martes, 12 de noviembre de 2013

San Millán de la Cogolla, 12 de Noviembre


12 de noviembre

SAN MILLÁN DE LA COGOLLA

(+ ca 574)


Para contar sencillamente la vida de San Millán disponemos de un testimonio fidedigno, sin que esto quiera decir que no deba sometérsele por ello al análisis de la crítica histórica. San Braulio, obispo de Zaragoza, nos legó un opúsculo latino en el que relata la vida de San Millán. No sólo el prestigio del propio narrador ha de imponérsenos en este caso. Escribe a poca distancia de los hechos, "porque los venerables sacerdotes de las iglesias de Cristo. Citonato, Sofronio y Geroncio, presbíteros de santa y purísima vida, a quienes no da la Iglesia poco crédito, nos contaron fielmente lo que vieron". A estos tres hay que agregar el testimonio "de la muy religiosa Potamia, de santa memoria". En la declaración de cuatro testigos respetables funda San Braulio la biografía de San Millán. De su narración difiere muy poco, siglos adelante, Gonzalo de Berceo, que en realidad traduce libremente al obispo de Zaragoza, dando una versión de nombres de lugares terminante y clara, por simple incorporación de lo que se admitía sin vacilar en su momento.

Como en esta localización residen algunos de los problemas históricos que se han discutido en torno de la vida de San Millán, optamos por narrar ésta primero, siguiendo a San Braulio y respetando la nomenclatura que él emplea. Y una vez recogido este fundamental testimonio, del que arranca todo lo que se ha escrito sobre San Millán, trataremos de esclarecer aquellos puntos históricos aludidos. Parece esto más hacedero y fácil de seguir por el lector que plantear a cada cita del nombre de un pueblo, de un castillo o de una montaña en el texto de San Braulio el problema de interpretación correspondiente.

Estamos en el siglo VI de la era cristiana y, con toda seguridad, en el primitivo territorio de la diócesis de Tarazona. España está dominada por los visigodos, es católica, y al final de la centuria lo será solemnemente en la persona de Recaredo. El rincón de la Rioja por donde el Ebro penetra desde Cantabria es el escenario de la vida de San Millán. Las discusiones, que veremos después, acerca del lugar del nacimiento del Santo no afectan al seguro hecho histórico de su larguísima permanencia en la Rioja.

Había "en aquel tiempo", pues no puede fijarse más que la época y no el año del nacimiento de San Millán, un pastor de ovejas como de veinte años, mancebo ejemplar y temeroso de Dios, que, entretenido en la guarda de su ganado en el mismo corazón de los montes, se acompañaba, como era costumbre pastoril, con una cítara, tratando de evitar así el mortal decaimiento del ánimo, fruto de una prolongada y honda soledad. Un día, a este pastor, llamado Millán (esto es, Emiliano; Aemiliani, dice el texto latino de San Braulio), "le vino un sueño del cielo", y se le despertó el alma con tanto ímpetu y con tan viva luz que determinó consagrarse, de todo en todo, a la vida sobrenatural, y partió en busca de las soledades del yermo, donde hacer vida de contemplación y santificación.

El lugar donde nació Millán, el pastor, se llamaba Vergegio, y cercanos a él se hallaban los montes y prados donde apacentaba el ganado. Al adoptar la determinación de consagrarse a la vida religiosa, Millán comprendió que no podía hacerlo sin someterse a la debida instrucción y guía, y para ello se dirigió a Bilibio, donde en un famoso castillo que guardaba una garganta del Ebro con tal fortaleza y eficacia que jamás los sarracenos se atrevieron con él, habitaba un monje llamado Felices, que gozaba fama de varón santísimo. A él se dirigió Millán, imploró y obtuvo su magisterio, y sujetándose a la severa disciplina que Felices le impuso, se abrió las puertas de la vida que deseaba emprender.

Fortalecido con esta enseñanza, provisto a la vez de reglas y de doctrina, Millán escogió un lugar próximo a Vergegio para vivir en soledad y oración, pero no le fue posible permanecer en él largo tiempo, porque entre sus convecinos y otros comarcanos corrió la fama de su santidad y confluían en masa a pedirle consejo y remedio. Deseoso entonces de asegurar la soledad que buscaba para su perfección, adentróse por la montaña, caminando hacia lo más elevado, intrincado y boscoso de ella, hasta llegar a lo más escondido del Distercio, que tal era el monte en el cual se encontraba. Allí, privado de toda compañía humana, expuesto a la dura inclemencia de nieves y huracanes, permaneció por espacio de cuarenta años, sostenido su cuerpo por las hierbas y frutos silvestres y el agua de los arroyos, y más que nada, por el temple del alma, entregada a Dios.

De este larguísimo plazo de vida en el yermo que dan como cierto los testimonios recogidos por San Braulio, tal vez no deba dudarse si se piensa que cupo ampliamente en la existencia de San Millán, el cual permaneció en este mundo por espacio de ciento un años. En cuanto a que lograse subsistir en las condiciones que implica un clima despiadado, hemos de pensar en el favor de Dios y en que, si sometido a tales condiciones logra alguien vivir cuatro años, puede, sin duda alguna, vivir los cuarenta. De las luchas y sacrificios de esta época, de las tentaciones que sufrió, de las asechanzas a las que el demonio le sometiese, dice con gran acierto San Braulio que "sólo pueden conocerlo bien aquellos que, consagrándose a la virtud, lo experimentan en sí mismos".

El selvático aislamiento en el que Millán permanecía no fue obstáculo para que hasta él llegase algún peregrino y para que por el contorno se difundiese la fama de una santidad en la que creían todos. Esta fama, corriendo de boca en boca, fue a parar hasta los oídos de Didimo, por aquel entonces obispo de Tarazona. Teniendo jurisdicción sobre el áspero eremita por hallarse el lugar que había elegido para la oración en territorio de su diócesis, el obispo le envió mensaje para que se presentara a recibir las sagradas órdenes, pues deseaba que como sacerdote, y no como monje del yermo, diese pruebas de su activa virtud.

No se creía Millán apto para el desempeño de las tareas sacerdotales, al punto que dicen que al recibir el primer mensaje del obispo abrigó la idea de huirse más allá de los límites de la diócesis de Tarazona. Pero al fin pensó que debía obedecer y, una vez ordenado, se le confirió la parroquia de Vergegio, su pueblo natal. Allí prosiguió su ejemplar vida de privaciones y sacrificios, entregándose a dilatados ayunos y severas mortificaciones. Se afirma que siendo escasísimas sus letras, como era natural, pues no tuvo otra instrucción que la que le comunicara el monje Felices, los años de vida eremítica le habían proporcionado una sabiduría profunda, fruto de las meditaciones en la montaña, a solas con Dios.

Con todo, la etapa de San Millán como párroco de Vergegio había de terminar mal. Se propuso el Santo desterrar todo hábito de codicia en la casa del Señor y proclamó que la mejor administración posible de los bienes eclesiásticos era repartirlos entre los pobres. Así se lo propuso y así lo realizó en Vergegio, con gran escándalo de los otros clérigos, que, hechos al disfrute de diezmos y primicias, acabaron por querellarse ante el obispo Didimo, acusando a San Millán de malversación por el grave perjuicio que infería a los bienes de la Iglesia. Afirma San Braulio que el prelado se sentía envidioso del gran predicamento alcanzado por las excelsas virtudes que todos reconocían en San Millán, y dio oídos a la denuncia, ardió en cólera, increpó al Santo y le privó del curato que él mismo se había obstinado en concederle. San Millán sufrió los reproches con tranquila y humilde paciencia y se retiró al lugar que se conoce como su oratorio para continuar su vida de oración y penitencia.

A continuación veremos lo que la investigación histórica ha podido agregar al sencillo relato de San Braulio. Después de aludir a su retiro al oratorio, siendo ya hombre de más de ochenta años y hallándose enfermo de hidropesía, se nos da a entender que vivió asistido por algún presbítero; que dispuso de un caballejo, que en una ocasión le robaron, y que se rodeó de santas mujeres, vírgenes del Señor, que le cuidaban en los últimos tiempos de su extrema ancianidad. Parece que al cumplir los cien años tuvo aviso de su próxima muerte y que al llegar la hora llamó junto a sí al presbítero Aselo, que con él vivía, y, confesándose con él, entregó el alma a Dios.

Se atribuyen a San Millán gran número de milagros, que San Braulio refiere por lo menudo y Berceo reproduce, apoyándose en la tradición oral que transmitió hasta los nombres de las personas favorecidas. En realidad parece que la virtud milagrosa del Santo ejercióse principalmente en las curaciones de ciegos, tullidos y paralíticos, que a él acudían de todas partes, y en la expulsión de los demonios. A título de curiosidad, y por ser, indudablemente, el más legendario de todos los milagros de San Millán, la mayoría de los cuales entran en el orden de los que Dios ha obrado muchas veces por el intermedio de los santos, referiremos que en cierta ocasión el demonio le salió al camino y le retó a medir sus fuerzas con él, para lo cual tomaría el espíritu del mal forma y cuerpo tangibles. Hízolo así, pero salió malparado de la lucha, porque San Millán imploró el socorro de los ángeles, que le ayudaron a vencer. La leyenda medieval concreta en esta forma su admiración por el poderío que el Santo tuvo sobre el demonio.

La devoción a San Millán fue, evidentemente, muy viva en la alta Edad Media. Venerado entrañablemente en la manera que descubre el propio estilo del texto de San Braulio, fué, a partir del siglo xvi, después de la unidad española y de la existencia de una gramática castellana, objeto de ardientes controversias, nacidas de la interpretación de los viejos códices latinos y atizadas por el afán comarcal de apropiarse la pertenencia de un varón tan ilustre. Así se consiguió enturbiar el limpio arroyo de la tradición que Berceo había recogido y popularizado. Y eso que la autoridad de Gonzalo de Berceo en este caso debe valorarse en mucho por hallarse el poeta en el mismo punto de conjunción del latín vulgar con el castellano recién nacido y ofrecer por eso la mayor garantía de autenticidad en su nomenclatura, que él, por otra parte, no supone que pueda ponerse en tela de juicio.

Una breve síntesis de las polémicas servirá para aclararle al lector esa geografía de San Braulio, que ha de resultarle forzosamente obscura, con su Vergegio, con su Bilibio, con su monte Distercio... Recordemos que el Santo vive en el siglo vi y aun por una referencia de San Braulio puede colegirse que su muerte acaeció a no excesiva distancia del final del reinado de Leovigildo, lo cual, dada la longevidad del Santo, situaría su nacimiento en el último cuarto del siglo v. Las precisiones documentales que se poseen hoy sobre aquella época no son para darle alientos a ningún investigador.

En primer lugar ¿a qué pueblo de hoy corresponde el Vergegio en que el Santo nació? Lo único que sabemos seguro es que pertenecía a la diócesis de Tarazona. Para Gonzalo de Berceo no hay duda posible:

Cerca es de Cogolla de parte de Orient 
dos leguas sobre Nagera al pie de Sant Lorent 
el barrio de Berceo, Madriz la iaz present. 
Inació Sant Millan, esto sin falliment.

Allí, en Berceo, nació San Millán, y sin duda alguna, lo que se corrobora más adelante en el poema, poniéndolo en boca del mismo Santo:

En Berceo fui nado, cerca es de Madriz,
Millón me puso nomne la mi buena nodriz.

Madriz, ya se ha entendido, es un lugar inmediato a Berceo. Pero quieren algunos aragoneses recabar para su tierra el nacimiento de San Millán, para lo cual reciben muy buena ayuda en el tomo 50 de la España Sagrada, donde el historiador don Vicente de la Fuente arguye que Vergegio es Verdejo, lugar de Aragón ya mencionado en el Fuero de Calatayud. Los argumentos de tipo lingüístico que parecían deponer en este caso a favor de Verdejo deponen, en realidad, a favor de Berceo, cuya afinidad con Vergegio es mucho más efectiva que la de Verdejo, tanto más cuanto que, remontándonos al mencionado Fuero de Calatayud, donde consta el nombre de Verdejo, lo vemos aparecer como Berdello, forma ya inadmisible como intermedia entre Vergegio y Verdejo. No olvidemos, por otra parte, que el padre Manuel Risco, en el tomo 33 de la España Sagrada, al tratar de los santos del obispado de Calahorra, deja de lado a San Millán, pues aunque nacido en Vereco, de la diócesis calagurritana "desde que los reyes de Navarra echaron los moros de toda esta provincia", perteneció en los siglos anteriores a la diócesis de Tarazona, como hallándose en territorio de la Celtiberia, "la cual se extendía por los montes Idubedas, que en aquella parte se dijeron Distercios".

No pudo el padre Risco, porque se lo impidió la muerte, ocuparse de San Millán, pero la nota a la que nos hemos referido es muy importante y no alcanzó don Vicente de la Fuente a refutarla. Puede darse por averiguado que Berceo perteneció a la diócesis de Tarazona antes de pasar a depender de Calahorra. Por otra parte, los primeros pasos de San Millán tienen una lógica mucho mayor si se considera que el Santo parte de Berceo y no de Verdejo. Se dirige, como nos ha dicho San Braulio, al castillo de Bilibio. ¿Dónde está Bilibio? Atrevidamente se quiso en el siglo xvi suponer que Bilibio pudiera ser Bilbilio, con lo cual se le asimilaba a Bílbilis (Calatayud). Pero esta forzadísima interpretación ha sido desechada unánimemente y se conviene por todos en que Bilibio estaba en las proximidades de la actual ciudad de Haro, en la Rioja. Bilibium, según el padre Risco, es probable corrupción de Bilabium, dos labios o escarpaduras entre las cuales irrumpía el Ebro en tierra riojana, lugar estratégico para emplazar un fuerte castillo. Que el joven pastor, tocado por la gracia, se dirigiese de Berceo a Haro es mucho más lógico que lo hiciese desde Verdejo, y a esto sólo se replica que a veces los anacoretas marchaban a países muy lejanos. Pero San Millán no iba, como si dijéramos, a instalarse, sino a instruirse, atraído por la fama de un monje, que había llegado a sus oídos por morar en paraje no lejano del suyo más de unas cuatro leguas.

No tendríamos, pues, discusión sino en cuanto al lugar de nacimiento; pero no en cuanto al verdadero escenario de la vida de San Millán. Sin embargo, aún queda sobre esto algo que decir. Los partidarios de Verdejo pierden mucho cuando resulta forzoso convenir que el monte Distercio—y en esto todos están conformes—, donde San Millán pasó los cuarenta años de su vida de anacoreta; no es otro que el monte, o sierra más bien, de la Cogolla, de donde le viene a San Millán su usual apellido. Como San Millán volvió a las cercanías de su pueblo, según indica San Braulio, después del tiempo que permaneció con el monje Felices, y al verse allí acosado de la gente se retiró a lo más elevado e intrincado del Distercio (la Cogolla), este proceso de traslación resulta fácil y lógico teniendo a Berceo como centro y no es igualmente explicable partiendo de Verdejo. Lo que verdaderamente otorga a Berceo sus mayores probabilidades, aparte de múltiples testimonios de la tradición, es el haberse identificado a Bilibio en las cercanías de Haro y al Distercio en la Cogolla. También partiendo de Verdejo resulta inexplicable el último retiro de San Millán, depuesto del curato, pues lo más seguro parece que el que San Braulio llama "oratorio" del Santo estuviese en el emplazamiento del monasterio de Suso.

Se admite corrientemente que San Millán murió en el año 574. Pónese muy en duda, sin embargo, la fuente principal de donde pudiera deducirse aquella fecha, y sólo queda en pie la referencia de San Braulio en la relación de milagros, cuando dice que profetizó la destrucción de Cantabria, o sea la acción punitiva de Leovigildo en esta región, un año antes de que acaeciese, con lo cual, computando fechas, viene a darse en la de 574 como probable data de la muerte. Esta misma fecha, cifrada a lo gótico, consta en cierto epitafio descubierto en 1601, cuando el abad de San Millán ascendió al monasterio de Suso para reconocer la tumba del Santo, y al no poder levantar el cantero la piedra que cubría el sepulcro, abrió uno de los costados y quedó de manifiesto una lápida que sería un tesoro si su autenticidad no se hubiera puesto tan en duda. Porque allí no sólo consta la referida fecha, sino que San Millán fué monje de la Orden de San Benito y era abad cuando descansó en el Señor.

Que se trate de una piadosa, aunque reprobable, superchería de los monjes, que de este modo recaban a San Millán entero para sí, o que, sin mediar superchería alguna, sea un epitafio en extremo posterior—como ha de serlo--a la fecha de la muerte y se haya recogido allí lo que tradicionalmente se afirmaba, es cuestión que no importa demasiado. La teoría de la falsificación pura y simple tiene sus partidarios, que argumentan con el traslado de los restos, realizado por Sancho el Mayor de Navarra en 1030, el cual habría tenido que dejar el epitafio allí. Esto, según otros, pudo ser intencionado, ya que en el sepulcro quedaban cenizas, reliquias también, que le conferían al sepulcro venerable carácter. En todo caso, se discute asimismo la calidad apócrifa de la inscripción, que se considera de un gótico extremadamente dudoso.

Queda en pie de toda esta polémica la cuestión de si efectivamente San Millán fue abad de la Orden benedictina. Seguir la discusión entablada desde el siglo xvi sobre este punto resultaría harto prolijo. Aun el mismo hecho de las santas mujeres que atendían y cuidaban a San Millán en lo más desvalido de su ancianidad extrema, que algunos estiman de todo punto incompatible con el monacato, tiene su explicación plausible para quienes lo defienden. Hemos de tener presentes las condiciones excepcionales en las que se desenvolvía la vida religiosa y monástica en el siglo vi, aunque también debe tenerse en cuenta que la única fuente biográfica de autoridad que poseemos, que es el relato de San Braulio, no hace la menor alusión a que San Millán fuese abad, y aun es dudoso que le considere monje, si bien el no designarle así concretamente se ha de entender ocioso, pues monje fue no sólo en el sentido etimológico de la palabra, sino en el de la obediencia (a más de pobreza y castidad), que se probó cuando el obispo de Tarazona le reclamó para que recibiese las sagradas órdenes, lo que no hubiera podido obligar a un simple diocesano.

Basta con dejar apuntada esta cuestión. Sobre la trayectoria seguida por los restos del Santo, una bella leyenda les señala el emplazamiento de la morada final. Ya hemos dicho que en 1030, Sancho el Mayor los trasladó desde el "oratorio", monasterio de Suso, al altar mayor, donde permanecieron hasta el 1053, en el que don García, hijo de don Sancho, los quiso trasladar al monasterio de Nájera. Pero colocado el ataúd en un carro de bueyes, no hubo medio humano de que el carro se moviese de determinado lugar, donde quedó como clavado a la tierra, dando indicio cierto de que una voluntad superior se oponía a que pasase de allí. Y allí fue donde el rey dispuso que se levantara un nuevo monasterio con el nombre del Santo, en el que sus restos descansaran en espléndida sepultura, en la que, para la urna sepulcral, se derrochó el marfil, el oro y la pedrería. Tres razones más que suficientes para que los restos del Santo fueran inquietados en 1809, cuando la francesada desplegó por allí su espíritu rapaz.

NICOLÁS GONZÁLEZ RUIZ.

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