jueves, 28 de agosto de 2014

Santo Evangelio 28 de agosto de 2014



Día litúrgico: Jueves XXI del tiempo ordinario

Santoral 28 de agosto: San Agustín, obispo y doctor de la Iglesia

Texto del Evangelio (Mt 24,42-51): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Velad, pues, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Entendedlo bien: si el dueño de casa supiese a qué hora de la noche iba a venir el ladrón, estaría en vela y no permitiría que le horadasen su casa. Por eso, también vosotros estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre. ¿Quién es, pues, el siervo fiel y prudente, a quien el señor puso al frente de su servidumbre para darles la comida a su tiempo? Dichoso aquel siervo a quien su señor, al llegar, encuentre haciéndolo así. Yo os aseguro que le pondrá al frente de toda su hacienda. Pero si el mal siervo aquel se dice en su corazón: ‘Mi señor tarda’, y se pone a golpear a sus compañeros y come y bebe con los borrachos, vendrá el señor de aquel siervo el día que no espera y en el momento que no sabe, le separará y le señalará su suerte entre los hipócritas; allí será el llanto y el rechinar de dientes».


Comentario: + Rev. D. Albert TAULÉ i Viñas (Barcelona, España)
Estad preparados

Hoy, el texto evangélico nos habla de la incertidumbre del momento en que vendrá el Señor: «No sabéis qué día vendrá» (Mt 24,42). Si queremos que nos encuentre velando en el momento de su llegada, no nos podemos distraer ni dormirnos: hay que estar siempre preparados. Jesús pone muchos ejemplos de esta atención: el que vigila por si viene un ladrón, el siervo que quiere complacer a su amo... Quizá hoy nos hablaría de un portero de fútbol que no sabe cuándo ni de qué manera le vendrá la pelota...

Pero, quizá, antes debiéramos aclarar de qué venida se nos habla. ¿Se trata de la hora de la muerte?; ¿se trata del fin del mundo? Ciertamente, son venidas del Señor que Él ha dejado expresamente en la incertidumbre para provocar en nosotros una atención constante. Pero, haciendo un cálculo de probabilidades, quizá nadie de nuestra generación será testimonio de un cataclismo universal que ponga fin a la existencia de la vida humana en este planeta. Y, por lo que se refiere a la muerte, esto sólo será una vez y basta. Mientras esto no llegue, ¿no hay ninguna otra venida más cercana ante la cual nos convenga estar siempre preparados?

«¡Cómo pasan los años! Los meses se reducen a semanas, las semanas a días, los días a horas, y las horas a segundos...» (San Francisco de Sales). Cada día, cada hora, en cada instante, el Señor está cerca de nuestra vida. A través de inspiraciones internas, a través de las personas que nos rodean, de los hechos que se van sucediendo, el Señor llama a nuestra puerta y, como dice el Apocalipsis: «Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo» (Ap 3,20). Hoy, si comulgamos, esto volverá a pasar. Hoy, si escuchamos pacientemente los problemas que otro nos confía o damos generosamente nuestro dinero para socorrer una necesidad, esto volverá a pasar. Hoy, si en nuestra oración personal recibimos —repentinamente— una inspiración inesperada, esto volverá a pasar.

San Agustín, 28 de agosto



San Agustín


Autor: Archidiócesis de Madrid

Obispo de Hipona y Doctor de la Iglesia

Un poco de historia

San Agustín es doctor de la Iglesia, y el más grande de los Padres de la Iglesia, escribió muchos libros de gran valor para la Iglesia y el mundo.

Nació el 13 de noviembre del año 354, en el norte de África. Su madre fue Santa Mónica. Su padre era un hombre pagano de carácter violento.

Santa Mónica había enseñado a su hijo a orar y lo había instruido en la fe. San Agustín cayó gravemente enfermo y pidió que le dieran el Bautismo, pero luego se curó y no se llegó a bautizar. A los estudios se entregó apasionadamente pero, poco a poco, se dejó arrastrar por una vida desordenada.

A los 17 años se unió a una mujer y con ella tuvo un hijo, al que llamaron Adeodato.
Estudió retórica y filosofía. Compartió la corriente del Maniqueísmo, la cual sostiene que el espíritu es el principio de todo bien y la materia, el principio de todo mal.

Diez años después, abandonó este pensamiento. En Milán, obtuvo la Cátedra de Retórica y fue muy bien recibido por San Ambrosio, el Obispo de la ciudad. Agustín, al comenzar a escuchar sus sermones, cambió la opinión que tenía acerca de la Iglesia, de la fe, y de la imagen de Dios.

Santa Mónica trataba de convertirle a través de la oración. Lo había seguido a Milán y quería que se casara con la madre de Adeodato, pero ella decidió regresar a África y dejar al niño con su padre.
Agustín estaba convencido de que la verdad estaba en la Iglesia, pero se resistía a convertirse.

Comprendía el valor de la castidad, pero se le hacía difícil practicarla, lo cual le dificultaba la total conversión al cristianismo. Él decía: "Lo haré pronto, poco a poco; dame más tiempo". Pero ese "pronto" no llegaba nunca.

Un amigo de Agustín fue a visitarlo y le contó la vida de San Antonio, la cual le impresionó mucho. Él comprendía que era tiempo de avanzar por el camino correcto. Se decía "¿Hasta cuándo? ¿Hasta mañana? ¿Por qué no hoy?". Mientras repetía esto, oyó la voz de un niño de la casa vecina que cantaba: "toma y lee, toma y lee". En ese momento, le vino a la memoria que San Antonio se había convertido al escuchar la lectura de un pasaje del Evangelio. San Agustín interpretó las palabras del niño como una señal del Cielo. Dejó de llorar y se dirigió a donde estaba su amigo que tenía en sus manos el Evangelio. Decidieron convertirse y ambos fueron a contar a Santa Mónica lo sucedido, quien dio gracias a Dios. San Agustín tenía 33 años.

San Agustín se dedicó al estudio y a la oración. Hizo penitencia y se preparó para su Bautismo. Lo recibió junto con su amigo Alipio y con su hijo, Adeodato. Decía a Dios: "Demasiado tarde, demasiado tarde empecé a amarte". Y, también: "Me llamaste a gritos y acabaste por vencer mi sordera". Su hijo tenía quince años cuando recibió el Bautismo y murió un tiempo después. Él, por su parte, se hizo monje, buscando alcanzar el ideal de la perfección cristiana.

Deseoso de ser útil a la Iglesia, regresó a África. Ahí vivió casi tres años sirviendo a Dios con el ayuno, la oración y las buenas obras. Instruía a sus prójimos con sus discursos y escritos. En el año 391, fue ordenado sacerdote y comenzó a predicar. Cinco años más tarde, se le consagró Obispo de Hipona. Organizó la casa en la que vivía con una serie de reglas convirtiéndola en un monasterio en el que sólo se admitía en la Orden a los que aceptaban vivir bajo la Regla escrita por San Agustín. Esta Regla estaba basada en la sencillez de vida. Fundó también una rama femenina.
Fue muy caritativo, ayudó mucho a los pobres. Llegó a fundir los vasos sagrados para rescatar a los cautivos. Decía que había que vestir a los necesitados de cada parroquia. Durante los 34 años que fue Obispo defendió con celo y eficacia la fe católica contra las herejías. Escribió más de 60 obras muy importantes para la Iglesia como "Confesiones" y "Sobre la Ciudad de Dios".

Los últimos años de la vida de San Agustín se vieron turbados por la guerra. El norte de África atravesó momentos difíciles, ya que los vándalos la invadieron destruyéndolo todo a su paso.

A los tres meses, San Agustín cayó enfermo de fiebre y comprendió que ya era el final de su vida. En esta época escribió: "Quien ama a Cristo, no puede tener miedo de encontrarse con Él".

Murió a los 76 años, 40 de los cuales vivió consagrado al servicio de Dios.

Con él se lega a la posteridad el pensamiento filosófico-teológico más influyente de la historia.
Murió el año 430.

¿Qué nos enseña su vida?

A pesar de ser pecadores, Dios nos quiere y busca nuestra conversión.
Aunque tengamos pecados muy graves, Dios nos perdona si nos arrepentimos de corazón.
El ejemplo y la oración de una madre dejan fruto en la vida de un hijo.
Ante su conflicto entre los intereses mundanos y los de Dios, prefirió finalmente los de Dios.
Vivir en comunidad, hacer oración y penitencia, nos acerca siempre a Dios.
A lograr una conversión profunda en nuestras vidas.
A morir en la paz de Dios, con la alegría de encontrarnos pronto con Él.


miércoles, 27 de agosto de 2014

Santo Evangelio 27 de agosto de 2014



Día litúrgico: Miércoles XXI del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 23,27-32): En aquel tiempo, Jesús dijo: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, pues sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera parecen bonitos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia! Así también vosotros, por fuera aparecéis justos ante los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía y de iniquidad. ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, porque edificáis los sepulcros de los profetas y adornáis los monumentos de los justos, y decís: ‘Si nosotros hubiéramos vivido en el tiempo de nuestros padres, no habríamos tenido parte con ellos en la sangre de los profetas!’. Con lo cual atestiguáis contra vosotros mismos que sois hijos de los que mataron a los profetas. ¡Colmad también vosotros la medida de vuestros padres!».


Comentario: + Rev. D. Lluís ROQUÉ i Roqué (Manresa, Barcelona, España)
¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas!

Hoy, como en los días anteriores y los que siguen, contemplamos a Jesús fuera de sí, condenando actitudes incompatibles con un vivir digno, no solamente cristiano, sino también humano: «Por fuera aparecéis justos ante los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía y de iniquidad» (Mt 23,28). Viene a confirmar que la sinceridad, la honradez, la lealtad, la nobleza..., son virtudes queridas por Dios y, también, muy apreciadas por los humanos.

Para no caer, pues, en la hipocresía, tengo que ser muy sincero. Primero, con Dios, porque me quiere limpio de corazón y que deteste toda mentira por ser Él totalmente puro, la Verdad absoluta. Segundo, conmigo mismo, para no ser yo el primer engañado, exponiéndome a pecar contra el Espíritu Santo al no reconocer los propios pecados ni manifestarlos con claridad en el sacramento de la Penitencia, o por no confiar suficientemente en Dios, que nunca condena a quien hace de hijo pródigo ni pierde a nadie por el hecho de ser pecador, sino por no reconocerse como tal. En tercer lugar, con los otros, ya que también —como Jesús— a todos nos pone fuera de sí la mentira, el engaño, la falta de sinceridad, de honradez, de lealtad, de nobleza..., y, por esto mismo, hemos de aplicarnos el principio: «Lo que no quieras para ti, no lo quieras para nadie».

Estas tres actitudes —que podemos considerar de sentido común— las hemos de hacer nuestras para no caer en la hipocresía, y hacernos cargo de que necesitamos la gracia santificante, debido al pecado original ocasionado por el “padre de la mentira”: el demonio. Por esto, haremos caso de la exhortación de san Josemaría: «A la hora del examen ve prevenido contra el demonio mudo»; tendremos también presente a Orígenes, que dice: «Toda santidad fingida yace muerta porque no obra impulsada por Dios», y nos regiremos, siempre, por el principio elemental y simple propuesto por Jesús: «Sea vuestro lenguaje: ‘Sí, sí’; ‘no, no’» (Mt 5,37).

María no se pasa en palabras, pero su sí al bien, a la gracia, fue único y veraz; su no al mal, al pecado, fue rotundo y sincero.

Santa Mónica, 27 de Agosto

27 de agosto

SANTA MÓNICA

(†  387)


Cae el sol africano, un sol de justicia, sobre las calles pueblerinas de Tagaste. Mónica, niña de pies inquietos, corretea y se divierte por la pequeña ciudad. A la voz de una vieja criada, gruñona pero querida, suspende el juego, y con un gracioso mohín, mezcla de cariño y de protesta, vuelve presurosa a la casa de sus padres.

 Nacida bajo la paz declinante del Imperio romano, Mónica florece a la vida en el seno de una familia cristiana, noble de alcurnia, aunque arruinada por el curso desgraciado de los destinos públicos. Desde la más tierna edad sabe de prácticas piadosas y de ejercicios domésticos. Su educación, si no en ambiente de penuria, comienza a desenvolverse, desde la cuna misma, con sencillez y sin alardes de opulencia.

 Más que a la madre, debe la obra de su formación a la diligencia y al celo de aquella anciana y fiel sirvienta, que llevó ya a su padre a la espalda, cuando niño, y que es ahora, por sus años respetables y por sus óptimas costumbres, la autoridad moral más acatada de la familia. Condescendiente tanto como severa con los pequeños, hasta el agua les regula a deshora, para que se habitúen a moderar los apetitos. Bajo su vigilancia aprende Mónica lecciones de honestidad. Está haciéndose un alma exquisita, encerrada en un corazón sumamente sensible. Los pobres, a diario, son su debilidad apasionante, y la frecuencia de la limosna su recreo más feliz. La dicha de su corazón explota cuando halla oportunidad para lavar los pies a algún peregrino u ofrecer consuelo a algún enfermo.

 A medida que va siendo crecida empieza a gustar los deleites interiores de la espiritualidad. Más de una vez la sorprenden los íntimos arrodillada en un rincón oscuro, haciendo oración a solas, en diálogo de cordialidad inocente con Dios. En los juegos ríe y disfruta como nadie. Sus amigas la respetan, y su palabra es resolutoria en cualquier discusión.

 No ha de faltarle, tampoco, alguna cándida picardía. Como aquella de los tragos clandestinos, que recordará siempre con vergüenza. A la hora de comer, por mandato de sus padres, es la encargada de bajar a la bodega para sacar vino de la cuba. Y cede a la tentación de probarlo, sólo por tomarle el gusto, antes de servirlo a la mesa. Al principio bebe una pizca, casi nada. Poco a poco va aumentando el paladeo, y con él la cantidad. Ahora es ya una gran copa lo que saborea cada vez, antes de subir, sin que lo sepa la criada inflexible ni ninguno de sus mayores. Hasta que todo se descubre. Unicamente está en el secreto otra sirvienta más joven y consentida. En cierta ocasión, discutiendo una y otra, la criada echa en rostro de su pequeña ama este defecto, llamándola, con intención humillante, "borrachuela". Santo remedio. Herida Mónica por el aguijón del insulto, comprende la fealdad del vicio y lo condena al instante, arrojándolo definitivamente de sí. El amor propio afrentado actúa aquí de medicina maravillosa.

 Desde muy niña se está mostrando maestra en reflexionar y en cordura de saber. Lo demostrará más tarde dando lecciones en la escuela de filósofos sutiles, improvisada en el retiro de Casirciaco. Sencilla tanto como culta, desprecia las galas de lujo. Aunque mujer, su prudencia y su discreción están por encima de la vanidad.

 Rica en dones de espíritu y en gracias exteriores, al cumplir los veinte se casa con Patricio, curial de Tagaste, noble pero arruinado también. El corazón del esposo, naturalmente leal y honrado, estalla en volcanes de pasiones vergonzosas. Pagano, violento, de fibra colérica y de pensamientos nada castos, choca en rudo contraste con la delicadeza de Mónica, que consigue enamorarlo y vencerlo, en medio de sus repetidas y alardeadas infidelidades. Un matrimonio así, con edades dobladas y con temples tan distintos, humanamente no puede adivinarse sino como un presagio seguro de desdicha. Pero Mónica acepta ante el altar la mano de Patricio, consciente de un holocausto y con presentimiento de misión. El tacto de su santidad y de sus silencios transforma pronto el infierno previsible del hogar en un remanso de concordia. Bien puede atestiguarlo la propia suegra, en cuya casa vive. Pagana e irritable, como Patricio, acoge las calumnias de los criados, quienes, sólo por adularla, fomentan sus celos, su malquerencia y su astucia contra Mónica. Pero la nuera ya conoce el procedimiento: no huye ni protesta, sino que convive para convertir. Y lo logra: con defensa de amor, de humildad, de dulzura, de paciencia. Táctica de éxito, que aconseja a sus amigas. Mónica nunca sale a la calle con huellas de castigos en el rostro ni comunica las defecciones maritales de Patricio. La oratoria de su ejemplo y el prestigio de su conducta sin tacha ponen paz en las disputas de familiares y extraños. Abomina los chismes y el comadreo. Al fin, la rudeza del esposo y el rencor de la suegra terminan quebrándose contra el corazón suavísimo de Mónica, trasunto ideal de la perfecta casada.

 Al filo de los veintidós años Mónica es madre. El 13 de noviembre del 354 nace su primogénito: Agustín. Otros dos vástagos brotarán de su seno: Navigio y Perpetua.

 Agustín es una llamarada de ímpetus contrarios. La fogosidad de Patricio y la ternura de Mónica arden en su corazón. Navigio es más plácido, más tímido, más maternal; como Jacob. Agustín lleva arreboles de crepúsculo y ascuas de fuego en la sangre. Si no concierta en número, en peso y en medida el huracán temprano de sus inquietudes, será otro Esaú. Toda la vida de Mónica va a cifrarse en un colosal esfuerzo por abrir metas de luz y caminos de seguridad al paso de este gigante.

 Perpetua, la menor, se casa y enviuda pronto. No sale del solar africano. Cuando Agustín sea sacerdote ingresará en un convento, bajo su regla monástica. Navigio no abandona nunca a la madre. Va a ser su fuente de consolación y su descanso durante los extravíos de Agustín.

 Se casará también y tendrá hijos. Uno de ésos se verá más tarde de subdiácono en Hipona, junto al tío obispo. Algunas hijas florecerán a su vez entre las vírgenes de Africa, al lado de la tía monja. Navigio y Perpetua, elevados a los altares, ocupan hoy un lugar de gloria en el santoral cristiano.

 Mónica acierta a sustituir rápidamente los sinsabores y las contrariedades del matrimonio con la educación de sus hijos. Desde el regazo de la madre, "mientras saborean las delicias de su leche", gustan ya la palabra y la sonrisa de Dios. Nos lo dirá el propio Agustín. Todos creen en casa por Mónica. El nombre de Jesús es familiar a hijos y criados. Aquéllos son catecúmenos. La servidumbre es cristiana. Sólo Patricio permanece infiel.

 Navigio y Perpetua, discretos en dones, no son problema para Mónica. El talento fuera de lo normal de Agustín es su tormento de pesadilla. Al principio se limita a reír las quejas de los palmetazos que recibe el pequeño en la escuela de Tagaste, con su aversión clamorosa al estudio. Pero después, cuando el genio despierta monstruoso en sus potencias, con los triunfos apoteósicos de Madaura, unidos a un entusiasmo incontinente por Virgilio, por las estrofas encendidas de los poetas, por las representaciones teatrales..., Mónica mira con miedo al mar agitado de su alma y teme por su perdición.

 Comienza ahora el calvario más cruel de la madre. Sólo Agustín le importa, porque le ve al borde del abismo. “Amar y ser amado" es el lema del escolar brillante, a quien el orgullo de sus paisanos vaticina ya gloria de la patria. La labor de Mónica en la educación de Agustín, estremecido de pasiones rugientes, como su padre, en el albor de los dieciséis años, cae estruendosamente a tierra. La indiferencia de Patricio, preocupado sólo por los aplausos, contribuye al derrumbamiento.

 Entonces, en medio de las primeras lágrimas que vierte la madre por el hijo difícil, recibe alborozada la primera alegría: Patricio se convierte. En la primavera del año 370 abjura públicamente la religión pagana, haciéndose catecúmeno, y un año más tarde, gravemente enfermo, recibe el bautismo, muriendo poco después con muerte edificante. El valor del holocausto, concluido por Mónica en su corazón al recibir el velo de casada, resulta así absolutamente positivo.

 Viuda y joven, con sus treinta y nueve años, viste sencillamente, ayuna y se ejercita en obras de piedad. Agustín no ha asistido a la muerte de su padre. Estudiante en Cartapo, recibe con dolor la triste noticia. La viuda pobre no podrá seguir costeándole los estudios. Pero el corazón generoso de un amigo, Romaniano, soluciona felizmente la contrariedad. Agustín y Mónica pagarán al mecenas con la educación de su hijo Licencio, perfectamente lograda en ciencia y en espíritu por tan extraordinarios preceptores.

 Mónica quiere casto a Agustín. Al saberle en pubertad, ya antes de morir Patricio, le exhortó con valentía sobre los bienes de la continencia. Pero Agustín despreció el consejo como "palabras de mujer". Ahora, lejos de su madre, envuelto en los peligros de una gran ciudad, “ama al fin, es amado y gusta los placeres, los celos y todas las tempestades del amor". A los dieciocho años tiene un hijo: Adeodato. Cuando Mónica lo sabe comprende que toda su vida va a resolverse en lágrimas. No le importa que Agustín sea el primero en los estudios, que entienda sin maestro las cuestiones más abstrusas de filosofía, que triunfe en los certámenes, que en su torno exploten siempre los aplausos; sólo le importa definitivamente la salvación de su alma. Piensa, después de todo, que por la ciencia llegará a Dios. Y se decide a esperar.

 Agustín lee el Hortensio de Cicerón, que le transforma intelectualmente. Penetra con avidez en la dialéctica platónica. Abriga la ilusión de hallar el nombre de Jesús, "mamado amorosamente en la leche de la madre". Y no lo encuentra. Repasa después las Sagradas Escrituras. Pero lo hace con orgullo, sin humildad, con el corazón manchado. Y no las comprende. Mónica sigue estos pasos hacia la luz. Y cada día con más confianza, ora, se mortifica y silenciosamente continúa en espera.

 El problema de Agustín, en estos momentos, es ideológico tanto como afectivo. Busca una doctrina que le proporcione el descubrimiento de la verdad y el culto al nombre de Jesús, sin renunciar a las pasiones. Todo esto le promete el maniqueísmo. Y se afilia con entusiasmo a su fe. Apenas cuenta diecinueve años y aparece ya con tacha de concubinato y herejía. ¡Horror para Mónica! Ferviente maniqueo, se hace apóstol de la secta. En seguida comienzan las conversiones. Todos cuantos le siguen, Alipio, Romaniano, Honorato, Nebridio.... prendados de su lógica y de su corazón, figuran entre los adeptos. Mónica llora desconsolada. Regresa Agustín de Cartago, al terminar sus estudios, y prosigue la captación en Tagaste. A su propia madre trata de convencer. Pero sólo ella se le resiste y le echa de casa. Cabizbajo, se refugia en la de su mecenas y abre escuela de gramática entre los suyos.

 Le acompaña la mujer y el hijo. Mónica no tolera la separación y le visita a diario. Es ley de corazones grandes. Un día le cuenta un sueño. Estando de pie sobre una regla, triste y afligida, ve venir a un joven resplandeciente, que le pregunta el porqué de sus lágrimas. Mónica le contesta que la causa no es sino la perdición de Agustín, El joven, para su confortación, le ordena entonces que mire y observe cómo donde ella está se encuentra el hijo. Mirando rápidamente hacia atrás, descubre con alegría que no se engaña. Y pronostica luego Mónica a Agustín que muy pronto le verá católico. Pero éste interpreta la visión volviéndola hacia sí, intentando persuadir a la madre de que es ella la que algún día terminará en maniquea. A lo cual replica agudamente: "No me dijo: ‘Donde él está allí estás tú', sino: 'Donde tú estás allí está él’. Y agrega, sonriendo, que se cumplirá la profecía.

 A pesar de todo, Agustín continúa en la oscuridad y Mónica sigue llorando. Por esta misma época visita a un santo obispo en demanda de orientación, e insiste ante él con lágrimas incontenidas para que le ayude en su desconsuelo. Y, asomándose a su alma, le responde el obispo con acento seguro: "Ve en paz, mujer, y que Dios te dé vida; no es posible que hijo de tantas lágrimas perezca".

 Tras la muerte de un amigo entrañable Agustín languidece, comienza a sentirse mal y precipita su salida para Cartago, donde abre cátedra de retórica. Con el alejamiento todo se cura. Mónica no lo impide, pues en ello va la salud del hijo. Y confía en el milagro de la ciencia. Nacen aquí las primeras dudas del joven maestro en torno a la dogmática maniquea, que sus doctores no aciertan a resolverle.

 Sin paz en el alma y sin convicción en la inteligencia, Agustín emprende la búsqueda por otros horizontes. Y anuncia su salida para Roma. La madre, armada de valor, se presenta en Cartago para impedirlo. Teme que en la capital del Orbe se pierda irremisiblemente. Agustín, contrariado en sus planes, huye con una mentira. Mientras ora ella en la ermita de San Cipriano, él la abandona y sube a la nave que le conducirá a la urbe. Cuando Mónica advierte el engaño enloquece de dolor. ¡Mucho tarda en cumplirse la visión de la regla!

 En Roma explica Agustín durante un año, pródigo en desilusiones escolares y en angustia espiritual. Por un lado, los alumnos no le pagan. Por otro, conoce al fin la corrupción de los maniqueos y decide abandonar la secta. La duda absoluta y el escepticismo universal le llevan al pórtico de los académicos. Enferma entonces gravemente, sin inquietarse por morir sin bautismo, con riesgo de condenación. Se cura, según intuirá después, por las oraciones de su madre, siempre a su lado, a pesar de la lejanía.

 Roma no le llena y prepara otro salto. Huye de sí mismo, sin lograr ausentarse. En el año 385 gana brillantemente la cátedra de elocuencia patrocinada por los emperadores en Milán. El problema económico se le esclarece. Informada Mónica de la enfermedad y del triunfo académico sale para Roma. La acompaña Navigio. Perpetua, casada, queda en Tagaste. Con ánimo sereno en medio de una borrasca aparatosa, hace felizmente la travesía. En Roma se entera de la salida para Milán. Desilusión otra vez. Nuevamente de viaje, llega a la ciudad lombarda y se arroja en los brazos del hijo. Le encuentra muy otro. Va a rechazar abiertamente la herejía maniquea. Pero ahora es cuando más necesita a la madre. Tiene vacíos el corazón y el pensamiento. En sus razones atiende sólo al encanto de lo formal, sin fe en la verdad. Mónica se dispone a rellenarle de contenido. Para ello visita a San Ambrosio y le presenta a Agustín. Se tratan los tres. El santo obispo felicita al deslumbrante profesor por tener una madre tan extraordinaria. Mónica inventa excusas para que el hijo repita las visitas. Pero Ambrosio no es explícito: espera que la gracia obre independiente del hombre. En compañía de la madre Agustín asiste a los sermones de la basílica ambrosiana, interesado por el estilo y por la dicción, sin cuidados para mayores honduras. Pero con la retórica, sutilmente, penetra en los oídos del puro artista la luz de la verdad cristiana. Sin discusiones, ni con la madre ni con el obispo, Agustín medita, y poco a poco va hallando a Dios dentro de sí.

 Comienza a entusiasmarle San Pablo. Conversa con personas venerables, confiándoles sus angustias interiores. Está a punto de romper con los vínculos del pecado. Pero la voluntad de la carne se afirma en él más fuerte que la del espíritu. Y lucha sin redimirse de las cadenas que le esclavizan.

 Mónica sigue con más atención que nunca el desarrollo del drama y redobla sus oraciones. Presiente la alborada de Dios. La borrasca irrumpe inclemente en el alma agitada de Agustín. Hasta que un día, en una crisis de rebelión frente a sus miserias, el canto suavísimo de la gracia suena rotundo en su corazón. Y el hombre viejo, perdido por Adán y prisionero en la culpa, se transforma en el hombre nuevo, salvado por Cristo y libre en la fe.

 Las lágrimas de Mónica han precipitado el desenlace feliz. Se ha cumplido la profecía. Agustín está ya en la regla junto a la madre. Con su adiós a la vanidad de la retórica se retira a la quinta de Casiciaco. Van tras él los amigos de siempre, discípulos del maestro en sus desviaciones maniqueas y en sus pasos hacia la pila bautismal, seguros de que su elección, antes y ahora, es criterio de sabiduría. A tanto llega la autoridad de su preeminencia. Le acompaña su madre, con Navigio y Adeodato. Sólo falta la mujer que le dio este hijo, recluida desde hace meses en un convento de Africa, donde habrá rezado, sin duda por él.

 Otoño melancólico y dulce, con suavidad dorada en la vertiente alpina, con inquietud anhelante de recibir a Dios por el bautismo, con doctas controversias, con poesía en las almas, bajo la providencia amorosa de Mónica..., esto es Casiciaco en los primeros fervores de la conversión. La vida allí, de otoño a primavera, es una preparación al bautismo, entre lecturas y discusiones, elevándose a Dios por la belleza de las cosas. Mónica cuida de todos con materna solicitud. El ejemplo de su santidad les dirige, corrigiendo e ilustrando, presente a cada uno, "con traje de mujer, fe de varón, seguridad de señora, caridad de madre y piedad cristiana". Entona con ellos los salmos de David. Participa en los diálogos de sobremesa, aunque humildemente se resiste a emitir opinión en aquel cenáculo. Instada por Agustín, encauza discusiones sobre la verdad, la hermosura, el orden, la felicidad y el amor de Dios, con una sabiduría, una discreción y un talento, desplegados muy por encima de la frivolidad sensible, que a todos sorprende, penetrando sin dificultad y con agudeza en cuestiones arduas aun para los versados.

 Transcurrido el tiempo de iniciación, al cabo de siete meses, Agustín, Adeodato y sus amigos dan el paso regenerante, recibiendo en Milán el sacramento del bautismo. La ceremonia se ha fijado para el día 25 de abril del año 387. Una fecha de glorioso recuerdo, señalada con piedra blanca en el calendario de la Iglesia. La presencia de Mónica, con lágrimas todavía, pero no de ansiedad dolorosa, sino de júbilo radiante, realza la solemnidad del acto. No ha sido estéril tanta súplica. Agustín funde sus emociones con las incontenidas de la madre, mientras el torrente de la gracia penetra en su corazón, entre el eco novísimo que han dejado disperso por las bóvedas las cadencias exultantes del Te Deum laudamus.

 Una armonía inefable inunda el alma de Mónica. Todo es paz en su vida. Nada la detiene ya en la tierra. Sólo siente la nostalgia del cielo. Colinada, su misión, ¿para qué esperar?

 Entretanto, madre e hijo, con la pequeña comunidad de bautizados, vuelven a Africa. En el puerto romano de Ostia se detienen unos días, mientras llega el momento de embarcar.

 Caen las primeras hojas de otoño. Declina la tarde, una famosa tarde del año 387. Mónica y Agustín están solos junto al mar, reclinados sobre una ventana. Con olvido del pretérito y atentos únicamente al porvenir, se ocupan de la verdad, presente en la vida eterna de Dios. Piensan que ante el gozo de aquella vida vale el deleite perecedero del sentido. Recorren la escala de los seres corpóreos. Se elevan interiormente sobre la luna y el sol. Suben más arriba de las estrellas, admirando la obra del dedo divino. Llegan, a la esfera intáctil del pensamiento, y la transcienden también. Alcanzan, por fin, la región de la abundancia indeficiente, donde se apacienta Israel con el pasto inmarchito de la verdad pura. La vida aquí se llama Sabiduría, principio de todas las cosas, así de las que fueron como de las que serán, existente antes del tiempo, increada, total y constante en el ser, con ausencia de pasado y de futuro. Y hablando de ella y desvividos por su logro, llegan a tocarla un instante, con el ímpetu más intenso de su corazón, elevado sobre las ataduras de la pesada mortalidad. Pero el arrebato de beatitud se desvanece. Con un hondo suspiro vuelven a la tierra y al estrépito de las palabras, dejando allí prisioneras las primicias del espíritu. Mónica tiene las manos de Agustín entre las suyas. No aciertan con la frase que exprese la ansiedad de su ánimo: si enmudeciesen las cosas y sólo Dios hablase, no por ellas, sino directamente por sí, oyéndole sin sonido de voces, en contacto del pensamiento con su Sabiduría, abismada el alma en la fruición de sus dulzuras, como en aquel instante de efímero deleite, ¿no sería esto el "entra en el gozo de tu Señor"? "Y tanta dicha, ¿cuándo será?", exclama Agustín enardecido. Por lo que a mí atañe, prosigue Mónica, más sosegada y menos vehemente, nada me ilusiona ya en esta vida. No sé qué hago en ella ni por qué estoy aquí aún, consumado cuanto podía esperar en este siglo. Por una sola cosa deseaba detenerme un poco más: verte cristiano y católico antes de bajar al sepulcro. Con creces me lo ha dado el Señor, pues te veo siervo suyo cabal, con desdén para la felicidad terrena. Por lo mismo, ¿qué hago yo aquí?

 Cinco días después es atacada por una fiebre maligna. Su presentimiento no precisa más. Comprende y manifiesta a todos que ha llegado su hora. Sin preocupaciones por la sepultura, construida en Tagaste junto a la de Patricio, y satisfecha de haber cumplido la misión del hogar, no le importa ni el dónde ni el cuándo para morir. Su serenidad es sorprendente. Nadie quiere creerlo. De pronto, un éxtasis, alarmante pero dulcísimo, deja inmóvil su cuerpo durante un breve intervalo. ¿Dónde estoy?, pregunta al volver en sí. Y añade con suavidad: Aquí dejaréis enterrada a vuestra madre.

 Un movimiento de dolor irreprimible se estremece en la estancia. La angustia es general. Adeodato estalla en lamentos inconsolables. “Mejor sería morir en la patria, antes que en este pueblo extraño", profiere Navigio. Mónica le reprende con una mirada de autoridad y reproche, y, dirigiéndose a Agustín, más sereno y más fuerte, corrige imperiosa: Enterrad este mi cuerpo dondequiera, ni os preocupe más su cuidado. Una sola cosa os pido, que os acordéis de mí ante el altar del Señor, en cualquier lugar donde os hallareis.

 Este es su testamento. Poco después, agravándose la enfermedad, entra en agonía. Minutos más tarde, con la suavidad de un crepúsculo sin nubes, es liberada del cuerpo aquella alma trasparente, anhelosa de aires más puros, Nacida para la eternidad del goce beatífico, deja de llorar en la tierra, a los cincuenta y seis años de edad, para recibir el premio de sus lágrimas: un cielo de consolación gloriosa para sí, y la gracia de la fe con una corona de inmortalidad para su hijo.

 Después del entierro nadie acierta a separarse del sepulcro. Tantas cosas les recuerda. La afligida comunidad aplaza por ello el viaje de retorno a la patria. Durante un año permanecen aún entre Roma y Ostia, asociándose a los cánticos de las basílicas y orando ante la tumba inolvidable, en súplica de iluminación y de consuelo.

 La presencia protectora de la ausente adorada se acusa en la vida de todos. Trece años después, en obsequio devoto de gratitud, la pluma de Agustín cantará sus virtudes con fidelidad amorosa. Los siglos venideros recogerán con entusiasmo este mensaje finísimo de ternura filial. Su luz penetra en las familias, portadora de paz interior. Angel del hogar cristiano, las esposas desamparadas y las madres afligidas de todos los tiempos hallan siempre en su memoria el bálsamo de salud que cura las penas en el infortunio y un paño de lágrimas para enjugar el espíritu en la contrariedad.

 GABRIEL DEL ESTAL, O. S. A.

martes, 26 de agosto de 2014

Santo Evangelio 26 de agosto de 2014


Día litúrgico: Martes XXI del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Mt 23,23-26): En aquel tiempo, Jesús dijo: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que pagáis el diezmo de la menta, del aneto y del comino, y descuidáis lo más importante de la Ley: la justicia, la misericordia y la fe! Esto es lo que había que practicar, aunque sin descuidar aquello. ¡Guías ciegos, que coláis el mosquito y os tragáis el camello! ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que purificáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro están llenos de rapiña y codicia! ¡Fariseo ciego, purifica primero por dentro la copa, para que también por fuera quede pura!».


Comentario: Fr. Austin NORRIS (Mumbai, India)
«Purifica primero por dentro la copa, para que también por fuera quede pura»

Hoy tenemos la impresión de “pillar” a Jesús en un arrebato de mal humor —realmente alguien le ha hecho sentir molesto. Jesucristo se siente incómodo con la falsa religiosidad, las peticiones pomposas y la piedad egoísta. Él ha notado un vacío de amor, a saber, echa en falta «la justicia, la misericordia y la fe» (Mt 23,23) tras las acciones superficiales con las que tratan de cumplir la Ley. Jesús encarna esas cualidades en su persona y ministerio. Él era la justicia, la misericordia y la fe. Sus acciones, milagros, sanaciones y palabras rezumaban estos verdaderos fundamentos, que fluyen de su corazón amoroso. Para Jesucristo no se trataba de una cuestión de “Ley”, sino que era un asunto de corazón…

Incluso en las palabras de castigo vemos en Dios un toque de amor, importante para quienes quieran volver a lo básico: «Se te ha indicado, hombre, qué es lo bueno y qué exige de ti el Señor: nada más que practicar la justicia, amar la fidelidad y caminar humildemente con tu Dios» (Miq 6,8). El Papa Francisco dijo: «Un poco de misericordia hace al mundo menos frío y más justo. Necesitamos comprender bien esta misericordia de Dios, este Padre misericordioso que tiene tanta paciencia... Recordemos al profeta Isaías, cuando afirma que, aunque nuestros pecados fueran rojo escarlata, el Amor de Dios los volverá blancos como la nieve. Es hermoso, esto de la misericordia».

«¡Purifica primero por dentro la copa, para que también por fuera quede pura!» (Mt 23,26). ¡Cuán cierto es eso para cada uno de nosotros! Sabemos cómo la limpieza personal nos hace sentir frescos y vibrantes por dentro y por fuera. Más aun, en el ámbito espiritual y moral nuestro interior, nuestro espíritu, si está limpio y sano brillará en buenas obras y acciones que honren a Dios y le rindan un verdadero homenaje (cf. Jn 5,23). Fijémonos en el marco más grande del amor, de la justicia y de la fe y no nos perdamos en menudencias que consumen nuestro tiempo, nos empequeñecen y nos hacen quisquillosos. ¡Saltemos al vasto océano del Amor de Dios y no nos conformemos con riachuelos de mezquindad!


Comentario: Hno. Lluís SERRA i Llançana (Roma, Italia)
Purifica primero por dentro la copa, para que también por fuera quede pura

Hoy, Jesús toma una clara actitud de denuncia: «¡Ay de vosotros (...)! ¡Ay de vosotros (...)!» (Mt 23,23.25). Su objetivo son los maestros de la Ley y los fariseos, que representan a las clases poderosas porque ejercen sobre el pueblo un dominio espiritual y moral. ¿Cómo pueden orientar a la gente si son “guías ciegos”? Su ceguera reside en la incoherencia de observar escrupulosamente los pequeños detalles, que tienen su importancia, y dejar de lado las cosas fundamentales, como la justicia, el amor y la fidelidad. Tienen cuidado de su imagen, que no corresponde con su interior, lleno de «rapiña y codicia» (Mt 23,25). Curiosamente, Jesús emplea términos relativos a aspectos económicos.

El Evangelio de hoy constituye una invitación a que las personas y los grupos más relevantes de las comunidades cristianas, es decir, sus guías, hagan un examen de conciencia. ¿Respetamos los valores fundamentales? ¿Valoramos más las normas que a las personas? ¿Imponemos a los demás aquello que no somos capaces de cumplir nosotros mismos? ¿Hablamos desde la suficiencia de nuestras ideas o desde la humildad de nuestro corazón? Como decía Helder Cámara: «Quisiera ser un charco de agua para reflejar el cielo». ¿Ve la gente en sus pastores hombres de Dios, que distinguen lo accesorio de lo fundamental? La debilidad merece comprensión, la hipocresía provoca rechazo.

Al escuchar el Evangelio de hoy podemos caer en una trampa. Jesús dice a los maestros de la Ley y a los fariseos que son hipócritas. También los había sinceros. Nosotros podemos pensar que este texto se puede interpretar actualmente para los obispos y sacerdotes. Ciertamente, como guías de las comunidades cristianas, tienen que estar atentos para no caer en las actitudes que Jesús denuncia, pero hay que recordar que todo creyente —hombre y mujer— puede alojar en su interior un “fariseo ciego”. Jesús nos invita: «Purifica primero por dentro la copa, para que también por fuera quede pura» (Mt 23,26). La espiritualidad tiene las raíces en el interior del corazón.

Santa Teresa de Jesús Jornet, 26 de Agosto

26 de agosto

SANTA TERESA DE JESÚS JORNET

(† 1897)



El 27 de abril de 1958, cien viejecitos y cerca de 600 religiosas escuchaban a Su Santidad el papa Pío XII exaltar las virtudes de la nueva Beata, Teresa de Jesús Jornet e Ibars, fundadora de la Congregación de Hermanitas de los Ancianos Desamparados. Pocas veces la Madre Iglesia ha aprobado tan rápidamente un proceso de beatificación. Iniciado éste en Valencia en 1945, culminó en 1958, cuando el Papa, también un anciano, como él mismo recordó a sus coetáneos de todo el mundo, que representaban a los millares acogidos en las Casas-Asilo de la Congregación, elevó a los altares a esta gigante de la caridad.

 Mientras las campanas de la iglesia parroquial tocan el Angelus, nace en la villa catalana de Aytona la niña Teresa de Jesús Fornet e Ibars. El día siguiente recibía el bautismo y quedaba, por tanto, inscrita en el registro espiritual de los cristianos. Era natural que así sucediera porque tanto los Jornet como los Ibars eran católicos sinceros. El padre Francisco Palau, hermano de la abuela materna, es hoy candidato a los altares, y otros miembros de la familia se distinguían por sus virtudes y su piedad.

La niña crece en el ambiente de trabajo y de religiosidad del hogar. Pero su inteligencia despierta llama la atención de sus tíos y de sus padres, y Teresa marcha a Lérida, y después a Fraga. En las vacaciones regresa al pueblo, y sabe sacar partido de su ascendiente sobre las amigas para conducirlas a la iglesia y organizar excursiones que muchas veces se convierten en minúsculas peregrinaciones...

Apenas concluidos sus estudios de Magisterio, comienza a ejercer en Argensola, provincia de Barcelona. Pronto su piedad y su ejemplo llaman la atención de las alumnas y de sus padres. Las gentes, curiosas, admiran que la maestra acuda semanalmente a confesarse al pueblo de Igualada, a pesar de que entre ida y vuelta tiene que recorrer unos 20 kilómetros.

Pero la enseñanza, con ser misión bella y santa, no llena sus aspiraciones. No le cabe duda de que Dios la llama a la vida religiosa, y su único problema es la elección. El padre Palau invita a Teresa a colaborar en el Instituto que está fundando, y ella acude presurosa, pero en su interior anhela una vida religiosa separada del mundo, más fuertemente caracterizada por el silencio y la oración. Y a primeros de julio de 1868 Teresa abandona la casa paterna para dirigirse al convento de Clarisas, en Briviesca (Burgos), mientras Josefa, su hermana, entra en el Asilo de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, en Lérida.

Todo va bien en Briviesca, y Teresa prepara el velo negro que llevará en su profesión. Pero España atraviesa momentos difíciles y dramáticos. Y el Gobierno no permite la emisión de votos. Las religiosas le ponen, sin embargo, el velo negro. Y surge otra imposición, esta vez procedente de Dios directamente. Una postilla en la frente hace que deba volver, por obediencia, a Aytona. En Briviesca quedarán el recuerdo grato y el afecto sincero, que todavía hoy, después de muchos años, perduran en la expresión de las clarisas: "Teresa era una santa".

Una vez más su tío, el padre Francisco, trata de orientar a Teresa en su pequeño ejército de terciarios y terciarias carmelitas. La nombra visitadora de las escuelas que él va abriendo en España. Pero el padre Francisco muere y Teresa se encuentra nuevamente entre los suyos, con una única duda: "Señor, ¿qué queréis que haga?".

Un grupo de sacerdotes de Huesca y de Barbastro, presididos por don Saturnino López Novoa, maestro de capilla de la catedral de Huesca, se disponen a crear un Instituto femenino que se consagre exclusivamente a la asistencia de los pobres ancianos abandonados. La idea ha florecido ya en Francia, pero se piensa que para los ancianos españoles sería preferible hermanitas de esta misma nacionalidad.

En junio de 1872 Teresa pasa por Barbastro, con su madre, y habla con un sacerdote de la localidad, amigo del difunto padre Palau y también de don Saturnino. Durante la charla examina atentamente a Teresa y comprende que los deseos de la joven son consagrarse a Dios en la vida religiosa. Entonces rompe a hablar sobre los proyectos de don Saturnino, y Teresa ve con toda claridad que ahí está su vocación y que se han terminado sus vacilaciones y sus tinieblas interiores. Acepta el plan y regresa al pueblo. Su primer acto es comunicar a María, su hermana y confidente, que ha encontrado el verdadero camino. Pero esta noticia entraña, también, una invitación, que por el momento es rechazada. "¿Yo dedicarme a los ancianos? Imposible." Pero Teresa sabe lo que dice, y, al fin, María irá con ella y aun se llevarán a una paisana.

En Barbastro abriría don Saturnino la nueva casa. La sede elegida se llama "Pueyo". Son doce jóvenes, contando a Teresa y a sus dos conquistas. Del 4 al 12 de octubre se llena la casa, un edificio antiguo y viejo. Nadie sino Teresa podía ser la cabeza de aquella incipiente comunidad, a pesar de que sus pensamientos eran totalmente ajenos a ello. Así lo dijo y así lo reiteró, pero por toda respuesta le dijeron que en la vida religiosa lo, que importa es obedecer. Teresa calla, acepta y permanecerá superiora hasta la muerte. Serán veinticinco años de gobierno, de esfuerzos y de heroísmo callado.

Detengámonos ahora a ver cómo era la madre Teresa. La mejor semblanza la hizo el propio Pío XII, al exaltar sus virtudes y su empresa. "Alma grande y al mismo tiempo humanamente afable y sencilla —dijo el Papa—, como su homónima, la insigne reformadora abulense; humilde hasta ignorarse a sí misma, pero capaz de imponer su personalidad y llevar a cabo una obra ingente; enferma de cuerpo, pero robusta de espíritu con fortaleza admirable; "monja andariega" ella también, pero siempre estrechamente unida a su Señor; de gran dominio de sí misma, pero adornada con aquella espontaneidad y aquel gracejo tan amable; amiga de toda virtud, pero principalmente de la reina de ellas, la caridad, ejercitada en aquellos viejecitos o viejecitas que exigen la paciencia y benignidad de que habla el Apóstol."

Dentro de este conjunto espléndido, Pío XII subrayó "tres suaves matices": la gran parte que la Virgen Santísima quiso tomar en su vida y en su obra; su irresistible inclinación a procurar la asistencia a los desvalidos y, por fin, aquella "suavidad y naturalidad con que se abandonó a los designios ocultos de la Providencia, o, mejor dicho, aquel modo perfecto y ejemplar con que supo prescindir de. sí y de su voluntad para identificarla completamente con la santísima voluntad de Dios".

Dejamos en su iniciación la gran empresa. Su primer nombre fue el de "Hermanitas de los Pobres Desamparados"; después, para evitar equivocaciones con el Instituto francés del mismo nombre, se llamaron, como hoy se denominan, "Hermanitas de los Ancianos Desamparados". Pronto quiso la Providencia que no se quedaran en Barbastro, sino que, por coincidir con los deseos de un grupo de católicos valencianos, fundasen en la capital del Turia, que desde entonces habría de ser la Casa-Madre de la congregación. Toda la ciudad recibió a las hermanas, y éstas hacen su primera visita a la Virgen de los Desamparados, patrona de Valencia, que nunca había de desampararlas a ellas ni a sus ancianitos y ancianitas. Inmediatamente reciben a la primera acogida, una paralítica de noventa y nueve años.

Mas pronto habrían de comenzar los dolores. Las regiones españolas se sublevan contra el Gobierno y Valencia se declara en rebeldía. La ciudad es asediada y bombardeada. La gente huye; las hermanitas permanecen junto a sus ancianos. Sólo cuando en la ciudad ya no queda nadie, y al peligro de los bombardeos se añade la amenaza de morir de hambre, —las hermanitas viven de la caridad cristiana— deciden refugiarse en Alboraya. Después una nueva prueba, la muerte de sor Mercedes, la primera profesa de las hermanitas, pues en el propio lecho de muerte selló sus votos de esposa de Cristo.

La historia de las nuevas fundaciones está llena de encanto y de luz sobrenatural. Es primero Zaragoza, donde también fueron recibidas triunfalmente; luego Cabra, Burgos... y toda la geografía española, que la Beata se recorrió varias veces, en unas condiciones materiales que, si eran algo más cómodas que las de los tiempos de Santa Teresa, no dejaban de tener sus grandes molestias y aun dolores. Al cumplirse el primer decenio de la fundación del Instituto, las Casas-Asilo —la madre Teresa quería que fueran llamadas así, pues la sola palabra "asilo" le parecía demasiado fría y humillante— Son ya 33. Diez años más tarde subirían a 81, Y cuando la Beata entrega su alma al Señor suman ya la cifra esplendorosa de 103. Medio siglo más tarde, cuando la Iglesia la eleva a los altares, las Casas-Asilo son ya 205 en todo el mundo, y millares de ancianos y ancianas son consolados y atendidos por las hermanitas,

En 1885 el Instituto cruza el océano. Las hermanitas han sido llamadas a Santiago de Cuba y La Habana. Por primera vez van a fundar sin la madre. Esta, que apenas tiene cuarenta y dos años, no es ya sino una inválida, en cuanto a fuerzas físicas se refiere. La obra se está consumando. En 1876 había llegado el decreto de alabanza de Roma. Y la aprobación definitiva llega en 1887.

Ahora que la Iglesia ha acogido al Instituto bajo su tutela, la madre ya sabe que otra Madre eterna velará por las hermanitas y los ancianos. Por eso, al celebrarse, en abril de 1896, el Capítulo general, la Beata suplica a las hermanitas que se dignen librarla del peso de superiora general. Su cuerpo se niega a seguirla en sus largos viajes. No puede intervenir regularmente en los actos de la comunidad. El bien del Instituto —insiste la madre— exige que sea otra hermanita la que presida su marcha. Pero esta vez nadie hace caso de la voz de la madre. Y la Beata no tiene más remedio que cargar nuevamente la cruz sobre sus flacos hombros.

Ella seguirá siendo sencilla. y entrañable. Nunca le han gustado las posturas ficticias, las caras de víctima. A una novicia que, en el arrebato de un falso misticismo, decía a la madre que quería ser santa y andaba por todas partes con la cabeza torcida, la Beata le respondió que si, que obligación de todas las hermanitas era ser santas; pero que... ¡aquella cabeza tan torcida! La madre cogió un alfiler, tomó entre sus manos la punta del velo de la novicia y se lo aseguró con el alfiler en la espalda, de modo que no podía llevar sino bien alta la cabeza.

La madre sacudía con frase certera toda pereza disfrazada de piedad:

—Fervorosas, sí; pero no de las que dejan el trabajo a las demás.

En el verano de aquel año va a Palencia, para inaugurar el segundo noviciado. Pero no puede estar presente en la ceremonia porque está aquejada de fuertes dolores. Es su ofrenda por las novicias. Se pone en camino hacia Valencia. Parece mejorar un tanto durante el verano, pero en la primavera vuelve a agravarse. Su aparato digestivo es una pura llaga. La llevan a la Casa-Asilo de Masarrochos y luego a Liria. La madre ora mucho y por todos. También en las Casas-Asilos rezan las hijas y los ancianos.

Más de 70 superioras y muchísimas hermanitas pasan por Liria para recibir su última bendición en la tierra y sus postreros consejos. El 12 de julio el padre Francisco, uno de los más grandes protectores del Instituto, le lleva el santo viático y dos semanas después le administra la extremaunción. Poco a poco, se apaga la vida de la enferma, que dicta su última recomendación: "Cuiden con interés y esmero a los ancianos, téngase mucha caridad y observen fielmente las constituciones. En esto está nuestra santificación".

El 26 de agosto de 1896 la enferma expresa repetidas veces el deseo de recibir la sagrada comunión. A la primera claridad del alba viene el sacerdote, la oye en confesión y sale en busca del sacramento. La madre mira a su alrededor, sonríe a las hermanitas presentes e inclina la cabeza para siempre, con gozo de la comunión eterna. Tenía cincuenta y cuatro años y siete meses y podía presentar en el cielo su obra de 103 Casas-Asilos con millares de ancianos y más de mil hermanitas. Descansó en Liria hasta 1904, en que fue trasladada solemnemente a la Casa-Madre de Valencia.

La madre había recomendado que, si en el Instituto llegase a haber santas, no se gastase un céntimo en el afán de llevarlas a los altares. Las hermanitas obedecieron, pero la Providencia tenía otros planes, y, como para recuperar el tiempo perdido, su proceso de beatificación tuvo un desarrollo rapidísimo, facilitado por los milagros. Iniciado en 1945, se clausuró en 1958, con la proclamación de la beatitud de los bienaventurados en la persona de esta fundadora insigne y ejemplar.

 MANUEL CALVO HERNANDO

Teresa de Jesús Jornet e Ibars, Santa

Autor: Archidiócesis de Madrid



Fundadora del Instituto de las Pequeñas Hermanas de los Ancianos Abandonados


Los mayores, esos a los que se les ha dado en llamar el colectivo de la Tercera Edad, que ven el ocaso de sus vidas desde el crepúsculo teñido de rojas claridades malva, tienen hoy mucho que agradecer a Dios y bastantes de ellos también a las Hermanitas de los Ancianos Desamparados porque les cuidan, atienden, dan casa y ofrecen el calor de la familia que quizá perdieron o acaso les abandonó porque un día se les ocurrió pensar que de los viejos ya no se podía esperar mucho más, o que eran molestos con sus manías y achaques. Decía que ellos agradecen al buen Dios el testimonio y vida de unas personas, en este caso siempre mujeres, que han hecho de sus existencia una ofrenda de caridad efectiva.

Logran hacer de sus casas un lugar agradable, tranquilo, limpio y ventilado; allí se reza, se come alimento sano, se proporcionan las medicinas pertinentes y, sobre todo, se derrocha cariño de las dos clases: humano y sobrenatural. Son un grupo de mujeres tocadas que están alegres, animosas, activas y optimistas porque es mucho lo que tienen que levantar; se les ve por las calles llamando a las puertas de las casas, en pareja, pidiendo mucho de lo que sobra o algo de lo que se usa; llevan con ellas a todos el recuerdo de la caridad. ¡Claro que son piadosas! Muy rezadoras... de la Virgen y del Sagrario sacan la entereza, la fuerza, el afecto o cariño, comprensión y paciencia que de continuo han de derrochar a raudales cuando charlan, limpian, lavan, planchan, cocinan para los ancianos o cuando tienen que animar a tanta juventud acumulada.

Teresa de Jesús, la catalana de Lérida, tuvo en lo humano muchas coincidencias con su homónima de Castilla; delicada de salud en el cuerpo y alma grande, espontánea y andariega, con gracejo agradable. En lo divino tuvieron de común el olvido de sí y, por amor a Dios, saber darse.

Nació en Aytona en 1843 en familia de payeses cristianos. Creció en un clima doméstico de trabajo honrado. Estudia en Lérida para maestra y enseñó en Argensola (Barcelona); allí la veían desplazarse cada semana a Igualada para confesarse.

El P. Francisco Palau, tío abuelo suyo, está en trance de fundación de algo y la invita para que le ayude en el intento; pero Teresa ha pensado más en la vida religiosa donde podrá vivir en silencio y oración; por eso se hace clarisa entre las del convento de Briviesca, en Burgos, mientras que su hermana Josefa ingresa en Lérida en las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl. Pero la situación política de la segunda mitad del siglo XIX es complicada y compleja, no permite el gobierno la emisión de votos.

Se hace entonces Terciaria Franciscana y recupera algo de la actividad docente.

Cerca de su patria chica, en Huesca y Barbastro, un grupo de sacerdotes con D. Saturnino López Novoa a la cabeza piensa en una institución femenina que se dedicara a la atención de ancianos abandonados. Comprende Teresa que este es su campo y, arrastrando consigo a su hermana María y a otra paisana, comienza en "Pueyo" con una docena de mujeres y desde entonces es la cabeza, permaneciendo veinticinco años en el gobierno.

Desde Barbastro cambia a Valencia donde está la casa madre de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados porque es la patrona de la ciudad quien da apellido a la Institución. Luego se extenderán por Zaragoza, Cabra y Burgos; llenarán de casas-asilo que así le gusta a la madre que se llamen para resaltar el clima de familia la geografía española y pasan las fronteras. Cuando muere Teresa de Jesús en Liria, el año 1897, llegan a 103 y deja tras de sí a más de 1000 Hermanitas para continuar su labor hasta siempre, porque siempre ancianos habrá y algunos de ellos quedarán desamparados.

No quiso ella canonizaciones. Lo dejó dicho y escrito por si hubiera dentro de la Congregación con el paso del tiempo Hermanitas canonizables. Mandó que no se gastara dinero en proponer a nadie la subida a los altares. Ese fue el motivo de que pasaran los años sin el intento de iniciar su proceso de beatificación; y el rapidísimo salto a la canonización se debió a la sensibilidad del pueblo y a las manifestaciones sobrenaturales que tan frecuentemente Dios quiso mandar.

Fue canonizada por el papa Pablo VI en 1974.



lunes, 25 de agosto de 2014

La Iglesia no se deja vencer en Irak

La Iglesia no se deja vencer en Irak
Una luz entre la barbarie: niños cristianos reciben su primera comunión en una Iglesia viva
Una luz entre la barbarie: niños cristianos reciben su primera comunión en una Iglesia viva

Una luz entre la barbarie: niños cristianos reciben su primera comunión en una Iglesia viva
La Iglesia sigue muy viva en Irak

No sólo sigue administrando los sacramentos allá donde la Iglesia sigue estando presente, no en el caso de Mosul, sino que además las parroquias funcionan a pleno rendimiento recibiendo y atendiendo a las miles de familias cristianas que huyen de los islamistas del Estado Islámico.


En Irak actualmente ser cristiano es sinónimo de ser posible objetivo del Estado Islámico. Hay persecución, muertes y miles de desplazados. Y mucho miedo. Mucho miedo ante la barbarie y ante la posibilidad de que aquellos que quieren matarlos sigan avanzando con total impunidad sin que nadie intervenga para protegerlos.

Pero dentro de esta horrible situación también se está fortaleciendo la fe de un pueblo para el que ser cristiano es mucho más que un simple apelativo. Y una situación que está provocando una mayor comunión entre los propios cristianos donde las comunidades locales y las parroquías están acogiendo a sus hermanos perseguidos y que han perdido todo. Una llamada a la caridad.

Pero igualmente entre tantas imágenes de barbarie, vídeos decapitaciones, crucifixiones y fusilamientos también aparecen imágenes para la esperanza. Hay luz, mucha luz en Irak aún a pesar del odio del Estado Islámico.

Y como ejemplo de esta luz es la fotografía publicada hace unos días por el portal de la iglesia caldea publica una bella imagen de 38 niños asirios haciendo su primera comunión en la ciudad de Kirkuk, situada en el norte de Irak, justamente donde los yihadistas están intentando intensificar su avance por el país.

Del mismo modo, los futuros sacerdotes también siguen su formación y a pesar de la situación que se está viviendo en los últimos días se han ordenado diáconos y se han admitido a varios de ellos al lectorado. La Iglesia sigue viva, muy viva, en esta tierra de guerra.

Pero no sólo se ve esta fuerza en los sacramentos y en iglesias llenas de fieles acudiendo a misa, también se ve en cómo se están volcando en recibir y a acomodar a los refugiados. Voluntarios que están haciendo acopio de ayuda y repartiéndola a todos los que llegan exhaustos.

Es el caso por ejemplo de la parroquia de Suleimaniya donde los sacerdotes y el resto de feligreses han recibido ya a casi 400 familias. Todos ellos están siendo repartidos en colegios católicos de la zona, en las iglesias, en casas...en cualquier lugar donde puedan volver a recuperar la dignidad que les han intentado arrebatar junto a su vida.