martes, 3 de junio de 2014

Santo Evangelio 3 de Junio de 2014

Día litúrgico: Martes VII de Pascua

Texto del Evangelio (Jn 17,1-11a): En aquel tiempo, Jesús, alzando los ojos al cielo, dijo: «Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti. Y que según el poder que le has dado sobre toda carne, dé también vida eterna a todos los que tú le has dado. Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo. Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar. 

»Ahora, Padre, glorifícame tú, junto a ti, con la gloria que tenía a tu lado antes que el mundo fuese. He manifestado tu Nombre a los hombres que tú me has dado tomándolos del mundo. Tuyos eran y tú me los has dado; y han guardado tu Palabra. Ahora ya saben que todo lo que me has dado viene de ti; porque las palabras que tú me diste se las he dado a ellos, y ellos las han aceptado y han reconocido verdaderamente que vengo de ti, y han creído que tú me has enviado. 

»Por ellos ruego; no ruego por el mundo, sino por los que tú me has dado, porque son tuyos; y todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío; y yo he sido glorificado en ellos. Yo ya no estoy en el mundo, pero ellos sí están en el mundo, y yo voy a ti».


Comentario: Rev. D. Pere OLIVA i March (Sant Feliu de Torelló, Barcelona, España)
Padre, ha llegado la hora

Hoy, el Evangelio de san Juan —que hace días estamos leyendo— comienza hablándonos de la “hora”: «Padre, ha llegado la hora» (Jn 17,1). El momento culminante, la glorificación de todas las cosas, la donación máxima de Cristo que se entrega por todos... “La hora” es todavía una realidad escondida a los hombres; se revelará a medida que la trama de la vida de Jesús nos abre la perspectiva de la cruz.

¿Ha llegado la hora? ¿La hora de qué? Pues ha llegado la hora en que los hombres conocemos el nombre de Dios, o sea, su acción, la manera de dirigirse a la Humanidad, la manera de hablarnos en el Hijo, en Cristo que ama.

Los hombres y las mujeres de hoy, conociendo a Dios por Jesús («las palabras que tú me diste se las he dado a ellos»: Jn 17,8), llegamos a ser testigos de la vida, de la vida divina que se desarrolla en nosotros por el sacramento bautismal. En Él vivimos, nos movemos y somos; en Él encontramos palabras que alimentan y que nos hacen crecer; en Él descubrimos qué quiere Dios de nosotros: la plenitud, la realización humana, una existencia que no vive de vanagloria personal sino de una actitud existencial que se apoya en Dios mismo y en su gloria. Como nos recuerda san Ireneo, «la gloria de Dios es que el hombre viva». ¡Alabemos a Dios y su gloria para que la persona humana llegue a su plenitud!

Estamos marcados por el Evangelio de Jesucristo; trabajamos para la gloria de Dios, tarea que se traduce en un mayor servicio a la vida de los hombres y mujeres de hoy. Esto quiere decir: trabajar por la verdadera comunicación humana, la felicidad verdadera de la persona, fomentar el gozo de los tristes, ejercer la compasión con los débiles... En definitiva: abiertos a la Vida (en mayúscula).

Por el espíritu, Dios trabaja en el interior de cada ser humano y habita en lo más profundo de la persona y no deja de estimular a todos a vivir de los valores del Evangelio. La Buena Nueva es expresión de la felicidad liberadora que Él quiere darnos.

3 de junio Carlos Luanga y compañeros mártires de Uganda


3 de junio

Carlos Luanga y compañeros mártires de Uganda


(†  1886)


"Quién fue el que primero introdujo en Africa la fe cristiana se disputa aún; pero consta que ya antes de la misma edad apostólica floreció allí la religión, y Tertuliano nos describe de tal manera la vida pura que los cristianos africanos llevaban, que conmueve el ánimo de sus lectores. Y en verdad que aquella región a ninguna parecía ceder en varones ilustres y en abundancia de mártires. Entre éstos agrada conmemorar los mártires scilitanos, que en Cartago, siendo procónsul Publio Vigellio Saturnino, derramaron su sangre por Cristo, de las preguntas escritas para el juicio, que hoy felizmente se conservan, se deduce con qué constancia, con qué generosa sencillez de ánimo respondieron al procónsul y profesaron su fe. Justo es también recordar los Potamios, Perpetuas, Felicidades, Ciprianos y "muchos hermanos mártires" que las Actas enumeran de manera general, aparte de los mártires aticenses, conocidos también con el nombre de "masas cándidas", o porque fueron quemados con cal viva, como narra Aurelio Prudencio en su himno XIII, o por el fulgor de su causa, como parece opinar Agustín. Pero poco después, primero los herejes, después los vándalos, por último los mahometanos, de tal manera devastaron y asolaron el África cristiana que la que tantos ínclitos héroes ofreciera a Cristo, la que se gloriaba de más de trescientas sedes episcopales y había congregado tantos concilios para defender la fe y la disciplina, ella, perdido el sentido cristiano, se viera privada gradualmente de casi toda su humanidad y volviera a la barbarie."

 Así comienza Benedicto XV las letras apostólicas de beatificación de los siervos de Dios Carlos Lwanga, Mattías Murumba y sus compañeros, más conocidos con el nombre de los Mártires de Uganda.

 En efecto, ya hacia fines del siglo XIX, cuando las glorias del Africa cristiana habían pasado a una remota perspectiva histórica, mientras los exploradores iban penetrando en los misterios del continente negro, los misioneros emulaban, y en no pocas ocasiones superaban, sus trabajos y sus esfuerzos. Entre ellos destacaba un insigne hijo de Bayona, el cardenal Lavigerie, a quien correspondió la gloria de restituir la gloriosa sede de Cartago. El fue quien, con el deseo de promover eficazmente el apostolado misional en Africa, instituyó los "misioneros de Africa", más conocidos con el nombre de Padres blancos.

 Ya en los principios del apostolado, los Padres blancos se encargaron de la región de Uganda, como parte del Vicariato del Nilo superior, el año 1878. Consiguieron entrar en la región, y hasta obtener no pocos neófitos. Establecida una estación misional, la de Santa María de Rubaga, acudieron a ella por centenares los negros, y hubo momentos en que podía esperarse una rápida cristianización de toda aquella región. El mismo rey, llamado Mtesa, al principio les favoreció, aunque luego, por temor a que la nueva religión fuera obstáculo para el floreciente comercio de esclavos que él mantenía, obligó a los misioneros a alejarse. Pero, muerto el rey Mtesa, le sucedió su hijo Muanga, amigo de los cristianos, con lo que volvieron a renacer las esperanzas.

 Aún más: con ocasión de una conjuración que fue descubierta, el nuevo rey decidió rodearse de cristianos, y así gran parte de su corte estuvo compuesta por jóvenes bautizados, con alguno de los cuales había llegado el rey a establecer auténtica amistad. Pronto, sin embargo, aquel panorama iba a verse enteramente turbado.

 Se interpuso, de una parte, la política. El primer ministro, que había tenido cierta intervención en la conjura descubierta y no podía perdonar a los cristianos su lealtad, empezó a tramar su destrucción. Acabó de exasperarle la noticia de que el rey pensaba nombrar para su cargo a José Mñasa, un cristiano. Pero acaso sus maniobras hubieran fracasado si no hubiese intervenido otra causa: la lujuria. Por influjo de las costumbres mahometanas el rey, que hasta entonces había llevado una vida pura, cayó en la lujuria en su forma más abyecta y opuesta a la naturaleza. Y se encontró con que los jóvenes que formaban parte de su corte y eran cristianos oponían una negativa rotunda a sus infames solicitaciones. Lo que debiera haber servido en honor de la religión fue utilizado como pretexto para la persecución.

 Nada faltaba al esquema clásico. Como motor, las pasiones. La codicia, excitada por el temor a perder el comercio de esclavos. La ambición de los políticos, temerosos de verse al margen del poder. La lujuria, en su forma más baja y repugnante. Nada iba a faltar tampoco para ese mismo esquema clásico en el desarrollo. Las escenas que habíamos leído en los primeros tiempos del cristianismo las vamos a encontrar reproducidas, en algunas ocasiones casi a la letra, en 1886, en el corazón del continente africano.

 En efecto, el rey, irritado por aquella resistencia que encontraba, decretó la persecución contra "todos los que hicieren oración", que ésta fue la preciosa definición de los cristianos que se dio en el decreto persecutorio. E inmediatamente se desataron las furias de los paganos contra aquella cristiandad naciente. Cuántos fueron los que perecieron no lo sabemos, ni será fácil que se sepa nunca, habiendo ocurrido aquellos martirios en sitios donde la escritura era desconocida prácticamente y donde, por tanto, no podían perpetuarse los hechos ocurridos. Dios quiso, sin embargo, que conociéramos siquiera el martirio de algunos africanos que, por ocupar puestos más relevantes, dieron su vida en condiciones que permitieron luego averiguar lo sucedido. Tales son los mártires que Benedicto XV beatificó solemnemente el 6 de junio de 1920.

 Pueden dividirse en dos grupos, de los que hablaremos sucesivamente. El primero está constituido por unos cuantos jóvenes, cuyas edades fluctúan entre los trece y los veintiséis años. A última hora se les agregó un compañero de treinta años. Todos ellos tienen como nota común el formar parte de la corte y estar viviendo como pajes en el palacio del rey. Todos fueron martirizados un mismo día, y casi todos con un mismo martirio.

 Puede tenerse como principal a Carlos Lwanga. Tenía veintiún años el día de su martirio y podía considerarse como el favorito del rey, que había contado con él siempre para sus encargos más delicados. Siempre, hasta el día en que el rey se atrevió a pedirle lo que él no podía en manera alguna darle. Entonces fue arrojado al calabozo, y allí vinieron muy pronto a acompañarle sus compañeros de martirio. Entre ellos Mbaga Tuzindé, hijo de Mkadjanga, el principal y el más cruel de los verdugos. Era catecúmeno cuando empezó la persecución, y el mismo Carlos Lwanga le bautizó poco antes de ser condenado a muerte. Con él sucedió una escena que ya habían conocido los cristianos en las actas de las Santas Perpetua y Felicidad: su padre se presentó en el calabozo para pedirle una y otra vez que abjurase la religión católica, o que, al menos, dejase que le escondieran y que prometiera no volver a orar. A lo que el adolescente, pues no había cumplido todavía dieciséis años, respondió, con la firmeza que tantas veces hemos contemplado en los mártires cristianos, diciendo que prefería perderlo todo antes que abjurar. El padre tuvo que limitarse a utilizar su cargo para obtener para su hijo un triste privilegio: encargó a uno de los verdugos que estaban a sus órdenes que, cuando ya estuviera su hijo junto a la pira, le diera un golpe en la cabeza para que perdiera el sentido y así fuese quemado sin sufrir tanto.

 No es posible dar, ni siquiera en síntesis, las biografías de los trece mártires que forman este primer grupo. Dos de ellos, Mgagga y Gyavira, de dieciséis y diecisiete años, fueron bautizados en la misma cárcel por Carlos Lwanga. Otro, Santiago Buzabaliao, intentó repetidas veces la conversión del mismo rey, con quien le había unido buena amistad antes de su elevación al trono. Los demás, jóvenes todos, resistieron impávidos todas las amenazas. Pero entre ellos destaca la figura angelical y encantadora de Kizito, niño aún de trece años, que fue, sin embargo, el que dio la nota de máxima valentía. El levantó el ánimo de los que desfallecían. El fue también el que, camino del patíbulo, invitó a todos a cogerse de las manos, de tal manera que llevaran unos a otros, si alguno decayera en su ánimo. El fue, en fin, el que con mayor fuerza rechazó proposiciones libidinosas del rey.

 Nota curiosa constituye la presencia en el grupo de Mukasa Kiriwanu. Formaba parte del grupo de los pajes de la corte, pero aún no estaba bautizado. Cuando sus compañeros salían hacia el lugar del suplicio, uno de los verdugos le preguntó si era cristiano. El contestó que sí y se unió a los condenados. Y así, sin haber recibido el bautismo de agua, sino únicamente el de sangre, ascendió a los altares.

 Es hermoso también el caso de Lucas Banabakintu. No pertenecía a la servidumbre regia, sino a la de un gran señor. Había recibido hacía cuatro años el bautismo y la confirmación, y, cuando después recibió la primera comunión, se distinguió por su extraordinaria pureza de vida y su fervor en las cosas santas. Al estallar la persecución le hubiera sido fácil evitar ser apresado. Con gran fortaleza de ánimo se presentó, sin embargo, a su dueño, y éste le entregó a los soldados del rey. Así, a pesar de que su edad era superior a la de sus compañeros (tenía treinta años), mereció padecer el martirio con ellos.

 Amaneció el día 3 de junio de 1886. Agrupados todos los mártires, salieron del calabozo camino de una colina llamada Namugongo. No todos, sin embargo, llegaron a ella. Algunos, que no pudieron andar con la suficiente presteza, fueron alanceados por el camino. Los que quedaban llegaron, por fin, al lugar del suplicio. Les ataron de pies y manos; les envolvieron en una red hecha de cañas y les pusieron en pie sobre unos haces de leña, para que sus cuerpos se fueran consumiendo lentamente. Y entonces se produjo la maravilla que colmó de admiración a los verdugos, que jamás habían visto cosa parecida: empezó a arder la leña y comenzaron las llamas a lamer los pies de los mártires; quedaron éstos envueltos en una nube de humo. Y, en lugar de salir de ella gemidos o maldiciones, salieron únicamente murmullos de oración y cánticos de victoria. Exhortándose unos a otros estuvieron firmes sobre el fuego, hasta que, por fin, sus voces se fueron extinguiendo. Grex immolatorum tener, tierna grey de los inmolados, les llama Benedicto XV, aplicándoles la frase que la Sagrada Liturgia dedica a los santos inocentes.

 Pasemos al segundo grupo de mártires, formado por nueve de ellos. En realidad, sin embargo, muy bien pudieran agregarse cinco al grupo anterior, pues, aunque no fueron martirizados el mismo día ni de la misma forma, pertenecían también, como los anteriores, a la corte, estaban unidos con ellos por lazos de íntima amistad, eran jóvenes de la misma edad, y sólo circunstancias fortuitas hicieron que no fuesen atormentados el mismo día 3 de junio.

 Junto a ellos nos encontramos con otros mártires, que también repiten, por su parte, las más hermosas páginas de los primeros tiempos del cristianismo.

 Recordemos en primer lugar a Matías Kalemba Murumba. Era ya un hombre hecho, pues tenía cincuenta años y ejercía la profesión de juez. Había sido primero mahometano y después protestante, para terminar recibiendo el bautismo en la Iglesia católica el 28 de mayo de 1882. Entonces, temiendo las dificultades de su profesión, la dejó, y se dedicó con alma y vida a la propagación de la religión, no sólo mediante la educación cristianísima de sus propios hijos, sino también con una labor de ardiente proselitismo. Llamado a la presencia del primer ministro, confesó abiertamente la fe y fue condenado a morir con muerte horrible. Sus verdugos le llevaron a un lugar inculto y desierto, temiendo que la piedad de los espectadores pudiera poner obstáculos a la ejecución de la tremenda sentencia. Allí fue Matías, con sus verdugos, alegre y contento. Empezaron por cortarle las manos y los pies. Después le arrancaron trozos de carne de la espalda, que asaron ante sus propios ojos. Finalmente, le vendaron con cuidado las heridas, para prolongar su martirio, y le dejaron abandonado en aquel lugar desierto. Tres días después unos esclavos que estaban cortando cañas oyeron la voz de Matías, que les pedía un poco de agua. Pero, al verle desfigurado, mutilado, temieron al rey y se horrorizaron de tal manera que huyeron dejándole abandonado. Solo por completo, expiró al poco tiempo.

 Tiene también un corte evangélico el martirio de Andrés Kagwa, pues nos recuerda la escena del de San Juan Bautista. Unido con íntima amistad al rey, había dado muestras de una gran caridad con ocasión de la peste que había invadido a la región. Fueron muchos los enfermos a los que, después de haberles atendido con caridad ardiente, bautizó y enterró después con sus propias manos. En su apostolado llegó a intentar catequizar a los hijos del primer ministro. Este juró su ruina, hasta el punto de prometerse que no habría de cenar aquel día sin que al verdugo le trajera a la mesa la mano cortada de Andrés. Así se hizo aquel 26 de mayo en que el mártir, a sus treinta años de edad, voló a los gozos del cielo.

 El mismo primer ministro consiguió también que el rey le entregase a Juan María lamari, conocido con el sobrenombre de Muzei, es decir, el anciano. Hombre de gran prestigio, lleno de prudencia, misericordioso con los pobres, daba su dinero y su actividad para conseguir la redención de los cautivos, a los que catequizaba. Cuando vio que eran perseguidos los cristianos rehusó huir. Antes al contrario, se presentó con toda naturalidad ante el rey. Este le envió al primer ministro. Algo sospechaba el mártir, pero, como dicen las letras de beatificación, "pensé que era absurdo temer por algo que tuviera relación con la causa de la religión". Y, en efecto, al presentarse al primer ministro, éste ordenó que le arrojaran a un estanque que tenía en su finca. Allí pereció ahogado.

 Terminemos la relación, que puede parecer monótona, pero que, sin embargo, es gloriosísima, con la primera de las víctimas: José Mkasa Balikuddembé. Había servido ya al rey Mtesa como ayuda de cámara. Su hijo Muanga, al llegar al trono, le conservó junto a sí y le puso al frente de la casa regia. El mártir se dedicó a un apostolado activísimo entre los jóvenes que formaban parte de la corte. Todo iba bien, y el rey le tenía en gran consideración y afecto, hasta que Juan María hubo de oponerse a las obscenas pretensiones del rey. Entonces cambió todo. Fue condenado a muerte. Y llevado a un lugar llamado Mengo, donde fue decapitado. Antes, sin embargo, de que la sentencia se ejecutara Juan María declaró públicamente que perdonaba de todo corazón al rey y que encargaba a sus verdugos que le pidieran, por favor, en su nombre que hiciese penitencia cuanto antes.

 Tal es la historia de los Mártires de Uganda. Otros muchos martirios hubo en aquella misma persecución, de los que, como hemos dicho, no conservamos memoria pormenorizada. Lo que ciertamente sabemos es que al poco tiempo cambiaba por completo la situación. Los perseguidores morían con muertes miserables. Y, en cambio, las multitudes acudían en masa a los misioneros solicitando el bautismo. Hoy las tierras de Uganda se han transformado en una de las más florecientes cristiandades. Establecida la jerarquía eclesiástica con un arzobispado y seis diócesis sufragáneas, florece el clero indígena, y alguno de los obispos puestos al frente de las diócesis es descendiente directo de los Beatos Mártires. Los católicos de aquella región se cuentan por muchos millares y ha vuelto a cumplirse la frase de Tertuliano. Como en los primeros tiempos del cristianismo, la sangre de los mártires ha sido semilla de cristianos.

 Su causa de beatificación fue introducida por San Pío X el 15 de agosto de 1912. Declarado que constaba el martirio el 10 de marzo de 1920, el 6 de junio del mismo año eran solemnemente beatificados por Benedicto XV. Su fiesta se celebra en todas las casas de Padres blancos, y en todos las circunscripciones encomendadas a su Congregación. Ojalá veamos pronto la canonización de este grupo de mártires, de tal manera que pueda extenderse a la Iglesia universal el culto a estos negros que, casi en nuestros días, renovaron las hazañas que con tanta devoción leíamos en las actas de los mártires de los primeros tiempos del cristianismo.

 LAMBERTO DE ECHEVERRÍA

lunes, 2 de junio de 2014

Francisco se sintió «como en casa» con la Renovación Carismática: «Sois una corriente de gracia»


Francisco se sintió «como en casa» con la Renovación Carismática: «Sois una corriente de gracia»

«El demonio intenta destruir la familia», advirtió

Francisco se sintió «como en casa» con la Renovación Carismática: «Sois una corriente de gracia»
La sintonía del Papa con la Renovación Carismática se palpó de principio a fin.


En una tarde primaveral, el Papa Francisco llegó al Estadio Olímpico de Roma, repleto y lleno de entusiasmo. Allí más de cincuenta mil personas llegadas desde 52 países le recibieron cantando aplaudiendo y agitando pañuelos, al son de Hosanna en el Cielo.

Momento histórico
Es la primera vez en la historia que un Pontífice ha visitado este lugar y lo ha hecho para encontrarse con los miembros del movimiento Renovación Carismática Católica (RCC), que realiza su 37ª Asamblea Nacional. Este ha sido el momento más importante del congreso que realizan hoy domingo 1 y este lunes 2 de junio, y que lleva por lema ¡Convertíos! ¡Creed! ¡Recibid el Espíritu Santo!

Un encuentro que concluyó con un llamado del Santo Padre: "Hermanos y hermanas -dijo el Papa Francisco antes de dar la bendición apostólica-, acuérdense: adoren a Dios Nuestro Señor, es éste el fundamento, busquen la santidad en la nueva vida del Espíritu Santo. Eviten la excesiva organización, salgan a evangelizar por las calles, acuérdense que la Iglesia nació en salida esa mañana de Pentecostés. Acérquense a los pobres y toquen en ellos la carne herida de Jesús. Por favor, no enjaulen al Espíritu Santo”. 

Apenas el Santo Padre entró en el principal estadio deportivo de Roma, los organizadores le dijeron que para remediar los tantos gritos de ¡Viva Francisco!, que a él no le gustan, le cantaban ¡Viva Jesús el Señor!, y el Papa cantó visiblemente con ellos.

Los organizadores añadieron: “Aquí no está ni el equipo Roma, ni el Lazio, ni el San Lorenzo, pero tenemos un entrenador que es el Espíritu Santo". Y que "Jesús en nuestra vida ha vencido, en tantos enfermos que con dignidad no se dejan robar la alegría, cuando usamos nuestras lenguas no para criticar sino para adorar al Señor”.

El presidente italiano de RCC, Salvatore Martínez, recordó que “el año pasado cuando le anuncié que íbamos al Estadio Olímpico, usted me dijo ´yo voy´ y ha cumplido su palabra”. Y que "nacimos con Pablo VI, crecimos con Juan Pablo II y ahora nos encontramos con usted aquí”. Y concluyó pidiendo: “Rece por nosotros e invocamos al Espíritu Santo”.

Le siguieron la lectura de los Actos de los Apóstoles, sobre Pentecostés y los dones del Espíritu Santo.

"El demonio intenta destruir la familia"
A continuación dieron su testimonio, jóvenes, personas de media edad, sacerdotes, estudiantes, madres de familia con sus hijos, etc. Después de los mismos, el Santo Padre dirigió unas palabras breves. Como a los jóvenes, a quienes invitó a ser generosos: "No guarden la juventud solamente para ustedes, como en una caja fuerte, sería triste", dijo.

Después del testimonio de una madre de familia el Papa recordó: “Las familias son la Iglesia doméstica en donde Jesús crece en el amor de los cónyuges, en el amor de los hijos, por eso el enemigo ataca tanto a la familia, el demonio no la quiere e intenta destruirla”.

Y si bien “son pecadores como todos, quieren ir hacia adelante en la fe y en su fecundidad, y en la fe de los hijos. Que el Señor bendiga a la familia y la vuelva fuerte en esta crisis en la que el diablo la quiere destruir”.

Gracias a los enfermos y ancianos
Fue también emocionante el testimonio de una joven italiana que dijo: “Soy ciega pero mi luz es Jesús”. Y añadió: "Rece por nosotros para que podamos dar testimonio a pesar de nuestra enfermedad”.

El Santo Padre, después de abrazarla, dijo: “Los hermanos y hermanas que sufren, que tienen enfermedades o que sufren limitaciones, son ungidas por el sufrimiento de Jesús y lo imitan en un momento difícil de su cruz". Y concluyó: "Gracias, hermanos y hermanas, por aceptar ser ungidos por el sufrimiento. Gracias por la esperanza de la que ustedes dan testimonio”.

Y el Papa, dirigiéndose a Salvatore Martínez, director del movimiento, dijo: “Le decía a Salvatore que falta alguien, quizás lo más importante: los abuelos. Y esos son la seguridad de nuestra fe: los ancianos. Fíjense cuando María y José llevaron a María el templo, dice el Evangelio que fueron conducidos por el Espíritu Santo. Los jóvenes tienen que cumplir la ley, los ancianos como el buen vino tienen esa libertad del Espíritu Santo. Es así”.

Panel de fotos del encuentro de Francisco con la Renovación Carismática



La santa ebriedad del Espíritu
Tras unos instantes de silencio, delante de los cincuenta mil presentes el Papa recitó una oración: “Señor mira a tu pueblo que espera el Espíritu Santo, mira a los jóvenes, a las familias, a los niños a los enfermos, a los sacerdotes, a los consagrados, a nosotros los obispos, mira a todos. Concédenos la santa ebriedad del Espíritu, la que hace hablar todos los idiomas; de la caridad, siempre cerca de los hermanos y hermanas que tienen necesidad de nosotros. Eséñanos a no luchar entre nosotros para tener un poco más de poder, a amar más a la Iglesia que es nuestro partido, enséñanos a tener el corazón abierto para recibir el Espíritu. Envía tu espíritu sobre nosotros. Amen”.

Y les agradeció por la calurosa acogida. Recordó que cuando celebraba en Buenos Aires con Renovación Carismática le gustaba mucho el canto Vive Jesús Nuestro Señor, en la misa, después de la consagración. "¡Gracias, me he sentido en mi casa!", dijo.

"Una corriente de gracia"
“Ustedes, Renovación Carismática -prosiguió el Santo Padre- han recibido un gran don del Señor, han nacido del Espíritu Santo como una corriente de gracia en la Iglesia y para la Iglesia".

“Cuando pienso en ustedes carismáticos me viene la imagen de la Iglesia en un modo particular. Pienso en una gran orquesta en donde cada instrumento es distinto del otro, pero todos son necesarios": precisó que “ninguno en Renovación puede pensar ser más importante o más grande del otro, porque si alguno se siente más importante, entonces inicia la peste. Nadie puede decir yo soy el jefe, porque tienen un solo Señor, el Señor Jesús”.

Recordó cuando los escuchó por primera vez y pensó que confundían la fe con una escuela de samba. “Y al final entendí el bien que Renovación hacia a la Iglesia”, Y que esta historia termina en un modo particular: “Pocos meses antes de ir al cónclave fui nombrado como asistente del movimiento carismático en Argentina".


Momentos de alegría y carismáticos croatas en el estadio

Llevar el Evangelio consigo
Recordó que “en los primeros tiempos se decía que los carismáticos llevaban siempre una Biblia y Nuevo Testamento. ¿Lo hacen también hoy? No estoy tan seguro" dijo. Y los invitó: "Vuelvan siempre al primer amor, llévenlo siempre en el bolsillo y lean algo”.

Advirtió entretanto sobre “el peligro de la excesiva organización: se necesita, pero sin perder la gracia de dejar a Dios ser Dios, y no hay mayor libertad que dejarse llevar por el Espíritu para que nos oriente y nos lleve adonde él desea. El sabe lo que necesita cada ocasión”.

No controlar al Espíritu Santo
“Otro peligro -añadió el Pontífice- es volverse controladores de la gracia de Dios. Tantas veces los responsables -me gusta llamarlos los servidores-, se vuelven administradores de la gracia, decidiendo quién puede recibir la efusión en el Espíritu y quién no. Y si alguien lo hace, por favor no lo hagan más. Ustedes son dispensadores de la gracia de Dios y no controladores. No sean la aduana del Espíritu Santo”.

¿Qué se espera el Papa de ustedes?, dijo. "Primero, la conversión y amor de Jesús que cambia la vida y hace de un cristiano testimonio de Dios. Espero que compartan en la iglesia la difusión del Espíritu Santo”. También “que Jesús está vivo y ama a todos los hombres”. Y que den “testimonio delante de otras Iglesia que creen en Jesús como Salvador” manteniéndose unidos en el amor de Jesús y en esta unidad que debemos tener todos nosotros.

Recordó que “Renovación es por su naturaleza ecuménica. Acérquense a los pobres y necesitados para tocar en sus cuerpos a la carne herida de Jesús. Busquen la unidad de la Renovación, porque la unidad viene del Espíritu Santo. La división viene del demonio, escapen de las luchas internas, por favor”.

Agradeció también a quienes están organizando el gran jubileo de 2017, e indicó que “espero celebrarlo en la plaza de San Pedro”.

Santo Evangelio 2 de Junio de 2014

Día litúrgico: Lunes VII de Pascua

Texto del Evangelio (Jn 16,29-33): En aquel tiempo, los discípulos dijeron a Jesús: «Ahora sí que hablas claro, y no dices ninguna parábola. Sabemos ahora que lo sabes todo y no necesitas que nadie te pregunte. Por esto creemos que has salido de Dios». Jesús les respondió: «¿Ahora creéis? Mirad que llega la hora (y ha llegado ya) en que os dispersaréis cada uno por vuestro lado y me dejaréis solo. Pero no estoy solo, porque el Padre está conmigo. Os he dicho estas cosas para que tengáis paz en mí. En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo».


Comentario: Rev. D. Jordi CASTELLET i Sala (Sant Hipòlit de Voltregà, Barcelona, España)
¡Ánimo!: yo he vencido al mundo

Hoy podemos tener la sensación de que el mundo de la fe en Cristo se debilita. Hay muchas noticias que van en contra de la fortaleza que querríamos recibir de la vida fundamentada íntegramente en el Evangelio. Los valores del consumismo, del capitalismo, de la sensualidad y del materialismo están en boga y en contra de todo lo que suponga ponerse en sintonía con las exigencias evangélicas. No obstante, este conjunto de valores y de maneras de entender la vida no dan ni la plenitud personal ni la paz, sino que sólo traen más malestar e inquietud interior. ¿No será por esto que, hoy, las personas van por la calle enfurruñadas, cerradas y preocupadas por un futuro que no ven nada claro, precisamente porque se lo han hipotecado al precio de un coche, de un piso o de unas vacaciones que, de hecho, no se pueden permitir?

Las palabras de Jesús nos invitan a la confianza: «¡Ánimo!: yo he vencido al mundo» (Jn 16,33), es decir, por su Pasión, Muerte y Resurrección ha alcanzado la vida eterna, aquella que no tiene obstáculos, aquella que no tiene límite porque ha vencido todos los límites y ha superado todas las dificultades. 

Los de Cristo vencemos las dificultades tal y como Él las ha vencido, a pesar de que en nuestra vida también hayamos de pasar por sucesivas muertes y resurrecciones, nunca deseadas pero sí asumidas por el mismo Misterio Pascual de Cristo. ¿Acaso no son “muertes” la pérdida de un amigo, la separación de la persona amada, el fracaso de un proyecto o las limitaciones que experimentamos a causa de nuestra fragilidad humana?

Pero «sobre todas estas cosas triunfamos por Aquel que nos amó» (Rom 8,37). Seamos testigos del amor de Dios, porque Él en nosotros «ha hecho (...) cosas grandes» (Lc 1,49) y nos ha dado su ayuda para superar toda dificultad, incluso la muerte, porque Cristo nos comunica su Espíritu Santo.

San Eugenio I, LXXV Papa Junio 2

San Eugenio I, LXXV Papa
Junio 2

Martirologio Romano: En Roma, en la basílica de San Pedro, san Eugenio I, papa, que sucedió a san Martín, mártir. M. 657.

San Eugenio I nació en Roma. Fue elegido por expresa voluntad del emperador Constante, un año antes de la muerte de Martín, mientras éste era conducido en cadenas a Constantinopla. El clero romano y el mismo Eugenio I no se opusieron a la voluntad de Constante, probablemente no por sumisión o miedo, sino por motivos de oportunidad. Tal vez no quería indisponer al emperador quien, por ejemplo, hubiera podido hacer elegir a un papa monotelista; o quizás dando muestras de condescendencia no se quiso comprometer aún más la ya precaria posición del Papa Martín.

No hay duda de que la actitud de Eugenio fuera demasiado reverente y condescendiente, hasta tal punto que el Liber pontificalis le defino demasiado «benévolo, dulce y lleno de mansuedumbre». Se rescató hacia el final rechazando la epístola sinodal que le envió el patriarca Pedro, que contenía graves ambigüedades doctrinales en sentido monotelista, y negándose a suscribir una profesión de fe dictada por el mismo emperador. Antes bien, contestó a la provocación denunciando los abusos y las persecuciones que Martín había sufrido por parte de la Corte imperial, haciéndolos de público dominio.

Habría recibido el mismo trato que su antecesor si mientras tanto no hubiese muerto.

Se distinguió por varios reglamentos utilísimos que dio a la Iglesia en una época bastante azarosa. Prescribió que los curas tuviesen que guardar castidad perpetua.

domingo, 1 de junio de 2014

Santo Evangelio 1 de Junio de 2014

Día litúrgico: Ascensión del Señor (A)

Texto del Evangelio (Mt 28,16-20): En aquel tiempo, los once discípulos marcharon a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Y al verle le adoraron; algunos sin embargo dudaron. Jesús se acercó a ellos y les habló así: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo».


Comentario: Dr. Josef ARQUER (Berlin, Alemania)
Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra

Hoy, contemplamos unas manos que bendicen —el último gesto terreno del Señor (cf. Lc 24,51). O unas huellas marcadas sobre un montículo —la última señal visible del paso de Dios por nuestra tierra. En ocasiones, se representa ese montículo como una roca, y la huella de sus pisadas queda grabada no sobre tierra, sino en la roca. Como aludiendo a aquella piedra que Él anunció y que pronto será sellada por el viento y el fuego de Pentecostés. La iconografía emplea desde la antigüedad esos símbolos tan sugerentes. Y también la nube misteriosa —sombra y luz al mismo tiempo— que acompaña a tantas teofanías ya en el Antiguo Testamento. El rostro del Señor nos deslumbraría.

San León Magno nos ayuda a profundizar en el suceso: „«Lo que era visible en nuestro Salvador ha pasado ahora a sus misterios». ¿A qué misterios? A los que ha confiado a su Iglesia. El gesto de bendición se despliega en la liturgia, las huellas sobre tierra marcan el camino de los sacramentos. Y es un camino que conduce a la plenitud del definitivo encuentro con Dios.

Los Apóstoles habrán tenido tiempo para habituarse al otro modo de ser de su Maestro a lo largo de aquellos cuarenta días, en los que el Señor —nos dicen los exegetas— no “se aparece”, sino que —en fiel traducción literal— “se deja ver”. Ahora, en ese postrer encuentro, se renueva el asombro. Porque ahora descubren que, en adelante, no sólo anunciarán la Palabra, sino que infundirán vida y salud, con el gesto visible y la palabra audible: en el bautismo y en los demás sacramentos.

«Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28,18). Todo poder.... Ir a todas las gentes... Y enseñar a guardar todo... Y El estará con ellos —con su Iglesia, con nosotros— todos los tiempos (cf. Mt 28,19-20). Ese “todo” retumba a través de espacio y tiempo, afirmándonos en la esperanza.

1 de junio SAN JUSTINO

1 de junio

SAN JUSTINO

(†  166)


San Justino, hombre de su tiempo, fue filósofo, santo y mártir. Tres dimensiones de la vida humana, cada una de las cuales es suficiente para dignificarla si se realiza con plenitud, conciencia y autenticidad. San Justino cumplió con las tres. Como filósofo, amó la verdad y se entregó a su estudio; como santo, respondió con virtudes a la gracia suficiente, difundiendo la verdad con el ejemplo de su vida tanto o más pulcramente que con sus escritos, con ser éstos, en la opinión de algunos críticos, muy bellos. Su estilo literario es, a decir verdad, harto discutible; su estilo de vida es, sin lugar a dudas, admirable. Como mártir, confesó con valentía y serenidad, pero sin jactancia, su fe en Jesucristo, negándose a sacrificar a los ídolos.

 Había nacido en Flavia Neápolis, en los primeros años del siglo II. Flavia Neápolis es la moderna Naplusa, Nabulus o Nablus. El nombre se lo dio a la ciudad Flavio Vespasiano al apoderarse de ella el año 72. El nombre samaritano primitivo fue Siquem; estaba considerada corno uno de los puntos más fértiles y hermosos de la Palestina central. Ciudad ancha y fecunda, centro de heredades bíblicas, granero y fortaleza. Veinticinco mil habitantes cuenta. En el siglo II, cuando San Justino nace, se mezclan judíos de origen, resentidos y torvos, con colonos paganos, orgullosos, privilegiados y en expectativa.

 El nombre Justino, aunque de clara ascendencia samaritana, no engaña a los naturales. Denuncia el origen de la tierra, pero no supone ascendencia judía del linaje. Abuelo y padre de Justino fueron, a buen seguro, gentiles. Nuestro Santo parece tenerlo a gala, fundándose en la mejor disposición que muestran los paganos en abrazar la fe de Cristo y en la más firme voluntad para defenderla que la que demostraban los judíos.

 San Justino parece como un primer anuncio de San Agustín. Su itinerario intelectual es muy semejante, y representa entre los apologetas lo que San Agustín significará, con majestad, entre los Padres de la Iglesia.

 De la corteza de la lengua griega pasa, afilándola, al corazón de las ideas, sin que las bellezas literarias, que le cantan al oído, le encanten o detengan en la penetración de la verdad,

 Sigue en el estudio y en la persecución de la verdad el camino que le señala la sinceridad de la búsqueda. Lee y escucha a los estoicos, porque es el sosiego del alma lo que busca, y en ellos parece que podrá encontrarlo; pero no alcanza la paz consigo mismo porque algo más hondo le grita. Es el primer destello de Dios en el alma de Justino. Un Dios presentido y querido, que los estoicos no aciertan a escuchar. Después asistirá a las lecciones de los peripatéticos, pitagóricos y platónicos, sin que la inteligencia de sus textos ofrezcan al corazón de Justino el fervor que el corazón le pide, y sin que el corazón entregue a la inteligencia la claridad y el amor que solicita.

 Lo que no consigue la ciencia de los sabios lo logrará el ejemplo, la constancia y la fortaleza de los humildes. Justino advierte en los mártires cristianos cómo la ciencia vana se transforma en sabiduría plena. Al profundizar en las razones misteriosas que ordenan la formación de ejércitos de mártires y la sucesión de los tiranos en los primeros siglos del cristianismo convendrá no echar nunca en olvido la gracia santificadora de los tormentos, derramándose por todos los miembros de los que buscan la verdad por caminos de buena voluntad. La persecución de Adriano y la divinización de Antinoo pudieron abrir, en invitación sobrenatural, los portones del alma de Justino a la recepción de la gracia de la fe. "Cuanto más se nos persigue —dice en el Diálogo con Trifón— tanto mas crece el número de los que se convierten a la fe por el nombre de Jesús. Nos sucede como con la cepa, a la que se podan los sarmientos que han dado ya fruto para que broten otros más vigorosos y lozanos. La viña plantada por Dios y por nuestro Salvador Jesucristo es su pueblo. No hay quien amedrente o reduzca a servidumbre a los que por todo el ámbito de la tierra creemos en Jesucristo."

 El fenómeno de la conversión del hijo de Presco a la gracia sobrenatural del cristianismo, algunos años antes de cumplir los cuarenta, la edad de la gracia natural del filósofo, que diría Platón, sólo se explica suficientemente por la virtud y eficacia misteriosa de la gracia divina, es cierto; pero en las galerías del alma de Justino oímos cómo discurren los pasos de la sinceridad, de la inteligencia, del ejemplo de los mártires en vida y en muerte, de la meditación silenciosa, de la vigilancia de las pasiones y, finalmente, de la lectura de los profetas. Estos pasos andados con humildad ensanchan su mirada y ahondan sus ecos hasta llegar a la fuente divina de la voz primera y esencial. En efecto, Justino abraza el cristianismo sin tener por ello que abandonar la filosofía, sin apagar sus fervores didascálicos, sin renunciar su pujante vitalidad, sin contradecir a la fe con la razón ni humillar a la razón con la fe.

 Justino, convertido al cristianismo, no desfallece en la búsqueda iniciada de la verdad —conviene repetirlo— ni abandona la filosofía. Este es el alcance que hay que dar a muchas de sus frases entusiásticas y que, lejos de racionalizar la fe, lo que señalan es la posibilidad racional de alcanzarla y la injusticia que supone atacarla. La filosofía no depone contra la fe, sino que el vivir en la fe delata una excelsitud sobre el mero pensar filosófico. En San Justino la fe es siempre un don de Dios, original y sobrenatural. Se opera en Justino una transformación. Es como una elevación del sentido, como un ahondamiento por profundidades, como una transverberación de luces inéditas y sobrenaturales en la constelación intelectual de sus conocimientos anteriores. La conversión al cristianismo le ha enseñado para qué sirve la vida, le ha descubierto una nueva faz de la verdad, le ha iluminado y enfervorizado el anhelo. Lejos de despreciar lo sabido, lo tiene en más, como si el cristianismo fuera la coronación de todos los saberes, por su superación sobrenatural. "He procurado —dice al prefecto Rústico-- adquirir conocimiento de todo linaje de doctrinas, pero sólo me he adherido a las doctrinas de los cristianos, que son las verdaderas, aunque no sean gratas a quienes siguen falsas opiniones."

 Antes de convertirse su alma era como un desierto, ahora es como una antorcha; y abre escuela en Roma para mostrar y demostrar que la filosofía o conduce a la fe en Jesucristo, Verdad verdadera, voz entre los ecos, plenitud de tiempo y verdades, o se convierte en retórica vana. Para nuestro Santo la verdad que persigue la filosofía es una fuerza luminosa y penetrante. Pero no por ello le entregará las llaves de la fe. Grande es, ciertamente, Sócrates —nos dice—; pero a Sócrates nadie le ha creído hasta el punto de dar su vida por mantener esta doctrina. Por la de Cristo, sí; dan su vida los filósofos, los sabios, los artesanos y los humildes. Y ésta es la doctrina a que aspiran los hombres: una verdad por la que valga la pena morir, si llega el caso.

 San Justino sabe muy bien que no ha sido la filosofía la que le ha abierto el cielo de su alma, pero no ignora tampoco que la filosofía no es obstáculo para abrazar la fe, y defiende que una filosofía con fe es una filosofía auténticamente humana. San Justino se percató de que cabe hablar de una filosofía cristiana, pues la razón sólo engendra monstruos cuando con ella se comete la monstruosidad de oponerla a la fe en Cristo. Tan fuerte es esta convicción en San Justino que llega a considerar como un deber de filósofo cristiano el predicar la fe con los medios de expresión de que cada uno dispone y que resulten inteligibles y comprensibles. El se vale de expresiones platónicas. Sólo si algún filósofo arremete contra la fe en nombre de la filosofía impugnará al filósofo y a su filosofía. Justino es antes que nada el filósofo de la sinceridad en la búsqueda, de la autenticidad en la conducta, de la humildad en el hallazgo, del fervor en la predicación de su fe, del heroísmo en el testimonio de su creencia.

 La vida de San Justino es un testimonio palpitante de cómo ha de vivir su fe un filósofo cristiano. Cierto que su tiempo no es el nuestro, ni su circunstancia la que hoy nos rodea, ni su estadio es como nuestro anfiteatro; pero no es menos cierto que la situación radical es y seguirá siendo análoga o muy semejante hasta el final de los tiempos. Más aún: San Justino conserva un no sé qué de modernidad palpitante para esta Europa lacerada.

 San Justino despliega sus actividades con una sencillez, entusiasmo y sinceridad que sorprende. Como la bondad y la verdad son difusivas, y el consejo evangélico señala que la luz de la inteligencia ha de manifestarse en público y en privado, San Justino escribe, habla, predica y peregrina. Suena un filósofo cínico, enemigo del cristianismo, y Justino entabla polémica pública en términos filosóficos. Surge un judío recalcitrante, y Justino abre diálogo en términos de milagros y profecías cumplidas por Cristo. Arrecian las persecuciones, y Justino alza solemne su voz, proclamando directa y audazmente la verdad y la seguridad de su fe en un Dios vivo y viviente, creador, conservador, redentor y juez. No hay en San Justino impertinencia, no hay tampoco imprudencia, pero jamás cederá en la defensa de la verdad ni celará su fervor. Su presencia intelectual, moral y religiosa se multiplica oportuna e importunamente, porque los tiempos exigían esta presencia en la importunidad. Resuena en él San Pablo como un eco potente.

 San Justino está todo él, de cuerpo entero, en las llamadas Apologías y en el Diálogo con Trifón. Es de lamentar que otros escritos suyos se hayan perdido, pero sólo con lo que nos resta San Justino queda retratado maravillosamente. Dedica sus Apologías a Antonino Pío y a Marco Aurelio. Les imputa error, debilidad, cobardía e injusticia, basando la acusación en pruebas morales y en el influjo maléfico de los demonios. Las Apologías están esmaltadas de pensamientos luminosos y eficaces, relieves de sus lecturas platónicas, purificadas por la sinceridad de su fe cristiana. Conservan hoy su validez intacta. Son los hechos —alega San Justino— los que reflejan la piedad o la iniquidad, el amor o el odio que se esconde en los pensamientos y en el corazón de los hombres. El que acusa al cristianismo de iniquidad bastante castigo tiene con el delito que comete con la acusación. El que castiga a un cristiano quebranta la paz, porque el cristiano, por serlo, la busca y la defiende para él y para los demás. El que, conocida la verdad, la persigue comete iniquidad. Vosotros —dirá en los comienzos de la Apología— os oís llamar por doquiera piadosos y filósofos, guardianes de la justicia y amantes de la instrucción; pero que realmente lo seáis es cosa que tendrá que demostrarse. Vosotros —añadirá— matarnos sí podéis; pero dañarnos, no. Instruidos como estáis, no tendréis excusa delante de Dios si no obráis según la justicia.

 En San Justino adquieren relieve expositivo los puntos fundamentales de la teología dogmática, de la moral y de la liturgia. Alcanzan un valor superior al meramente apologético. En él se lee con claridad la divinidad de Jesucristo Y su misión redentora. Cristo ha muerto para librarnos de la esclavitud de los demonios que rondan por el mundo desde el pecado del Paraíso. La madre virginal de Cristo aparece vinculada a la obra redentora. En la unidad de todos los cristianos se aprecia la comunión de los santos, mantenida por la fe. El valor de la tradición es claramente expuesto y defendido. La Eucaristía es el misterio en el que “no tomamos el pan consagrado como un pan común, ni el cáliz consagrado como bebida común, sino que sabemos que son el cuerpo y la sangre del mismo Jesucristo, que se encarnó por nosotros". Es quizá el testimonio más expresivo y terminante si se advierte que una confesión tan explícita no podía resultar grata a los paganos ni a los judíos. El testimonio de San Justino sobre la Eucaristía, como transustanciación del pan y del vino en cuerpo y sangre de Cristo, revela la doctrina creída y defendida por todos los cristianos a los que nuestro Santo sirve y expresa. Aunque sus Apologías sólo nos hubieran legado las reuniones de los cristianos y la liturgia del sacramento, serían un documento maravilloso. Y aunque el Diálogo con Trifón se hubiera reducido a los pasajes en los que desarrolla el sacrificio de la misa, ya merecería la honra de todos los cristianos.

 San Justino presiente el martirio, porque sabe que los demonios acechan, y ha podido comprobar cómo los enemigos de la fe son por naturaleza calumniadores. Una descripción de las reuniones cristianas como la que San Justino había escrito, y la exposición de la verdad eucarística, no podían menos que armar el brazo de los amigos y confidentes del emperador Marco Aurelio. Ante la doctrina expuesta por San Justino sobraban los testigos. El discípulo era tratado como el maestro, una vez confesada la divinidad. La fecunda semilla del Verbo Divino fecundó en sangre, que es una de las ramas en que maduran sus frutos cuando la persecución arrecia.

 No hubo en la gracia del martirio de San Justino necesidad de purificación de errores doctrinales, pues los que pueden atribuírsele se desvanecen si se atiende bien al siglo en que vivió o se leen las páginas con benevolencia crítica. Que los filósofos griegos bebieran o no aguas de inspiración en lecturas y tradiciones del Antiguo Testamento no es asunto que inquiete demasiado al que lo asegure con denuedo, sobre todo si la convicción esconde una toma de posición subjetiva. Este convencimiento es el que permite al filósofo cristiano asegurar que en Platón o en los estoicos se descubren resplandores anunciadores de verdades más altas y sublimes. La concordia de verdades cristianas con sentencias estoicas no supone una dependencia de los dogmas cristianos, sino una proclamación, por diversos caminos, de la verdad divina. Es a las sentencias estoicas a las que San Justino obliga a descubrir sentidos que no pueden tener, no es a los dogmas cristianos a los que arrodillará ante la adivinación estoica o platónica. El panteísmo de los estoicos es algo que no cabe en la doctrina de San Justino. Todo aparece claro cuando leemos en San Justino que la fe es un don de Dios que se conquista con la plegaria humilde, y que es la oración la que nos descubre el significado y la inteligencia de las Sagradas Escrituras.

 El apostolado seglar —seglar fue nuestro Santo— tiene en San Justino un buen maestro. El santo patrono de los filósofos se presenta a su vez, y con los mismos títulos, como el santo abogado de los creyentes humildes y sencillos. Todo un símbolo para nuestra época.

 ADOLFO MUÑOZ ALONSO