livermore, y su padre fue el ingeniero malagueño Jorge Loring Martínez, que patentó diversos avances en navegación aérea y fundó una línea de zepelines entre Sevilla y Buenos Aires. 

Por eso, Loring siempre usó su capacidad divulgativa y su lenguaje extremadamente sencillo y directo para refutar el supuesto conflicto entre ciencia y religión. 

Como muchos otros jesuitas de la historia y de la actualidad, era un enamorado de la astronomía (aunque sólo a nivel aficionado). 

Hablar del infierno... y no perder el humor
Como el también jesuita Jorge Bergoglio (Papa Francisco), a Loring le gustaba hablar del demonio y del infierno, sin ninguna concesión a la postmodernidad. Solía citar en entornos industriales sus visitas a altos hornos, el material fundido a altísimas temperaturas, para ayudarse con imágenes infernales, pero sin que faltase nunca el buen humor. 

Con más de 63 ediciones, su libro "Para Salvarte" era una especie de enciclopedia en lenguaje divulgativo de la fe católica, siempre centrado en "lo que importa, que es salvarse". Sólo en España circulan más de 1 millón de ejemplares. Además publicó ediciones en México, Ecuador, Perú, Chile, EE.UU., Egipto, Israel, Rusia, etc.

Cura anciano...¡ciberapóstol de éxito!
Toda su vida recibió y contestó un flujo inacabable de correo, pero con la llegada de Internet se multiplicó y se convirtió en un "ciberapóstol" que intentaba responder a todo el mundo, incluso preguntas comprometidas sobre sexo o moral, aunque fuese remitiéndose a textos que ya había escrito, o con respuestas personalizadas.

En diciembre de 2009, cuando tenía 88 años, empezó a escribir en su blog de ReligionEnLibertad (llamado, cómo no, "Para salvarte") y se mantuvo fijo como blogero 4 años. 
El pasado 9 de diciembre de 2013 aún publicaba este texto sobre la verdad, una declaración de intenciones (quizá un testamento) sobre una vida dedicada a hablar con firmeza y certeza sobre las cosas de Dios, sin dejarse nunca cortejar por relativismos ni tibiezas. Refleja a la perfección sus pasiones, su estilo y su ministerio de toda una vida. Publicamos aquí ese último texto en ReL.


La verdad 
(Jorge Loring, sj, 9 de diciembre de 2013)

Leí en IDEAS CLARAS del 23 de marzo, un artículo de J. R. Ayllón que me ha sugerido este escrito sobre LA VERDAD.

Podríamos definir la verdad como la concordancia de nuestras ideas intelectuales a la realidad.

Ante la verdad podemos adoptar tres posturas: la duda, la opinión y la certeza.

La duda: cuando no tenemos razones para optar por una cosa o por otra. Si en el campo me encuentro un manantial de agua dudo si es potable o no.

Puede ser potable porque es agua de la sierra; pero puede estar contaminada de sales tóxicas. 

Hay que analizarla para salir de la duda.

La opinión se da cuando tengo razones para optar en un sentido, pero no son suficientes para la certeza: ¿hay seres inteligentes en otros astros?

Ni la ciencia ni la religión me impiden creerlo. Dado el número de miles de millones de astros del cosmos, parece probable que los haya.

Pero en el Observatorio de Arecibo (Puerto Rico) han mandado un mensaje binario que ha llegado a los límites de nuestra galaxia y no hemos recibido respuesta.

No estamos seguros de que los haya.

Se da certeza cuando puedo optar con seguridad. Esta seguridad puede venir:

1.- Por evidencia racional: el todo es mayor que su parte.

2.- Por comprobación experimental: el café me quita el sueño.

3.- Por testimonio ajeno: 

Éste puede ser:

a) humano: La fórmula de Einstein, e=mc2. La energía es igual a la masa por la velocidad de la luz al cuadrado.

b) divino: palabras de Cristo-Dios: su presencia real en la Eucaristía.

Para garantizar la confianza del testimonio me tiene que constar de que “sabe lo que dice y dice lo que sabe”.

Es decir, no es ignorante del tema y no me engaña.

Y yo me digo: ¿hay alguien más listo que Dios, y que yo pueda saber que no me engaña? 

Por eso:

SÉ DE QUIÉN ME HE FIADO: DEL AMIGO QUE NUNCA FALLA, JESUCRISTO

JORGE LORING, S.I. 
jorgeloring@gmail.com
www.arconet.es/loring

Exorcista del Papa: «Nunca he tratado a tantas personas poseídas por el demonio como este año»

Padre Carlos Mancuso

Exorcista del Papa: «Nunca he tratado a tantas personas poseídas por el demonio como este año»
Exorcista del Papa: «Nunca he tratado a tantas personas poseídas por el demonio como este año»
Actualizado 27 diciembre 2013  


La preocupación del Papa Francisco por el diablo ha quedado patente desde el inicio de su Pontificado. Para Bergoglio, no es un mito, no es una metáfora, sino que es una persona, un protagonista de la Historia. Desde que sucediera a Benedicto XVI la presencia del demonio en sus discursos ha sido habitual y lo ha mencionado en, al menos 11 ocasiones.

Carlos Alberto Mancuso es exorcista, y trabaja en exclusiva para la Iglesia en Argentina. Según explicó al diario "La Stampa", "No me sorprendió escuchar al Papa hablar del diablo. Pablo VI ya lo mencionó de forma explícita, Juan Pablo II realizó exorcismos y Benedicto XVI asistió a congresos de especialistas sobre demonología. Todos ellos reconocieron que el papel del diablo en la historia es real como el antagonista de Cristo". 

Encargos del Papa Francisco
A sus 80 años, Mancuso lleva 30 expulsando demonios en nombre de la Iglesia, muchos de ellos por encargo del Papa Francisco. "Como no tenía exorcistas en Buenos Aires y recurrió a mí en varias ocasiones. Otras veces, me llamaron familiares del arzobispo de Buenos Aires para que viera a su hijo o su hija, porque tenían comportamientos extraños. Ellos llegaban a mí con un rosario que les había entregado Bergoglio después de orar por ellos".

El exorcista Mancuso recuerda el caso de una muchacha que le abofeteó. "Era una niña buena, pero estaba muy desmejorada. Fue a ver al cardenal Bergoglio , que le dio un rosario con el que vino a verme. Estábamos en la capilla y empecé a rezar. La chica, que estaba con su madre, dio un paso atrás, se giró y me abofeteó violentamente. Me rompió las gafas". 

La mayoría llegan del psiquiatra
Mancuso acude cada viernes de 17 a 20, puntual como un empleado del banco, a la casa de avenida 60 entre el 27 y 28 de La Plata, a una hora de Buenos Aires. 

Allí recibe a todos los que acuden a verle, para escucharlos, para interrogarlos con astucia para discernir si se trata de un trastorno psicológico o de algo más que pueda indicar la presencia del diablo. La gran mayoría llegan desde la consulta de un psiquiatra y se les hace un segundo análisis.

"Cada semana llegan de 25 a 30 personas, de las que una o dos tienen que volver. En primer lugar rezo una oración. En este punto pueden suceder dos cosas: la persona se queda sentada, mirándome y se marcha a casa; o se tiran al suelo y comienzan a gritar". En este caso, se le realiza un interrogatorio minucioso de "para entender dónde, cuándo y por quién está contaminado". 

Cultos malignos
Mancuso utiliza la palabra "contaminada" como si se tratara de la gripe. "No hablo de contaminada en el sentido de contagiosa, pero sí de una personalidad que a menudo se rompe después participar en un acto de culto maligno que la dejó vulnerable a la presencia satánica". 

Mancuso, que utiliza un ritual de 1615, confiesa que ha tratado doscientos casos. Más mujeres que hombres y, sobre todo, jóvenes adultos. Ninguno de ellos de menores de 8 años ni mayores de 60". 

Es un fenómeno en auge, asegura. "Nunca habían entrado tantas personas por la puerta o me topaba con tantos casos de posesión como este año, en el que ha tratado 60 "infecciones". Todo está documentado en un cuaderno, con fechas, nombres, circunstancias y resultado del tratamiento. 

No le asusta
Los encuentros cercanos con el diablo no le asustan. "No tengo miedo, creemos que Dios da a cada uno las cualidades necesarias para liberar su propia obra". 

Su habilidad y experiencia le ha servido para poder realizar exorcismos de todo tipo, hasta un caso que realizó por teléfono. 

"Entendí que la persona que estaba al otro lado de la línea estaba poseída. Era una médico argentina que había vivido en España. Le dije que llamara a un sacerdote. Lo hizo y vinieron a verme para repetir la fórmula del exorcismo. Y tuvo éxito".
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Santo Evangelio 27 de Diciembre de 2013

Día litúrgico: 27 de Diciembre: San Juan, apóstol y evangelista


Texto del Evangelio (Jn 20,2-8): El primer día de la semana, María Magdalena fue corriendo a Simón Pedro y a donde estaba el otro discípulo a quien Jesús quería y les dice: «Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto». Salieron Pedro y el otro discípulo, y se encaminaron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió por delante más rápido que Pedro, y llegó primero al sepulcro. Se inclinó y vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llega también Simón Pedro siguiéndole, entra en el sepulcro y ve las vendas en el suelo, y el sudario que cubrió su cabeza, no junto a las vendas, sino plegado en un lugar aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó.



Comentario: Rev. D. Manel VALLS i Serra (Barcelona, España)
Vio y creyó

Hoy, la liturgia celebra la fiesta de san Juan, apóstol y evangelista. Al siguiente día de Navidad, la Iglesia celebra la fiesta del primer mártir de la fe cristiana, san Esteban. Y el día después, la fiesta de san Juan, aquel que mejor y más profundamente penetra en el misterio del Verbo encarnado, el primer “teólogo” y modelo de todo verdadero teólogo. El pasaje de su Evangelio que hoy se propone nos ayuda a contemplar la Navidad desde la perspectiva de la Resurrección del Señor. En efecto, Juan, llegado al sepulcro vacío, «vio y creyó» (Jn 20,8). Confiados en el testimonio de los Apóstoles, nosotros nos vemos movidos en cada Navidad a “ver” y “creer”.

Uno puede revivir estos mismos “ver” y “creer” a propósito del nacimiento de Jesús, el Verbo encarnado. Juan, movido por la intuición de su corazón —y, deberíamos añadir, por la “gracia”— “ve” más allá de lo que sus ojos en aquel momento pueden llegar a contemplar. En realidad, si él cree, lo hace sin “haber visto” todavía a Cristo, con lo cual ya hay ahí implícita la alabanza para aquellos que «creerán sin haber visto» (Jn 20,29), con la que culmina el vigésimo capítulo de su Evangelio.

Pedro y Juan “corren” juntos hacia el sepulcro, pero el texto nos dice que Juan «corrió más aprisa que Pedro, y llegó antes al sepulcro» (Jn 20,4). Parece como si a Juan le mueve más el deseo de estar de nuevo al lado de Aquel a quien amaba —Cristo— que no simplemente estar físicamente al lado de Pedro, ante el cual, sin embargo —con el gesto de esperarlo y de que sea él quien entre primero en el sepulcro— muestra que es Pedro quien tiene la primacía en el Colegio Apostólico. Con todo, el corazón ardiente, lleno de celo, rebosante de amor de Juan, es lo que le lleva a “correr” y a “avanzarse”, en una clara invitación a que nosotros vivamos igualmente nuestra fe con este deseo tan ardiente de encontrar al Resucitado.

San Sabino, Mártir, 30 de Diciembre

30 de Diciembre

San Sabino, Mártir

Fuente: Catholic.net 
Autor: P. Felipe Santos


Etimológicamente significa “del país de las Sabinas”. Viene de la lengua latina.


Muchas veces , en el lenguaje de los medios de comunicación, la palabra amor tiene un sentido claramente inclinado hacia el sexo. Y según la experiencia de cristianos verdaderos, hay algo mucho más: la felicidad y perdón. Quien ama felicita y perdona.

Este joven mártir es de época incierta. Al leer su “Pasión” o teatro para darlo a conocer, se habla que el emperador ordenó a Venustiano que se presentara ante el tribunal Sabino, que era obispo de Asís.

¿Por qué y con qué derecho dices al pueblo que deje nuestros dioses para adorar a un hombre muerto?

Sepa, contestó Sabino, que Cristo, después de morir, resucitó al tercer día.

Puedes elegir entre adorar a nuestros dioses o morir. Y a ver si resucitas como Cristo, tu maestro.

Venustiano ordenó que le fueran cortando las manos y lo llevaran así a la cárcel.

En ella le devolvió la vista a un ciego. El propio gobernador fue a ver si era verdad.

Y no solamente le curó la vista, sino también el alma en cuanto que el curado le pidió que lo bautizara porque quería ser cristiano.

Y no solamente a él sino también a su mujer e hijos. Una vez que llegó a Roma la noticia de que se habían convertido, cambió al gobernador y le encargó que acabase con el obispo y con el gobernador.

Todo esto es fruto de la “Pasión”, escrita en el siglo V ó VI. Pero lo claro es que san Sabino es un mártir auténtico, aunque sepamos poco de su vida.


San Juan, Apóstol y Evangelista, 27 de Diciembre

27 de diciembre

SAN JUAN, APÓSTOL Y EVANGELISTA
(+ final s. I)

1. Veinte años tendría escasamente cuando Jesús le llamó, Fue, sin duda, el más joven de los discípulos y me nor que el Maestro en una buena docena de años,

Ribereño del lago de Tiberíades, ni su género de vida como pescador, ni aquella fogosidad juvenil que le mereció el título de Boanerges (= hijo del trueno" ), compartido con su hermano Santiago el Mayor; ni su actividad apostólica en los tiempos heroicos de la primitiva Iglesia palestinense; ni su longevidad casi centenaria, la cual supone una constitución somática vigorosa; ni la intrepidez con que defendió, frente a herejes gnósticos—llamándoles "anticristos"—, la verdadera fe en Jesús Dios-hombre; ni la densidad sublime de su teología y de su mística, basadas, sin embargo, en la realidad histórica: nada de esto autoriza esa figura de jovencito blandengue—casi femenil, si no enfermizo—, tantas veces representada por un arte iconográfico que parece ignorar los datos bíblicos. Si Juan fue "el discípulo a quien amaba Jesús" y el más joven de los apóstoles, fue también el pescador robusto y vigoroso, el mozo equilibrado y sereno que respetuosamente sabe quedarse en segundo lugar cuando acompaña a Pedro; el hombre varonil a quien Jesús confía de por vida su propia Madre como herencia; el teólogo que, sin perder el contacto con la tierra, sabe elevarse a tales cumbres teológicas como ningún otro escritor neotestamentario, ni siquiera San Pablo. Todo ello supone una personalidad riquisima en cualidades humanas y una entrega interna y externa, total y decisiva, al amor y al servicio del Maestro.

Dos etapas conócense de su vida, separadas por un largo silencio de casi medio siglo. Los detalles de la primera quedaron consignados en los libros sagrados del Nuevo Testamento; los de la segunda, en la más estricta y depurada tradición contemporánea. Entre ambas, la carencia de datos durante ese prolongado silencio.

2. Respecto de la primera etapa sabemos que Juan era de Betsaida, a orillas del lago, patria también de Pedro. Sus padres fueron Zebedeo y Salomé (¿hermana de San José?). Los hijos de este matrimonio, Santiago y Juan, fueron pescadores, como su padre, pero no de condición precaria, puesto que tenían a su servicio jornaleros, poseían barca propia, pescaban al copo con amplia red barredera, y su madre era una de aquellas piadosas mujeres que con sus bienes sufragaban las necesidades materiales del Maestro,

Juan, su hermano Santiago y su amigo Pedro formaban el grupo predilecto de Jesús, Los tres fueron testigos directos de la resurrección de la hija de Jairo, de la transfiguración de Jesús en el Tabor, de su agonía en Getsemaní.

Jesús tuvo tal predilección por Juan que éste se señalaba a sí mismo como "el discípulo a quien amaba Jesús". En la noche de la cena reclinó su cabeza sobre el costado del Maestro y fue el único discípulo que estuvo al pie de la cruz, a quien Jesús agonizante dejó encomendada su divina Madre.

Su amistad con Pedro fue de siempre. Paisano suyo y compañero de pesca, ellos dos fueron los encargados por Jesús de preparar la ultima cena pascual. También fue Juan, seguramente, el que introdujo a Pedro en la casa del sumo sacerdote durante la noche de la pasión. Y en la mañana de la resurrección ambos comprueban juntos que el sepulcro está vacío. Juntos aparecen también en la curación del paralítico por Pedro, en la detención y en el juicio sufrido ante el Sanedrín, y en Samaria, adonde van en nombre de los Doce, para invocar allí, sobre los ya creyentes, al Espíritu Santo. Y cuando San Pablo, allá por el año 49, vuelve a Jerusalén al final de su primera expedición misionera, encuentra allí a Pedro y a Juan, a quienes califica de "columnas" de la Iglesia.

3. La segunda etapa de su vida coincide con el último decenio del primer siglo de nuestra era poco más o menos. Juan es ahora el oráculo de los cristianos de la provincia romana de Asia, es decir, del litoral egeo y parte de tierra adentro de la actual Turquía. El centro de su actividad apostólica es siempre Efeso.

Él mismo nos dice en el Apocalipsis que estuvo desterrado en Palmos por haber dado testimonio de Jesús. Esto debió de acontecer durante la persecución de Domiciano (años 81-96 d. C.). Su sucesor, el benigno y ya casi anciano Nerva (a. 96-98), concedió una amnistía general, en virtud de la cual pudo Juan volver a Efeso. Allí nos lo sitúa la tradición cristiana de primerisima hora, cuya solvencia histórica es irrecusable. El Apocalipsis y las tres cartas de Juan atestiguan igualmente que su autor vive en Asia y que goza allí de extraordinaria autoridad. Y no es para menos. En ninguna otra parte del mundo civilizado, ni siquiera en Roma, quedaban ya apóstoles supervivientes. Y sería de ver la veneración que sentirían los cristianos de fines del primer siglo por aquel anciano que había oído hablar al Señor Jesús, y le habia visto con sus propios ojos, y le habia tocado con sus manos, y le había contemplado en su vida terrena y ya resucitado, y había presenciado su ascensión a los cielos. Por eso el valor de sus enseñanzas y el peso de sus afirmaciones por fuerza había de ser excepcional y único. Y en este anciano, que al parecer jamás iba a morir—eso anhelaban y, en parte, creían los buenos hijos espirituales del apóstol viendo su longevidad—, encontraban aquellas comunidades cristianas un manantial inagotable de vida en Cristo. De él dependen, en su doctrina, en su espiritualidad y en la suave unción cristocéntrica de sus escritos, los Santos Padres de aquella primera generación postapostólica que le trataron personalmente o se formaron en la fe cristiana con los que habian vivido con él, como San Papias de Hierápolis, San`Policarpo de Esmirna, San Ignacio de Antioquía y San Ireneo de Lyón. Y son éstos precisamente las fuentes de donde dimanan las mejores noticias que la tradición nos transmitió acerca de esta última etapa de la vida del apóstol.

Mas la situación no era nada halagüeña para la Iglesia. A las persecuciones más o menos individuales de Nerón siguióse, bajo Domiciano, una persecución en toda regla. El inmenso poder del divinizado cesar romano se propone aniquilar la inerme Esposa de Cristo. La Bestia contra el Cordero. Y, para colmo, el cúmulo de herejías que entraña el movimiento religioso gnóstico, nacido y propagado fuera y dentro de la Iglesia, intenta corroer la esencia misma del cristianismo. Triste situación la de este nonagenario sobre cuyos hombros pesa ahora, por ser el único superviviente de los que convivieron con el Maestro, el sostenimiento de la fe cristiana. Pero Dios le concedió, providencialmente, tan largos años de vida para que fuera el pilar básico de su Iglesia en aquella hora terrible.

Y lo fue. Para aquella hora y para las generaciones futuras también. Con su predicación y sus escritos quedaba asegurado el porvenir glorioso de la Iglesia, entrevisto por él en sus visiones de Palmos y cantado luego en el Apocalipsis.

Cumplida su obra, el santo evangelista murió ya casi centenario, sin que sepamos la fecha exacta. Fue al final del primer siglo o muy a principios del segundo, en tiempos de Trajano (a. 98-117).

4. Entre estas dos etapas de la actividad apostólica de San Juan existe la gran laguna de un silencio prolongado. Desde el año 49, cuando San Pablo le encuentra todavía en Jerusalén, siendo allí "columna' de la Iglesia palestinense, hasta cerca del año 90, cuando fue desterrado a Palmos, nada se sabe de él. ¿Dónde estuvo? ¿Qué iglesias evangelizó?

Desde luego, la tradición considera su venida a Efeso después de Palmos como una vuelta, como un regreso. Allí, pues, había trabajado anteriormente. Mas ¿cuándo llegó por primera vez?

Quizá los hechos hayan de explicarse así: entre el año 66 y el 68 sucedieron muchas cosas que pudieron motivar la marcha de San Juan a Efeso. Por de pronto, la Santísima Virgen, encomendada a los cuidados filiales de Juan, había volado ya en cuerpo y alma a los cielos. Por otra parte, comenzaba en el 66 la espantosa guerra judía que terminaría con la destrucción de Jerusalén por el ejército romano, y, en conformidad con el aviso previo de Jesús, los cristianos de la Ciudad Santa se dispersaron de antemano y se situaron en otras regiones. Ya no era, pues, necesaria la presencia de Juan en Palestina. Además, hacia el año 67, Pablo, el gran evangelizador del mundo greco-romano, que había permanecido en Efeso más tiempo que en ninguna otra ciudad del Imperio, había sido decapitado en Roma. ¿Cómo dejar abandonada a sí misma la región de Asia, que por su situación, su cultura helenistica y por el estado florecientisimo de sus comunidades, amenazadas de las nuevas corrientes heréticas, podía considerarse como el centro vital de irradiación cristiana? Las circunstancias de Efeso reclamaban la presencia de un apóstol que, como Juan, continuara en Asia la siembra de Pablo y fecundara su desarrollo doctrinal. Para tal obra nadie más a propósito—y quizá ya el único disponible— como aquel animoso Boanerges, el cual, por otra parte, había calado tan hondamente en la comprensión del "misterio" de Jesús,

Estos hechos motivaron seguramente el traslado de Juan a Efeso para ejercer allí su actividad misionera, plasmada luego en sus escritos.

5. Pero el Juan misionero queda como empequeñecido por el Juan escritor. Si con su palabra hablada fue el oráculo del Asia durante muchos años, con sus escritos es y seguirá siendo, a través de los siglos, el "teólogo" y el "místico" por excelencia, el "águila" de los evangelistas, la antorcha que ilumina con claridades celestiales el futuro terrestre y eterno de la Iglesia.

Tres son la obras salidas de su pluma incluidas en el canon del Nuevo Testamento: el cuarto evangelio, el Apocalipsis y las tres cartas que llevan su nombre.

A pesar de la aparente serenidad y del buscado anonimato, en parte, de estas obras, la recia personalidad de su autor, dominada por una hondísima penetración del "misterio" de Jesús, se acusa fuertemente en ellas por la concepción y trama de las mismas, por la profundidad de sus ideas, que el lector nunca logra agotar, y por lo peculiar de su estilo, pobre de gramática y de recursos literarios, pero de un dramatismo inigualado.

Los escritos de San Juan son ya el final de los libros sagrados, el último estadio del fieri de la Iglesia naciente, la madurez definitiva de la revelación. Con media docena escasa de ideas, pero cargadas de una densidad teológica inagotable, Juan desarrolla el tema central y aun único de sus escritos: enseñarnos quién es y qué es Jesús: Dios-hombre, luz, vida, verdad y amor.

Si a San Juan se le llama el evangelista del amor, por las mismas razones debería llamársele el evangelista de la vida, del Cristo-Vida, cuya "gloria' junto al Padre, reverberada sobre la vida terrestre del Maestro, nos describe como ningún otro escritor sagrado.

Igualmente es característica de San Juan la teología de nuestra palingenesia o renacer del Espíritu Santo y la de nuestra inmanencia en Cristo mediante la fe y la Eucaristía. Y es curioso anotar que San Juan no repara en la esperanza. Nunca utiliza este término en el evangelio o en el Apocalipsis y sólo una vez en sus epístolas, Parece como si no pensara en el más allá. Pero es que, según su ideologia, para el que "permanece en Cristo" no hay fronteras entre este mundo y el venidero. Todo es ya presente para el que ama a Cristo. La vida eterna la posee ya en toda su esencia el que tiene fe en Cristo y "permanece en El" por la observancia de los mandamientos.

Los escritos de San Juan son, pues, esencialmente cristocéntricos. Su finalidad es revelarnos las riquezas que se encierran en la persona de Jesús. Su tema central es Jesús, quien, por ser tan realmente hombre y tan realmente Dios, es el revelador del Padre, y es por eso la luz del mundo, y la vida de los hombres, y la clave del universo, que en Él encuentra la razón de su existencia y de su destino,

Juan es, por último, el evangelista de la universal misión maternal de María. Aun prescindiendo de la parte que él pudo tener en transmitir las noticias recogidas en San Lucas sobre la infancia de Jesús, el evangelista San Juan, que tanto simbolismo sabe descubrir en los principales milagros de Jesús, coloca a la Santísima Virgen en el milagro de Caná y al pie de la cruz—principio y fin de la vida pública de Jesús—, como para indicar la presencia permanente de María en la obra de su Hijo y su solícita colaboración maternal con Él.

Si quisiéramos resumir en pocas palabras a qué se deben estas características de los escritos de San Juan, diriamos: primero, al amor sincero de su corazón varonil por el Maestro durante su vida terrena: segundo, a la intimidad de su diario vivir con la Santísima Virgen desde que Jesús se la encomendara al pie de la cruz hasta que Ella subió a los cielos; tercero, a un continuo repensar los hechos de que fue testigo directo durante la vida de Cristo y valorar su significación sobrenatural, y cuarto, a su constante "permanecer en Cristo" a lo largo de tantos años de unión íntima con Él por la fe y por el recuerdo con lo que consiguió esa penetración sabrosísima del "misterio" de Jesús reflejada en sus obras.

6. Hay anécdotas simpáticas, aunque históricamente no del todo seguras, que confirman la amabilidad de este santo anciano, junto con su natural viveza de carácter y el amor en Cristo que a todos profesaba.

Cuentan de él que, como descanso para su espíritu, le gustaba entretenerse en acariciar a una tortolilla domesticada que tenía. Buen precedente para San Francisco de Asís... En cierta ocasión—narra San Ireneo—, habiendo ido el bienaventurado apóstol a bañarse en los baños públicos de Efeso, vió que en ellos estaba el hereje Cerinto; e inmediatamente, sin haberse bañado, salióse fuera diciendo: "Huyamos de aquí; no vaya a hundirse el edificio por estar dentro tan gran enemigo de la verdad". En cambio habiendo sabido que un joven cristiano, educado con miras al sacerdocio, dió luego tan malos pasos que acabó en jefe de bandoleros, hízose llevar el Santo hasta el monte que al ladrón servia de guarida, y, corriendo tras él y llamándole a grandes voces: "¡Hijo mío, hijo mío!", logró rescatarle para Cristo.

Algunos autores de los primeros siglos cuentan que San Juan resucitó en cierta ocasión a un muerto. Pero el milagro principal fue el sucedido en su propia persona. Refiere Tertuliano que, llevado el apóstol a Roma poco antes de su destierro a Palmos, fue sumergido en una tinaja de aceite hirviendo, de la que salió totalmente ileso y pletórico de renovada juventud, Hay quien pone en duda la historicidad de este hecho, porque ni consta que San Juan estuviera alguna vez en Roma ni de tal milagro se hacen eco los escritores que le conocieron, mientras que Tertuliano, de la iglesia de Africa, difícilmente podía tener información segura. Con todo, la Iglesia romana celebra esta fiesta en su liturgia bajo el título de "San Juan ante portam Latinam".

Una leyenda curiosa recogió San Agustín. En el sepulcro del santo apóstol—dice—se ve moverse la tierra sobre la parte correspondiente al pecho, como si el cuerpo allí sepultado respirara todavía o palpitara aún su corazón. Simple leyenda desde luego. Pero lo que no es leyenda sino realidad, es que el corazón del santo evangelista sigue palpitando en sus escritos, y que esas palpitaciones son de amor, de admiración, de arrobamiento ante la persona de Jesús, que fue para él la gran revelación de su vida y el centro de su vivir. Y Juan quería que lo fuera también para todos los hombres. Porque Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios; Él es la Luz, y la Verdad, y la Vida, y el Amor.

SERAFIN DE AUSEJO, O. F. M. CAP.


Juan Apóstol y Evangelista, San

Autor: P. Ángel Amo. 

El Discípulo Amado 

Juan, hijo de Zebedeo y de Salomé, hermano de Santiago, fue capaz de plasmar con exquisitas imágenes literarias los sublimes pensamientos de Dios. Hombre de elevación espiritual, se lo considera el águila que se alza hacia las vertiginosas alturas del misterio trinitario: “En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios”. 

Es de los íntimos de Jesús y le está cerca en las horas más solemnes de su vida. Está junto a él en la última Cena, durante el proceso y, único entre los apóstoles, asiste a su muerte al lado de la Virgen. Pero contrariamente a cuanto pueden hacer pensar las representaciones del arte, Juan no era un hombre fantasioso y delicado, y bastaría el apodo que puso el Maestro a él y a su hermano Santiago -”hijos del trueno”- para demostrarnos un temperamento vivaz e impulsivo, ajeno a compromisos y dudas, hasta parecer intolerante. 

En el Evangelio él se presenta a sí mismo como “el discípulo a quien Jesús amaba”. Aunque no podemos indagar sobre el secreto de esta inefable amistad, podemos adivinar una cierta analogía entre el alma del “hijo del trueno” y la del “Hijo del hombre”, que vino a la tierra a traer no sólo la paz sino también el fuego. Después de la resurrección, Juan parmanecerá largo tiempo junto a Pedro. Pablo, en la carta a los Gálatas, habla de Pedro, Santiago y Juan “como las columnas” de la Iglesia. 

En el Apocalipsis Juan dice que fue perseguido y relegado a la isla de Patmos por la “palabra de Dios y el testimonio de Jesucristo.” Según una tradición, Juan vivió en Éfeso en compañía de la Virgen, y bajo Domiciano fue echado en una caldera de aceite hirviendo, de la que salió ileso, pero con la gloria de haber dado también él su “testimonio”. Después del destierro en Patmos, regresó definitivamente a Éfeso en donde exhortaba infatigablemente a los fieles al amor fraterno, como resulta de las tres epístolas contenidas en el Nuevo Testamento. Murió de avanzada edad en Éfeso, durante el imperio de Trajano, hacia el año 98.




San Juan Apostol y Evangelista (S.I)

Juan iba con Juan Bautista cuando al pasar Jesús le dijo el Precursor: "Ese es el Cordero de Dios". El mismo se llamará "el discípulo al que amaba Jesús". Juan Evangelista escribió cinco libros del Nuevo Testamento: El cuarto Evangelio, tres Cartas y el único libro profético, el Apocalipsis.

Era el hijo del Zebedeo y de María la de Salomé. Era hermano menor de Santiago el Mayor. La primera llamada de Jesús la recibió Juan estando con Andrés: "Venid y veréis". Le quedaron tan profundamente grabadas las palabras de Jesús que, cuando escribía su Evangelio casi sesenta años después de aquella llamada, aún recordará la hora: Eran como las cuatro de la tarde cuando el Maestro me llamó.

Juntamente con su hermano Santiago y con Simón Pedro formará parte de los tres discípulos hacia lo que el Maestro sentía una predilección especial. A ellos se los llevará a la Transfiguración al Tabor.

A ellos les acercará más en la noche del Jueves Santo, en el Huerto. Si a Pedro le entrega la Iglesia, a Juan le entregará a su Madre.

¿Por qué sintió predilección especial Jesús hacia Juan? Lo ignoramos.

Algunos Santos Padres pensaron que fue por su virginidad, ya que sabemos que era muy jovencillo cuando lo llamó Jesús a seguirle y que fue virgen toda su vida. Dice San Jerónimo, el Padre de las Sagradas Escrituras: "El Señor virgen quiso poner a su Madre Virgen en manos del discípulo virgen".

Juan era de Betsaida, la patria de Simón Pedro y de Andrés, con quienes les unía a los hermanos Boanerges o hijos del trueno una gran amistad. Pertenecía a una familia bien acomodada, para lo que entonces se estilaba, ya que tenían jornaleros y barca propia. Juan era de los "validos" de Jesús. También asistió a la resurrección de la hija de Jairo junto con su hermano y Pedro, y fue el único que tuvo la dicha de reposar su cabeza en el Costado de Cristo la Noche de la última Cena.

Juan es el único que será fiel a Jesús hasta el último momento de la Cruz. Mientras los demás le abandonarán, le venderán o le negarán, Juan le acompañará en los últimos momentos y como premio recibirá a María como Madre suya y en su nombre, de toda la humanidad. ¡Gracias, Juan, por este regalo que por tu medio nos hace Jesús!

Cuando por el año 49 vuelve Pablo a Jerusalén de su primer viaje, dice que se encontró a Pedro y Juan "columnas de aquella Iglesia".

Hay un lapso de más de cuarenta años que nada se sabe de Juan, desde el año 49 hasta el 90 poco más o menos. ¿Dónde pasó este tiempo y qué hizo durante todos aquellos largos años? Lo ignoramos. Sabemos que los últimos años de su vida los pasó en Efeso y Patmos, y desde allí parece ser que escribió sus tres Cartas y el Apocalipsis. Él era el sostén de aquella naciente y floreciente Iglesia. Todos escuchaban con admiración sus palabras: "Hijitos míos, les decía, amaos los unos a los otros". Le dicen sus discípulos: Padre ¿por qué siempre nos repites lo mismo?" -"Porque, contesta él, es lo que yo aprendí cuando recosté mi cabeza sobre el pecho del Maestro. Y si hacéis esto, todo está cumplido."

Se cuentan muchas y bellas anécdotas de estos años, más o menos verídicas. Sus discípulos, San Papías de Hierápolis, San Policarpo, San Ignacio de Antioquía, San Ireneo, todos recogieron de sus labios las enseñanzas del Maestro. San Juan fue misionero, predicador de la Palabra de Dios, pero sobre todo "escritor" profundo del Mensaje del Maestro. Murió por el año 96, después de haber sido arrojado a una caldera de aceite hirviendo, sin hacerle daño. Con la muerte de Juan, enamorado de Cristo, se concluyó la revelación en el Nuevo Testamento.


jueves, 26 de diciembre de 2013

Santo Evangelio 26 de Diciembre de 2013

Día litúrgico: 26 de Diciembre: San Esteban, protomártir

Texto del Evangelio (Mt 10,17-22): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus Apóstoles: «Guardaos de los hombres, porque os entregarán a los tribunales y os azotarán en sus sinagogas; y por mi causa seréis llevados ante gobernadores y reyes, para que deis testimonio ante ellos y ante los gentiles. Mas cuando os entreguen, no os preocupéis de cómo o qué vais a hablar. Lo que tengáis que hablar se os comunicará en aquel momento. Porque no seréis vosotros los que hablaréis, sino el Espíritu de vuestro Padre el que hablará en vosotros. Entregará a la muerte hermano a hermano y padre a hijo; se levantarán hijos contra padres y los matarán. Y seréis odiados de todos por causa de mi nombre; pero el que persevere hasta el fin, ése se salvará».


Comentario: + Rev. D. Joan BUSQUETS i Masana (Sabadell, Barcelona, España)
Os entregarán a los tribunales y os azotarán

Hoy, la Iglesia celebra la fiesta de su primer mártir, el diácono san Esteban. El Evangelio, a veces, parece desconcertante. Ayer nos transmitía sentimientos de gozo y de alegría por el nacimiento del Niño Jesús: «Los pastores regresaron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto» (Lc 2,20). Hoy parece como si nos quisiera poner sobre aviso ante los peligros: «Guardaos de los hombres, porque os entregarán a los tribunales y os azotarán» (Mt 10,17). Es que aquellos que quieran ser testimonios, como los pastores en la alegría del nacimiento, han de ser también valientes como Esteban en el momento de proclamar la Muerte y Resurrección de aquel Niño que tenía en Él la Vida.

El mismo Espíritu que cubrió con su sombra a María, la Madre virgen, para que fuera posible la realización del plan de Dios de salvar a los hombres; el mismo Espíritu que se posó sobre los Apóstoles para que salieran de su escondrijo y difundieran la Buena Nueva —el Evangelio— por todo el mundo, es el que da fuerzas a aquel chico que discutía con los de la sinagoga y ante el que «no podían resistir a la sabiduría y al Espíritu con que hablaba» (Hch 6,10).

Era un mártir en vida. Mártir significa “testimonio”. Y fue también mártir por su muerte. En vida hizo caso de las palabras del Maestro: «No os preocupéis de cómo o qué vais a hablar. Lo que tengáis que hablar se os comunicará en aquel momento» (Mt 10,19). Esteban, «mirando al cielo, vio la gloria de Dios y a Jesús de pie a la derecha de Dios» (Hch 7,55). Esteban lo vio y lo dijo. Si el cristiano hoy es un testigo de Jesucristo, lo que ha visto con los ojos de la fe lo ha de decir sin miedo con las palabras más comprensibles, es decir, con los hechos, con las obras.

San Esteban 26 de Diciembre

26 de diciembre

SAN ESTEBAN

(+ c. 34)


Vamos a presenciar el nacimiento del martirio cristiano y el sepelio del mártir primero según lo refieren, con una divina simplicidad, los Hechos de los Apóstoles.

"Y en aquellos días suscitóse en Jerusalén una gran persecución. Y los discípulos todos, menos los apóstoles, se esparcieron y anduvieron huidos por toda la Judea y Samaria. Y unos varones religiosos enterraron a Estaban e hicieron sobre él un llanto muy grande" (Act. 8,2).

Harto da a entender este pasaje de los Hechos de los Apóstoles que la primera agresión inopinada y brutal contra la iglesia de Jerusalén, medrosa y pequeñita, confiada en su propia inocencia y parvedad, como la que asegura aI polluelo debajo de la protección del ala materna, ocasionó en los adeptos de la fe nueva una impresión de terror y desconcierto. Aquella violencia súbita desencadenada contra la chica grey de almas seguras y pacíficas produjo una indecible sorpresa y un afán instintivo de huida. El diácono Esteban, glorificado más tarde como abanderado y caudillo del innumerable ejército de los mártires, no tuvo laureles ni coronas de triunfo, sino funerales, exequias y duelo muy amargo. Así acaeció en Jerusalén. En Roma, no muchos años más tarde, el holocausto de los cristianos que dió Nerón al pasto de las llamas parece haber dejado asimismo el recuerdo de una deserción espantosa. Y en Jerusalén, y en Roma, y en dondequiera, las primeras colisiones con el fuerte armado, los furores primeros que se abatieron sobre las comunidades cristianas en su infancia más tierna, sembraron entre los fieles congoja, y dolor, y desconcierto, y fuga.

Pero bien pronto la conciencia cristiana se recobró y reaccionó con energía. El repentino ímpetu no debiera haberles tomado de sorpresa si hubiesen recibido las enseñanzas del divino Maestro con corazón reflexivo. Él habíales anunciado estas pruebas duras con palabras tan llanas y tan claras, que el propio martirio (sinónimo de testimonio) les era prometido con su nombre propio:

"Os entregarán en tribunales y en sinagogas, os azotarán, y aun a príncipes y a reyes seréis llevados por causa de Mí, por testimonio a ellos y a los gentiles." Y, al mismo tiempo, el divino Maestro proclamaba bienaventurados a quienes tocara una suerte para el sentido carnal tan recia y tan poco apetecible:

"Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados seréis cuando os denostaren y os persiguieren y dijeren con mentira todo linaje de mal contra vosotros. Alegraos entonces y gozaos, porque vuestra ganancia copiosa es en los cielos; así fueron perseguidos los profetas que han sido antes de vosotros."

Diríase que las ímbeles iglesias primitivas no atinaron a interpretar el obvio sentido de estos pasajes que aquel dulce y fuerte obispo típico que fue San Cipriano denominó Evangelium Christi unde martyres fiunt: el Evangelio de Cristo, poderosa forja de mártires. Solamente los apóstoles, admitidos más profundamente en la intimidad del pensamiento de Cristo, se mostraron iniciados y penetrados de la doctrina nueva. En Jerusalén, conducidos a la presencia del sanedrín y azotados, ibant gaudentes, andaban con una alegría ostensible, con una rabiosa extravasación de júbilo, porque habíaseles juzgado dignos de sufrir baldones por el nombre de Jesús.

Pero ya no es la vena profunda y callada del gozo fiel, ni es la miel secreta de los padecimientos por amor de Cristo, ni tampoco el entrañable y manso río de Espíritu Santo el que los inunda, sino que es como un vino violento y una embriaguez más que dionisíaca la que hace prorrumpir a San Pablo en expresiones inflamadas por la muerte y por la cruz. Los más grandes cantores del placer es fuerza que enmudezcan ante ese sublime orgiasta del dolor. Nada ni nadie podrán separar a Pablo de la caridad de Cristo: Ni la tribulación, ni la angustia, ni la persecución, ni la desnudez, ni el hambre, ni el peligro, ni la espada. Cristo es mi vida—dice—y la muerte me es una ganancia.

El dolor es el camino de los astros. Fue nuestro Aurelio Prudencio quien halló esta expresión feliz condensada en aforismo: Ad astra doloribus itur. Pero no; el martirio no es doloroso. La primitiva liturgia cristiana encontró para el martirio un nombre refrigerante, consolador: llamóle bautismo, es decir, inmersión en la propia sangre, cual deleitoso baño en un fresco hontanar del paraíso. El manantial perenne que brota del costado de Jesús sumerge al mártir en el refrigerio de sus aguas vivas. Y, aunque fuera doloroso el martirio, no es precisamente el mártir quien lo soporta. Por una divina suplantación es Cristo quien lo padece: Christus in martyre est. Nuestro acérrimo Prudencio expresó esta divina suplantación al cantar la pasión de un mártir español en versos de una arrogancia y de una entereza más que numantinas:

"En lo más profundo de mi ser hay otro; otro a quien nada ni nadie pueden dañar; hay otro ser, sereno, quieto, libre, íntegro, exento de toda suerte de padecimiento."

Así, en el torrente raudo del himno prudenciano, hablaba al verdugo con una altivez y reciedumbre saguntinas, no lejos de los muros de Sagunto, el diácono Vicente, y mientras su cuerpo, trabazón de lodo, y sus miembros, urdimbre de venas tenues, saltaban en pedazos, su intacto espíritu se mantenía ileso debajo de las ruinas del alcázar inderrocable.

Pero demos ya paso y aclaremos en la vanguardia de quienes blanquearon sus estolas en la sangre del Cordero al primer coronado con la corona incorruptible:

lo, Triumphe!

"Y en aquellos días, como el número de los discípulos iba en aumento, murmuraban los helenistas contra los hebreos, porque sus viudas eran desatendidas en la distribución de la limosna cotidiana."

En aquel tiempo y sazón denominábanse helenistas quienes, aun siendo judíos de raza, procedían de las colonias griegas del Asia Menor y de Egipto. Habíalos muchos avecindados en la Ciudad Santa, y debieron de oír el estampido del Espíritu y contemplar la lluvia de lenguas ígneas y escuchar el sermón candente brotado en los labios de Pedro. Los helenistas, primicias de la conversión, constituían en Jerusalén un núcleo tan numeroso como los judíos nativos.

"Entonces los Doce convocaron la multitud de los discípulos y les dijeron: No es razón que nosotros abandonemos el ministerio de la palabra y sirvamos en las mesas. Escoged, pues, entre vosotros siete varones de probidad acrisolada, llenos de Espíritu Santo y de sabiduría, y constituidlos en el servicio de la distribución del pan, y nosotros continuaremos en la oración y en el ministerio de la palabra."

Tres mil cristianos en su primera redada cogió el pescador de Galilea, trocado en pescador de hombres. Los conversos de Pedro no eran solamente judíos de Jerusalén sino que los había procedentes de toda nación que está debajo del cielo. ¿Cómo iban a cejar los apóstoles en el apostolado de la palabra que tan opimos y tan tempranos frutos les rendía?

Plugo a los discípulos el consejo de Pedro.

"Eligieron a Esteban, varón lleno de fe y de Espíritu Santo, y también a Felipe, Prócer, Nicanor, Timón, Pármenas y Nicolás. prosélito éste de Antioquía." Helenistas son todos ellos y helénicos son sus nombres. Presentados a los apóstoles, les consagraron diáconos por la imposición de las manos. Callaron las murmuraciones, y las viudas de los helenistas fueron atendidas equitativamente. Con estos animosos predicadores nuevos la palabra evangélica crecía y los cristianos se multiplicaban.

"Esteban, lleno de gracia y de fortaleza, obraba en el pueblo prodigios y milagros grandes."

Lucas, el cronista de estos sensacionales acontecimientos, no especifica ninguno de esos carismas que acompañaban y robustecían la palabra de Esteban y hacían avasalladora su predicación. En son de protesta de tamañas novedades irguiéronse algunos miembros de la sinagoga de los libertos, secundados por algunos otros recalcitrantes, originarios de Cirene y de Alejandría, y otros aún, procedentes de Cilicia y de Asia. Estos libertos que iniciaron la contraofensiva debieron de ser descendientes de aquellos judíos que, sesenta y tres años antes de que el Verbo de Dios se hiciese carne y habitase entre los hombres, trajo cautivos a Roma Pompeyo, que con su presencia exasperó el judaísmo, mancilló Jerusalén y profanó el santo de los santos. Vendidos en Roma por esclavos y recobrada temprano o tarde su libertad, tornaron a Jerusalén. Trabados en disputa con Esteban, arrollábalos su sabiduría y la vehemencia del Espíritu que caldeaba su palabra, que, como en la boca de Elías, ardía y crepitaba cual una antorcha.

El texto del discurso con que Esteban cerró su fulgurante ministerio y motivó su bárbara lapidación, tal como nos lo da el autor de los Hechos, es uno de los más venerables monumentos de la literatura cristiana. Es la primera de las homilías. Más que una autodefensa es una didaché. El primicerio de los diáconos, como le llama San Agustín, de acusado se convierte en acusador, contundente como un martillo. Erizadas contra él, a guisa de jabalíes, estaban todas las sectas del judaísmo, y él, con la firmeza de su palabra, sostuvo, solo y señero, la causa de Jesús y el honor del Evangelio. Recias de oír eran las verdades que Esteban les lanzaba al rostro. Mientras hablaba, su rostro resplandecía con lumbre purpúrea de juventud, como el de un ángel. Sus primeras palabras saliéronle de la boca bañadas en miel: Favus distillans labia tua. Abstúvose de decirles algo así como progenie de vitoras, aun a pesar de que le olan con estridor de dientes y con las entrañas secas como el peñón del desierto antes que la vara de Moisés lo convirtiera en hontanar.

"¡Hermanos y padres mios, escuchad!" Con estas palabras, las más tiernas del vocabulario humano, les recuerda la comunidad de su origen; no es entre ellos Esteban un desconocido, no es un alienigena. Es de la raza de Abraham; es partícipe de las mismas promesas y de las mismas esperanzas. Y con amargura de su alma despliega ante los ojos de ellos, con precisión geográfica, con exactitud cronológica, la larga cadena de sus infidelidades...

El parlamento, que empezó con mansedumbre y unción de homilía, con tranquilidad de exposición objetiva, en llegando a su fin, estalla en ese valentísimo apóstrofe:

"¡Duros de cerviz; incircuncisos de corazón! Siempre habéis resistido al Espiritu Santo. Como vuestros padres fueron, habéis sido vosotros. ¿Qué profeta no persiguieron? Dieron muerte a quienes les anunciaban la venida del Justo, a quien vosotros ahora traicionasteis y crucificasteis; vosotros, sí, vosotros, que por ministerio de ángeles recibisteis la Ley y no la observasteis..."

Ese impávido apóstrofe de Esteban pone en revuelo a los judíos. Más que ningún otro les exaspera ese postrer agravio directísimo que para ellos es el más insoportable de todos: la desobediencia a la Ley. Estalla un alto griterio: los judíos se tapan los oídos, lastimados por la blasfemia, en embestida unánime se arrojan sobre él: le arrastran fuera; le lapidan. Saulo asiente a la fiera lapidación y guarda celosamente los vestidos de los lapidadores. Esteban hunde en el cielo los errantes ojos y dice: Veo la gloria de Dios y los cielos abiertos y al Hijo del hombre en pie a la diestra de Dios.

¡El Hijo del hombre en pie!

¿Por qué, preguntase San Ambrosio, Esteban vió a Jesús stantem, puesto en pie? Pónese Jesús en pie por contemplar el combate de su atleta aguerrido; levántase de su silla por ver la victoria del adalid, cuya victoria es su propia victoria; yérguese y se inclina a la tierra por estar más dispuesto a coronarle; el héroe combate y triunfa de rodillas; su fuerza es su oración y reza a modo de brindis:

"Señor Jesús, recibe mi espíritu". Y con voz más recia, añade: "No les imputes, Señor, este pecado".

Si Esteban no hubiese orado y Dios no le hubiese oído, Saulo no se trocara en Pablo ni la Iglesia tendría el Apóstol de las Gentes.

LORENZO RIBER


Esteban, San

Fuente: 
Autor: P. Ángel Amo. 

Se le llama "protomartir" porque tuvo el honor de ser el primer mártir que derramó su sangre por proclamar su fe en Jesucristo.

Después de Pentecostés, los apóstoles dirigieron el anuncio del mensaje cristiano a los más cercanos, a los hebreos, despertando el conflicto por parte de las autoridades religiosas del judaísmo.

Como Cristo, los apóstoles fueron inmediatamente víctimas de la humillación, los azotes y la cárcel, pero tan pronto quedaban libres, continuaban la predicación del Evangelio. La primera comunidad cristiana, para vivir integralmente el precepto de la caridad fraterna, puso todo en común, repartían todos los días cuanto bastaba para el sustento. Cuando la comunidad creció, los apóstoles confiaron el servicio de la asistencia diaria a siete ministros de la caridad, llamados diáconos.

Entre éstos sobresalía el joven Esteban, quien, a más de desempeñar las funciones de administrador de los bienes comunes, no renunciaba a anunciar la buena noticia, y lo hizo con tanto celo y con tanto éxito que los judíos “se echaron sobre él, lo prendieron y lo llevaron al Sanedrín. Después presentaron testigos falsos, que dijeron: Este hombre no cesa de proferir palabras contra el lugar santo y contra la Ley; pues lo hemos oído decir que este Jesús, el Nazareno, destruirá este lugar y cambiará las costumbres que nos transmitió Moisés”.

Esteban, como se lee en el capítulo 7 de Los Hechos de los apóstoles, “lleno de gracia y de fortaleza”, se sirvió de su autodefensa para iluminar las mentes de sus adversarios. Primero resumió la historia hebrea desde Abrahán haste Salomón, luego afirmó que no había blasfemado contra Dios ni contra Moisés, ni contra la Ley o el templo. Demostró, efectivamente, que Dios se revela aun fuera del templo, e iba a exponer la doctrina universal de Jesús como última manifestación de Dios, pero sus adversarios no lo dejaron continuar el discurso, porque “lanzando grandes gritos se taparon los oídos...y echándolo fuera de la ciudad, se pusieron a apedrearlo”.

Doblando las rodillas bajo la lluvia de piedras, el primer mártir cristiano repitió las mismas palabras de perdón que Cristo pronunció en la cruz: “Señor, no les imputes este pecado”. En el año 415 el descubrimiento de sus reliquias suscitó gran conmación en el mundo cristiano. 

Cuando parte de estas reliquias fueron llevadas más tarde por Pablo Orosio a la isla de Menorca, fue tal el entusiasmo de los isleños que, ignorando la lección de caridad del primer mártir, pasaron a espada a los hebreos que se encontraban allí. La fiesta del primer mártir siempre fue celebrada inmediatamente después de la festividad navideña, es decir, entre los “comites Christi”, los más cercanos a la manifestación del Hijo de Dios, porque fueron los primeros en dar testimonio de él.